Jorge Leónidas Escudero: la palabra única

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Jorge Leónidas Escudero murió a los 95 años. Construyó una obra singular en la lengua castellana arraigada en una fuerte oralidad que despliega en una búsqueda constante de hallar una palabra: la única y poética que dé cuenta del ser. Aunque el ambiente intelectual de Buenos Aires tardó mucho en reconocerlo, hoy todos coinciden en la importancia de su obra. Dos veces fue “mención” del Premio Nacional de Poesía.

Por Gabriela Borrelli Azara

Jorge Leónidas Escudero nació en 1920 en San Juan. Murió el pasado 10 de febrero. La biografía de Escudero lo presenta como un poeta único. Trabajó como minero luego de abandonar una carrera universitaria, y a los 50 años comenzó a escribir poemas. Su poesía está basada en tres pilares sobre los que erige todo una reflexión acerca de la búsqueda del ser: los amigos, el amor y el juego. Tuvo una vida sobria alejada de los grandes circuitos poéticos. No viajó, no buscó lugares externos sino ocultos. Quería expresar lo más íntimo. Esa es su ars poética. Cultivó una libertad en la lengua castellana pocas veces vista en poesía. Sentía la necesidad de escribir en tonada, esto es decir, forzar a las palabras a que sean leídas como “suenan” en el habla sanjuanina. Y al contrario de alejar a lectores, causa un efecto de atracción, obligando a quien lee a pronunciar esa palabra en voz alta. Y es que ya lo sabemos: un verso para que sea válido necesita decirse en voz viva. Pareciera que Escudero quisiera decirnos que lo mismo vale para la palabra, una palabra que buscó, buscó, y nunca halló: “El asunto de la palabra única es la que va expresar lo que uno realmente siente, pero no alcanza la palabra contra la palabra única, entonces yo por ahí en un poema digo, que entonces hay que hundir el lápiz en el papel y hacer un agujero para el otro lado a ver si está ahí la palabra única. Todavía la sigo buscando, y no la encuentro, ni la encontraré parece, porque creo que nadie la puede encontrar, porque lo que sentimos nosotros debe ser inenarrable”

Salgo a cazar, si puedo, la palabra única
Esa que me desvela
y no aparece.

Debo hacerla mía porque si no
¿cómo voy a expresar lo más íntimo?

Si tuviera mi pensamiento
certeras flechas indias de pedernal
tal vez la cazara pero sólo dispongo
de palabras que no alcanzan.

Es pretensión absurda? Puede,
pero me han dicho
quese pájaro anida en el vacío
entre dos pensamientos:
y lo primero para cazarlo es eso,
el silencio.

Por eso aquí jadeo con la lengua afuera,
me arrugo y sumerjo en oscuridades.
Mientras tanto el papel me desafía
a que le haga un agujero con el lápiz
a ver si veo del otro lado
eso que me está llamando desde antes,
desde antes, desde antes.

El juego y el amor narrados en poemas con imágenes potentes. El dolor ligado a la ironía. ¿Es que hay algo más absurdo que sufrir por amor? Dos poemas:

La herida más mortal es enteriza,
baja desde la coronilla
hasta las uñas de los pies.
Podés hacer cuanto se te ocurra pero
has fallecido.

Herida mortal que escapa
a todo hablar, asfixia
como si en una bolsa
a un pozo negro te hubieran.
Esto ocurre a enamorados tozudos
que aspiran a recuperar besos perdidos.
La realidad los engancha de atrás con un clavo
los abre en canal y deja colgados
como res en el matadero.

Se les vacían los tuétanos,
gimen lloro inconsolable
se mean y defecan encima. No,
no es gracioso
ver así a un inocente agregado al olvido

brutalmente por lo que él más quiere.

“ La medecina”

Les diré que me encuentro adolorido
por mujer que me desposeyó de ella,
quitó lo que me daba
y me en casi sin aire deja
o como naranja sprimida.
Me deshojó de su árbol como si a usté
de pronto lo dejan sin agarrarse de algo,
como que se me cayeran los pantalones
en medio de un baile
como de urgencia
necesitar ir a mear y no hallar dónde.
Así de desvalido.
Me hice ver con un médico y recetó
el desapego hombre, el desapego,
cambie de costumbres póngase
una tela metálica al pecho
así no se le incrustan mariposas dañinas.
En ningún peor caso me he visto;
pero aseguran los intrusos ques buena medecina
visitar lejanos países.
Bien, ¿pero a dónde he ir que no mesté sperando
la susodicha esa para castigarme
solamente porque la quiero?

Nunca vivió Escudero en otro lugar que no sea su San Juan. Este es un extraordinario poema donde Escudero mira Buenos Aires:

Cabeceando en el tren iba y de pronto
empezó a darme casas de Buenos Aires la ventanilla.
Y cuando bajé hinché el lomo:
me cayó mal la montura del cielo.

Es que tenía mucha desconfianza.
Calles de sol escaso y hartas nubes
dónde amanece de apuro y la noche
se tira sin aviso encima de uno.

Gente sí carilarga.
La catacumba subte y corro
por una tolva mecánica traga y escupe
hasta que de repente salgo a los escaparates
de todo lo que no hace falta.

Es que venía salido de mis pagos,
de unos sauces piojentos y eminentes
puestos en la verdad del mundo.

Anduve así buscando una salida
extraño a las esquinas, a las plazas;
e inútilmente urdido en esas calles
fin llegué a la estación ( casi arrastrándome)
y aquí estoy de vuelta en San Juan.

Así anduvo Escudero buscando la palabra única y escapándole a la muerte, la que lo encontró bien vivo:

“Paradoja”

Así es esto, no hacer drama,
pero estoy asustao porque no sé a qué vine,
para qué me trajo el mundo
Una cadena de pariciones.
Y vivo agazapándome para que no me ubique
la aquella, la que te niega el aire
en la última respiración.

Y vos
llegado el caso de leer estas palabras
no vayás a burlarte de mi miedo
porque si escarbás un poco en la oscuridá
vas a encontrar tu propia calavera
esperándote.

Ahora te dejo, discúlpame,
debo ir al mercado a comprar pan, sí,
alimentarme
para cuando me alcance la que te dije
m’encuentre con vida, si no
¿cómo me la va a quitar?

Dos veces tuvo oportunidad el canon abombado y lerdo de los premios nacionales argentinos de concederle el Premio Nacional de Poesía. Dos veces lo distinguieron con “menciones”. A él no le importó. A nosotros los lectores, sí. Porque los premios no son solo para el escritor, sino también para los lectores. Escudero se fue sin esa distinción y nosotros nos quedamos deudores. Deudores de una poesía inmensa que seguirá retumbando en nuestra lengua. Un párrafo aparte merece la labor de Javier Cófreces, su amigo y editor. Es a él a quien le debemos todos los agradecimientos por acercarnos una obra que sacude toda la estantería de la poesía argentina. Pruebe usted ese sacudón, agarre ya mismo un poema de Escudero, léalo. No falla, no hay error, es pura palabra accionando en el cuerpo. La sangre correrá diferente. Pegue el salto. Salga desto de siempre. Lea a Escudero.

¿Cómo hago para dar el salto?
¿Pero de qué salto estoy hablando?
No sé, simplemente un salto, salir
desto de siempre donde no hallo
y sigo buscando.

Y ahora esperen pueda memorizar, ver
si explico algo de mis desvelos,
ver si encuentro
el mapa del tesoro, el carozo
deste asunto que me tiene absorbido.

El no poder explicarme cómo
da desorientación, pero sigo metido
nestas alturas de mis inquietudes
donde falta el aire y sin embargo existo.

Para ver un fragmento del “Escutriazo”, diálogo poético musical con poesías de Jorge Leónidas Escudero y Juan Carlos Bustriazo Ortiz, a cargo de Gabriela Borrelli Azara y Paula Gasparini, ingresar en: https://www.facebook.com/FlautaFan/videos/10208400424989133/

Jorge Leónidas Escudero

Tomado de: http://agenciapacourondo.com.ar/cultura/18602-jorge-leonidas-escudero-la-palabra-unica

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