Pueblo Henia – Camiare (Comechingones)

Los Henia – Camiare fueron una cultura que vivió en las actuales sierras situadas entre las provincias de Córdoba y San Luis, en la Argentina. Tuvieron una interesante mitología, un gran desarrollo del telar y sobre todo de la pintura rupestre. Sus viviendas los hicieron célebres, ya que sus eternos enemigos – los Sanavirones – los bautizaron como “k’mchingones”, que significa ‘vizcacha’ o ‘habitante de cuevas’, en referencia justamente a sus particulares viviendas.

Casas

Reproducción de una vivienda Henia – Camiare

Habitaron en las Sierras de San Luis y Córdoba (Argentina).
Los yacimientos del Embalse Río Tercero y Dique Los Molinos, indican que hacia el año 1.000 d. C. esta cultura -con los últimos núcleos de horticultores andinos- ya se había establecido.
Los dos grupos tenían distintos dialectos: los Henia al norte, y los Camiare al sur, compuestos por varias parcialidades, a continuación figuran las principales y su ubicación a inicios del siglo XVI:

Henia

Alueta:
Faldeos orientales de Sierra Chica, sur del Valle de Punilla y Valle de Paravachasca.
Caminigas:
Valle de Tulumba.
Chine:
Entre las actuales Dean Funes y Cruz del Eje, hasta las Salinas Grandes.
Gualas:
También conocidos como Guachas. Valle de Totoral.
Macaclita:
Valle de Calamuchita, y faldeos orientales de la Sierra de los Comechingones
Mogas:
Entre las Sierras de Amargasta y las Salinas Grandes.
Naure:
Valle de Translasierra
Sitón:
Valle de Punilla y faldeos orientales de Sierra Chica.

Camiare

Michilingüe:
Se extendían hasta la Sierra de las Quijadas por el oeste, y la Sierra de Varela al sur.
Nogolma:
Valle de Conlara
Saleta:
Al oeste de la Sierra de los Comechingones.

mapa mechi

Parcialidades a inicios del siglo XVI, en rojo los Camiare, en azul los Henia.

En términos generales las sierras centrales conservaron el patrimonio cultural del área andina meridional, pero empobrecida en sus elementos básicos revelados particularmente en las tecnologías. La metalurgia fue practicamente inexistente. En la alfarería no conocieron la policromía, elaboraban piezas sencillas con decoración de guardas geométricas incisas y estatuillas antropomorfas, que quizás representen un elemento antiguo de las culturas del noroeste.
En la “Relación en suma y de la tierra y poblaciones que Don Jerónimo Luís de Cabrera Governador de estas provincias de los juries, a descubierto donde poblar en nombre de su magestad una ciudad” que en 1573 el “adelantado” elevara a la corona española, describe la cultura:

“Las poblaciones tienen muy cercanas unas de otras que por la mayor parte a legua y a media legua y a quarto y a tiro de arcabuz y a vista unas de otras están todas.
Son los pueblos chicos que el mayor no terna hasta quarenta casas y a muchos de a treinta y a veinte y a quince y a diez y a menos porque cada pueblo de estos no es más de una parcialidad o parentela.
Y así está cada uno por sí, tienen los pueblos puestos en redondo y cercados con cardones y otras arboledas espinosas que sirven de fuerza y esto por las guerras que entre ellos tienen. Biven en cada casa a quatro y a cinco yndios casados y algunos a mas.
Son las casas por la mayor parte grandes que en una dellas se halló caber diez hombres con sus caballos armados que se metieron allí para una emboscada que se hizo. Son bajas las casas que la mitad de la altura que tienen está debajo de tierra y entran a ellas como a sotanos y esto hacenlo para el abrigo por el tiempo frío y por falta de madera que en algunos lugares por allí tienen.
Gente toda de la más vestida dellos con lana y dellos con queros labrados con pulicia a manera de los guadamecis de España. Traen todos los más en las tocas de las cabezas y tocados que de lana hacen por gala muchas varillas largas de metales y al cabo dellas como cucharas, todos los más con un cuchillo colgado con un fiador de la mano derecha que se proveen lo más dello y otras cosas que de hierro tienen de rescates.
Las camisetas que traen vestidas son hechas de lana y tejidas primeramente con chaquira a manera de malla menuda de muchas labores en las aberturas y ruedo y bocamancas.
Crían mucho ganado de la tierra y danse por ello por las lanas de que se aprovechan.
Son grandes labradores que en ningún cabo hay agua o tierra bañada que no la siembren por gozar de las sementeras de todos tiempos. Es gente que no se embriaga ni se dan por esto del beber como otras naciones de yndios ni se les hallaron vasijas que para esto suelen tener.
Es tierra que se hallaron en ella siete ríos caudales y más de setenta o ochenta arroyos y manantiales todos de muy lindas aguas. Hay grandes pastos y muy buenos asientos para poderse criar ganados en gran número de todos los que en España se crían y hacer molinos y otras haciendas con que puedan vivir prósperos los que allí vivieren. Tienen arte y parecer de tierra muy sana porque los temples son muy buenos y sus tiempos de invierno y verano como en España.”

Aspecto físico y vestido:

Eran de estatura elevada, se deformaban el cráneo de modo tabular erecto. Los primeros cronistas relatan que eran “barbudos como nosotros”.
Usaban como vestimenta el uncu o “camiseta incaica”. En las mangas y ruedo tenían decoraciones con valvas de caracol terrestre, común en las sierras. En la cabeza llevaban elaborados tocados de plumas y cobre que les caían más abajo de la cintura.
Eran “…dados a cantar y bailes y después de haber caminado todo el día bailaban y cantaban en coro la mayor parte de la noche”.

Vivienda
Las viviendas eran las casas-pozo, paredes enterradas en el suelo y una techumbre relativamente baja. Eran grandes -según crónicas españolas, un grupo de 10 jinetes con sus caballos, pudieron ocultarse en una-, habitadas por cuatro o cinco familias. Las aldeas cercadas con defensas de espino, agrupaban entre diez y cuarenta.

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Economía
Su economía se basaba en la agricultura, bien desarrollada, con cultivo de maíz, quinoa, porotos, zapallos, a la vez que a la cría de llamas domésticas; conjuntamente se dedicaban a la caza (guanacos, ciervos, liebres, etc.,) y a la recolección de frutos silvestres (abundaba la algarroba y el chañar, con lo que hacían bebidas fermentadas).
Utilizaban la irrigación en extensos campos de cultivo que impresionaron a los conquistadores, guardaban los excedentes en silos.

Artes
De su industria, se han encontrado instrumentos de piedra y hueso: hachas, flechas, boleadoras, pipas, etc.
Usaban el telar andino y pesas de rueca para hilar. La cerámica era simple, con pocas formas; la pintura es excepcional, con sencillas guardas geométricas incisas. En los yacimientos se han encontrado estatuillas antropomorfas, generalmente femeninas.
Se han distinguido en el arte rupestre, presente en todas las sierras.

Sociedad
La filiación era patrilienal, la comunidad familiar extensa era la base de la organización social. La autoridad de cada una de ellas estaba subordinada a un cacicazgo hereditario.
Las parcialidades tenían territorios propios -con aguadas y jagüeles- delimitados, la violación de los mismos provocaba frecuentes fricciones entre los grupos.

Guerra
Como armas usaban especialmente el arco y la flecha, con puntas de piedra y hueso; lanzas cortas, mazas y boleadoras. Usaban flechas incendiarias.
Acostumbraban ir al combate con el rostro pintado “una mitad negra y otra roja”. Atacaban de noche -para que la Luna los protegiera-, en escuadrones cerrados, organizándose según fueran flecheros o portadores de fuego.

Desarticulación cultural – El fin de la era

A la llegada del español, los sanavirones habían logrado lo que a los incas les había resultado imposible: expandirse en sus territorios.

La conquista de la “provincia de los comechingones” hizo pie en 1573, cuando un grupo de españoles dirigido por Jerónimo Luis de Cabrera, gobernador de Tucumán, fundara la ciudad de Córdoba de la Nueva Andalucía, buscando reemplazar a Santiago del Estero como el núcleo urbano más importante de su gobernación. Los españoles llevaban veinte años de reconocimiento de la región, lo que les permitió conocer sus parcialidades, dominios y propiedad de las tierras. Los límites precisos de cada una de ellas les facilitaba los “reclamos” de encomienda.

Para apropiarse de las tierras -luego de obtener la encomienda, aprovechando el amojonamiento y organización propia de los pueblos originarios-, con el pretexto de evangelizarlos, se los “reducía” en misiones religiosas, las tierras quedaban desiertas y entonces podían ser pedidas en merced (La corona lo aprobaba cuando no estuviera poblada por nativos).

Tan pronto como fundaron Córdoba, empezaron a emigrar las tribus vecinas. En la primera etapa, comechingones y sanavirones ofrecieron dura resistencia, haciendo honor a su tradición bélica.

En 1575, en un acto de rebelión, resulta muerto el alcalde Blas Rosales; el gobernador -Suarez de Figueroa- decide arremeter contra los comechingones en el cerro Charalqueta (Ongamira), donde se habían fortificado. Era un lugar de difícil acceso y los nativos pudieron burlarse del asedio por unos días, mientras los atacaban con flechas y bolas; pero los españoles realizaron un rodeo con sus caballos y al llegar los exterminaron. Según la leyenda muchas mujeres que acompañaban a sus hombres se arrojaron desde la cima cargando en sus brazos a sus hijos, prefiriendo la muerte a la esclavitud.

Luego, algunos intentaron acuerdos, pelearon judicialmente, e incluso adoptaron costumbres. Los sanavirones conocedores de quechua oficiaron de intérpretes, los michilingüe (parcialidad de los camiare) se sometieron dócilmente: Arosena hija del cacique Koslay, bautizada como Juana, se casó con un oficial español, a quien se le otorgó la merced de las tierras del río Quinto hasta el límite con Córdoba.

En todos los casos son vencidos e incorporados al sistema colonial. En menos de cien años del ingreso español a la región, los comechingones resultarán diezmados.

Creencias:

Las deidades principales eran el Sol y la Luna, creadores de todo lo conocido, generadores de luz, alimento y protección.

Habían adoptado algunas deidades presentes en las culturas del noroeste, como el yastay, el chiqui y el uturuncu.

Hacían la guerra de noche “para que la Luna estuviera con ellos”.

Conocían el “cuarto de sudar”, pequeñas casas semisubterráneas donde tomaban baños de vapor, para purificarse.

Algunos cerros, manantiales y grutas, eran santuarios donde se congregaban a efectuar sus ritos ceremoniales. Había un cerro en Ongamira, llamado Charalqueta, reverenciando al dios de la alegría y felicidad; al que luego del legendario suicidio masivo de los nativos ante su inminente captura por el conquistador, pasaron a llamar Colchiqui, dios de la tristeza y fatalidad.

Ceremonias

Practicaban la magia y las danzas rituales, como se advierte en las pinturas rupestres de Cerro Colorado, donde el hechicero hacía uso del fruto de cebil como alucinógeno. El cebil pulverizado era aspirado.

Al llegar la primera menstruación en las muchachas, morir una criatura, o para la buena fortuna en el combate, tenían elaborados rituales.

Hay referencias de una ceremonia en la zona de Quilino (noroeste de Córdoba) “…tenían hecho un cerco de ramas y dentro de él por un callejón que tenían hecho de ramas de guacayán, con huronoes y unos papagayos y figuras de lagartos… había una vieja desnuda con pellejos de tiguere… que bailaba y a cuyo alrededor hacían lo mismos los participantes, cantando en invocando al demonio”.

Los muertos eran enterrados en posición fetal, generalmente bajo el suelo de las viviendas, aunque hubo cementerios como lo demuestran los hallazgos de Rumipal y Unquillo.

En 1965, seis arqueólogos aficionados, encontraron un esqueleto comechingón en la zona de Laguna Honda, a 20 km de Villa María, Córdoba.

De una antigüedad de 360 años, estaba atado con lianas y tenía un ajuar compuesto por vasijas de barro, collares, hachas, boleadoras y puntas de flechas.

esqueleto

La fotografía es de la época del descubrimiento, hoy se encuentra en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata.


Uritorco y Calabalumba (Leyenda)

Uritorco era un indio joven, alto y barbado. Cuando conoció a Calabalumba, le pareció tan hermosa como la flor de suico. La vio vestida con su falda de lana y su camisa adornada con laminillas de caracol, y peinada con el cabello recogido en una trenza negrísima con colgantes de metal. La siguió, pero ella se escabulló entre la gente; sólo dejó en el aire el sonido de las medallas de cobre y plata que colgaban de sus pulseras, y su perfume suave. Uritorco se había enamorado y la buscó hasta encontrarla otra vez. Calabalumba también lo amaba. Pero era hija de un hechicero y el padre jamás aprobaría su relación con Uritorco. Ella lo sabía y también sabía que no iba a poder renunciar a su amor.

Una noche, se citaron junto al cerco de espinillos que separaba los maizales de los corrales de llamas y alpacas. Allí decidieron huir juntos. No fue fácil: el hechicero se convirtió en una figura demoníaca que los perseguía siempre, en cualquier lugar donde se ocultaran. Se refugiaron en los matorrales, entre los árboles, en cuevas escondidas, pero todo fue inútil: el negro demonio de la muerte los acosaba.

Un día, se encontraron frente a frente con un jaguar con ojos de hombre: el Uturunco, quien mostraba sus dientes afilados y rugía, amenazante. Entonces, los jóvenes se transformaron: él, en el magnífico cerro Uritorco y ella, en el río Calabalumba, ese torrente de lágrimas que, como un manantial, surge del pecho de piedra de la montaña. Dicen que, por el conjuro de ese amor, todo aquel que se acerca al Uritorco queda extasiado al contemplar sus tonalidades cambiantes, y mareado por una atracción extraña y una sensación de bienestar. Dicen que es muy difícil dejar de admirar su magnética presencia.


Piedra Blanca. “Altar de los comechingones”

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En Merlo, San Luis, al pie de la Sierra de los Comechingones, se encuentra este sitio arqueológico mítico-religioso.

Se trata de un conjunto de piedras dispuestas de norte a sudoeste; con un cuadrado que marca la entrada al sitio, seguido de piedras escalonadas sobre el talud -apuntaladas por otras menores-, el altar de forma cúbica, pulido en la parte superior y horadado en uno de sus costados, y una piedra de gran tamaño en la cima del talud.
El lugar -punto de encuentro de los hombres entre sí y con lo divino-, era utilizado para desarrollar los ritos ceremoniales.


Pinturas Rupestres

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En la actual localidad de Cerro Colorado situada a 160 km al norte de la ciudad de Córdoba y a solo 11 km de Santa Elena, se encuentra la Reserva Cultural Natural “Cerro Colorado” que constituye junto con la Cueva de las Manos en la Provincia de Santa Cruz uno de los centros pictóricos de arte rupestre más importante de Argentina. Juntos constituyen el principio y fin de la presencia aborigen en esta porción del Continente Americano , puesto que las pinturas más antiguas de éste lugar tienen unos 1200 años de antigüedad ( recordemos que en la Cueva de las Manos se deja de pintar hacia el 1000 d.c.) y se prolongan hasta el S. XVI con la llegada de los conquistadores españoles, constituyendo por esta razón un patrimonio cultural de interés universal.


Fuente: Pueblos Originarios.com y otros.

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