Jorge Teillier Sandoval – Chile

J teillier
Jorge Teillier Sandoval nació en Lautaro, Chile, el 24 de junio de 1935.
Fue un destacado poeta chileno de la llamada generación literaria de 1950, creador y exponente de la poesía lárica.
Su infancia transcurrió en el sur de Chile, en la Araucanía. Desde su infancia, coincidente con la segunda guerra mundial, la vida cotidiana estuvo marcada por el contacto directo con la naturaleza y una forma de entender la tradición capaz de articular en un mismo enfoque rasgos culturales, sociales e históricos chilenos, franceses y mapuches. A la ascendencia francesa del autor, se acopló la tradición mapuche, y prontamente, a través de la literatura, un sentido aún más universal.
En 1953, con 18 años de edad, Teillier viajó a Santiago para cursar estudios superiores, donde conocerá a muchos autores de su generación, la del 50, como a Braulio Arenas, Rolando Cárdenas, Enrique Lihn o el novelista Enrique Lafourcade. No tardó en hacerse de un nombre en la escena santiaguina, lo que en buena parte posibilitó la publicación de su primer poemario, que fue bien acogido por la critica especializada de la época y recibió elogiosos comentarios por parte de Alone, quien destacó la simpleza de su poesía, no carente de profundidad.
Terminada la universidad, ejerció la docencia en el Liceo de Lautaro. En 1963 fundó y dirigió (hasta 1965), junto con Jorge Vélez, la revista de poesía Orfeo. También dirigiría el Boletín de la Universidad de Chile.
A lo largo de su trayectoria literaria recibió numerosos galardones, incluido el Premio Anguita 1993. La poesía de Teillier ha sido traducida parcialmente a varios idiomas y cuenta con dos colecciones bilingües: In order to talk with the Dead y From the country of Never-more.
Los últimos años de su vida los pasó en Cabildo, en el sector denominado El Molino de Ingenio.
Falleció el 22 de abril de 1996 en Viña del Mar, Chile.

Andenes
Te gusta llegar a la estación
Cuando el reloj de pared tictaquea,
Tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
De viajera fatigada
Y los rieles ya se pierden
Bajo el hollín de la oscuridad.
Te gusta quedarte en la estación desierta
Cuando no puedes abolir la memoria,
Como las nubes de vapor
Los contornos de las locomotoras,
Y te gusta ver pasar el viento
Que silba como un vagabundo
Aburrido de caminar sobre los rieles.
Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
Los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
El pueblo donde querías llegar
Como el niño el día de su cumpleaños
Y los viajes de vuelta de vacaciones
Cuando eras -para los parientes que te esperaban-
Sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.
Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
Juega un solitario. El reloj sigue diciendo
Que la noche es el único tren
Que puede llegar a este pueblo,
Y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
Mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.
Los conjuros
A Enrique Rebolledo.
Los temerosos de los brujos vecinos
Lanzan puñados de sal al fuego
Cuando pasan las aves agoreras.
Mis amigos buscadores de entierros
En sueños hallan monedas de oro.
Los despierta el jinete del rayo
Cayendo hecho llamas entre ellos.
Medianoche de San Juan. Las higueras
Se visten para la fiesta.
Eco de gemidos de animales
Hundidos hace milenios en los pantanos.
Los chimalenes reúnen las ovejas
Que huyeron del corral.
Aúllan los perros en casa del avaro
Que quiere pactar con el diablo.
Ya no reconozco mi casa.
En ella caen luces de estrellas en ruinas
Como puñados de tierra en una fosa.
Mi amiga vela frente a un espejo:
Espera allí la llegada del desconocido
Anunciado por las sombras más largas del año.
Al alba, anidan lechuzas en las higueras de luto.
En los rescoldos amanecen huellas de manos de brujos.
Despierto teniendo en mis manos hierbas y tierra
De un lugar donde nunca estuve.
Cuando todos se vayan
A Eduardo Molina.
Cuando todos se vayan a otros planetas
Yo quedaré en la ciudad abandonada
Bebiendo un último vaso de cerveza,
Y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
Como el borracho a la taberna
Y el niño a cabalgar
En el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
Sino echarme luciérnagas a los bolsillos
O caminar a orillas de rieles oxidados
O sentarme en el roído mostrador de un almacén
Para hablar con antiguos compañeros de escuela.
Como una araña que recorre
Los mismos hilos de su red
Caminaré sin prisa por las calles
Invadidas de malezas
Mirando los palomares
Que se vienen abajo,
Hasta llegar a mi casa
Donde me encerraré a escuchar
Discos de un cantante de 1930
Sin cuidarme jamás de mirar
Los caminos infinitos
Trazados por los cohetes en el espacio.
El lenguaje del cielo
El cielo habla un lenguaje gris,
Y callan la grave voz del vino,
La leve voz del té.
Los espejos se fatigan
De repetir el nombre de las cosas.
No dicen nada. No dicen: “un visitante”,
“Las moscas”, “el libro sobre la mesa”.
No dicen nada los espejos.
Canción cantada para que nadie la oiga
Es la esperanza de que esto cambie.
Niños que se acercan al ataúd del amigo muerto,
Paso de ratas frente a la estufa en silencio,
El halo de humo pobre que hace rey al tejado,
O todo lo que desaparece de pronto
Como el plateado salto del salmón sobre el río.
Una ráfaga apaga los ciruelos,
Dispersa las cenizas de sus follajes,
Arruga la vacía faz de las glicinas.
Todo lo que está aquí
Parece estar verdaderamente en otro lugar.
Los jóvenes no pueden volver a casa
Porque ningún padre los espera
Y el amor no tiene lecho donde yacer.
El reloj murmura que es preciso dormir,
Olvidar la luz de este día
Que no era sino la noche sonámbula,
Las manos de los pobres
A quienes no dimos nada.
“Hay que dormir”, murmura el reloj.
Y el sueño es la paletada de tierra que lo acalla.
Siempre vuelve un rostro
Siempre vuelve un rostro, siempre
En el chubasco que cae repentino, en las
Islas de las nubes.
Silencioso se asoma un obscuro sol
En las ventanas. Tu hermana lo retiene
Un momento entre los dedos
Y luego las manos vacías recorren muros
Blancos con sus sombras.
Siempre por el patio asomas
A buscar el rostro de alguien.
Un chasquido se oye: es un chubasco
O un fantasma de un niño que vivió aquí hace tiempo
Y vuelve a escuchar cómo la madre lee a su hijo.
Un rayo de Sol ha quedado encerrado
En el rellano de la escalera
El sueño hace señas con su linterna,
El sueño nos despierta.
Y la voz de la hermana cruza entre las nubes
La hermana que no conocimos.
La tierra de la noche
Abrir una ventana es como abrirse una vena.
B. Pasternak
No hablemos.
Es mejor abrir las ventanas mudas
Desde la muerte de la hermana mayor.
La voz de la hierba hace callar la noche:
“Hace un mes no llueve.”
Nidos vacíos caen desde la enredadera marchita.
Los cerezos se apagan como añejas canciones.
Este mes será de los muertos.
Este mes será del espectro
De la Luna de verano.
Sigue brillando, Luna de verano.
Reviven los escalones de piedra
Gastados por los pasos de los antepasados.
Los murciélagos chillan alegremente
Entre los muros ruinosos de la Cervecería.
El azadón roto
Aún espera tierra fresca de nuevas fosas.
Y nosotros no debemos hablar
Cuando la Luna brilla
Más blanca y despiadada que los huesos de los muertos.
Sigue brillando, Luna de verano.
Pequeña confesión
En memoria de Serguei Esenin.
Sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones.
Me amaron las doncellas y preferí a las putas.
Tal vez nunca debiera haber dejado
El país de techos de zinc y cercos de madera.
En medio del camino de la vida
Vago por las afueras del pueblo
Y ni siquiera aquí se oyen las carretas
Cuya música he amado desde niño.
Desperté con ganas de hacer un testamento
-Ese deseo que le viene a todo el mundo-
Pero preferí mirar una pistola,
La única amiga que no nos abandona.
Todo lo que se diga de mí es verdadero
Y la verdad es que no me importa mucho.
Me importa soñar con caminos de barro
Y gastar mis codos en todos los mesones.
“Es mejor morir de vino que de tedio”
Sin pensar que pueda haber nuevas cosechas.
Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano
Cuando se gastan los codos en los mesones.
Tal vez nunca debí salir del pueblo
Donde cualquiera puede ser mi amigo.
Donde crecen mis iniciales grabadas
En el árbol de la tumba de mi hermana.
El aire de la mañana es siempre nuevo
Y lo saludo como un viejo conocido,
Pero aunque sea un boxeador golpeado
Voy a dar mis últimas peleas.
Y con el orgullo de siempre
Digo que las amadas pueden ir de mano en mano
Pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron
Y yo gasto mis codos en todos los mesones.
Como de costumbre volveré a la ciudad
Escuchando un perdido rechinar de carretas
Y soñaré techos de zinc y cercos de madera
Mientras gasto mis codos en todos los mesones.
Un jinete nocturno en el paisaje
Siento correr por las venas del campo
Un jinete nocturno enmascarado.
La noche. También galopan en caballos robados
Los cuatreros arreando los vacunos.
Surgen los trenes. Las reses dormidas se levantan
Allá en los grandes galpones de madera.
Una sombra va saltando los cercos.
Esta fue una mañana campesina:
Relinchos, balidos, vacas de pródigas ubres,
Las ordeñadoras curvadas con el peso de los baldes.
Es la noche de nuevo. Mi abuelo se levanta
Rehecha su manera antigua,
Y observa, como ayer, al trigo.
Debe andar mi abuelo por los campos recién abiertos
Hablando con los pinos, espantando gorriones.
El campo está solo, tembloroso. Y él lo mira.
El vino es un joven bonachón y alegre.
Sucede que quiere iluminar la noche
Y baja a las aldeas, envuelto en una manta.
La mañana tiene olor a pan amasado.
La ropa recién lavada dice “adiós” en los patios.
Pero es de noche. Un fantasma penetra en la leñera.
Una casa se quiere esconder del cielo.
Un campesino mira hacia arriba:
Más allá de las nubes viene el granizo,
Bandolero blanco, asaltante de los huertos.
Y es la noche.
Va a penetrar al pueblo
Un jinete nocturno enmascarado.
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