Archivo de la categoría: Poesías

Pablo Menacho – Poeta panameño

1.

He querido tantear las puertas,
comenzar a describir los pasos
y andar desandando la nostalgia
para encontrarte
en mi silencio.

– Sólo en tu sombra
caminaban los espacios
de la piel – .

Y he deseado besar los sueños
una mañana
que aprendí a buscar tus ojos
con los versos que empezamos
a esbozar.

2.

Un día
fue otra era indefinida
que los papeles parecían llover
y definirte
ha sido la fotografía
que nos miraba.

Un día
es otro mundo
donde te he de hallar
si acaso encuentro la sonrisa.

3.

Y así
me guardaba tu nombre
para integrarlo al amor
y a nuestros niños.

Quería mencionar
que la ternura
por primera vez nos arrasaba.

Y es que el juego aquel que compartimos
nos está reclamando urgentemente.

4.

Este salón está vacío
sin tus ojos.

Cómo explicarle a todos
que has vivido en esta casa
y darle temas a tu sueño.

5.

Ven:
aquí muchos rostros te reflejan.

Ven,
que mañana seremos dos
dispuestos a vencer el tiempo
y a esperarnos.

 

Dulces claveles en la sangre

El corazón ardía
como una hoguera incontenible
donde se incinera la impotencia
después de tantos años
de navegar sobre las sombras
sin rendirnos nunca
a la salvaje fiera de la nieve.
La misma que plantó una bandera extraña
en nuestro ombligo
donde la rebelión se confundía
con el olor de una mañana
que se resiste a deforestar
la flor de las naranjas.

A la postre,
tuvimos veintidós claveles
cortados con el filo de una noche aciaga
en medio de un aquelarre
de demonios.
Veintidós luces encendidas
que sortearon las borrascas
y vislumbraron el mediodía de un diciembre,
aún lejano y gris, pero posible.

Pero también un faro
iluminando nuestro viaje
con muchas lunas de dolor
descolgadas del tránsito del siglo.

Así vimos el tiempo contraerse
y transformar lo que antes era perpetuo
en años que se contaban largamente
hasta la culminación final
del calendario.

Fue así como llegó
el indescriptible día de la lluvia,
una lágrima que se derramó por la mejilla
de la tierra.

Dedicado por Pablo al Día de los Mártires  –fue un movimiento popular ocurrido en Panamá el jueves 9 de enero de 1964, cuyo objetivo era reclamar la presencia de la bandera panameña en el territorio conocido como la Zona del Canal, una franja de tierra alrededor del Canal de Panamá, que fue cedido a Estados Unidos a perpetuidad mediante el Tratado Hay-Bunau Varilla. Este suceso fue el detonante para que se aboliera dicho tratado y entraran en vigor los Tratados Torrijos-Carter– .

Breve Residencia

1.

Esta calle en donde vivo,
me quedará pequeña
un día.

Mi habitación de gris
y de cemento,
refugio final de los amores,
no tiene espacios
para esta soledad.

2.

Me he ido triste una mañana.
Todo quedó vacío
en nuestra casa
de cristales de luz
que nos unía.

Me he ido triste __lo confieso__

Sólo tus ojos
se han quedado en mi mirada.

3.

Quizás te llame cuando pueda.
Ahora
todo es negro en nuestra duda.

Necesito la voz del aire
y continuar:

4.

He vagado en silencio
con tu nombre.

Mi hermana menor
también lloraba.

¿Cómo estará mi madre
en nuestra ausencia?

¿Cómo estaré de solo
sin tenerte?

5.

Hablaré de los relojes
mientras llueva.

No.
No me perdones la tristeza.

Le hablaré a los niños
de un mañana deferente.


pm-portobelo

Pablo Menacho

Nació en Chitré, Provincia de Herrera, República de Panamá, el 2 de octubre de 1960. Es Licenciado en Diseño Gráfico por la Universidad de Panamá. Es diseñador gráfico, editor y escritor.

Ha sido miembro del consejo de redacción de Letrabierta [Carta de Poesía] (1982), del colectivo de escritores La otra columna (1982-1995) y del consejo editorial de la revista Littera (1995) y la revista Alhucema (Granada, España). Fue diseñador gráfico y editor en la Universidad de Panamá (1983-2010), jefe del Departamento de Diseño Gráfico del Instituto Nacional de Cultura (1990-1992) y Gerente Editorial de la Dirección de Publicaciones e Impresos (Secretaría de Cultura de la Presidencia, El Salvador, 2010-2012); columnista colaborador en el diario La Prensa (1980-1982) y Editor Cultural del diario El Panamá América (1993-1998).

Ha obtenido diversos premios de poesía, entre ellos: Primer Premio del VIII Concurso Literario Intercolegial (Ministerio de Educación, 1978), Premio Único del II Concurso Literario convocado por la Dirección de Asuntos Estudiantiles de la Universidad de Panamá, en 1979, Premio Único del Torneo de Poesía de Verano (INAC, 1980), Primera Mención Honorífica en el Premio Signos de Joven Literatura (1985), Segundo Premio en el Concurso de Poesía «Amelia Denis de Icaza» (INAC, 1986), Segundo Premio y Finalista en el Torneo de Poesía de Verano INAC-TEXACO en 1995 y 1996, respectivamente. Obtuvo Primera Mención Honorífica en el Premio Centroamericano de Literatura «Rogelio Sinán» 2001-2002 (poesía) y Mención de Honor en el LXI Concurso Nacional de Literatura «Ricardo Miró» 2003 (Sección Poesía).

Ha realizado dos videos documentales: El águila de Azuero (1995) y Los diablos espejos (2000).

Obra poética publicada:

Futuros ejércitos del mundo (1980)

Voces en la lluvia (1983)

La sola mar (1989)

Serenas estaciones y otros poemas (México, 2001)

Canción sin nombre y otros poemas (2001)

Re/incidencias (2001), Carta a Edmond Bertrand (2004)

Rito de mares y sombras (2008).

Fuente y más datos: Página web de Pablo


 

Los nuevos sembradíos

Dame todos los latidos
y este rostro único y ajeno,
maquillado de palabras y silabeantes acantilados
que conquistan los cabellos de la luz.
La piel que es un paisaje prolongado
que reposa sobre el aire
y las fuentes,
dispersas por la tierra lejana y azul,
donde beberé despacio el néctar de tu cáliz
regocijado en los placeres.

***
Eres todavía un estallido inconjurable
en los adentros
y te nombro con el nombre
de una afilada orquídea,
un aciago temblor de los marasmos.
Y así, cercado de estaciones,
labro el silencio de un mundo agreste
con nuevos conjurados.

***
Porque vendrán otras jornadas,
que reunirán la descendencia:
los seres que poblarán la tierra que dejamos,
los arrebatados soles que tiznan nuestra piel
y los inviernos.
Pero también, un cántaro de agua
y una hoguera, dulce y febril,
como el ardor de la poesía.

***
Y así,
sílabas cimbreantes,
recogidas en medio de la bruma,
desgranarán tu nombre
y luminoso para siempre
tu cuerpo se encenderá en la nocturnidad.
Mañana,
cuando el sol toque la medianía de la tarde,
abonaremos, dulcemente,
los nuevos sembradíos. Sigue leyendo

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Félix Morisseau-Leroy – Poeta / Haití

Así ocurrió

Así ocurrió
Jesucristo tenía que morir
Pese a todo tenía que morir
Aun cuando Pilato dijera que no
Caifás insistía tanto
Que se llegó a condenar al Hombre
Tenía días sin comer
Y estaba tan débil
Que al subir al Monte de los Olivos
Con dos maderos al hombro
Iba de tumbo en tumbo
Pilato lo miraba con compasión
Y también los soldados romanos miraban
Fue entonces que por ahí pasó un hombre
Simón Cireneo
Un negro fuerte, como Paul Robeson, pasó por ahí
Miró aquello como sólo los negros saben mirar
Pilato sintió lo que el negro tenía en su corazón
Y a los soldados hizo una señal
Todos se echaron sobre Simón
Y con fuerza lo apalearon
Luego le dijeron: toma la cruz y cárgala
Simón tomó la cruz
La tomó de la mano del blanco
Se echó a correr con ella
Se echó a cantar
Se echó a bailar
Bailó cantó
Se fue corriendo hacia arriba
Dejando atrás a todos
Regresó cantó bailó
Hizo girar la cruz sobre su cabeza
La echó al aire
La atrapó
La cruz quedó bailando sola en el aire
La gente gritó milagro
Y cuando cayó la cruz
Simón la tomó
Bailó mucho con ella
Antes de devolverla a Jesús
Desde entonces
Cuando es muy pesada una cruz
Cuando algo pesa demasiado
para las fuerzas de un blanco
Llaman a un negro para que cargue
Después bailamos cantamos
tocamos el tambor
tocamos el bambú
Nuestra espalda es muy ancha
Cargamos la cruz, cargamos el fusil,
cargamos el cañón
ayudamos al blanco
cargamos los crímenes
cargamos los pecados
cargamos por todos.

De Viaje a la luna

(Fragmento)

Me voy a hacer un viaje a la luna
Aquí no puedo más seguir sufriendo
Por acá las cosas van muy mal
Me voy de viaje a la luna
Me dijeron que ahí es distinto:
Nada de gente buena ni gente mala
Nada de gente instruida ni gente tonta
Nada de gente de ciudad ni gente de campo
Todos son ciudadanos de la luna
Todos hablan la misma lengua
No aguanto más aquí
La Civilización me está terminando
La Civilización me está descerebrando
A mí alrededor no veo más
Que gente matándose
La Civilización está acabando con la humanidad
Me voy a vivir a la luna
Me dijeron que ahí hace buen tiempo
La Civilización ocurrió ya hace mucho
A tal punto que la gente terminó por olvidarla
Me voy de viaje a la luna
Me dijeron que ahí no hay rey
Ni jefe de seccional
Ni juez de paz
Ni alguacil
Ni papa infalible
Me tengo que ir necesariamente a la luna
La luna es maravillosa me dijeron
De noche se ve mejor que de día
No hay hora obligada para acostarse
Ni día laborable ni día feriado
De noche se ve brillar la Tierra
Que brilla más que el sol
Las estrellas están al alcance de la mano
Como luciérnagas prendidas en un árbol


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Félix Morisseau-Leroy nació el 13 de marzo de 1912, en Grand Gosier, Haití, escribió en creole (criollo haitiano) poesía y obras de teatro.

En 1961 logró que el creole fuera reconocido como lengua oficial de Haití, ampliar su enseñanza en las escuelas y su uso en la literatura creativa. También publicó obras sobre la literatura francesa, creole haitiana y literatura haitiana francesa.

Trabajó en otros países, fomentando el desarrollo de la literatura nacional en Ghana post-colonial y Senegal. Al finalmente establecerse en Miami, Florida, trabajó para unir a la comunidad haitiana alrededor del creole y alentó su estudio académico.

Nacido en una familia de mulatos educados y acomodados, Morisseau estudió en Jacmel, donde fue educado en francés e inglés. Allí conoció a su futura esposa Renée.

Después de regresar de Estados Unidos a Haití, enseñó en la capital, Puerto Príncipe. Comenzó a dedicar atención al criollo de las calles y a pensar en su poder como lengua escrita para unir el país. En ese momento, el francés era utilizado por las clases educadas, y el criollo era el lenguaje de la gente común.

Enseñó literatura y teatro, trabajando además como escritor y periodista. Fue nombrado para cargos políticos en el gobierno, incluyendo director en el Ministerio de Educación Pública de Haití y Director General de Educación Nacional.

Conocido informalmente como “Moriso”, promovió un movimiento para estimular el uso del idioma creole y establecer su legitimidad para el uso creativo en la literatura y la cultura. Como este era el único idioma de la mayoría de la gente, que eran en su mayoría población rural, Morisseau creía firmemente en el uso del creole como un medio de unir el país. Tradujo la tragedia griega clásica Antígona al creole.

El ascenso del régimen de Papa Doc Duvalier en 1957, cerró las puertas a muchos de los escritores más prometedores, ya que no aceptaba la libre expresión. Dice la historia que Duvalier envió fuerzas armadas para escoltar a Morisseau al aeropuerto y forzarlo al exilio porque su trabajo le resultaba ofensivo. Probablemente el hecho de que fueran antiguos compañeros de clase y amigos salvó su vida.

Se estableció finalmente con su familia en Miami, en 1981 para el resto de su vida. Con la enseñanza del criollo haitiano y la literatura, ayudó a unir a los inmigrantes y sus descendientes en torno a su herencia. Escribió una columna semanal en el periódico Haiti en-Marche. En años posteriores, su imagen con afro de pelo blanco se convirtió en una marca registrada, como lo fue su sentido del humor.

Falleció en Miami el 5 de septiembre de 1998

 

Aleyda Quevedo – Poesía – Ecuador

¿Quién soy?

¿Quién soy?
Tal vez la mujer senos de ámbar
y pies helados que escribe versos
para reconfortarse.
Más la poesía
solo logra descarrilarme.
Como el tren rojo que soy
Ese tren que se abre paso
entre las montañas puntiagudas
y difíciles de algún país.
Ese tren que nunca llega
a ninguna estación de humo.
Esta mujer que emana voces.
Trenes y más trenes
que me esperan.
Versos para sobrevivir
¿Quién soy?
Quizá este cuerpo encendido
que aún guarda tus huellas en los pliegues.


Canto animal

Obedezco al llamado
de las cenizas de la mujer
enterradas al borde del cielo
son los restos de Alejandra Pizarnik
que descansan en mi territorio
Descalzos sus pies y los míos
sienten la madera
la astilla de los corazones
y el trabajo de las hormigas
Boca abajo
apretando los senos
contra la tierra y las hojas
respiramos los tallos
los breves encuentros con el amor
1972 yo nacía
el territorio estaba definido
tú te ibas con los “prófugos del mundo”
con esos pájaros que escogieron
estrellas no conocidas
en este espacio
reconozco tu último día
que siempre es el mío.


La opacidad del desierto

Recorro las autopistas de la noche
nada me detiene
ni siquiera el canto del destino
que circunda mi piel
como extraño medallón astral
Las dunas del miedo
reducen mis manos a polvo
En la arena me mimetizo y pulverizo
repitiendo un acto fallido
No se deja huellas en el desierto
Un camello aparece en el rabo del ojo
sonámbula
sudando gotas agrias
lo sigo viendo en mi arenario


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Aleyda Quevedo

Aleyda Quevedo Rojas nació en Quito, Ecuador en el año 1972.

Es poeta y periodista. Ha publicado los libros de poesía: Cambio en los clima del corazón, 1989, Editorial Universitaria, Ecuador. La actitud del fuego, 1994, Ediciones de los lunes, Lima Perú. Algunas rosas verdes, 1996, Ediciones del Sistema Nacional de Bibliotecas, Ecuador. Espacio vacio, 2001, Ediciones de la Línea Imaginaria, Casa de la Cultura Ecuatoriana. Música oscura, 2004, Cuadernos de Caridemo, Almería, Junta de Andalucía-España. En 1996 su libro Algunas Rosas Verdes, recibió el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade. Ha representado al Ecuador en los más importantes Encuentros Internacionales de Poesía en Argentina, México, España, Colombia, Chile y Perú. Textos suyos traducidos al inglés aparecieron en las revistas norteamericanas: Hubbud, Calapooya, de la universidad de Oregon y EYE-RHYME. Así como en diversas publicaciones de Colombia, Perú, México, Argentina, Brasil y Ecuador, y e las recientes antologías de poesía: presencia de Grecia en la Poesía Hispanoamericana, Ediciones LOM, Chile; Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica: Pícaras, Místicas y Rebeldes, México; La Voz de Eros, dos siglos de poesía erótica de mujeres ecuatorianas, TRAMA, Ecuador.


Mi canto

El cariño de los amigos
se traduce en cartas besos
bálsamos contra la enfermedad.

Los claveles que dejaron
reconfortan las madrugadas ásperas.

Amigos protectores quieren inutilizar mi sufrimiento.


Hondo muy hondo

Me afeito la cabeza
y empiezan las preguntas
sobre lo que dejamos de hacer.

La alfombra verde que se hace hierba
cuando la pisas y se extiende como
mancha de insectos sobre mis manos
aún permanece en la sala de televisión.

Un presentimiento puro
sale de mí.
Las preguntas cubren mi cabeza afeitada


Limón perfumado

Soy mi cuerpo
atrapado por partículas
de otros cuerpos
Cuerpo
que enjabono en el mar
reconociendo suciedades
y miedos
Miedos míos
enjuagados con
el agua que todo lo cura
la sal de mi sudor
los celos bien guardados
los dulces jugos
y de nuevo el agua
que me concede
un cuerpo nuevo cada día
Cuerpo fresco
tendido en la cama
como limón al filo
de la ventana
Y el sol quemando
el vidrio
la madera
el limón
perfumado y desnudo
de la ventana que soy
¿Sé quién soy?
me miro
en el largo espejo del baño
tengo 33 años
nunca estuve tremendamente sola
abandono de perras
que te marca y deja sin curiosidades
Lloro y mis piernas blancas
se vuelven negrura profunda
que bloquea los sentidos
Quién es mi cuerpo
puede afrontar sus propias
desgracias
incluso las más asfixiantes horas
ansiedad
falta de ti
horas cuando me fundo con un monstruo
que conozco bien
Cuerpo mío
pólvoracielo
intenso estallido
de lámparas que filtran tu claridad
sobre mi pecho
Soy este cuerpo mío.


Los jadeos

empañando
eléctricamente
la puerta cerrada
Laten
nalgas
y forman arcos
Una repentina
calma
reposa
sobre las cabelleras
Pulsan
sus sexos
húmedos y tibios
Otra vez
los jadeos
los arcos perfectos de las nalgas
El cansancio
que produce
la agitada posición
Y la calma
final
que abre la puerta.

Jorge Leónidas Escudero: la palabra única

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Jorge Leónidas Escudero murió a los 95 años. Construyó una obra singular en la lengua castellana arraigada en una fuerte oralidad que despliega en una búsqueda constante de hallar una palabra: la única y poética que dé cuenta del ser. Aunque el ambiente intelectual de Buenos Aires tardó mucho en reconocerlo, hoy todos coinciden en la importancia de su obra. Dos veces fue “mención” del Premio Nacional de Poesía.

Por Gabriela Borrelli Azara

Jorge Leónidas Escudero nació en 1920 en San Juan. Murió el pasado 10 de febrero. La biografía de Escudero lo presenta como un poeta único. Trabajó como minero luego de abandonar una carrera universitaria, y a los 50 años comenzó a escribir poemas. Su poesía está basada en tres pilares sobre los que erige todo una reflexión acerca de la búsqueda del ser: los amigos, el amor y el juego. Tuvo una vida sobria alejada de los grandes circuitos poéticos. No viajó, no buscó lugares externos sino ocultos. Quería expresar lo más íntimo. Esa es su ars poética. Cultivó una libertad en la lengua castellana pocas veces vista en poesía. Sentía la necesidad de escribir en tonada, esto es decir, forzar a las palabras a que sean leídas como “suenan” en el habla sanjuanina. Y al contrario de alejar a lectores, causa un efecto de atracción, obligando a quien lee a pronunciar esa palabra en voz alta. Y es que ya lo sabemos: un verso para que sea válido necesita decirse en voz viva. Pareciera que Escudero quisiera decirnos que lo mismo vale para la palabra, una palabra que buscó, buscó, y nunca halló: “El asunto de la palabra única es la que va expresar lo que uno realmente siente, pero no alcanza la palabra contra la palabra única, entonces yo por ahí en un poema digo, que entonces hay que hundir el lápiz en el papel y hacer un agujero para el otro lado a ver si está ahí la palabra única. Todavía la sigo buscando, y no la encuentro, ni la encontraré parece, porque creo que nadie la puede encontrar, porque lo que sentimos nosotros debe ser inenarrable”

Salgo a cazar, si puedo, la palabra única
Esa que me desvela
y no aparece.

Debo hacerla mía porque si no
¿cómo voy a expresar lo más íntimo?

Si tuviera mi pensamiento
certeras flechas indias de pedernal
tal vez la cazara pero sólo dispongo
de palabras que no alcanzan.

Es pretensión absurda? Puede,
pero me han dicho
quese pájaro anida en el vacío
entre dos pensamientos:
y lo primero para cazarlo es eso,
el silencio.

Por eso aquí jadeo con la lengua afuera,
me arrugo y sumerjo en oscuridades.
Mientras tanto el papel me desafía
a que le haga un agujero con el lápiz
a ver si veo del otro lado
eso que me está llamando desde antes,
desde antes, desde antes.

El juego y el amor narrados en poemas con imágenes potentes. El dolor ligado a la ironía. ¿Es que hay algo más absurdo que sufrir por amor? Dos poemas:

La herida más mortal es enteriza,
baja desde la coronilla
hasta las uñas de los pies.
Podés hacer cuanto se te ocurra pero
has fallecido.

Herida mortal que escapa
a todo hablar, asfixia
como si en una bolsa
a un pozo negro te hubieran.
Esto ocurre a enamorados tozudos
que aspiran a recuperar besos perdidos.
La realidad los engancha de atrás con un clavo
los abre en canal y deja colgados
como res en el matadero.

Se les vacían los tuétanos,
gimen lloro inconsolable
se mean y defecan encima. No,
no es gracioso
ver así a un inocente agregado al olvido

brutalmente por lo que él más quiere.

“ La medecina”

Les diré que me encuentro adolorido
por mujer que me desposeyó de ella,
quitó lo que me daba
y me en casi sin aire deja
o como naranja sprimida.
Me deshojó de su árbol como si a usté
de pronto lo dejan sin agarrarse de algo,
como que se me cayeran los pantalones
en medio de un baile
como de urgencia
necesitar ir a mear y no hallar dónde.
Así de desvalido.
Me hice ver con un médico y recetó
el desapego hombre, el desapego,
cambie de costumbres póngase
una tela metálica al pecho
así no se le incrustan mariposas dañinas.
En ningún peor caso me he visto;
pero aseguran los intrusos ques buena medecina
visitar lejanos países.
Bien, ¿pero a dónde he ir que no mesté sperando
la susodicha esa para castigarme
solamente porque la quiero?

Nunca vivió Escudero en otro lugar que no sea su San Juan. Este es un extraordinario poema donde Escudero mira Buenos Aires:

Cabeceando en el tren iba y de pronto
empezó a darme casas de Buenos Aires la ventanilla.
Y cuando bajé hinché el lomo:
me cayó mal la montura del cielo.

Es que tenía mucha desconfianza.
Calles de sol escaso y hartas nubes
dónde amanece de apuro y la noche
se tira sin aviso encima de uno.

Gente sí carilarga.
La catacumba subte y corro
por una tolva mecánica traga y escupe
hasta que de repente salgo a los escaparates
de todo lo que no hace falta.

Es que venía salido de mis pagos,
de unos sauces piojentos y eminentes
puestos en la verdad del mundo.

Anduve así buscando una salida
extraño a las esquinas, a las plazas;
e inútilmente urdido en esas calles
fin llegué a la estación ( casi arrastrándome)
y aquí estoy de vuelta en San Juan.

Así anduvo Escudero buscando la palabra única y escapándole a la muerte, la que lo encontró bien vivo:

“Paradoja”

Así es esto, no hacer drama,
pero estoy asustao porque no sé a qué vine,
para qué me trajo el mundo
Una cadena de pariciones.
Y vivo agazapándome para que no me ubique
la aquella, la que te niega el aire
en la última respiración.

Y vos
llegado el caso de leer estas palabras
no vayás a burlarte de mi miedo
porque si escarbás un poco en la oscuridá
vas a encontrar tu propia calavera
esperándote.

Ahora te dejo, discúlpame,
debo ir al mercado a comprar pan, sí,
alimentarme
para cuando me alcance la que te dije
m’encuentre con vida, si no
¿cómo me la va a quitar?

Dos veces tuvo oportunidad el canon abombado y lerdo de los premios nacionales argentinos de concederle el Premio Nacional de Poesía. Dos veces lo distinguieron con “menciones”. A él no le importó. A nosotros los lectores, sí. Porque los premios no son solo para el escritor, sino también para los lectores. Escudero se fue sin esa distinción y nosotros nos quedamos deudores. Deudores de una poesía inmensa que seguirá retumbando en nuestra lengua. Un párrafo aparte merece la labor de Javier Cófreces, su amigo y editor. Es a él a quien le debemos todos los agradecimientos por acercarnos una obra que sacude toda la estantería de la poesía argentina. Pruebe usted ese sacudón, agarre ya mismo un poema de Escudero, léalo. No falla, no hay error, es pura palabra accionando en el cuerpo. La sangre correrá diferente. Pegue el salto. Salga desto de siempre. Lea a Escudero.

¿Cómo hago para dar el salto?
¿Pero de qué salto estoy hablando?
No sé, simplemente un salto, salir
desto de siempre donde no hallo
y sigo buscando.

Y ahora esperen pueda memorizar, ver
si explico algo de mis desvelos,
ver si encuentro
el mapa del tesoro, el carozo
deste asunto que me tiene absorbido.

El no poder explicarme cómo
da desorientación, pero sigo metido
nestas alturas de mis inquietudes
donde falta el aire y sin embargo existo.

Para ver un fragmento del “Escutriazo”, diálogo poético musical con poesías de Jorge Leónidas Escudero y Juan Carlos Bustriazo Ortiz, a cargo de Gabriela Borrelli Azara y Paula Gasparini, ingresar en: https://www.facebook.com/FlautaFan/videos/10208400424989133/

Jorge Leónidas Escudero

Tomado de: http://agenciapacourondo.com.ar/cultura/18602-jorge-leonidas-escudero-la-palabra-unica

Fabio Morábito – Poesía – México

Captura

Fabio Morábito

Es un poeta mexicano, nacido en Alejandría, Egipto, el 21 de febrero de 1955. De padres italianos, pasó su infancia en Milán, para instalarse finalmente en México, ciudad donde reside desde entonces, a los catorce años.
Aprende el castellano, la lengua en la que escribe, a los quince años, circunstancia que describe en un ensayo con el título “El escritor en busca de una lengua” que publicó en la revista Vuelta. Allí cuenta cómo empezó traduciendo a poetas italianos contemporáneos y cómo pudo dar el salto, siempre en un terreno frágil y movedizo, hasta su lengua actual de escritor, “este idioma que no es mío”. Deja entrever que en esa mudanza hay un Fabio que muere y otro que renace, porque de esa metamorfosis nadie sale impune.
Sus obras:
Cuentos populares mexicanos (2015) antología cuentos
El idioma materno (2014) narrativa
Emilio, los chistes y la muerte (2009) narrativa
La ola que regresa (2007) poesía
También Berlín se olvida (2004 ) cuentos
Alguien de lava (2002) poesía
La vida ordenada (2002) cuentos
La lenta furia (2000) cuentos
Cuando las panteras no eran negras (1996) narrativa infantil
De lunes todo el año (1991, Premio Aguascalientes) poesía
Caja de herramientas (1989) ensayo/poema en prosa
Lotes baldíos (1985, Premio Carlos Pellicer) poesía


Cuarteto de Pompeya

I

Nos desnudamos tanto
hasta perder el sexo
debajo de la cama,

nos desnudamos tanto
que las moscas juraban
que habíamos muerto.

Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo
que se extravió mi orgasmo.

Nos desnudamos tanto
que olíamos a quemado,
que cien veces la lava
volvió para escondernos.

II

Me hiciste tanto daño
con tu boca, tus dedos,
me hacías saltar tan alto

que yo era tu estandarte
aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto

que pronuncie mi nombre
y me dolió la lengua,
los años me dolieron.

Nos desnudamos tanto
que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron
las lavas a escondernos.

III

Te frotabas tan rápido
los senos que dos veces
caí en sus remolinos,

movías el culo lento,
en alto, para arrearme
a su negra emboscada,

su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia,
gritaba su naufragio…

Nos desnudamos tanto
que no nos conocíamos,
que los dioses mandaron
la lava a reinventarnos.

IV

Te desmentí de cabo
a rabo devolviéndote
a tus primeros actos,

te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia
amarga de tu cuerpo,

pues sólo el amor sabe
cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.

Esa noche la lava
mudó si paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único
que se murió de veras.

_______________________________

En Pompeya, entre otros cuerpos petrificados
por las lavas y cenizas de la erupción del
Vesubio (año 79), se conservan los de un
hombre y una mujer en el acto amoroso.

“In Limine”

Por el perdón del mar
nacen todas las playas
sin razón y sin orden,
una cada mil años,
una cada cien mares.

Yo nací en una playa
de África, mis padres
me llevaron al norte,
a una ciudad febril,
hoy vivo en las montañas,

me acostumbré a la altura
y no escribo en mi lengua,
en ciertos días del año
me dan mareos y vértigos,
me vuelve la llanura,

parto hacia el mar que puedo,
llevo libros que no
leo, que nunca abrí,
los pájaros escriben
historias más sutiles.

Mi mar es este mar,
inerme, muy temprano,
cede a la tierra armas,
juguetes, sus manojos
de algas, sus veleidades,

emigra como un circo,
deja todo en barbecho:
la basura marina
que las mujeres aman
como una antigua hermana.

Por él que da la espalda
a todo, estoy de frente
a todo con mis ojos,
por él que pierde filo,
gano origen, terreno,

jadeo mi abecedario
variado y solitario
y encuentro al fin mi lengua
desértica de nómada,
mi suelo verdadero.

La esponja

Si en un plano colocamos un cierto número de pasillos y galerías que se cruzan y se comunican, obtenemos un laberinto. Si a este laberinto le conectamos por todas partes, arriba, abajo y a los lados, otros laberintos, es decir otros planos de pasillos y galerías, obtenemos una esponja. La esponja es la apoteosis del laberinto; lo que en el laberinto es todavía lineal y estilizado en la esponja se ha vuelta irrefrenable y caótico. En la esponja la materia galopa hacia afuera, repelente a cualquier centro. Es dispersión pura. Imaginemos una manada de animales que huyen del ataque de un felino y, dentro de esa manada, a un grupo de individuos situados bastante lejos de la fiera pero no por ellos menos aterrorizados. Ese trozo de manada marginal pero no periférico, cargado de (error pero relativamente a salvo, es una esponja, mezcla de delirio e invulnerabilidad.

Es esa mezcla lo que nos hace sentir que la esponja es la herramienta menos dueña de sí misma, la más exterior, la que no guarda nada y la más nirvánica. Sus miles de cavidades y galerías son como la disgregación que en cualquier estallido precede la pulverización final; su asombrosa falta de peso es ya un principio de caída y ausencia. Frente a eso, la ligereza de una pluma de ave tiene escaso mérito; está demasiado conectada con su pequeñez; es una ligereza que se constata pero que no sorprende. La de la esponja, en cambio, es una ligereza heroica.

Esa ligereza es prueba de su total disponibilidad y entrega. Incluso, de tan extrema, esa entrega parece tomar la forma de una rapacidad insaciable. La esponja chupa y absorbe, pero no tiene ningún receptáculo fuera de ella misma en donde guardar lo absorbido. No tiene aparato digestivo. No procesa nada, no retiene nada, no se adueña de nada. Tan sólo es capaz de prestarse hasta el último retículo. ¿Para qué? Ni ella lo sabe. Por eso no habla, confabula. El agua la invade como una consigna que nadie entiende pero que todas sus galerías repiten con apuro propagándola como un incendio. Ninguna boca queda muda. La esponja es aerifica. De ahí lo fácil que es penetrarla por arriba y por abajo, hurgar hasta en sus últimos escondrijos y aligerarla de todos sus secretos. Basta volverse agua. ¿Y quién no se vuelve agua frente a una esponja? Miremos al hombre que tiene una esponja en la mano, cómo la manosea y la observa; está mimando, sin quererlo, los movimientos del agua. Y el agua no se halla nunca tan dueña de su expresión, de su voz, como dentro de una esponja. Su principal ocupación, que es caer, encuentra en la esponja, en ese escenario concentrado y tangible, una experiencia cabal de todos sus quehaceres y aptitudes, como en un laboratorio. Lo que hace la esponja con sus mil ramificaciones es frenar la caída del agua para que el agua se nombre a sí misma sin dificultad, limpia y humanamente. En la esponja el agua recobra fugazmente manos y pies, tronco, dedos y cartílagos, o sea un germen de autoconciencia, y vuelve a sí misma después de cumplir con una tarea concreta: escudriñar a fondo, sin errores ni olvidos, un cuerpo que permanecía seco. Plenitud no sólo del agua sino del amor.

Pocas cosas, pues, tan de cabo a rabo como la esponja. Es el anonimato en su forma más pura. No tiene carácter, es decir hábitos, manías, reincidencias, callosidades, endurecimientos. Su dibujo capilar es ecuánime, no hay ahí obstrucciones como tampoco vías rápidas, atajos o brechas; cada membrana y cartílago participan con la misma intensidad en la actividad en común. Es como si la materia, por una vez, hubiera renunciado a cualquier acumulación de fuerza en algún punto, a la menor superposición de residuos; como si se hubiera empeñado en fraccionar el menor asomo de ganglio, de veta o de nervio; como si a través de tortuosos cálculos, rodeos, idas, vueltas y repasos incesantes hubiera acabado con toda adiposidad e inercia y terquedad; con toda estupidez. Resultado: una materia ágil y despierta, recorrible y pronunciable. Y algo más: una materia sin poder, ignorante en el sentido más puro, no ajena a la emoción.

La mitad de la mitad de la mitad; he aquí la pequeña ley que rige a la esponja. Una ley que la esponja lleva a cabo con una obstinación y un rigor admirables, y que quiere decir, sin más, la partición al centésimo, al milésimo o a lo que haga falta para neutralizar cualquier intento de sedimentación, de tribalización, de patriarcado. Siendo que su pasión es la confabulación y el jolgorio, la lubricación y el bombeo, lo que necesita son bifurcaciones y desvíos, y desvíos de desvíos, y ramales de ramales de ramales; todo fraccionado, todo a la mitad de la mitad, todo en giro, todo femenino, todo ya.

De ahí su vocación de filtro, de destilante. El filtro, es bien sabido, es una caída frenada al milésimo, una herramienta de disuasión; disuade frenando y mareando. Es un interrogatorio. La culpa, que es siempre un botín, un fardo ilícito, queda al fin en evidencia y neutralizada en forma de grumo. Lo que permanece es la esencia, la pobreza inicial, pues un filtro no es otra cosa que un viaje a contrapelo en busca del comienzo perdido. Es pues un recordatorio, quizá una confesión. Y, paradójicamente, la esponja es la expresión de la desmemoria: no admite sumas ni acumulaciones. Es franciscana. Y otra cosa: tiene temperamento atlético; no puede permitir que nada se enfríe, que envejezca. Así, aunque no lo queramos, cada vez que exprimimos una esponja, en los cartílagos y tendones de nuestra mano se insinúa el secreto deseo, que nunca nos abandona, de rehabilitarnos a fondo, de ser otros, disponibles y ligeros como el primer día. Pues no cabe duda de que el primer día era sencillamente eso, una esponja.

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Jaime Sáenz – Bolivia

Jaime Saenz

Jaime Sáenz

Nació el 8 de octubre de 1921 en La Paz, Bolivia, su padre fue teniente Coronel del ejército. Su formación humanística y artística la inició en La Paz en la escuela primaria Muñoz en 1926, los secundarios los realizó en el Instituto Americano de La Paz hasta 1937.Viajó a Alemania en 1938, en Europa su personalidad fue cultivada con los filósofos Arthur Schopenhauer, Hegel, Martin Heidegger y los escritores Thomas Mann, William Blake y Franz Kafka; en cuanto a sus gusto musicales estaban Richard Wagner y Anton Bruckner. En 1939 retornó a Bolivia y en 1941 trabajó en el Ministerio de Defensa y luego en el Ministerio de Hacienda. En 1941 se une al Servicio secreto de la embajada de Estados Unidos, 2 años después conoce a Erika, alemana, con quien contrae matrimonio, y en 1947 tienen una hija a la que llaman Jourlaine, en 1948, debido a su alcoholismo, Erika y su hija retornan a Alemania para así abandonarlo para siempre. En 1944 sale el primer número de su revista Cornamusa, publica El Escalpelo (1955) y Muerte por el tacto (1957), ese mismo año deja de trabajar para el Servicio Secreto. Publica también Aniversario de una visión (1960), Visitante profundo (1964) y el primer número se su revista, Vertical, (1965). En 1967 publica El frío, y la galería Arca expone sus dibujos de calaveras.
Las veladas nocturnas con Jaime Saenz fueron durante años y hasta el momento de su muerte,
probablemente, un espacio marginal y rebelde de rico intercambio intelectual. Los famosos “Talleres Krupp”, la habitación donde Saenz recibía a sus visitas, se convirtieron en una institución, donde la edición de revistas literarias, el juego de dados, la música de Anton Bruckner o de Simeón Roncal, las charlas sobre Milarepa y las lecturas de poemas fueron la tónica permanente.
Las relaciones con sus amigos se mezclaron más de una vez con lo maravilloso y lo tenebroso en experiencias poéticas y mágicas, con resultados no muy felices. Así nació el mito de Saenz amigo de lo oscuro y de la magia, el iniciado y el alquimista. En realidad, esta imagen fue creada por la desconfianza y el temor ante un ser que se negó a participar en la “normalidad” de una vida que encontraba falsa.
La fascinación por la muerte fue algo vivencial para Saenz. Como él mismo relata en su libro más autobiográfico, La piedra imán (1989), visitar la morgue para contemplar los muertos fue una de las extravagantes actividades de su juventud. Pero en este acto se debe ver no sólo una necrofilia, sino una obsesión por comprender vida y muerte como una unidad que será lo que él llamó, con mayúsculas, “La Verdadera Vida”.
La renuncia voluntaria al alcohol ocurrida aproximadamente en la década de los sesenta fue uno de los mayores triunfos en su vida. Salvo esporádicas recaídas, Saenz no volvió a beber hasta poco antes de su muerte en 1986. En estos años, alejado del alcohol, escribió la mayor parte de su obra. En 1980, una de sus recaídas lo llevó al borde de la muerte y de ese trance nació su texto La noche (1984), un poemario que puede ser calificado de aterrador, pues da la visión de la experiencia del alcohol y la muerte desde el interior de esa misma vivencia.
Murió en La Paz el 16 de agosto de 1986.


EN LO ALTO DE LA CIUDAD OSCURA

Una noche en una calle bajo la lluvia en lo alto
de la ciudad oscura
con el ruido a lo lejos
es seguro que suspirará
yo suspiraré
tomados de las manos por un gran tiempo
en el interior de la arboleda
sus ojos claros al pasar un cometa
su cara llegada del mar
sus ojos en el cielo mi voz dentro de su voz
su boca en forma de manzana
su cabello en forma de sueño
una mirada nunca vista en cada pupila
sus pestañas en forma de luz un torrente de fuego
todo será mío dando volteretas de alegría
me cortaré una mano por cada suspiro suyo
me sacaré un ojo por cada sonrisa suya
me moriré una vez dos veces tres veces cuatro veces mil veces
hasta morir en sus labios
con un serrucho me cortaré las costillas para entregarle ,mi corazón
con una aguja sacaré a relucir mi mejor alma para darle una sorpresa
los viernes por la tarde
con el aire de la noche cantando una canción
me propongo vivir trescientos años
en su hermosa compañía.

LA NOCHE

Nadie podrá acercarse a la noche y acometer la tarea de conocerla,
sin antes haberse sumergido en los horrores del alcohol.
El alcohol, en efecto, abre la puerta de la noche; la noche es un recinto hermético y secreto,
que se hunde en lo hondo de los mundos,
y no se podrá mirar en sus adentros, sino por la vía del terror y del espanto.
Además, existen ciertas afinidades con lo oscuro; y quien no las tiene, jamás podrá acercarse a la noche.
Tales afinidades prosperan bajo un signo que podría parecer inconsistente al no iniciado;
pero este signo es ya de por sí indicativo, y lo constituye un extraño y permanente temor de caer en el camino.
De ahí que el iniciado en los secretos de la noche, camine siempre con cautela,
como si de súbito hubiera enceguecido, o hubiera perdido la noción del espacio.
Y es éste en realidad un caminar en las tinieblas
—es de hecho un caminar en el seno de la noche.
Pues el iniciado habrá perdido la luz para siempre,
aunque, por otra parte, podrá encontrarla el momento que lo desee,
dispuesto como está a pagar el alto precio que se le exige.
Pues para el hombre que mora en la noche; para aquel que se ha adentrado en la noche y conoce las profundidades de la noche,
el alcohol es la luz.
El que su cuerpo se vuelva transparente, y el que esta transparencia le permita mirar el otro lado de la noche,
es obra exclusiva del alcohol.

LAS TINIEBLAS

Paradójicamente, cierta paz interior parece nutrirse de con un hervor de ira
—con un hervor de ira, con un hervor de júbilo, con un hervor inexpresable.
Con un sentimiento provocado por el cuerpo físico, por este instrumento del vivir,
con desesperanza, con calma, y con mucho dominio y con mucho rigor,
ante el inminente acabamiento de la extraña aventura, incomprensible y pavorosa que se llama vivir.

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Jorge Teillier Sandoval – Chile

J teillier
Jorge Teillier Sandoval nació en Lautaro, Chile, el 24 de junio de 1935.
Fue un destacado poeta chileno de la llamada generación literaria de 1950, creador y exponente de la poesía lárica.
Su infancia transcurrió en el sur de Chile, en la Araucanía. Desde su infancia, coincidente con la segunda guerra mundial, la vida cotidiana estuvo marcada por el contacto directo con la naturaleza y una forma de entender la tradición capaz de articular en un mismo enfoque rasgos culturales, sociales e históricos chilenos, franceses y mapuches. A la ascendencia francesa del autor, se acopló la tradición mapuche, y prontamente, a través de la literatura, un sentido aún más universal.
En 1953, con 18 años de edad, Teillier viajó a Santiago para cursar estudios superiores, donde conocerá a muchos autores de su generación, la del 50, como a Braulio Arenas, Rolando Cárdenas, Enrique Lihn o el novelista Enrique Lafourcade. No tardó en hacerse de un nombre en la escena santiaguina, lo que en buena parte posibilitó la publicación de su primer poemario, que fue bien acogido por la critica especializada de la época y recibió elogiosos comentarios por parte de Alone, quien destacó la simpleza de su poesía, no carente de profundidad.
Terminada la universidad, ejerció la docencia en el Liceo de Lautaro. En 1963 fundó y dirigió (hasta 1965), junto con Jorge Vélez, la revista de poesía Orfeo. También dirigiría el Boletín de la Universidad de Chile.
A lo largo de su trayectoria literaria recibió numerosos galardones, incluido el Premio Anguita 1993. La poesía de Teillier ha sido traducida parcialmente a varios idiomas y cuenta con dos colecciones bilingües: In order to talk with the Dead y From the country of Never-more.
Los últimos años de su vida los pasó en Cabildo, en el sector denominado El Molino de Ingenio.
Falleció el 22 de abril de 1996 en Viña del Mar, Chile.

Andenes
Te gusta llegar a la estación
Cuando el reloj de pared tictaquea,
Tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
De viajera fatigada
Y los rieles ya se pierden
Bajo el hollín de la oscuridad.
Te gusta quedarte en la estación desierta
Cuando no puedes abolir la memoria,
Como las nubes de vapor
Los contornos de las locomotoras,
Y te gusta ver pasar el viento
Que silba como un vagabundo
Aburrido de caminar sobre los rieles.
Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
Los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
El pueblo donde querías llegar
Como el niño el día de su cumpleaños
Y los viajes de vuelta de vacaciones
Cuando eras -para los parientes que te esperaban-
Sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.
Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
Juega un solitario. El reloj sigue diciendo
Que la noche es el único tren
Que puede llegar a este pueblo,
Y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
Mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.
Los conjuros
A Enrique Rebolledo.
Los temerosos de los brujos vecinos
Lanzan puñados de sal al fuego
Cuando pasan las aves agoreras.
Mis amigos buscadores de entierros
En sueños hallan monedas de oro.
Los despierta el jinete del rayo
Cayendo hecho llamas entre ellos.
Medianoche de San Juan. Las higueras
Se visten para la fiesta.
Eco de gemidos de animales
Hundidos hace milenios en los pantanos.
Los chimalenes reúnen las ovejas
Que huyeron del corral.
Aúllan los perros en casa del avaro
Que quiere pactar con el diablo.
Ya no reconozco mi casa.
En ella caen luces de estrellas en ruinas
Como puñados de tierra en una fosa.
Mi amiga vela frente a un espejo:
Espera allí la llegada del desconocido
Anunciado por las sombras más largas del año.
Al alba, anidan lechuzas en las higueras de luto.
En los rescoldos amanecen huellas de manos de brujos.
Despierto teniendo en mis manos hierbas y tierra
De un lugar donde nunca estuve.
Cuando todos se vayan
A Eduardo Molina.
Cuando todos se vayan a otros planetas
Yo quedaré en la ciudad abandonada
Bebiendo un último vaso de cerveza,
Y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
Como el borracho a la taberna
Y el niño a cabalgar
En el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
Sino echarme luciérnagas a los bolsillos
O caminar a orillas de rieles oxidados
O sentarme en el roído mostrador de un almacén
Para hablar con antiguos compañeros de escuela.
Como una araña que recorre
Los mismos hilos de su red
Caminaré sin prisa por las calles
Invadidas de malezas
Mirando los palomares
Que se vienen abajo,
Hasta llegar a mi casa
Donde me encerraré a escuchar
Discos de un cantante de 1930
Sin cuidarme jamás de mirar
Los caminos infinitos
Trazados por los cohetes en el espacio.
El lenguaje del cielo
El cielo habla un lenguaje gris,
Y callan la grave voz del vino,
La leve voz del té.
Los espejos se fatigan
De repetir el nombre de las cosas.
No dicen nada. No dicen: “un visitante”,
“Las moscas”, “el libro sobre la mesa”.
No dicen nada los espejos.
Canción cantada para que nadie la oiga
Es la esperanza de que esto cambie.
Niños que se acercan al ataúd del amigo muerto,
Paso de ratas frente a la estufa en silencio,
El halo de humo pobre que hace rey al tejado,
O todo lo que desaparece de pronto
Como el plateado salto del salmón sobre el río.
Una ráfaga apaga los ciruelos,
Dispersa las cenizas de sus follajes,
Arruga la vacía faz de las glicinas.
Todo lo que está aquí
Parece estar verdaderamente en otro lugar.
Los jóvenes no pueden volver a casa
Porque ningún padre los espera
Y el amor no tiene lecho donde yacer.
El reloj murmura que es preciso dormir,
Olvidar la luz de este día
Que no era sino la noche sonámbula,
Las manos de los pobres
A quienes no dimos nada.
“Hay que dormir”, murmura el reloj.
Y el sueño es la paletada de tierra que lo acalla.
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