Archivo de la categoría: Poesías

Clementina Suárez – Poeta hondureña

Nació el 12 de mayo de1902 en Juticalpa, Olancho, Honduras. Desde muy joven abandonó la familia que buscaba confiscarla para el matrimonio tradicional. Intentó refugiarse en una Tegucigalpa que no le perdonó su bohemia, su pasión por los cafés, su gusto por la compañía masculina. Incomprendida por una sociedad somnolienta, se dedicó a escribir, obedeciendo a una fuerza interna sobre temas urgentes y universales. Su espíritu revolucionario, iconoclasta la llevó a declararse feminista muy tempranamente.
 
Su franqueza chocó con la moral victoriana y doble de su tiempo. Su propio estilo de vida puso en cuestión la gazmoñería, la sexualidad reprimida, muda e hipócrita de entonces -y de hoy-. Vestía pantalones cortos y traje de baño; celebraba su cuerpo no sólo en su vida sino también en su poesía. Y aunque ella fue la primera mujer que publicó un libro en Honduras, la gente se interesaba más por sus amantes que por su poesía.
 
Trayectoria
 
Participó con pasión y transparencia en todos los acontecimientos importantes de su época. Para ella no existían los disfraces, rechazó los códigos de lo grosero y de la intolerancia. Con sus actos y su poesía transgredió las convenientes costumbres puritanas. Rompió con los discursos clandestinos, circunscritos, disfrazados. Quebró las prohibiciones, la represión. Sin prudencia alguna acometió la tarea de ser desbordadamente auténtica.
 
En las tertulias del Café de París y El Jardín de Italia fue la única mujer que departió con los intelectuales de aquellos años, Alejandro Castro, Alfonso Guillén Zelaya –director de El Cronista-, Antonio Rosa (padre de sus hijas), Guillermo Bustillo Reina (su primer esposo), Arturo Martínez Galindo, Claudio Barrera, entre otros. Se identificó con aquellos que reverenciaron su talla intelectual y asumieron su feminidad.
 
En su obra ha dejado bien claro que las mujeres deben abordar la relación entre poder, saber y sexualidad, a pesar de las consecuencias o aunque el precio a pagar sea bastante caro.
 
Transgresora de leyes, de prohibiciones, irrumpió con sus actos y con la palabra, en el placer: las delicias de la palabra y los gozos del cuerpo. Renunció al conformismo de las mujeres subordinadas por el poder, el patriarcado y los fundamentalismos tan extendidos entonces. Dotó a la literatura hondureña de su primera ars erótica. Nos legó una poesía extraída del placer mismo, con una intensidad y calidad que la han vuelto imperecedera.
 
Viajó por el mundo como vivió, de acuerdo con sus propias normas. Centroamérica, México, Nueva York, sus destinos para conquistar la libertad. En esas ciudades leyó su poesía y trabajó –fue la mil usos- como obrera, experiencias que la reafirman en su personal visión de los caminos para la edificación de una sociedad igualitaria. En México vivió durante los mejores años de la revolución y su apreciación de las luchas populares se enriqueció. El conocimiento de la región consolidó su decisión de estar del lado de la justicia y los desposeídos.
 
Muerte
 
Fue asesinada en 1991 por delincuentes comunes; tenía 89 años.
 
Publicaciones
 
Todo en su vida denota una insondable repugnancia por los extremos en que se debatía la sociedad hondureña, particularmente la mujer. Para dejar constancia de ello escribió versos de profundo aliento social y fundó en 1933 la Revista Mujer, que ella misma vendía por las calles desoladas de una Tegucigalpa mojigata.
 
Con su voz, en permanente transformación, revela el placer de contar. Sus versos son el testimonio de su afán por sacar del fondo de sí misma la verdad, la conciencia de su género. Propuesta liberadora, confesional, sin autocensura. Discurso literario con el cual arriba a la realidad.
 
Publicó también los libros “Corazón sangrante”, “Iniciales”, “De mis sábados el último”, “Templos de fuego”, “Creciendo con la hierba”, “Canto a la encontrada patria y a su héroe”, “El Poeta y sus señales” y “Con mis versos saludo a las generaciones futuras” en Cuba, México, El Salvador y Honduras.

Clementina Suárez

Lamentos en el espacio

Afuera ruge el viento. Tu cabeza está
en mis piernas.
la noche se entretiene en ronda de fantasmas.
Aguas desbarrancadas cortan narcisos y nieblas,
para adornar la tumba de tanto pájaro muerto.

Tú peinas y despeinas mi cabello
mientras el mar arrastra sangre y lodo.

La sombra parece que esculpiera cadáveres.
¿Quién llora y se desespera en el aire?
Amor. Tú estás dormido,
-sin darte prisa por salir de la noche-
mientras yo atajo lamentos
de madres y de niños.

Combate

Yo soy un poeta,
un ejército de poetas.
Y hoy quiero escribir un poema,
un poema silbatos
un poema fusiles.
Para pegarlos en las puertas,
en las celdas de las prisiones
en los muros de las escuelas.

Hoy quiero construir y destruir,
levantar en andamios la esperanza.
Despertar al niño,
arcángel de las espadas,
ser relámpago, trueno,
con estatura de héroe
para talar, arrasar,
las podridas raíces de mi pueblo.

Poema en gris

Igual que un pájaro en su jaula
que no tiene un cielo azul
donde extender sus alas
—así me echo de menos—
sin los cielos untados de tu presencia
donde mi dicha pastoreaba nubes
tarde a tarde.

Una obrera muerta

Yo no bajaré a la tumba convertida en harapo,
ni un solo diente de mi boca se ha caído.
Las carnes en mi cuerpo tienen su forma intacta
y ágil en su tallo se yergue la cabeza.


Yo iré a la muerte pero con el labio fresco,
con voz firme y clara responderé a la llamada.
Yo sé que están contando los minutos de la vida
y que jamás el destino su sentencia retrasa.


Sobresalto no tengo por entrar a la sombra,
nadie quiero que venga por mi muerte a llorar,
la espuma de mi sangre como aceite se acaba
y para ese instante a todos solo pido silencio.


No quiero que ya muerta peinen mi cabello
ni que las manos juntas pongan en mi pecho,
quiero que me dejen así como me quede
y así en la tierra abierta me vayan a dejar.


No quiero que me vistan, ni que me ultrajen muerta,
estando conmigo los que nunca estuvieron.
Compañeros sinceros, los que siempre tuve,
solo esos que se encarguen de irme a enterrar.


Tampoco quiero seña, ni que una cruz me pongan,
no quiero para mí nada que los pobres no tengan.
Pues aún después de muerta, mi puño estará cerrado
y en el viento mi nombre será como bandera.

Estrella, árbol y pájaro

En la estancia de la noche
sola yo, soy una estrella.
Sola yo, soy una estrella
en un ángulo de la luna.
 
Noche que desgaja lunas
para mí, que soy árbol solo.
Árbol solo, gris y estático
que no va dejando sombra.
 
En un ángulo del mundo
canto yo, pájaro solo.
Canto yo, pájaro solo.
¡Ah qué antigua es mi canción!n la estancia de la noche

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Antonio Miranda – Poeta brasileño

B_Brasil

AMirandaAntonio Miranda (Antonio Lisboa Carvalho de Miranda), nació en Maranhão, Brasil, el 5 de agosto de 1940.

Miembro de la Asociación Nacional de Escritores. Fue colaborador de revistas y suplementos literarios como el suplemento dominical del Jornal do Brasil y La Nación (Buenos Aires) y Imagen (Caracas, Venezuela).

Maestro y ex coordinador del Programa Graduado de Información Departamento de Ciencias de la Información y Documentación de la Universidad de Brasilia, Brasil, da clases y cursos en todo el Brasil y los países latinoamericanos. Jubilado, es profesor Colaborador Senior, y orientador de tesis e investigaciones. También es consultor en planificación y arquitectura de Bibliotecas y Centros de Documentación.

Organizador y primer Director de la Biblioteca Nacional de Brasilia, de febrero de 2007 a octubre de 2011 y desde 2015 a mayo del 2017.

Doctor en Ciencias de la Comunicación (Universidad de Sao Paulo, 1987), un título de maestría en Ciencias de la Biblioteca de la Universidad de Tecnología de Loughborough, LUT, Inglaterra, 1975. Su formación en Biblioteconomía es la Universidad Central de Venezuela, UCV, Venezuela, 1970.


Textos del poema dramático “tu país está feliz”

Miranda los escribió directamente en castellano, cuando estudiaba en Venezuela hace más de cuarenta años. Años después los tradujo al portugués y se publicó en Brasil recién el año 1989.

Viajo tu cuerpo

Viajo tu cuerpo como un sol
que dora los contornos
suaves de tu juventud.

El paisaje en paralelo
resbalante al sol arena
oscilante al sol verano.

Velas arrugadas emergen ganando
tu cuerpo en la playa
tu cuerpo en la arena.

Las formas oblongas
las velas infladas
y ganando el mar
tu cuerpo en la arena
tu cuerpo en la playa.

Hay como que un giro
angular en estas formas
curvas cuerpo playa
inmersos, dorso, escamas
tu cuerpo en la arena
y el cuerpo en el cuerpo.

Nuestros cuerpos confundiéndose
fundiéndose en la combustión solar
la sal de nuestro éxtasis, sudor
arena y goce, orgasmo.

El paisaje en paralelo
relieves, sinuosidades, nalgas
y algas, inmersión, curvas
playas desnudas, luego aderna.

Resbalante sol arena
esquiadores
de nuevo el verano en nosotros.

Sea al mar
estillazando espumas
curvas, cuerpo, playa
inmerso, dorso
escamas, mar inmenso:
oscilante
al sol verano.

Velas arrugas emergen
ganando el mástil erecto
tu cuerpo en la playa

formas oblongas
las velas infladas
ganando el mar:
tu cuerpo en la arena.

Dorso, la piel
la brisa tangente del mar
las formas sumergidas
y el cuerpo en el cuerpo.

La forma de tu cuerpo es un espacio
por demás pensado y rumiado
lazos de tu cuerpo envolviendo
el mío, aún en ausencia.
Larga espera de tu cuerpo
y la transformación del cuerpo
en el tiempo, deseo acumulando
y explotando en dura angustia.

En los libros que leo te encuentro
en las fórmulas matemáticas
en las especulaciones filosóficas
páginas tristes que escribo.

Estás a mi alcance
y nada hay que me impida
conquistarte y convencerte
es que la victoria es derrota.

Que el tiempo sólo no basta
Ni basta la simple razón.

El mundo está lleno de palabras

El mundo está lleno de palabras
Tú consumes pan y palabras:
Democracia libertad temor
Felicidad.

El mundo está lleno de palabras…

Y tan sólo una palabra
una tan sólo
te quita la corona
o te inflama la garganta.

¡El mundo está lleno de palabras!

Voy a cerrar por inventario

Voy a cerrar por inventario.
Retiro del mostrador la mercancía quedada.
A nadie le gustó
Nadie leyó
nadie sintió.

Perdí todos los amigos,
eran malos pagadores
huyeron todos de mí.
Perdí tiempo. Perdí todo.
Pero donde perdí me salvé.

Mario prefiere los versos de amor,
Manuel los poemas del dolor,
María lee
como quien se retoca en el espejo.

Me dicen panfletario, sentimentaloide
circunstancial, y hasta personalista.
No soy como,
no llego a,
soy prolijo, sintético, seco
reaccionario, comunista, alienado.
Ateo, plebeyo, indecente.

A María no le gusta la palabra estiércol.
Luis busca lugares comunes.

Adalgisa, cansada y fatigada
Aún encuentra pecados ortográficos.

Para Mario soy cerebral, frío, geométrico
hermético: él no entiende nada.
María entiende todo y espera más.

El oro que toqué se convirtió en chatarra.
Vuelvo por los caminos andados
y ya son otro camino.

Descuelgo el teléfono,
desconecto las luces,
tranco la puerta por dentro
y destruyo el timbre.
Pero dejo la ventana abierta.

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Juana de Ibarbourou – Poeta uruguaya

B_Uruguay

Juana de Ibarbourou

Juana de Ibarbourou

Nació Juana Fernández Morales, en Melo, Uruguay, el 8 de marzo de 1892. Tomando luego el seudónimo de Juana de Ibarbourou, del apellido de su esposo, el capitán Lucas Ibarbourou, con quien contrajo enlace a los 20 años.
Su padre fue Vicente Fernández, nacido en Villanueva de Lorenzana, Lugo, España que por motivos familiares emigró a Montevideo, llegando más tarde a Cerro Largo. Transmitió a su hija la devoción por su tierra natal, cuyo vínculo se manifestó en el discurso de la Academia de Letras Uruguayas. Allí, la escritora recordará su infancia y la presencia de su padre que supo inculcar en ella la raíz gallega que siempre la acompañó en su forma de ser y en su obra. El 8 de junio de 1963, el pueblo de su padre, inauguró una Biblioteca a la que llamaron: “Biblioteca Vicente y Juanita Fernández”.
Su madre, Valentina Morales, pertenecía a una de las familias españolas más antiguas del Uruguay.
Vivió hasta los 18 años en Melo, trasladándose luego a Montevideo.
Su obra se encuadra en el modernismo, pueden mencionarse entre sus obras más destacadas “Las lenguas de diamante” (1919), “El cántaro fresco”(1920), “Raíz salvaje”(1922) y “La rosa de los vientos”(1930). Escribió textos para niños, como: “Chico Carlo”(1944), que contiene cuentos infantiles autobiográficos y “Los sueños de Natacha”(1945), sobre temas clásicos del teatro infantil.
La segunda etapa de su obra pierde su rasgo esperanzador y positivo, para tornarse más reflexiva, profunda y melancólica. De esta época, pueden mencionarse como ejemplos: “Estampas de la Biblia”(1935), “Pérdida” (1950), “Azor”(1953), “mensajes del escriba”(1953), “Romances del destino” (1955), “Oro y tormenta”(1956), “La pasajera”(1967) y “Canto rodado”(1958).
A lo largo de su vida recibió muchos reconocimientos. En 1947, fue electa miembro de la Academia uruguaya, y en 1959, recibió el Premio nacional de literatura, que ese año se había otorgado por primera vez.
Juana de América, como fue llamada por la inmensa popularidad que supo conquistar, falleció en Montevideo, el 15 de julio de 1979.


LA PEQUEÑA LLAMA

Yo siento por la luz un amor de salvaje
Cada pequeña llama me encanta y sobrecoge
No será, cada lumbre, un cáliz que recoge
el calor de las almas que pasan en su viaje?

Hay unas pequeñitas, azules, temblorosas,
lo mismo que las almas taciturnas y buenas.
Hay otras casi blancas: fulgores de azucenas.
Hay otras casi rojas: espíritu de rosas.

Yo respeto y adoro la luz como si fuera
una cosa que vive, que siente, que medita,
un ser que nos contempla transformado en hoguera.

Así, cuando yo muera, he de ser a tu lado
una pequeña llama de dulzura infinita
para tus largas noches de amante desolado.

BAJO LA LLUVIA

¡Cómo resbala el agua por mi espalda!
¡Cómo moja mi falda
y pone en mis mejillas su frescura de nieve!
Llueve, llueve, llueve.

Y voy, senda adelante,
con el alma ligera y la cara radiante.
Sin sentir, sin soñar,
llena de la voluptuosidad de no pensar

Un pájaro se baña
en una charca turbia. Mi presencia le extraña.
Se detiene… Me mira… Nos sentimos amigos…
¡Los dos amamos mucho cielos, campos y trigos!

Después es el asombro
de un labriego que pasa con su azada en el hombro.
Y la lluvia me cubre
de todas las fragancias que a los setos da octubre.

Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado,
como un maravilloso y estupendo tocado
de gotas cristalinas, de flores deshojadas
que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.

Y siento, en la vacuidad
del cerebro sin sueños, la voluptuosidad
del placer infinito, dulce y desconocido,
de un minuto de olvido.

Llueve, llueve, llueve,
y tengo, en alma y carne, como un frescor de nieve.

LA HIGUERA

Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.

En mi quinta hay cien árboles bellos:
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.

En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se visten…

Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
-Es la higuera el más bello
de los árboles en el huerto.

Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!

Y tal vez a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo, le cuente:
-Hoy a mí me dijeron hermosa.

TE DOY MI ALMA DESNUDA

Te doy mi alma desnuda,
como estatua a la cual ningún cendal escuda.

Desnuda con el puro impudor
de un fruto, de una estrella o una flor;
de todas esas cosas que tienen la infinita
serenidad de Eva antes de ser maldita.

De todas esas cosas,
frutos, astros y rosas,
que no sienten vergüenza del sexo sin celajes
y a quienes nadie osara fabricarles ropajes.

Sin velos, como el cuerpo de una diosa serena
¡que tuviera una intensa blancura de azucena!

Desnuda, y toda abierta de par en par
¡por el ansia del amar!

VIDA – GARFIO

Amante: no me lleves, si muero al camposanto
A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
alboroto divino de alguna pajarera
o junto a la encantada charla de alguna fuente

A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,
donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
alargados en tallos, suban a ver de nuevo
la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
más breve. Yo presiento
la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
por sentir en sus átomos la frescura del viento.

Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
en medio de las sombras estrujadas y prietas.

Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
en la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
Yo subiré a mirarte en los lirios morados.

EL DULCE MILAGRO

¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
Mi amante besome las manos, y en ellas,
¡oh gracia! brotaron rosas como estrellas.

Y voy por la senda voceando el encanto
y de dicha alterno sonrisa con llanto
y bajo el milagro de mi encantamiento
se aroman de rosas las alas del viento.

Y murmura al verme la gente que pasa:
“¿No veis que está loca? Tornadla a su casa.
¡Dice que en las manos le han nacido rosas
y las va agitando como mariposas!”

¡Ah, pobre la gente que nunca comprende
un milagro de éstos y que sólo entiende
Que no nacen rosas más que en los rosales
y que no hay más trigo que el de los trigales!

Que requiere líneas y color y forma,
y que sólo admite realidad por norma.
Que cuando uno dice: “Voy con la dulzura”,
de inmediato buscan a la criatura.

Que me digan loca, que en celda me encierren
que con siete llaves la puerta me cierren,
que junto a la puerta pongan un lebrel,
carcelero rudo carcelero fiel.

Cantaré lo mismo: “Mis manos florecen.
Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen”.
¡Y toda mi celda tendrá la fragancia
de un inmenso ramo de rosas de Francia!

DESPECHO

¡Ah, qué estoy cansada! Me he reído tanto,
tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto;
tanto, que este rictus que contrae mi boca
es un rastro extraño de mi risa loca.

Tanto, que esta intensa palidez que tengo
(como en los retratos de viejo abolengo)
es por la fatiga de la loca risa
que en todo mi cuerpo su sopor desliza.

¡Ah, qué estoy cansada! Déjame que duerma;
pues, como la angustia, la alegría enferma.
¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!
¿Cuándo más alegre que ahora me viste?

¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,
Ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos,
Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,
es por el esfuerzo de reírme tanto…

Delia Quiñónez – Poeta guatemalteca

B_Guatemala

eb3f633e-91fe-4261-90b7-5d79c4e9e6e5_879_586Delia Quiñónez nació en la ciudad de Guatemala el 7 de marzo de 1946. Miembro fundador del Grupo Nuevo Signo, participó en las lecturas de poesía con que se dio a conocer este grupo. Maestra de Educación Primaria, por el Instituto Normal Centroamérica, INCA; Profesora de Enseñanza Media en Lenguaje y Estudios Sociales -Magna cum Laude- por la Universidad Francisco Marroquín; Licenciada en Letras -Cum Laude-, por la Universidad del Valle de Guatemala.
En su gestión como encargada del Departamento de Actividades Literarias de la Dirección General de Cultura y Bellas Artes en los años 80, impulsó la publicación de obras de autores guatemaltecos. A su iniciativa se debió la edición de la ya clásica antología Los Nombres que nos nombran: panorama de la poesía guatemalteca, de 1782 a 1982 a cargo de Francisco Morales Santos.
– Ha sido promotora, administradora y asesora cultural; docente de literatura guatemalteca y comunicadora.
Ha publicado poesía, estudios y comentarios sobre temas literarios, culturales, de artes plásticas y feministas, en periódicos y revistas.

Autora de:

Barro Pleno, poesía, 1968.
Otros Poemas, poesía, 1982.
La poesía de José Humberto Hernández Cobos, ensayo, 1985.
Elogio de la vida en la poesía de Julio Fausto Aguilera, ensayo, 1973
Nos habita el paraíso, poesía, 1990
Ultramar, poesía, 1991
Vuelo de piedra, puño y flor. (Breve antología poética), 1999
– Astroloquía, cuentos zodiacales. Guatemala, 2001. En coautoría con Julia Abbott y Marcela Valdeavellano.
Letra sobre Letra – Motivos para el Poema– ensayo, 2001 (Discurso de Ingreso a la Academia Guatemalteca de la Lengua)


Barro pleno

Encinta de sol,
colmada de tu barro limpio y firme
vas trasmutando mi cuerpo

en viva flor que destila rocío tras tu ruta.

Vegetal,
el temblor de mis dedos
trenza cuencas azules
y transitan por tus ojos
leves hiervas de fiebre
y fértiles vagidos que me anuncian.

Matriz plena de sol, de Ti,
cuando gritas que mi cuerpo
es un cáliz de substancia amanecida;
de tus manos
cuando aúllan tus dedos
y mi piel tan suave…
Matriz de cauce pleno:

…Ni siquiera una rosa colmaría tu abismo

si este sol que te llena se perdiera

en el azul de un ángelus tardío.

Marzo, fuego de vigilia

                       (A los mártires de 1962)

Marzo, tilitante responso
viejo y ensombrecido clavel.
¡Qué multitud de ojos desgarrados
reflejan aún tus amapolas!
¡Qué avalancha de voces
hace rugir la delgadez callada de tus ríos!
¡Cuántas sombras errantes hieren
tu adorada canícula de siglos!

Marzo, dura crin,
cristal de turbia llamarada.
Madre, que tu hijo no esconda su lágrima,
que no niegue su cruz,
que no oculte el arado;
de llanto, cruz y tierra
nace la espiga jubilosa
y el maíz inmaculado del mañana.
Marzo, taciturna gaviota
ilímite fragancia enardecida.

Amado, un pájaro tira su sombra
en la ventana.
Su tibia voz inmóvil
guarda el temblor
del equinoccio muerto.
Deja que atisbe la ventana:
Marzo está ciego
bajo su misma luz dorada.

Marzo, pleamar de la angustia,
rosa de espinas duplicadas.
Me duele atravesar tu sombra hirsuta
y respirar tu aroma enmohecido.
Duele palpar tus rosas
de vigilante espuma negra.
Marzo, ola de espera,
bendito fuego renovado.
Me duele tu vientre envilecido.
Muerdo la voz que niega tu esperanza.
Visto dolores transitorios:
honda forma de amar y esclarecer
tu tardía primavera,
tu rocío de cúspides heladas.
Marzo, ritual inconmovible,
¿qué clamor cabe entre el rocío y tus palabras?
¿Qué viento insigne mirará tus cenizas sepultadas?

Nos habita el paraíso

En nuestros templos
habita el paraíso
profundo y claro
en la oquedad que dejan
los besos
y el temblor de espasmos milenarios
el fuego es apenas un roce
en la curva del tiempo
un trecho recorrido
en algas,
tibiezas y recuerdos.

Nos habita el paraíso
ungido de fragancias
tatuamos en la piel
arcángeles inermes
y dejamos así
-balsa y fuego-
las próximas estrellas de quietud
en la memoria.

Otros poemas (6)

No puedo saber
si tu muerte
hirió la arena y el musgo
del pasado.
Ávido,
te cubriste de tiempo
con una espada
de odios y silencios.

Cardo tu corazón,
hiel tus ojos,
filo enhiesto y amargo
las manos
que apretaron la sal,
de tus playas
y el surco
de tus lágrimas tardías.

Agua, musgo y arena
para tu corazón vencido:
viejo manto de angustia
que arrasa aun de tempestades
el silencio
y la luz de las estrellas.

Pájaros

La tarde se tiñó de pájaros,
fue preñándose de plumas…

La vi alzarse
profunda como una campanada.
Pero fue quedándose quieta,
tornándose lejana:
se borraron las plumas,
su tintura de pájaros
fue muriéndose toda…

Íntima

No te diré
de qué fibra está formado
el corazón que me sostiene:
me será más dulce decir
que lo tengo hecho de Ti,
de tu sonrisa,
y de las penas inmensas
que me llegan contigo…

Orilla redentora

¿Dónde
si no en el beso,
encontraremos la orilla redentora?

Leve espada
anida y combate
compartiendo la savia
que deviene en torrente.

Uva frugal.
Ayuno de antiguas plenitudes.
Agua y jugos
humanamente turbios
coronan
sin laureles
la puerta vital del paraíso.

Besos de eternidad
marcando territorios,
colinas,
cavidades.
Antorcha en la balsa.
Lengua y labios
avanzan
en lúbricas saetas
hasta la vieja orilla
que redime
la irreverente ambigüedad del paraíso.

Juan Ramón Molina – Poeta hondureño

B_Honduras

Juan_Ramón_MolinaJuan Ramón Molina, nació en Comayagüela, Honduras, el 17 de abril de 1875. Es el primer poeta hondureño que salió de Centroamérica para embeberse en las corrientes culturales de otras latitudes.

Es uno de los grandes exponentes del modernismo en Centroamérica y su obra de gran calidad literaria lo consagra como el escritor hondureño más universal. En 1892, junto al poeta Froylan Turcios y Fausto Dávila en un viaje a Brasil, -en cuyo trayecto escribe “Salutación a los Poetas Brasileños”– conoce al poeta nicaragüense Rubén Darío, quien incidirá grandemente en su estilo. Visitó España, donde colaboró en el recién fundado “ABC” de Madrid, y varios países de Sudamérica, dejando huellas permanentes en su obra. Castelar alabó su canto “El Águila” y Rubén Darío su “Salutación a los Poemas Brasileños”.

Admiró a William Shakespeare y dedicó varios sonetos “El rey Lear”, “Ofelia”, “Yago”, etc. a la obra en inglés. Recibió la influencia de Rubén Darío, a quien conoció en su persona y en su obra. La influencia del nicaragüense se dejó sentir por ejemplo en “Tréboles de Navidad”, similar a la “Rosa Niña” de Darío, o en “El poema del Optimista”, posiblemente el poema que, aisladamente, más haya influido en toda la literatura contemporánea en habla castellana.
Fue Juan Ramón Molina poeta de primerísima categoría y aunque cultivó la prosa en la que logró bellas y armoniosas realizaciones, como su cuento “El Chele”, éstas no pueden darse un puesto en la literatura universal como se otorga a su obra poética que está dentro del modernismo más puro y une la calidad poética y lo depurado de la forma con una finísima sensibilidad de que es muestra su soneto “Pesca de Sirenas”.

Fue Juan Ramón Molina hombre activo, personal y políticamente, quemó su vida en el afán de vivirla intensamente. Fue colaborador de la candidatura del General Terencio Sierra de quien se consideraba amigo. Presidente de Honduras durante el período 1899-1903, Sierra, molesto por una publicación que hizo Molina en el Diario de Honduras, bajo su dirección, lo mandó a picar piedra, encadenado, en la carretera que se construía al sur del país. El artículo que tanto lo había molestado “Un hacha que afilar“, era un conocido apólogo de Benjamín Franklin, que los acólitos de Sierra consideraron alusivo, hostil y digno de ser castigado con la prisión del poeta.
«Panfletista y periodista, coronel, político, diplomático, hombre que alcanzó altos cargos públicos y que hubo de seguir la ruta del exilio donde murió». A pesar de esta vida activa no pudo rehuir el pesimismo y el hastío tan común a los poetas hondureños y que él, como su más elevado representante tuvo en grado sumo por “La fatiga que le producía el peso ABRUMADOR DE LO INFINITO”, que muestra en el sentido macabro de sus versos “Después que muera” o en el pesimismo vital de su soneto “Madre Melancolía“. Falleció en San Salvador El Salvador el 2 de noviembre de 1908.

Juan Ramón Molina, el poeta gemelo de Rubén, es casi desconocido en Sudamérica. No figura en los textos de preceptiva literaria, no se ven sus poemas menudamente publicados, ni se oye que sazonen sus acentos los menús líricos de los que dicen versos. Piadoso olvido en el que paradójicamente lo quisieron dejar, por ser singularmente pobre lo que se escribe de los poetas en los textos escolares, más triste cuando sus nombres se usan para llenar vacíos tipográficos en revistas de dudosa publicidad y a desesperar si el que recita destroza los poemas. Recordado por nosotros ya no volverá al olvido. Eso sería la condición que antes debemos establecer. Que salga Juan Ramón Molina del olvido, que vuelva a estar presente su cepa tierna, aérea, vegetal, del trópico, tal como él lo presumía y lo dijo alguna vez:

“Pero mi obscuro nombre las aguas del olvido no arrastrarán del todo; porque un desconocido poeta, a mí memoria permaneciendo fiel, recordará mis versos con noble simpatía, mi fugitivo paso por la tierra sombría mi yo, compuesto extraño de azúcar, sal y hiel. Tal fui porque fui hombre, oh soñador ignoto, pálido hermano mío, que en porvenir remoto recorrerás los márgenes que mi tristeza holló. Que el aire vespertino refresque tu cabeza, la música del agua disipe tu tristeza y yazga eternamente, bajo la tierra. Yo!”


 

Después que muera

Tal vez moriré joven… Los amigos
me vestirán de negro,
y entre dolientes y llorosos cirios
de pálidos reflejos,
colocarán con cuidadosas manos
mi ya rígido cuerpo,
poniendo mi cabeza en la almohada,
mis manos sobre el pecho.

Pesca de sirenas

Péscame una sirena, pescador sin fortuna
que yaces pensativo del mar junto a la orilla
propicio es el momento porque la vieja luna
como un mágico espejo entre las olas brilla.

Han de venir hasta esta rivera una tras una
mostrando a flor de agua su seno sin mancilla
 y cantarán en coro, no lejos de la duna
su canto que a los pobres marinos maravilla.

Penetra al mar entonces y escoge la más bella
con tu red envolviéndola, no escuches su querella
que es como el canto aleve de la mujer. El sol,

la mirará mañana entre mis brazos loca
morir bajo el martirio divino de mi boca
moviendo entre mis piernas su cola tornasol.

Sursum

No nos separaremos un momento
porque –cuando se extingan nuestras vidas–
nuestras dos almas cruzarán unidas
el éter, en continuo ascendimiento.

Ajenas al humano sufrimiento,
de las innobles carnes desprendidas,
serán en una llama confundidas
en la región azul del firmamento.

Sin dejar huellas ni invisibles rastros,
más allá de la gloria de los astros,
entre auroras de eternos arreboles,

a obedecer iremos la divina
ley fatal y suprema que domina
los espacios, las almas y los soles.

Anhelo nocturno

a lluvia su monótona charla dice afuera.
La puerta de mi cuarto por fin está cerrada.
Quizás en esta noche no grite mi quimera
y goce del olvido profundo de la almohada.

¡Hace ya tanto tiempo que en reposar me empeño,
como si me turbara la fiebre del delito,
que mis ojos enclavo —de los que huyera el sueño—
en la siniestra esfinge del lúgubre infinito!

Mas hoy todos los seres me han parecido buenos,
el cielo azul brindome su calma vespertina,
y —libre de pecados y libre de venenos—
purifiqué mi cuerpo en agua cristalina.

Quiero la paz aquella de la primer mañana
cuando, en el seno de Eva, tranquilo e inocente,
Adán durmió, al arrullo de amor de la fontana,
ajeno a las promesas de la sutil serpiente.

Un nirvana sin término, letárgico y profundo,
en el que olvide todas mis dichas y mis males,
la secreta congoja de haber venido al mundo
a resolver enigmas y problemas fatales.

Ser del todo insensible como la dura piedra,
y no tallado en una doliente carne viva
de nervios y de músculos. O ser como la hiedra
que extiende sus tentáculos de manera instintiva.

No como el pobre bruto del llano y de la cumbre
sujeto a la ley ciega de inexorable sino,
que en sus miradas tiene la enorme pesadumbre
de todo aquel que encuentra muy bajo su destino.

Así gozar quisiera de imperturbable sueño
cuando la noche baja de los cielos lejanos.
Estrellas: derramadme vuestro letal beleño.
Arcángeles: mecedme con vuestras leves manos.

Para que mi mañana florezca como rosa
de mayo, exuberante de vida y de fragancia,
y la tierra contemple, jocunda y luminosa,
con los tranquilos ojos con que la vi en la infancia.

Fue mi niñez como un jardín risueño…

Fue mi niñez como un jardín risueño,
donde a los goces de mi edad esquivo,
presa ya de la fiebre del ensueño
vague dolientemente pensativo.

Sentí en el alma un natural deseo
de cantar a la orilla del camino
halle una lira no cual la de Orfeo
y obedezco el mandato del destino.

Al mirarme al espejo, ¡cuán cambiado
estoy! no me conozco ni yo mismo
tengo los ojos de mirar cansado
algo del miedo del que ve un abismo

La araña

Ved con qué natural sabiduría
las finas hebras a las hojas ata,
y una red teje de fulgor de plata
que la infeliz Aracné envidiaría.

Más si el viento soplante con porfía
la prodigiosa tela desbarata,
vuelve otra vez a su labor ingrata,
y una malla más tenue alumbra el día.

Hombre, que tus empresas no coronas
porque al primer fracaso o desperfecto
a un estéril desmayo te abandonas;

ten de tu vida y tu vigor conciencia,
y aprende al ver el triunfo de ese insecto
una lección sublime de paciencia.

Esquivando miradas…

Esquivando miradas indiscretas,
por oscuros y negros callejones,
al fin logré llegar a tus balcones
cargados de oloríferas macetas.

¡Cuántas pláticas dulces y secretas
llenas de juramentos e ilusiones,
tuvimos en aquellas ocasiones
al voluptuoso olor de las violetas!

¿En dónde estás, oh casta Margarita,
que en mi azarosa juventud lejana
me concediste la primera cita?

Te evaporaste como sombra vana,
y hoy, hecha polvo tu feliz casita,
se ignora dónde estuvo tu ventana.

Ojos negros

Ojos terribles y puros
que me lanzáis el reproche,
ojos que sois cual la noche,
que sois cual la noche obscuros,
ojos que miráis seguros
luz derramando en derroche;
plegando los parpados, broche
de esos radiantes luceros,
no me miréis tan severos,
ojos que sois cual la noche.

Ojos que de extraña suerte
me hacéis vivir o morir;
ojos que me dais vivir
para causarme la muerte,
en vano pretendo fuerte,
vuestro yugo sacudir;
!ya no puedo resistir
esta esclavitud amada!
!matadme de una mirada
ojos que me hacéis vivir!

Ojos que lanzáis centellas
para ofuscarse ellos mismos;
ojos que sois dos abismos
donde brillan dos estrellas;
ojos de pupilas bellas
y de extraños magnetismos,
!por obscuros fatalismos
que no acierto a explicar,
os vuelvo siempre a mirar,
ojos que sois dos abismos!

Si por volveros a ver
me causáis penas mortales,
ojos que sois dos puñales,
victima vuestra he de ser,
!no me importa padecer
sufrimientos eternales
si las causas principales
de mis penas merecidas
serán vuestras mil heridas,
ojos que sois dos puñales!

Manuel Ortíz Guerrero – Poeta paraguayo

B_Panamá

Ortiz Guerrero

Manuel Ortíz Guerrero

Nació en el barrio Ybaroty de la ciudad de Villarrica, el 16 de julio de 1897. Hijo de Vicente Ortiz y Susana Guerrero, quien falleció al darle a luz. Su padre ejerció el cargo de juez en varias localidades del interior de su país. Fue criado por su abuela paterna, Florencia Ortiz. Cursó estudios primarios y secundarios en Villarrica y luego se trasladó a Asunción en 1914 para estudiar en el Colegio Nacional de la Capital. En el Colegio Nacional de Villarrica se destacó como recitador y, por entonces, pergeñó sus primeros versos. Sus compañeros comenzaron a llamarle con el apodo que sería conocido: «Manú».
Poco antes, en 1912, intervino en una lucha armada, acompañando a su padre. Derrotado el bando donde militara el poeta, tuvo que marchar al exilio en Brasil, donde contrajo el beri-beri y se engendró el mal que acabaría tempranamente con su vida.
Publicó sus primeros poemas en la Revista del Centro Estudiantil, luego de lo cual, periódicos capitalinos le abrieron sus puertas. Una de sus obras más consagradas, el poema Loca apareció en la revista Letras. Por esa época vivía con el también poeta Guillermo Molinas Rolón. Su más importante biógrafo y compañero, el dramaturgo Arturo Alsina, escribió acerca de aquella época: «…En la casucha que les sirve de albergue no se come todos los días y en las noches de invierno han de dormir por turno para poder utilizar la única frazada con que cuentan».
Reunía en sí los rasgos típicos del poeta de su tiempo: bohemia impenitente, alto contenido de romanticismo en sus actos, gestos y escritos, amistad prodigada sin dobleces, nobleza espiritual y alto altruismo, dignidad a toda prueba.
Fue recitador y orador de voz ardiente y melodiosa. Se le debe la creación del género musical conocido como guarania, junto con José Asunción Flores. Fundó en Asunción la revista Órbita. Publicó las siguientes obras: Eireté (comedia en un acto, Villarrica, 1921), Surgente (poemas, Asunción, 1922), El Crimen de Quintanilla (tragedia en 3 actos, Asunción, 1922), La Conquista (drama en cuatro actos, Asunción, 1930).
Muchas de sus poesías llevan música del maestro José Asunción Flores y varias, del músico guaireño Ampelio Villalba. Al decir del poeta Vicente Lamas, «su mejor poema fue su vida».
Casado con su inseparable compañera Dalmacia, falleció en Asunción, el 8 de mayo de 1933. Sus restos fueron trasladados desde su ciudad natal a una céntrica plaza asunceña que lleva el nombre de Manuel Ortiz Guerrero y José Asunción Flores.
Escribió indistintamente en español y en guaraní, si bien en esta última lengua logró resultados admirables, sobre todo en los poemas que sirven de texto a las guaranias más importantes de José Asunción Flores: Panambí verá, Nde rendape aju,Kerasy y Paraguaype.
Su producción literaria –valorada unánimemente como la más popular en la historia de las letras paraguayas–, data de la década de 1920 en la cual publicó poemarios como Surgente, Pepitas y Nubes del este y obras teatrales como Eireté, La conquista y El crimen de Tintalila. Póstumamente aparecieron sus Obras completas – sin incluir trabajos inéditos- en 1952, y Arenillas de mi tierra, en 1969. También escribió, además de las ya citadas letras en guaraní para las guaranias de su compañero y amigo José Asunción Flores, otras, en español, tales como India y Buenos Aires, salud.


Dulce Veneno
De tanto besarte

me duele la boca,
qué crueldad más loca
tiene tu besar … !
Tus labios son brujos,
son hiel y dulzura
son miel y amargura,
tu boca es fatal

No quiero besarte
porque me enloqueces,
por Dios, no me beses
que me causa mal;
yo no sé qué tiene
tu boca de fuego,
por favor te ruego:
no me beses más.

Pero sin embargo
te ambiciono tanto,
que, ansío el encanto
de tu boca en flor.
Y quiero la gloria
del dulce veneno
que es malo y bueno
veneno de amor.

De tanto besarte
vivo pensativo,
no sé qué motivo,
me hace entristecer.
Nunca me hagas caso
sé más bien ingrata,
tu beso me mata
pero … bésame.

Loca

¡Paso! ¡Dadle paso!
Es reina y es pobre. No quiere ni el raso
que bese sus formas; es loca la reina.
Dad paso a la reina de honda pupila color de esmeralda,
la loca desnuda que, regia, despeina,
por único manto,
su astral cabellera, como un sueño de oro cubriendo la espalda.
¡Dad paso! que corre la reina, la loca,
llevando un gran beso y un tibio pedazo de canto
en la boca.
En noches de estío se empapa de luna, perfume y penumbra
y corre devota al templo del Arte a hacer su plegaria;
allí no le alumbra
ni lámpara débil, ni pálido cirio de luz funeraria,
sino la belleza, la sacra belleza de la luminaria.
Amigos: en caso que alguna
mujer de rodillas, desnuda en la sombra rezando encontréis,
pasad, no le habléis;
es ella la loca, devota del Arte que reza a la Luna.
Crudeza de invierno no seca y consume
la rosa del canto que lleva en la boca…
Sus llagas lumíneas que sangran perfume,
las besa y bendice mil veces la loca.
Le da primavera sus salvas de olores,
las ondas del río su perpetuo y suave rumor de oraciones;
la noche morena le da su silencio, sus sidéreas flores…
Y aún tiene hambre de más sensaciones.
En noches augustas de inútil martirio,
la loca pretende, con sed de grandeza,
tomar una estrella volviéndola lirio.
-Oh loca divina, que canta y que llora, que ríe y que reza;
atrévete siempre, es ese un gran culto que pocos profesan.
¡Loca!: soporta, la tortura sacra y luminosa
de todas tus ansias y tus padeceres
y sigue cantando canción olorosa;
tú eres la bendita loca mujer entre todas las mujeres.
Amigos: en caso que alguna
mujer de rodillas, desnuda, en la sombra rezando encontréis,
pasad, no le habléis;
es ella la loca, devota del Arte que reza a la Luna;
¡es ella mi Alma! reina que está loca,
alma luminosa, de bohemio y de artista, que va entre vosotros
llevando un gran beso y un tibio pedazo de canto en la boca.

Jamás

Princesa de ojos negros con un fulgor de acero
que en mi cielo custodias una estrella de fe:
me aguardarás tres meses, un año, un siglo entero,
¡eternamente! En vano, que ya no volveré.
¿Recuerdas la partida del pálido viajero,
con el morral de ensueños, que para siempre fue?
Moría el blanco cirio del último lucero
de aquella azul mañana que nunca olvidaré.
Era el último instante de aquellos dulces días,
de nuestros caros sueños … Albina: no sabías
que sin volver a vernos, “por siempre” cerrarás
aquellos ojos negros con un fulgor de acero,
que has clavado en el alma del pálido viajero
que partió una mañana para no volver más.

Canción de ensueño

El verso puro de fragancia suave
Con un desmayo sensual me gusta;
Mezclo en mi canto la canción del ave
Con la del bosque de cadencia augusta.
De noche en mi jardín, hace retreta
Parlero surtidor, perlas en fiesta,
Y el nardo y el jazmín y la violeta
Preludian, muda, una olorosa orquesta.
En mi ventana abierta junto al cielo
Y llena de un azul de lontananza,
Vienen querubes a cantar, en vuelo,
Una inmortal canción a la esperanza.
Algún fracaso de mi buena suerte
Bendigo por el bien; nunca me asusta;
Que el beso frío de la misma muerte
Halle en mis labios la canción robusta.
Seda de ensueño que bordé, de viaje
Por el imperio azul de la quimera,
Son mis estrofas; se dijera: encaje
De tibios besos en mi primavera.
La flor sangrante del, martirio llevo
Puesta en mi ojal sobre mi pecho izquierdo,
Y así, soñando con un canto nuevo,
Entre la espesa multitud me pierdo.
Canta la abeja en el vergel florido
Empapada de miel y polen tibio;
Yo que soy del dolor fatal ungido
Hallo en la estrofa mi mayor alivio.
Bajo mis sauces de canción doliente
Vive una virgen beatitud pagana;
El mundo necio, la creerá serpiente,
Una serpiente de cabeza humana.
Ebria gaviota sobre el mar en vuelo
Sobre París y sobre Grecia avanza
Audaz v lírica, esa es mi anhelo:
Loca gaviota que a la mar se lanza!
La frente al sol y con la herida al viento
Paso cantando indiferente al premio,
Vive en mis labios, con mi propio aliento
La rubia estrofa de un marqués bohemio.
No matarán las nieves tantas flores
¿Que ha alimentado la locura mía?
Y mis vigilias, como mis dolores,
¿Daranme tiempo y sueños todavía?
Mi juventud parece que ya mengua
Y aún duerme intacta la secreta lira,
La palabra inmortal calla la lengua
Y atrás la noche contra mí conspira.
Lento maduran del ideal los frutos
¡Hombro mío: tu cruz carga y soporta!
Que en el dolor son vastos los minutos
Y para el bien, la vida siempre es corta.
Ignoro el metro y la cadencia loca
Para la estrofa melodiosa y trunca
Que hay en mi boca y morirá en mi boca
Porque su ritmo no he de hallar ya nunca.
Porque no tenga mi canción acento
No espere el mundo que me desespere,
A impulsos de alas viajaré en el viento
Y he de ser cisne que cantando muere …

Clara Lair – Poeta portorriqueña

B_Puerto Rico

Clara_LairMaria de las Mercedes Negrón Muñoz también conocida como “Clara Lair” Nació en Cidra, Puerto Rico, el 8 de marzo de 1890, fue una poeta puertorriqueña cuya obra se caracteriza por retratar los avatares de la vida en su país.

Nació en el seno de una de las más influyentes familias puertorriqueñas, la que incluía escritores, poetas y políticos. La ciudad de Barranquitas, donde se crio, está situada en la región montañosa central de la isla. Su padre era el poeta Quintin Negron, y sus tíos el poeta Jose A. Negron y el poeta y político Luis Muñoz Rivera. Era además prima del primer gobernador electo de Puerto Rico, Luis Muñoz Marín. Negrón Muñoz recibió su educación primaria y secundaria en su ciudad natal y luego estudió Literatura en la Universidad de Puerto Rico.

Por el amor que tenía su familia a la literatura, desarrolló un especial cariño por la poesía, ya que era una forma que le permitía expresarse libremente. En 1937, publicó uno de sus más renombrados poemas, “Arras de Cristal” bajo el pseudónimo de “Clara Lair”. Pronto ganaría reconocimiento como una importante poeta de Latinoamérica.

En 1950, publicó su segundo libro de poemas, titulado “Trópico Amargo”, En este libro incluyó algunos de sus poemas publicados previamente, además de nuevas series de poemas a los que llamó “Más Allá del Poniente”. Ambos libros recibieron premios literarios y reconocimiento público por el Instituto de Literatura de Puerto Rico.

En 1961, el Instituto de Cultura de Puerto Rico publicó un libro que incluyó una selección de sus poemas y además, en su revista, una selección de fragmentos de sus poemas “Memoria de una isleña” y “Últimos”. El poeta puertorriqueño Luis Llorens Torres llamó a Mercedes “La Alfonsina Storni de Puerto Rico

Un documental sobre su vida titulado “Una pasión llamada Clara Lair” fue producido y dirigido por Ivonne Belén en 1996. Se homenajeó su memoria estableciendo su nombre en una escuela de Hormigueros, y existe una organización sin fines de lucro llamada Hogar Clara Lair, que se dedica a proteger a las mujeres en estado de indefensión.

Falleció en San Juan, Puerto Rico, el 26 de agosto de 1973


Angustia

A veces soy tan lejos, lejos de todo esto.
A nada me acomodo, en nada me recuesto:
Las palmas, los coquíes son sonido, paisaje…
Yo siempre estoy ausente, yo siempre estoy de viaje.
En vano es que mi alma se incendie con afanes
y se prenda a los ojos potentes flamboyanes,
ni que por los caminos se me fugue el anhelo…
para topar de pronto la montaña y el cielo.
…Y el andrajo de pajas del pobre caserío,
y el andrajo de gente y el escuálido río,
y los pueblos cuadrados con la iglesia en el centro
y el cementerio junto: Estanques muertos dentro
del perenne bullir y saltar de las olas,
perenne ante mi alma impaciente y a solas.
Por doquiera que voy, por doquiera que vaya,
en el vaho soporoso de mestizo y quincalla…
La misma semimuerta vida del pueblo atado
por el mar implacable, de costado a costado…
…(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno,
que no mira a mis ojos y que mira a mi seno,
que masculla entre dientes una frase lasciva
cuando paso a su lado desdeñosa y altiva…)

¡Y a veces soy tan de ellos y ellos tan míos!
¡Las palmas, los coquíes, el monte, los bohíos…!
¡El escuálido río, que es como mis hazañas,
cintajo de rumores encerrado en montañas!
¡Y mi amor en tinieblas sollozando escondido,
como un triste y oculto coquí despavorido!
¡Y el mar, perenne mar, que me exalta y me abate,
que es como el corazón, en un late que late
perdido en el vacío, y oído, tan oído,
que ya no sé qué lleva ni sé lo que ha traído…!
…(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno…
¡Ah qué sienes viriles exaltará mi seno,
que no torne cenizas la llamarada esquiva
que encendiera mi cuerpo su mirada lasciva…!

De la uva exhausta de mis cinco sentidos exprimo…

De la uva exhausta de mis cinco sentidos exprimo
en tu honor, pardo Adonis, esta gota de vino…
¡Vino de tedio tinto!
¡Hincha a solas el río seco de mi instinto!
¡Hincha y suelta mi río hacia el bosque perdido
de lo desconocido!
El día, pardo Adonis, donde mi tedio estanco,
es todo blanco…
¡Tedio de la blancura, del color sin color…!
¡Por tu cuerpo y la noche, de mis ojos lo arranco!
¡Mis ojos quieren sombra!
¡Mis ojos quieren triste resplandor!
Mi pena quiere alfombra
y cortinaje negro…
Mi pena quiere frente a sí el allegro
de máscara de tu reír sin fondo…
¡Tu risa, flor de hiel!

Rica y potente savia

Rica y potente savia te dio la exuberancia
que te adornó de flores y aromas tempraneras…
Honda raíz de instinto infiltró en tu fragancia
el veneno de ansias y anhelos sin esperas…

Y así me diste a medias y a medias me entregaste.
Que oculta y silenciosa, luz perdida en tu noche,
no se rindió a hombre alguno ni siguió tu desgaste
la esfinge que en tu fondo te miraba en reproche…

Cuerpo insolente y frágil, surgiste del arcano,
lejos e inaccesible para el Único y Uno,
que encontró tardíamente tus caídos despojos…

Caprichoso y rebelde, inquieto e importuno,
ni siquiera lograste florecer a sus ojos,
ni siquiera supiste deshojarte en su mano…

Frivolidad

Y así dije al amado “Marcharemos unidos.
Será tu nombre el eco de todos los sonidos.

Me trazará el camino la huella de tus pasos.
Me abrirá el horizonte la curva de tus brazos.

Le gritaré a la vida: ¡rompe, destroza, daña!
Yo tengo mi refugio: ¡su pecho es la montaña!

Le gritaré a la vida: ¡hunde, flota al azar!
Yo tengo mi oleaje: ¡sus ojos son el mar!

Y lo seguí al afán y a la ilusión del puerto.
Y lo seguí al vacío y al tedio del desierto.

Lo seguí sola y siempre, horas malas y buenas,
en la luz, en las sombras, en flores, en cadenas…

Y lo creí tan fuerte que le fui mansa y suave…
¡Él, el roble potente y yo, la pobre ave!

Y lo creí tan bravo que le fui fiel, sencilla…
¡Él, el mar tumultuoso y yo la quieta orilla!

¡Ay, uní lo infundible, y estreché lo disperso,
y quise hacer del cieno un lago limpio y terso…!

Mis ojos hechos llanto, mis labios hechos trizas…
¡Y su voz implacable pidiendo más sonrisas!

Mi cuerpo en el cilicio sangrando su querella…
Y su voz implacable diciendo: ¡sé más bella!

Mi alma en el infierno aullando su condena…
y su voz implacable diciendo: ¡sé más buena!

¡Carne fácil y blanda a todos los arrimos!
¡Carne blanda y traidora con uñas en los mimos!

Para todas los mismos rápidos arrebatos
Lúbrico cual los perros…falso como los gatos…

Y ahora digo al amante: óyeme, pasajero,
no me preguntes nunca hasta cuándo te quiero.

Si una noche de luna o una copa de vino
nos reúne en la misma revuelta del camino…

No me digas de sueños ni de sombras macabras
háblame solamente palabras, y palabras…

Júrame por la arena que acoge todo paso,
y lo graba o lo borra al azar, al acaso…

Júrame por la espuma que chispea y que brilla,
y que dura un instante de una orilla a otra orilla…

¡Ah, gato sin escrúpulos que a otras faldas se enreda
cuando ya todo es dado, cuando ya nada queda!

No me brindes los mimos de tus uñas, que ahora
sólo quiere collares de esta gata de Angora…!

Tú frívolo, yo frívola…Soy tu igual, camarada.
¡No has de quitarme todo para dejarme nada!

Lullaby Mayor

Duerme mi niño grande, duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte.

Alas le dé a tu sueño el éter de quimeras
que ha dejado en tu rostro tan dolientes ojeras.
Clama le dé a tu sueño el mar de los sentidos
que ha dejado tus brazos tan largos y tendidos.

Duerme, mi niño grande; duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte…

(¡Allá afuera es la luna y el marullo del mar
en la fragua del trópico brillando por quemar!
¡Allá afuera es la esencia-veneno del jardín,
y los pérfidos astros
avivando, encendiendo azabache, alabastros
en carne negra y blanca: la caldera sin fin
del trópico
trasmutando los cuerpos al corto cielo erótico!)

Duerme mi niño grande; duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte.

(¡Allá afuera es el negro camino de miasmas
y mi sombra acechando tu sombra entre fantasmas!
¡Duerme callado y ágil, vigílame la puerta!
¡Que se va si despierta!)

Me quedaré a tu lado quieta, casta e inerme,
mientras tu alma sueña, mientras tu cuerpo duerme.

Quizá ningún empeño
de mi cuerpo y alma
te dé lo que ese sueño…

Quizá la vida fuerte
es nada ante la calma
que te dará la muerte…

(¡Marullo del mar, cállate; sepúltate coquí!
¡Qué así, dormido o muerto, quién lo aleja de mí!)

Duerme mi niño fuerte; duerme mi niño grande:
el sueño de la vida con la muerte se expande…

(¡Por qué no amará a otra, que ni a mí misma amará!
¡Qué la tierra por siempre sus brazos se desquiciará!

¡Ay si no despertara!)