Caña Dulce – Arnoldo Castillo

Caña dulce pa moler
cuando tenga mi casita:
¡Oh, qué suerte tan bonita
que pa mí tendrá que ser!

Cuando apunte el verolís
y yo viva con mi nena,
no tendré ninguna pena
y seré siempre feliz.

Tendré entonces mi casita
y una milpa y buenos bueyes
y seré como esos reyes
que no envidian ya nadita.

Con mi Dios y mi morena,
caña dulce y buen amor,
esta vida noble y buena
pasaré sin un rencor.


Caña dulce, a veces conocida también como Caña dulce pa’moler, es una canción típica de Costa Rica, escrita en 1926.
La letra de Caña dulce es obra del escritor, poeta y educador José Joaquín Salas Pérez.

jose salas perez

El autor de la música es el poeta y músico José Daniel Zúñiga Zeledón.

Jose daniel zuñiga

Se le considera una “danza criolla”, una versión costarricense de la habanera y la danza andaluza, propia del Valle Central de Costa Rica.
Está considerada una de las canciones patrias de la música folclórica costarricense.

Glosario:

Verolís es la flor de la caña de azúcar.
Milpa es la parcela que se siembra – tanto el espacio físico, la tierra, la “parcela”, como las especies vegetales, la diversidad productiva que sobre ella crece –


17155633_1763766933649132_6280723628523608464_nArnoldo Castillo Villalobos, nació un 13 de abril, en San José, Costa Rica.
A lo largo de su carrera artística ha participado en múltiples proyectos artísticos nacionales e internacionales, al lado de músicos y artistas de primer nivel como Armando Manzanero, Danilo Montero, Luis Cobos, La Orquesta Filarmónica de Costa Rica, Grupo Editus, Grupo Malpaís, Swing en 4, Escats, Fidel Gamboa, Mario Ulloa y Bernal Villegas.

Julio Ramón Ribeyro – El banquete

Con dos meses de anticipación, don Fernando Pasamano había preparado los pormenores de este magno suceso. En primer término, su residencia hubo de sufrir una transformación general. Como se trataba de un caserón antiguo, fue necesario echar abajo algunos muros, agrandar las ventanas, cambiar la madera de los pisos y pintar de nuevo todas las paredes.

Esta reforma trajo consigo otras y (como esas personas que cuando se compran un par de zapatos juzgan que es necesario estrenarlos con calcetines nuevos y luego con una camisa nueva y luego con un terno nuevo y así sucesivamente hasta llegar al calzoncillo nuevo) don Fernando se vio obligado a renovar todo el mobiliario, desde las consolas del salón hasta el último banco de la repostería. Luego vinieron las alfombras, las lámparas, las cortinas y los cuadros para cubrir esas paredes que desde que estaban limpias parecían más grandes. Finalmente, como dentro del programa estaba previsto un concierto en el jardín, fue necesario construir un jardín. En quince días, una cuadrilla de jardineros japoneses edificó, en lo que antes era una especie de huerta salvaje, un maravilloso jardín rococó donde había cipreses tallados, caminitos sin salida, una laguna de peces rojos, una gruta para las divinidades y un puente rústico de madera, que cruzaba sobre un torrente imaginario.

Lo más grande, sin embargo, fue la confección del menú. Don Fernando y su mujer, como la mayoría de la gente proveniente del interior, sólo habían asistido en su vida a comilonas provinciales en las cuales se mezcla la chicha con el whisky y se termina devorando los cuyes con la mano. Por esta razón sus ideas acerca de lo que debía servirse en un banquete al presidente, eran confusas. La parentela, convocada a un consejo especial, no hizo sino aumentar el desconcierto. Al fin, don Fernando decidió hacer una encuesta en los principales hoteles y restaurantes de la ciudad y así pudo enterarse de que existían manjares presidenciales y vinos preciosos que fue necesario encargar por avión a las viñas del mediodía.

Cuando todos estos detalles quedaron ultimados, don Fernando constató con cierta angustia que en ese banquete, al cual asistirían ciento cincuenta personas, cuarenta mozos de servicio, dos orquestas, un cuerpo de ballet y un operador de cine, había invertido toda su fortuna. Pero, al fin de cuentas, todo dispendio le parecía pequeño para los enormes beneficios que obtendría de esta recepción.

-Con una embajada en Europa y un ferrocarril a mis tierras de la montaña rehacemos nuestra fortuna en menos de lo que canta un gallo (decía a su mujer). Yo no pido más. Soy un hombre modesto.

-Falta saber si el presidente vendrá (replicaba su mujer).

En efecto, había omitido hasta el momento hacer efectiva su invitación.

Le bastaba saber que era pariente del presidente (con uno de esos parentescos serranos tan vagos como indemostrables y que, por lo general, nunca se esclarecen por el temor de encontrar adulterino) para estar plenamente seguro que aceptaría. Sin embargo, para mayor seguridad, aprovechó su primera visita a palacio para conducir al presidente a un rincón y comunicarle humildemente su proyecto.

-Encantado (le contestó el presidente). Me parece una magnífica idea. Pero por el momento me encuentro muy ocupado. Le confirmaré por escrito mi aceptación.

Don Fernando se puso a esperar la confirmación. Para combatir su impaciencia, ordenó algunas reformas complementarias que le dieron a su mansión un aspecto de un palacio afectado para alguna solemne mascarada. Su última idea fue ordenar la ejecución de un retrato del presidente (que un pintor copió de una fotografía) y que él hizo colocar en la parte más visible de su salón.

Al cabo de cuatro semanas, la confirmación llegó. Don Fernando, quien empezaba a inquietarse por la tardanza, tuvo la más grande alegría de su vida.

Aquel fue un día de fiesta, salió con su mujer al balcón para contemplar su jardín iluminado y cerrar con un sueño bucólico esa memorable jornada. El paisaje, sin embargo, parecía haber perdido sus propiedades sensibles, pues donde quiera que pusiera los ojos, don Fernando se veía a sí mismo, se veía en chaqué, en tarro, fumando puros, con una decoración de fondo donde (como en ciertos afiches turísticos) se confundían los monumentos de las cuatro ciudades más importantes de Europa. Más lejos, en un ángulo de su quimera, veía un ferrocarril regresando de la floresta con sus vagones cargados de oro. Y por todo sitio, movediza y transparente como una alegoría de la sensualidad, veía una figura femenina que tenía las piernas de un cocote, el sombrero de una marquesa, los ojos de un tahitiana y absolutamente nada de su mujer.

El día del banquete, los primeros en llegar fueron los soplones. Desde las cinco de la tarde estaban apostados en la esquina, esforzándose por guardar un incógnito que traicionaban sus sombreros, sus modales exageradamente distraídos y sobre todo ese terrible aire de delincuencia que adquieren a menudo los investigadores, los agentes secretos y en general todos los que desempeñan oficios clandestinos.

Luego fueron llegando los automóviles. De su interior descendían ministros, parlamentarios, diplomáticos, hombres de negocios, hombres inteligentes. Un portero les abría la verja, un ujier los anunciaba, un valet recibía sus prendas, y don Fernando, en medio del vestíbulo, les estrechaba la mano, murmurando frases corteses y conmovidas.

Cuando todos los burgueses del vecindario se habían arremolinado delante de la mansión y la gente de los conventillos se hacía una fiesta de fasto tan inesperado, llegó el presidente. Escoltado por sus edecanes, penetró en la casa y don Fernando, olvidándose de las reglas de la etiqueta, movido por un impulso de compadre, se le echó en los brazos con tanta simpatía que le dañó una de sus charreteras.

Repartidos por los salones, los pasillos, la terraza y el jardín, los invitados se bebieron discretamente, entre chistes y epigramas, los cuarenta cajones de whisky. Luego se acomodaron en las mesas que les estaban reservadas (la más grande, decorada con orquídeas, fue ocupada por el presidente y los hombres ejemplares) y se comenzó a comer y a charlar ruidosamente mientras la orquesta, en un ángulo del salón, trataba de imponer inútilmente un aire vienés.

A mitad del banquete, cuando los vinos blancos del Rin habían sido honrados y los tintos del Mediterráneo comenzaban a llenar las copas, se inició la ronda de discursos. La llegada del faisán los interrumpió y sólo al final, servido el champán, regresó la elocuencia y los panegíricos se prolongaron hasta el café, para ahogarse definitivamente en las copas del coñac.

Don Fernando, mientras tanto, veía con inquietud que el banquete, pleno de salud ya, seguía sus propias leyes, sin que él hubiera tenido ocasión de hacerle al presidente sus confidencias. A pesar de haberse sentado, contra las reglas del protocolo, a la izquierda del agasajado, no encontraba el instante propicio para hacer un aparte. Para colmo, terminado el servicio, los comensales se levantaron para formar grupos amodorrados y digestónicos y él, en su papel de anfitrión, se vio obligado a correr de grupos en grupo para reanimarlos con copas de mentas, palmaditas, puros y paradojas.

Al fin, cerca de medianoche, cuando ya el ministro de gobierno, ebrio, se había visto forzado a una aparatosa retirada, don Fernando logró conducir al presidente a la salida de música y allí, sentados en uno de esos canapés, que en la corte de Versalles servían para declararse a una princesa o para desbaratar una coalición, le deslizó al oído su modesta.

-Pero no faltaba más (replicó el presidente). Justamente queda vacante en estos días la embajada de Roma. Mañana, en consejo de ministros, propondré su nombramiento, es decir, lo impondré. Y en lo que se refiere al ferrocarril sé que hay en diputados una comisión que hace meses discute ese proyecto. Pasado mañana citaré a mi despacho a todos sus miembros y a usted también, para que resuelvan el asunto en la forma que más convenga.

Una hora después el presidente se retiraba, luego de haber reiterado sus promesas. Lo siguieron sus ministros, el congreso, etc., en el orden preestablecido por los usos y costumbres. A las dos de la mañana quedaban todavía merodeando por el bar algunos cortesanos que no ostentaban ningún título y que esperaban aún el descorchamiento de alguna botella o la ocasión de llevarse a hurtadillas un cenicero de plata. Solamente a las tres de la mañana quedaron solos don Fernando y su mujer. Cambiando impresiones, haciendo auspiciosos proyectos, permanecieron hasta el alba entre los despojos de su inmenso festín. Por último, se fueron a dormir con el convencimiento de que nunca caballero limeño había tirado con más gloria su casa por la ventana ni arriesgado su fortuna con tanta sagacidad.

A las doce del día, don Fernando fue despertado por los gritos de su mujer. Al abrir los ojos le vio penetrar en el dormitorio con un periódico abierto entre las manos. Arrebatándoselo, leyó los titulares y, sin proferir una exclamación, se desvaneció sobre la cama. En la madrugada, aprovechándose de la recepción, un ministro había dado un golpe de estado y el presidente había sido obligado a dimitir.


Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro nació en en Lima, Perú, el 31 de agosto de 1929. Era hijo de Julio Ribeyro y Mercedes Zúñiga. Fue el primero de cuatro hermanos (un varón y dos mujeres). En su niñez vivió en Santa Beatriz, un barrio de clase media limeño y luego se mudó a Miraflores. La muerte de su padre lo afectó mucho y complicó la situación económica de su familia. Estudió en el Colegio Champagnat, e inició los estudios de Derecho, que abandonó para estudiar Letras en la Universidad Católica del Perú. Recibió una beca para estudiar periodismo en Madrid. Viajó posteriormente a París para preparar una tesis sobre literatura francesa en la Universidad La Sorbona, en esta época pasó temporadas en Alemania y Bélgica. En parís escribió su primer libro Los gallinazos sin plumas. En 1958 regresó al Perú, y en septiembre del año siguiente viajó a la ciudad de Ayacucho, para ocupar el cargo de profesor y director de extensión cultural de la Universidad Nacional de Huamanga. En octubre de 1960 regresó a Francia. En París trabajó como traductor y redactor de la agencia France Presse (1962-72). En 1972 fue nombrado agregado cultural peruano en París y delegado adjunto ante la UNESCO, y posteriormente ministro consejero, hasta llegar al cargo de embajador peruano ante la UNESCO (1986-90).

Hacia 1993 se estableció definitivamente en Lima. En su país fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura (1983) y el Premio Nacional de Cultura (1993), habiendo sido galardonado también en 1994 con el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, uno de los galardones literarios de mayor prestigio en el ámbito cultural hispanoamericano.

Se casó con Alida Cordero y tuvieron un único hijo.

Ribeyro es un narrador perteneciente a la Generación del 50, es considerado uno de los mejores cuentistas hispanoamericanos. Pese a su aparente conservadurismo formal, sus cuentos fueron una contribución decisiva para consolidar el paso de la narrativa indigenista a la narrativa urbana en el Perú.

Murió el 4 de diciembre de 1994, días después de obtener el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.

BIBLIOGRAFÍA
Cuento:
Los gallinazos sin plumas  (1955)
Cuentos de circunstancias (1958)
Las botellas y los hombres (1964)
Tres historias sublevantes (1964)
Los cautivos Cuentos
El próximo mes me nivelo (1972)
Silvio en El Rosedal (1977)
Sólo para fumadores (1987)
Relatos santacrucinos (1992)
Novela:
Crónica de San Gabriel (1960)
Los geniecillos dominicales (1965)
Cambio de guardia (1976)
Teatro:
Santiago, el Pajarero (1975)
Atusparia (1981)
Ensayo:
La caza sutil (1975)
Prosas apátridas (1975; 1986)
Dichos de Luder (1989)
La tentación del fracaso (3 vol.) (1992-1995)
Cartas a Juan Antonio (2 vol.) (1996-1998)
PREMIOS
Premio Nacional de Novela (1960)
Premio de Novela del Diario Expreso (1963)
Premio Nacional de Literatura (1983)
Premio Nacional de Cultura (1993)
Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1994)

Cultura Shuar – Historia / Cosmogonía

Descendientes de los Bracamoros y Yaguarzongos, anteriores habitantes de sus territorios. Los españoles los llamaron jíbaros, como sinónimo de salvaje.

Están localizados en la parte sureste de la Región Amazónica de Ecuador -sur de la provincia de Pastaza, y este de las de Morona Santiago y Zamora Chinchipe- encontramos algunas familias shuar al otro lado de la frontera con Perú.

Resistieron los avances del Imperio Inca hacia fines del siglo XV, y la Conquista Española al siglo siguiente, manteniendo su aislamiento hasta los inicios de la década de 1960.

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Basan su economía en la horticultura itinerante de tubérculos, complementada con la caza, pesca y la recolección de frutos e insectos. Utilizan el sistema de cultivo de roza y quema para obtener yuca, “papa china”, camote, maní, maíz, chonta y plátano. El cuidado de la parcela y también la recolección, la preparación de la chicha y la cocina le corresponden a la mujer; la caza y la pesca al hombre.

Tradicionalmente el asentamiento fue disperso, normalmente zonificado de acuerdo a las relaciones de parentesco.

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La familia constituye la unidad de reproducción biológica, económica, social, política y cultural más importante entre los Shuar, sus miembros se encuentran unidos por lazos de sangre y conformados por familias ampliadas. El padre ejerce el rol de jefe dentro de la familia dictando sus propias leyes.

El matrimonio sororal, es decir con de un hombre con las hermanas de la esposa, era aceptado. El número de esposas dependía de las cualidades del hombre.

La estructura de poder tradicional era descentralizada; el poder político y religioso estaba ejercido por un uwishín (chamán). En caso de guerra se nombraba un jefe cuyo mandato terminaba con la finalización de la misma.


Sus Dioses

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Arútam es el Dios de los Dioses, espíritu supremo, protector, trascendente y sobrenatural que transmite una fuerza especial al hombre. Es la raíz y la mentalidad del mundo Shuar. No tiene un cuerpo, se manifiesta en una amplia gama de seres superiores relacionados con fenómenos tales como la creación del mundo, la vida, la muerte, y las enfermedades.

Los principales son:

Etsa

es el señor de los animales terrestres. Su principal manifestación es el Sol, pero también puede aparecer con la forma de cualquiera de los animales diurnos.

Ayuda al shuar dándole el poder para la caza a través de la piedra llamada yuka que encontraban dentro de los animales cazados (un cálculo que a veces se forma en el interior de algún órgano, generalmente del aparato digestivo o urinario). Con ella lo invocaban y la colocaban en los corrales para multiplicar los animales domésticos.

A través de diversos mitos, el personaje transmitió las técnicas de caza, la vida de los animales de la selva y los peligros de la selva.

Tsunki

Es un ser supremo, una deidad que vive bajo el agua y tiene poderes. Enseña a los Shuar todo lo que tiene que ver con la pesca y con la salud. Según algunas interpretaciones es el hermano de Nunkui.

Su principal manifestación es la sal, pero también toma la forma de todos los animales acuáticos: pato, cangrejo, etc, y en los arroyos donde la gente se baña -para visitarlos- el de una culebrita. Por ese motivo el shuar considera el baño casi como un rito, lo realizan diariamente con el deseo de encontrarse con Tsunki.

Enseña las técnicas y los anent (cantos) de la pesca. Entrega los poderes a los uwishín (chamán), a través de una piedra llamada Namur.

Nunkui

Deidad de las huertas, los cultivos, del hogar y la cerámica. Su protección se extiende a todo el mundo femenino. Dueña de la tierra y de todo lo que existe bajo de ella. Todas las mujeres son también hijas de Nunkui, para contactarla ingieren jugo de tabaco en sus propias huertas.

Si se quiere tener una plantación fecunda, buena caza y prestigio social, se le deben dedicar “anents” (cantos) para atraer sus fuerzas creadoras. Las plantas, simbólicamente son hijas de Nunkui, y están representadas por las nántar, piedras que cada mujer esconde en sus huertas.

Shakaim

Protector de la selva, provee a los shuar de los animales y de cuanto necesitan para vivir. Su principal manifestación es la de un hombre trabajador, su fuerza se recibe en el ritual de Nua Tsanku, que es una celebración de iniciación del matrimonio.

Numerosos árboles de la selva disimulan bajo un porte frágil o majestuoso una conciencia a flor de la corteza. Son las criaturas de Shakaim, hermano o esposo de Nunkui según las interpretaciones, que cultiva la jungla como una gigantesca plantación e indica a los hombres los lugares más apropiados para abrir claros. Los límites de la naturaleza son así alejados por esta socialización de los vegetales, pues la selva, tan salvaje en apariencia, no es más que el huerto sobrenatural donde Shakaim ejerce su talento de horticultor. Al crear claros para instalar sus cultivos, los hombres no hacen más que sustituir las plantaciones de Shakaim con las de Nunkui, unas y otras domesticadas en provecho propio por espíritus complacientes.


La cultura Shuar no establece una separación tajante entre los mundos del hombre, la naturaleza y los espíritus.

Estos mundos adquieren “realidad” no solo a través de los sentidos o las creencias, sino también por los sueños. Existe un tenue umbral entre la realidad de los sentidos y la realidad de lo onírico y de lo espiritual.

Con los sueños se comunican y relacionan con las almas de cualquiera de los tres mundos, el uwishín (chamán), es el mediador. Cada ser humano, planta, animal. creencia o sueño está revestida de un carácter sagrado y terrenal al mismo tiempo.

El gran mundo espiritual de los shuar es repetitivo. No creen en que el ser humano tenga un final. Creen que luego de nacer y cumplir su vida, no llegan a un estado permanente con la muerte, sino que su espíritu, es recibido por otro ser humano que puede ser su hijo o su nieto, quien cumple nuevamente otro ciclo vital, así en forma indefinida.

Fiesta de la Chonta

La chonta, es una palmera, cuyo fruto color rojizo, llamado chontaduro, es de alto valor nutritivo, y considerada fuente de alimento principal dentro de la población indígena de la Amazonia. La época de cosecha se inicia en febrero y se puede extender hasta abril, cuando se desarrolla la fiesta.

Se prepara abundante chicha, la amasada la realizan los varones elegidos por el organizador. La fiesta comienza al anochecer y termina al amanecer. Participan hombres y mujeres de todas las edades, los hombres llevan tampur (tambor) y las mujeres shakap (cascabeles).

Al comienzo de la danza se debe saludar diciendo “chai, chai, chai” para que la chonta no se enoje.

En el transcurso de la noche se ejecutan varios cantos en honor a la chonta, haciendo peticiones para pedir fecundidad en los cultivos y contando historias sobre las fases de la siembra y la cosecha.

Fiesta de la Culebra

Cuando una persona sobrevive a la picadura de una serpiente, los Shuar realizan una fiesta para celebrar el triunfo sobre la amenaza de muerte que representan las serpientes. La fiesta se inicia entre las tres y las cuatro de la mañana, tras una serie de rituales culmina al amanecer del día siguiente.

Uno de los ritos consiste en colocar en las tenazas de un cangrejo un pedazo de carne para luego soltarlo en la selva mientras los acompañantes cantan: “Vete a avisar a las culebras que les hemos comido y que ya terminamos con su chicha”. Con este acto espera que las culebras les teman y se alejen.

Fiesta de la Tsantsa

“La Gran Fiesta”, se realiza para presentar la cabeza reducida a la comunidad. Se compone de dos ceremonias: Numpenk (“Su sangre misma”) y Amiamu (“La Realización”), cada una de ellas dura varios días y están separadas por un intervalo de aproximadamente un año.

  • Ver: Reducción de cabezas y rituales consecuentes. (Más abajo)

Rito de la Cascada Sagrada

Tiene una profunda significación en el pueblo Shuar, a través de este rito solicitan al ser supremo Arútam, para que les otorgue poder, energía positiva para su futura sobrevivencia.

Rito de Natem (Ayahuasca)

Mediante la ingesta de un brebaje alucinógeno, a través de visiones se busca la autosanación de los pacientes.

  • Ver: Ayahuasca (Más abajo)

 Tsantsa. Reducción de cabezas y rituales consecuentes.

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Tsantsa (o Tzantza) es la práctica de los shuar de reducir cabezas. La preparación de la cabeza no tiene mucho de misterioso.

Muerto el enemigo es decapitado. En la parte posterior de la cabeza se le practica una incisión desde la nuca hasta el cuello y se le extraen el cráneo, los maxilares, el cartílago de la nariz y la mayoría de los músculos antes de hacerla hervir en una vasija para quitarle la grasa.

La piel es entonces rellenada con arena caliente y comienza a contraerse y endurecerse a medida que el agua se evapora de los tejidos. Cada vez que la piel se estrecha se remodelan los rasgos de la víctima.

Para finalizar, se suturan la incisión posterior. los ojos y la boca; el interior se rellena con fibras de kapok (ceiba).

El ritual que comienza después es más enigmático, pero constituye la única clave que se dispone para comprender esta desconcertante costumbre, cuya explicación los mismos shuar no proporcionan.

El ritual, “La Gran Fiesta”, se compone de dos ceremonias: Numpenk (“Su sangre misma”) y Amiamu (“La Realización”), cada una de ellas dura varios días y están separadas por un intervalo de aproximadamente un año.

Coreografías y cantos se realizan primero en la del gran hombre que dirige los rituales, luego en la del victimario, las principales son:

Waimianch, ronda cantada al crepúsculo en torno a la tsantsa, seguido por cantos de las mujeres llamados ujaj hasta el alba.

 Ijianma, procesión que acompaña la tsantsa en ocasión de cada una de las entradas ceremoniales en la casa entre una hilera de escudos golpeados por los hombres simulando el ruido del trueno.

Los protagonistas:

La tsantsa misma.

El victimario, una pariente consanguínea -madre o hermana-, y una aliada, en general su mujer, formando un trío denominado tsaankram (“atabacados”) por la gran cantidad de jugo de tabaco verde que ingieren durante el ritual.

El wea, maestro de ceremonias encargado de dirigir el coro ujaj femenino.

Ujajan-ju, el hombre que oficia de intermediario entre el ujaj por una parte y el wea y los atabacados por la otra, ya que estos últimos no pueden en ningún caso comunicarse con los demás participantes.

Amikiu, los iniciados que ya han participado en un ciclo completo de la “Gran Fiesta”.

Los Yaku, guerreros encargados de imitar el ruido del trueno.

 Entre los cantos y las danzas, diversos oficiantes realizan numerosas acciones durante varios días y noches cargadas de alusiones esotéricas a la muerte y al renacimiento:

 Se indica a la tsantsa las características sociales y especiales del territorio a donde fue transportada.

Se adorna y recuece la tsantsa en un caldo genésico llamado “agua de las estrellas”. Las mujeres la rocían de esperma metafórico.

El victimario es primero aislado como una bestia salvaje y fétida, luego en el curso de un trance inducido por alucinógenos irá a la selva en busca de la visión de un antepasado, finalmente purificado y decorado su cuerpo con nuevas pinturas.

El wea y el victimario se rocían mutuamente los muslos con sangre de gallo para figurar una menstruación. El victimario es sometido a los ritos habituales de duelo -corte de cabellos y marcas de pintura negra en la cara-, introduce hongos en una chicha especial de mandioca para hacerla fermentar, poniéndose así en el lugar de las mujeres, cuya saliva cumple la misma función.

Se consumen puercos como imiak (“sustitutos”) de los enemigos.

El complejo ceremonial de esta “Gran Fiesta” sugiere que la tsantsa no es un trofeo ordinario, testimonio de una hazaña y del que se desprenden sin miramientos al final del ritual, no es tampoco una especie de amuleto, fuente de energía y poder que permite granjearse los espíritus, atraer a los animales de caza o multiplicar la fertilidad de los huertos.

 La tsantsa, abstracta de identidad susceptible es un operador para la fabricación de identidades nuevas. Es lo que da su razón de ser al tratamiento de la cabeza que perpetúa la representación de un rostro reconocible. La miniaturización es un efecto secundario no buscado que busca preservar los rasgos del decapitado de la corrupción de la carne.

 El realismo resultante de la tsantsa puede parecer paradójica si se piensa que la gente a la que se recurre para su elaboración es generalmente desconocida. Es una regla inmutable de la caza de cabezas que sus víctimas sean jíbaros, pero jíbaros de otra tribu, con los que no exista ningún lazo de parentesco, que hablen otro dialecto y cuyo patrimonio se ignore, es decir enemigos genéricos y no adversarios individuales, muy lejanos para ser idénticos a sí mismos y, sin embargo, bastante próximos para no ser percibidos como totalmente diferentes.

Los jíbaros tienen la idea que la identidad individual está contenida menos en las características físicas que en ciertos atributos sociales de la persona: el nombre, la manera de hablar, la memoria de las experiencias compartidas y las pinturas faciales asociadas con el encuentro de los antepasados.

 La fase preliminar del ritual consiste en despojar la tsantsa de referencias que le impidan encarnar una identidad jíbara genérica: nunca se la llama por el nombre -en caso de ser conocido- de aquel a quien ha sido sustraída, su cara es ennegrecida para ocultar las pinturas que pudiera tener; todos sus orificios son cosidos, condenando a los sentidos a una eterna amnesia, finalmente es sometida a un aprendizaje de su nuevo espacio social.

 La despersonalización a la cual se somete la tsantsa consiste en construir desde su apariencia original una génesis progresiva de una nueva identidad. A lo largo de toda la “Gran Fiesta”, la tsantsa, el wea y los atabacados permutan sus situaciones originales, cambiando por turno de sexo y de posición de parentesco de unos respecto de los otros en una serie de relaciones de sentido único o recíprocas, antagónicas o complementarias, desdobladas o simétricamente opuestas, expresiones figuradas de una genealogía ficticia elaborada en episodios. Al término, la tsantsa ha asumido todos los papeles sociales de una procreación simbólica: no pariente, dador de mujer, tomador de mujer, concubina del victimario, amante de sus esposas y, por último, embrión, “morro colado en el vientre de la mujer”, según los cantos que se le dirigen al final del ritual.

El fruto real de este simulacro de alianza -un niño a nacer en la parentela del victimario en el curso del siguiente año- presenta la paradoja de ser perfectamente consanguíneo sin ser incestuoso. Virtualidad de la existencia sustraída a desconocidos no del todo extraños, debe su engendramiento a la puesta en escena de una afinidad ideal, la única satisfactoria para los jíbaros pues se desentiende de toda obligación recíproca; en suma, una afinidad sin afines.

La extraña unión entre una comunidad victoriosa y un enemigo genérico y desconocido, es rematada en el ritual de la tsantsa al robar identidades productoras de niños a no parientes con los que se simula una afinidad ideal.


Ayahuasca

ayahuasca

(palabra quechua, aya: muerto; waskha: soga, cuerda) significa “la liana que permite ir al lugar de los muertos” y es el nombre utilizado en Perú y Ecuador para denominar un brebaje alucinógeno que recibe diversas apelaciones indígenas en gran parte de la Amazonia: natem por los jíbaros, caapi en el Amazonas central, yagé desde Colombia hasta el Orinoco.

 Las lianas utilizadas que proceden de la Banisteriopsis Caapi, no proporcionan los efectos alucinógenos, pero al ser ricas en beta-carolinas, permiten que la dimetiltriptamina -un compuesto relacionado con la “imaginería del sueño” que causa visiones- provistas por las hojas del yají pueda ser usada en forma oral, al inhibir la enzima que degradaría esta sustancia en el estómago, permitiendo así que llegue al cerebro.


Fuente: Pueblos Originarios

Perotá Chingó – Rie Chinito

Ríe chinito,
se ríe y yo lloro porque el chino ríe sin mi.
Ríe en la noche, y achina los ojos morochos mas lindos que vi.
Sopla las cañas,
sube la montaña, mañana quizás bajará.
Se hace de día,
el sol lo encandila,
los vientos descansan y el chino se amansa.

Ríe chinito,
se ríe y yo lloro porque el chino ríe sin mi.
Ríe en la noche,
y achina los ojos morochos mas lindos que vi.
Sopla las cañas,
sube la montaña, mañana quizás bajará.
Mira la luna,
mi niña y se acuna,
que es larga la noche y es claro el camino.

Mi despedacito de río hasta donde bajaras
Mi despedacito de río, hasta donde bajaras

Ríe chinito,
se ríe y yo lloro porque el chino ríe sin mi.
Ríe en la noche,
y achina los ojos morochos mas lindos que vi.
Sopla las cañas,
sube la montaña, mañana quizás bajará.
Mira la luna,
mi niña y se acuna,
que es larga la noche y es claro el camino.

Mi despedacito de río hasta donde bajaras
Mi despedacito de río hasta donde bajaras.


Julia Ortiz
Dolores Aguirre
Martín Dacosta
Diego Cotelo

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Perotá Chingó

Julia Ortiz y Dolores Aguirre, amigas del norte del gran Buenos Aires de paso por Cabo Polonio (Uruguay) tocan y graban en video una canción, Ríe chinito, con la que desencadenan todo un fenómeno en YouTube, el clip motiva la formación de la banda devenida cuarteto, Perotá Chingó, junto a Martín Dacosta y Diego Cotelo.

Discografía

Un viajecito (2012)
Perotá Chingó (2013)

Página de Perotá Chingó

Armando Mariño – Cuba

Armando Mariño, pintor cubano


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Armando Mariño

Nació en la ciudad de Santiago de Cuba, Cuba en el año 1968.
Estudió pintura desde 1982 a 1987 en la Escuela Provincial de Arte Joaquín Tejada en Santiago de Cuba y desde 1987 a 1992 en la Facultad de Educación Artística del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona en la Habana, Cuba. Desde el 2004 al 2005 estudió en el Rijksakademie van beldeende kunsten en Amsterdam, Holanda.
En el año 1999 la galería Gary Nader presentó la primera exposición personal de Armando Mariño en la ciudad de Miami titulada Pintura Reciente en la galería Gary Nader fine art en Coral Gables, Florida.
Dos años más tarde, Gary Nader realiza la curaduría de la segunda exposición de Mariño en Miami titulada In Utero e inaugurada en la galería Gary Nader fine art en coral Gables, Florida en Agosto del 2001.
Su trabajo ha sido ampliamente exhibido internacionalmente y forma parte de las colecciones permanentes de Deutsche Bank Collection USA, 21cMuseum, Shelley and Donald Rubin Private Collection, Sarah and Darius Anderson Collection, Howard Farber Collection, Centro Wifredo Lam, en la Habana, Colección Berardo Museo de Arte Moderna en Sintra, Portugal, National Museum of Valjevo, Coca Cola Foundation en España, University of Virginia Art Museum, Rijskakademie van beeldende kunsten en Amsterdam, Holanda, Museo Nacional de Bellas Artes en la Habana, Cuba, Gary Nader Collection, entre otros.
Actualmente vive y trabaja en Nueva York

Pagina Web de Armando Mariño

Aleyda Quevedo – Poesía – Ecuador

¿Quién soy?

¿Quién soy?
Tal vez la mujer senos de ámbar
y pies helados que escribe versos
para reconfortarse.
Más la poesía
solo logra descarrilarme.
Como el tren rojo que soy
Ese tren que se abre paso
entre las montañas puntiagudas
y difíciles de algún país.
Ese tren que nunca llega
a ninguna estación de humo.
Esta mujer que emana voces.
Trenes y más trenes
que me esperan.
Versos para sobrevivir
¿Quién soy?
Quizá este cuerpo encendido
que aún guarda tus huellas en los pliegues.


Canto animal

Obedezco al llamado
de las cenizas de la mujer
enterradas al borde del cielo
son los restos de Alejandra Pizarnik
que descansan en mi territorio
Descalzos sus pies y los míos
sienten la madera
la astilla de los corazones
y el trabajo de las hormigas
Boca abajo
apretando los senos
contra la tierra y las hojas
respiramos los tallos
los breves encuentros con el amor
1972 yo nacía
el territorio estaba definido
tú te ibas con los “prófugos del mundo”
con esos pájaros que escogieron
estrellas no conocidas
en este espacio
reconozco tu último día
que siempre es el mío.


La opacidad del desierto

Recorro las autopistas de la noche
nada me detiene
ni siquiera el canto del destino
que circunda mi piel
como extraño medallón astral
Las dunas del miedo
reducen mis manos a polvo
En la arena me mimetizo y pulverizo
repitiendo un acto fallido
No se deja huellas en el desierto
Un camello aparece en el rabo del ojo
sonámbula
sudando gotas agrias
lo sigo viendo en mi arenario


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Aleyda Quevedo

Aleyda Quevedo Rojas nació en Quito, Ecuador en el año 1972.

Es poeta y periodista. Ha publicado los libros de poesía: Cambio en los clima del corazón, 1989, Editorial Universitaria, Ecuador. La actitud del fuego, 1994, Ediciones de los lunes, Lima Perú. Algunas rosas verdes, 1996, Ediciones del Sistema Nacional de Bibliotecas, Ecuador. Espacio vacio, 2001, Ediciones de la Línea Imaginaria, Casa de la Cultura Ecuatoriana. Música oscura, 2004, Cuadernos de Caridemo, Almería, Junta de Andalucía-España. En 1996 su libro Algunas Rosas Verdes, recibió el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade. Ha representado al Ecuador en los más importantes Encuentros Internacionales de Poesía en Argentina, México, España, Colombia, Chile y Perú. Textos suyos traducidos al inglés aparecieron en las revistas norteamericanas: Hubbud, Calapooya, de la universidad de Oregon y EYE-RHYME. Así como en diversas publicaciones de Colombia, Perú, México, Argentina, Brasil y Ecuador, y e las recientes antologías de poesía: presencia de Grecia en la Poesía Hispanoamericana, Ediciones LOM, Chile; Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica: Pícaras, Místicas y Rebeldes, México; La Voz de Eros, dos siglos de poesía erótica de mujeres ecuatorianas, TRAMA, Ecuador.


Mi canto

El cariño de los amigos
se traduce en cartas besos
bálsamos contra la enfermedad.

Los claveles que dejaron
reconfortan las madrugadas ásperas.

Amigos protectores quieren inutilizar mi sufrimiento.


Hondo muy hondo

Me afeito la cabeza
y empiezan las preguntas
sobre lo que dejamos de hacer.

La alfombra verde que se hace hierba
cuando la pisas y se extiende como
mancha de insectos sobre mis manos
aún permanece en la sala de televisión.

Un presentimiento puro
sale de mí.
Las preguntas cubren mi cabeza afeitada


Limón perfumado

Soy mi cuerpo
atrapado por partículas
de otros cuerpos
Cuerpo
que enjabono en el mar
reconociendo suciedades
y miedos
Miedos míos
enjuagados con
el agua que todo lo cura
la sal de mi sudor
los celos bien guardados
los dulces jugos
y de nuevo el agua
que me concede
un cuerpo nuevo cada día
Cuerpo fresco
tendido en la cama
como limón al filo
de la ventana
Y el sol quemando
el vidrio
la madera
el limón
perfumado y desnudo
de la ventana que soy
¿Sé quién soy?
me miro
en el largo espejo del baño
tengo 33 años
nunca estuve tremendamente sola
abandono de perras
que te marca y deja sin curiosidades
Lloro y mis piernas blancas
se vuelven negrura profunda
que bloquea los sentidos
Quién es mi cuerpo
puede afrontar sus propias
desgracias
incluso las más asfixiantes horas
ansiedad
falta de ti
horas cuando me fundo con un monstruo
que conozco bien
Cuerpo mío
pólvoracielo
intenso estallido
de lámparas que filtran tu claridad
sobre mi pecho
Soy este cuerpo mío.


Los jadeos

empañando
eléctricamente
la puerta cerrada
Laten
nalgas
y forman arcos
Una repentina
calma
reposa
sobre las cabelleras
Pulsan
sus sexos
húmedos y tibios
Otra vez
los jadeos
los arcos perfectos de las nalgas
El cansancio
que produce
la agitada posición
Y la calma
final
que abre la puerta.

German Rozenmacher – Cabecita negra

A Raúl Kruschovsky

El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando, encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurriría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal, y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que estaba abajo, y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la rutina, había estado al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto gritó de nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden, haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.

-Quiero ir a casa, mamá -lloraba-. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

-¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? -la voz era dura y malévola. Antes de que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.

-A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

-Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

-Viejo baboso -dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro y sobrador que tenía adelante-. Hacete el gil ahora.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.

-Vamos. En cana.

El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.

-Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? -Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

-Andá, viejito verde andá, ¿te crees que no me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? -dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no le creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.

-Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer -dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.

-Señor agente – le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.

-Vengan a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto -y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró-. Vivo ahí al lado -gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.

El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la madrugada, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

-Dame café – dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte, lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con el hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió de que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era un policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.

-Qué le hiciste – dijo al fin el negro.

-Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de … -el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

-Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor…

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

-Este no es, José. – Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba tan alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer?, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas para arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma, dijo para tranquilizarse, ”hay que aplastarlo, aplastarlo”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.


Nota de Tarde Croaste: “Cabecitas negras” es un término que, afectuoso, utilizó Eva Perón, hacia las decenas de miles de trabajadores de origen humilde, que llenaban la Plaza de Mayo cuando ella o el General Perón se dirigían a su pueblo, desde el balcón de la Casa Rosada, se veían esas miles de cabezas de trabajadores de pelo oscuro, atentas a las palabras de quienes reivindicaban sus derechos. Más tarde ese término fue apropiado, para utilizarlo despectivamente, por quienes, tanto desde la clase dominante de la economía de Argentina, como desde la parte de la sociedad que en los años 50’ -como actualmente- quieren creer que pertenecen a un sociedad y estilo de vida europeo o estadounidense, expresando a través del término “cabecita negra” una forma de desprecio a los nativos de nuestra América.


germanrozenmacher001Germán Rozenmacher nació el 6 de agosto de 1971 en Buenos Aires, fue un escritor y dramaturgo que se destacó por su narrativa relacionada con el desarraigo, la soledad, la discriminación y las preocupaciones político-sociales. Su cuento Cabecita negra es un clásico de la literatura argentina.

Se crió en el barrio de Once en el seno de una humilde familia judía. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ejerció el periodismo en las revistas Compañero, Así, Panorama y Siete Días y en el diario Crónica.

En 1961 realizó una publicación personal de una colección de cuentos suyos bajo el título Cabecita negra, que ante el éxito que tuvo fue vuelta a publicar por la editorial de Jorge Álvarez en 1963.
En 1957 en plena dictadura autodenominada Revolución Libertadora, comienza a trabajar en una revista especializada en ciclismo llamada Ruedas, tiempo después inicia un ciclo en Radio Antártida, donde los reportajes debían realizarse previamente y entregarlos en papel al censor de la radio. El censor los leía y daba su aprobación.
En 1964 se estrenó su obra teatral Réquiem para un viernes a la noche, referida a los conflictos familiares de un joven judío que decide adherir fervorosamente a los valores nacionales del país en el que nació.
En 1966 publicó Los ojos del tigre (1966), relacionado con la cuestión judía, las raíces de las personas y la soledad.
En 1970 terminó su obra de teatro “El Caballero de Indias”, considerada su obra mayor, nuevamente sobre las raíces judías. El teatro de la Sociedad Hebraica Argentina (SHA) se negó a poner la obra en acto considerando que no era adecuado que una institución judía difundiera una obra que mostraba a un judío en conflicto con sus tradiciones. La obra fue finalmente estrenada en 1982 por Luis Brandoni.
Falleció en Mar del Plata, el 6 de agosto de 1971, a los 35 años.
En la década del 80 Francisco Solano López, dibujante de El Eternauta, ilustró el cuento Cabecita negra para ser incluido en el libro La Argentina en pedazos de Ricardo Piglia.
El Centro Cultural Ricardo Rojas instituyó en 1999 el Premio Germán Rozenmacher para dramaturgos jóvenes.

Ilustración: “Cabecita negra” por Francisco Solano  López (Fragmento)