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Trío Ayacucho / Huérfano pajarillo

Ayacuchano, huérfano pajarillo,
¿A que has venido a tierras extrañas?
Alza tu vuelo, vamos a Ayacucho
donde tus padres lloran tu ausencia.
 
En tu pobre casa ¿qué te ha faltado?
Caricias, delicias de más has tenido.
Sólo la pobreza con su tiranía
entre sus garras quiso oprimirte.
 
Ñas killapas chinkaykuchkanña
ñasya intipas altunchikpiña,
hakuchik niñacha, haku huamangata
tayta, mamaykim qanmanta waqachkan,
hakuchik niñacha, haku huamangata
 
donde tus padres lloran tu ausencia.


Trio Ayacucho

En Huamanga, en 1950, Carlos Ernesto Falconí Aramburú, formó el Trío Ayacucho con Ernesto Camassi Pizarro y Carlos Flores León, a quienes había conocido en la escuela. Cantó y bailó valses y boleros. En 1958 compuso el vals Adiós. Él fue la segunda voz y la tercera guitarra, mientras que Ernesto Camassi cantó la primera voz y tocó la segunda guitarra y Carlos Flores la primera guitarra. En 1964 Carlos Flores dejó el conjunto y fue reemplazado por Amílcar Gamarra Altamirano.
 
En 1966 el Trío grabó su primer disco con las canciones“Vapor Brillante” y “Con el mayor cariño”. Le siguieron nueve LPs y dos CDs con canciones ayacuchanas tradicionales.
 
En el tiempo del Conflicto armado interno en el Perú escribió muchos poemas y canciones inspirado en los sufrimientos y la esperanza de la gente de su región Ayacucho. Entre sus canciones más conocidas fueron: Huamanga (1958), Carolita (1966), Ingrata Mestiza (1973), Wakcha Masillay (1978), Ofrenda (1982), Viva la Patria (1986), Tanto amor, tanto infortunio (1987), Tierra que duele (1987), Aurora (1994), Lejanía (2000) y Justicia punkupisuyasaq (2002). Pese a sus títulos en español los textos son en su mayoría enquechua o bilingües. Algunas de esas canciones fueron interpretadas por el cantante ayacuchano Manuelcha Prado, entre ellas Ofrenda.
 
Discografía del Trío Ayacucho
 
    1966: Con el mayor cariño (IEMPSA)
    1967: Trío Ayacucho
    1970: Aquí estamos mejor
    1971: Mi retorno
    1973: Remembranza Huamanguina
 

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Cuentos y tradición oral – De Zorros

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El arriero, la serpiente y la zorra (1)

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Jui, jui, jui; silbaba alegremente un arriero, mientras conducía su rebaño de llamas cargadas de maíz. Era muy temprano y no se veía un pastor ni un chacarero todavía, por esos lugares.

De pronto oyó otro silbido exactamente igual al suyo; como si alguien le contestara. Miró a su alrededor, pero no distinguió a nadie.

–Me habrá parecido; dijo, y siguió andando; mas en seguida volvió a escuchar con toda claridad:

Jui, jui, jui.

El sonido venía del lado del cerro.

–Será el viento que quiere burlarse de mí y que está silbando entre las peñas, pensó; pero de nuevo sintió el jui, jui, jui; muy cerca de él. Miró entonces hacia las rocas y vio una serpiente aprisionada por un árbol que había caído sobre ella.

La infeliz no podía moverse pues el tronco la oprimía de tal manera, que casi no la dejaba respirar. La culebra tenía la boca inmensamente abierta y la larga lengua colgábale por lo menos una cuarta, fuera del hocico.

Acercóse a ella el arriero y escuchó que le decía con voz tan débil, que parecía

un suspiro:

–Por favor, sácame de aquí; yo te lo agradeceré siempre y seré tu amiga. Mira que si me dejas como estoy, moriré dentro de unos momentos.

Al arriero no le gustaban las culebras; había oído decir que eran ingratas y crueles, pero como tenía muy buen corazón, se compadeció de la infeliz y tomando la soga con que amarraba sus fardos, la ató al árbol y comenzó a tirar de ella, hasta que el animal quedó libre.

Sacudióse la serpiente, respiró muy largo y cuando el arriero esperaba que le diera las gracias por el favor tan grande que acababa de hacerle, vio que se le acercaba rápidamente, que se abalanzaba sobre él y sintió que se arrollaba a su cuerpo y comenzaba a estrujarlo.

Era muy larga y fuerte la culebra. Se había envuelto alrededor del pecho del infeliz y lo ajustaba más, a cada instante.

–¡Suéltame, no seas ingrata, acabo de salvarte la vida y me pagas así!, gritó el arriero.

–¡Qué salvarme la vida, ni que nada!, contestó ella. Lo único que yo sé, es que tengo mucha hambre y que me gusta más la carne humana, que la de llamas.

El pobre hombre agitaba manos y pies, tratando de librarse; pero todo era inútil.

–¡Suéltame, ingrata!, dijo por última vez, ya sin fuerzas y medio ahogado.

En eso, asomó detrás de una roca un afilado hociquillo; luego dejóse ver una cabeza, y por fin, apareció el cuerpo de una zorra.

–¡Hola, hola!, dijo la recién llegada, con voz burlona. ¿qué es esto? ¡Doña culebra queriendo comerse al pobre arriero! ¿Oye, podrías decirme, sino es indiscreción, qué daño te ha hecho este buen hombre?

–¡A mí!; daño ninguno, respondió la serpiente, moviendo su fina lengüecilla. Cuando yo estoy con hambre y encuentro alguna presa, no necesito que me haya hecho daño, para comérmela.

–¡Esta serpiente es una malagradecida!; exclamó el arriero, con la poca voz que le quedaba; y ya casi agonizando, agregó: ¡Acabo de salvarle la vida y ve cómo me corresponde!

–Bueno, es verdad; pero tal vez yo sola hubiera podido salir de debajo del árbol si tú no lo hubieras arrimado, dijo la serpiente.

–¡Mentira, jamás habrías logrado librarte sin mi ayuda!, respondió el infeliz, respirando a duras penas.

La zorra entonces, levantó los ojos al cielo, pensativa luego miró hacia abajo, en seguida movió de derecha a izquierda su fino hociquillo y dijo:

–A ver, a ver; este asunto es un poco enredado y no logro comprenderlo. Mira, culebra, ponte debajo del tronco, como estabas y tú, arriero, has en seguida lo mismo que hiciste hace un momento, para salvarla. Solo viéndolo con mis propios ojos, podré entenderlo y decidir cuál de los dos tiene razón.

–Bueno, así lo haremos, contestó la culebra y soltando su presa, se deslizó rápidamente hasta llegar junto al tronco.

Entonces el hombre ató de nuevo el árbol con la soga y, tirando con gran trabajo, logró colocarlo sobre el cuello del animal, en la misma forma en que lo había encontrado. Inmediatamente, la serpiente abrió la boca y comenzó a asfixiarse.

–¿Así era como estabas?, preguntóle en seguida la zorra.

–Sí, respondió ella con una voz tan delgadita que apenas se le oía.

–¿Pero tienes seguridad de que era de ese modo?, interrogó nuevamente la zorra.

–Sí, volvió a contestar la serpiente, con un débil resuello, pues se estaba ahogando.

La zorra, entonces, miró al hombre, llena de picardía, le guiñó un ojo y le dijo:

–Querido arriero, tu enemiga está presa. ¿Dime, qué esperas ahora: volver a liberarla para que te dé muerte o para que devore a otra persona? No seas tonto, desata tu cuerda y vete tranquilo a tu pueblo. Esta infame no merece que la salven, pues lo único que sabe es hacer daño. El buen hombre, al escuchar estas palabras tan sabias, desató la soga, estrechó la pata que su consejera le tendía y tras de darle las gracias, arreó alegremente el rebaño de llamas y siguió su camino.

Entonces la zorra, moviendo la cola, pasó contoneándose delante de la serpiente, sin mirarla siquiera y tomó la senda que llevaba al pueblo vecino, donde iba a visitar a una comadre.


Del zorro y de la joven (2)

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En una comunidad muy lejana vivía una joven con sus padres. Ella pastaba las ovejas de la familia. También las cuidaba de noche. Por cuidarlas no dormía en su cuarto, sino en una chocita que había en la cabecera del corral.

Un muchacho delgado llegaba a visitarla todas las noches.

Primero como amigo, después como enamorado. Los padres no sabían de estas andanzas de su hija. El muchacho no quería que ella les avisara.

–Yo quiero vivir siempre contigo, pero a ocultas le decía el joven.

Y siguió visitándola de noche, solo de noche.

Un día, conversando con sus padres, la muchacha les habló del joven.

–Esta noche iré a conocerlo, le dijo su padre.

Dicho y hecho, el padre se presentó en la choza.

–Solo estoy acompañando a mi hermanita, le mintió el joven, convidándole un poco de coca.

Cuando el padre recibió la coca, el joven se animó a decirle:

–Señor, la verdad es que yo estoy enamorado de su hija y quisiera vivir con ella.

–Si es así, vamos a hablar pues: ¿Tienes padre y madre?

–No –dijo el joven, soy huérfano.

–¿Tienes ganado? –siguió preguntando el padre.

–Bastante, mucho ganado. Me los pastan varias gentes, en varios lugares.

–¿Tienes casa?

–Casa más bien no tengo. Paso mi vida en una casa y en otra, de amigos.

El padre estaba satisfecho con el joven y dio su consentimiento para que viva con su hija. Después de algún tiempo, él mismo los casaría.

El joven se portaba bien, pero era un poco extraño, se iba a trabajar siempre a medianoche y al amanecer volvía arreando ovejas. Decía que estaba juntando las ovejas que tenía encargadas. Y se veía que tenía bastantes, porque ya casi ni cabían en el corral de su novia.

Los padres empezaron los preparativos de la boda, buscaron padrinos, hablaron con el cura.

El día del matrimonio, empezaron a tocar las campanas de la iglesia. El joven, asustado con ese ruido, le dijo a su novia:

–Has callar ese burro viejo, que no grite, le tengo miedo como al diablo.

–No es ningún burro viejo, lo calmó la joven, son las campanas que están llamando a la gente para que vengan a vernos.

Pero toda la ceremonia el joven estuvo asustado.

Después de la boda fueron a la casa de la novia. Allí bailaron toda la noche.

Al amanecer llegaron otros invitados, vinieron reventando cuetes, como es costumbre. El joven se acercó a la muchacha y, muy asustado, le dijo:

–Diles que no revienten cuetes. Me da mucho miedo ese ruido.

La muchacha, que estaba muy alegre, le dijo:

-Déjalos, los cuetes son para celebrarnos.

Pero el joven estaba temblando y, cuando los invitados reventaron más cuetes, ya no pudo resistir: saltó por encima de la mesa. Los invitados vieron cómo en el aire el joven se transformaba en zorro. Y huía perseguido por los perros.

Su ropa quedó en la silla.

–¡Qué desgracia estoy viviendo!, gritó el padre de la joven.

–Debiste averiguar bien con quién casabas a tu hija , le dijeron los invitados–

¡Cómo no te diste cuenta que ese joven era un zorro!

Después, ya más calmado, el padre dijo:

–Si ahora se presentara alguien, un viajero, con ése yo casaría a mi hija.

Y da la casualidad que por el camino pasaba

un joven viajero con su atado. El padre lo llamó.

–Joven, le dijo, mi hija estaba en matrimonio y se ha visto burlada. Vive tú con ella, sé hijo de esta casa.

La joven era bonita, el viajero la miró y aceptó vivir con ella. La fiesta volvió a animarse y continuó hasta el anochecer.

Pero desde entonces, todas las noches, el zorro regresaba a sacar las ovejas que había traído antes. Cada noche se llevaba dos o tres. Pusieron perros, pero siempre desaparecían las ovejas. Dos o tres, cada noche.


El joven y el zorro (3)

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Antiguamente se iba a pie a todas partes y la carga se llevaba al lomo de llama. No había como ahora carros y toda clase de medios de transporte.

Cuentan que en un pueblo de aquella época había un muchacho que viajaba muy a menudo. Por lo general hacía sus viajes rápidamente y sin problemas.

Era él un joven de unos diecinueve años, de contextura robusta y carácter

amable que por encargo del mallku del pueblo debía llevar y traer la

correspondencia.

Un día se le presentó por la mañana en su casa el jilacata para que llevara

con mucha urgencia un comunicado del pueblo rojo para el pueblo blanco.

De prisa se preparó el joven, se puso el chullo, el poncho, enrolló una frazada

y partió llevando en una bolsa las provisiones de maíz tostado y cañihua

molida.

Caminó toda la mañana por las quebradas, pampas y laderas y, antes de cruzar

la apacheta se sentó en lo alto de una roca y sacando su chuspa tomó en sus manos un puñado de hojas de coca y las sopló en dirección a los achachilas de los cerros, pidiéndoles no encontrarse con algún espíritu maligno, y que el viaje fuera rápido y sin contratiempos.

Después de encomendarse siguió caminando con dirección a la cumbre de la apacheta y antes de llegar a ella cogió unas piedrecillas para dejarlas entre los montículos de piedras y, mientras oraba mentalmente suplicando para que no le pasara ninguna desgracia, dejó todas las preocupaciones y penas junto con las piedritas.

Al pie de los montones de rocas de la apacheta había un zorro sentado en dirección a la puesta del sol, en actitud de estar contemplando el paisaje.

El joven, al ver al animal, quiso atraparlo, pero de inmediato recordó las historias de su abuela. Tropezar con el zorro era de mal agüero. Estos animales aparecen solo para atraer una desgracia. Finalmente, decidió disparar con su honda una piedra haciéndola caer en la cadera del zorro, que se marchó cojeando y aullando de dolor.

El joven siguió su camino. Más tarde el cielo se nubló y amenazaba la lluvia. Viendo esto apuró el paso para llegar a un tambo antes que cayera la noche. Al llegar a una hondonada vio caminando delante de él a una muchacha de pollera amarilla y manta de vicuña que llevaba el sombrero medio caído y estaba ovillando una madeja de lana. El joven se dirigió a darle el alcance y una vez a su lado, mirándola con un poco de timidez, le dijo:

–Hola hermana mía, ¿adónde vas? ¿Te diriges al pueblo de Qullana tú también? Yo voy allá a dejar unos avisos. No recuerdo haberte visto antes.

–¿Nos conocemos?

–Ahora tú solo piensas en Jesusa. Tú eres hijo de la señora Antuca. Cuando éramos niños juntos jugábamos a las escondidas. A mí en la casa me llamaban Chanaca, respondió la chica.

El joven le explicó que ya no veía a esa muchacha ni se acordaba de ella porque desde que había empezado a trabajar, no tenía tiempo para nada más.

Así hablando, bromeando y recordando los juegos de cuando eran niños caminaban sin llegar al tambo. Ya iba anocheciendo y, aunque andaban y andaban, no avanzaban nada.

La chica era bonita, simpática y graciosa, sabía hacer reír y su conversación era entretenida. Además, tenía los ojos lindos.

–Querido hermano, dijo al cabo de un rato la joven, no creo que sea bueno que sigamos caminando. Mejor nos quedamos a dormir en estos lugares.

Aceptó el muchacho pues le pareció una idea prudente y luego de acomodarse desenvolvió su atado y le invitó de su fiambre a la chica que más bien le pidió hojas de coca para mascar. Él tomó unas cuantas hojas y se las dio mientras pensaba en la noche placentera e inolvidable que estaba por vivir.

Luego se acostaron sobre su poncho y se juntaron para abrigarse y protegerse mejor del frío. Cuando el joven se disponía a abrazarla la muchacha gritó:

–¡Ananay!, ¡ananay! ¡No me toques ahí hermano!

–¡Cariño de mis ojos! ¿Por qué no he de abrazarte? ¿Qué sucede?, dijo el joven abrazándola aún más fuerte.

–¡Ananay!¡ananay! Esa es mi cadera que me está doliendo. ¿No te acuerdas que me heriste con tu honda?

El muchacho confundido y pensando que se trataba de otra broma le explicó que jamás había hecho ni haría tal cosa. Pero la joven aclaró:

–Hoy día por la mañana en la apacheta me tiraste con tu honda.

¡Recuerda!

Recién entonces el joven recordó la escena del zorro y también los relatos de su abuela de cómo los espíritus malos aparecían convertidos en personas. Entonces le invadió el miedo, se le erizaron los cabellos y tartamudeó:

–Pe – pe- pero ¿Tú eres ese zorro?

En ese instante sucedió la transformación dentro de las cobijas. La bella muchacha volvió a ser lo que era: un zorro que mostraba los dientes amenazantes.

El joven se quedó primero atónito y después salió corriendo como loco y se perdió en la oscuridad de la noche.

Eso nos enseña que no hay que encariñarse con las personas desconocidas. Asimismo que si en un viaje uno tropieza con animales de mal agüero no debe molestarlos para no ser víctimas de desgracias. Hay que ser prudentes y retirarse del camino y en las noches es bueno andar cantando y silbando, porque los espíritus de la otra vida se llevan el alma y el cuerpo.


  1. Enriqueta Herrera Gray, “De Leyendas y Fábulas peruanas”, Lima, 1963, pp. 69-72. En: César Toro Montalvo, comp.Mitos y Leyendas del Perú, Tomo I, Costa, 2000, 1ra. Edición, 1ra. Reimpresión ,1997, pp. 197-198. El compilador considera leyenda a este cuento.
  2. Luis Enrique López y otros, Había una vez, Lima-Puno, Edición Rosario Rey de Castro,pp. 31-34.
  3. El pueblo aymara del Qollasuyu, Tierra y tiempo eternos, Libros Peruanos S.A., segundo volumen, Puno, 1990, pp. 42-45

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El zorro, un personaje que esta con frecuencia en nuestra literatura, tanto en el pasado como en el presente y en diferentes formatos. El zorro ha sido siempre un personaje muy popular de la literatura, una fuente de inspiración para los cuentos, el folklore, la mitología, los ritos etc. El zorro esta también asociado a la religión y cosmovisión del hombre prehispánico. Durante siglos, las astucias del zorro han despertado la curiosidad del ser humano. Al zorro le conocemos desde nuestra infancia gracias a los cuentos, las fábulas y las leyendas, como uno de los animales más astutos que siempre acaba engañando a los más fuertes y tontos o por el contrario es el burlado por animales más pequeños y más inteligentes que él.

En América latina, el zorro y el conejo, que representan la astucia y la picardía, son dos de los personajes en torno a los cuales giran la mayor cantidad de fábulas. Dependiendo del país, el zorro recibe diferentes nombres En Perú y Bolivia se los conoce como Atój, Antoño, qamaqe. En Colombia y Ecuador como Tía Zorra. En la Argentina se conoce al zorro como Don Juan el Zorro. Un aspecto muy importante es la enorme cantidad de cuentos sobre el zorro que aún permanecen en la oralidad de las diferentes culturas y pueblos, solo un grupo reducido ha pasado a la forma impresa. Destacamos un libro de la coedición latinoamericana “Cuentos de enredos y travesuras” que contiene cuentos de 12 países apoyo de UNESCO y Cerlacy en el que se destaca la presencia del zorro.

 

Extraido de: “Tras las huellas del zorro. Una aproximación a la presencia del zorro en la literatura infantil” de Liliana De la Quintana

https://www.ablij.com/investigacion/tras-las-huellas-del-zorro-una-aproximacion-a-la-presencia-del-zorro-en-la-literatura-infantil

Julio Ramón Ribeyro – La molicie

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Mi compañero y yo luchábamos sistemáticamente contra la molicie. Sabíamos muy bien que ella era poderosa y que se adueñaba fácilmente de los espíritus de la casa. Habíamos observado cómo, agazapada, en las comidas fuertes, en los muelles sillones y hasta en las melodías lánguidas de los boleros aprovechaba cualquier instante de flaqueza para tender sobre nosotros sus brazos tentadores y sutiles y envolvernos suavemente, como la emanación de un pebetero.

Había, pues, que estar en guardia contra sus asechanzas; había que estar a la expectativa de nuestras debilidades. Nuestra habitación estaba prevenida, diríase exorcizada contra ella. Habíamos atiborrado los estantes de libros, libros raros y preciosos que constantemente despertaban nuestra curiosidad y nos disponían al estudio. Habíamos coloreado las paredes con extraños dibujos que día a día renovábamos para tener siempre alguna novedad o, por la menos, la ilusión de una perpetua mudanza. Yo pintaba espectros y animales prehistóricos, y mi compañero trazaba con el pincel transparentes y arbitrarias alegorías que constituían para mí un enigma indescifrable. Teníamos, por último, una pequeña radiola en la cual en momentos de sumo peligro poníamos cantigas gregorianas, sonatas clásicas o alguna fustigante pieza de jazz que comunicara a todo lo inerte una vibración de ballet.

A pesar de todas esas medidas no nos considerábamos enteramente seguros. Era a la hora de despertarnos, cuando las golondrinas (¿eran las golondrinas o las alondras?) nos marcaban el tiempo desde los tejados, el momento en que se iniciaba nuestra lucha. Nos provocaba correr la persiana, amortiguar la luz y quedarnos tendidos sobre las duras camas; dulcemente mecidos por el vaivén de las horas. Pero estimulándonos recíprocamente con gritos y consejos, saltábamos semidormidos de nuestros lechos y corríamos a través del corredor caldeado hasta la ducha, bajo cuya agua helada recibíamos la primera cura de emergencia. Ella nos permitía pasar la mañana con ciertas reservas, metidos entre nuestros libros y nuestras pinturas. A veces, cuando el calor no era muy intenso salíamos a dar un paseo entre las arboledas; viendo a la gente arrastrarse penosamente por las calzadas, huyendo también de la molicie, como nosotros. Después del almuerzo, sin embargo, sobrevenían las horas más difíciles y en las cuales la mayoría de nuestros compañeros sucumbían. Del comedor pasábamos al salón y embotados por la cuantiosa comida caíamos en los sillones. Allí pedíamos café, antes que los ojos se nos cerraran, y gracias a su gusto amargo y tostado, febrilmente sorbido, podíamos pensar lo elemental para mantenernos vivos. Repetíamos el café, fumábamos, hojeábamos por centésima vez los diarios, hasta que la molicie hacía su ingreso por las tres grandes ventanas asoleadas. Poco a poco disminuía el ritmo de los coloquios; las partidas de ajedrez se suspendían, el humo iba desvaneciéndose, el radio sonaba perezosamente y muchos quedaban inmóviles en los sillones, un alfil en la mano, los ojos entrecerrados, la respiración sofocada, la sangre viciada por un terrible veneno. Entonces, mi compañero y yo huíamos torpemente por las escaleras y llegábamos exhaustos a nuestro cuarto, donde la cama nos recibía con los brazos abiertos y nos hacía brevemente suyos.

A esta hora, tal vez, fuimos en alguna oportunidad presas de la molicie. Recuerdo especialmente un día en que estuve tumbado hasta la hora de la merienda sin poder moverme, y más aún, hasta la hora de la cena, hora en que pude levantarme y arrastrarme hasta el comedor como un sonámbulo. Pero esto no volvió a repetirse por el momento. Aún éramos fuertes. Aún éramos capaces de rechazar todos los asaltos y llenar la tarde de lecturas comunes; de glosas y de disputas, muchas veces bizantinas, pero que tenían la virtud de mantener nuestra inteligencia alerta.

A veces, hartos de razonar, nos aproximábamos a la ventana que se abría sobre un gran patio, al cual los edificios volvían la intimidad de sus espaldas. Veíamos, entonces, que la molicie retozaba en el patio, bajo el resplandor del sol y, reptando por las paredes, hacía suyos los departamentos y las cosas. Por las ventanas abiertas veíamos hombres y mujeres desnudos, indolentemente estirados sobre los lechos blancos, abanicándose con periódico. A veces alguno de ellos se aproximaba a su ventana y miraba el patio y nos veía a nosotros. Luego de hacernos un gesto vago, que podía interpretarse como un signo de complicidad en el sufrimiento, regresaba a su lecho, bebía lentos jarros de agua y, envuelto en sus sábanas como en su sudario, proseguía su descomposición. Este cuadro al principio nos fortalecía porque revelaba en nosotros cierta superioridad. Mas, pronto aprendimos a ver en cada ventana como el reflejo anticipado de nuestro propio destino y huíamos de ese espectáculo como de un mal presagio. Habíamos visto sucumbir, uno por uno, a todos los desconocidos habitantes de aquellos pisos, sucumbir insensiblemente, casi con dulzura, o más bien, con voluptuosidad. Aun aquellos que ofrecieron resistencia -aquel, por ejemplo, que jugaba solitarios o aquel otro que tocaba la flauta- habían perecido estrepitosamente.

La poca gente que disponía de recursos -nosotros no estábamos en esa situación- se libraban de la molicie abandonando la ciudad. Cuando se produjeron los primeros casos improvisaron equipajes y huyeron hacia las sierras nevadas o hacia las playas frescas, latitudes en las cuales no podía sobrevivir el mal. Nosotros en cambio, teníamos que afrontar el peligro, esperando la llegada del otoño para que se extendiera su alfombra de hojas secas sobre los maleficios del estío. A veces, sin embargo, el otoño se retrasaba mucho, y cuando llegaban los primeros cierzos, la mayoría de nosotros estábamos incurablemente enfermos, completamente corrompidos para toda la vida.

Las siete de la noche era la hora más benigna. Diríase que la molicie hacia una tregua y abandonando provisoriamente la ciudad, reunía fuerzas en la pradera, preparándose para el asalto final. Este se producía después de la cena, a las once de la noche, cuando la brisa crepuscular había cesado y en el cielo brillaban estrellas implacablemente lúcidas. A esta hora eran también, sin embargo, múltiples las posibilidades de evasión. Los adinerados emigraban hacia los salones de fiesta en busca de las mujerzuelas para hallar, en el delirio, un remedio a su cansancio. Otros se hartaban de vino y regresaban ebrios en la madrugada, completamente insensibles a las sutilezas de la molicie. La mayoría, en cambio se refugiaba en los cinematógrafos del barrio, después de intoxicarse de café. Los preparativos para la incursión al cine eran siempre precedidos de una gran tensión, como si se tratara de una medida sanitaria. Se repasaban los listines, se discutían las películas y pronto salía la gran caravana cortando el aire espeso de la noche. Muchos, sin embargo, no tenían dinero ni para eso y mendigaban plañideramente una invitación, o la exigían con amenazas a las que eran conducidos fácilmente por el peligro en que se hallaban. En las incómodas butacas veíamos tres o cuatro cintas consecutivas, con un interés excesivo, y que en otras circunstancias no tendría explicación. Nos reíamos de los malos chistes, estábamos a punto de llorar en las escenas melodramáticas, nos apasionábamos con héroes imaginarios y había en el fondo de todo ello como una cruel necesidad y una común hipocresía. A la salida frecuentábamos paseos solitarios, aromados por perfumes fuertes, y esperábamos en peripatéticas charlas que el alba plantara su estandarte de luz en el oriente, signo indudable de que la molicie se declaraba vencida en aquella jornada.

Al promediar la estación la lucha se hizo insostenible. Sobrevinieron unos días opacos, con un cielo gris cerrado sobre nosotros como una campana neumática. No corría un aliento de aire y el tiempo detenido husmeaba sórdidamente entre las cosas. En estos días, mi compañero y yo, comprendimos la vanidad de todos nuestros esfuerzos. De nada nos valían ya los libros, ni las pinturas, ni los silogismos, porque ellos a su vez estaban contaminados. Comprendimos que la molicie era como una enfermedad cósmica que atacaba hasta a los seres inorgánicos, que se infiltraba hasta en las entidades abstractas, dándoles una blanda apariencia de cosas vivas e inútiles. La residencia, piso por piso, había ido cediendo sus posiciones. La planta inferior, ocupada por la despensa y la carbonería, fue la primera en suspender la lucha. Las materias corruptibles que guardaba -pilas de carbón vegetal, víveres malolientes- fueron presas fáciles del mal. Luego el mal fue subiendo, inflexiblemente, como una densa marea que sepultara ciudades y suspendiera cadáveres. Nosotros, que ocupábamos el último piso, organizamos una encarnizada resistencia. Nuestro reducto fue un pequeño y anónimo cantar de gesta. Abriendo los grifos dejamos correr el agua por los pasillos e infiltrarse en las habitaciones. En una heroica salida regresamos cargados de frutas tropicales y de palmas, para morder la pulpa jugosa o abanicarnos con las hojas verdes. Pero pronto el agua se recalentó, las palmas se secaron y de las frutas sólo quedaron los corazones oxidados. Entonces, desplomándonos en nuestras camas, oyendo cómo nuestro sudor rebotaba sobre las baldosas, decidimos nuestra capitulación. Al principio llevamos la cuenta de las horas (un campanario repicaba cansadamente muy cerca nuestro, ¿quién lo tañeria?), la cuenta de los días, pero pronto perdimos toda noción del tiempo. Vivíamos en un estado de somnolencia torpe, de embrutecimiento progresivo. No podíamos proferir una sola palabra. Nos era imposible hilvanar un pensamiento. Éramos fardos de materia viva, desposeídos de toda humanidad.

¿Cuánto tiempo duraría aquel estado? No lo sé, no podría decirlo. Sólo recuerdo aquella mañana en que fuimos removidos de nuestros lechos por un gigantesco estampido que conmovió a toda la ciudad. Nuestra sensibilidad, agudizada por aquel impacto, quedó un instante alerta. Entonces sobrevino un gran silencio, luego una ráfaga de aire fresco abrió de par en par las ventanas y unas gotas de agua motearon los cristales. La atmósfera de toda la habitación se renovó en un momento y un saludable olor de tierra humedecida nos arrastró hacia la ventana. Entonces vimos que llovía copiosa, consoladoramente. También vimos que los árboles habían amarilleado y que la primera hoja dorada se desprendía y después de un breve vals tocaba la tierra. A este contacto -un dedo en llaga gigantesca- la tierra despertó con un estertor de inmenso y contagioso júbilo, como un animal después de un largo sueño, y nosotros mismos nos sentimos partícipes de aquel renacimiento y nos abrazamos alegremente sobre el dintel de la ventana, recibiendo en el rostro las húmedas gotas del otoño.


Julio_Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro nació en Santa Beatriz (Cercado de Lima), el 31 de agosto de 1929. Hijo de Julio Ramón Ribeyro Bonello y Mercedes Zúñiga Rabines, fue el tercero de cuatro hermanos. Su familia era de clase media, pero en generaciones anteriores había pertenecido a la clase alta, pues entre sus ancestros se contaban personajes ilustres de la cultura y la política peruana. En su niñez vivió en Santa Beatriz, (Lima) un barrio de clase media limeño y luego se mudó a Miraflores, residiendo en el barrio de Santa Cruz, la muerte de su padre lo afectó mucho y complicó la situación económica de su familia.
Estudió Letras y Derecho entre los años 1946 y 1952. Inició su carrera como escritor con el cuento La vida gris que publicó en la revista Correo Bolivariano, en 1949. En 1953 ganó una beca de periodismo otorgado por el Instituto de Cultura Hispánica, que le permitió viajar a España.
Al culminarse su beca en 1953, viajó a París, para preparar una tesis sobre literatura francesa en la Universidad La Sorbona. Por entonces escribió su primer libro Los gallinazos sin plumas, una colección de cuentos de temática urbana, considerado como uno de sus más logrados escritos narrativos. Pero abandonó los estudios y permaneció en Europa realizando trabajos eventuales.
Regresó a Lima en 1958. Trabajó como profesor en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, en Ayacucho. En 1960 publicó su novela Crónica de San Gabriel, que le hizo merecedor del Premio Nacional de Novela de ese año.
En 1961, volvió a París, donde trabajó como periodista durante diez años, en la Agencia France Press. Asimismo, fue agregado cultural en la embajada peruana en París.
Se casó con Alida Cordero y tuvieron un único hijo. En 1983, recibió el Premio Nacional de Literatura, y diez años después, el Nacional de Cultura.
Sus últimos años los pasó viajando entre Europa y el Perú. En el último año de su vida había decidido radicar definitivamente en su patria.
Su cuento emblemático, es, sin duda, «Los gallinazos sin plumas», narración descarnada sobre la vida en una barriada de Lima, que tiene como protagonistas a dos niños que recolectan desperdicios en los muladares, obligados por un abuelo desalmado.
Falleció en Surquillo, Lima, el 4 de diciembre de 1994, días después de obtener el Premio de Literatura Juan Rulfo, en su epitafio se puede leer: «La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro».

Carlos Baca-Flor – Perú

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Baca self

Carlos Baca-Flor (Autorretrato)

Nació el 11 de junio de 1869, en Islay, Departamento de Arequipa, en Perú. Sus padres fueron Carlos Baca-Flor y Huáscar, boliviano y Julia Soberón, peruana.

Antes de cumplir un año, se trasladó con su familia a Santiago de Chile, donde estudió en el Colegio de los Agustinos, luego, en el Instituto Nacional. En 1873, producto de una epidemia en Santiago fue enviado a un lazareto, bajo la atención de su madre.

A los trece años murió su padre y quedó bajo el cuidado de su madre, quien dictaba clases de piano a los hijos de familias adineradas en Santiago.

En 1882, ingresó a la Academia de Bellas Artes de Santiago, donde estuvo bajo la dirección de Cosme San Martín, Nicanor Plaza y Florencio Giovanni Mochi. La versatilidad que adquirió no solo en pintura sino también en escultura, le consiguió el primer premio en los concursos de bustos y estatuas (1883), una medalla especial por dibujos, la medalla de oro (1885).

En 1886, obtiene el primer puesto en una exposición de la academia por La vocación natural, lo que le permite conseguir, a los 18 años, el Premio Roma, que le otorgaba una pensión por cinco años en la capital italiana. Al estar en el estrado el día de la premiación el Rector de la Academia de Artes de Santiago le propone nacionalizarse (un requisito para recibir el premio era ser chileno). A lo que responde “No, mi patria pasa la desgracia de fracasar en una guerra y la patria es como una madre, uno no puede traicionar a su madre. Prefiero no recibir el premio”. Esta actitud le granjeó las simpatías del ministro plenipotenciario peruano en Chile, quien informó a su gobierno, consiguiéndose que el presidente lo invitará a Lima y le otorgará una pensión igual a la del Premio Roma.

En 1890, más de dos años después de llegar a Lima, partió a Europa, llegó a Liverpool, Inglaterra, y poco después arribó a París, donde conoció la obra de Van Dick, que le influiría notablemente. Tras su breve estancia en París, se trasladó a Génova, dónde ocupó el puesto de cónsul general del Perú, al que renunció en poco tiempo para instalarse en Roma.

En 1907, decidió exponer por primera vez, haciéndolo en el Salón Anual de la Sociedad de Artistas Franceses, en el que obtuvo el primer puesto.

Viajó luego a Estados Unidos, invitado por el banquero J.P. Morgan

En 1928 regresó a Europa y, tras una corta estadía en España, se reinstaló en París, donde fue hecho miembro del Instituto de Francia y recibió la Legión de Honor. En 1930 volvió a Nueva York, donde realizó distintos retratos de figuras de la banca y la curia romana, entre ellos el futuro Pío XII, hasta 1938, cuando se trasladó a Irlanda.

En 1939 regresó nuevamente a París, donde falleció el 20 de febrero de 1941 en su taller de Neuilly-sur-Seine.


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Julio Ramón Ribeyro – El banquete

B_Peru

Con dos meses de anticipación, don Fernando Pasamano había preparado los pormenores de este magno suceso. En primer término, su residencia hubo de sufrir una transformación general. Como se trataba de un caserón antiguo, fue necesario echar abajo algunos muros, agrandar las ventanas, cambiar la madera de los pisos y pintar de nuevo todas las paredes.

Esta reforma trajo consigo otras y (como esas personas que cuando se compran un par de zapatos juzgan que es necesario estrenarlos con calcetines nuevos y luego con una camisa nueva y luego con un terno nuevo y así sucesivamente hasta llegar al calzoncillo nuevo) don Fernando se vio obligado a renovar todo el mobiliario, desde las consolas del salón hasta el último banco de la repostería. Luego vinieron las alfombras, las lámparas, las cortinas y los cuadros para cubrir esas paredes que desde que estaban limpias parecían más grandes. Finalmente, como dentro del programa estaba previsto un concierto en el jardín, fue necesario construir un jardín. En quince días, una cuadrilla de jardineros japoneses edificó, en lo que antes era una especie de huerta salvaje, un maravilloso jardín rococó donde había cipreses tallados, caminitos sin salida, una laguna de peces rojos, una gruta para las divinidades y un puente rústico de madera, que cruzaba sobre un torrente imaginario.

Lo más grande, sin embargo, fue la confección del menú. Don Fernando y su mujer, como la mayoría de la gente proveniente del interior, sólo habían asistido en su vida a comilonas provinciales en las cuales se mezcla la chicha con el whisky y se termina devorando los cuyes con la mano. Por esta razón sus ideas acerca de lo que debía servirse en un banquete al presidente, eran confusas. La parentela, convocada a un consejo especial, no hizo sino aumentar el desconcierto. Al fin, don Fernando decidió hacer una encuesta en los principales hoteles y restaurantes de la ciudad y así pudo enterarse de que existían manjares presidenciales y vinos preciosos que fue necesario encargar por avión a las viñas del mediodía.

Cuando todos estos detalles quedaron ultimados, don Fernando constató con cierta angustia que en ese banquete, al cual asistirían ciento cincuenta personas, cuarenta mozos de servicio, dos orquestas, un cuerpo de ballet y un operador de cine, había invertido toda su fortuna. Pero, al fin de cuentas, todo dispendio le parecía pequeño para los enormes beneficios que obtendría de esta recepción.

-Con una embajada en Europa y un ferrocarril a mis tierras de la montaña rehacemos nuestra fortuna en menos de lo que canta un gallo (decía a su mujer). Yo no pido más. Soy un hombre modesto.

-Falta saber si el presidente vendrá (replicaba su mujer).

En efecto, había omitido hasta el momento hacer efectiva su invitación.

Le bastaba saber que era pariente del presidente (con uno de esos parentescos serranos tan vagos como indemostrables y que, por lo general, nunca se esclarecen por el temor de encontrar adulterino) para estar plenamente seguro que aceptaría. Sin embargo, para mayor seguridad, aprovechó su primera visita a palacio para conducir al presidente a un rincón y comunicarle humildemente su proyecto.

-Encantado (le contestó el presidente). Me parece una magnífica idea. Pero por el momento me encuentro muy ocupado. Le confirmaré por escrito mi aceptación.

Don Fernando se puso a esperar la confirmación. Para combatir su impaciencia, ordenó algunas reformas complementarias que le dieron a su mansión un aspecto de un palacio afectado para alguna solemne mascarada. Su última idea fue ordenar la ejecución de un retrato del presidente (que un pintor copió de una fotografía) y que él hizo colocar en la parte más visible de su salón.

Al cabo de cuatro semanas, la confirmación llegó. Don Fernando, quien empezaba a inquietarse por la tardanza, tuvo la más grande alegría de su vida.

Aquel fue un día de fiesta, salió con su mujer al balcón para contemplar su jardín iluminado y cerrar con un sueño bucólico esa memorable jornada. El paisaje, sin embargo, parecía haber perdido sus propiedades sensibles, pues donde quiera que pusiera los ojos, don Fernando se veía a sí mismo, se veía en chaqué, en tarro, fumando puros, con una decoración de fondo donde (como en ciertos afiches turísticos) se confundían los monumentos de las cuatro ciudades más importantes de Europa. Más lejos, en un ángulo de su quimera, veía un ferrocarril regresando de la floresta con sus vagones cargados de oro. Y por todo sitio, movediza y transparente como una alegoría de la sensualidad, veía una figura femenina que tenía las piernas de un cocote, el sombrero de una marquesa, los ojos de un tahitiana y absolutamente nada de su mujer.

El día del banquete, los primeros en llegar fueron los soplones. Desde las cinco de la tarde estaban apostados en la esquina, esforzándose por guardar un incógnito que traicionaban sus sombreros, sus modales exageradamente distraídos y sobre todo ese terrible aire de delincuencia que adquieren a menudo los investigadores, los agentes secretos y en general todos los que desempeñan oficios clandestinos.

Luego fueron llegando los automóviles. De su interior descendían ministros, parlamentarios, diplomáticos, hombres de negocios, hombres inteligentes. Un portero les abría la verja, un ujier los anunciaba, un valet recibía sus prendas, y don Fernando, en medio del vestíbulo, les estrechaba la mano, murmurando frases corteses y conmovidas.

Cuando todos los burgueses del vecindario se habían arremolinado delante de la mansión y la gente de los conventillos se hacía una fiesta de fasto tan inesperado, llegó el presidente. Escoltado por sus edecanes, penetró en la casa y don Fernando, olvidándose de las reglas de la etiqueta, movido por un impulso de compadre, se le echó en los brazos con tanta simpatía que le dañó una de sus charreteras.

Repartidos por los salones, los pasillos, la terraza y el jardín, los invitados se bebieron discretamente, entre chistes y epigramas, los cuarenta cajones de whisky. Luego se acomodaron en las mesas que les estaban reservadas (la más grande, decorada con orquídeas, fue ocupada por el presidente y los hombres ejemplares) y se comenzó a comer y a charlar ruidosamente mientras la orquesta, en un ángulo del salón, trataba de imponer inútilmente un aire vienés.

A mitad del banquete, cuando los vinos blancos del Rin habían sido honrados y los tintos del Mediterráneo comenzaban a llenar las copas, se inició la ronda de discursos. La llegada del faisán los interrumpió y sólo al final, servido el champán, regresó la elocuencia y los panegíricos se prolongaron hasta el café, para ahogarse definitivamente en las copas del coñac.

Don Fernando, mientras tanto, veía con inquietud que el banquete, pleno de salud ya, seguía sus propias leyes, sin que él hubiera tenido ocasión de hacerle al presidente sus confidencias. A pesar de haberse sentado, contra las reglas del protocolo, a la izquierda del agasajado, no encontraba el instante propicio para hacer un aparte. Para colmo, terminado el servicio, los comensales se levantaron para formar grupos amodorrados y digestónicos y él, en su papel de anfitrión, se vio obligado a correr de grupos en grupo para reanimarlos con copas de mentas, palmaditas, puros y paradojas.

Al fin, cerca de medianoche, cuando ya el ministro de gobierno, ebrio, se había visto forzado a una aparatosa retirada, don Fernando logró conducir al presidente a la salida de música y allí, sentados en uno de esos canapés, que en la corte de Versalles servían para declararse a una princesa o para desbaratar una coalición, le deslizó al oído su modesta.

-Pero no faltaba más (replicó el presidente). Justamente queda vacante en estos días la embajada de Roma. Mañana, en consejo de ministros, propondré su nombramiento, es decir, lo impondré. Y en lo que se refiere al ferrocarril sé que hay en diputados una comisión que hace meses discute ese proyecto. Pasado mañana citaré a mi despacho a todos sus miembros y a usted también, para que resuelvan el asunto en la forma que más convenga.

Una hora después el presidente se retiraba, luego de haber reiterado sus promesas. Lo siguieron sus ministros, el congreso, etc., en el orden preestablecido por los usos y costumbres. A las dos de la mañana quedaban todavía merodeando por el bar algunos cortesanos que no ostentaban ningún título y que esperaban aún el descorchamiento de alguna botella o la ocasión de llevarse a hurtadillas un cenicero de plata. Solamente a las tres de la mañana quedaron solos don Fernando y su mujer. Cambiando impresiones, haciendo auspiciosos proyectos, permanecieron hasta el alba entre los despojos de su inmenso festín. Por último, se fueron a dormir con el convencimiento de que nunca caballero limeño había tirado con más gloria su casa por la ventana ni arriesgado su fortuna con tanta sagacidad.

A las doce del día, don Fernando fue despertado por los gritos de su mujer. Al abrir los ojos le vio penetrar en el dormitorio con un periódico abierto entre las manos. Arrebatándoselo, leyó los titulares y, sin proferir una exclamación, se desvaneció sobre la cama. En la madrugada, aprovechándose de la recepción, un ministro había dado un golpe de estado y el presidente había sido obligado a dimitir.


Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro nació en en Lima, Perú, el 31 de agosto de 1929. Era hijo de Julio Ribeyro y Mercedes Zúñiga. Fue el primero de cuatro hermanos (un varón y dos mujeres). En su niñez vivió en Santa Beatriz, un barrio de clase media limeño y luego se mudó a Miraflores. La muerte de su padre lo afectó mucho y complicó la situación económica de su familia. Estudió en el Colegio Champagnat, e inició los estudios de Derecho, que abandonó para estudiar Letras en la Universidad Católica del Perú. Recibió una beca para estudiar periodismo en Madrid. Viajó posteriormente a París para preparar una tesis sobre literatura francesa en la Universidad La Sorbona, en esta época pasó temporadas en Alemania y Bélgica. En parís escribió su primer libro Los gallinazos sin plumas. En 1958 regresó al Perú, y en septiembre del año siguiente viajó a la ciudad de Ayacucho, para ocupar el cargo de profesor y director de extensión cultural de la Universidad Nacional de Huamanga. En octubre de 1960 regresó a Francia. En París trabajó como traductor y redactor de la agencia France Presse (1962-72). En 1972 fue nombrado agregado cultural peruano en París y delegado adjunto ante la UNESCO, y posteriormente ministro consejero, hasta llegar al cargo de embajador peruano ante la UNESCO (1986-90).

Hacia 1993 se estableció definitivamente en Lima. En su país fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura (1983) y el Premio Nacional de Cultura (1993), habiendo sido galardonado también en 1994 con el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, uno de los galardones literarios de mayor prestigio en el ámbito cultural hispanoamericano.

Se casó con Alida Cordero y tuvieron un único hijo.

Ribeyro es un narrador perteneciente a la Generación del 50, es considerado uno de los mejores cuentistas hispanoamericanos. Pese a su aparente conservadurismo formal, sus cuentos fueron una contribución decisiva para consolidar el paso de la narrativa indigenista a la narrativa urbana en el Perú.

Murió el 4 de diciembre de 1994, días después de obtener el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.

BIBLIOGRAFÍA

Cuento:
Los gallinazos sin plumas  (1955)
Cuentos de circunstancias (1958)
Las botellas y los hombres (1964)
Tres historias sublevantes (1964)
Los cautivos Cuentos
El próximo mes me nivelo (1972)
Silvio en El Rosedal (1977)
Sólo para fumadores (1987)
Relatos santacrucinos (1992)

Novela:
Crónica de San Gabriel (1960)
Los geniecillos dominicales (1965)
Cambio de guardia (1976)

Teatro:
Santiago, el Pajarero (1975)
Atusparia (1981)

Ensayo:
La caza sutil (1975)
Prosas apátridas (1975; 1986)
Dichos de Luder (1989)
La tentación del fracaso (3 vol.) (1992-1995)
Cartas a Juan Antonio (2 vol.) (1996-1998)

PREMIOS
Premio Nacional de Novela (1960)
Premio de Novela del Diario Expreso (1963)
Premio Nacional de Literatura (1983)
Premio Nacional de Cultura (1993)
Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1994)

Cultura Paracas – Reseña / Características

B_POriginarios

Paracas. Del quechua, para: lluvia; aco: arena. En referencia a los fuertes vientos de la zona que -especialmente en agosto y setiembre- levantan y transportan arena.

En lengua kauke, hablada en la zona de Yauyos, significa “gentes de frente grande”.

Captura

El ilustrador arqueológico Pedro Ponce Rojas, recreó el aspecto del hombre de Paracas.

Hábitat:Valles costeros del sur peruano. Desde Cañete al norte, hasta el valle de Yauca en Arequipa la sur. Área de clima cálido y seco en verano, ligeramente húmedo en invierno.Al ocaso de la cultura Chavín, surgió -entre otras- la Cultura Paracas. El equipo a cargo del arqueólogo Julio César Tello, en una expedición realizada en 1925, identificó la cultura en la garganta de la península Paracas, y por las distintas formas de los sepulcros -ver funeraria- encontrados en dos sitios, la dividió en fases:• Paracas Cavernas, 800 a.C. – 100 a.C. en ladera norte del Cerro Colorado.• Paracas Necrópolis, 100 a.C. – 200 d.C. en el promontorio Wari Kayan en el sureste de la bahía.Aún no es claro si esta división corresponde a dos fases, o si se desarrollaron contemporáneamente; inclusive hay autores que indican que la cultura Paracas Cavernas no existió, sus vestigios serían simplemente cementerios, y la fase Paracas Necrópolis corresponde a la serie inicial de la Cultura Nasca, o bien a la Cultura Topara.De cualquier manera, esta gente dejó un excepcional legado: el arte textil de los Paracas, es considerado como uno de los más finos y sofisticados del mundo.

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Kon – Dios Creador

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Dios Oculado

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Personaje Sagrado

Sitios: De Cabezas Largas, Cerro Colorado y Wari Kayan los primeros sitios relevados por Tello y que permitieron reconocer la cultura Paracas poco ha quedado debido a los constantes saqueos.En el valle de Ica hallamos dos de los sitios más extensos: la aldea fortificada de Tajahuana y en el bajo, Ánimas Altas, un lugar con clara influencia Chavín, con plazas, viviendas, talleres, cementerios, y una plataforma en forma de “U”. Ente ellos está Ocucaje, donde en 2008 se descubrió en un cerro un geoglifo en forma de cóndor junto a tres figuras.En la provincia de Chincha, encontramos las principales manifestaciones de urbanismo. El Complejo Soto con tres montículos alineados de este a oeste, Huaca Alvarado con dos. Extensas aldeas en Pampa del Gentil y construcciones de adobe en San Pablo y Santa Rosa donde hay vestigios de una gran construcción que debió ser un templo y hoy se encuentra bajo construcciones modernas.En los valles de Palpa y Nasca: Pernil Alto, un asentamiento excavado en el año 2005 a la margen derecha del Río Grande, que registra ocupaciones muy antiguas -3.800 a. C. -, y donde, en palabras del arqueólogo Johny Isla “Se logró encontrar un conjunto de edificaciones perteneciente al período inicial, de la cultura Paracas”. Los petroglifos de Chichictara, los geoglifos de Llipata y Jauranga un lugar con ocupaciones continuas entre los años 600 a.C. y 200 a.C.

Geoglifos llipata

Geoglifos de Llipata

petroglifo chichi

Petroglifos de Chichictara

En las costas de la Bahía de la Independencia, se ubica el extenso sitio de Karwas, donde se encontraron construcciones y restos textiles y cerámicos, cuyos elementos iconográficos muestran una clara influencia Chavín.CaracterísticasFue una sociedad con una clara división del trabajo, permitiendo el desarrollo de actividades altamente especializadas que requerían ingentes recursos humanos, fundamentalmente en la industria textil y agrícola. Debió estar gobernada por una aristocracia teocrática, con una importante casta sacerdotal a cargo de los centros ceremoniales repartidos en su territorio. La nobleza guerrera fue una clase predominante, al tratarse de un pueblo belicoso como sugieren las reiteradas expresiones artísticas de cabezas trofeo.Su economía se basaba en la pesca, caza, recolección de frutos y mariscos y el cultivo – pallar, algodón y maíz – en sus valles. La tarea agrícola no fue fácil, debieron fertilizar los suelos y realizar canales de irrigación.Para sus construcciones utilizaron el adobe. En metalurgia utilizaron el oro, la plata y el cobre, existiendo orejeras, narigueras, anillos, pectorales, brazaletes y objetos ornamentales. Entre las prendas de vestir aparece intensamente el uncu – camiseta andina -. La cerámica evolucionó desde una fuerte influencia Chavín al estilo inicial de la cultura Nasca.Era usual la práctica del alargamiento craneano, colocando tablillas en la frente y detrás de la cabeza, sujetando ambos lados con sogas fuertemente apretadas.Realizaron trepanaciones craneanas con fines medicinales; anestesiaban al paciente con bebidas vegetales, utilizaban el tumi -cuchillo ceremonial-, luego cubrían la perforación con una lámina generalmente de oro. Se encontró un número significativo de cráneos con estas operaciones, algunos de ellos presentaban regeneración de tejidos, indicando que sobrevivieron.

cala

Craneos
1) trepanaciones
2) alargamientos

Consideraban a Kon como su dios creador, al que representaban volando con máscaras felinas y portando alimentos, cabezas trofeo y un báculo; o bien con su cabeza y ojos prominentes por lo que también es conocido como el “Dios oculado”. Creían en la vida después de la muerte, dedicando atención y esmero a las prácticas mortuorias.

Fuentehttp://pueblosoriginarios.com/sur/andina/paracas/paracas.html

Feliciano Mejía – Poeta

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Feliciano Mejía Hidalgo

Nació en Abancay, Apurímac, Perú el 9 de febrero de 1948. Hizo estudios superiores en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, Le-Mirail de Toulouse, La Sorbonne de París y la de Caen. En once giras internacionales ha participado en diversos encuentros y certámenes como los festivales de Utrech, (Holanda), Hessen (Alemania), Los Angeles (Estados Unidos), Rodez y Toulouse (Francia),Corumbá (Brasil). Por las rutas del poeta (Chile), Vuelven los Comuneros (Colombia).
Trabajo con el Movimiento Poético Hora Zero (1969-73) y el Grupo Cultural Yuyaschkani (1974-81). Actualmente integra el Movimiento Cultural Amaro, corriente de la nueva cultura peruana.
Sus poemas fueron traducidos al francés, alemán, holandés, árabe, quechua, sueco y ruso.
Actualmente está radicado en Francia.


Tango del malvado

 Es malo y sufre.

 Malvado hasta la santidad.

 Y le duele el alma hasta las cachas
 y ríe con risa de lata
 y duerme con angustia de cernícalo.

 En sus noches dementes
 oigo su cantar
 enmohecido, arrugando el aire.

 Tortuoso hasta hacer marchitar
 las begonias de la casa
 de la mujer que ama.

 Es malo, quiróptero,
 y anida en su mañana
 de brea chamuscada.

El ladrón de Maicao

 reía con quimbeo de palomas
 huyendo de las balas.

 Grandes bocados de pescado marinado
 en los toldos tocoloros
 de Boca de Ceniza
 y picantes vasos de aguardiente metálico.

 El ladrón de Maicao
 frotaba sus hombros,
 desesperado,
 y lanzaba hacia el cielo sus manos
 y reía
 a gritos en el día caliente,
 oliendo los sancochos a plena carrera
 y escapando a las sirenas
 de los guardias traficantes de drogas.

 El bruno ladrón era un rayo
 de vida
 en la calina urticante
 del puerto caldeado.

 Baladas de Jim Morrison
 I
 Tumba

 Gordos los gatos amodorrados
 entre los cipreses,
 las cornejas
 aspando el bisbiseo
 del aire
 y las gritonas bandadas de cuervos lerdos:
 los buches repletados
 de granos del cementerio…

 Aquí no hay paz:
 sólo un río de dinero
 de mármol carcomido.

 Sobre la tumba
 de Jim
 las agujas hipodérmicas
 de los ateridos peregrinos
 que van a saludar a Jim
 en su sueño alucinado
 del campo mortuorio
 del Padre Lachaise.

 Aquí no puede haber paz.

 Sólo un grito de silencio
 que parece un río
 de mármol carcomido.

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