Archivo de la etiqueta: Argentina

Perotá Chingó – Rie Chinito

Ríe chinito,
se ríe y yo lloro porque el chino ríe sin mi.
Ríe en la noche, y achina los ojos morochos mas lindos que vi.
Sopla las cañas,
sube la montaña, mañana quizás bajará.
Se hace de día,
el sol lo encandila,
los vientos descansan y el chino se amansa.

Ríe chinito,
se ríe y yo lloro porque el chino ríe sin mi.
Ríe en la noche,
y achina los ojos morochos mas lindos que vi.
Sopla las cañas,
sube la montaña, mañana quizás bajará.
Mira la luna,
mi niña y se acuna,
que es larga la noche y es claro el camino.

Mi despedacito de río hasta donde bajaras
Mi despedacito de río, hasta donde bajaras

Ríe chinito,
se ríe y yo lloro porque el chino ríe sin mi.
Ríe en la noche,
y achina los ojos morochos mas lindos que vi.
Sopla las cañas,
sube la montaña, mañana quizás bajará.
Mira la luna,
mi niña y se acuna,
que es larga la noche y es claro el camino.

Mi despedacito de río hasta donde bajaras
Mi despedacito de río hasta donde bajaras.


Julia Ortiz
Dolores Aguirre
Martín Dacosta
Diego Cotelo

Perota-Chingo-7edited

Perotá Chingó

Julia Ortiz y Dolores Aguirre, amigas del norte del gran Buenos Aires de paso por Cabo Polonio (Uruguay) tocan y graban en video una canción, Ríe chinito, con la que desencadenan todo un fenómeno en YouTube, el clip motiva la formación de la banda devenida cuarteto, Perotá Chingó, junto a Martín Dacosta y Diego Cotelo.

Discografía

Un viajecito (2012)
Perotá Chingó (2013)

Página de Perotá Chingó

German Rozenmacher – Cabecita negra

A Raúl Kruschovsky

El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando, encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurriría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal, y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que estaba abajo, y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la rutina, había estado al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto gritó de nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden, haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.

-Quiero ir a casa, mamá -lloraba-. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

-¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? -la voz era dura y malévola. Antes de que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.

-A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

-Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

-Viejo baboso -dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro y sobrador que tenía adelante-. Hacete el gil ahora.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.

-Vamos. En cana.

El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.

-Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? -Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

-Andá, viejito verde andá, ¿te crees que no me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? -dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no le creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.

-Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer -dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.

-Señor agente – le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.

-Vengan a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto -y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró-. Vivo ahí al lado -gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.

El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la madrugada, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

-Dame café – dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte, lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con el hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió de que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era un policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.

-Qué le hiciste – dijo al fin el negro.

-Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de … -el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

-Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor…

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

-Este no es, José. – Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba tan alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer?, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas para arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma, dijo para tranquilizarse, ”hay que aplastarlo, aplastarlo”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.


Nota de Tarde Croaste: “Cabecitas negras” es un término que, afectuoso, utilizó Eva Perón, hacia las decenas de miles de trabajadores de origen humilde, que llenaban la Plaza de Mayo cuando ella o el General Perón se dirigían a su pueblo, desde el balcón de la Casa Rosada, se veían esas miles de cabezas de trabajadores de pelo oscuro, atentas a las palabras de quienes reivindicaban sus derechos. Más tarde ese término fue apropiado, para utilizarlo despectivamente, por quienes, tanto desde la clase dominante de la economía de Argentina, como desde la parte de la sociedad que en los años 50’ -como actualmente- quieren creer que pertenecen a un sociedad y estilo de vida europeo o estadounidense, expresando a través del término “cabecita negra” una forma de desprecio a los nativos de nuestra América.


germanrozenmacher001Germán Rozenmacher nació el 6 de agosto de 1971 en Buenos Aires, fue un escritor y dramaturgo que se destacó por su narrativa relacionada con el desarraigo, la soledad, la discriminación y las preocupaciones político-sociales. Su cuento Cabecita negra es un clásico de la literatura argentina.

Se crió en el barrio de Once en el seno de una humilde familia judía. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ejerció el periodismo en las revistas Compañero, Así, Panorama y Siete Días y en el diario Crónica.

En 1961 realizó una publicación personal de una colección de cuentos suyos bajo el título Cabecita negra, que ante el éxito que tuvo fue vuelta a publicar por la editorial de Jorge Álvarez en 1963.
En 1957 en plena dictadura autodenominada Revolución Libertadora, comienza a trabajar en una revista especializada en ciclismo llamada Ruedas, tiempo después inicia un ciclo en Radio Antártida, donde los reportajes debían realizarse previamente y entregarlos en papel al censor de la radio. El censor los leía y daba su aprobación.
En 1964 se estrenó su obra teatral Réquiem para un viernes a la noche, referida a los conflictos familiares de un joven judío que decide adherir fervorosamente a los valores nacionales del país en el que nació.
En 1966 publicó Los ojos del tigre (1966), relacionado con la cuestión judía, las raíces de las personas y la soledad.
En 1970 terminó su obra de teatro “El Caballero de Indias”, considerada su obra mayor, nuevamente sobre las raíces judías. El teatro de la Sociedad Hebraica Argentina (SHA) se negó a poner la obra en acto considerando que no era adecuado que una institución judía difundiera una obra que mostraba a un judío en conflicto con sus tradiciones. La obra fue finalmente estrenada en 1982 por Luis Brandoni.
Falleció en Mar del Plata, el 6 de agosto de 1971, a los 35 años.
En la década del 80 Francisco Solano López, dibujante de El Eternauta, ilustró el cuento Cabecita negra para ser incluido en el libro La Argentina en pedazos de Ricardo Piglia.
El Centro Cultural Ricardo Rojas instituyó en 1999 el Premio Germán Rozenmacher para dramaturgos jóvenes.

Ilustración: “Cabecita negra” por Francisco Solano  López (Fragmento)

Marco Denevi – Los fracasados

Una casa pobre. La mujer barre enérgicamente el piso con una escoba medio calva. Entra el hombre. Parece muy abatido. Se sienta sin pronunciar palabra. Ella ha dejado de barrer y lo mira. Pregunta:

—¿Y bien? ¿No dices nada?

—¿Qué tengo que decir?

—Miren la contestación. ¿Tres días que faltas de casa y no tienes nada que decir? Marido, te previne que no volvieras con las manos vacías.

—Ya lo sé. Si he vuelto es porque cumplí tus órdenes.

—Mis órdenes. Mis consejos, diría yo. Y entonces ¿por qué estás así, hecho un trapo?

—¿Acaso debería estar alegre?

—Me parece a mí.

—Pues ya ves. No estoy alegre. Estoy arrepentido.

—Vaya. Te duró poco el valor.

—¿Qué valor? Lo hice porque tú me obligaste.

—Porque yo lo obligué. Oigan el tono. Cualquiera pensaría que lo obligué a cometer un crimen. ¿Y a qué te obligué, veamos?. A darte tu lugar. A demostrar que eres un hombre, no un títere. Pero estás arrepentido. Preferirías seguir como hasta ahora. El último de la fila. El que recoge los huesos que arrojan los demás. Aquel a quien se llama para que, cuando todos ya se han ido, limpie las mesas y apague las luces. Siempre serás el mismo mediocre. Ignoras lo que es tener ideales, alguna noble ambición. El fracaso es tu atmósfera. Y yo, tu víctima. Mira a las mujeres de tus amigos: cubiertas de joyas, con sirvienta, con automóvil y un palco en el teatro. Ahora mírame a mí: una fregona dedicada día y noche a los quehaceres domésticos. En lugar de alhajas, callos. No voy al teatro, voy al mercado. Y porque pretendo que mi marido levante cabeza y le doy buenos consejos, óiganlo, me lo echa en cara.

—Siempre tuve mala suerte.

—¿Ahora también, mala suerte?

—Un presentimiento me dice que sí.

—Un presentimiento. Llamas presentimientos a los pujos de vientre de tu cobardía.

—Nada bueno saldrá de todo esto.

—Eso es. Regodéate en tu pesimismo. Serías capaz de verme embarazada y creer que estoy hidrópica. Encontrar una moneda de oro en la calle y confundirla con el escupitajo de un tísico. Oír la voz de Dios que te llama y ponerte a correr por miedo de que sea la voz de un acreedor. Cómo que nada bueno saldrá de todo esto. ¿Y la recompensa?. Me lo imagino: la rechazaste. Y, como siempre, el premio se lo llevó otro.

—No. Me pagaron.

—¿Cuánto?

Él le entrega unas pocas monedas.

—¿Esta miseria?

—¿Qué esperabas? ¿Millones?

—Un cargo. Eso es lo que ambiciono para ti. Un cargo en el gobierno, bien remunerado y que nos permita asistir desde el palco oficial a los desfiles militares. Te lo deben. Al fin y al cabo les prestaste un buen servicio. Más de uno habría querido hacerlo, pero lo hiciste tú. Y a ellos tu pequeña acción les reportará enormes beneficios. Volverás y les exigirás que te den un empleo. Un empleo en el que no tengas que matarte trabajando pero que te haga ganar un buen sueldo, cierto prestigio social y algunas ventajas adicionales. No hablo de coimas. Hablo de un automóvil oficial. Si fuese con chofer incluido, mejor todavía. Siempre quise pasearme en uno de esos inmensos automóviles negros conducidos por un chofer de uniforme azul y gorra.

—No me darán ni el puesto de ordenanza.

—¿Por qué? ¿No saben que fuiste tú quien les hizo ese favor?

—Cómo no van a saberlo. Ya ves que me pagaron.

—Los grandes, digo. Los que firman los nombramientos y manejan los teléfonos secretos. No lo saben. Trataste el negocio con algún subalterno que te quitó del medio con estas moneditas para hacerse pasar él por el autor y conseguir que lo asciendan de categoría.

—Todos lo saben. Del primero al último.

—¿Qué más quieres? Y entonces ¿por qué dices que no te nombrarán ni siquiera ordenanza?

—Nada les gusta menos que mostrarse agradecidos.

—Son envidiosos.

—Además, no quieren aparecer como mis instigadores. Quieren que se crea que lo hice por mi propia iniciativa.

—Envidiosos y cobardes.

—Pero todo el mundo ya está enterado. En la calle me señalaban con el dedo.

—No me digas. ¿Te señalaban con el dedo? ¿En la calle? ¿La gente? Qué bien. Eso significa que no te debe importar la ingratitud de los de arriba. El pueblo reconoce tus méritos. ¿Creen que los hiciste por tu propia iniciativa? Mejor. Serás—famoso,—llegarás lejos.

—No me asustes.

—¿Asustarte tonto? Ya veo: la gloria te produce terror.

Acostumbrado a la oscuridad, la luz te hace arder los ojos. Felizmente yo estoy a tu lado. Yo te sostendré, te guiaré. Apóyate en mí y avanza.

Se oye, afuera, el rumor de una muchedumbre. El hombre tiembla.

—¿Qué son esos gritos?

—Te lo dije: el pueblo. Viene a felicitarte, a traerte regalos. Querrán que seas su caudillo. Pero por ahora tú no salgas. Los grandes hombres no deben dejarse ver por la multitud. Envueltos en el misterio, siempre lejanos, siempre inaccesibles, parecen dioses. Vistos de cerca defraudan mucho. Tú, ni qué hablar. Además te falta experiencia. Todavía no dominas tu papel de personaje célebre. Tengo miedo de que, si los recibes, los trates de igual a igual. Déjame a mí. Yo hace rato que me preparo para estas cosas. Saldré yo. Yo sé cómo manejarlos.

—¿Oyes? Gritan ¡viva nuestro rey!

—¿Rey? ¿Y yo reina? Francamente, es más de lo que yo esperaba.

¿Más? ¿Por qué más? No permitiré que me contagies tu modestia. Lo que ocurre es que cuando la justicia tarda en llegar la confundimos con la buena suerte. Reina. Bien, acepto. Otra que un empleo de morondanga y un automóvil usado. Tendremos palacios, carruajes, un ejército de sirvientes. La primera medida que tomarás: aumentar los impuestos.

—¡Gritan cada vez más alto! ¡Se impacientan!

—Está previsto.

—¡Apúrate!

—¿Te parezco que estoy presentable? ¿No debería ponerme otro vestido?

—¡Derribarán la puerta!

—¡Y yo sin maquillarme!

—No les digas que estoy aquí.

—Les diré que estás con los embajadores extranjeros. Y si desean una audiencia, que la supliquen por escrito con diez días de anticipación. Pensar que todo esto me lo debes a mí.

La mujer sale. El hombre, inmóvil y aterrado, espera. Al cabo de unos minutos ella reaparece, se sienta. Él la mira. Afuera se ha hecho el silencio. Él le pregunta:

—¿Qué querían?

—Cállate. Eres un fracasado. Los dos somos unos fracasados.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

La mujer se pone de pie de un salto, empieza a gritar:

—¿Y todavía lo preguntas? ¿Qué pasó? Pasó que otra vez te dejaste ganar.

—Hice lo que tú me pediste.

—Y qué es lo que yo te pedí, imbécil. Que hicieras algo como la gente. Algo que nos salvara de la pobreza. Y has elegido bien, tú. Te has lucido. Pero se terminó. Basta. ¡Fuera de aquí! ¡Quítate de mi vista! ¡No quiero verte más!

El hombre empieza a salir. Al llegar a la puerta se vuelve y mira a la mujer. La mujer llora. Él pregunta:

—¿Me dirás por lo menos qué sucedió?

Ella deja de llorar. Levanta la cabeza. Y por fin, después de un silencio, dice secamente:

—Resucitó.

Entonces Judas Iscariote sale de su casa y va a colgarse de la higuera.


denevi

Marco Denevi – 1922 / 1998

Ilustración: El Tomi Müller

Gabo Ferro – Volver a volver


Frío; hace tanto frío
que no puedo más que arder.
Estallará; mi boca estallará
en dulce de esmeraldas,
en pájaros y espinas,
y un paso se abrirá

Y yo me iré
como el humo al aire
que no podrá volver,
me haré un tornado dulce,
un perfume, una piel,
seré mi propio padre
y así voy a aprender
que irse es volver a volver.

Afuera, afuera solo el mundo,
puro aire para brujas
y un tiempo que está y se fue.
Así,con vértigo y vacío,
con mi cuerpo que es mío
no me faltará nada

porque yo me iré
como el humo al aire
que no podrá volver,
me haré un tornado dulce,
un perfume, una piel,
seré mi propia madre
y así voy a aprender
que irse es volver a volver
y a volver
y a volver
y a volver.

Y yo me iré
como el humo al aire
que no podrá volver,
me haré un tornado dulce,
un perfume, una piel,
seré mi propio padre
y así voy a aprender
que irse es volver a volver.


aaaaaa2a

Gabo Ferro


Gabriel Fernando Gabo Ferro nació en Buenos Aires, el 6 de noviembre de 1965, es un cantante de rock, poeta, historiador y docente universitario.
Formó la banda de rock “Porco” junto a Sergio Alvarez. Con esa banda hardcore grabó dos discos hasta su separación en 1997.
Se retiró de la música por varios años dedicándose a estudiar historia. Retomó como solista (con su sello propio: Costurera Carpintero), en 2004, para editar su disco debut al año siguiente, llamado “Canciones que un hombre no debería cantar”. Debido a la repercusión de este disco, un año después editó “Todo lo sólido se desvanece en el aire” que ganó el premio Clarín como revelación.
“Mañana no debe seguir siendo ésto” (2007), su tercer disco, lo define como un trabajo con el amor como tema central de un universo romántico clásico.
“Amar, temer, partir” llega en el 2008, editado junto a un DVD en vivo y con su primer libro: “Barbarie y civilización: Sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas (1835-1852)”. Este trabajo recibió la mención honorífica del Fondo Nacional de las Artes.
En 2009 editó su quinto disco, “Boca arriba” y participó de “Four Walls, la niña del enfermero”, obra de Carlos Trunsky producida por el teatro Colón. Ese mismo año editó un material junto a Flopa Lestani y el artista plástico Ral Veroni.
Junto al escritor Pablo Ramos compuso y grabó “El hambre y las ganas de comer”, un encuentro entre la música y la poesía. Además, tuvo como invitados a Miss Bolivia, Federico Ghazarossian, Camilo Carabajal, Agustín Durañona y Demián De Gennaroto. Por esta placa fue nominado a los premios Carlos Gardel a la música como mejor álbum artista canción testimonial y de autor.
En 2011 publicó “La aguja tras la máscara” y tres años después, un 25 de mayo de 2014, formó parte de los festejos por el aniversario de la Revolución de Mayo, en el marco del show “Somos Cultura” del Ministerio de Cultura de la Nación.
Finalmente el Premio Gardel (mejor álbum canción testimonial o de autor) llegó con “La primera noche del fantasma” (2013). Tres años después llegó “El lapsus del jinete ciego”. Que fue adelantado con el simple “La silla del pensar”. La canción venía sonando en vivo y en la tira televisiva “La Leona” de Telefé. El trabajo incluyó 14 canciones inéditas registradas en el vacío del ND/Teatro.

Discografía

Canciones que un hombre no debería cantar (2005)
Todo lo sólido se desvanece en el aire (2006)
Mañana no debe seguir siendo ésto (2007)
Amar, temer y partir (2008)
Boca arriba (2009)
El hambre y las ganas de comer (2010)
La aguja tras la máscara (2011)
La primera noche del fantasma (2013)
El veneno de los milagros (2014)
El lapsus del jinete ciego (2016)

Libros

  • Barbarie y civilización: sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas (1835-1852). Buenos Aires: Marea 2009.
  • Degenerados, anormales y delincuentes. Gestos entre ciencia, política y representaciones en el caso argentino. Buenos Aires: Marea, 2010.
  • Costurera Carpintero. Antología de letras de canciones de Gabo Ferro, con Prólogo de Diana Bellessi Buenos Aires: La Marca, 2014.

Sitio oficial:
http://www.gaboferro.com.ar

Redes sociales:
https://www.facebook.com/acagaboferro

  • Gracias Coca.

Inés Bayala – Ni el diablo


Mama, mamá, mamá, me manda a trabajar ay mamá mamá

mama, mamá, mamá, me manda a trabajar ay mamá mamá

mama, mamá, mamá, la calle no me gusta mamá, mamá,

hay gente que me asusta, mama, mamá, mamá,

de usted me dicen cosas que no son verdad

mama, mamá, mamá, voy a comprarle casa de material

madie nos va a sacar, de ahí nadie nos va a sacar,

ni el diablo nos va a llevar.

 

Mama, mamá, mamá,

yo sé lo que usted hace pa ir a comprar

pa tener pa comer, yo sé lo que usted mamá, mamá

pero no quiero más, vivir de esta manera, no quiero más

la lástima ajena lastima más,

yo quiero ir a la escuela, mamá, mamá

mama, mamá, mamá, voy a comprarle casa de material

nadie nos va a sacar, de ahí nadie nos va a sacar,

ni el diablo nos va a llevar.

 

Mama, mamá, mamá, me manda a trabajar ay mamá mamá

mama, mamá, mamá, me manda a trabajar ay mamá mamá

mama, mamá, mamá, la calle no me gusta mamá, mamá,

hay gente que me asusta, mama, mamá, mamá,

de usted me dicen cosas que no son verdad

mama, mamá, mamá, voy a comprarle casa de material

nadie nos va a sacar, de ahí nadie nos va a sacar,

ni el diablo nos va a llevar.

 

Mama, mamá, mamá, mama, mamá, mamá,mama, mamá, mamá

Inés Bayala


Inés Bayala: Guitarra y voz
Andrés Bustos: Percusión
Pedro Bragán: Acordeón
Facundo López Burgos: Guitarra eléctrica
Coros: Jazmín Dobler y Manuel Martínez Cataldo

VLUU L200  / Samsung L200

Inés Bayala

www.inesbayala.com.ar

 

Jorge Leónidas Escudero: la palabra única

0004298911

Jorge Leónidas Escudero murió a los 95 años. Construyó una obra singular en la lengua castellana arraigada en una fuerte oralidad que despliega en una búsqueda constante de hallar una palabra: la única y poética que dé cuenta del ser. Aunque el ambiente intelectual de Buenos Aires tardó mucho en reconocerlo, hoy todos coinciden en la importancia de su obra. Dos veces fue “mención” del Premio Nacional de Poesía.

Por Gabriela Borrelli Azara

Jorge Leónidas Escudero nació en 1920 en San Juan. Murió el pasado 10 de febrero. La biografía de Escudero lo presenta como un poeta único. Trabajó como minero luego de abandonar una carrera universitaria, y a los 50 años comenzó a escribir poemas. Su poesía está basada en tres pilares sobre los que erige todo una reflexión acerca de la búsqueda del ser: los amigos, el amor y el juego. Tuvo una vida sobria alejada de los grandes circuitos poéticos. No viajó, no buscó lugares externos sino ocultos. Quería expresar lo más íntimo. Esa es su ars poética. Cultivó una libertad en la lengua castellana pocas veces vista en poesía. Sentía la necesidad de escribir en tonada, esto es decir, forzar a las palabras a que sean leídas como “suenan” en el habla sanjuanina. Y al contrario de alejar a lectores, causa un efecto de atracción, obligando a quien lee a pronunciar esa palabra en voz alta. Y es que ya lo sabemos: un verso para que sea válido necesita decirse en voz viva. Pareciera que Escudero quisiera decirnos que lo mismo vale para la palabra, una palabra que buscó, buscó, y nunca halló: “El asunto de la palabra única es la que va expresar lo que uno realmente siente, pero no alcanza la palabra contra la palabra única, entonces yo por ahí en un poema digo, que entonces hay que hundir el lápiz en el papel y hacer un agujero para el otro lado a ver si está ahí la palabra única. Todavía la sigo buscando, y no la encuentro, ni la encontraré parece, porque creo que nadie la puede encontrar, porque lo que sentimos nosotros debe ser inenarrable”

Salgo a cazar, si puedo, la palabra única
Esa que me desvela
y no aparece.

Debo hacerla mía porque si no
¿cómo voy a expresar lo más íntimo?

Si tuviera mi pensamiento
certeras flechas indias de pedernal
tal vez la cazara pero sólo dispongo
de palabras que no alcanzan.

Es pretensión absurda? Puede,
pero me han dicho
quese pájaro anida en el vacío
entre dos pensamientos:
y lo primero para cazarlo es eso,
el silencio.

Por eso aquí jadeo con la lengua afuera,
me arrugo y sumerjo en oscuridades.
Mientras tanto el papel me desafía
a que le haga un agujero con el lápiz
a ver si veo del otro lado
eso que me está llamando desde antes,
desde antes, desde antes.

El juego y el amor narrados en poemas con imágenes potentes. El dolor ligado a la ironía. ¿Es que hay algo más absurdo que sufrir por amor? Dos poemas:

La herida más mortal es enteriza,
baja desde la coronilla
hasta las uñas de los pies.
Podés hacer cuanto se te ocurra pero
has fallecido.

Herida mortal que escapa
a todo hablar, asfixia
como si en una bolsa
a un pozo negro te hubieran.
Esto ocurre a enamorados tozudos
que aspiran a recuperar besos perdidos.
La realidad los engancha de atrás con un clavo
los abre en canal y deja colgados
como res en el matadero.

Se les vacían los tuétanos,
gimen lloro inconsolable
se mean y defecan encima. No,
no es gracioso
ver así a un inocente agregado al olvido

brutalmente por lo que él más quiere.

“ La medecina”

Les diré que me encuentro adolorido
por mujer que me desposeyó de ella,
quitó lo que me daba
y me en casi sin aire deja
o como naranja sprimida.
Me deshojó de su árbol como si a usté
de pronto lo dejan sin agarrarse de algo,
como que se me cayeran los pantalones
en medio de un baile
como de urgencia
necesitar ir a mear y no hallar dónde.
Así de desvalido.
Me hice ver con un médico y recetó
el desapego hombre, el desapego,
cambie de costumbres póngase
una tela metálica al pecho
así no se le incrustan mariposas dañinas.
En ningún peor caso me he visto;
pero aseguran los intrusos ques buena medecina
visitar lejanos países.
Bien, ¿pero a dónde he ir que no mesté sperando
la susodicha esa para castigarme
solamente porque la quiero?

Nunca vivió Escudero en otro lugar que no sea su San Juan. Este es un extraordinario poema donde Escudero mira Buenos Aires:

Cabeceando en el tren iba y de pronto
empezó a darme casas de Buenos Aires la ventanilla.
Y cuando bajé hinché el lomo:
me cayó mal la montura del cielo.

Es que tenía mucha desconfianza.
Calles de sol escaso y hartas nubes
dónde amanece de apuro y la noche
se tira sin aviso encima de uno.

Gente sí carilarga.
La catacumba subte y corro
por una tolva mecánica traga y escupe
hasta que de repente salgo a los escaparates
de todo lo que no hace falta.

Es que venía salido de mis pagos,
de unos sauces piojentos y eminentes
puestos en la verdad del mundo.

Anduve así buscando una salida
extraño a las esquinas, a las plazas;
e inútilmente urdido en esas calles
fin llegué a la estación ( casi arrastrándome)
y aquí estoy de vuelta en San Juan.

Así anduvo Escudero buscando la palabra única y escapándole a la muerte, la que lo encontró bien vivo:

“Paradoja”

Así es esto, no hacer drama,
pero estoy asustao porque no sé a qué vine,
para qué me trajo el mundo
Una cadena de pariciones.
Y vivo agazapándome para que no me ubique
la aquella, la que te niega el aire
en la última respiración.

Y vos
llegado el caso de leer estas palabras
no vayás a burlarte de mi miedo
porque si escarbás un poco en la oscuridá
vas a encontrar tu propia calavera
esperándote.

Ahora te dejo, discúlpame,
debo ir al mercado a comprar pan, sí,
alimentarme
para cuando me alcance la que te dije
m’encuentre con vida, si no
¿cómo me la va a quitar?

Dos veces tuvo oportunidad el canon abombado y lerdo de los premios nacionales argentinos de concederle el Premio Nacional de Poesía. Dos veces lo distinguieron con “menciones”. A él no le importó. A nosotros los lectores, sí. Porque los premios no son solo para el escritor, sino también para los lectores. Escudero se fue sin esa distinción y nosotros nos quedamos deudores. Deudores de una poesía inmensa que seguirá retumbando en nuestra lengua. Un párrafo aparte merece la labor de Javier Cófreces, su amigo y editor. Es a él a quien le debemos todos los agradecimientos por acercarnos una obra que sacude toda la estantería de la poesía argentina. Pruebe usted ese sacudón, agarre ya mismo un poema de Escudero, léalo. No falla, no hay error, es pura palabra accionando en el cuerpo. La sangre correrá diferente. Pegue el salto. Salga desto de siempre. Lea a Escudero.

¿Cómo hago para dar el salto?
¿Pero de qué salto estoy hablando?
No sé, simplemente un salto, salir
desto de siempre donde no hallo
y sigo buscando.

Y ahora esperen pueda memorizar, ver
si explico algo de mis desvelos,
ver si encuentro
el mapa del tesoro, el carozo
deste asunto que me tiene absorbido.

El no poder explicarme cómo
da desorientación, pero sigo metido
nestas alturas de mis inquietudes
donde falta el aire y sin embargo existo.

Para ver un fragmento del “Escutriazo”, diálogo poético musical con poesías de Jorge Leónidas Escudero y Juan Carlos Bustriazo Ortiz, a cargo de Gabriela Borrelli Azara y Paula Gasparini, ingresar en: https://www.facebook.com/FlautaFan/videos/10208400424989133/

Jorge Leónidas Escudero

Tomado de: http://agenciapacourondo.com.ar/cultura/18602-jorge-leonidas-escudero-la-palabra-unica

21 libros gratis para leer en linea o bajar en formato electrónico

Acceder a la página de descarga de los libros: “Leer es Futuro”

Foto: Margarita Solé / Ministerio de Cultura de la Nación

“Leer es Futuro”: 21 libros de narrativa argentina, ahora disponibles en pdf y epub

Las publicaciones pueden descargarse, gratis, para ser leídas desde cualquier dispositivo electrónico

Juan Diego Incardona, Leonardo Oyola, Hernán Vanoli, Pía Bouzas, Alejandra Zina, Esteban Castromán, Martían Zariello, Cezary Novek y Fabio Martínez son algunos de los autores de Córdoba, Salta, Entre Ríos, Santa Fe, Mar del Plata y Ciudad de Buenos Aires, entre otros puntos del país, que fueron convocados tomando en cuenta el contexto federal.

Los escritores elegidos -algunos publicados, otros no- trabajan para difundir y federalizar la literatura desde ciclos literarios, sellos editoriales, programas de radio, revistas, reseñas de prensa y redes sociales.

Los ilustradores participantes son jóvenes y talentosos dibujantes interesados en mostrar su trabajo. Nicolás Moguilevsky, Ezequiel García, Otto Zaizer, Ariel López V. y Daniela Kantor son algunos de los artistas que interpretaron las diversas miradas y los universos de los narradores para realizar el arte de tapa de cada libro.

La serie también incluye trabajos de Haroldo Conti, Miguel Briante y Roberto Arlt, padrinos de la colección por su compromiso social y su calidad literaria; y tres volúmenes de literatura infantil.

De este modo, el Ministerio de Cultura de la Nación continúa la tarea de promover las voces actuales de la narrativa nacional entre los argentinos ávidos de nuevas lecturas. Además, busca jerarquizar el trabajo del escritor acercando sus creaciones a un público más amplio.

CONTACTO: leeresfuturo@cultura.gob.ar