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Rubem Fonseca – Paseo nocturno

Llegué a la casa cargando la carpeta llena de papeles, relatorios, estudios, investigaciones, propuestas, contratos. Mi mujer, jugando solitario en la cama, un vaso de whisky en el velador, dijo, sin sacar lo ojos de las cartas, estás con un aire de cansado. Los sonidos de la casa: mi hija en su dormitorio practicando impostación de la voz, la música cuadrafónica del dormitorio de mi hijo. ¿No vas a soltar ese maletín?, preguntó mi mujer, sácate esa ropa, bebe un whisky, necesitas relajarte.

Fui a la biblioteca, el lugar de la casa donde me gustaba estar aislado, y como siempre no hice nada. Abrí el volumen de pesquisas sobre la mesa, no veía las letras ni los números, yo apenas esperaba. Tú no paras de trabajar, apuesto a que tus socios no trabajan ni la mitad y ganan la misma cosa, entró mi mujer en la sala con un vaso en la mano, ¿ya puedo mandar a servir la comida?

La empleada servía a la francesa, mis hijos habían crecido, mi mujer y yo estábamos gordos. Es aquel vino que te gusta, ella hace un chasquido con placer. Mi hijo me pidió dinero cuando estábamos en el cafecito, mi hija me pidió dinero en la hora del licor. Mi mujer no pidió nada: teníamos una cuenta bancaria conjunta.

¿Vamos a dar una vuelta en el auto? Invité. Yo sabía que ella no iba, era la hora de la teleserie. No sé qué gracia tiene pasear en auto todas las noches, también ese auto costó una fortuna, tiene que ser usado, yo soy la que se apega menos a los bienes materiales, respondió mi mujer.

Los autos de los niños bloqueaban la puerta del garaje, impidiendo que yo sacase el mío. Saqué los autos de los dos, los dejé en la calle, saqué el mío y lo dejé en la calle, puse los dos carros nuevamente en el garaje, cerré la puerta, todas esas maniobras me dejaron levemente irritado, pero al ver los parachoques salientes de mi auto, el refuerzo especial doble de acero cromado, sentí que mi corazón batía rápido de euforia. Metí la llave en la ignición, era un motor poderoso que generaba su fuerza en silencio, escondido en el capó aerodinámico. Salí, como siempre sin saber para dónde ir, tenía que ser una calle desierta, en esta ciudad que tiene más gente que moscas. En la Avenida Brasil, allí no podía ser, mucho movimiento. Llegué a una calle mal iluminada, llena de árboles oscuros, el lugar ideal. ¿Hombre o mujer?, realmente no había gran diferencia, pero no aparecía nadie en condiciones, comencé a quedar un poco tenso, eso siempre sucedía, hasta me gustaba, el alivio era mayor. Entonces vi a la mujer, podía ser ella, aunque una mujer fuese menos emocionante, por ser más fácil. Ella caminaba apresuradamente, llevaba un bulto de papel ordinario, cosas de la panadería o de la verdulería, estaba de falda y blusa, andaba rápido, había árboles en la acera, de veinte en veinte metros, un interesante problema que exigía una dosis de pericia. Apagué las luces del auto y aceleré. Ella solo se dio cuenta de que yo iba encima de ella cuando escuchó el sonido del caucho de los neumáticos pegando en la cuneta. Le di a la mujer arriba de las rodillas, bien al medio de las dos piernas, un poco más sobre la izquierda, un golpe perfecto, escuché el ruido del impacto partiendo los dos huesazos, desvié rápido a la izquierda, un golpe perfecto, pasé como un cohete cerca de un árbol y me deslicé con los neumáticos cantando, de vuelta al asfalto. Motor bueno, el mío, iba de cero a cien kilómetros en once segundos. Incluso pude ver el cuerpo todo descoyuntado de la mujer que había ido a parar, rojizo, encima de un muro, de esos bajitos de casa de suburbio.

Examiné el auto en el garaje. Con orgullo pasé la mano suavemente por el guardabarros, los parachoques sin marca. Pocas personas, en el mundo entero, igualaban mi habilidad en el uso de esas máquinas.

La familia estaba viendo televisión. ¿Ya diste tu paseíto, ahora estás más tranquilo?, preguntó mi mujer, acostada en el sofá, mirando fijamente el video. Voy a dormir, buenas noches para todos, respondí, mañana voy a tener un día horrible en la compañía.


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Rubem Fonseca

Nació en Juiz de Fora, Minas Gerais, Brasil, el 11 de mayo de 1925, es escritor y guionista de cine. Estudió Derecho y se especializó en Derecho Penal. Recién a los 38 años de edad decidió dedicarse de lleno a la literatura. Antes de ser escritor de tiempo completo, ejerció varias actividades, entre ellas la de abogado litigante.
En 2003, ganó el Premio Camões, el más prestigiado galardón literario para la lengua portuguesa, en 2004 recibió el Premio Konex Mercosur a las Letras, y en 2012 el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas.
En 31 de diciembre de 1952 inició su carrera en la policía, como comisario en São Cristóvão, Río de Janeiro. Muchos de los hechos vividos en aquella época y de sus compañeros de trabajo están inmortalizados en sus libros.
En junio de 1954 recibió una beca para estudiar y después dar clases sobre ese tema en la Fundación Getúlio Vargas, en Río de Janeiro. Fue elegido, entre septiembre de 1953 y marzo de 1954, junto con otros nueve policías cariocas para especializarse en Estados Unidos. Más adelante, mientras litigaba a favor de hombres que caían injustamente en manos de la justicia -por lo general negros-, Fonseca intentó conseguir un puesto como juez. Fue durante esta etapa en la que pudo observar de cerca la corrupción y la violencia, tanto entre ciudadanos como la del Estado hacia estos. La oportunidad de observar esto sería crucial para el desarrollo de su estilo narrativo.​
Conocido por ser una persona recluida que adora el anonimato y se rehúsa a dar entrevistas, prefiere pensar que un escritor puede decir todo lo que a él le parezca importante, independientemente de lo que los lectores puedan opinar al respecto, pero siempre a través de sus obras y no como personaje público que dicta sentencias en cuanto tiene un micrófono enfrente.
Fonseca dice que un escritor debe tener el coraje para mostrar lo que la mayoría de la gente teme decir. La historia a través de la ficción es también una marca de Rubem Fonseca, como en las novelas Agosto en la que retrata las conspiraciones que resultaron en el suicidio de Getúlio Vargas.
Creó, para protagonizar algunos de sus cuentos y novelas, un personaje antológico: el abogado Mandrake, mujeriego, cínico y amoral, además de profundo conocedor del submundo carioca. Mandrake fue transformado en serie para la cadena de televisión HBO.
Escribe también guiones para filmes, muchos de ellos premiados.

João Guimarães Rosa – La tercera orilla del río (cuento)

Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.
Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, ni a un cuarto de legua: el río por allí se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día en que la canoa estuvo lista.
Sin pena ni alegría, nuestro padre se caló el sombrero y nos dirigió un adiós a todos. No dijo otras palabras, no tomó fardel ni ropa, no hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, nosotros pensamos que iba a bramar, pero permaneció blanca de tan pálida, se mordió los labios y gritó: “Se vaya usted o usted se quede, no vuelva usted nunca”. Nuestro padre no respondió. Me miró tranquilo, invitándome a seguirle unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero obedecí en seguida de buena gana. El rumbo de aquello me animaba, tuve una idea y pregunté: “Padre, ¿me lleva con usted en su canoa?”. Él sólo se volvió a mirarme, y me dio su bendición, con gesto de mandarme a regresar. Hice como que me iba, pero aún volví, a la gruta del matorral, para enterarme. Nuestro padre entró en la canoa y desamarró, para remar. Y la canoa comenzó a irse -su sombra igual como un yacaré, completamente alargada.
Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Sólo realizaba la idea de permanecer en aquellos espacios del río, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más. Lo extraño de esa verdad nos espantó del todo a todos. Lo que no existía ocurría. Parientes, vecinos y conocidos nuestros se reunieron en consejo.
Nuestra madre, avergonzada, se comportó con mucha cordura; por eso, todos habían pensado de nuestro padre lo que no querían decir: locura. Sólo algunos creían, no obstante, que podría ser también el cumplimiento de una promesa; o que nuestro padre, quién sabe, por vergüenza de padecer alguna fea dolencia, como es la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias que daban ciertas personas -caminantes, habitantes de las riberas, hasta de lo más apartado de la otra orilla- decían que nuestro padre nunca se disponía a tomar tierra, ni aquí ni allá, ni de día ni de noche, de modo que navegaba por el río, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes habían establecido que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabaría; y él, o desembarcaba y se marchaba, para siempre, lo que se consideraba más probable, o se arrepentía, por fin, y volvía a casa.
Se engañaban. Yo mismo trataba de llevarle, cada día, un poco de comida robada: la idea la tuve, después de la primera noche, cuando nuestra gente encendió hogueras en la ribera del río, en tanto que, a la luz de ellas, se rezaba y se le llamaba. Después, al día siguiente, aparecí, con dulce de caña, pan de maíz, penca de bananas. Espié a nuestro padre, durante una hora, difícil de soportar: solo así, él a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en la tabla del río. Me vio, no remó para acá, no hizo ninguna señal. Le mostré la comida, la dejé en el hueco de piedra del barranco, a salvo de alimaña y al resguardo de lluvia y rocío. Eso, que hice y rehíce, siempre, durante mucho tiempo. Sorpresa que tuve más tarde: que nuestra madre sabía de ese mi afán, sólo que simulando no saberlo; ella misma dejaba, a la mano, sobras de comida, a mi alcance. Nuestra madre no era muy expresiva.
Mandó venir a nuestro tío, hermano de ella, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Mandó venir al maestro, para nosotros, los niños. Le pidió al cura que un día se revistiera, en la playa de la orilla, para conjurar y gritarle a nuestro padre el deber de desistir de la loca idea. En otra ocasión, por decisión de ella, vinieron dos soldados. Todo lo cual no sirvió de nada. Nuestro padre pasaba de largo, a la vista o escondido, cruzando en la canoa, sin dejar que nadie se acercara a agarrarlo o a hablarle. Incluso cuando fueron, no hace mucho, dos periodistas, que habían traído la lancha y trataban de sacarle una foto, no habían podido: nuestro padre desaparecía hacia la otra banda, guiaba la canoa al brezal, de muchas leguas, el que hay, por entre juncos y matorrales, y sólo él lo conocía, palmo a palmo, en la oscuridad, por entonces.
Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. Apenas, porque a aquello, en sí, nunca nos acostumbramos, de verdad. Lo digo por mí que, cuando quería y cuando no, sólo en nuestro padre pensaba: era el asunto que andaba tras de mis pensamientos. Lo difícil era, que no se entendía de ninguna manera, cómo él aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fríos del invierno, sin abrigo, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, durante todas las semanas, y meses y años -sin darse cuenta de que se le iba la vida. No atracaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas y bajíos del río; no pisó nunca más ni tierra ni hierba. Aunque, al menos, para dormir un poco, él amarrara la canoa en algún islote, en lo escondido. Pero no armaba una hoguerita en la playa, ni disponía de su luz ya encendida, ni nunca más rascó una cerilla. Lo que comía era un apenas; incluso de lo que dejábamos entre las raíces de la ceiba o en el hueco de la piedra del barranco, él recogía poco, nunca lo bastante. ¿No enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener la canoa, resistiendo, incluso en el empuje de las crecidas, al subir el río, ahí, cuando al impulso de la enorme corriente del río, todo forma remolinos peligrosos, aquellos cuerpos de bichos muertos y troncos de árbol descendiendo -de espanto el encontronazo. Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos.
Mi hermana se casó; nuestra madre no quiso fiesta. Pensábamos en él cuando comíamos una comida más sabrosa; así como, en el abrigo de la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, nuestro padre con sólo la mano y una calabaza para ir achicando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro notaba que yo me iba pareciendo a nuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbudo, con las uñas crecidas, débil y flaco, renegrido por el sol y la pelambre, con el aspecto de una alimaña, casi desnudo, apenas disponiendo de las ropas que, de vez en cuando, le dejábamos.
Ni quería saber de nosotros, ¿no nos tenía cariño? Pero, por el cariño mismo, por respeto, siempre que, a veces, me elogiaban por alguna cosa bien hecha, yo decía: “Fue mi padre el que un día me enseñó a hacerlo así…”; lo que no era cierto, exacto, sino una mentira piadosa. Porque, si él no se acordaba más, ni quería saber de nosotros, ¿por qué, entonces, no subía o descendía por el río, hacia otros lugares, lejos, en lo no encontrable? Sólo él sabría. Pero mi hermana tuvo un niño, ella se empeñó en que quería mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco; fue un día bonito, mi hermana con un vestido blanco, que había sido el de la boda, levantaba en los brazos a la criaturita, su marido sostenía, para proteger a los dos, la sombrilla. Le llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos nosotros lloramos allí, abrazados.
Mi hermana se mudó, con su marido, lejos de aquí. Mi hermano se decidió y se fue, a una ciudad. Los tiempos cambiaban, en el rápido devenir de los tiempos. Nuestra madre acabó yéndose también, para siempre, a vivir con mi hermana; ya había envejecido. Yo me quedé aquí, el único. Yo nunca pude querer casarme. Yo permanecí, con las cargas de la vida. Nuestro padre necesitaba de mí, lo sé -en la navegación, en el río, en el yermo-, sin dar razón de sus hechos. O sea que, cuando quise saber e indagué en firme, me dijeron que habían dicho que constaba que nuestro padre, alguna vez, había revelado la explicación al hombre que le había preparado la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto; nadie sabría, aunque hiciera memoria, nada más. Sólo en las charlas vanas, sin sentido, ocasionales, al comienzo, en la venida de las primeras crecidas del río, con lluvias que no escampaban, todos habían temido el fin del mundo, decían que nuestro padre había sido elegido, como Noé, que, por tanto, la canoa él la había anticipado; pues ahora medio lo recuerdo. Mi padre, yo no podía maldecirlo. Y ya me apuntaban las primeras canas.
Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué era de lo que yo tenía tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre estaba ausente; y el río-río-río, el río – perpetuo pesar. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -esta vida era sólo su demora. Ya tenía achaques, ansias, por aquí dentro, cansancios, molestias del reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. De tan viejo, no habría, día más día menos, de flaquear su vigor, dejar que la canoa volcara o que vagara a la deriva, en la crecida del río, para despeñarse horas después, con estruendo en la caída de la cascada, brava, con hervor y muerte. Me apretaba el corazón. Él estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que ni sé, de un abierto dolor, dentro de mí. Lo sabría -si las cosas fueran otras. Y fui madurando una idea.
Sin mirar atrás. ¿Estoy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se decía, nunca más se dijo, en todos aquellos años, no se condenaba a nadie por loco. Nadie está loco. O, entonces, todos. Lo único que hice fue ir allá. Con un pañuelo, para hacerle señas. Yo estaba totalmente en mis cabales. Esperé. Por fin, apareció, ahí y allá, el rostro. Estaba allí, sentado en la popa. Estaba allí, a un grito. Le llamé, unas cuantas veces. Y hablé, lo que me urgía, lo que había jurado y declarado, tuve que levantar la voz: “Padre, usted es viejo, ya cumplió lo suyo… Ahora, vuelva, no ha de hacer más… Usted regrese, y yo, ahora mismo, cuando ambos lo acordemos, yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa…”. Y, al decir esto, mi corazón latió al compás de lo más cierto.
Él me oyó. Se puso en pie. Movió el remo en el agua, puso proa para acá, asintiendo. Y yo temblé, con fuerza, de repente: porque, antes, él había levantado el brazo y hecho un gesto de saludo -¡el primero, después de tantos años transcurridos! Y yo no podía… De miedo, erizados los cabellos, corrí, hui, me alejé de allí, de un modo desatinado. Porque me pareció que él venía del Más Allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo perdón.
Sufrí el hondo frío del miedo, enfermé. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy un hombre, después de esa traición? Soy el que no fue, el que va a quedarse callado. Sé que ahora es tarde y temo perder la vida en los caminos del mundo. Pero, entonces, por lo menos, que, en el momento de la muerte, me agarren y me depositen también en una canoíta de nada, en esa agua que no para, de anchas orillas; y yo, río abajo, río afuera, río adentro —el río.

“A terceira margem do rio”,
Primeiras estórias, 1962


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João Guimarães Rosa

Nació el 27 de junio de 1908, en Cordisburgo, en el estado brasileño de Minas Gerais, fue el primero de los seis hijos de Florduardo Pinto Rosa y de Francisca Guimarães Rosa.
Cuentista, novelista y diplomático brasileño, que destaca como una de las figuras más importantes de la literatura de su país por obras como Gran sertón: veredas (1956). Estudió medicina en Belo Horizonte y trabajó en ciudades del interior de Minas Gerais, donde tomó contacto con el pueblo y la naturaleza de la región, tan presentes en sus obras literarias. Participó como voluntario en la revolución de 1932. Se desempeñó como diplomático en distintos países y ayudó a muchos judíos a escapar de la persecución del régimen de Hitler, por lo que en 1942 fue hecho prisionero de las autoridades alemanas durante algunos meses.
Desde su primera publicación, el volumen de cuentos Sagarana (1946), comienza a perfilarse su estilo, que se propone transformar y renovar el uso de la lengua portuguesa mediante un gran número de profundas innovaciones lingüísticas. Así, crea palabras nuevas, emplea términos prácticamente en desuso y vocablos de lenguas extranjeras, recurre al uso de onomatopeyas y aliteraciones y establece relaciones sintácticas inéditas.
El material de origen regional es usado para una interpretación mítica y psicológica de la realidad; en la obra de Guimarães Rosa el personaje no es simplemente un hombre de la región de Minas Gerais, es el propio ser humano que se enfrenta a sus problemas existenciales: Dios, el diablo, el destino, la lucha entre el bien y el mal, la muerte, el amor. En 1952 publicó Com o vaqueiro Mariano, una narración fruto de los recuerdos de una expedición al Mato-Grosso.
La importancia fundamental de ese viaje fue poner en contacto al escritor con los escenarios y personajes de la que sería su única novela, Gran sertón: veredas (1956), libro sin capítulos ni divisiones que rompió totalmente con el regionalismo tradicional. El narrador es un hombre del sertón, Riobaldo, un hacendado veterano y acomodado que cuenta su historia a un hombre de ciudad, el cual permanece desconocido. El sertón es el escenario de la novela, y a él le corresponden todos los atributos: es inseguro y seguro a la vez, es la locura y la certidumbre, es juguete y es arma, es bendito y maldito, es caritativo y maligno, es dominador y es dominado, es umbrío y desierto, es la antítesis del mundo civilizado. (El sertón es una vasta región geográfica semiárida del Nordeste Brasileño, consiste principalmente de colinas de poca altura que forman parte del Planalto Brasileiro, dos grandes ríos atraviesan el sertón, el Jaguaribe y el Piranhas)
El reconocimiento literario del autor se afianzó con la colección de siete novelas cortas Corpo de baile (1956), que expandió los experimentos lingüísticos y estructurales inaugurados por Sagarana. Volcado exclusivamente al relato corto, Guimarães Rosa publicó varias colecciones antes de su muerte, entre las que sobresale Primeras historias (1962). En 1997 se hizo la edición definitiva de Magma, su único libro de poemas, con el que había ganado el premio de la Academia Brasileña de Letras en 1936.
Falleció el 19 de noviembre de 1967, en la ciudad de Río de Janeiro. Si bien el certificado de defunción atribuyó su fallecimiento a un infarto, su muerte continúa siendo un misterio inexplicable, sobre todo por estar previamente anunciada en “Gran Sertón: Veredas” , novela calificada por el autor de “autobiografía irracional”.

Trem das Onze – Caetano Veloso y Maria Gadú

Não posso ficar nem mais um minuto com você
Sinto muito amor, mas não pode ser
Moro em Jaçanã
Se eu perder esse trem
Que sai agora às onze horas
Só amanhã de manhã
Além disso, mulher
Tem outra coisa
Minha mãe não dorme
Enquanto eu não chegar
Sou filho único
Tenho minha casa para olhar
E eu não posso ficar

Adoniran Barbosa


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Caetano Veloso e Maria Gadú

Caetano Veloso y Maria Gadu – Leãozinho



Gosto muito de te ver, leãozinho

Caminhando sob o sol
Gosto muito de você, leãozinho
Para desentristecer, leãozinho
O meu coração tão só
Basta eu encontrar você no caminho

Um filhote de leão, raio da manhã
Arrastando o meu olhar, como um imã
O meu coração é o sol, pai de toda cor
Quando ele lhe doura a pele ao léu

Gosto moito de te ver, leãozinho
De te ver entrar no mar
Tua pele, tua luz, tua juba
Gosto de ficar ao sol, leãozinho
De molhar minha juba
De estar perto de você,
E entrar numa

Um filhote de leão, raio da manhã
Arrastando o meu olhar, como um imã
O meu coração é o sol, pai de toda cor
Quando ele lhe doura a pele ao léu

Gosto de ficar ao sol, leãozinho
De te ver entrar no mar
Tua pele, tua luz, tua juba
Gosto de ficar ao sol, leãozinho
De molhar minha juba
De estar perto de você,
E entrar num

Me gusta mucho verte, leoncito
caminando bajo el sol
te quiero mucho, leoncito
para alegrar, leoncito
mi corazón tan solo
me basta encontrarte en el camino.
 
Un cachorro de león, en la luz de la mañana
arrastrando mi mirada como un imán
y mi corazón es el sol, padre de todos los colores
cuando le dora la piel al león.
 
Me gusta mucho verte, leoncito
verte entrar en el mar
tu piel, tu luz, tu melena
me gusta estar al sol, leóncito
mojar mi melena
estar a tu lado y entrar en el mar. 
 
Un cachorro de león, en la luz de la mañana
arrastrando mi mirada como un imán
y mi corazón es el sol, padre de todos los colores
cuando le dora la piel al león.
 
Me gusta estar al sol, león
verte entrar en el mar
tu piel, tu luz, tu melena
me gusta estar al sol, leóncito
mojar mi melena
estar a tu lado y entrar en el mar. 

Caetano Veloso y Maria Gadu

Maria Gadú – Bela Flor


A Flor que vem me lembrar
A Flor que e quase igual
A Flor que muito pensa
A Flor que fecha o Sol

Parece a mesma flor
Só muda o coração
Quando se unem são
A Flor que inspirou a canção

Bela Flor, pouco disse
Gêmea Flor, que cresceu no Rio
Bela Flor, pouco disse
Gêmea Flor, que cresceu no Rio

Que dance a linda flor girando por aí
Sonhando com amor sem dor, amor de flor
Querendo a flor que é, no sonho a flor que vem
Ser duplamente flor, encanta colore e faz bem

Bela Flor, pouco disse
Gêmea Flor, que cresceu no Rio
Bela Flor, pouco disse
Gêmea Flor, que cresceu no Rio

Oh flor, se tu canta essa canção
Todo o meu medo se vai pro vão
Pra longe, longe que eu não quero ir
Mas deixe seu rastro pólen, flor pra eu poder seguir

Bela Flor, pouco disse
Gêmea Flor, que cresceu no Rio
Bela Flor, pouco disse
Gêmea Flor, que cresceu no Rio

La flor que me hace recordar
La flor que es casi igual
La flor que piensa mucho
La flor que se cierra al Sol

Parece ser la misma flor

Sólo cambia el corazón
Cuando se unen son
La flor que inspiró la canción

Flor hermosa, que poco dice

Doble flor, que crece en Río
Flor hermosa, que poco dice
Doble flor, que crece en Río

Danza la hermosa flor haciendo piruetas

Soñando con amor sin dolor, amor de flor
quiere ser la flor que es y también la flor del sueño
Ser doblemente flor, encantadores colores, y lo hace bien

Flor hermosa, que poco dice

Doble flor, que crece en Río
Flor hermosa, que poco dice
Doble flor, que crece en Río

Oh flor, si cantas esta canción

Todo mi miedo se va a ir
Lejos, lejos yo no me quiero ir
Pero deja tu rastro de polen, 
Flor, para poderte seguir

Flor hermosa, que poco dice

Doble flor, que crece en Río
Flor hermosa, que poco dice
Doble flor, que crece en Río


Maria Gadú

Mayra Correa Aygadoux, nació en San Pablo, Brasil, el 4 de diciembre de 1986, es cantante, compositora y guitarrista de música popular brasileña. Desde su debut, María llamó la atención del público y la crítica, siendo nominada en dos ocasiones al Grammy Latino.
Paulista, hija de madre brasileña y padre francés, se introdujo en la práctica musical en la infancia. Se trasladó a Río de Janeiro a principios de 2008, cuando empezó a tocar en bares de Barra da Tijuca y la Zona Sur. Su carrera comenzó a ascender al despertar la atención de importantes músicos como Caetano Veloso, Milton Nascimento, John Donato, entre otros. Maria Gadu ganó trascendencia con la interpretación de “Ne me quitte pas” de Jacques Brel.
A principios de 2009, a los 22 años de edad, Maria Gadú presentó su primer álbum, que lleva su nombre. Después del lanzamiento del álbum, a mediados de 2009, el cantante ganó rápidamente terreno en los medios de comunicación brasileños.
En 2010 recibió dos nominaciones al Grammy Latino en la categoría Mejor Artista Revelación y Mejor Álbum solista/compositor. En diciembre de 2011, lanzó su segundo álbum de estudio, “Una página más”.

Mercedes Sosa y Julia Zenko – Oh, que será

          
   

Oh, que será, que será
Que anda suspirando
por las alcobas
que anda susurrando
versos y trovas
Que andan escondiendo
bajo las ropas
que anda en las cabezas
y anda en las bocas
Que va encendiendo velas
en los callejones
y están hablando alto
en los bodegones
Gritan en el mercado
están con certeza
es la naturaleza
Será que será
Que no tiene certeza
ni nunca tendrá
lo que no tiene arreglo
ni nunca tendrá
que no tiene tamaño
    
Oh, que será, que será
Que vive en las ideas
de los amantes
que cantan los poetas
más delirantes
Que juran los profetas
embriagados
que está en las romerías
de mutilados
Que está en las fantasías
más infelices
los sueñan de mañana
las meretrices
Lo piensan los bandidos
los desvalidos
en todos los sentidos
Será que será
Que no tiene decencia
ni nunca tendrá
que no tiene censura
ni nunca tendrá
que no tiene sentido
    
Oh, que será, que será
Que todos los avisos
no van a evitar
porque todas las risas
van a desafiar
y todas las campanas
van a repicar
Porque todos los himnos
van a consagrar
porque todos los niños
se habrán de zafar
y todos los vecinos
se irán a encontrar
Y el mismo padre eterno
que nunca fue allá
al ver aquel infierno
lo bendecirá
Que no tiene gobierno
ni nunca tendrá
que no tiene vergüenza
ni nunca tendrá
Lo que no tiene juicio

Milton Nascimento – Chico Buarque

Julia Zenko
Nació en el barrio de La Paternal, en la Ciudad de Buenos Aires, de padre polaco y madre uruguaya. Estudió canto desde muy pequeña. Su primera maestra fue Ester Plotkin, siguió con Ana Inchausti, Graciela Leibovich, Ida Terkel.

Estudió teatro con Agustín Alezzo, Edgardo Moreira, Luis Agustoni, Augusto Fernández.
Cantó en publicidades, películas, teleteatros, programas de radio.
Su primer disco se editó en 1983. Grabó en total más de 20 discos entre los que se destacan la operita María de Buenos Aires junto a Gidon Kremer, Jairo y Horacio Ferrer -autor de la obra junto a Astor Piazzolla-. Protagonizó esta operita en la Komische Oper de Berlín en los años 2006 y 2006, dirigida por una regisser alemana, en el Festival de Bregenz (Austria) dirigida por un regisser francés, y en la Opera Nacional de Atenas con una puesta argentina de Marcelo Lombardero en 2009.
Participó de festivales de jazz, ganó varios premios nacionales e internacionales.

Simone – Cuando tu llegues

  
   
Cuando tu llegues aqui,
puedes entrar sin llamar.
Pon nuestro disco secreto
y hazme el favor de esperar…
Y cuando escuches mis pasos
corre a abrazarme por qué:
porque mi piel necesita
estar pegada a tu piel…
 
Cuando ya estés en mis brazos,
no pienses y entregáte.
Cierra en mis ojos tus ojos
y abre tus labios después…
Y cuando se asome el dia
no quiero escuchar tu voz,
deja mi cama y mi vida
y olvida que fuimos dos…
 
Carlos Lyra

Simone