Gabo Ferro – Volver a volver


Frío; hace tanto frío
que no puedo más que arder.
Estallará; mi boca estallará
en dulce de esmeraldas,
en pájaros y espinas,
y un paso se abrirá

Y yo me iré
como el humo al aire
que no podrá volver,
me haré un tornado dulce,
un perfume, una piel,
seré mi propio padre
y así voy a aprender
que irse es volver a volver.

Afuera, afuera solo el mundo,
puro aire para brujas
y un tiempo que está y se fue.
Así,con vértigo y vacío,
con mi cuerpo que es mío
no me faltará nada

porque yo me iré
como el humo al aire
que no podrá volver,
me haré un tornado dulce,
un perfume, una piel,
seré mi propia madre
y así voy a aprender
que irse es volver a volver
y a volver
y a volver
y a volver.

Y yo me iré
como el humo al aire
que no podrá volver,
me haré un tornado dulce,
un perfume, una piel,
seré mi propio padre
y así voy a aprender
que irse es volver a volver.


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Gabo Ferro


Gabriel Fernando Gabo Ferro nació en Buenos Aires, el 6 de noviembre de 1965, es un cantante de rock, poeta, historiador y docente universitario.
Formó la banda de rock “Porco” junto a Sergio Alvarez. Con esa banda hardcore grabó dos discos hasta su separación en 1997.
Se retiró de la música por varios años dedicándose a estudiar historia. Retomó como solista (con su sello propio: Costurera Carpintero), en 2004, para editar su disco debut al año siguiente, llamado “Canciones que un hombre no debería cantar”. Debido a la repercusión de este disco, un año después editó “Todo lo sólido se desvanece en el aire” que ganó el premio Clarín como revelación.
“Mañana no debe seguir siendo ésto” (2007), su tercer disco, lo define como un trabajo con el amor como tema central de un universo romántico clásico.
“Amar, temer, partir” llega en el 2008, editado junto a un DVD en vivo y con su primer libro: “Barbarie y civilización: Sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas (1835-1852)”. Este trabajo recibió la mención honorífica del Fondo Nacional de las Artes.
En 2009 editó su quinto disco, “Boca arriba” y participó de “Four Walls, la niña del enfermero”, obra de Carlos Trunsky producida por el teatro Colón. Ese mismo año editó un material junto a Flopa Lestani y el artista plástico Ral Veroni.
Junto al escritor Pablo Ramos compuso y grabó “El hambre y las ganas de comer”, un encuentro entre la música y la poesía. Además, tuvo como invitados a Miss Bolivia, Federico Ghazarossian, Camilo Carabajal, Agustín Durañona y Demián De Gennaroto. Por esta placa fue nominado a los premios Carlos Gardel a la música como mejor álbum artista canción testimonial y de autor.
En 2011 publicó “La aguja tras la máscara” y tres años después, un 25 de mayo de 2014, formó parte de los festejos por el aniversario de la Revolución de Mayo, en el marco del show “Somos Cultura” del Ministerio de Cultura de la Nación.
Finalmente el Premio Gardel (mejor álbum canción testimonial o de autor) llegó con “La primera noche del fantasma” (2013). Tres años después llegó “El lapsus del jinete ciego”. Que fue adelantado con el simple “La silla del pensar”. La canción venía sonando en vivo y en la tira televisiva “La Leona” de Telefé. El trabajo incluyó 14 canciones inéditas registradas en el vacío del ND/Teatro.

Discografía

Canciones que un hombre no debería cantar (2005)
Todo lo sólido se desvanece en el aire (2006)
Mañana no debe seguir siendo ésto (2007)
Amar, temer y partir (2008)
Boca arriba (2009)
El hambre y las ganas de comer (2010)
La aguja tras la máscara (2011)
La primera noche del fantasma (2013)
El veneno de los milagros (2014)
El lapsus del jinete ciego (2016)

Libros

  • Barbarie y civilización: sangre, monstruos y vampiros durante el segundo gobierno de Rosas (1835-1852). Buenos Aires: Marea 2009.
  • Degenerados, anormales y delincuentes. Gestos entre ciencia, política y representaciones en el caso argentino. Buenos Aires: Marea, 2010.
  • Costurera Carpintero. Antología de letras de canciones de Gabo Ferro, con Prólogo de Diana Bellessi Buenos Aires: La Marca, 2014.

Sitio oficial:
http://www.gaboferro.com.ar

Redes sociales:
https://www.facebook.com/acagaboferro

  • Gracias Coca.

Inés Bayala – Ni el diablo


Mama, mamá, mamá, me manda a trabajar ay mamá mamá

mama, mamá, mamá, me manda a trabajar ay mamá mamá

mama, mamá, mamá, la calle no me gusta mamá, mamá,

hay gente que me asusta, mama, mamá, mamá,

de usted me dicen cosas que no son verdad

mama, mamá, mamá, voy a comprarle casa de material

madie nos va a sacar, de ahí nadie nos va a sacar,

ni el diablo nos va a llevar.

 

Mama, mamá, mamá,

yo sé lo que usted hace pa ir a comprar

pa tener pa comer, yo sé lo que usted mamá, mamá

pero no quiero más, vivir de esta manera, no quiero más

la lástima ajena lastima más,

yo quiero ir a la escuela, mamá, mamá

mama, mamá, mamá, voy a comprarle casa de material

nadie nos va a sacar, de ahí nadie nos va a sacar,

ni el diablo nos va a llevar.

 

Mama, mamá, mamá, me manda a trabajar ay mamá mamá

mama, mamá, mamá, me manda a trabajar ay mamá mamá

mama, mamá, mamá, la calle no me gusta mamá, mamá,

hay gente que me asusta, mama, mamá, mamá,

de usted me dicen cosas que no son verdad

mama, mamá, mamá, voy a comprarle casa de material

nadie nos va a sacar, de ahí nadie nos va a sacar,

ni el diablo nos va a llevar.

 

Mama, mamá, mamá, mama, mamá, mamá,mama, mamá, mamá

Inés Bayala


Inés Bayala: Guitarra y voz
Andrés Bustos: Percusión
Pedro Bragán: Acordeón
Facundo López Burgos: Guitarra eléctrica
Coros: Jazmín Dobler y Manuel Martínez Cataldo

VLUU L200  / Samsung L200

Inés Bayala

www.inesbayala.com.ar

 

Llorona – Marta Gómez

Con ese mirar que tienes,
con esos ojos tan bellos,

Que no merecen llorar,
sino que lloren por ellos…

Ay de mi llorona,
llorona de ayer y de hoy
Ay de mi llorona,
llorona de ayer y de hoy

Ayer maravilla fui, llorona
y hoy ni sombra soy.
Ayer maravilla fui, llorona
y hoy ni sombra soy.

No se que tienen las flores, llorona
las flores de camposanto…
No se que tienen las flores, llorona
las flores de camposanto…

Que cuando las mece el viento, llorona
parece que estan llorando…
Que cuando las mece el viento, llorona
parece que estan llorando…

Ay de mi llorona…
llorona llevame al río
Ay de mi llorona…
llorona llevame al río

Tapame con tu rebozo, llorona
porque me muero de frio
Tapame con tu rebozo, llorona
porque me muero de frio

Ay… llorona,
llorona del sentimiento,
el que no sabe de amores
no sabe lo que es tormento…


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Marta Gómez

Marta Gómez nació en Girardot, Cundinamarca, Colombia, el 11 de septiembre de 1978
Creció en Cali donde desde los 4 años cantó en el coro del Liceo Benalcázar, más tarde residiría en Bogotá, desde 1999 en Nueva York durante diez años, en la actualidad y desde 2009 en Barcelona (España).
En verano de 1999 ingresa en el Berklee College of Music de Boston, donde recibió el premio de composición Alex Ulanowsky por su bambuco “Confesión”, en 2002 se graduó con honores. En el año 2003, fue escogida por la cantante norteamericana de blues Bonnie Raitt para abrir su concierto al lado de John Mayer, ganador del Grammy, y más tarde fue invitada especial en el concierto de la cantora argentina Mercedes Sosa.
A principios del 2004, fue incluida por el sello Putumayo World Music en su recopilación de cantantes femeninas latinoamericanas, donde aparecen también cantantes de la talla de la peruana Susana Baca, Totó la Momposina y Tania Libertad, entre otras.
Compositora de buena parte de su repertorio, su influencia va de la música tradicional de Latinoamérica a la literatura, incorporando lo cotidiano, y de esa mezcla surgen canciones con un profundo contenido social y humano.
En 2005 fue nominada como mejor artista en la categoría jazz latino en los Premios Billboard de la música Latina.

Discos de estudio

(2015) Al alba
(2014) Este instante
(2011) El corazón y el sombrero
(2009) Musiquita
(2006) Entre cada palabra
(2004) Cantos de agua dulce
(2003) Solo es vivir
(2001) Marta Gómez

* Gracias a Andrea Lipari por hacernos conocer a Marta y su bella versión de llorona…

Rodolfo Walsh – Esa mujer

El coronel elogia mi puntualidad:

­Es puntual como los alemanes ­dice.

­O como los ingleses.

El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.

­He leído sus cosas ­propone­. Lo felicito.

Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.

El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.

Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.

Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra.

El coronel sabe dónde está.

Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky.

El bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.

­Esos papeles ­dice.

Lo miro.

­Esa mujer, coronel.

Sonríe.

­Todo se encadena ­filosofa.

A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.

­La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.

­¿Mucho daño? ­pregunto. Me importa un carajo.

­Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años ­dice.

El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.

Entra su mujer, con dos pocillos de café.

Contale vos, Negra.

Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. Su desdén queda flotando como una nubecita.

­La pobre quedó muy afectada ­explica el coronel­. Pero a usted no le importa esto.

­¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.

El coronel se ríe.

­La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.

Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.

-Cuénteme cualquier chiste -dice.

Pienso. No se me ocurre.

­Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.

-¿Y esto?

­La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.

El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.

-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.

­¿Qué más? ­dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.

-Le pegó un tiro una madrugada.

­La confundió con un ladrón ­sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.

­Pero el capitán N. . .

­Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.

­¿Y usted, coronel?

­Lo mío es distinto ­dice­. Me la tienen jurada.

Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.

­Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.

­Me gustaría.

­Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?

­Ojalá dependa de mí, coronel.

­Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.

Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.

-Mire.

A la pastora le falta un bracito.

­Derby -dice. Doscientos años.

La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.

­¿Por qué creen que usted tiene la culpa?

­Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.

El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.

-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.

­¿Qué querían hacer?

­Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.

­Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.

-Y orinarle encima.

­Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.

No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.

­Esa mujer ­le oigo murmurar­. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.

El coronel bebe. Es duro.

­Desnuda ­dice­. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente­, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…

Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas, Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.

­Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.

Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.

­…se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos­, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?

­No.

­Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.

Vuelve a servirse un whisky.

­Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.

Bruscamente se ríe.

­Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.

Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.

-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.

­¿Pobre gente?

­Sí, pobre gente.­El coronel lucha contra una escurridiza cólera interior­. Yo también soy argentino.

­Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.

­Ah, bueno ­dice.

­¿La vieron así?

­Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…

La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.

­Para mí no es nada -dice el coronel­. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dése cuenta.

Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.

­A mí no me podía sorprender. Pero ellos…

­¿Se impresionaron?

­Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ¿ésto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo.” Después me agradeció.

Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.

­Beba ­dice el coronel.

Bebo.

­¿Me escucha?

-Lo escucho.

Le cortamos un dedo.

­¿Era necesario?

El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.

­Tantito así. Para identificarla.

-¿No sabían quién era?

Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.

­Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?

­Comprendo.

-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.

­¿Y?

­Era ella. Esa mujer era ella.

­¿Muy cambiada?

­No, no, usted no me entiende. lgualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.

­¿El profesor R.?

-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.

En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.

­¿Enciendo?

­No.

­Teléfono.

­Deciles que no estoy.

Desaparece.

­Es para putearme ­explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.

-Ganas de joder ­digo alegremente.

­Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.

­¿Qué le dicen?

­Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.

Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.

­Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.

El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.

­La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.

Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.

-Llueve -dice su voz extraña.

Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.

­Llueve día por medio ­dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.

Dónde, pienso, dónde.

­¡Está parada! -grita el coronel­. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!

Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.

­No me haga caso -dice, se sienta­. Estoy borracho.

Y largamente llueve en su memoria.

Me paro, le toco el hombro.

­¿Eh? -dice­ ¿Eh? -dice.

Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.

-¿La sacaron del país?

-Sí.

­¿La sacó usted?

­Sí.

-¿Cuántas personas saben?

­DOS.

­¿El Viejo sabe?

Se ríe.

-Cree que sabe.

­¿Dónde?

No contesta.

­Hay que escribirlo, publicarlo.

­Sí. Algún día.

Parece cansado, remoto.

­¡Ahora! ­me exaspero­. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!

La lengua se le pega al paladar, a los dientes.

-Cuando llegue el momento… usted será el primero…

­No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.

Se ríe.

­¿Dónde, coronel, dónde?

Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.

Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.

­Es mía -dice simplemente­. Esa mujer es mía.

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Rodolfo Walsh 9/01/1927 desaparecido el 25/03/1977

Ilustración de Eva Perón: El Tomi Müller

Jorge Leónidas Escudero: la palabra única

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Jorge Leónidas Escudero murió a los 95 años. Construyó una obra singular en la lengua castellana arraigada en una fuerte oralidad que despliega en una búsqueda constante de hallar una palabra: la única y poética que dé cuenta del ser. Aunque el ambiente intelectual de Buenos Aires tardó mucho en reconocerlo, hoy todos coinciden en la importancia de su obra. Dos veces fue “mención” del Premio Nacional de Poesía.

Por Gabriela Borrelli Azara

Jorge Leónidas Escudero nació en 1920 en San Juan. Murió el pasado 10 de febrero. La biografía de Escudero lo presenta como un poeta único. Trabajó como minero luego de abandonar una carrera universitaria, y a los 50 años comenzó a escribir poemas. Su poesía está basada en tres pilares sobre los que erige todo una reflexión acerca de la búsqueda del ser: los amigos, el amor y el juego. Tuvo una vida sobria alejada de los grandes circuitos poéticos. No viajó, no buscó lugares externos sino ocultos. Quería expresar lo más íntimo. Esa es su ars poética. Cultivó una libertad en la lengua castellana pocas veces vista en poesía. Sentía la necesidad de escribir en tonada, esto es decir, forzar a las palabras a que sean leídas como “suenan” en el habla sanjuanina. Y al contrario de alejar a lectores, causa un efecto de atracción, obligando a quien lee a pronunciar esa palabra en voz alta. Y es que ya lo sabemos: un verso para que sea válido necesita decirse en voz viva. Pareciera que Escudero quisiera decirnos que lo mismo vale para la palabra, una palabra que buscó, buscó, y nunca halló: “El asunto de la palabra única es la que va expresar lo que uno realmente siente, pero no alcanza la palabra contra la palabra única, entonces yo por ahí en un poema digo, que entonces hay que hundir el lápiz en el papel y hacer un agujero para el otro lado a ver si está ahí la palabra única. Todavía la sigo buscando, y no la encuentro, ni la encontraré parece, porque creo que nadie la puede encontrar, porque lo que sentimos nosotros debe ser inenarrable”

Salgo a cazar, si puedo, la palabra única
Esa que me desvela
y no aparece.

Debo hacerla mía porque si no
¿cómo voy a expresar lo más íntimo?

Si tuviera mi pensamiento
certeras flechas indias de pedernal
tal vez la cazara pero sólo dispongo
de palabras que no alcanzan.

Es pretensión absurda? Puede,
pero me han dicho
quese pájaro anida en el vacío
entre dos pensamientos:
y lo primero para cazarlo es eso,
el silencio.

Por eso aquí jadeo con la lengua afuera,
me arrugo y sumerjo en oscuridades.
Mientras tanto el papel me desafía
a que le haga un agujero con el lápiz
a ver si veo del otro lado
eso que me está llamando desde antes,
desde antes, desde antes.

El juego y el amor narrados en poemas con imágenes potentes. El dolor ligado a la ironía. ¿Es que hay algo más absurdo que sufrir por amor? Dos poemas:

La herida más mortal es enteriza,
baja desde la coronilla
hasta las uñas de los pies.
Podés hacer cuanto se te ocurra pero
has fallecido.

Herida mortal que escapa
a todo hablar, asfixia
como si en una bolsa
a un pozo negro te hubieran.
Esto ocurre a enamorados tozudos
que aspiran a recuperar besos perdidos.
La realidad los engancha de atrás con un clavo
los abre en canal y deja colgados
como res en el matadero.

Se les vacían los tuétanos,
gimen lloro inconsolable
se mean y defecan encima. No,
no es gracioso
ver así a un inocente agregado al olvido

brutalmente por lo que él más quiere.

“ La medecina”

Les diré que me encuentro adolorido
por mujer que me desposeyó de ella,
quitó lo que me daba
y me en casi sin aire deja
o como naranja sprimida.
Me deshojó de su árbol como si a usté
de pronto lo dejan sin agarrarse de algo,
como que se me cayeran los pantalones
en medio de un baile
como de urgencia
necesitar ir a mear y no hallar dónde.
Así de desvalido.
Me hice ver con un médico y recetó
el desapego hombre, el desapego,
cambie de costumbres póngase
una tela metálica al pecho
así no se le incrustan mariposas dañinas.
En ningún peor caso me he visto;
pero aseguran los intrusos ques buena medecina
visitar lejanos países.
Bien, ¿pero a dónde he ir que no mesté sperando
la susodicha esa para castigarme
solamente porque la quiero?

Nunca vivió Escudero en otro lugar que no sea su San Juan. Este es un extraordinario poema donde Escudero mira Buenos Aires:

Cabeceando en el tren iba y de pronto
empezó a darme casas de Buenos Aires la ventanilla.
Y cuando bajé hinché el lomo:
me cayó mal la montura del cielo.

Es que tenía mucha desconfianza.
Calles de sol escaso y hartas nubes
dónde amanece de apuro y la noche
se tira sin aviso encima de uno.

Gente sí carilarga.
La catacumba subte y corro
por una tolva mecánica traga y escupe
hasta que de repente salgo a los escaparates
de todo lo que no hace falta.

Es que venía salido de mis pagos,
de unos sauces piojentos y eminentes
puestos en la verdad del mundo.

Anduve así buscando una salida
extraño a las esquinas, a las plazas;
e inútilmente urdido en esas calles
fin llegué a la estación ( casi arrastrándome)
y aquí estoy de vuelta en San Juan.

Así anduvo Escudero buscando la palabra única y escapándole a la muerte, la que lo encontró bien vivo:

“Paradoja”

Así es esto, no hacer drama,
pero estoy asustao porque no sé a qué vine,
para qué me trajo el mundo
Una cadena de pariciones.
Y vivo agazapándome para que no me ubique
la aquella, la que te niega el aire
en la última respiración.

Y vos
llegado el caso de leer estas palabras
no vayás a burlarte de mi miedo
porque si escarbás un poco en la oscuridá
vas a encontrar tu propia calavera
esperándote.

Ahora te dejo, discúlpame,
debo ir al mercado a comprar pan, sí,
alimentarme
para cuando me alcance la que te dije
m’encuentre con vida, si no
¿cómo me la va a quitar?

Dos veces tuvo oportunidad el canon abombado y lerdo de los premios nacionales argentinos de concederle el Premio Nacional de Poesía. Dos veces lo distinguieron con “menciones”. A él no le importó. A nosotros los lectores, sí. Porque los premios no son solo para el escritor, sino también para los lectores. Escudero se fue sin esa distinción y nosotros nos quedamos deudores. Deudores de una poesía inmensa que seguirá retumbando en nuestra lengua. Un párrafo aparte merece la labor de Javier Cófreces, su amigo y editor. Es a él a quien le debemos todos los agradecimientos por acercarnos una obra que sacude toda la estantería de la poesía argentina. Pruebe usted ese sacudón, agarre ya mismo un poema de Escudero, léalo. No falla, no hay error, es pura palabra accionando en el cuerpo. La sangre correrá diferente. Pegue el salto. Salga desto de siempre. Lea a Escudero.

¿Cómo hago para dar el salto?
¿Pero de qué salto estoy hablando?
No sé, simplemente un salto, salir
desto de siempre donde no hallo
y sigo buscando.

Y ahora esperen pueda memorizar, ver
si explico algo de mis desvelos,
ver si encuentro
el mapa del tesoro, el carozo
deste asunto que me tiene absorbido.

El no poder explicarme cómo
da desorientación, pero sigo metido
nestas alturas de mis inquietudes
donde falta el aire y sin embargo existo.

Para ver un fragmento del “Escutriazo”, diálogo poético musical con poesías de Jorge Leónidas Escudero y Juan Carlos Bustriazo Ortiz, a cargo de Gabriela Borrelli Azara y Paula Gasparini, ingresar en: https://www.facebook.com/FlautaFan/videos/10208400424989133/

Jorge Leónidas Escudero

Tomado de: http://agenciapacourondo.com.ar/cultura/18602-jorge-leonidas-escudero-la-palabra-unica

Fabio Morábito – Poesía – México

Captura

Fabio Morábito

Es un poeta mexicano, nacido en Alejandría, Egipto, el 21 de febrero de 1955. De padres italianos, pasó su infancia en Milán, para instalarse finalmente en México, ciudad donde reside desde entonces, a los catorce años.
Aprende el castellano, la lengua en la que escribe, a los quince años, circunstancia que describe en un ensayo con el título “El escritor en busca de una lengua” que publicó en la revista Vuelta. Allí cuenta cómo empezó traduciendo a poetas italianos contemporáneos y cómo pudo dar el salto, siempre en un terreno frágil y movedizo, hasta su lengua actual de escritor, “este idioma que no es mío”. Deja entrever que en esa mudanza hay un Fabio que muere y otro que renace, porque de esa metamorfosis nadie sale impune.
Sus obras:
Cuentos populares mexicanos (2015) antología cuentos
El idioma materno (2014) narrativa
Emilio, los chistes y la muerte (2009) narrativa
La ola que regresa (2007) poesía
También Berlín se olvida (2004 ) cuentos
Alguien de lava (2002) poesía
La vida ordenada (2002) cuentos
La lenta furia (2000) cuentos
Cuando las panteras no eran negras (1996) narrativa infantil
De lunes todo el año (1991, Premio Aguascalientes) poesía
Caja de herramientas (1989) ensayo/poema en prosa
Lotes baldíos (1985, Premio Carlos Pellicer) poesía


Cuarteto de Pompeya

I

Nos desnudamos tanto
hasta perder el sexo
debajo de la cama,

nos desnudamos tanto
que las moscas juraban
que habíamos muerto.

Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo
que se extravió mi orgasmo.

Nos desnudamos tanto
que olíamos a quemado,
que cien veces la lava
volvió para escondernos.

II

Me hiciste tanto daño
con tu boca, tus dedos,
me hacías saltar tan alto

que yo era tu estandarte
aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto

que pronuncie mi nombre
y me dolió la lengua,
los años me dolieron.

Nos desnudamos tanto
que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron
las lavas a escondernos.

III

Te frotabas tan rápido
los senos que dos veces
caí en sus remolinos,

movías el culo lento,
en alto, para arrearme
a su negra emboscada,

su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia,
gritaba su naufragio…

Nos desnudamos tanto
que no nos conocíamos,
que los dioses mandaron
la lava a reinventarnos.

IV

Te desmentí de cabo
a rabo devolviéndote
a tus primeros actos,

te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia
amarga de tu cuerpo,

pues sólo el amor sabe
cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.

Esa noche la lava
mudó si paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único
que se murió de veras.

_______________________________

En Pompeya, entre otros cuerpos petrificados
por las lavas y cenizas de la erupción del
Vesubio (año 79), se conservan los de un
hombre y una mujer en el acto amoroso.

“In Limine”

Por el perdón del mar
nacen todas las playas
sin razón y sin orden,
una cada mil años,
una cada cien mares.

Yo nací en una playa
de África, mis padres
me llevaron al norte,
a una ciudad febril,
hoy vivo en las montañas,

me acostumbré a la altura
y no escribo en mi lengua,
en ciertos días del año
me dan mareos y vértigos,
me vuelve la llanura,

parto hacia el mar que puedo,
llevo libros que no
leo, que nunca abrí,
los pájaros escriben
historias más sutiles.

Mi mar es este mar,
inerme, muy temprano,
cede a la tierra armas,
juguetes, sus manojos
de algas, sus veleidades,

emigra como un circo,
deja todo en barbecho:
la basura marina
que las mujeres aman
como una antigua hermana.

Por él que da la espalda
a todo, estoy de frente
a todo con mis ojos,
por él que pierde filo,
gano origen, terreno,

jadeo mi abecedario
variado y solitario
y encuentro al fin mi lengua
desértica de nómada,
mi suelo verdadero.

La esponja

Si en un plano colocamos un cierto número de pasillos y galerías que se cruzan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir otros planos de pasillos y galerías, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto; lo que en el laberinto es todavía lineal y estilizado en la esponja se ha vuelta irrefrenable y caótico. En la esponja la materia galopa hacia afuera, repelente a cualquier centro. Es dispersión pura. Imaginemos una manada de animales que huyen del ataque de un felino y, dentro de esa manada, a un grupo de individuos situados bastante lejos de la fiera pero no por ellos menos aterrorizados. Ese trozo de manada marginal pero no periférico, cargado de (error pero relativamente a salvo, es una esponja, mezcla de delirio e invulnerabilidad.

Es esa mezcla lo que nos hace sentir que la esponja es la herramienta menos dueña de sí misma, la más exterior, la que no guarda nada y la más nirvánica. Sus miles de cavidades y galerías son como la disgregación que en cualquier estallido precede la pulverización final; su asombrosa falta de peso es ya un principio de caída y ausencia. Frente a eso, la ligereza de una pluma de ave tiene escaso mérito; está demasiado conectada con su pequeñez; es una ligereza que se constata pero que no sorprende. La de la esponja, en cambio, es una ligereza heroica.

Esa ligereza es prueba de su total disponibilidad y entrega. Incluso, de tan extrema, esa entrega parece tomar la forma de una rapacidad insaciable. La esponja chupa y absorbe, pero no tiene ningún receptáculo fuera de ella misma en donde guardar lo absorbido. No tiene aparato digestivo. No procesa nada, no retiene nada, no se adueña de nada. Tan sólo es capaz de prestarse hasta el último retículo. ¿Para qué? Ni ella lo sabe. Por eso no habla, confabula. El agua la invade como una consigna que nadie entiende pero que todas sus galerías repiten con apuro propagándola como un incendio. Ninguna boca queda muda. La esponja es aerifica. De ahí lo fácil que es penetrarla por arriba y por abajo, hurgar hasta en sus últimos escondrijos y aligerarla de todos sus secretos. Basta volverse agua. ¿Y quién no se vuelve agua frente a una esponja? Miremos al hombre que tiene una esponja en la mano, cómo la manosea y la observa; está mimando, sin quererlo, los movimientos del agua. Y el agua no se halla nunca tan dueña de su expresión, de su voz, como dentro de una esponja. Su principal ocupación, que es caer, encuentra en la esponja, en ese escenario concentrado y tangible, una experiencia cabal de todos sus quehaceres y aptitudes, como en un laboratorio. Lo que hace la esponja con sus mil ramificaciones es frenar la caída del agua para que el agua se nombre a sí misma sin dificultad, limpia y humanamente. En la esponja el agua recobra fugazmente manos y pies, tronco, dedos y cartílagos, o sea un germen de autoconciencia, y vuelve a sí misma después de cumplir con una tarea concreta: escudriñar a fondo, sin errores ni olvidos, un cuerpo que permanecía seco. Plenitud no sólo del agua sino del amor.

Pocas cosas, pues, tan de cabo a rabo como la esponja. Es el anonimato en su forma más pura. No tiene carácter, es decir hábitos, manías, reincidencias, callosidades, endurecimientos. Su dibujo capilar es ecuánime, no hay ahí obstrucciones como tampoco vías rápidas, atajos o brechas; cada membrana y cartílago participan con la misma intensidad en la actividad en común. Es como si la materia, por una vez, hubiera renunciado a cualquier acumulación de fuerza en algún punto, a la menor superposición de residuos; como si se hubiera empeñado en fraccionar el menor asomo de ganglio, de veta o de nervio; como si a través de tortuosos cálculos, rodeos, idas, vueltas y repasos incesantes hubiera acabado con toda adiposidad e inercia y terquedad; con toda estupidez. Resultado: una materia ágil y despierta, recorrible y pronunciable. Y algo más: una materia sin poder, ignorante en el sentido más puro, no ajena a la emoción.

La mitad de la mitad de la mitad; he aquí la pequeña ley que rige a la esponja. Una ley que la esponja lleva a cabo con una obstinación y un rigor admirables, y que quiere decir, sin más, la partición al centésimo, al milésimo o a lo que haga falta para neutralizar cualquier intento de sedimentación, de tribalización, de patriarcado. Siendo que su pasión es la confabulación y el jolgorio, la lubricación y el bombeo, lo que necesita son bifurcaciones y desvíos, y desvíos de desvíos, y ramales de ramales de ramales; todo fraccionado, todo a la mitad de la mitad, todo en giro, todo femenino, todo ya.

De ahí su vocación de filtro, de destilante. El filtro, es bien sabido, es una caída frenada al milésimo, una herramienta de disuasión; disuade frenando y mareando. Es un interrogatorio. La culpa, que es siempre un botín, un fardo ilícito, queda al fin en evidencia y neutralizada en forma de grumo. Lo que permanece es la esencia, la pobreza inicial, pues un filtro no es otra cosa que un viaje a contrapelo en busca del comienzo perdido. Es pues un recordatorio, quizá una confesión. Y, paradójicamente, la esponja es la expresión de la desmemoria: no admite sumas ni acumulaciones. Es franciscana. Y otra cosa: tiene temperamento atlético; no puede permitir que nada se enfríe, que envejezca. Así, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartílagos y tendones de nuestra mano se insinúa el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitarnos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer día. Pues no cabe duda de que el primer día era sencillamente eso, una esponja.

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Juan Diego Incardona, Leonardo Oyola, Hernán Vanoli, Pía Bouzas, Alejandra Zina, Esteban Castromán, Martían Zariello, Cezary Novek y Fabio Martínez son algunos de los autores de Córdoba, Salta, Entre Ríos, Santa Fe, Mar del Plata y Ciudad de Buenos Aires, entre otros puntos del país, que fueron convocados tomando en cuenta el contexto federal.

Los escritores elegidos -algunos publicados, otros no- trabajan para difundir y federalizar la literatura desde ciclos literarios, sellos editoriales, programas de radio, revistas, reseñas de prensa y redes sociales.

Los ilustradores participantes son jóvenes y talentosos dibujantes interesados en mostrar su trabajo. Nicolás Moguilevsky, Ezequiel García, Otto Zaizer, Ariel López V. y Daniela Kantor son algunos de los artistas que interpretaron las diversas miradas y los universos de los narradores para realizar el arte de tapa de cada libro.

La serie también incluye trabajos de Haroldo Conti, Miguel Briante y Roberto Arlt, padrinos de la colección por su compromiso social y su calidad literaria; y tres volúmenes de literatura infantil.

De este modo, el Ministerio de Cultura de la Nación continúa la tarea de promover las voces actuales de la narrativa nacional entre los argentinos ávidos de nuevas lecturas. Además, busca jerarquizar el trabajo del escritor acercando sus creaciones a un público más amplio.

CONTACTO: leeresfuturo@cultura.gob.ar