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Natalia Lafourcade – Rocío de Todos los Campos

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Rocío de todos los campos
Rocío de sal en el mar
Tu baile hipnotiza la luna
Y el viento comienza a cantar
Tú enciendes el fuego en la noche
Escuchas los grillos hablar
Desvistes tu cuerpo y tu alma
Para en el agua nadar
Libre serás para siempre, para siempre
Mariposa morada entre bambú
Enciendes el barro en tus manos
Pasiones de amor prohibido
Enciendes el barro en tus manos
Pasiones de amor prohibido
Rocío de los corazones
Que van a tu casa a llorar
Rocío de todos los cielos
De fiestas y de soledad
Tú enciendes el fuego en la noche
Escuchas fantasmas andar
Desvistes tu cuerpo y tu alma
Para en el agua nadar
Libre serás para siempre, para siempre
Mariposa morada entre bambú
La muerte llegó, seduciendo tu encanto
Envolviendo tu manto
La muerte llegó, seduciendo tu encanto
Y te fuiste pa’l campo
Libre serás para siempre, para siempre
Mariposa morada entre bambú
Rocío de todos los campos
Libre serás
Rocío de todos los campos
Libre serás
Rocío de todos los campos
Libre serás
Rocío de todos los campos
Libre serás, libre serás


Natalia Lafour

Natalia Lafourcade

María Natalia Lafourcade Silva nació el 26 de febrero de 1984, en la Ciudad de México, aunque vivió su infancia en Coatepec, Veracruz, rodeada de música y arte. Es hija de Gastón Lafourcade, fundador de la Asociación de Organistas y Clavecinistas de Chile y catedrático de la UNAM, y María del Carmen Silva, amante de la música clásica y creadora del Método de Enseñanza Musical y Desarrollo Integral Macarsi.
A los nueve años, Natalia se muda con la familia de Jalapa a la Ciudad de México. Siempre estuvo rodeada de música, lo cual la motivó a componer sus propias canciones, después de buscar su identidad en el dibujo, el baile, las maquetas, la actuación, los títeres y las obras de teatro, por mencionar algunas expresiones artísticas.
A los catorce años decide estudiar en la Academia de Música Fermatta, en donde aprende guitarra, piano y canto.
En ese periodo asiste becada a Berklee College of Music, en Boston, Massachussetts, Estados Unidos, a un programa de cinco semanas de entrenamiento musical, donde aprovecha para componer cerca de veinticinco canciones que a su regreso graba con la ayuda de un amigo.
Firma contrato con Sony y viaja a Italia para trabajar en su disco debut homónimo Natalia Lafourcade (2002). Así surge, en 2005, su banda La Forquetina, con la cual graba —también con Sony— el álbum Casa. Su producción discográfica Mujer divina. Homenaje a Agustín Lara, en la que participan diversos artistas, obtuvo disco de platino por sus altas ventas y, en 2013, fue distinguido con dos Latin Grammy como Mejor Disco Alternativo del Año y Mejor Video Musical Versión Larga.
Su trabajo, que fusiona música tradicional y contemporánea, ha sido también reconocido con galardones como MTV Latino y Éxito SACM, este último por sus temas Hasta la raíz (2016), escrito en coautoría con Leonel García, y Tú sí sabes quererme (2018).


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Musas (Un Homenaje al Folclore Latinoamericano en Manos de Los Macorinos, Vol. 1)

Llamado simplemente Musas, es un álbum de estudio del año 2017 de Natalia Lafourcade junto al dúo de guitarristas llamados “Los Macorinos”, integrado por el mexicano Miguel Peña y el argentino Juan Carlos Allende.

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Francisco Corzas – México

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Pintor y grabador mexicano, parte de la Generación de la Ruptura. Comenzó su carrera artística en Europa, retornando a México en la década de 1960. Sus obras se encuentran en museos y colecciones privadas de Los principales museos del mundo. (incluyendo el Vaticano) y México.

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Francisco Corzas Chávez

Nació el 4 de octubre de 1936 en una modesta casa de la colonia Doctores, en la Ciudad de México.

Entre 1951 y 1955 estudió en la Academia de Pintura y Escultura La Esmeralda; sus maestros fueron Agustín Lazo, Carlos Orozco y Manuel Rodríguez Lozano, además de María Izquierdo y Juan Soriano. En 1956 viajó a Europa y se instaló en Roma durante tres años; allí asimiló los cursos de la técnica de pintura al fresco en la Academia de San Giacomo y de desnudo en la de Bellas Artes. Esta etapa formativa en Roma –donde se nutrió de los fundamentos de la cultura occidental– fue decisiva en la formulación de los principios plásticos que comenzaría a desarrollar poco tiempo después. Su estancia europea le ofreció la oportunidad de acercarse al arte renacentista, manierista, barroco, romántico y vanguardista. En esa misma capital ganó la medalla de plata en el Premio Internacional Vía Margutta (1958) que le permitió darse a conocer a nivel internacional.

A su regreso, en México, en 1962, le fue otorgada la Mención Honorífica en el Salón de la Plástica Mexicana y realizó una exposición en la Galería Misrachi. Obtuvo la beca Des Art del gobierno francés; residió en París un año y trabajó en varias series de litografías del taller Bramsen.

En Italia en 1967 conoció a Bianca Dall’Occa Orsi, su pareja por el resto de su vida.

En 1976 obtuvo la beca de la Fundación Cultural Televisa para la realización de Agonías y otras ofrendas. Corzas viajó por varios países europeos, con residencia en Milán, desde donde realizaba diversas obras gráficas por encargo de la empresa Olivetti. Formó un portafolios con once litografías sobre los Carmina Burana.

A lo largo de su vida Francisco Corzas expuso individualmente en catorce oportunidades y participó en 43 exposiciones colectivas en varias ciudades del mundo, entre las que destacan: Roma, Florencia, Venecia, Belgrado, Praga, Bruselas, Viena, Nueva Delhi, Bombay, Osaka, Nueva York, San Antonio, Los Ángeles, Montreal, Bogotá, Buenos Aires, Río de Janeiro y Santiago de Chile.

Corzas describió su estilo como impresionista, con una clara influencia goyesca. En su infancia utilizó el pseudónimo de Goya para firmar las obras que participarían en un concurso de Niños Pintores. Así pues, el artista de la corte española de los Borbón trascendió en la creación de Corzas –en mundos similares como los personajes del pueblo en Trashumantes–, a quien apreciaba como un clásico de la pintura y de quien asimilaba temas y estilos, como las fisonomías grotescas y la oscuridad tonal de la etapa más intimista del artista español.

Falleció el 15 septiembre 1983 en la Ciudad de México.


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Fabio Morábito – Poesía – México

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Fabio Morábito

Es un poeta mexicano, nacido en Alejandría, Egipto, el 21 de febrero de 1955. De padres italianos, pasó su infancia en Milán, para instalarse finalmente en México, ciudad donde reside desde entonces, a los catorce años.
Aprende el castellano, la lengua en la que escribe, a los quince años, circunstancia que describe en un ensayo con el título “El escritor en busca de una lengua” que publicó en la revista Vuelta. Allí cuenta cómo empezó traduciendo a poetas italianos contemporáneos y cómo pudo dar el salto, siempre en un terreno frágil y movedizo, hasta su lengua actual de escritor, “este idioma que no es mío”. Deja entrever que en esa mudanza hay un Fabio que muere y otro que renace, porque de esa metamorfosis nadie sale impune.
Sus obras:
Cuentos populares mexicanos (2015) antología cuentos
El idioma materno (2014) narrativa
Emilio, los chistes y la muerte (2009) narrativa
La ola que regresa (2007) poesía
También Berlín se olvida (2004 ) cuentos
Alguien de lava (2002) poesía
La vida ordenada (2002) cuentos
La lenta furia (2000) cuentos
Cuando las panteras no eran negras (1996) narrativa infantil
De lunes todo el año (1991, Premio Aguascalientes) poesía
Caja de herramientas (1989) ensayo/poema en prosa
Lotes baldíos (1985, Premio Carlos Pellicer) poesía


Cuarteto de Pompeya

I

Nos desnudamos tanto
hasta perder el sexo
debajo de la cama,

nos desnudamos tanto
que las moscas juraban
que habíamos muerto.

Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo
que se extravió mi orgasmo.

Nos desnudamos tanto
que olíamos a quemado,
que cien veces la lava
volvió para escondernos.

II

Me hiciste tanto daño
con tu boca, tus dedos,
me hacías saltar tan alto

que yo era tu estandarte
aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto

que pronuncie mi nombre
y me dolió la lengua,
los años me dolieron.

Nos desnudamos tanto
que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron
las lavas a escondernos.

III

Te frotabas tan rápido
los senos que dos veces
caí en sus remolinos,

movías el culo lento,
en alto, para arrearme
a su negra emboscada,

su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia,
gritaba su naufragio…

Nos desnudamos tanto
que no nos conocíamos,
que los dioses mandaron
la lava a reinventarnos.

IV

Te desmentí de cabo
a rabo devolviéndote
a tus primeros actos,

te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia
amarga de tu cuerpo,

pues sólo el amor sabe
cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.

Esa noche la lava
mudó si paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único
que se murió de veras.

_______________________________

En Pompeya, entre otros cuerpos petrificados
por las lavas y cenizas de la erupción del
Vesubio (año 79), se conservan los de un
hombre y una mujer en el acto amoroso.

“In Limine”

Por el perdón del mar
nacen todas las playas
sin razón y sin orden,
una cada mil años,
una cada cien mares.

Yo nací en una playa
de África, mis padres
me llevaron al norte,
a una ciudad febril,
hoy vivo en las montañas,

me acostumbré a la altura
y no escribo en mi lengua,
en ciertos días del año
me dan mareos y vértigos,
me vuelve la llanura,

parto hacia el mar que puedo,
llevo libros que no
leo, que nunca abrí,
los pájaros escriben
historias más sutiles.

Mi mar es este mar,
inerme, muy temprano,
cede a la tierra armas,
juguetes, sus manojos
de algas, sus veleidades,

emigra como un circo,
deja todo en barbecho:
la basura marina
que las mujeres aman
como una antigua hermana.

Por él que da la espalda
a todo, estoy de frente
a todo con mis ojos,
por él que pierde filo,
gano origen, terreno,

jadeo mi abecedario
variado y solitario
y encuentro al fin mi lengua
desértica de nómada,
mi suelo verdadero.

La esponja

Si en un plano colocamos un cierto número de pasillos y galerías que se cruzan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir otros planos de pasillos y galerías, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto; lo que en el laberinto es todavía lineal y estilizado en la esponja se ha vuelta irrefrenable y caótico. En la esponja la materia galopa hacia afuera, repelente a cualquier centro. Es dispersión pura. Imaginemos una manada de animales que huyen del ataque de un felino y, dentro de esa manada, a un grupo de individuos situados bastante lejos de la fiera pero no por ellos menos aterrorizados. Ese trozo de manada marginal pero no periférico, cargado de (error pero relativamente a salvo, es una esponja, mezcla de delirio e invulnerabilidad.

Es esa mezcla lo que nos hace sentir que la esponja es la herramienta menos dueña de sí misma, la más exterior, la que no guarda nada y la más nirvánica. Sus miles de cavidades y galerías son como la disgregación que en cualquier estallido precede la pulverización final; su asombrosa falta de peso es ya un principio de caída y ausencia. Frente a eso, la ligereza de una pluma de ave tiene escaso mérito; está demasiado conectada con su pequeñez; es una ligereza que se constata pero que no sorprende. La de la esponja, en cambio, es una ligereza heroica.

Esa ligereza es prueba de su total disponibilidad y entrega. Incluso, de tan extrema, esa entrega parece tomar la forma de una rapacidad insaciable. La esponja chupa y absorbe, pero no tiene ningún receptáculo fuera de ella misma en donde guardar lo absorbido. No tiene aparato digestivo. No procesa nada, no retiene nada, no se adueña de nada. Tan sólo es capaz de prestarse hasta el último retículo. ¿Para qué? Ni ella lo sabe. Por eso no habla, confabula. El agua la invade como una consigna que nadie entiende pero que todas sus galerías repiten con apuro propagándola como un incendio. Ninguna boca queda muda. La esponja es aerifica. De ahí lo fácil que es penetrarla por arriba y por abajo, hurgar hasta en sus últimos escondrijos y aligerarla de todos sus secretos. Basta volverse agua. ¿Y quién no se vuelve agua frente a una esponja? Miremos al hombre que tiene una esponja en la mano, cómo la manosea y la observa; está mimando, sin quererlo, los movimientos del agua. Y el agua no se halla nunca tan dueña de su expresión, de su voz, como dentro de una esponja. Su principal ocupación, que es caer, encuentra en la esponja, en ese escenario concentrado y tangible, una experiencia cabal de todos sus quehaceres y aptitudes, como en un laboratorio. Lo que hace la esponja con sus mil ramificaciones es frenar la caída del agua para que el agua se nombre a sí misma sin dificultad, limpia y humanamente. En la esponja el agua recobra fugazmente manos y pies, tronco, dedos y cartílagos, o sea un germen de autoconciencia, y vuelve a sí misma después de cumplir con una tarea concreta: escudriñar a fondo, sin errores ni olvidos, un cuerpo que permanecía seco. Plenitud no sólo del agua sino del amor.

Pocas cosas, pues, tan de cabo a rabo como la esponja. Es el anonimato en su forma más pura. No tiene carácter, es decir hábitos, manías, reincidencias, callosidades, endurecimientos. Su dibujo capilar es ecuánime, no hay ahí obstrucciones como tampoco vías rápidas, atajos o brechas; cada membrana y cartílago participan con la misma intensidad en la actividad en común. Es como si la materia, por una vez, hubiera renunciado a cualquier acumulación de fuerza en algún punto, a la menor superposición de residuos; como si se hubiera empeñado en fraccionar el menor asomo de ganglio, de veta o de nervio; como si a través de tortuosos cálculos, rodeos, idas, vueltas y repasos incesantes hubiera acabado con toda adiposidad e inercia y terquedad; con toda estupidez. Resultado: una materia ágil y despierta, recorrible y pronunciable. Y algo más: una materia sin poder, ignorante en el sentido más puro, no ajena a la emoción.

La mitad de la mitad de la mitad; he aquí la pequeña ley que rige a la esponja. Una ley que la esponja lleva a cabo con una obstinación y un rigor admirables, y que quiere decir, sin más, la partición al centésimo, al milésimo o a lo que haga falta para neutralizar cualquier intento de sedimentación, de tribalización, de patriarcado. Siendo que su pasión es la confabulación y el jolgorio, la lubricación y el bombeo, lo que necesita son bifurcaciones y desvíos, y desvíos de desvíos, y ramales de ramales de ramales; todo fraccionado, todo a la mitad de la mitad, todo en giro, todo femenino, todo ya.

De ahí su vocación de filtro, de destilante. El filtro, es bien sabido, es una caída frenada al milésimo, una herramienta de disuasión; disuade frenando y mareando. Es un interrogatorio. La culpa, que es siempre un botín, un fardo ilícito, queda al fin en evidencia y neutralizada en forma de grumo. Lo que permanece es la esencia, la pobreza inicial, pues un filtro no es otra cosa que un viaje a contrapelo en busca del comienzo perdido. Es pues un recordatorio, quizá una confesión. Y, paradójicamente, la esponja es la expresión de la desmemoria: no admite sumas ni acumulaciones. Es franciscana. Y otra cosa: tiene temperamento atlético; no puede permitir que nada se enfríe, que envejezca. Así, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartílagos y tendones de nuestra mano se insinúa el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitarnos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer día. Pues no cabe duda de que el primer día era sencillamente eso, una esponja.

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Lila Downs – La Sandunga

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Ay Sandunga, Sandunga mamá por Dios
Sandunga no seas ingrata, mamá de mi corazón

Antenoche fui a tu casa
Tres golpes le di al candado
Tú no sirves para amores
Tienes el sueño pesado

Ay Sandunga, Sandunga mamá por Dios
Sandunga no seas ingrata, mamá de mi corazón

Me ofreciste acompañarme
Desde la iglesia a mi choza
Pero como no llegabas
Tuve que venirme sola

Ay Sandunga, Sandunga mamá por Dios
Sandunga no seas ingrata, mamá de mi corazón

A orillas del Papaloapan
Me estaba bañando ayer
Pasaste por las orillas
Y no me quisiste ver

Ay Sandunga, Sandunga mamá por Dios
Sandunga no seas ingrata, mamá de mi corazón


lila

Lila Downs

 


La sandunga o también conocida como La zandunga es un son tradicional mexicano del istmo de Tehuantepec, Oaxaca. Se han escrito diversos versos de este son tanto en español como en zapoteco y náhuatl aunque los más conocidos son de la autoría del compositor oaxaqueño Máximo Ramón Ortiz, la palabra sandunga es una voz zapoteca que en español se traduce como: esa música honda y profunda.

En 1853 esta música es llevada a Tehuantepec por Máximo Ramón Ortiz, con los primeros versos, mientras que el músico tehuano Andrés Gutiérrez, la armoniza y la registra en las primeras partituras, para que posteriormente las bandas de música la interpretaran. La melodía se popularizó rápidamente en la región.

Gran cantidad de los sones que se tocan actualmente en el estado de Oaxaca incluyendo “La llorona”, “Canción mixteca”, “Dios nunca muere” y “La Sandunga” son las tres piezas musicales que identifican al estado de Oaxaca en los ámbitos nacional e internacional.

Dr. Atl – México

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Dr. Atl

Su nombre real fue Gerardo Murillo, nació en Guadalajara, Jalisco, México, el 3 de octubre de 1875.
Fue pintor, político, cuentista, vulcanólogo, ensayista, periodista, pero sobre todo, hombre enigmático que protagonizó una vida intensa y extravagante.
Tomó sus primeras lecciones de pintura a la edad de 19 años. En 1895 se fue a vivir a la ciudad de Aguascalientes, Regresó después a Guadalajara y frecuentó el taller de Félix Bernardelli. Luego viajó a la Ciudad de México para estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes. En 1897, a la edad de 22 años, obtuvo una beca del gobierno de Porfirio Díaz para ir a estudiar a Europa.
Estuvo en Inglaterra, Alemania, Francia, España e Italia.
Al regresar a México la Academia de San Carlos lo contrató, “El agitador”, como llamaban al Dr. Atl en San Carlos, persuadía tanto a sus colegas como a los pintores más jóvenes de la importancia del arte popular.
Emprendió su segundo viaje a Europa en 1911. Se estableció en Francia, donde realizó exposiciones, tanto en Alemania como en Italia.
Al enterarse del golpe de estado que dio Victoriano Huerta en 1913, decidió regresar a México, el Dr. Atl se entrevistó el 28 de julio de 1914 con Emiliano Zapata para pedirle que se uniera a Carranza con el fin de derrotar a Huerta, propuesta que Zapata aceptó. 
Ese año fue nombrado interventor de la Escuela Nacional de Bellas Artes o de San Carlos, luego quedó al frente de la institución. Su participación en la política de esos turbulentos años continuó hasta el asesinato de Carranza en mayo de 1920.
Cuando se inició la guerra cristera en 1926, el Doctor Atl simpatizó con al movimiento anticlerical.
Su obra alcanzó su estabilidad a partir de la década de los años treinta, cuando se dedicó a la producción de retratos y paisajes, su afición por los volcanes, lo llevó a escalar frecuentemente el Popocatépletl y el Iztaccíhuatl.
Falleció el 15 de agosto de 1964 en Ciudad de México.


Carlos Fuentes – Chac Mool

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Carlos Fuentes

Carlos Fuentes Macías, nació en la ciudad de Panamá, Panamá, el 11 de noviembre de 1928. Sus padres eran mexicanos, por ser su padre diplomático, pasó su infancia en diversas capitales de América: Montevideo, Río de Janeiro, Washington D.C, Santiago de Chile, Quito y Buenos Aires, ciudad a la que su padre llega en 1934 como consejero de la embajada de México. Los veranos los pasó en la Ciudad de México, estudiando en escuelas para no perder el idioma y para aprender la historia de su país. Vivió en Santiago de Chile (1941-1943) y Buenos Aires en donde recibió la influencia de notables personalidades de la esfera cultural americana.
Llegó a México a los 16 años y entró al bachillerato en el Colegio México de la Ciudad de México. Se inició como periodista colaborador de la revista Hoy y obtuvo el primer lugar del concurso literario del Colegio Francés Morelos (hoy Centro Universitario México).
Se graduó en leyes en la Universidad Nacional Autónoma de México y en economía en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra. En 1972 fue elegido miembro de El Colegio Nacional, fue presentado por el poeta Octavio Paz y su discurso de ingreso fue “Palabras iniciales”.
En 1975 acepta el nombramiento de embajador de México en Francia, como homenaje a la memoria de su padre. Durante su gestión, abre las puertas de la embajada a los refugiados políticos latinoamericanos y a los de la resistencia española. Actúa como delegado en la Conferencia sobre Ciencia y Desarrollo en Dubrovnik, Yugoslavia.
En 1977 renuncia a su puesto de embajador en protesta por el nombramiento del expresidente Díaz Ordaz, como primer embajador de México en España después de la muerte de Franco.
Fue uno de los escritores más conocidos de finales del siglo XX, candidato al Premio Nobel de Literatura en reiteradas ocasiones y autor de novelas y ensayos, entre los que destacan Aura, La muerte de Artemio Cruz, La región más transparente y Terra Nostra. Recibió, entre otros, el Premio Rómulo Gallegos en 1977, el Cervantes en 1987, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1994, la Condecoración de Gran Oficial de la Orden de la Legión de Honor de Francia en 2003 y en 2009 la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Fue nombrado miembro honorario de la Academia Mexicana de la Lengua en agosto de 2001 y Doctor honoris causa por varias universidades entre ellas Harvard, Cambridge y Nacional de México.
Falleció a los 83 años en la Ciudad de México, el 15 de mayo de 2012.


 Chac Mool

Hace poco tiempo, Filiberto murió ahogado en Acapulco. Sucedió en Semana Santa. Aunque había sido despedido de su empleo en la Secretaría, Filiberto no pudo resistir la tentación burocrática de ir, como todos los años, a la pensión alemana, comer el choucrout endulzado por los sudores de la cocina tropical, bailar el Sábado de Gloria en La Quebrada y sentirse “gente conocida” en el oscuro anonimato vespertino de la Playa de Hornos. Claro, sabíamos que en su juventud había nadado bien; pero ahora, a los cuarenta, y tan desmejorado como se le veía, ¡intentar salvar, a la medianoche, el largo trecho entre Caleta y la isla de la Roqueta! Frau Müller no permitió que se le velara, a pesar de ser un cliente tan antiguo, en la pensión; por el contrario, esa noche organizó un baile en la terracita sofocada, mientras Filiberto esperaba, muy pálido dentro de su caja, a que saliera el camión matutino de la terminal, y pasó acompañado de huacales y fardos la primera noche de su nueva vida. Cuando llegué, muy temprano, a vigilar el embarque del féretro, Filiberto estaba bajo un túmulo de cocos: el chofer dijo que lo acomodáramos rápidamente en el toldo y lo cubriéramos con lonas, para que no se espantaran los pasajeros, y a ver si no le habíamos echado la sal al viaje.
    
Salimos de Acapulco a la hora de la brisa tempranera. Hasta Tierra Colorada nacieron el calor y la luz. Mientras desayunaba huevos y chorizo abrí el cartapacio de Filiberto, recogido el día anterior, junto con sus otras pertenencias, en la pensión de los Müller. Doscientos pesos. Un periódico derogado de la ciudad de México. Cachos de lotería. El pasaje de ida -¿sólo de ida? Y el cuaderno barato, de hojas cuadriculadas y tapas de papel mármol.

    
Me aventuré a leerlo, a pesar de las curvas, el hedor a vómitos y cierto sentimiento natural de respeto por la vida privada de mi difunto amigo. Recordaría -sí, empezaba con eso- nuestra cotidiana labor en la oficina; quizá sabría, al fin, por qué fue declinado, olvidando sus deberes, por qué dictaba oficios sin sentido, ni número, ni “Sufragio Efectivo No Reelección”. Por qué, en fin, fue corrido, olvidaba la pensión, sin respetar los escalafones.

    
“Hoy fui a arreglar lo de mi pensión. El Licenciado, amabilísimo. Salí tan contento que decidí gastar cinco pesos en un café. Es el mismo al que íbamos de jóvenes y al que ahora nunca concurro, porque me recuerda que a los veinte años podía darme más lujos que a los cuarenta. Entonces todos estábamos en un mismo plano, hubiéramos rechazado con energía cualquier opinión peyorativa hacia los compañeros; de hecho, librábamos la batalla por aquellos a quienes en la casa discutían por su baja extracción o falta de elegancia. Yo sabía que muchos de ellos (quizá los más humildes) llegarían muy alto y aquí, en la Escuela, se iban a forjar las amistades duraderas en cuya compañía cursaríamos el mar bravío. No, no fue así. No hubo reglas. Muchos de los humildes se quedaron allí, muchos llegaron más arriba de lo que pudimos pronosticar en aquellas fogosas, amables tertulias. Otros, que parecíamos prometerlo todo, nos quedamos a la mitad del camino, destripados en un examen extracurricular, aislados por una zanja invisible de los que triunfaron y de los que nada alcanzaron. En fin, hoy volví a sentarme en las sillas modernizadas -también hay, como barricada de una invasión, una fuente de sodas- y pretendí leer expedientes. Vi a muchos antiguos compañeros, cambiados, amnésicos, retocados de luz neón, prósperos. Con el café que casi no reconocía, con la ciudad misma, habían ido cincelándose a ritmo distinto del mío. No, ya no me reconocían; o no me querían reconocer. A lo sumo -uno o dos- una mano gorda y rápida sobre el hombro. Adiós viejo, qué tal. Entre ellos y yo mediaban los dieciocho agujeros del Country Club. Me disfracé detrás de los expedientes. Desfilaron en mi memoria los años de las grandes ilusiones, de los pronósticos felices y, también todas las omisiones que impidieron su realización. Sentí la angustia de no poder meter los dedos en el pasado y pegar los trozos de algún rompecabezas abandonado; pero el arcón de los juguetes se va olvidando y, al cabo, ¿quién sabrá dónde fueron a dar los soldados de plomo, los cascos, las espadas de madera? Los disfraces tan queridos, no fueron más que eso. Y sin embargo, había habido constancia, disciplina, apego al deber. ¿No era suficiente, o sobraba? En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina.”    

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Jaime Sabines – Poeta mexicano

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Jaime Sabines Gutiérrez

Nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, el 25 de marzo de 1926 fue poeta y político. Es considerado uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX. En vida, tuvo un asombroso éxito entre los lectores, y tras su muerte, su obra ha quedado sembrada en la tradición poética de nuestro tiempo. Su padre, Julio Sabines, nació en el Líbano y emigró con su familia a Cuba. En 1914 se trasladó a México, donde participó en la Revolución. En Chiapas conoció a Luz Gutiérrez, nieta de Joaquín Miguel Gutiérrez, militar y gobernador del estado en cuyo honor la capital estatal, Tuxtla Gutiérrez, lleva su nombre. En 1945 viajó a la Ciudad de México para comenzar sus estudios como médico. Mientras estudiaba, se dio cuenta que la carrera de medicina no era para él; poco después comenzó su carrera como escritor. Regresó a Chiapas por una corta temporada. En 1949 regresa a la Ciudad de México para ingresar a la licenciatura en «Lengua y literatura española» en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre sus influencias literarias se cuentan Ramón López Velarde, Rafael Alberti, Aldous Huxley, James Joyce3 , y en mayor medida Pablo Neruda. En 1953, en la Ciudad de México, se casó con Josefa «Chepita» Rodríguez Zebadúa, trabajando durante el día como vendedor de tela, escribía poesía. Un hombre sencillo, vivía como la gente común, inserto en la cotidianidad urbana. Me sentía humillado y ofendido por la vida; ¿cómo era posible que estuviese en aquella actividad, la más antipoética del mundo? Después de dos o tres años comencé a ser humilde, a decirme: ‘que se vaya al carajo el poeta’. Fue un poeta reconocido y querido por sus lectores y laureado por los críticos y estudiosos de las letras. Era conocido como «El francotirador de la literatura» por pertenecer a un grupo que transformaba la literatura en realidad. Sus escritos se basaron en su presencia en diversos lugares cotidianos como la calle, hospitales, patios, etcétera. Fue diputado federal por el I Distrito Electoral Federal de Chiapas a la L Legislatura de 1976 a 1979 y diputado en el Congreso de la Unión en 1988 por el Distrito Federal. Falleció en Ciudad de México, el 19 de marzo de 1999, el entonces presidente de México, Ernesto Zedillo, lo calificó como uno de los más importantes poetas del país en el siglo XX.


¿Qué putas puedo?
    
¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla, 
con mi pierna tan larga y tan flaca, 
con mis brazos, con mi lengua, 
con mis flacos ojos? 
¿Qué puedo hacer en este remolino 
de imbéciles de buena voluntad? 
¿Qué puedo con inteligentes podridos 
y con dulces niñas que no quieren hombre sino poesía? 
¿Qué puedo entre los poetas uniformados 
por la academia o por el comunismo? 
¿Qué, entre vendedores o políticos 
o pastores de almas? 
¿Qué putas puedo hacer, Tarumba, 
si no soy santo, ni héroe, ni bandido, 
ni adorador del arte, 
ni boticario, 
ni rebelde? 
¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo 
y no tengo ganas sino de mirar y mirar?

Entonces se enviaban suspiros en las rosas
    
Entonces se enviaban suspiros en las rosas, 
besos-palomas de balcón a balcón. 
Pero la sucia noche revolvía alfileres, 
sábanas, rezos, cruces, luto de amor. 
    
Caras agrias, en sombra, el deseo encendió. 
(Cuántos hijos tirados en paredes, 
pañuelos, muslos, manos, por Dios!) 
    
muro de agua, la angustia, se levantó. 
Humo rojo en mis venas. Transfigurado cielo. 
De polvo a polvo soy.

Lento, amargo animal
    
Lento, amargo animal
    
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a
          Dios.
    
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
-maldita y arruinada soledad
sin uno mismo-
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
    
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
    
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
-mi piel como mi lengua-
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
    
Lento desde hace siglos,
remoto -nada hay detrás-,
lejano, lejos, desconocido.
    
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.

Horal

    
El mar se mide por olas, 
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
    
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
    
Parece que sales y soles,
nosotros y nada…

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