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Gaby Moreno – Luna de Xelajú

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Luna, gardenia de plata,
que en mi serenata
te vuelves canción.
Tu que me viste cantando,
me ves hoy llorando
mi desilusión.

Calles bañadas de luna
que fueron la cuna
de mi juventud.
Vengo a cantarle a mi amada,
mi luna plateada
de mi Xelajú.

Luna de Xelajú…
Que supiste alumbrar
en mis noches de pena,
por una morena de dulce mirar.

Luna de Xelajú…
me diste inspiración,
la canción que te canto,
regada con un llanto
de mi corazón.

En mi vida no habrá
más cariño que tú, mi amor…
Porque no eres ingrata
mi luna de plata, luna de Xelajú.

Luna que me alumbró
en mis noches de amor,
hoy consuelas la pena
por una morena, que me abandono.

Paco Pérez


“Luna de Xelajú” es un popular vals-canción de Guatemala. Fue compuesta por Paco Pérez (1917-1951), cantante nacido en Huehuetenango.

Xelajú es el nombre utilizado por la etnia k’iche’ para la ciudad guatemalteca de Quetzaltenango. La canción fue dedicada a Eugenia Cohen, una bella dama que enamoró al autor de la canción, pero que luego lo abandonó por el rechazo de sus padres a la relación.


GM

Gaby Moreno

Gaby Moreno nació en Ciudad de Guatemala, Guatemala, el 16 de diciembre de 1981, es cantautora y guitarrista. Su música ha sido influenciada por los ritmos soul, folk, blues, rock y bossa nova y la música tropical además de las influencias latinoamericanas de su país natal. Actualmente reside en Los Ángeles, California.

En el año 2013 ganó el premio Grammy por su álbum “Postales”

 Discografía

2008: Still the Unknown (lanzamiento independiente).
2010: A Good Old Christmastime (EP).
2011: Illustrated Songs
2012: Postales (Metamorfosis).
2012: Didn’t it rain (álbum) (Participación en el álbum de Hugh Laurie).
2014: Posada (álbum).
2016: Ilusión (álbum).

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Ana Maria Rodas – Guatemala

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Ana María Rodas

Ana María Rodas nació en Guatemala, Guatemala, el 12 de septiembre de 1937.
Se presenta como poeta, narradora y ensayista, es considerada una de las grandes figuras latinoamericanas de la literatura de mujeres. En su poesía, sensual o acre, pero perdurable, denuncia la hipocresía de la opresión. Con su poemario “Poemas de la izquierda erótica” escandalizó a la sociedad pacata y convencional y llevó al plano humano más íntimo la cuestión de la libertad.
Sus libros han sido traducidos al alemán, al inglés, al italiano.
Sus poemas han sido publicados en antologías en español, portugués, inglés y alemán, en Centroamérica, Estados Unidos, Inglaterra, Brasil, Colombia, México, Austria, Italia y Alemania. En 1974 la Asociación de Periodistas de Guatemala le otorgó el Premio Libertad de Prensa, premio otorgado solamente a periodistas que se destacan en la defensa de aquella libertad fundamental.
Su primer libro, Poemas de la izquierda erótica (1973), tanto por su temática como por la polémica levantada en el momento de su aparición, ha recibido bastante atención por parte de los medios y de la crítica especializada y se ha constituido en punto de referencia para el estudio de la literatura guatemalteca y centroamericana.
Posteriormente, publica Cuatro esquinas del juego de una muñeca (1975) y El fin de los mitos y los sueños (1984). En 1980, su libro El fin de los mitos y los sueños recibió una mención de honor en el certamen de Juegos Florales Hispanoamericanos de México, Centroamérica y el Caribe de 1980 de la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala.
En 1990 recibió, simultáneamente, los primeros premios de cuento y poesía en el certamen de juegos florales de México, Centroamérica y el Caribe de 1990, con sus obras La insurrección de Mariana (poesía), y su cuento Mariana en la tigrera.
En el año 2000 el Ministerio de Cultura y Deportes de Guatemala le otorga el Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias” por el conjunto de su obra. En el año 2006 la Fundación G&T Continental y la Asociación Cultural Vicenta Laparra de la Cerda, en colaboración con la Hemeroteca Nacional Clemente Marroquín Rojas y el Ministerio de Cultura y Deportes le otorga la Orden “Vicenta Laparra de la Cerda” por su obra literaria y actividad periodística.
El 9 de septiembre de 2017 recibe el honor de ser nombrada Persona Ilustre por su aporte a la literatura universal, reconocimiento otorgado por la tricentenaria Universidad San Carlos de Guatemala.

Poesía

    Poemas de la izquierda erótica, 1973.
    Cuatro esquinas del juego de una muñeca, 1937.
    El fin de los mitos y los sueños, 1984.
    La insurrección de Mariana, 1993.
    Eva a los cincuenta y dos años, Plaquette de la Revista Cultural Caravelle, París 1988.
    Poesía de Ana María Rodas. Libro en Audio Casette, Ministerio de Cultura, Guatemala, 1995.
    Poemas de la izquierda erótica: Trilogía, 2006
    VERSschmuggel : spanische und deutschprachige gedichte = Contrabando de versos poemas en español y alemán, traducción por Armando Romero; Aurélie Maurin; Thomas Wohlfahrt; et al Auspiciado por el Instituto Cervantes y el Goethe Institut. Editoriales: Heidelbreg Wunderhorn ; Madrid Huerga y Fierro cop. 2006

Narrativa

    Mariana en la tigrera, 1996
    La monja = Ixöq rusamajel Ajaw , 2002
  Narrativa de Ana María Rodas. Libro en Audio Casette, Ministerio de Cultura, Guatemala, 1995

Entrevistas, Ensayos

    Efraín Recinos y su obra, Entrevista, (periodismo) 1991
    Francisco Nájera conversa con Ana María Rodas. Entrevista (periodismo) 2000
    Ser un hombre chapín. Ensayo sobre la obra del fotógrafo Daniel Chauche, 2004

 


Animal que despierta

Soy la gata que camina dentro de mí

              conmigo
las leves zarpas afelpadas
              He bajado por el río
conservando el gusto por la caza
los ambiguos maullidos

Cuando cierro los ojos atravieso los siglos


Las arenas le dieron el color

a esta piel suave que esconde
una flor mojada entre las fauces
el oro egipcio se ve reflejado en la pupila
              de esta gata
              que demasiadas veces
recuerda su verdadera condición de fiera

La Reina de Saba habría dado la mitad de sus tierras

por tener estas garras

El más hermoso mito inventado por el hombre


El más hermoso mito inventado por el hombre

más hermoso que Dios
o el hermoso ideal del socialismo
y el dinero que acumulan los ricos.
Más hermoso que el odio, la invención más hermosa.
El amor.

Emerjo…


                                       Emerjo

De las profundidades Huelo a sangre y a sal
Soy el océano
que se mueve crujiendo arrastrando
                                      deseos
                                      temores
                                      visiones
entre los dedos

Soy un pantano humeante lleno

de sensuales animales viscosos
Soy el calor el agua el trueno
                           esta jungla prehistórica
este bosque tropical

Me hundo en lo desconocido No sé

A
Dónde
Regreso
Al resurgir sólo experimento
La certeza triunfal de haber sobrevivido el viaje

La luna, siempre


Redonda, hinchada de frotarse contra el cielo

rasga mi piel con su delgada luz
Cae sobre mi pelo
con la levedad de una sirena
que no se hubiera dado cuenta
que no posee piernas
Solivianta mi sangre
me enciende de locura
me regala una piel fosforescente
y me convierte
aceite hirviendo
en fauna
(cascos y cuernos y cabello desbocado
bajo el lúbrico soplo de lo oscuro)

Lunas que caían a pedazos…


Lunas que caían a pedazos

descolgadas del cielo
lunas nuevas no vistas nunca
Lunas llenas a ratos
me inundaron la garganta de llanto

Lunas Siempre fueron lunas


A dónde ha ido todo?

Qué viento de cuarenta años borró tu
carne de mi carne?

Ariosto envió a Orlando

                       el Furioso
a buscar su sanidad mental
a ese lugar lechoso donde uno encuentra
todo
lo que se pierde en la tierra/

A dónde iré a buscar yo

el calor de las noches
la lluvia tibia
las cenas de sopa de fideos?
Nos comimos
la luna a pedazos Casi duró cuatro años

Mujer que duerme


La mujer ve la luna cruzar por el rectángulo

y abraza al perro antes de abrirse al sueño.
Luna sobre la piel
piel de sirena
Sueños desportillados
amaneceres blancos
Se estira, lee lo que escriben sus amigos
los ama tanto
los ama a todos
El penacho del volcán le avisa
que hay viento norte
A los cincuenta y tantos, dueña de una ventana
de diez metros
de largo
su vientre está dormido
Las sábanas son frescas
La ciudad gime
La mujer sueña

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Alfonso Orantes – Guatemala

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Alfonso Orantes

Nació en Ciudad de Guatemala el 17 de Julio de 1898.
Estudió en el Instituto Nacional Central de Varones de la ciudad de Guatemala, es allí, en plena dictadura de Manuel Estrada Cabrera donde comienza a gestarse lo que más adelante cristalizaría en la sociedad “El Renacimiento”, con su órgano de prensa “La Juventud Centroamericana”, cuyas primeras reuniones se llevaban a cabo en su casa. Orantes, de clara inteligencia y desbordante inquietud, desde la adolescencia comienza a destacarse por sus escritos, esa facilidad de expresión y de redacción aunada a su don de mando, rápidamente lo convierte, junto a otros adolescentes de entonces, tales como Miguel Angel Asturias, David Vela, Juan Olivero, Epaminondas Quintana y Clemente Marroquín Rojas, en líder de un grupo de estudiantes del instituto, quienes, más adelante, y desde las aulas universitarias, unidos por el ideal común de ver a la patria libre de la tiranía que la esclavizaba, formarían parte del bloque combativo que contribuyó a derrocar al dictador y quienes fueron denominados como “La Generación de 1920”.
Miembro fundador de la sociedad Francisco Morazán, con su vocero de prensa “La Voz de los Andes”, editada en Quetzaltenango.
Ingresa a la Facultad de Derecho de la Universidad, en donde alterna sus estudios con las actividades literarias y participa en actividades políticas graduándose como abogado.
Miembro fundador de la Revista CULTURA, órgano de prensa de la Asociación de Estudiantes de Derecho. Redactor de la Revista estudiantil AMÉRICA Y ESPAÑA. Miembro Fundador de la Universidad Popular, cuya acta de fundación fue suscrita el 20 de agosto de 1922.
En 1928 gana el primer premio en Poesía Vanguardista Los Juegos Florales de Quetzaltenango. Miembro del Grupo VIDA, fundado en 1931 y redactor de la revista del mismo nombre.
En 1932 viaja a Centroamérica, México, Estados Unidos y Cuba, viajes en los cuales se relaciona con numerosos escritores y políticos.
En 1935 publica su libro de poesía titulado ARBORBOLA, el cual causó un verdadero revuelo en el ámbito literario por el estilo de corte moderno.
Durante su vida fue jurado en numerosos certámenes tanto literarios, como de pintura, así como ejerció durante muchos años la crítica literaria y artística y sus acertados juicios eran codiciados por muchos y temidos por otros.
En 1942 a raíz de la persecución constante de la tiranía de Ubico, para salvar la vida se asila en Costa Rica, país en el que vive y trabaja hasta la caída del régimen en 1944.
En el gobierno del doctor Juan José Arévalo en 1945, Orantes es llamado a colaborar como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Panamá en 1947, Ecuador 1948, Venezuela 1949 y Embajador en Chile en 1950, en este último país entabla gran amistad con el poeta chileno Pablo Neruda. Formó parte de la Junta de Liquidación de Asuntos de Guerra.
Durante el gobierno del Coronel Jacobo Arbenz Guzmán (1950-1954) se desempeñó como Presidente de la Junta Nacional Electoral. Al ser derrocado Arbenz en 1954 por un golpe de estado derechista, Orantes se asila en El Salvador, país en el que fija su residencia definitivamente. Casándose con la pintora y escritora salvadoreña Elisa Huezo Paredes.
Falleció en San Salvador, El Salvador, el 19 de Junio de 1985.


Salvador Cuscatlán, te halle  anoche dormido…   

a Salarrue

                                                                           

Hermano mío, riñón de Centroamérica,
en este Istmo que de Tehuantepec a Panamá tiene figura
de hombre sentado que por su geografía medita su destino,
puestos los pies descalzos –por el Canal del dólar ya amputados-
en el colgante, inmenso fruto que es Sudamérica
y que apoya la espalda
contra el enorme cuerno de la abundancia que siempre ha sido México,
Salvador Cuscatlán a quién he visto
en el paisaje, estampa; en el volcán cintura;
en la colina, pecho; en la arboleda, hirsuto;
en el café- que es el color de tu piel-estimulante;
en tu nombre, varón; en el Izalco, ardiente;
fresco en las fuentes y en el aire claro.
A quién rebautizaran con un nombre de augurio: El Salvador
y en su consagración santificaron urbes.
Salvador Cuscatlán, te había visto así
y en los mil modos y no acaban de verse
sin extrañar, los ojos… Empero anoche oh amargura,
cerca de un edificio de seis pisos
-reto a tu cielo, garra en tu suelo- un rascacielos más,
puyazuelos, puyacielos, de una compañía nacional de café
te halé en el suelo durmiendo como Mesías, sobre su corazón,
en el umbral de un almacén, en un portal,
encogido,  y sin duda soñando con un pan
que no probaste en todo el día;
soñando el rasgacielo de un anhelo: glorias;
soñando el rasgasuelo que abre surcos: fosas;
roñando con un ras, a ras del suelo,
libre de andrajos, niguas, piojos, que todavía así,
sin tener sangre –casi eres mineral de tanta lava-
por esos edificios de seis pisos, tu sangre chupan.
Esas moles que ahora elevan con el propio apellido que da miedo
quienes te tienen miedo y cuyo nombre –en él todos los nombres-
Desola y agosta la tierra que holla o planta
por ser nombre con “de” de doblez doble, con corona ducal,
de papa o arzobispo, con birrete, kepi, trianch cap o sombrero tejano.
Hermano Salvador, te vi descalzo, harapiento,
y tú tan claro en las mañanas cuando luces al sol,
cuando en tus niños a pesar de sus voces
quebradas todavía por el hambre,
gritas los diarios húmedos de escándalos y crímenes
y en las mujeres con sus vientres grávidos
llevas canastos pletóricos de frutas,
de carnes y hortalizas que no podrán comer por estar caras
y sudorosos hombres de moldeados músculos de barro,
que con andrajos cubren sus genitales
y aceleran el paso, resortes deambulando
bajo el peso de cargas, convertidos en mulas, siendo humanos;
de noche se ven negros a pesar de que vibran las estrellas
e iluminan la altura los blancos pechos de las golondrinas
que en la pauta de alambres de las calles
puntean cada día partituras que todavía no descifran tus guitarras…
Salvador Cuscatlán, varón hermano mío, santo andrajoso
ofrecido al Salvador del Mundo,
negro por dentro y fuera, porque no tiene luz,  vida ni ensueño
sino el horror de las bombas atómicas y de hidrógeno.
Salvador Cuscatlán, hoy, ya de noche, te encontré en el suelo,
ya que suelo mirar hacia lo alto y lo bajo,
y que te he visto en medio en tu fuerza telúrica,
en tu cielo con bólidos verdosos
como cortos circuitos de esperanza,
en lo simple y vulgar de la corriente alterna de cada día
y en la corriente de más alta tensión que hay en tu cuerpo
y que ahora cuentan que tienen apresada reteniendo al Lempa;
en ti puro volcán Izalco,
vulcanizando por unir las hilachas, los andrajos, las lacras,
la miseria que hacen de ti, mentira de leproso, pura llaga, carne viva, tierna,
como esta noche te encontré, echado sobre el suelo,
sobre tu corazón, cerca de un edificio de seis pisos,
te he encontrado en un niño, quizá hambriento,
soñando en su grandeza, y su esperanza, durmiendo en el umbral
de una puerta de almacén, en un portal,
hecho por tal, cualquiera, te he hallado en un niño,
en un Mesías, hay tantos en el mundo que nadie sabe distinguirlo, nadie,
mira que ambulan por las calles, que duermen como tú, niño harapiento, Salvador Cuscatlán al que encontré dormido
quizás soñando en algo que no sea eterno…

©Alfonso Orantes 1954

Enigma
    
Con mensaje de flor, desde el interno
retoñar de la luz, brota la vida
y en su inefable voz lleva escondida
la inagotable fuente de lo eterno;
    
lo que es mutable y permanente infierno
de verdad y mentira, hasta la herida
que la carne, en su nácar, encendida
lleva para mostrar desde lo tierno
    
de las cosas, la incógnita estructura
que en apariencias de ser real persiste.
Aquí está la razón de la locura
    
de no saber jamás lo que se quiere:
porque el hombre es mortal desde que existe
y es inmortal el hombre porque muere.

©Alfonso Orantes 1955

 

Pablo Tobar Henry – Guatemala

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Pablo Tobar Henry

Nació en la ciudad de Guatemala el 27 de mayo de 1940.
Su inclinación y dedicación al arte se inicia con las enseñanzas de su padre, profesor en educación y autodidacta en el dibujo y la pintura.
Ingresa como alumno regular a los 14 años, en la Escuela de Artes Plásticas de Guatemala y dedica toda su juventud a trabajar intensamente con el fin de perfeccionarse y profesionalizarse en todas las técnicas del dibujo y la pintura.
Se inicia como maestro de educación en la Escuela Normal Central para Varones y posteriormente ingresa a trabajar como dibujante e ilustrador de libros de texto educativos, para el Servicio Cooperativo Interamericano de Educación. Cuatro años después es llamado por el Servicio Cooperativo de Salud Pública, para trabajar como editor e ilustrador de libros de texto altamente especializados en Educación Sanitaria Rural.
Pasa a trabajar en al Oficina Regional para Centro América y Panamá “ROCAP” como maestro especializado en preparación e ilustración de libros de texto educativos para las escuelas prmarias de la región centroamericana; en un amplio programa de Alianza para el Progreso, con sede en la ciudad de San Salvador, El Salvador, en las oficinas de la Organización de Estados Centroamericanos ODECA.
En 5 años de estancia en San Salvador, expone sus paisajes al oleo en los salones del Club Salvadoreño en dos oportunidades, con gran aceptación de su obra.
De vuelta a Guatemala, continúa exponiendo en diferentes galerias de Arte de la ciudad.
Viaja a Estados Unidos en donde expone en galerías de Houston y Massachussets, dándole alto crédito al arte guatemalteco.
Su obra se ha cotizado en Estados Unidos, Centró América, Holanda, España, Africa del Sur, hasta donde ha llegado y se ha apreciado la calidad y profesionalismo de su trabajo.
Domina también en alto grado, las técnicas de acrílico, acuarela y crayón pastel; y es un excelente retratista.


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Roberto Ossaye – Guatemala

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Roberto Ossaye

Nació el 11 de enero de 1927, luego de formarse en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, realizó viajes de

observación en Nueva York y París, principalmente.

Durante el gobierno revolucionario recibió una beca para estudiar pintura en Nueva York, por lo que en 1948 se fue en compañía de su amigo Roberto González Goyri. Allí se inscribieron en el Student´s Art League.

Después de un mes de asistencia, Ossaye decidió que el centro educativo no llenaba sus expectativas y prefirió dedicarse a pintar.

Realizó dos exposiciones individuales y dos colectivas, además expuso en Venezuela y Nueva York.

Regresó a Guatemala en 1952 y se dedicó a la docencia en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Asimismo, expuso en ese mismo año, una selección de su producción realizada en Nueva York.

Formó parte de la “Asociación Guatemalteca de Escritores y artistas revolucionarios” AGEAR.

Participó en la exposición colectiva que envió Guatemala a la Bienal de Venecia en 1952, con tres obras: “Manola muerta”, “Pitahayas” y “Amantes”.

Obtuvo en ese mismo año el Primer Premio de pintura del Instituto Guatemalteco Americano, y en 1953 el Primer Premio en pintura del Certamen Nacional Permanente de Ciencias, Letras y Bellas Artes.

Su obra comprende, además, grabados. Perteneció a las corrientes “americanistas”, y su esteticismo fue universal.

Según Carlos Mérida “las artes visuales contemporáneas de Guatemala, no han tenido sino dos personalidades a las que podría llamárseles geniales: Carlos Valenti y Roberto Ossaye”.

Otra obra: “El consejo de las Tías”(1948), que se encuentra en el Museo Nacional de Arte Moderno “Carlos Mérida”.

Su muerte prematura, acaecida el 8 de junio de 1954, privó al arte guatemalteco de un gran creador.


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Leyenda del volcán – Guatemala

B_Pueblos Originarios
Hubo en un siglo un día…

que duró muchos siglos.
 
Seis hombres poblaron la Tierra de los árboles: los tres que venían en el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el río y sólo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.
Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.
Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas de maravillas.
Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los árboles copiados en el río a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.
Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el fondo del  río, sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la tierra antes que cayera el sol.
Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.
Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.
Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las culebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes, micos, micoleones, garrobos y mapaches.
Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.
Y en los árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo; todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada según el árbol que la tiene.
—¡Nido! . . .
Pió Monte en un Ave.
Uno de los del viento volvió a ver sus compañeros le llamaron Nido.
Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosa a pescado, femenina como dedo meñique.
A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la plana, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos, los bosques, las montañas, el río que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil… ¡La Tierra de los Árboles!
Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña, fina como la luz de los diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos, y al acercarse al río la primera vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.
Nido calmo a sus compañeros—extrañas plantas móviles—, que miraban sus retratos en el río sin poder hablar.
—¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles, con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual! ¡Nuestro natal!
La selva prolongaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.
Como si se acabara de retirar el mar, se veía el agua hecha luz en cada hoja, en cada bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto…
La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.
Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.
Dos montañas movían los párpados a un paso del río:
La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la tierra.

Y la encendió.

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La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con las uñas.
El cielo, repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en el viento, indefensos como los árboles sobre la tierra tibia.
En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas.
Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas.
Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡qué largo escalofrío…!
Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas, los tepescuintes, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.
Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazos para abrirse campo.
Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los puercoespines, las moscas, las hormigas. . .
Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían como gallinas muertas, y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes; las huellas de los peces en el río hirviente; las huellas de las aves en el espacio que alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz. Las estrellas cayeron sin mojarse las pestañas en la visión del mar. Cayeron en las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse, las apagó.
Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el agua, arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duró muchos siglos.
Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo, sin crepúsculo ni aurora.
—Nido—le dijo el corazón—, al final de este camino…
Y no continuó porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.
Y en vano esperó después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.
Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el pan de una culebra, le llamaba una voz muy honda.
Las arenas del camino, al pasar él convertíase en alas, y era de ver cómo a sus espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.
Anduvo y anduvo…
Adelante, un repique circundo los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su nombre:
¡Nido!
                                       ¡Nido! ¡Nido!
                ¡Nido!
                                                             ¡Nido!
   ¡Nido!               ¡Nido!
    
Los árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor y niño, la trinidad le recibía. Y oyó:
¡Nido!, quiero que me levantes un templo!
La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en la mano del santo y sonrisas en la boca del niño.
Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio. El Volcán apagaba sus entrañas—en su interior había llorado a cántaros la tierra lágrimas recogidas en un lago, y Nido, que era joven, después de un día que duró muchos siglos, volvió viejo, no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.
    

de “Leyendas de Guatemala” (1930) Miguel Ángel Asturias