Roberto Arlt – El fascineroso

El facineroso

La trabajó de prepotente hasta hace unos años por los barrios de extramuros, pero en las comisarías del deslinde le zurraron tantas veces la badana, que optó por emigrar, y hoy honra con su presencia La Mosca, Villa Industriales, Villa Trabajo y Lanús Oeste.

Pinta brava

Si es hijo de extranjeros, tiene la pinta colorada, como Juan Moreira, que era pelirrojo y tenía ojos verdes; si es criollo, parece tallado en madera clarobscura. Gasta sombrero mitrista.

¿En qué fábrica se cortan estos sombreros, ahora de exclusivo uso para maleantes? Porra panzuda en la nuca, camiseta con franjas, alpargatas y faja. Conoce a todos los reseros. Fue él también peón de playa, alguna vez, y después se esgunfio. Desde entonces no trabaja. El robo le gusta poco, y a un trabajo de escalo con fractura, prefiere el alevoso golpe de furca y la puñalada trapera, que se da para robar cincuenta centavos y medio paquete de cigarrillos Brasil a algún pobre turco que trabaja en el Dock Sur.

Lo pudrió la civilización

El debía haber estado toda la vida en el campo, no haber salido de una estancia situada a trescientas leguas de Buenos Aires, pero la fatalidad le hizo orillar Mataderos. Luego conoció las fábricas de Avellaneda y Boca; tuvo su carrito, laburó de transportero, se complicó de la forma más estúpida en un robo, y cuando quiso acordarse, tuvo el manyamiento encima y un prontuario a la cola. Y el alma se le agrió.

Los amigos

Estuvo algunos meses en Encausados, aporreó a un guardián, conoció el triángulo, se hizo erudito en las leyes que dan el vuelco a un desgraciado hacia Ushuaia, y las horas muertas las pasó jugando a los naipes. En el escolazo se olvidó de la calle y de la libertad; salió, volvió a entrar por darle dos bifes a un gil; salió, entró por una borrachera complicada con atentado a la autoridad; salió, lo trincaron sin que hiciera nada, y por no hacer nada lo raparon, le dieron unos lonjazos y lo pasaron para Contraventores, y desde entonces conoció el fatal trentenario, el retrato en los diarios con las entradas enumeradas, los apodos en lista interminable; y él, que no había sido nada más que un poco prepotente, adquirió fama de guapo, de peligroso y de maleante. En este giro por las seccionales, conoció ladrones, asesinos, furquistas, biaberos, y sin ser lo uno ni lo otro, guareció en su rancho de Villa Modelo o de Villa Industriales a los maleantes más famosos, y albergó a Juancho, y jugó un truco con la Vieja, y una vez casi lo apuñalea a Saccomano y protegió la fuga del Brasilero, y hasta le prestó unos pesos al Mañoso, que luego fue quemado a tiros en un picnic de reos en Vicente López, y hasta hizo cuenta en lo de los hermanos Trifulca…

Un día lo procesaron por encubridor. Salió; le metieron la mula los tiras, y sin comerlo y sin beberlo, le cargaron un hurto con prueba, y volvió a entrar…

Salió más amargado y facineroso que nunca. Cambió de domicilio y se instaló en los deslindes de Lanús Oeste, a media cuadra de la Pampa, a ver si lo dejaban tranquilo. A su lado, como caída del cielo, o brotada de un pantano de tachos, se instaló una china. Y tomaron mates juntos y asaron en compañía.

La pareja

Los dos le tienen asco a la yuta; los dos tienen la mirada avizoradora de las fieras que saben que algún día morirán hechas pedazos por la civilización. Y cuando, a lo lejos, se oye un galope, los dos salen como brotados de la puerta del rancho, y haciendo, ante los ojos, visera con las manos, espían el confín para ver si no es uno de gendarmería montada

Nadie sabrá sobre la tierra lo mucho que quiere esa china a ese facineroso. El manda y ella obedece. Desconocen las palabras de ternura. Hablan poco. Cuando ceban mate se quedan a la orilla del brasero, él, con el ala del sombrero negreándole la frente, ella, con la pavita colgando, por la manija, de una mano. Desconocen las palabras de ternura, pero cuando se produce un allanamiento, la primera en esgrimir la cuchilla, la primera en tapar el hueco por donde escapó el perseguido, es ella. Él no se mueve. Permanece en la orilla del banquito, taciturno, el ala del sombrero negreándole la frente.

Él no trabaja. ¿Para qué? ¿Para que en las primeras de cambio lo metan preso? La china, sí; sale, se las rebusca, engaña a algún infeliz del Dock Sur, le saca la quincena o arrebata, al descuido, cualquier cosa de la puerta abierta de una casa. Pero para la yerba y el asado siempre trae. Para eso es mujer y tiene un hombre. Y una mujer como ella sólo tiene un hombre cuando lo puede mantener. Si no, anda sola.

Como la mujer honesta, tiene su vanidad: la de saber atender a los amigos ladrones que vienen a visitar al compañero.

Y un día…

Un día es la aventura de muerte. Salen a un asalto; un trabajo simple. Es un desgraciado que de dos bifes se le sosiega; pero el desgraciado, como esos bueyes que de una cornada matan al diestro más espabilado, el desgraciado repele la agresión a tiros, le desfonda la cabeza a uno de los furquistas y él, el facineroso, escapa con una bala en el vientre. Siente que se muere en el camino; la vida se le escapa por ese agujero sangrante; y arrastrándose, llega hasta la puerta del rancho. Esa es su única voluntad: llegar hasta allí.

Como a una criatura, lo recoge entre sus brazos la china. Lo mira y ve que él se le muere, y entonces, invocando la Virgen, una Virgen parda que conoció cuando chica, recuesta a su hombre, le da un trago de caña; pero como una res, él yace, y se muere despacio…, se muere con la mirada fija en las crenchas negras de esa mujer obscura que, como una deidad pampa, está a su lado, confeccionando ungüentos.

Y cuando él muere, la mujer se arrodilla y reza.

[El Mundo, 23 de enero de 1929]

de Tratado de la delincuencia – Aguafuertes inéditas
Roberto Arlt

Roberto Arlt

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