Vilma Vargas Robles – Costa Rica

Vilma Vargas

Vilma Vargas

Nació el 4 de febrero de 1961 en San José de Costa Rica. Estudió Sociología y Derecho en la Universidad de Costa Rica. Es Co-fundadora de Casa-Poesía en Costa Rica.

Poesía:

• El fuego y la siesta, 1983. Ministerio de Cultura de Honduras, 1983. Premio Centroamericano de Poesía Juan Ramón Molina
• El ojo de la cerradura. Prologa Jorge Boccanera Hisijos. Editorial Universidad de Costa Rica. 1993
• Oro de la vida. Prologa Isacc Felipe Azofeifa. Portada Francisco Amighetti. Ediciones Macondo, Costa Rica. 1993
• Quizá el mañana. Editorial Universidad de Costa Rica. 1977
• El fuego y la siesta, Primera edición costarricense. Prologa José María Zonta Arias. Editorial Costa Rica, 2004.
• Sol de la edad. 2005
• Quizá el mañana. Su poemario más reciente publicado por la Editorial universidad de costa Rica. 2007

Antologías:
• Voces Indómitas o Las poetas en Costa Rica. Selección, prólogo y notas Sonia Marta Mora y Flora Ovares. Editorial Mujeres, Costa Rica, 1994.
• Sostener la palabra. Antología de poesía costarricense contemporánea. Compilador Adriano Corrales Arias. Co-edición Instituto Tecnológico de Costa Rica y Editorial Arboleda, San José Costa Rica, 1977.
• Lunada Poética. Poesía costarricense actual. Compilada por Armando Rodríguez Ballesteros. Ediciones Andrómeda. Costa Rica, 2006.


Si me alejara
Si me alejara,
si encontrara el modo de partir
sin tocar tu inocencia,
saldría de mí,
pero en amores poco enamorados,
y sin llevarme conmigo ni un dedal.
Empezaría a vivir inadvertida,
sin nostalgia,
y muy lenta
me iría deshaciendo.
Sin número
Los pobres no tienen país,
ni mundos numerados.
De todo lado se los echa.
Cuando entran a la panadería,
nadie cree en sus monedas.
Todos se cuidan del pobre,
que no vaya a robar,
que no toque nada,
que no se atreva, oh Dios,
mucho menos a conmovernos.
Gafas oscuras internacionales para no ver
a los seres con cara de hambre y desafuero,
la tierra pegada en la ropa de los campesinos,
rostros negros con pretensiones de derechos,
histéricas mujeres cabezas de familia que tanto hablan.
Los pobres no tienen nacionalidad.
Sólo esa terca, inexplicable esperanza.
Ved como arde mi cólera
Ved como arde mi cólera.
No puedo imaginarme las flores del vencido.
No hay una cara que escupir.
Ira del que cae
y no puede salir aullando,
ira ira ira,
sé cortés hasta el último gesto,
no cierres tus oídos
aunque el mundo ronque su siesta.
Estruendo de la rosa
Mejor levantarse a tiempo,
antes que los poemas
y la vieja música de la infancia.
No se ve el otro brazo del sol.
El día empieza como una marcha de soldados,
caen al suelo blancos de papel los amigos.
Vámonos por las calles donde nadie es intruso,
pisando nuestros dolores,
hasta encontrar el sitio
donde la vida irrumpa
como desde la boca de un hechicero loco.
Jardín antiguo
En tardes calurosas
oigo nuestras voces:
rondas inquieto como yo,
sin encontrar el agua acampada en las rocas.
Pero hay algo más,
un viejo sol,
ojos límpidos en la noche.
Aquí debió empezar la vida.
El fuego aclara y permanecen
las cosas que fueron el mundo.
Nunca me he ido
ni me iré. Soy
el guardián y la puerta.
Muy cansada de las piedras que froto
Muy cansada de las piedras que froto
para encender la hoguera,
de las risas inútiles,
de la tristeza inválida,
del aire sin gaviotas,
los recuerdos sin énfasis,
y los hermosos crepúsculos
que obligan a esperar lo que no llega
y del diablo en mi vaso
y mi trozo de cielo.
Instrumento
El tiempo
detrás de cada árbol
nos despoja.
Vamos de un sitio a otro
como si nada existiera,
como el viento que huye.
Las campanadas no se detienen:
racimos negros que el oído recibe.
Fui el huésped que en la maleza
grabó el brío como una estrella.
Pero vienen los de mi casa
y me rodean llenos de compasión.
Yo pienso en la tierra y sus terrones violentos.
Se apaga el golpe de los trenes.
Queda sólo la mandolina
que abrió la sangre y aguzó la voz.
Vagabundo
Y yo me había ido.
Las voces del mundo tenían el sonido de un muro.
Como una boca seca una campana chasquea.
No hay puertas. Miro el cielo con impaciencia.
En el borde de un bosque el viento se oye,
toca la memoria como un violín.
Las hojas caen. Se tienden contra el cielo.
Deslizarse
Nada sé de la vida,
tanto la olvidé.
Fue fácil deslizarse,
pero he aquí que tropiezo.
No puedo regresar,
tanto he olvidado.
Era amante, ya no lo recuerdo,
era fuerte mi amor
y poco a poco lo dejé,
ahora salta en mi corazón,
vive su muerte en mí.
El camino será siempre el mismo.
Unicamente un nombre me queda,
surge de mis labios
y nada me dice.
Bengala
Levanta los ojos y está sola,
amante de una boca que la desdibuja.
No le importan los días
porque su canto se hunde
en el álamo que fue un muchacho.
Pasa su vida, lo sabe,
(cae al agua como una bengala)
mientras otros ojos logran la plenitud.
El olvido es duro
artificio con que giran los días.
Nada aparecerá si no surge la boca que la desdibuja,
se deslizará sin estremecimientos,
nadie sabrá dónde estuvo, qué hizo:
seguirá sola.
Ciudad por cárcel
En esta tierra donde debemos vivir
otra alucinación vendrá después.
Falta de cobijo, nuestra vida insepulta.
Un pueblo calla sus muertos
bajo la fuerza de algún resucitado.
En esta ciudad aguzada en la espera
no debemos morir, en esta ciudad de cal
nuestras manos se aferran
al sol, al sol entre los cerros.
Decir lo que nadie diría
Decir lo que nadie diría:
que me hacen falta ganas
para vivir,
como si sólo me quedara el placer
de acostarme en la tierra de nuevo.
Treinta años que tú crees mágicos
y fueron esfuerzo.
Sólo creo en el abrazo de la tierra.
No puedo nombrar nada porque hoy todo me duele:
hasta tu nombre.
Y tengo que seguir:
si la vida es verdad para quien se la he dado.
Con la palabra que me deja sola,
con la vida siempre ajena,
pero verdadera.
Si no, ¿quién me explica esta herida?
Con sobras del amor he de seguir.
Me beberé tu fuerza y quedaré completa,
después de ti seré mía de nuevo:
una mujer naciendo
que atrapará su yo,
y tendrá que parirse por fin.
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