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Jaime Roos – Amor profundo


Es el amor, es el amor,

Amor profundo

es lo que siento al cantar

poco hay en el mundo

que me haga así vibrar

En mi alegría
se esconde siempre un lagrimón
sé que todo termina
y que hoy juega hoy

Uuuhhhu, uhuhuhu

Amor profundo
es lo que siento al cantar
poco hay en el mundo
que me haga así vibrar

En mi alegría
se esconde siempre un lagrimón
sé que todo termina
y que hoy juega hoy

Herido estoy,

por una pena loca

de la que no me curo

y así pasan los años y se ahonda

no afloja y pide que siga

y me parte la boca cuando canto

Uuuhhhu, uhuhuhu

En este tiempo,
en este tiempo de antifaz
así cambien las modas
tuquero ahí estás

Siempre cantando
y siempre fiel a tu cantar
oye la misma calle
el barrio vive en mi

Herido estoy,
por una pena loca
de la que no me curo
y así pasan los años y se ahonda
no afloja y pide que siga
y me parte la boca cuando canto

Amor profundo
es lo que siento al cantar
poco hay en el mundo
que me haga así vibrar

Alberto Wolf

Malena Muyala – No me esperes

Niña, lo hubieras dicho
si estabas enamorada;
amor que no da nada
no es más que puro capricho.

Si te has quedado triste
no es porque yo me haya ido;
un amor bien sentido
no es como el vos me diste.
No me estés esperando
pasarán muchos años;
me hiciste tanto daño
que te estoy olvidando.
Si volviera algún día
sé que por vos no sería.
Dicen los que han amado
que amar es dulce y que duele;
si eso es verdad se puede
querer y ser desdichado.
Yo sí que te he querido,
vos no podrás olvidarme;
mañana, al recordarme,
sabrás que yo sí he sufrido.
Alfredo Zitarrosa
Malena Muyala

Malena Muyala

Mercedes Sosa y Jaime Roos – Si me voy antes que vos

Si me voy antes que vos,  
si te dejo en estas tierras,
no te asustes de la noche,
que en la noche vivo yo.
 
Si me voy antes que vos.
si es así que está dispuesto.
quiero que tus noticias.
hablen del aire y del sol.
 
Quiero que siempre recuerdes
lo que dijimos un día,
que cada vez que te ríes,
río contigo mi amor…
 
Y no te olvides de algo
que se adivina en la vida,
y es que la vida misma
es un milagro de amor.
 
Si me voy antes que vos
y visito tu silencio,
no es para que estés triste,
ni para ver tu dolor.
 
Quiero decirte mi amor
en estas torpes palabras,
que cada vez que llores
lo sabrá mi corazón.
 
Y no nos encontraremos,
pues siempre estuve a tu lado,
hacia dónde y hasta cuándo,
esas son cosas de Dios…
 
Y no nos encontraremos,
pues siempre estuve a tu lado,
siempre aunque me vaya antes,
es un milagro de amor…

 

 

Sara de Ibáñez – Uruguay

Sara de Ibáñez


Su nombre era Sara Iglesias Casadel, nació en Chamberlain, Tacuarembó, Uruguay, el 10 de enero de 1909.
Se casó con el también poeta Roberto Ibáñez, de quien tomó su apellido. 
Se destacó por tener una vida recogida y privada. Comenzó a escribir de niña, aunque no publicó un libro hasta cumplidos 30 años. Todos sus libros recibieron premios en Uruguay, además de dos póstumos. Sara tenía por costumbre escribir dos libros a la vez al igual que hacía su marido; cada uno era diferente en tema y estructura.
En vida fue aclamada por varios poetas contemporáneos, como Pablo Neruda, quien prologó uno de sus libros, comparándola con Sor Juana Inés de la Cruz, Gabriela Mistral y María Luisa Bombal, y expresó su admiración por sus poesías en varias ocasiones.
Sara de Ibáñez destaca por su poesía misteriosa y casi hermética, de cierta tradición barroca, e ideas claras y descarnadas. Su obra se caracteriza por la angustia de la existencia, el desamparo, la muerte, el amor, la autoaniquilación de la humanidad y la relación hombre-Dios.
Sus libros más representativos son “La batalla” y “Apocalipsis”.
Falleció en Montevideo, el 3 de abril de 1971.



Atalaya (la batalla)

Sobre este muro frío me han dejado
con la sombra, ceñida a la garganta
donde oprime sus brotes de tormenta
un canto vivo hasta quebrarse en ascuas.
Yo aquí mientras el sueño los despoja
y en sueños comen su mentida baya
para erguirse en las venas de la aurora
pábulo gris de su sonrisa vana;
yo aquí mientras los sabios inocentes
y los tranquilos de crujiente casa
durmiendo abajo, y aprendiendo el frío
de sus angostos mármoles descansan;
yo aquí volteado por el viento negro
que el olor de la noche desampara,
los cabellos fundidos en raíces
que van abriendo turbulentas lamas;
yo solo entre planetas condenados
que en busca de sus huesos se desmandan
-la edad del mundo en esta pobre sangre
que entre las quiebras de su historia clama-
yo aquí turbado por la paz bravía
que con sagaces témpanos me aplaca,
sintiendo entre las médulas ausentes
el duro frenesí de las espadas;
yo aquí velando, los desiertos ojos
quemado por el soplo de la nada,
las negras naves y los negros campos
vacíos de sus oros y sus lacras.
Yo aquí temblando en la vigilia ciega
rodeado por un sueño de cien alas,
vestido por mi llanto me arrodillo
mientras vuela mi sangre en nieve airada.

Sobre este muro frió me recobran.
Oigo el rumor de los medidos pasos.
Canta la noche en fuga por mi muerte,
y el alba sale de mi rostro blanco.

Combate imposible

Con astuta cabeza de zafiro,
Bloque de piedra fría y transparente,
Inmóvil, la mandíbula sellada,
Linda con la tiniebla el monstruo leve.

Mientras el polvo en que se duele el mundo
Curva su flor, su lágrima troquela,
Y entre los tersos cánticos del día
Sordas espadas con su vuelo templa.

Ah, nunca, nunca, la terrible escama
Su fuego amargo torcerá en la lucha,
Ni se abrirá para tragar mi cuerpo
La boca acrisolada por la espuma.

Aquí jadeo hasta acabar la sangre
Clavada en la canción mi lanza triste,
Hasta que el fruto de su viejo vientre
Lance al estrago la materna esfinge.Combate Imposible

Con astuta cabeza de zafiro,
Bloque de piedra fría y transparente,
Inmóvil, la mandíbula sellada,
Linda con la tiniebla el monstruo leve.

Mientras el polvo en que se duele el mundo
Curva su flor, su lágrima troquela,
Y entre los tersos cánticos del día
Sordas espadas con su vuelo templa.

Ah, nunca, nunca, la terrible escama
Su fuego amargo torcerá en la lucha,
Ni se abrirá para tragar mi cuerpo
La boca acrisolada por la espuma.

Aquí jadeo hasta acabar la sangre
Clavada en la canción mi lanza triste,
Hasta que el fruto de su viejo vientre
Lance al estrago la materna esfinge.

La muerte

Sol amargo, agua amarga, amargo viento
y amarga sangre para siempre amarga.
Vencido y solo en carne y pensamiento,
y el sueño antiguo por tesoro y carga.
Quiso callado y solo y sin lamento
sorbo a sorbo agotar su fuente larga.
Miserable señor de su destino,
de espaldas a la aurora abrió el camino.

De espaldas a su Oriente y a su gloria,
y hueso adentro una centella vaga,
mordió el seco laurel de su victoria
y nunca fue curado de su llaga.
Terco aguijón de luto su memoria,
en toda miel ejercitó su plaga.
Y entre las brumas del silencio agrario
fue una lenta sonrisa su calvario.

Pero entre sus espigas y sus flores,
cuando la muerte le entreabrió las puertas
el guerrero de blancos y resplandores
dianas oyó por las borradas huertas.
¡Mi caballo!, gritó: y en los alcores
resonaron angélicos alertas.
¡Mi caballo! Montó el corcel sombrío,
y tendió su galope sobre el frío.

Pasión y muerte de la luz 

VIII
Mi entraña mereció, panal mestizo,
la incorruptible ley de tu voluta.
En cada nervio de clavel o fruta
un embozado arroyo de granizo.

La abeja por mi sangre se deshizo.
Vi las raíces de tu isla enjuta,
y el atisbo tenaz de la cicuta
mezcló a tu piel su aroma fronterizo.

Tiendo la mano para recogerla
y el lento cáliz de una llaga fría
estanca el iris de tu simple perla.

Me ciño a su enlutada melodía
quemándome sin fin por retenerla
en el doble rumor de mi agonía.

X
El verano se agota en el racimo.
Ni avena, ni cigarra, ni amapola.
Ni el alga haciendo venas en la ola,
ni las tímidas ranas en el limo.

Ni la corteza que hasta el llanto oprimo
entre la tierna muchedumbre, sola,
hecha de sangre y labios la aureola
donde me corroboro y me lastimo.

Ni la centella que la liebre rubia
mueve entre los primores del rocío,
ni la humilde fragancia de la alubia.

Ni el caballo de sal que adiestra el río;
ni la múltiple espada de la lluvia,
dirán tu arisca huella, idioma frío.

No puedo

No puedo cerrar mis puertas
ni clausurar mis ventanas:
he de salir al camino
donde el mundo gira y clama,
he de salir al camino
a ver la muerte que pasa.

He de salir a mirar
cómo crece y se derrama
sobre el planeta encogido
la desatinada raza
que quiebra su fuente y luego
llora la ausencia del agua.

He de salir a esperar
el turbión de las palabras
que sobre la tierra cruza
y en flor los cantos arrasa,
he de salir a escuchar
el fuego entre nieve y zarza.

No puedo cerrar las puertas
ni clausurar las ventanas,
el laúd en las rodillas
y de esfinges rodeada,
puliendo azules respuestas
a sus preguntas en llamas.

Mucha sangre está corriendo
de las heridas cerradas,
mucha sangre está corriendo
por el ayer y el mañana,
y un gran ruido de torrente
viene a golpear en el alba.

Salgo al camino y escucho,
salgo a ver la luz turbada;
un cruel resuello de ahogado
sobre las bocas estalla,
y contra el cielo impasible
se pierde en nubes de escarcha.

Ni en el fondo de la noche
se detiene la ola amarga,
llena de niños que suben
con la sonrisa cortada,
ni en el fondo de la noche
queda una paloma en calma.

No puedo cerrar mis puertas
ni clausurar mis ventanas.
A mi diestra mano el sueño
mueve una iracunda espada
y echa rodando a mis pies
una rosa mutilada.

Tengo los brazos caídos
convicta de sombra y nada;
un olvidado perfume
muerde mis manos extrañas,
pero no puedo cerrar
las puertas y las ventanas,
y he de salir al camino
a ver la muerte que pasa.

La palabra

De pronto el viento que movía
Las vestiduras y las almas
Borra en un sueño de ala inmóvil
Su rumorosa torre de alas.

Cada mujer y cada hombre
Solo en su sola huella marcha,
Y se ignoran secretamente
En el desnudo de la plaza.

Todos esperan, convocados
Por un silencio de campanas;
Todos esperan, sombra a sombra,
Que por sus ojos hable el alba.

En cada gota de la sangre
Preludia un mar de lenta escama,
Y el peso antiguo de la nieve
Las vigilantes lenguas cuaja.

Todos tiemblan y nada saben:
Algo se triza, algo se alza.
Todos escuchan ateridos,
Un rumor de médulas blancas.

¿Quién se detiene y es cruzado
Por mil heridas destelladas?
¿Quién ha medido ya su muerte
Sobre las losas de la plaza?

Bajo las piedras cristalinas
Bellos demonios verdes braman,
Y entre los árboles de humo
Gemas agónicas estallan.

Las soledades se han quebrado:
Se llena el aire de ventanas.
Rechinan dientes en lo oscuro.
La miel de llanto se dispara.

Corren venenos amarillos
Por las venas de los fantasmas.
Fuentes suicidas se clausuran,
Y desiertos su arena mascan.

Se arrodillan vivos y muertos
En sus túnicas solidarias,
porque hay uno, entre todos uno,
que fue mordido de la llama.

Los dulces pies del alcanzado
Lumbre en la tierra azul derraman.
La ciudad hunde sus raíces
En la tersa furia del alba.

Hasta esa boca mensajera
Sube una flor desesperada.
Todo el jardín de Dios se encoge
Tironeado por las entrañas.

Porque hay uno, entre todos uno,
Glorioso pasto de la llaga.
Rey sin ventura. El inocente:
El que ha traído la palabra.

Isla en La Tierra

Al norte el frío y su jazmín quebrado.
Al este un ruiseñor lleno de espinas.
Al sur la rosa en sus aéreas minas,
Y al oeste un camino ensimismado.

Al norte un ángel yace amordazado.
Al este el llanto ordena sus neblinas.
Al sur mi tierno haz de palmas finas,
Y al oeste mi puerta y mi cuidado.

Pudo un vuelo de nube o de suspiro
Trazar esta finísima frontera
Que defiende sin mengua mi retiro.

Un lejano castigo de ola estalla
Y muerde tus olvidos de extranjera,
Mi isla seca en mitad de la batalla.

Isla en la luz

Se abrasó la paloma en su blancura.
Murió la corza entre la hierba fría.
Murió la flor sin nombre todavía
y el fino lobo de inocencia oscura.

Murió el ojo del pez en la onda dura.
Murió el agua acosada por el día.
Murió la perla en su lujosa umbría.
Cayó el olivo y la manzana pura.

De azúcares de ala y blancas piedras
suben los arrecifes cegadores
en invasión de lujuriosas hiedras.

Cementerio de angélicos desiertos:
guarda entre tus dormidos pobladores
sitio también para mis ojos muertos.

Trino y uno

II
Después de tantos mares donde se deshojaron
en otoños de espuma los leves rostros muertos
y fueron como sombras de incendiados marfiles
a plegarse en el fondo de dormidos espejos,
aquel sol de violetas y oro decapitado
que invadió sordamente la raíz de tu pecho
y trepó hasta tus ojos con moradas espinas,
y hasta tu voz con ácidos aguijones de hielo.

Y aquel canto bruñido por las lluvias del polen
se llenó de nocturnas mariposas sin sueño,
y el viento que jugaba por los altos vitrales
y entre los mirtos tuvo su casa de gorjeos,
resquebrajó el crestado recinto de tu audacia
y fue huracán golpeando tus árboles desiertos.

Mientras se despeñaban los altivos jardines
en un rescoldo amargo de melodiosos ecos,
en las duras florestas las tórtolas morían
ahogadas por un aire de serafines negros,
y cerraban sus párpados los olorosos claves
sellados para siempre por ruiseñores ciegos,
a orillas de la fiesta en que el centauro abría
como un rosario vivo su galope en tu verso,
entre escorias de cisnes y escrituras del frío,
sobre las tenebrosas arenas del desvelo
tú solo, tú en la isla, con las manos desnudas,
sitiada por la noche tu garganta de fuego.

Lea Ben Sasson – Girasoles

       

Entre sierra y sierra casi nos perdemos
fueron muchos días, más de novecientos
en aquel lugar con nombre de sueño
donde tu poesía perdió todo encierro.

De un campito a otro, solo tres años
miedos y dolores, risa de antaño
y los corazones no se abandonan
cambian los paisajes, viajan las horas.

Y sin saberlo sonar más fuerte,
atravesamos tras que se puede
ser lo que querramos ser,
girar los soles pa’sentirnos bien.

Nada será igual, todo empezo de nuevo
sin imaginarlo nos estamos viendo,
guarda con callar, descuidar lo bello
del nuevo paraje de este largo trecho

Sin saberlo será mi espalda
recostaré tu ejemplo en mis mañas
para volver a nacer
con tu voz cerca, como debe ser.

Y sin saberlo sonar más fuerte,
atravesamos tras que se puede
ser lo que querramos ser
girar los soles pa’sentirnos bien.

con tu voz cerca como debe ser…


Lea Ben Sasson

Laura Canoura – Detrás del miedo

Si vos llegaste
como un augurio
inaugurando mis días
y reordenaste
pacientemente
las noches viejas
y frías
 
si fuiste obrero
de mi sonrisa
y en el dolor compañero
si descubriste
en mi mirada
detrás del miedo
tu imagen
y me dejaste el misterio
que no intenté descifrar
y me enseñaste esa cosa
que no sé cómo nombrar
y ahora duerme en mi costado
sin darme cuenta qué es
que se despierta a mi lado
y alerta toda mi piel.
 
estoy dispuesta
a no buscarle
ni una razón
ni un sentido
 
quedarme sola
con el silencio
de aquel espacio vacío.
 
y me dejaste el misterio
que no intenté descifrar
y me enseñaste esa cosa
que no sé cómo nombrar
que ahora duerme en mi costado
sin darme cuenta qué es
que se despierta a mi lado
y alerta toda mi piel
 
Letra: Laura Canoura, Música: Fernando Cabrera

Laura Canoura

Ana Prada – Adios

Tuve… que cerrar los ojos
Y dejarte ir
Tuve… que aclarar el trillo
Y verte partir.
Tuve que fingir que no miraba
Tuve que disimular mi adiós.
Tuve que fingir que no miraba
Tuve que disimular mi adiós.
Tuve que arrastrarme como verso de canción
Entre las cositas que dejaste
Tuve que esconderte las heridas
Pa’ poder decirte…
Tuve que barrer las hojas secas
Del árbol que plantaste en mi jardín
Tuve que arrastrarme como verso de canción
Entre las cositas que dejaste
Tuve que esconderte las heridas
Pa’ poder decirte…
Que tuve que arrastrarme como verso de canción
Entre las cositas que dejaste
Tuve que esconderte las heridas
Pa’ poder decirte…
Adiós


Ana Prada