Borges / Bioy Casares – Una amistad hasta la muerte

Cuento publicado bajo el nombre de Honorio Bustos Domecq, uno de los seudónimos utilizados por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares para la edición de textos elaborados en conjunto.
Este es el autor ficticio de la colección de relatos detectivescos “Seis problemas para don Isidro Parodi” (1942), “Un modelo para la muerte” (1946), “Crónicas de Bustos Domecq” (1967) y “Nuevos cuentos de Bustos Domecq” (1977), de donde es extraído este relato breve.
Según su biógrafa, Honorio Bustos Domecq, nació en la localidad argentina de Pujato y fue un escritor precoz que publicó sus primeras obras en la prensa de Rosario a la edad de 10 años. Fue un eminente polígrafo y durante la intervención de Labruna fue nombrado Inspector de Enseñanza y, más tarde, Defensor de Pobres.
El origen del pseudónimo consiste en la reunión de los apellidos de un bisabuelo materno de Borges (Bustos) y del de la abuela paterna de Bioy (Domecq).
Otro seudónimo utilizado por Borges y Bioy Casares es Benito Suárez Lynch.

  


Una amistad hasta la muerte

  
Siempre redunda satisfactoria la visita de un joven amigo. En esta hora preñada de nubarrones, el hombre que no está con la juventud más vale que se quede en el cementerio. Recibí, pues, con la mayor deferencia a Benito Larrea y le sugerí que me efectuara su visita en la lechería de la esquina, cosa de no molestar a mi señora, que baldeaba el patio con creciente mal genio. Nos dimos traslado sin más.

   

Alguno de ustedes a lo mejor se acuerda de Larrea. Cuando murió su padre se vio heredero de unos pesitos y del quintón de la familia que el viejo le compró a un turco. Los pesitos los fue gastando en farras, pero sin desprenderse de Las Magnolias, la quinta que decayó a su alrededor, mientras él no salía de la pieza, entregado al mate cocido y a la carpintería como hobby. Prefirió la pobreza decorosa a transar un solo momento con la incorrección o con el hampa. Benito, hoy por hoy, frisaría los treinta y ocho abriles.

   

Venimos viejos y ya nadie se salva. Lo vi por demás caidón y no levantó cabeza cuando el patasucia trajo la leche. Como yo pescase al vuelo que andaba atribulado, le recordé que un amigo está siempre listo a poner el hombro.

   

—¡Don Bustos! — Gimió el otro mientras escamoteaba una media luna sin que yo lo notase—. Estoy sumido hasta las orejas y si usted no me tiende su cable soy capaz de cualquier barbaridad.

   

Pensé que iba a tirarme la manga y me puse en guardia. El asunto que lo traía al joven amigo era todavía más bravo.

   

—Este año de 1927 me resultó la fecha nefasta —explicó—. Por un lado, la crianza de conejos albinos, auspiciada por un avisito en recuadro como esos de Longobardi. Me dejó la quinta hecha un colador, llena de cuevas y de pelusas; por el otro, no acerté un peso en la quiniela ni en el hipódromo. Le soy verdadero, la situación había revestido ribetes alarmantes. En el horizonte asomaban las vacas flacas. En el barrio me negaban el fiado los proveedores. Los amigos de siempre, al divisarme, cambiaban de vereda.

   

Acogotado por todas partes resolví, como corresponde, apelar a la Maffia. En el aniversario de la muerte natural de Carlo Morganti me presenté de luto en el palacete de César Capitano, del Bulevar Oroño. Sin aburrir a ese patriarca con el pormenor pecuniario, que fuera del peor gusto, le di a entender que mi desinteresado propósito era aportar una adhesión a la obra que él presidía tan dignamente. Yo temía los ritos de iniciación, de que se habla tanto, pero aquí donde usted me ve, me franquearon las puertas de la Maffia, como si me respaldara el Nuncio. Don César, en un aparte, me confió un secreto que me honra. Me dijo que su situación, por lo sólida, le había granjeado más enemigos que liendres y que a lo mejor le convendría una temporadita en una quinta medio perdida donde no lo alcanzaran las escopetas. Como no soy afecto a perder oportunidades, a toda velocidad le respondí:

   

—Tengo, precisamente, lo que usted busca: mi quinta Las Magnolias. La ubicación es aparente: no está muy lejos que digamos para quien conoce el camino y las vizcacheras descorazonan al  forastero. Se la ofrezco a título amistoso y hasta gratuito. La última palabra fue el mazazo que la situación requería. Haciendo gala de esa sencillez que es propia de los grandes, don César inquirió: —¿Con pensión y todo?

   

Para no ser menos le respondí:

   

—Usted podrá contar con el cocinero y el peón, como cuenta conmigo, para satisfacer el más inesperado de sus antojos.

   

El alma se me fue a los pies. Don César frunció el ceño y me dijo:

   

—Qué cocinero ni qué peón. Fiar en usted, un Juan de afuera, es tal vez un dislate, pero ni loco le consiento que meta en el secreto a esos dos, que me pueden vender a Caponsacchi como  chatarra.

   

La verdad es que no había cocinero ni peón, pero yo le prometí que esa misma noche los ponía de patitas en la calle. Arqueado sobre mí el Gran Capo comunicome:

   

—Acepto. Mañana, a las veintiuna clavadas, lo espero valija en mano, Rosario Norte. ¡Que crean que me voy a Buenos Aires! Ni una palabra más y retírese; la gente es mal pensada.

   

El más fulminante de los éxitos coronaba mi plan. Tras un improvisado zapateo, gané la puerta.

   

Al otro día invertí buena parte de lo que me prestase el carnicero Kosher en alquilarle el break a un vecino. Yo mismo hice las veces de cochero y desde las ocho p. m. revisté en el bar de la estación, no sin asomarme cada tres o cuatro minutos, para verificar si todavía no me habían robado el vehículo. El señor Capitano llegó con tanto atraso que si quiere tomar el tren lo pierde. No es sólo el hombre de empresa que el Rosario de acción aplaude y recela, sino un pico de oro continuo, que no te deja meter baza. A las cansadas llegamos con el canto del gallo. Un suculento café con leche reanimó al invitado, que presto retomó la palabra. Pocos minutos bastarían para que se revelara como un conocedor infatigable de los más delicados vericuetos del arte de la ópera, singularmente en todo lo que atinge a la carrera de Caruso. Ponderaba sus triunfos en Milán, en Barcelona, en París, en la Ópera House de Nueva York, en Egipto y en la Capital Federal. Carente de gramófono, imitaba con voz de trueno a su ídolo en Rigoletto y en Fedora. Como yo me mostrase un tanto remiso, dada mi escasa versación musical, limitada a Razzano, me convenció  alegando que por una sola representación londinense le habían abonado a Caruso trescientas libras esterlinas y que en los Estados Unidos la Mano Negra le había exigido sumas inmoderadas, bajo amenaza de muerte; sólo la intervención de la Maffia logró impedir que esos malandrines llevaran a buen término su propósito, contrario a la moral.

   

Una siestita reparadora que duró hasta las nueve de la noche, obvió el asunto almuerzo. Poco después Capitano ya estaba en pie, blandiendo tenedor y cuchillo, con la servilleta al cogote y cantando, con menos afinación que volumen, Cavallería rusticana. Una doble ración de pastel de fuente, regada por su fiasco de Chianti, lo entretuvo durante la perorata; arrebatado por la verba, yo casi no probé bocado, pero llegué a compenetrarme de la actuación privada y pública de Caruso, casi como para dar examen. Malogrado el creciente sueño, no perdí una sola palabra, ni pasé por alto este hecho capital: el anfitrión estaba menos atento a las porciones que engullía que al discurso que despachaba. A la una se regresó a mi dormitorio y yo me acomodé en la leñera, que es el otro aposento que no se llueve.

   

A la mañana, cuando me espabilé entumecido para revestir mi gorro de cocinero, descubrí  justamente que en la despensa raleaban las vituallas. No era milagro: el amigo Kosher, sin embargo de ser lo más proclive a la usura, me previno que no volvería a prestarme un kopek; de mis proveedores de práctica, sólo conseguí Yerba Gato, un mínimo de azúcar y unos restos de cáscaras de naranja, que hicieron las veces de mermelada. Dentro de la más estricta reserva, le confié a uno y a todos, que mi quinta hospedaba a un personaje de gran desplazamiento y que en breve no me faltaría el metálico. Mi labia no surtió el menor efecto y hasta llegué a pensar que no me creyesen en cuanto al asilado. Maneglia, el panadero, se propasó y me espetó que ya lo fatigaban mis embustes y que no esperara de su munificencia ni un recorte de miga para el loro. Más afortunado me vi con el almacenero Arruti, a quien importuné hasta arrancarle kilo y medio de harina, lo que me habilitaba para poder capear el almuerzo. No todas son flores para el cristiano que se quiere codear con los que descuellan. Cuando volví de la compra, Capitano roncaba a pierna suelta. A mi segundo toque de cornet — reliquia que salvé del remate judicial del Studebaker— el hombre saltó de la cucha con una imprecación y no tardó en absorber ambos tazones de mate cocido y las limaduras de queso. Fue entonces que noté, junto a la puerta, la temida escopeta de dos caños. Usted no me creerá, pero a mí no me agrada por demás vivir en un arsenal que lo carga el diablo.

   

Mientras yo echaba mano de una tercera parte de la harina para los ñoquis de su almuerzo, don César no perdió el tiempo que es oro y en una revisada general que no dejó un cajón sin abrir sorprendió una botella de vino blanco, despistada en el taller de carpintería. Ñoqui va, ñoqui viene, agotó la botella y me tuvo boquiabierto con su interpretación personal de Caruso en Lohengrin. Tanto comer, beber y perorar, le despertaron el sueño y a las tres y veinte p. m. había ganado la cucha. En el interín yo higienizaba el plato y el vaso y gemía con la pregunta ¿qué le voy a servir esta noche? De estas cavilaciones me arrancó un espantoso grito que mientras viva conservaré patente. El hecho superó en horror todas las previsiones. Mi viejo gato Cachafaz había  cometido la imprudencia de asomarse a mi dormitorio conforme a su costumbre inveterada y el señor Capitano lo degolló con la tijera de las uñas. Lamenté, como es natural, el deceso, pero en mi fuero interno celebré la valiosa contribución aportada por el barcino al menú de la noche.

   

Sorpresa bomba. Engullido el gato, el señor Capitano dejó atrás los temas musicales al uso para darme una prueba de confianza y abocarme a sus proyectos más íntimos, que juzgué improcedentes en grado sumo y que, usted no me creerá, me alarmaron. El plan, de corte napoleónico, no sólo involucraba la supresión por intermedio de ácido prúsico, del propio Caponsacchi y familia, sino de una porción de compinches a todas luces espectables: Fonghi, el mago de las bombas en mingitorios, el P. Zappi, confesor de los secuestrados, Mauro Morpurgo, alias el Gólgota, Aldo Aldobrandi, el Arlequín de la Muerte, todos, quien más, quien menos, caerían a su turno. Por algo me dijo don César, dando un puñetazo que disminuyó la cristalería: “Para los enemigos, ni justicia”. Emitió estas palabras tan enérgicas que cuasi se atoró con un corcho, que manoteó creyendo galleta. Atinó a vociferar: —¡Un litro de vino!

   

Fue el rayo que ilumina la tiniebla. Administré unas gotas de colorante a un gran vaso de agua que el hombre se zampó entre pecho y espalda y que lo sacó del apuro. El episodio, baladí si se quiere, me tuvo en vela hasta que piaron los pajaritos. ¡Nunca se pensó tanto en una sola noche!

   

Disponía de algodón y de naftalina. Con estos ingredientes completé, para la comilona del martes, una fuentada de ñoquis escasany hasta entonces. Día tras día, astutamente incrementé las dosis, en plena impunidad, porque don César inflamábase con Caruso o regodeábase con los planes de su vendetta. Sin embargo nuestro melómano sabía retornar a la tierra. Créame que más de una vez me recriminó bonachón:

   

—Lo veo consumido. Aliméntese, sobrealiméntese, caro Larrea. Por lo que más quiera, vigórese. Mi venganza lo necesita.

   

Como siempre me perdió la soberbia. Antes que el primer botellero de la mañana berreara su pregón, mi plan ya estaba, en líneas generales, maduro. La suerte quiso que descubriese, en un ejemplar atrasado del Almanaque del Mensajero, unos pesitos bien planchados. Me resistí a la tentación de invertirlos en dos cafés con leche completos y me aboqué sin más a la compra de aserrín, de pinotea y de pintura. Incansable en el sótano, fabriqué con tales enseres un pastel de madera, con bisagra, que pesaría más de tres kilos y que artísticamente recubrí de pintura marrón. Una guitarra desafinada, en desuso, me brindó un juego de clavijas, que remaché con sumo buen gusto a remedo de borde.

   

Como quien no quiere la cosa presenté ese capolavoro a mi protector. Éste, engolosinado, le clavó el diente, que cedió antes que la vianda. Prorrumpió en una sola palabra máscula, se incorporó cuan alto era y me ordenó, ya con la escopeta en la diestra, que rezara mi última Ave María. Usted viera cómo lloré. No sé si por desprecio o por lástima, el Capo consintió en alargar el plazo unas horas y me conminó: —Esta noche, a las veinte ante mis propios ojos, usted se traga este pastel sin dejar una miga. Si no lo mato. Ahora está libre. Sé que no le da el cuero para delatarme ni para intentar una fuga.

   

—Ésta es mi historia, don Bustos. Le pido que me salve.

   

El caso era en verdad delicado. Inmiscuirme en asuntos de la Maffia era del todo ajeno a mi tarea de escritor; abandonar al joven a su destino requería cierto coraje, pero la más elemental cordura lo aconsejaba.

   

¡Él mismo había confesado albergar en su quinta de Las Magnolias a un Enemigo Público!

   

Larrea se cuadró como pudo y partió hacia la muerte. La madera o el plomo. Lo miré sin lástima.
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