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Un tal Dardo Pereyra

B_Argentina

Hoy hace 39 años que murió Dardo Pereyra. Nacido el 18 de febrero de 1910, —años difíciles— en Monroe, un pueblo actualmente casi desaparecido, a 20 kilómetros de Salto en la Provincia de Buenos Aires, estación del ferrocarril San Martín, ramal Rawson – Arribeños. Tengo pocos recuerdos transmitidos de su niñez, hizo sus estudios primarios, creo que entonces eran 3 años, sobreviviendo apenas en esa época a una fiebre tifoidea. Alguna vez me mostró una casa, cercana al actual balneario municipal de Salto, donde transcurrió parte de su niñez, frente al río, cuando el agua del manantial, —luego adjudicado a Pancho Sierra, santo y prócer lugareño— discurría entre las toscas elevadas del margen izquierdo del río.

Recordaba de esa época, la visita clandestina de un tío, hermano de su madre, que llegó una noche a visitar a la hermana y partió antes del amanecer, era un “gaucho renegado” al estilo de Juan Moreira, perseguido por la justicia, no sé por qué crímenes, que le dijeron no mucho tiempo después murió enfrentado en duelo criollo con un sargento de la policía, ambos murieron, contaba la historia, “uno sobre el otro, en cruz…”

Abuelo Vicente Pereira

Don Vicente Pereira

Su padre, Vicente Pereira, hijo de portugueses, (la “i latina” se perdió cuando en los registros civiles de principios del siglo XX no se prestaba mucha atención al tema, por lo cual tanto Dardo como sus hijos, pasaron a ser Pereyra con “y”), contaba que escapó al reclutamiento forzado para la lucha en los fortines, ocultándose en un tanque de agua elevado de la estancia “La Paloma” de los Pacheco Alvear, terratenientes de la zona. Fue arriero, hombre de campo toda su vida, curtido, una cicatriz surcaba su cara, la historia cuenta que provocada por un vengativo que quiso cobrarse una vergüenza que le había hecho pasar, dándole un hachazo con su cuchillo mientras dormía con su apero como almohada, dicen que lo corrió facón en mano hasta que la sangre en sus ojos no le permitió ver como para alcanzarlo. Murió en la década del 40.

Borbonia

Borbonia Quiroga

Su madre Borbonia Quiroga, altiva, cultivada —se conserva alguna carta con buena letra y prosa— personaje entrañable a la que llegué a conocer muy poco, murió en el 62, su familia provenía de la zona de Cuyo me contaron; había tenido una amiga que había estado cautiva de los indios y logrado finalmente escapar reintegrándose a la vida en el pueblo de Salto, fortín de avanzada en las épocas de finales del siglo XIX.

Vicente y Borbonia

Borbonia y Vicente

Dardo tuvo cinco hermanos, dos varones uno mayor y uno menor y tres hermanas.

Peón de campo en su juventud, Dardo hombreaba bolsas, jugaba al fútbol y bailaba muy bien el tango, lo cual le proporcionó el apodo de “Tangón”. Seductor, con sus trajes de casimir y sombrero “gacho” como el que usaba Carlos Gardel, exitoso con las chicas de la época y con algunas señoras también, acumuló peleas por celos, fugas en las oscuras noches de los pueblos vecinos y otras historias que mi vieja, risueña, contaba a veces.

Dardo Pereyra

Dardo en Luján

Con amigos

Con amigos (abajo a la izquierda)

Fue peón golondrina, (aquellos que viajaban en los trenes cargueros, a veces sobre los techos de los vagones, hacia pueblos donde había cosecha y la posibilidad de ganar unos pesos), recuerdo que me comentó, que entre otros sitios, había andado por Quequén en el sur de Buenos Aires.

Año 1931 ingresa al servicio militar, con su metro ochenta, su ancha espalda y siendo excelente jinete, fue destinado al Regimiento de Granaderos a Caballo, conociendo por primera vez Buenos Aires en ese año, contaba que recorrían con los compañeros los lujosos prostíbulos de la capital, con sus mujeres europeas en batas de seda y luego terminaban —por lógica— en algún modesto cuchitril, donde alguna criolla le haría olvidar por un rato a su familia y amigos, para esa época, a la incómoda distancia de 180 kilómetros.

Granaderos 1931 1

Segundo arriba de izquierda a derecha

La foto del desfile muestra a los granaderos el 9 de julio de 1931, acto presidido por José Félix Uriburu, que había derrocado el 6 de septiembre del año anterior al presidente Hipólito Yrigoyen.

Granaderos 1931 3

Desfilando el 9 de julio

Por esas épocas supongo, habrá transcurrido un hecho policial en su familia, su hermano dos años menor, Manuel, le había disparado con su “38” un balazo, a alguien con quien había mantenido una disputa en la calle principal de Berdier, frente al “Restaurant Pira”, propiedad de mi abuelo materno. Enterado de los sucedido por boca de su hermano, tomo el revólver y fue a ver si el herido, en caso de haber sobrevivido pensaba hacer la denuncia, en cuyo caso preveía volver a usar el arma para terminar con el problema, por suerte la víctima decidió dejar todo como estaba y la única resultante fue la requisa del Smith y Wesson 38 a manos de la policía, pérdida que siempre lamentó, (eran épocas en las cuales volver a caballo por las noches a la casa, por caminos rodeados a ambos lados por maizales o sombríos montes, hacían de un buen revólver una compañía deseada).

Restaurant Pira

Restaurant y Hotel Pira con las banderas de Argentina y Cerdeña

Paseando un día con él por la vereda del ya abandonado restaurant y hotel de mi abuelo, me mostró el agujero que había dejado en una de las paredes, la bala después de rebotar en las costillas del antiguo rival de la familia.

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Dardo en 1941 (Cedula de Identidad)

Alrededor de los 30 años se casó con Octavia Pira, mi vieja, hija de inmigrantes de Cerdeña, que contaba en ese momento con 20, comenzando otra etapa ya mucho más dura, de su vida.

Dardo y Octavia

Dardo y Octavia

Trabajaron duramente, en la localidad de Brandsen, como ayudantes de un capellán mayor del ejército  en tareas de limpieza y mantenimiento de lo que supongo sería una chacra en las afueras de la ciudad.

Más tarde recalaron en Buenos Aires, sé por cartas que se intercambiaban y que aún se conservan, que estuvieron dolorosamente separados un tiempo —habiendo nacido ya mi hermano mayor, en el año 48, (segundo hijo, pues uno anterior murió al nacer o muy pequeño)— Dardo se vino a buscar trabajo para luego de establecido, volver a vivir juntos.

Logrado esto se radicaron en Ciudadela, —Estación ferroviaria al Oeste del Gran Buenos Aires— en un ambiente que estaba destinado a cochera, de la casa en la que vivía su hermano menor Manuel.

De ese sitio fue secuestrado una noche por la policía, en las oscuras épocas de la llamada “revolución libertadora”, durante una serie de eventos que culminaron con los fusilamientos del General Valle y en José León Suarez de 12 civiles, el 9 de junio de 1956, como represalia a un levantamiento contra el gobierno militar —buscaban en realidad a un primo de él que vivía en un sitio cercano y pertenecía a la resistencia peronista contra el régimen— y luego de varios días en la comisaría de Ciudadela, donde negaban su presencia a la familia, fue trasladado a la cárcel de Olmos, donde permaneció un par de meses bajo amenaza de fusilamiento inminente.

Segunda vez que estuvo a punto de morir por ser peronista, aunque ni siquiera estaba afiliado al partido; la primera había sido cuando, trabajando en la fábrica Mercedes Benz, fue trasladado con sus compañeros en ómnibus hacia la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, —día del criminal bombardeo y ametrallamiento contra la casa de gobierno y la población civil, perpetrado por la aviación naval con el objetivo de matar o derrocar a Juan Domingo Perón— cuando las bombas comenzaron a caer estaban ya en el centro, a pocas cuadras, pero lograron detener los ómnibus y huir a salvo.

En alguno de los inolvidables paseos que hacíamos cada tanto los domingos, durante mi niñez, me mostró los agujeros de la metralla naval en los frentes cubiertos de granito del actual edificio de la AFIP frente a Plaza De Mayo.

Llegado el año 1958 nace su segundo hijo —yo— y se mudan a Haedo, también en el Oeste del Gran Buenos Aires, a una casa de un cuñado que estaba deshabitada, sobre la Avenida Gaona aun de tierra, a metros de donde hoy se encuentra el Showcenter de Haedo, trabaja en la fábrica de telas plásticas Plavinil en Villa Lugano de la Ciudad de Buenos Aires, saliendo de casa cada día a las 4 de la mañana para retornar a las 17 hasta que se jubiló. En dicha fábrica —contado por mi madre— le ofrecieron el puesto de capataz, ascenso que declinó por no querer mandar sobre sus amigos y compañeros de trabajo, me lo contó con orgullo, aun sabiendo que ese ascenso habría significado una mejoría en su estándar de vida, pero para él siempre prevaleció la idea del compañerismo por sobre los bienes materiales, —que les eran escasos— reflejando su elección la forma de vida elegida, sobre la cual nunca se permitió transar.

1963

Año 1963, Alberto, Juan Carlos, Octavia y Dardo en el cumpleaños de un vecino.

Allí vivió el matrimonio y sus dos hijos hasta el año 1967; luego que le anoticiaran que debía devolver la casa, lograron comprar en cuotas, un terreno a pocas cuadras y con mucho esfuerzo y la ayuda de vecinos y familiares se levantó la que fue la primera casa propia, utilizando dos paredes medianeras antiguas existentes y contando con la mano de obra de algún albañil, lento pero económico, que fue levantando el resto de las paredes de las dos habitaciones, baño y cocina que conformaron la vivienda. Recuerdo el día que se techó, día de solidaridad de familiares y amigos y correspondiente asado.

Esa es la época que mejor puedo testimoniar por haberla compartido. En esa casa, a través del primer televisor que tuvimos, teniendo él la edad con la que cuento ahora, —en ese momento yo tenía 11—  vivimos la llegada del hombre a la luna, cuestionada su realidad después, pero inolvidable para quienes lo presenciamos entonces.

Eran tiempos de vecindario en formación, había muchos terrenos aún baldíos en esas manzanas y era común la amistad y ayuda entre vecinos, con los chicos jugando hasta tarde en la noche en la calle, primero de tierra y más tarde asfaltada, mientras los padres y madres tomaban mate y charlaban mientras espantaban los abundantísimos mosquitos que por allí pululaban.

Se organizaba cada tanto un asado multitudinario siendo siempre él, el encargado de la parrilla, al igual que en Plavinil, donde esa tarea siempre estuvo a su cargo con reconocimiento y agradecimiento de sus compañeros.

De esos tiempos recuerdo muy intensamente las manifestaciones de sus pasiones, el tango, Boca Juniors y Perón.

El tango lo llevaba consigo todo el tiempo, los silbaba o cantaba mientras hacía alguna tarea y lo bailó con destreza y buen gusto toda su vida.

Con el fútbol tenía una sufrida relación, por ejemplo, recuerdo que llegó a  permanecer puteando a un tal Curioni, un jugador de Boca desafortunado en la concreción de los tantos, hasta media hora luego de haber finalizado el partido, por haber errado un par de goles que habrían definido el resultado a favor de su equipo, escuchaba los partidos por la radio portátil, caminando de un lugar a otro e insultando a viva voz a quien correspondiere en cada situación.

Respecto a su fervor peronista, la historia involucra a un vecino extremadamente anti peronista —vulgarmente conocido como “gorila”— que cada 16 de septiembre, aniversario del golpe militar que había derrocado a Perón en 1955, colgaba en una de las ventanas de su casa, que daba a la calle, una bandera argentina; don Dardo, como lo llamaban los vecinos, pasaba una y otra vez por la vereda, silbando lo más fuerte que le salía la “Marcha Peronista”, que identificaba a Perón y su pueblo, con la esperanza que el gorila vecino saliera a increparlo, pero… Pese a que cada año lo hacía, pasando capaz diez veces en el día, el susodicho nunca asomó ni la nariz de su casa.

En el año 73 falleció con 53 años de edad, Octavia, su compañera durante más de treinta años a la cual seguía llamando “Tavita” y ella a él “Dito”, haciéndose él a partir de ese momento cargo del hogar, con todo lo que conllevaba, nunca le oí quejarse de su suerte. Ya jubilado utilizaba algún terreno que aún quedaba sin construir vivienda en él, para, con permiso de los dueños, hacer quintas en las que sembraba tomates, lechuga, zapallitos, ajo, cebollas y todo lo que era factible cultivar en pequeña escala, disfrutando todos de excelentes verduras en calidad y cantidad, provenientes de su labor.

Fueron esos años en los cuales lo llegué a conocer mejor, ya llegado el momento de mi servicio militar, cuando charlábamos mientras le cebaba unos mates en tanto él regaba las plantas de la quinta de turno o cuando compartíamos un whisky mientras veíamos por la noche el partido de Boca de la fecha después de cenar.

Dardo en los 70's

Dardo en los años 70

Lamentablemente llegó ese 14 de julio de 1978, tenía 68, cuando una operación luego de estar un tiempo internado en el Hospital Posadas, terminó con sus días, capaz la enfermedad, capaz el cirujano, quizá el anestesista… Algo provocó que ese viaje al quirófano fuera el último que emprendiera, tras una noche que tuve la suerte de compartir con él en el desvelo del miedo a la operación que vendría, donde charlamos como amigos, en voz baja, con la luz tenue que entraba desde las ventanas de la habitación, hasta que llegó con la mañana, el momento de la despedida…

Pocos días atrás había terminado el mundial de fútbol del año 1978, que había ganado Argentina, mundial controvertido, utilizado como tapadera por el gobierno militar de turno para cubrir sus asesinatos y violencia institucional, pero siempre para mí un recuerdo grato, porque fue su última gran alegría, un sueño hecho realidad como futbolero fanático que fue.

Dardo fue un hombre que hizo un culto de la humildad, la amistad y el compañerismo, buen marido, buen padre, querido por familiares y vecinos, conciliador pero firme en sus convicciones, cabrón cuando se le daba, pero por sobre todo buena persona, ese fue don Dardo Pereyra, mi viejo.

Juan Carlos Pereyra

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Pueblo Henia – Camiare (Comechingones)

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Los Henia – Camiare fueron una cultura que vivió en las actuales sierras situadas entre las provincias de Córdoba y San Luis, en la Argentina. Tuvieron una interesante mitología, un gran desarrollo del telar y sobre todo de la pintura rupestre. Sus viviendas los hicieron célebres, ya que sus eternos enemigos – los Sanavirones – los bautizaron como “k’mchingones”, que significa ‘vizcacha’ o ‘habitante de cuevas’, en referencia justamente a sus particulares viviendas.

Casas

Reproducción de una vivienda Henia – Camiare

Habitaron en las Sierras de San Luis y Córdoba (Argentina).
Los yacimientos del Embalse Río Tercero y Dique Los Molinos, indican que hacia el año 1.000 d. C. esta cultura -con los últimos núcleos de horticultores andinos- ya se había establecido.
Los dos grupos tenían distintos dialectos: los Henia al norte, y los Camiare al sur, compuestos por varias parcialidades, a continuación figuran las principales y su ubicación a inicios del siglo XVI:

Henia

Alueta:
Faldeos orientales de Sierra Chica, sur del Valle de Punilla y Valle de Paravachasca.
Caminigas:
Valle de Tulumba.
Chine:
Entre las actuales Dean Funes y Cruz del Eje, hasta las Salinas Grandes.
Gualas:
También conocidos como Guachas. Valle de Totoral.
Macaclita:
Valle de Calamuchita, y faldeos orientales de la Sierra de los Comechingones
Mogas:
Entre las Sierras de Amargasta y las Salinas Grandes.
Naure:
Valle de Translasierra
Sitón:
Valle de Punilla y faldeos orientales de Sierra Chica.

Camiare

Michilingüe:
Se extendían hasta la Sierra de las Quijadas por el oeste, y la Sierra de Varela al sur.
Nogolma:
Valle de Conlara
Saleta:
Al oeste de la Sierra de los Comechingones.

mapa mechi

Parcialidades a inicios del siglo XVI, en rojo los Camiare, en azul los Henia.

En términos generales las sierras centrales conservaron el patrimonio cultural del área andina meridional, pero empobrecida en sus elementos básicos revelados particularmente en las tecnologías. La metalurgia fue practicamente inexistente. En la alfarería no conocieron la policromía, elaboraban piezas sencillas con decoración de guardas geométricas incisas y estatuillas antropomorfas, que quizás representen un elemento antiguo de las culturas del noroeste.
En la “Relación en suma y de la tierra y poblaciones que Don Jerónimo Luís de Cabrera Governador de estas provincias de los juries, a descubierto donde poblar en nombre de su magestad una ciudad” que en 1573 el “adelantado” elevara a la corona española, describe la cultura:

“Las poblaciones tienen muy cercanas unas de otras que por la mayor parte a legua y a media legua y a quarto y a tiro de arcabuz y a vista unas de otras están todas.
Son los pueblos chicos que el mayor no terna hasta quarenta casas y a muchos de a treinta y a veinte y a quince y a diez y a menos porque cada pueblo de estos no es más de una parcialidad o parentela.
Y así está cada uno por sí, tienen los pueblos puestos en redondo y cercados con cardones y otras arboledas espinosas que sirven de fuerza y esto por las guerras que entre ellos tienen. Biven en cada casa a quatro y a cinco yndios casados y algunos a mas.
Son las casas por la mayor parte grandes que en una dellas se halló caber diez hombres con sus caballos armados que se metieron allí para una emboscada que se hizo. Son bajas las casas que la mitad de la altura que tienen está debajo de tierra y entran a ellas como a sotanos y esto hacenlo para el abrigo por el tiempo frío y por falta de madera que en algunos lugares por allí tienen.
Gente toda de la más vestida dellos con lana y dellos con queros labrados con pulicia a manera de los guadamecis de España. Traen todos los más en las tocas de las cabezas y tocados que de lana hacen por gala muchas varillas largas de metales y al cabo dellas como cucharas, todos los más con un cuchillo colgado con un fiador de la mano derecha que se proveen lo más dello y otras cosas que de hierro tienen de rescates.
Las camisetas que traen vestidas son hechas de lana y tejidas primeramente con chaquira a manera de malla menuda de muchas labores en las aberturas y ruedo y bocamancas.
Crían mucho ganado de la tierra y danse por ello por las lanas de que se aprovechan.
Son grandes labradores que en ningún cabo hay agua o tierra bañada que no la siembren por gozar de las sementeras de todos tiempos. Es gente que no se embriaga ni se dan por esto del beber como otras naciones de yndios ni se les hallaron vasijas que para esto suelen tener.
Es tierra que se hallaron en ella siete ríos caudales y más de setenta o ochenta arroyos y manantiales todos de muy lindas aguas. Hay grandes pastos y muy buenos asientos para poderse criar ganados en gran número de todos los que en España se crían y hacer molinos y otras haciendas con que puedan vivir prósperos los que allí vivieren. Tienen arte y parecer de tierra muy sana porque los temples son muy buenos y sus tiempos de invierno y verano como en España.”

Aspecto físico y vestido:

Eran de estatura elevada, se deformaban el cráneo de modo tabular erecto. Los primeros cronistas relatan que eran “barbudos como nosotros”.
Usaban como vestimenta el uncu o “camiseta incaica”. En las mangas y ruedo tenían decoraciones con valvas de caracol terrestre, común en las sierras. En la cabeza llevaban elaborados tocados de plumas y cobre que les caían más abajo de la cintura.
Eran “…dados a cantar y bailes y después de haber caminado todo el día bailaban y cantaban en coro la mayor parte de la noche”.

Vivienda
Las viviendas eran las casas-pozo, paredes enterradas en el suelo y una techumbre relativamente baja. Eran grandes -según crónicas españolas, un grupo de 10 jinetes con sus caballos, pudieron ocultarse en una-, habitadas por cuatro o cinco familias. Las aldeas cercadas con defensas de espino, agrupaban entre diez y cuarenta.

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Economía
Su economía se basaba en la agricultura, bien desarrollada, con cultivo de maíz, quinoa, porotos, zapallos, a la vez que a la cría de llamas domésticas; conjuntamente se dedicaban a la caza (guanacos, ciervos, liebres, etc.,) y a la recolección de frutos silvestres (abundaba la algarroba y el chañar, con lo que hacían bebidas fermentadas).
Utilizaban la irrigación en extensos campos de cultivo que impresionaron a los conquistadores, guardaban los excedentes en silos.

Artes
De su industria, se han encontrado instrumentos de piedra y hueso: hachas, flechas, boleadoras, pipas, etc.
Usaban el telar andino y pesas de rueca para hilar. La cerámica era simple, con pocas formas; la pintura es excepcional, con sencillas guardas geométricas incisas. En los yacimientos se han encontrado estatuillas antropomorfas, generalmente femeninas.
Se han distinguido en el arte rupestre, presente en todas las sierras.

Sociedad
La filiación era patrilienal, la comunidad familiar extensa era la base de la organización social. La autoridad de cada una de ellas estaba subordinada a un cacicazgo hereditario.
Las parcialidades tenían territorios propios -con aguadas y jagüeles- delimitados, la violación de los mismos provocaba frecuentes fricciones entre los grupos.

Guerra
Como armas usaban especialmente el arco y la flecha, con puntas de piedra y hueso; lanzas cortas, mazas y boleadoras. Usaban flechas incendiarias.
Acostumbraban ir al combate con el rostro pintado “una mitad negra y otra roja”. Atacaban de noche -para que la Luna los protegiera-, en escuadrones cerrados, organizándose según fueran flecheros o portadores de fuego.

Desarticulación cultural – El fin de la era

A la llegada del español, los sanavirones habían logrado lo que a los incas les había resultado imposible: expandirse en sus territorios.

La conquista de la “provincia de los comechingones” hizo pie en 1573, cuando un grupo de españoles dirigido por Jerónimo Luis de Cabrera, gobernador de Tucumán, fundara la ciudad de Córdoba de la Nueva Andalucía, buscando reemplazar a Santiago del Estero como el núcleo urbano más importante de su gobernación. Los españoles llevaban veinte años de reconocimiento de la región, lo que les permitió conocer sus parcialidades, dominios y propiedad de las tierras. Los límites precisos de cada una de ellas les facilitaba los “reclamos” de encomienda.

Para apropiarse de las tierras -luego de obtener la encomienda, aprovechando el amojonamiento y organización propia de los pueblos originarios-, con el pretexto de evangelizarlos, se los “reducía” en misiones religiosas, las tierras quedaban desiertas y entonces podían ser pedidas en merced (La corona lo aprobaba cuando no estuviera poblada por nativos).

Tan pronto como fundaron Córdoba, empezaron a emigrar las tribus vecinas. En la primera etapa, comechingones y sanavirones ofrecieron dura resistencia, haciendo honor a su tradición bélica.

En 1575, en un acto de rebelión, resulta muerto el alcalde Blas Rosales; el gobernador -Suarez de Figueroa- decide arremeter contra los comechingones en el cerro Charalqueta (Ongamira), donde se habían fortificado. Era un lugar de difícil acceso y los nativos pudieron burlarse del asedio por unos días, mientras los atacaban con flechas y bolas; pero los españoles realizaron un rodeo con sus caballos y al llegar los exterminaron. Según la leyenda muchas mujeres que acompañaban a sus hombres se arrojaron desde la cima cargando en sus brazos a sus hijos, prefiriendo la muerte a la esclavitud.

Luego, algunos intentaron acuerdos, pelearon judicialmente, e incluso adoptaron costumbres. Los sanavirones conocedores de quechua oficiaron de intérpretes, los michilingüe (parcialidad de los camiare) se sometieron dócilmente: Arosena hija del cacique Koslay, bautizada como Juana, se casó con un oficial español, a quien se le otorgó la merced de las tierras del río Quinto hasta el límite con Córdoba.

En todos los casos son vencidos e incorporados al sistema colonial. En menos de cien años del ingreso español a la región, los comechingones resultarán diezmados.

Creencias:

Las deidades principales eran el Sol y la Luna, creadores de todo lo conocido, generadores de luz, alimento y protección.

Habían adoptado algunas deidades presentes en las culturas del noroeste, como el yastay, el chiqui y el uturuncu.

Hacían la guerra de noche “para que la Luna estuviera con ellos”.

Conocían el “cuarto de sudar”, pequeñas casas semisubterráneas donde tomaban baños de vapor, para purificarse.

Algunos cerros, manantiales y grutas, eran santuarios donde se congregaban a efectuar sus ritos ceremoniales. Había un cerro en Ongamira, llamado Charalqueta, reverenciando al dios de la alegría y felicidad; al que luego del legendario suicidio masivo de los nativos ante su inminente captura por el conquistador, pasaron a llamar Colchiqui, dios de la tristeza y fatalidad.

Ceremonias

Practicaban la magia y las danzas rituales, como se advierte en las pinturas rupestres de Cerro Colorado, donde el hechicero hacía uso del fruto de cebil como alucinógeno. El cebil pulverizado era aspirado.

Al llegar la primera menstruación en las muchachas, morir una criatura, o para la buena fortuna en el combate, tenían elaborados rituales.

Hay referencias de una ceremonia en la zona de Quilino (noroeste de Córdoba) “…tenían hecho un cerco de ramas y dentro de él por un callejón que tenían hecho de ramas de guacayán, con huronoes y unos papagayos y figuras de lagartos… había una vieja desnuda con pellejos de tiguere… que bailaba y a cuyo alrededor hacían lo mismos los participantes, cantando en invocando al demonio”.

Los muertos eran enterrados en posición fetal, generalmente bajo el suelo de las viviendas, aunque hubo cementerios como lo demuestran los hallazgos de Rumipal y Unquillo.

En 1965, seis arqueólogos aficionados, encontraron un esqueleto comechingón en la zona de Laguna Honda, a 20 km de Villa María, Córdoba.

De una antigüedad de 360 años, estaba atado con lianas y tenía un ajuar compuesto por vasijas de barro, collares, hachas, boleadoras y puntas de flechas.

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La fotografía es de la época del descubrimiento, hoy se encuentra en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.


Uritorco y Calabalumba (Leyenda)

Uritorco era un indio joven, alto y barbado. Cuando conoció a Calabalumba, le pareció tan hermosa como la flor de suico. La vio vestida con su falda de lana y su camisa adornada con laminillas de caracol, y peinada con el cabello recogido en una trenza negrísima con colgantes de metal. La siguió, pero ella se escabulló entre la gente; sólo dejó en el aire el sonido de las medallas de cobre y plata que colgaban de sus pulseras, y su perfume suave. Uritorco se había enamorado y la buscó hasta encontrarla otra vez. Calabalumba también lo amaba. Pero era hija de un hechicero y el padre jamás aprobaría su relación con Uritorco. Ella lo sabía y también sabía que no iba a poder renunciar a su amor.

Una noche, se citaron junto al cerco de espinillos que separaba los maizales de los corrales de llamas y alpacas. Allí decidieron huir juntos. No fue fácil: el hechicero se convirtió en una figura demoníaca que los perseguía siempre, en cualquier lugar donde se ocultaran. Se refugiaron en los matorrales, entre los árboles, en cuevas escondidas, pero todo fue inútil: el negro demonio de la muerte los acosaba.

Un día, se encontraron frente a frente con un jaguar con ojos de hombre: el Uturunco, quien mostraba sus dientes afilados y rugía, amenazante. Entonces, los jóvenes se transformaron: él, en el magnífico cerro Uritorco y ella, en el río Calabalumba, ese torrente de lágrimas que, como un manantial, surge del pecho de piedra de la montaña. Dicen que, por el conjuro de ese amor, todo aquel que se acerca al Uritorco queda extasiado al contemplar sus tonalidades cambiantes, y mareado por una atracción extraña y una sensación de bienestar. Dicen que es muy difícil dejar de admirar su magnética presencia.


Piedra Blanca. “Altar de los comechingones”

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En Merlo, San Luis, al pie de la Sierra de los Comechingones, se encuentra este sitio arqueológico mítico-religioso.

Se trata de un conjunto de piedras dispuestas de norte a sudoeste; con un cuadrado que marca la entrada al sitio, seguido de piedras escalonadas sobre el talud -apuntaladas por otras menores-, el altar de forma cúbica, pulido en la parte superior y horadado en uno de sus costados, y una piedra de gran tamaño en la cima del talud.
El lugar -punto de encuentro de los hombres entre sí y con lo divino-, era utilizado para desarrollar los ritos ceremoniales.


Pinturas Rupestres

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En la actual localidad de Cerro Colorado situada a 160 km al norte de la ciudad de Córdoba y a solo 11 km de Santa Elena, se encuentra la Reserva Cultural Natural “Cerro Colorado” que constituye junto con la Cueva de las Manos en la Provincia de Santa Cruz uno de los centros pictóricos de arte rupestre más importante de Argentina. Juntos constituyen el principio y fin de la presencia aborigen en esta porción del Continente Americano , puesto que las pinturas más antiguas de éste lugar tienen unos 1200 años de antigüedad ( recordemos que en la Cueva de las Manos se deja de pintar hacia el 1000 d.c.) y se prolongan hasta el S. XVI con la llegada de los conquistadores españoles, constituyendo por esta razón un patrimonio cultural de interés universal.


Fuente: Pueblos Originarios.com y otros.

Isidro Velázquez – Bandidos rurales

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Isidro Velázquez nació el 15 de mayo de 1928 en Mburucuyá, Corrientes, en el seno de una familia humilde y numerosa: tenía 21 hermanos. Los padres se llamaban Feliciano Velázquez y Tomasa Ortiz. Murió en una emboscada tendida por la policía federal camino a Machagai, Chaco, el 1 de diciembre de 1967.

Publicado en la Revista Crisis, noviembre 1987

Isidro Velázquez

   
En el invierno de 1977 un ciego cantaba en el refugio de la estación Ramos Mejía: “camino de Pampa Bandera, lo esperan en una emboscada y en una descarga certera ruge en la noche la metrallada”. La letra repiqueteada del chámame convocaba a los trabajadores que se refugiaban del primer frío matinal, algunos con el diario bajo el brazo, atraídos por el lazo sutil que hermanaba las noticias con el canto del ciego: “la pólvora entre los huesos se hizo ceniza en los pechos bravos. Isidro Velázquez ha muerto, enancado en un sapucay, pidiéndole rescate al viento que lo vino a delatar”.
ra el año de las emboscadas de la guerra sucia, pero el chámame de Oscar Valles, El último sapucay, hablaba de otra emboscada, diez años atrás, cuando el primero de diciembre de 1967, Velázquez moría alcanzado por las balas policiales en el monte chaqueño y se abrían aún más las puertas de su leyenda.
“Desde hace un año comencé a preocuparme seriamente por el ‘caso de Isidro Velázquez’ -escribía en 1968 el sociólogo Roberto Carri-. Velázquez y Gauna (se refiere Carri a su lugarteniente) eran más populares que nadie en la provincia del Chaco, su fama traspasaba las fronteras provinciales y se hablaba de ellos en todo el monte chaqueño, hasta el Paraguay. Las razones de la supervivencia estaban -ya en ese momento no tenía ninguna duda- en el apoyo general de las masas rurales”.
Isidro Velázquez nació el 15 de mayo de 1928 en Mburucuyá, Corrientes, hijo de Feliciano y Tomasa Ortiz. El año 1961 lo encuentra con su mujer y sus cuatro hijos en Colonia Elisa, Chaco, donde trabajaba como peón rural. Tanto allí como en La Verde, Selvas del Río de Oro, Laguna Blanca y Laguna Limpia, Zapallar, La Escondida, Lapachito y otros parajes del norte se lo tenía como el mejor baqueano, rastreador y cazador de los esteros y los montes.
Ese hombre alto, delgado, de rostro enjuto y mirada penetrante que era aceptado como buen vecino, asistía a las reuniones periódicas de la Cooperadora Escolar de Colonia Elisa hasta que, por alguna razón no muy clara, comenzó a ser hostigado por la policía. En su prontuario figuran tres causas abiertas en 1961 por robos y hurtos, y una cuarta por evasión. El jefe de sus cazadores en persona, capitán Aurelio Acuña, no ocultaría su sorpresa tiempo después, por la forma en que un hombre que durante más de treinta años había sido “humilde pero honrado”, se había convertido en un “peligroso delincuente”.
En el Chaco, las opiniones están furiosamente divididas. Las autoridades aseguran que esos primeros delitos fueron reales, pero la gente dice que no, que Velázquez sufrió un hostigamiento injustificado de la policía que culminó con el encarcelamiento, su fuga y el comienzo de la historia de ‘El Vengador’. Se dice que la persecución se originó en un problema familiar, porque, a contramano de su forma de ser, nunca más tomó contacto con su mujer y sus hijos, ni les hizo llegar ayuda económica.
    
Fuera de la ley
    
Más allá de cualquier razón, queda claro que cuando Velázquez escapó de la cárcel de Colonia Elisa ya había tomado la decisión que lo empujó hacia el monte, tras las sendas que veinte años antes habían transitado Zamacola, Bairoleto y el famoso Mate Cosido.
Pero no solamente lo protegieron la vegetación y la geografía indómita del Chaco. Miles de peones golondrinas habían emparentado su impotencia con la rebeldía de “El Vengador”. Muchos provenían, como él, de Corrientes, otros de Santiago del Estero y Paraguay y, arrojados a su suerte, ni podían regresar a sus hogares ni encontraban trabajo debido a las secuelas de la crisis del tanino y al comienzo de la crisis algodonera que los condenaba a deambular por la provincia sufriendo las miserias de la desocupación.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el descubrimiento del extracto de mimosa en África Oriental, como sustituto del tanino, coincidió con el progresivo agotamiento de los quebrachales del sur chaqueño. Los obrajes, que trabajaban para la misma compañía inglesa que había descubierto la mimosa africana, comenzaron a cerrar. En 1960 quedaban sólo unos pocos en el norte.
La población, que había aumentado vertiginosamente entre 1920 y 1947, de 46 mil habitantes a 431 mil, se estabilizó llegando a 530 mil en 1960. Grandes contingentes de paisanos emigraron en ese período hacia las villas miserias de las capitales y otros fueron reabsorbidos por el desarrollo de cultivos industriales como el del algodón. Pero así como el hachero es esclavizado en los obrajes, en los algodonales el trabajo es temporario, con un régimen agotador y en condiciones de vida miserables. La situación empeoró aún más cuando en 1964 la crisis del algodón se descargó sobre el Chaco y de las 400 mil hectáreas sembradas ese año, sólo llegaron a 278 mil en 1967.
Es entre los hacheros desocupados, los golondrinas y los indígenas, donde Isidro Velázquez encontró refugio cuando se alzó contra la ley junto con Claudio, su hermano menor.
    
La revista Así fabulaba por esa época: “Famosos por su puntería, los dos hermanos usaban para hacer fuego indistintamente ambas manos. Sus revólveres, calibre 38 largo, que llevaban bajos, al estilo de los pistoleros del cine americano, disparaban plomos certeros. En su prontuario iban anotándose nuevos pedidos de captura por robos, homicidios y atentados a la autoridad”, y agregaba: “Ambos se desplazaban cómodamente por todo el territorio chaqueño, protegidos por el monte, amparados en los rancheríos humildes donde entregaban a los necesitados parte de lo que obtenían en sus atracos espectaculares”.
    
El 25 de junio de 1962, los hermanos fueron sorprendidos en una picada en las afueras de Colonia Elisa por una patrulla policial armada con carabinas, metralletas y pistolas. Los Velázquez respondieron el fuego con un winchester y revólveres, eludiendo el cerco a pesar de la superioridad numérica de sus perseguidores.
Tres días después aparecieron en Colonia Popular y protagonizaron un tiroteo a caballo frente al destacamento policial. Un mes más tarde, el 23 de julio, irrumpieron en el bar del chino Chou-Pin, de Colonia Elisa, y se llevaron ocho mil pesos, “una radio a transistores, linternas, bebidas, alimentos envasados y también fiambres”.
El 25 de ese mes atracaron al estanciero José Vicente Barrios y el 12 de agosto irrumpieron en el almacén de ramos generales que regenteaba Antonio Marcelino Camps en Lapachito, a dos cuadras de la comisaría. Desmontaron frente al almacén y se dirigieron a paso seguro hasta la caja que atendía Teresa Octaviana, la hija del dueño.
“¿Vos Isidro? -dijo la muchacha- no es posible que nos hagas esto”. Mientras hablaba intentó sacar un revólver pero Claudio la derribó de un culatazo. Se produjo luego un tiroteo donde murió un vecino y. cuando ya se retiraban, desde la trastienda salió Jorge Anastasio Camps, el otro hijo del dueño, disparando su pistola. Isidro no quiso usar su arma. Habían sido compañeros de la escuela primaria y juntos habían salido a cazar mas de una vez. Pero Claudio respondió el fuego y el hombre se desplomó con un balazo en la cabeza.
La infatigable persecución de la policía ya estaba en marcha pero los hermanos no se escondían, “visitaban los boliches, a sus amigos y se exhibían por las calles de Colonia Elisa, La Verde, Zapallar, Colonias Unidas, Lapachito, Plaza y La Escondida sin que nadie se atreviera a denunciarles”, aseguraba la revista Así.
El sociólogo Roberto Carri, en su libro Isidro Velázquez, formas prerrevolucionarias de la violencia, publicado en 1968, decía que “la comunidad rural indígena y criolla se expresa colectivamente en la identificación con Velázquez. Debido a su situación de despojo y su ‘retraso’ cultural. . .se identifica con el hombre que expresa un poder antagónico al régimen”. Pero más adelante advierte que “hay que distinguir entre el papel que juega realmente el rebelde para el pueblo que lo protege… y su anecdotario particular (el de Velázquez) que puede o no coincidir con la imagen que de él se tiene y que provoca la identificación con el proscripto”. Carri reniega de la “sociología desarrollista” y de los “marxistas Victorianos” que califican las acciones de los hermanos como propias de bandoleros. Define a Velázquez como “rebelde” y a esos sociólogos como “bandoleros sociológicos”.

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Osvaldo Soriano – El caso Robledo Puch

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(Sobre un caso real – Publicado en el diario “La Opinión” en 1972)

 

El momento de su detención

Iluminados por el soplete, Robledo y Somoza trabajan callados y serios. Robledo sostiene el aparato que perfora el material mientras su amigo sigue sus movimientos con atención. El trozo de acero está por caer y Robledo lo ayuda con un golpe. Ninguno dice nada. A Somoza acaba de ocurrírsele una broma acorde con la circunstancia. Pasa un brazo alrededor del cuello de su compañero y aprieta con suavidad, cada vez más. Robledo le da un codazo y lo lanza hacia atrás. Manotea el revólver que tiene en el cinturón y dispara. Asombrado, quizá sin entender lo que ocurre Somoza cae y articula una explicación que es apenas un gemido. Robledo lo observa unos instantes, levanta su brazo derecho y dispara otra vez. “No podía dejarlo sufrir. Era mi amigo”, explicará después. Se ha quedado solo, con dos cadáveres junto a él -antes ha matado al sereno Manuel Acevedo-, pero eso no le preocupa. Sale.

Una moto primero, un camión más tarde, le sirven para alejarse del lugar. El círculo se ha cerrado. Al matar a Somoza, Robledo se ha aniquilado a sí mismo. Unas horas más tarde, la policía lo arresta frente a su casa.

Los primeros pasos

Carlos Eduardo estudia piano; la maestra dice que tiene gran facilidad y que es un chico respetuoso. Ejercita con Hannon y la abuela está contenta con él porque aprendió muy bien a hablar alemán y también puede conversar en inglés. Claro que no es un chico afeminado, como esos que tocan en las fiestas familiares para ganar el aplauso de los parientes y amigos. El sale a jugar a los cowboys con los chicos del barrio y juega al fútbol. Se cree Sanfilippo y cuando le quitan la pelota protesta, dice que fue foul. Pero no le hacen caso porque es un poco antipático, casi agresivo cuando discute. Por eso, le dicen Leche hervida.

Los domingos acompaña a su madre a la iglesia de Olivos. Algo a regañadientes, es cierto, pero va y se porta bien. En el colegio Cervantes es un poco indisciplinado, pero no llama demasiado la atención. De vez en cuando pide libros a la biblioteca y los devuelve rápidamente, lo que hace pensar que lee mucho. Una contestación irrespetuosa para su maestra lo lleva un día frente a la directora. Ella lo reta, le levanta la voz. El suda muy frío, como le pasa siempre que alguien le impone una orden. De pronto siente que no puede más, que esa mujer le molesta. Toma una silla y la destroza contra la pared. La llegada de los celadores pone a la mujer ante una situación difícil. Llama a los padres y les pide que lo retiren del colegio si quieren evitar la expulsión.

La infancia de Carlos no está grabada en muchas memorias. Su padre –inspector de interior en General Motors–, dice que él no es culpable de lo que pasa, aunque no sabe explicar bien por qué ocurre esta odisea que no cabe dentro de su vida pequeña. Los amigos de Carlos recuerdan poco, pero frente al periodismo imaginan, quieren participar, acercarse a la tragedia. La infancia de Carlos Eduardo se confunde en unos pocos años, como si los hechos se cruzaran entre sí. Pero no hay nada extraordinario más allá de la historia que algunos narran: apenas los días apacibles del hijo único, mimado por la abuela y la madre.

El padre quiere que Carlos sea ingeniero y lo manda al colegio industrial a los 14 años. A esa edad tiene su primer contacto con la muerte. Su padre lo lleva al velatorio del abuelo y también a la ceremonia de cremación del cuerpo. Carlos permanece silencioso todo el tiempo. Ve como las llamas consumen el cuerpo agotado de ese alemán cariñoso con el que había pasado algunos buenos momentos. Al volver a casa, el padre recuerda que su abuelo también quería verlo convertido en ingeniero.

Carlos Eduardo ingresa al industrial. No sabe si quiere ser ingeniero, pero le gustan las máquinas. Le gusta el ruido infernal de los motores, ese rugido que se mete en la sangre. Empieza a aprender el oficio, pero no dispone de mucha paciencia.

En la escuela conoce a Jorge Antonio Ibáñez, un muchacho rápido e inteligente. Ibáñez esquiva los compromisos, resuelve cada situación en su favor. Ese hombre le gusta. Tiene 15 años pero desafía a sus maestros, a los compañeros. Es un tipo libre, cree Carlos Eduardo. Comienza a seguirlo, a cambiar palabras con él, a imitar algunos de sus gestos. Quiere ser simpático y para eso se endurece.

Jorge Antonio dispone de tiempo, no tiene que volver a su casa a una hora determinada, no tiene que pedir permiso para ir al cine. Le cuenta a Carlos que su viejo es un tipo macanudo, un tipo de hoy.

No está clara a través del tiempo la cronología de los hechos: se conjetura que Carlos es acusado de robar 1.500 pesos y tiene que dejar la escuela. Su padre lo incorpora a un colegio particular, pero poco tiempo más tarde, el joven abandona el estudio. Habla con su padre. Le dice que ya sabe el oficio. No quiere ser ingeniero, se conforma con poner un taller de motos.

Así se reencuentra con Ibáñez, que ha dejado también el colegio. Se hacen amigos. En “El Ancla” conversan largas horas frente a un café. No tienen plata para más. Algunos domingos van a la cancha porque Carlos Eduardo sigue a San Lorenzo. Un día, Robledo confiesa a su amigo que ha robado una radio en un negocio del centro. Todo ha sido fácil. La gente es demasiado confiada. Ibáñez sonríe y tal vez le estrecha la mano. No vuelven a verse por un tiempo.

Para no disgustar a su madre, Carlos acepta trabajar de cadete en la Farmacia de Sebastián Samban, a una cuadra y media de su casa de la calle Borges al 1800, en Vicente López. Un día le lleva la radio al farmacéutico. “Se la vendo en dos mil pesos”, le dice. El hombre no confía demasiado y habla con su madre. “Cómpresela –le dice ella–, es de él”. Don Samban le da los dos mil pesos y Carlos se compra una bicicleta. Samban se queda sin cadete.

Unos meses más tarde, Robledo camina solo por la ciudad cuando ve una hermosa moto. La mira un rato, deslumbrado. Por el caño de escape que le han agregado le parece que está pichicateada. Recuerda la radio y sube. Ese día ruge por las calles sin parar. Va de aquí para allá sintiendo el aire fresco en el pecho, en el pelo rojizo que le cubre la cara. Se siente libre. Por fin, choca contra un auto detenido y deja la moto, que tiene una rueda torcida.

En el bar se encuentra otra vez con Ibáñez. Se saludan y Carlos lo invita a tomar un café. Le cuenta lo de la moto. Ibáñez lo mira en silencio, aprueba con movimientos de cabeza. Por fin, una confesión de Jorge Antonio estrecha la amistad. Le cuenta que él también ha robado algunas cosas y que pasó varias noches preso; nada de importancia.

Presuntamente violento

Robledo está impaciente. Ibáñez lo calma. No todo es tan fácil como parece. Hay que entrenarse, como en el fútbol, para no fallar nunca. Ibáñez es inteligente y se las arregla para tener muchas mujeres que lo buscan en el bar, le dejan mensajes. Robledo está solo, pero no lo lamenta. Se siente más fuerte que Ibáñez.

Entre tanto, sus padres se preocupan por la suerte del joven. Le prohíben salir de noche, le piden cuentas de su vida. Otra vez Carlos necesita conformarlos. Toma un curso de radio y televisión y frecuenta la antigua barra del bar “La Perla”, pero no tiene mucho que decir. Ellos le parecen tontos y lo grita: “Ustedes son unos giles”. Para vengarse, sus amigos lo llaman Colorado, un apodo que en la infancia lo enfurecía.

Sólo frente a Ibáñez se siente bien. Ibáñez no es un mequetrefe, piensa Robledo. En el reencuentro, Jorge Antonio lo invita a su casa: “Ya te dije que mi viejo es macanudo. En casa tengo un par de revólveres. Podemos practicar tiro al blanco”. Eso lo fascina. Destrozar esos cartones inmóviles le recordará los años del potrero, cuando jugaba a los cow-boys. “¡Muerto!”, gritaba él y el otro caía al suelo. Lo que más furia le daba era que le gritaran ” ¡El Colorado está muerto!”. Eso lo ponía furioso.

Empiezan a tirar. Robledo tiene en las manos la misma seguridad para el revólver que para el piano. Agilidad, dice Ibáñez, que no sabe lo del piano.

Un día trazan el primer plan. Se trata de una joyería de menor importancia. Como para probar. Todo va bien y reparten las joyas y los relojes. No entienden demasiado y sacan cosas de poco valor. Detalles para corregir, piensa Robledo.

Carlos ha cumplido los 17 años y roba una moto. Con ella alborota a todo el barrio, ya que la arregla en la vereda de su casa y pone el acelerador a fondo para irritar a los vecinos que protestan. E14 de febrero de 1969 ingresa en la Escuela de Artes y Oficios José Manuel Estrada, ubicada en la zona de Los Hornos, partido de La Plata. Ha sido acusado por el robo de la moto. Allí permanece 20 días y en un par de charlas con el director, Eloy Malaundes, le confiesa que no se entiende con su padre.

Cuando sale, Robledo Puch vuelve al piano. Estudia con la profesora Virgilia Dávalos, quien lo recuerda como un chico “tímido y correcto”.

Otra vez Ibáñez. Con él empieza a visitar los boliches de la avenida del Libertador. Conoce a mucha gente y aunque su cara aniñada–los ojos azules y grandes, los labios carnosos y el pelo que le achica la frente–no lo hace muy atractivo, consigue algunas mujeres.

Los dos amigos se tienen cada vez más confianza.

Concretan varios golpes, casi todos en la calle, Robledo no sabe todavía que Ibáñez actúa por su cuenta, como un experimentado profesional; roba coches (prefiere los Torino, por los que le pagan 400 mil pesos) y su familia parece conocer sus andanzas.

Robledo, que era un chico callado, se está envalentonando. Se jacta de su audacia y dice que espera un gran futuro. Ibañez asiente. Brindan y pagan copas. Las mujeres empiezan a preferir su compañía.

Carlos Eduardo quiere irse de su casa. Un día lo intenta, pero no llega lejos. Su padre lo alcanza a las pocas cuadras, baja del auto y lo abofetea como a un chico. Un rayo de rencor habrá atravesado los ojos del muchacho.

Aída, la madre de Carlos, está agotada. Decide hacer un viaje a Europa. Visitará Alemania, donde vivió la guerra. Viaja en barco porque quiere descanso. José, el padre, sale al interior para cumplir con su trabajo. E1 10 de enero de 1970 Carlos Eduardo abandona la vacía casa de sus padres. Dentro de nueve días cumplirá 19 años y quiere festejarlo.

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