José Pedroni – Argentina

José Bartolomé Pedroni , escritor y poeta , nació en Gálvez, provincia de Santa Fe, el 21 de septiembre de 1899. Hijo de Gaspar Pedroni y de Felisa Fantino, la infancia de Pedroni fue dura, ya que tuvo que trabajar con su padre como ayudante de albañil. Muchas de las imágenes que fue registrando durante su niñez, serían inspiración de sus versos.
En 1912 se radica en Rosario. Estudia en la Escuela Superior de Comercio y aprende inglés y francés. Por entonces comienza a publicar sus primeros trabajos en un diario de Gálvez.
En 1916, obtiene el título de Bachiller y comienza a trabajar como tenedor de libros, dos años más tarde y por razones laborales, se traslada a San Carlos Norte y luego a Sa Pereira. Allí comienza a conocer la historia de los primeros colonos, historia que reproducirá en sus versos.
Se casó con Elena Chautemps en marzo de 1920. En 1921, luego de recibir la baja como conscripto militar, Pedroni se traslada a Esperanza, donde se emplea en la Fábrica Nicolás Schneider, en la cual trabajó como contador durante 35 años.
En 1923 aparece su primer libro: La gota de agua, en 1925, sale a la calle Gracia Plena, en 1935 Poemas y palabras. En los años siguientes José Pedroni publica Diez mujeres (1937), El pan nuestro (1941), Nueve cantos (1944). Hasta que en 1956, aparece la que para muchos fue su obra cumbre: Monsieur Jaquín.
En 1959, el escritor funda en Esperanza el Teatro de Títeres Pedro Pedrito, con la colaboración de Ricardo Borla. En mayo de 1960 se publica Cantos del hombre. En diciembre del mismo año aparece Canto a Cuba, en los que refleja admiración por la revolución cubana. En 1961 le sigue La hoja voladora y luego en 1963, el que sería su último libro: El nivel y su lágrima.
Falleció el 4 de febrero de 1968, en Mar del Plata.


    
Cuerpo
    
Como pájaro que es,
mi deseo tiene un nido
en el puntillo de hierba
de tu lunar escondido.
    
Corretea por tus brazos,
pica tu labio florido,
y silba de un seno a otro
la dicha de su silbido.
    
Agua tiene en el hoyuelo
de tu botoncito hundido.
    
El grillo
    
Un grillo manso que te quiere, amiga,
Y que en quererte vanamente insiste,
Cada vez que el silencio rehace
Te silabea su reclamo triste.
    
Abre los ojos. No te duermas. Ponte
Bien cerca, amiga, de mi pecho añoso;
Y así, callados, escuchemos juntos
La campanita del cri-cri amoroso
    
Entre las gentes del camino, siempre
Un hombre humilde me propongo ser,
Como el grillito que te quiere tanto
Y que te canta sin dejarse ver.
    
La gota de agua
    
Oh gota musical que se separa
de la inmortalidad y oye mi oído
caer continuamente en el olvido
de mi honda penumbra, oh gota clara!
    
Una estrofilla de infantil dulzura,
sólo en la fuente alguna vez oída,
me ejecuta en el alma la caída
inmaterial de aquella gota pura.
    
De un agua fresca como cisterna,
mi pozo espiritual colma la gota;
y sin querer tengo una voz remota
y a todas horas la mirada tierna.
    
Oh gota de agua dulce que te estancas
en mi profundidad, de cuyo hueco
interminable sube un eco
que es como un vuelo de palabras blancas.
    
Oh gota musical que me deparas
el milagro ideal de tu caída,
cáeme siempre, siempre, que mi vida
vive en el canto de tus notas claras.
    
La flor
    
Al higo de la higuera un picotero
le comió el corazón;
y ahora, sin querer, el higo negro
se parece a una flor.
    
En la higuera me haré, después de muerto,
un higo blanco, amor,
y tú serás curruca o benteveo,
o calandria o pinzón.
    
Y ha de llegar el día que en el huerto
me verás bajo el sol,
y picarás y picarás mi pecho,
hasta hacerme una flor.
    
Quinta luna
    
Con ojos de alfarero alucinado
sigo el cambio sin prisa de tus senos,
porque son como vasos milagrosos
que se levantan a un divino fuego.
    
Y en verdad que tu vientre primerizo,
ni blanco ni moreno,
calladamente se deforma en cantaro
a la presion continua del misterio.
    
Ah, si me fuera dado referirte
lo inexplicable que en el alma siento,
y hacer de modo que tu angustia santa
se te vuelva alegria todo el tiempo!
    
Mujer, en el secreto de tu carne
es mi destino el que se esta cumpliendo;
y por eso sonrio a tu sonrisa
y sufro sin querer tu sufrimiento.
    
Y soy como un pastor ante su tierra
-que mi tierra es tu cuerpo-;
pastor que canta o que en la plaga llora
con los brazos abiertos!
    
Ah, poco a poco, como un niño triste,
de extraño mal me morire en silencio,
si lo que llevas, que es mi propia viña,
te lo destruye el viento.
 

Indio
    
Quien ordenó la carga del arado
ordenaba tu muerte el mismo día.
Ella tuvo lugar junto al Salado
con paloma y calandria, a mano fría.
    
No te valió tu entrega de venado
frente al duro invasor que te temía.
No te valió tu miel de despojado.
Sólo la dulce espiga te quera.
    
Descendiente de gringo y su pecado,
por cementerio de tu alfarería,
a lo largo del río voy callado.
    
La culpa de tu muerte es culpa mía.
Indio, dime que soy tu perdonado
por el trigo inocente que nacía.
    
Al olivo de la plaza
    
Con aplomo de mármol te levantas
de la plaza cautivo.
La vejez te blanquea con el viento.
Como a un sabio te admiro.
    
A mis ojos que gustan de distancias
no eres un simple olivo.
Tienes un no sé qué de monumento
con tu prestigio antiguo.
    
En tu porte, por lustre de tu sangre,
todo es severo y digno.
Tu pensamiento se adivina lejos:
alrededor de Egipto.
    
¿No son tus hojas por un lado verdes,
verdes como el papiro,
y por el otro grises como el pelo
de los mansos asnillos?
    
Si te pudieras ir, no hay duda alguna
que ya te hubieras ido.
Lo siento en la columna de tu tronco
que es lisa como un libro.
    
Pero estás en mi plaza, y para siempre
tienes que ser mi amigo.
Te doy las gracias porque me acompañas.
Que eres un rey te digo.
    
Vana filosofía
    
El corazón del hombre, que se parece al nido,
en el hueco más hondo puede estar escondido.
    
Pero también, amigos, en su espinillo enano,
con todo lo que tiene puede darse en la mano.
    
En la cima rocosa suele estar o en el suelo.
El nido de perdiz no es como el de mochuelo.
    
A qué decir, entonces, si no se cumple nunca:
He aquí, ¡oh amigos! que mi palabra es trunca.
    
A qué negar, entonces, lo que será entregado
y hacer filosofía del corazón callado.
    
Si escrito está que sea de todos conocido
mi corazón abierto que se parece al nido.

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