Archivo de la etiqueta: Colombia

Pueblo Emberá – Historia / Cosmogonía

Chocó fue el nombre que los conquistadores dieron a los nativos del litoral Pacífico. Entre ellos estaban los que se autodenominaban Emberá (“Gente”) ocupando las cuencas medias y altas de los ríos Atrato y San Juan y los afluentes orientales del río Baudó.

El pueblo Emberá estaba integrado por cuatro grupos principales, de los cuales se han desprendido los actuales grupos dialectales:
• Tatamá. En el alto San Juan y sus afluentes Sima y Tatamá.
• Citará. Alto Capá y Atrato.
• Cimbará. Medio San Juan.
• Grupo habitante de los afluentes orientales del río Atrato.

Los grupos compartían la lengua, la cosmovisión jaibaná, la movilidad territorial, el gobierno no centralizado, la cultura selvática y la estructura social, con unidades familiares como base de su sociedad y unidades más amplias para tareas cooperativas. Su economía se basaba en la agricultura itinerante del maíz, caza, pesca y recolección.

Además, se distinguían los grupos por su relación con el medio geográfico (bida: existencia):
• Eyabida. Gente de montaña   Eyo: Parte alta de la montaña y las laderas.     Emberá Chamí
                                                                                                                                                                  Emberá Katío
• Dobida. Gente del río                 Do: Río.
• Pusabida. Gente de mar           Pusá: Mar.
• Oibida. Gente de selva              Oi: Monte, selva adentro.

Con el establecimiento de la Gobernación de Nueva Andalucía, Alonso de Ojeda fundó el 20 de enero de 1510 el poblado de San Sebastián de Buenavista, en el margen oriental del Golfo de Urabá, estaba a cargo del más tarde famoso Francisco Pizarro. Hacia fin del año de su fundación, Núñez de Balboa la traslada al margen occidental, a Santa María de la Antigua del Darién, primer éxito colonizador en Tierra Firme. Se iniciaba el proceso de conquista y con ello la fragmentación de los territorios y cultura Emberá.

El carácter segmentario de su organización social les permitió resistir a la colonización de su territorio. Para rechazar las expediciones europeas se agrupaban bajo la autoridad de jefes de guerra temporales, o se dispersaban a sitios más inaccesibles.

A principios de siglo XVII, con los Emberá debilitados por las guerras y la viruela, se establecen los primeros centros para la extracción de oro en forma aluvial en el Alto San Juan – Nóvita y Sed de Cristo, los principales -, los emberá son utilizados como mineros y resultan víctimas de las guerras por el control de las minas.

En la segunda mitad del siglo XVII, se intenta la pacificación de la región por medio de las misiones, jesuitas en el San Juan y franciscanos en el Atrato. Estos últimos decidieron implantar el corregimiento, los castigos y la obligación de estar en los pueblos, hubo protestas y levantamientos disueltos por el ejército español; los nativos se dispersaron formando núcleos autónomos, explicando este hecho su supervivencia y la amplísima dispersión territorial que hoy presenta.

Entre 1718 y 1730, se crearon nuevas poblaciones en el alto San Juan y en el Atrato, incentivándose la colonización aurífera. A lo largo del siglo XVIII hubo constantes levantamientos nativos contra los españoles que respondieron con entradas de su ejército hasta consolidar su dominio. Las fundaciones posteriores de Dabeiba (1850), Puerto Rico (1876), Monte Líbano (1907), Tierra Alta (1913), profundizaron la desintegración de los resguardos Emberá.

A mediados del siglo XX, comienza una nueva etapa de fractura de la comunidad Emberá, al encontrarse sus territorios incluidos en el ámbito de la violencia generada por las guerrillas (FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), ERG (Ejército Revolucionario Guevarista), ELN (Ejército de Liberación Nacional) y el ejército colombiano.

La dispersión de las comunidades emberá condicionaron desarrollos disimiles, a partir de los contextos naturales en los que se albergaron y condicionados también por el tipo de poblaciones y de interacciones que afrontaron y que ejercieron diferentes influencias en cada grupo asentado en diferentes territorios. Hoy los encontramos distribuidos en en Colombia, Ecuador y Panamá. A pesar de ello, mantienen una cohesión a nivel cultural con elementos de identidad muy fuertes como su idioma, tradición oral, jaibanismo, y estructura social.

mapa


El Universo Emberá y el Jaibanismo

Los emberá consideran a Dachizeze (Tatzitzetze, también conocido como Ankore), como el ser primordial, masculino/femenino, creador de todos los elementos y los primeros seres.

Engendró a Caragabi quien dio origen a los Emberá y a su mundo, ordenando el cosmos y permitiéndoles el acceso al agua, al fuego y a los alimentos.

Trutruica, era el dueño de Armucura (mundo subterráneo), según algunas versiones era también creación de Dachizeze; según otras nadie le dio existencia, y en ese sentido era semejante a Dachizeze.

El Universo Emberá esta compuesto de tres niveles principales:

1. El mundo de Caragabi. Algunos lo llaman “Mundo de las cosas azules”. En él residen Dachizeze, Caragabi, una serie de seres primordiales y el alma de los muertos.

2. Armucura. Mundo gobernado por Trutruica, debajo del humano, en ellos habitan los jai (esencias, espíritus).

3. Mundo del hombre, que vive en constante enfrentamiento con los jai y los seres primordiales.

En un principio, la relación entre el mundo humano y el de Caragabi era buena, los hombres podían acceder a él por una escalera, pero cuando no cumplieron con los tabúes, se rompió la posibilidad de visitar el mundo de arriba. A partir de ese momento, sólo los jaibanás (chamanes) pueden acceder a los niveles esenciales.

Los jai del mundo de Trutruica, son agentes de la enfermedad y la agresión, pero también de la curación y protección. Entre los jai están los “dueños” de cada especie animal, a los que el jaibaná invoca para propiciar su abundancia o ahuyentarlos.

Entre los jai más importantes, se destacan:

Antumía: Jai maligno, equivalente al demonio. Considerado también espíritu del agua.
Pakore: Madre del monte, custodia las cacerías.
Nusi: Pez gigante.


Representaciones del los jai, según los jaibaná del noroccidente de Antioquía.

Izquierda: Antropomorfas. Las figuras con doble línea de color rojo representan espíritus poderosos, las que tienen círculos o puntos representan jai disfrazados de serpiente.
Derecha: Zoomorfas. La representación de la fauna no se diferencia mucho de los jai con forma de animal.
Trabajo de campo de Sergio Carmona, publicado en “Percepción y representación gráfica del mundo Embera del noroccidente de Antioquia”, Seduca 1988.

El Jaibaná

La interacción con los espíritus jai, esta a cargo de los jaibaná, quienes continúan la labor de Caragabi. Los tratos de los jaibaná con los jai garantizan las actividades fundamentales de la sociedad y la continuidad de los ciclos naturales, estableciendo a la vez la territorialidad de las comunidades. Los jaibanás pueden penetrar en la esencialidad de todas las cosas presentes en el universo, entablar comunicación con ellas, y volverlas sus aliados para curar o agredir.

Jaibaná puede ser hombre o mujer, sin ningún tipo de particularidad. Inicia su aprendizaje desde niño, guiado por un maestro, un jaibaná sabio y poderoso. Gran parte de su enseñanza le es transmitida por el maestro apareciendo en sus sueños, permitiéndole ver por encima de los límites del tiempo y la distancia. En su comunicación con los jais conocen las propiedades curativas de las plantas.

El jaibaná realiza una serie de ceremonias cuyo fin es la comunicación con los jai. Estas se realizan en las noches y deben tener los siguientes elementos de parafernalia ritual: bebidas embriagantes para los jai; bastones de madera, tallas de curación, hojas, totumas, pintura facial y corporal. El jaibaná las oficia sentado en bancos de madera generalmente tallados con la figura de un animal.

La ceremonia curativa recibe el nombre de “canto del jai” . El jaibaná se sienta en su banco sosteniendo sus bastones con la mano izquierda y agarrando una hoja de palma en su derecha comienza a cantar, como lo hará rítmica y sostenidamente durante toda la noche, hasta terminar su tarea. Llamará a los jai dueños de la enfermedad para que, a sus órdenes y bajo su control, saquen el jai de la enfermedad y alivien al enfermo. Al final, los jais se marchan llevando el jai causante del mal, el cual ha quedado ahora bajo control del jaibaná.

También realizan curaciones de casas, de la tierra para su siembra y cosecha, del río y la selva cuando los recursos son escasos. Su poder se amplía a los fenómenos naturales, produciendo provocar lluvias, rayos, truenos, tempestades e inundaciones y hasta temblores de tierra.

Entre sus ritos más sobresalientes está la “ombligada” que se le practica a los niños en luna llena, pocos días después de nacer, aplicando diferentes sustancias sobre su vientre. Dicen que con este ritual, los niños adquieren fuerza para cazar, pescar y navegar. Celebran el bautizo de los niños, la iniciación de los adolescentes y la cosecha.

Creación
Dachizeze o Ankore
Ser primordial,
femenino/masculino.
 
Caragabi
Da origen a los Emberá y a su mundo.
Trutruica
Opuesto a Caragabi, con el mismo poder.
 Niveles del Mundo
1.  Mundo de Caragabi
De las cosas azules, residen Dachizeze, Caragabi, seres primordiales y el alma de los muertos.
Jabainá (Chamán).
Controla las esencias y entabla relación con los diversos mundos.
2. Humano
Habitado por los emberás, que sufren el constante enfrentamiento entre los jai y los seres primordiales.
3. Mundo de Trutruica
(Armucura)
Habitado por los jai (espíritus).

  • Continúa con los dioses y leyendas (clic en “Sigue leyendo”)

Sigue leyendo

Anuncios

Llorona – Marta Gómez

Con ese mirar que tienes,
con esos ojos tan bellos,

Que no merecen llorar,
sino que lloren por ellos…

Ay de mi llorona,
llorona de ayer y de hoy
Ay de mi llorona,
llorona de ayer y de hoy

Ayer maravilla fui, llorona
y hoy ni sombra soy.
Ayer maravilla fui, llorona
y hoy ni sombra soy.

No se que tienen las flores, llorona
las flores de camposanto…
No se que tienen las flores, llorona
las flores de camposanto…

Que cuando las mece el viento, llorona
parece que estan llorando…
Que cuando las mece el viento, llorona
parece que estan llorando…

Ay de mi llorona…
llorona llevame al río
Ay de mi llorona…
llorona llevame al río

Tapame con tu rebozo, llorona
porque me muero de frio
Tapame con tu rebozo, llorona
porque me muero de frio

Ay… llorona,
llorona del sentimiento,
el que no sabe de amores
no sabe lo que es tormento…


maxresdefault

Marta Gómez

Marta Gómez nació en Girardot, Cundinamarca, Colombia, el 11 de septiembre de 1978
Creció en Cali donde desde los 4 años cantó en el coro del Liceo Benalcázar, más tarde residiría en Bogotá, desde 1999 en Nueva York durante diez años, en la actualidad y desde 2009 en Barcelona (España).
En verano de 1999 ingresa en el Berklee College of Music de Boston, donde recibió el premio de composición Alex Ulanowsky por su bambuco “Confesión”, en 2002 se graduó con honores. En el año 2003, fue escogida por la cantante norteamericana de blues Bonnie Raitt para abrir su concierto al lado de John Mayer, ganador del Grammy, y más tarde fue invitada especial en el concierto de la cantora argentina Mercedes Sosa.
A principios del 2004, fue incluida por el sello Putumayo World Music en su recopilación de cantantes femeninas latinoamericanas, donde aparecen también cantantes de la talla de la peruana Susana Baca, Totó la Momposina y Tania Libertad, entre otras.
Compositora de buena parte de su repertorio, su influencia va de la música tradicional de Latinoamérica a la literatura, incorporando lo cotidiano, y de esa mezcla surgen canciones con un profundo contenido social y humano.
En 2005 fue nominada como mejor artista en la categoría jazz latino en los Premios Billboard de la música Latina.

Discos de estudio

(2015) Al alba
(2014) Este instante
(2011) El corazón y el sombrero
(2009) Musiquita
(2006) Entre cada palabra
(2004) Cantos de agua dulce
(2003) Solo es vivir
(2001) Marta Gómez

* Gracias a Andrea Lipari por hacernos conocer a Marta y su bella versión de llorona…

Cultura Agustiniana / San Agustín

El pueblo había desaparecido cuando llegaron los conquistadores en el siglo XVI. Se la denomina Agustiniana por estar localizada en el municipio de San Agustín, que recibió ese nombre al momento de su fundación por los españoles.

Pez alado - oro (cera perdida)

Pez alado – oro (realizado por cera perdida)

Ubicación y Hábitat: La cultura se desarrolló en el Valle del Alto Magdalena (sur del departamento del Huila), ocupado por actuales municipios de San Agustín, San José de Isnos y Salado Blanco, situados en las estribaciones del macizo colombiano; es un sector donde abundan las rocas volcánicas, materia prima empleada para sus colosales trabajos de estatuaria.
El accidentado relieve determina una rápida sucesión de climas, desde el frío del Páramo de las Papas al templado en las vertientes y cañones de la cordillera. El río Magdalena -Yuma, como lo llamaban en tiempos precolombinos- fue el eje físico y simbólico del territorio, a ambos lados se distribuyeron las expresiones culturales de la cultura agustiniana.

Ídolo de oro

Ídolo de oro

Vasija cerámica

Vasija cerámica

El mayor complejo de monumentos megalíticos de la América precolombina está conformado por un grupo de yacimientos arqueológicos dispersos en una amplia región en el valle alto del río Magdalena, en el suroccidente de Colombia, conocido como la “zona arqueológica de San Agustín”, reconocida por la Unesco en 1995 como patrimonio cultural de la humanidad.
Los conjuntos funerarios presentes identifican la cultura agustiniana: explanadas, montículos y terraplenes artificiales, templetes, tumbas, sarcófagos y magníficas estatuas hechas sobre piedras de origen volcánico en el período Clásico Regional (1 – 900 d.C.).
Las esculturas evidencian elaboradas técnicas y el complejo conjunto de creencias que expresan. El estilo es particular: monumental -los personajes son representados en gran tamaño-, rígido -figuras de pie, piernas juntas y brazos pegados, casi siempre con las manos sobre el pecho- y cabezas grandes -desproporcionadas respecto al cuerpo- realizadas con mayor esmero que el resto de la figura.
Hay estatuas que combinan rasgos animales y antropomorfos sugiriendo la capacidad de transformación del personaje en otro ser y otras exclusivamente antropomorfas o zoomorfas.
Por lo general, las estatuas hacen parte de conjuntos funerarios que incluían la elaboración de un montículo funerario dentro del cual se depositaba el cuerpo del difunto sobre lajas o en un sarcófago de piedra; algunas se enterraban dentro de los montículos a manera de ofrenda y otras asociadas pero fuera de los conjuntos funerarios.

En la vereda -zona rural- Mesitas a 2,5km del centro de San Agustín se encuentra la mayor concentración de vestigios arqueológicos de la cultura agustiniana. En un área de menos de un kilómetro cuadrado se encuentran los ejemplos más impresionantes de montículos funerarios y estatutaria, además de obras de arquitectura, ingeniería y escultura no vinculadas con las tumbas o sepulturas.

El paisaje es el resultado de grandes movimientos de tierra realizados por los agustinianos. Cuatro grandes montículos funerarios -Mesitas A, B, C y D- fueron artificialmente construidos y aplanados en su cima. Los montículos funerarios están conformados por una gran laja de piedra horizontal sostenida por columnas que se asemejan a la forma de una mesa.
También conforman el Parque un terraplén artificial, el Bosque de las Estatuas, el Alto de Lavapatas y la Fuente Ceremonial de Lavapatas.

Mesita A
El sitio fue utilizado como zona de vivienda hace aproximadamente 2.000 años, en el Formativo Superior (300 a.C. – 1 d.C.).

Montículo occidental

Montículo occidentalMontículo orientalMontículo oriental

Mesita B

Área utilizada como residencia 3.000 años atrás, posteriormente durante período Clásico Regional (1 d.C. – 900 d.C.).

Mesita B

Aguila

Águila

Mesita C
Estaba conformada por un sólo montículo funerario acompañado de unas quince estatuas y rodeado de cuarenta y nueve tumbas.

Mesita C
Mesita D
Contiene una estructura funeraria y dos conjuntos de esculturas traídas de diferentes lugares de San Agustín e Isnos.

Mesita D
Terraplén
Esta elevación es una plataforma construida, por los antiguos habitantes de la región durante el período Clásico Regional, con tierra trasladada de la loma donde se encuentra la Mesita D, con el fin de conectarla con la Mesita B.

Fuente Ceremonial de Lavapatas
Los agustinianos realizaron un elaborado y sofisticado monumento lítico -no asociado a la funeraria- tallando y esculpiendo el lecho rocoso de la Quebrada de Lavapatas.
Obtuvieron un complejo laberinto de canales y figuras talladas; originalmente el agua cubría todos los grabados produciendo pequeñas cascadas y otorgando sonido y movimiento a la obra. Seguramente era un lugar sagrado dedicado a ceremonias religiosas y baños rituales.

Fuente de lavapatas

Fuente de lavapatas

Alto de Lavapatas
Está ubicado en una colina de 1.750 metros sobre el nivel del mar, la mayor elevación del Parque. Desde allí se tiene una vista panorámica de la región.
Durante el período Clásico Regional se construyó un monumental montículo funerario, acompañado por siete estatuas y rodeado por numerosas tumbas simples de lajas; al sur del montículo se ubicó un grupo de diez tumbas pequeñas, interpretadas como entierro de infantes.

Alto de Lavapatas
Bosque de las Estatuas
En un circuito de 600 m de camino ondulado de tierra y cascajo en el bosque contiguo a la Mesita D que conserva árboles centenarios, se exhiben 39 esculturas recuperadas de sitios saqueados.

 Bosque de las estatuas 1 Bosque de las estatuas 2 Bosque de las estatuas 3 Bosque de las estatuas 4


Ubicación de los principales yacimientos y formas de estatuas en San Agustín, según Luis Duque Gómez en "San Agustín, Reseña Arqueológica".

Ubicación de los principales yacimientos y formas de estatuas en San Agustín, según Luis Duque Gómez en “San Agustín, Reseña Arqueológica”.

La evolución de la cultura en San Agustín suele presentarse dividida en los períodos que resumimos a continuación, la funeraria y estatuaria que la identifican corresponden exclusivamente al Clásico Regional.

– Arcaico. 4.000 a.C. – 1.000 a.C.
Grupos de 15- 25 personas, cazadores y recolectores nómadas. Evidencias de carbono 14 del año 3.300 a.C. en un fogón del Alto de Lavapatas. Se han encontrado hachas, puntas de proyectil y morteros de piedra.
– Formativo. 1.000 a.C. – 1 d.C.
Agricultura incipiente, particularmente de maíz, fríjol, quinoa, yuca y batata. Aumento de la población. Aparece la cerámica. Enterramientos en tumbas con pozo y cámara lateral, excavadas cerca de las viviendas, en las que se depositaban los restos sobre en suelo o en urnas y con un ajuar formado principalmente por vasijas cerámicas y utensilios de piedra.
La organización política era de cacicazgos independientes formados por unas doscientas familias cada uno. El patrón de asentamiento era estrictamente rural y disperso.
– Clásico Regional. 1 d.C. – 900 d.C.
Corresponde al período del pueblo escultor. Mayor densidad de población, sin conformar aldeas eran comunidades relativamente densas que contenían centros ceremoniales de importancia política.
Grandes montículos de tierra se construyeron para cubrir dólmenes funerarios edificados con enormes lajas, que contenían cada uno los restos de un personaje importante. Estatuas de piedra de seres mitológicos señalaban su tumba.
A pesar de la imponente arquitectura funeraria, las tumbas contenían pocas ofrendas y esporádicamente objetos finos como colgantes de oro puro.
La cerámica era abundante, relativamente burda y poco elaborada.
La organización política era de fuertes cacicazgos independientes probablemente en competencia. que reunían cada uno unas seiscientas familias dispersos en territorios de unos 100 km cuadrados y que participaban de ceremonias en su centro político y funerario.
– Reciente. 900 d.C. – 1.500 d.C.
Dejan de realizarse los monumentos funerarios, enterraban a los muertos en tumbas bajo las casas.
Aumento de la población y desarrollo de tecnología agrícola. Los sistemas de canales de drenaje y la adecuación de las tierras indican que que la agricultura se intensificó para alimentar a una población cada vez más densa.
La organización política del periodo Reciente era más centralizada e incorporaba unidades políticas o cacicazgos más grandes que en los periodos previos.
La región fue abandonada en el siglo XV por razones desconocidas, a la llegada de los conquistadores estaba habitada por los timanáes en la margen derecha del río Magdalena, los yalcones en la izquierda y los paéces sobre el río de la Plata.

Fuente: http://pueblosoriginarios.com/sur/andina/san_agustin/cultura.html

Gabriel García Márquez – Ojos de perro azul

Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».

La vi caminar hacia el tocador. La vi aparecer en la luna circular del espejo mirándome ahora al final de una ida y vuelta de luz matemática. La vi seguir mirándome con sus grandes ojos de ceniza encendida: mirándome mientras abría la cajita enchapada de nácar rosado. La vi empolvarse la nariz. Cuando acabó de hacerlo, cerró la cajita y volvió a ponerse en pie y caminó de nuevo hacia el velador, diciendo: «Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas»; y tendió sobre la llama la misma mano larga y trémula que había estado calentado antes de sentarse al espejo. Y dijo: «No sientes el frío». Y yo le dije: «A veces». Y ella me dijo: «Debes sentirlo ahora». Y entonces comprendí por qué no había podido estar solo en el asiento. Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. «Ahora lo siento ―dije―. Y es raro, porque la noche está quieta. Tal vez se me ha rodado la sábana». Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse hacia el espejo y volví a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. Sin verla sabía lo que estaba haciendo. Sabía que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo, viendo mis espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar ―antes que la mano tuviera tiempo de iniciar la segunda vuelta― hasta los labios que estaban ahora untados de carmín, desde la primera vuelta de la mano frente al espejo. Yo veía, frente a mí, la pared lisa, que era como otro espejo ciego, donde yo no la veía a ella ―sentada a mis espaldas―, pero imaginándola dónde estaría si en lugar de la pared hubiera sido puesto un espejo. «Te veo», le dije. Y vi en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y me hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la vi bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su corpiño, sin hablar. Y yo volví a decirle: «Te veo». Y ella volvió a levantar los ojos desde su corpiño. «Es imposible», dijo. Yo pregunté por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos en el corpiño: «Porque tienes la cara vuelta hacia la pared». Entonces yo hice girar el asiento. Tenía el cigarrillo apretado en la boca. Cuando quedé frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos abiertas sobre la llama, como dos abiertas alas de gallina, asándose, y con el rostro sombreado por sus propios dedos. «Creo que me voy a enfriar ―dijo―. Esta debe ser una ciudad helada». Volvió el rostro de perfil y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. «Haz algo contra eso», dije. Y ella empezó a desvestirse, pieza por pieza, empezando por arriba; por el corpiño. Le dije: «Voy a voltearme contra la pared». Ella dijo: «No. De todos modos me verás, como me viste cuando estabas de espaldas». Y no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por completo, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. «Siempre había querido verte así, con el cuero de la barriga lleno de hondos agujeros, como si te hubieran hecho a palos». Y antes que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador, y dijo: «A veces creo que soy metálica». Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre la llama varió levemente. Yo dije: «A veces, en otros sueños, he creído que no eres sino una estatuilla de bronce en el rincón de algún museo. Tal vez por eso sientes frío». Y ella dijo: «A veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve huevo y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si alguien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama. Es como si fuera así como tú dices: de metal laminado». Se acercó más al velador. «Me habría gustado oírte», dije. Y ella dijo: «Si alguna vez nos encontramos pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas alguna vez». La oí respirar hondo mientras hablaba. Y dijo que durante años no había hecho nada distinto de eso. Su vida estaba dedicada a encontrarme en la realidad, al través de esa frase identificadora. «Ojos de perro azul». Y en la calle iba diciendo en voz alta, que era una manera de decirle a la única persona que habría podido entenderla:
«Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches y te dice esto: ojos de perro azul». Y dijo que iba a los restaurantes y les decía a los mozos, antes de ordenar el pedido: «Ojos de perro azul». Pero los mozos le hacían una respetuosa reverencia, sin que hubieran recordado nunca haber dicho eso en sus sueños. Después escribía en las servilletas y rayaba con el cuchillo el barniz de las mesas: «Ojos de perro azul». Y en los cristales empañados de los hoteles, de las estaciones, de todos los edificios públicos, escribía con el índice: «Ojos de perro azul». Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. «Debe estar cerca», pensó, viendo el embaldosado limpio y nuevo de la droguería. Entonces se acercó al dependiente y le dijo «Siempre sueño con un hombre que me dice: “Ojos de perro azul”». Y dijo que el vendedor la había mirado a los ojos y le dijo: «En realidad, señorita, usted tiene los ojos así». Y ella le dijo: «Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo». Y el vendedor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador. Ella siguió viendo el embaldosado limpio y sintiendo el olor. Y abrió la cartera y se arrodilló y escribió sobre el embaldosado, a grandes letras rojas, con la barrita de carmín para labios: «Ojos de perro azul». El vendedor regresó de donde estaba. Le dijo: «Señorita, usted ha manchado el embaldosado». Le entregó un trapo húmedo, diciendo: «Límpielo». Y ella dijo, todavía junto al velador, que pasó toda la tarde a gatas, lavando el embaldosado y diciendo: «Ojos de perro azul», hasta cuando la gentes se congregó en la puerta y dijo que estaba loca.

Sigue leyendo

Martina Camargo – Las olas de la mar

   

Tus padres te tienen dicho que no te hables conmigo, la mar
Las olas de la mar.
Los montes no tienen llave ni muralla, los caminos, la mar
Las olas de la mar

Palomita ay arrumera, llévame a tu comedero, la mar
Las olas de la mar.
He sabido que estás sola, quiero ser tu compañero, la mar
Las olas de la mar.

Ay, señores, cómo haré pa’ cogerme esa paloma, la mar
Las olas de la mar.
Llega la trampa y se asoma pero no quiere caer, la mar
Las olas de la mar.

Tu fuiste la que pusiste tu cara sobre la mía, la mar
Las olas de la mar.
Y llorando me dijiste que jamás me olvidarías, la mar
Las olas de la mar.

Yo quisiera ser la brisa para batir tus cabellos, la mar
Las olas de la mar
Y meterme dentro de ellos para escuchar tu sonrisa, la mar
Las olas de la mar.

Panderito retirano, recógelo con la mano, la mar
Las olas de la mar
Ay, recógelo, ay, recógelo, la mar
Las olas de la mar.

Le lo le, fuego pandero, recógelo con la mano, la mar
Las olas de la mar.
Ay, recógelo, ay recógelo, la mar
Las olas de la mar.

Cayetano Camargo
Martina nació el 11 de marzo de 1961, en San Martín de la Loba, Bolivar, Colombia, su padre Cayetano Camargo es uno de los más reconocidos compositores e intérpretes de la región lobana, su madre y gran parte de su familia cultivaba la música, Se inició con su grupo Aires de San Martín en 1988 en el Festival de Tamboras de su ciudad, desde ese momento ha participado en festivales en todo su país, siendo considerada una de las máximas representantes del género de los “bailes cantaos”. 
Su pueblo natal está ubicado en el sur del departamento de Bolívar, y junto con Hatillo de Loba y Barranco Loba conforman la denominada isla de Mompós, demarcada por el Brazo de Loba del río Magdalena y el Brazo de Mompós. En esta región tuvieron encuentro las culturas indígenas Chimila y Malibú con las negras procedentes de África que llegaron como esclavos, dando como resultado una práctica de música y danza denominada “baile cantao”, cuya mayor expresión es “La Tambora”, en la cual se interpretan diferentes ritmos, entre ellos la Tambora Golpiá o Tambora-tambora; la Tambora Alegre también denominada Tambora Corrida; la Tambora Paseo y la Tambora Redoblá, además de otros aires como el Berroche, el Chandé y la Guacherna. Voz femenina líder, coros, palmas, tambor currrulao y tambora es el formato tradicional de dicha expresión musical. En el aire de bullerengue se prescinde de la tambora, pero se integran las semillas, el llamador y el alegre.
Martina Camargo también ha sido fuente en investigaciones de música tradicional colombiana como las realizadas en distintas oportunidades por  musicólogos como Victoriano Valencia y Guillermo Carbó, e incluso ha colaborado en   varias tesis de grado
Como solista, editó el disco Aires de San Martin en 2005, el cual se agotó en ventas y le mereció una nominación a los premios Nuestra Tierra del canal RCN. En 2008 publicó el libro y disco Canto y juego a ritmo de tambora, una recopilación de rondas tradicionales que la cantaora jugaba en su infancia, y con el cual ha desarrollado talleres en varios colegios de Bogotá y Cartagena.

Elkin Restrepo – El Gato

El gato apareció una mañana, dos meses después de la muerte de Ovidio, cuando a Brígida la vida se le hacía algo muy difícil de sobrellevar. El animal aprovechó que la puerta estaba entreabierta y se metió al apartamento, donde empezó a pasearse orondo, como si aquélla fuera su casa. Era negro como el ónix y parecía hambriento. Aunque, en un primer momento, Brígida quiso echarlo, el tono lastimero de sus maullidos la contuvo. Entonces, fue a la cocina, sirvió leche con migas de pan en un plato y lo colocó afuera, en el patio de ropas. El animal se acercó y comió hasta dejar el plato limpio. Brígida jamás lo había visto, en la urbanización estaban prohibidas las mascotas, así que no dejó de pensar que era un gato extraviado, que le traería mala suerte.
Cuando terminó, el animal se puso zalamero y le restregó el lomo en las piernas. A la mujer aquello no le hizo gracia y echó mano de la escoba. El gato la miró con ojos muy tristes y ella sintió que esa mirada le rompía el alma.
Como nadie vino a reclamarlo, ni él se fue, Brígida pronto se desatendió del visitante. Nunca había tenido animales; la verdad, no les tenía simpatía. Cuando era niña alguien le había regalado una boa y el recuerdo de su piel blanda todavía le producía escalofríos.
Octavio había muerto de un infarto a fines de febrero, cuando rayaba los treinta años. Después de la cremación, Brígida tomó la urna con las cenizas y, en lugar de esparcirlas en el campo, como se lo pedía la familia, se las trajo a casa y las colocó encima del nochero. Las quería cerca, pues no podía aceptar que la vida con Octavio hubiera terminado así tan de repente.
Días después mandó a hacer un pedestal de madera y encima colocó la urna. Al lado, sobre una mesa redonda, puso el candelabro. A partir de entonces, le prendió velas y habló con el difunto, reclamándole que la hubiera dejado sola y no la hubiera hecho feliz.
Preocupada con su estado, Elvira, su hermana, convino con una amiga para que se pusiera al cuidado de ella, al menos durante un tiempo. La prima se llamaba Ilse, iba dos o tres veces a la semana, y se ocupaba de que nada le faltara. Más tarde aceptó mudarse, cuando la depresión no dejó levantar a Brígida de la cama.
Ilse tenía diecisiete años, cinco menos que la viuda, y era larguirucha, casi fea, pero tenía gracia, como todas las muchachas a su edad.
Una mañana, sin hacer caso de recomendaciones, abrió ventanas y puso música a buen volumen. Tanta penumbra y silencio, no hacía bien a nadie. Cambió de lugar muebles y objetos y obligó a la viuda a tomar el sol en el patio. Sacó la urna de la habitación y la colocó en un rincón de la biblioteca, donde su presencia no fuera tan aprensiva. Que Brígida lo aceptara, sin reproche alguno, hablaba de lo beneficioso de la medida. Poco a poco, aplicando su propio recetario, la fue rescatando de las fauces de la tristeza. Aunque la viuda persistía en llorar a su marido, al menos ahora aceptaba conversar un poco e interesarse por cosas distintas a su duelo.
Alguna vez la muchacha le habló de sus senos, del tamaño de sus senos, que apenas despuntaban, sin forma aún para acomodarlos en el sostén. Tenía pensado, sin embargo, comprarse unos con el primer pago. Uno rojo, con una blusa transparente, para irse a una discoteca a bailar el sábado. A Brígida, tal candor, le sacó una sonrisa, la primera en muchos días.
Fue Ilse la que insistió en que se quedaran con el gato.
—Devuélvelo al vecindario, los animales no me gustan, su dueño debe estar por ahí buscándolo.
Brí, no tienes de que preocuparte, yo me encargo de él.
El gato se quedó. Con una ceremonia chistosa, donde asperjó agua sobre su cabeza, la muchacha lo bautizó Nico, sin detenerse a pensar que, viniendo de afuera, tuviera otro nombre. Pero el animal lo aceptó bien y en adelante, sin ningún escrúpulo, Nico pasó a ser parte del hogar, de ese hogar donde todavía el dolor era el huésped mayor.
El gato iba y venía por la casa, atento a las dos mujeres. Aunque jugaba con Ilse, mantenía recelos con Brígida y evitaba su cercanía. Quizás advertía la prevención de ésta y cortaba por lo sano. Por lo demás, sus hábitos eran tranquilos, se notaba que no era un gato silvestre, y sólo maullaba a la hora de comer. Ilse, para que no engordara y su pelo no perdiera el lustre, le servía una comida al día.
Brígida no recordaba cuándo, pero de pronto su tristeza se tornó una carga más liviana. No sabía si era por efectos del tiempo transcurrido, siete meses a la sazón, o porque ya había tocado fondo. Cualquier día, sus remordimientos por no haber sido quizá lo suficientemente buena con Octavio, dejaron de atormentarla. Pensó que eso pasa siempre cuando se pierde un ser querido (así había ocurrido cuando murió su hermano Rubén), y dejó de echarse culpas. Entonces, como si corrieran las cortinas de la casa, la luz también entró en su alma, y aquellos sueños donde Octavio se le aparecía sin reconocerla, ni dirigirle la palabra, dejaron de repetirse.
Nico, por su parte, no parecía extrañar otra vida. Siempre cerca, sentado sobre sus patas traseras, semejaba una pequeña y reluciente divinidad. De divinidad eran la quietud, la ajena complacencia. Humana, si se quiere, la manera cómo, sin forzar nada, se tornó en pieza indispensable de aquel engranaje doméstico.
Un día Brígida tuvo un sueño que la sorprendió. Tenía que ver con su marido, pero, a diferencia de antes, el sueño no le causó pena ni llanto, sino más bien un gran regocijo.
Octavio, como si no hubiera muerto, estaba de regreso en casa. Venía de Bogotá, donde había asistido a una feria del vestido y, sin esperar siquiera a descargar las maletas, la tomó por la cintura y la condujo a la alcoba.
Al despertar, Brígida estaba desnuda y tenía el cuerpo arañado y cubierto de moretones, algo muy raro. Como nunca se había sentido tan feliz, tampoco ahondó en preguntas que no podía responder. Lo importante era que Octavio había vuelto, así fuera en sueños, y éste ya no la desconocía.
Los sueños continuaron repitiéndose con alguna regularidad. De cada uno, a Brígida le quedaban estigmas que, luego, frente al espejo, cubría con maquillaje para no despertar suspicacias a la muchacha.
Un viernes, Ilse compró pescado y dos botellas de vino blanco, y entre las dos prepararon la cena. Al gato el olor lo excitó hasta el punto de que, para acallar sus maullidos, debieron compartir la cena con él. Subido a la mesa, se paseó por ella, sin que a las mujeres les importara.
Con el vino, vinieron las confidencias.
A Ilse los senos al fin le habían crecido, un verdadero milagro. Quizás la tranquilidad, la comidas regulares y abundantes, o a que ya era tiempo. Como el roce con la blusa le erizaba la piel y esto le gustaba, había terminado por desistir del sostén. En las noches dormía con el gato, que se metía en la habitación, como un fantasma.
Sirvió otra copa de vino y le pidió a la viuda que le contara un secreto. Brígida le dijo que no tenía ninguno, pero ante la insistencia, no tardó en confesarle cosas que, incluso, no se decía a sí misma hacía tiempos.
Le contó que por la estrechez de la pelvis, no podía tener hijos: eso lo supo cuando a los seis meses de casada tuvo un aborto. De repetirse el suceso, también lo supo, pondría en riesgo la vida. Esto cambió el matrimonio por completo. Desde entonces, Octavio no la volvió a tocar y ella casi olvidó que era una mujer. Ése era el drama que vivían, cuando al marido le sobrevino el infarto.
De repente, atacada por una furia inesperada, cogió al gato del pellejo y lo arrojó al piso. Nico, ofendido, se escurrió bajo la mesa y buscó refugio a los pies de Ilse. Ésta lo cargó en los brazos y allí lo tuvo, mimándolo, hasta que la viuda, ya más sosegada, sin entender la razón de su repentino resquemor con el animal, continuó contándole a la muchacha sus asuntos.
De un tiempo para acá, sus sueños no eran los sueños angustiosos de otras veces. Por el contrario y, aunque seguía soñando con su marido, éste ahora se presentaba más solícito y amoroso, queriéndola compensar por su conducta del pasado. Aliviar sus culpas (con una impetuosidad salvaje), parecía ser ahora su único propósito. La verdad, sus besos y abrazos, su ruda fogosidad, la dejaban sin aliento y con señales imborrables en el cuerpo. Amanecía cada día cubierta de verdugones como si lo acontecido no fuera un sueño. ¡No había sino que ver!
En un gesto inesperado, Brígida se desabotonó la blusa y le mostró los estragos en el cuello y el pecho.
—Frutos del pecado, se ufanó.
Ilse se echó a atrás en la silla. No podía creerlo. Enseguida se levantó el suéter —también tenía algo que mostrarle— y, uno a uno, le señaló los lamparones aquí y allá.
—Ni que compartiéramos el mismo amante, dijo.
En esas el gato saltó a la alacena, con un ronroneo marrullero y feliz. En los ojos tenía una astilla de luz maliciosa, y su actitud, al ponerse a distancia, lo delataba. Ambas, cruzadas por la misma idea, se miraron.
—¡No estarás pensando lo que estoy pensando!, dijo Ilse.
—¡Ni me atrevo a decírtelo, estoy horrorizada!, contestó Brígida.


Elkin Restrepo

Nació en Medellin, Colombia en el año 1942. Es poeta, narrador, dibujante, grabador, editor y profesor universitario. Perteneció a la llamada Generación Desencantada posterior al Nadaísmo en los años 70. Con José Manuel Arango fundó y dirigió por varios años la revista Acuarimántima que tuvo amplia influencia y abrió espacios nuevos a la poesía moderna en Medellin y el país. Ha dirigido además, otras publicaciones similares como Poesía, Deshora y la revista Universidad de Antioquia. Actualmente dirige la revista de cuentos Odradek. Su voz poética es reconocida por su originalidad, el tono parco y depurado en el tratamiento del lenguaje, sus temas entre lo onírico y la celebración de la cotidianidad, el misterio y el amor.

Arnulfo Briceño – Ay mi llanura


   
Canta el llanero si tragándose el camino
cual centauro majestuoso
se encuentra con el jilguero.
 
Ay! mi llanura…
embrujo verde donde el azul del cielo
se confunde con tu suelo
en la inmensa lejanía.
En la alborada…
el sol te besa y del estero al morichal
hienden las garzas el aire
que susurra en las palmeras
un canto de libertad. (Bis)
 
Ay!  mi llanura…
fina esmeralda es tu cielo cristalino,
a tu hermosura…
canta el llanero si tragándose el camino
cual centauro majestuoso
se encuentra con el jilguero.
 
Ay! mi llanura…
miles de estrellas velan tus calladas noches
como refulgentes broches
en un manto de tersura.
Tu estas silente…
tiernos amantes te confiesan sus amores
se oye de coplas derroches
y entre pasiones ardientes
el rocío besa las flores. (Bis)
 
Ay! mi llanura…
la patria entera de tu nobleza se ufana
con tus bravuras…
caldeaste el alma de quienes todo lo dieron
para verla victoriosa
digna, grande y soberana.

Arnulfo Briceño fue el creador de una de las obras más significativas para la región colombiana del Orinoco “Ay mi llanura” que  fue adoptado como Himno Oficial del Departamento del Meta con letra y música de Briceño.
Fue autor, compositor e intérprete.
Nació  en Cúcuta el 26 de junio de 1938, hijo de José  Briceño y Solina Contreras.
Cursó estudios de Derecho en la Universidad Libre de Colombia, obteniendo el título en 1973. Así mismo adelantó estudios en la Universidad Pedagógica de Colombia, de la que recibió la licenciatura en Pedagogía Musical en 1981.
Junto a Alfredo Gutiérrez, en 1951, conformo el dueto  Los Pequeños Vallenatos, cuyos instrumentos eran el acordeón y la  guacharaca, realizando presentaciones en el país de Venezuela.
Durante 1953 realizó varias interpretaciones, con un grupo musical conformado por los maestros Alfredo Gutiérrez, Ernesto Hernandez, Víctor Gutiérrez, Gustavo Amaya y Adonai Diaz, logrando presentaciones en Caracas Venezuela y en Guayaquil Ecuador.
En virtud a su gran obra artística, expresada en cada circunstancia de su vida, fue galardonado por el Gobierno del Meta, con la Orden Centauro de Oro; recibió de la Alcaldía Mayor de Cúcuta, la Orden Benjamín Herrera; por parte de la Universidad Pedagógica, recibió el Honor Artístico de la Sociedad Proarte Internacional; fue galardonado con el Trébol de Oro otorgado en México por su obra “Quinceañera”, además multitud de pergaminos y diplomas conferidos por diversas agremiaciones.
Aunque había comunicado a sus familiares y amigos que presentía que su fallecimiento ocurriría aproximadamente a la edad de 50 años, tomo por gran sorpresa y tristeza a todo el pueblo colombiano, ya que en un viaje que realizaba a Tame Arauca, en plena actividad de sus labores artísticas, falleció por causa de accidente aéreo el 11 de Junio de 1989.