Incas – Sapa Inca – Emperadores – 2da. Parte

2da. Parte: Imperio histórico (1438-1533)


En la parte superior de la estructura social piramidal de los Incas, se encuentra el Sapa Inca, máxima autoridad política y religiosa considerado hijo del Sol. 

Pachacútec Inca Yupanqui (1438-1471)

Pachacútec , “el que cambia la tierra”, fue el noveno gobernante del incanato entre los años 1428 y 1471, cuarto gobernante de la dinastía Hanan Cuzco.
Hijo de Viracocha y Mama Runtu. Su nombre fue inicialmente, Cusi Yupanqui (príncipe alegre). 
Desde muy joven mostró aptitudes para el gobierno y las conquistas, sin embargo fue relegado injustamente en beneficio su hermano Inca Urco, un príncipe sin méritos suficientes.
Su juventud transcurrió en una época muy turbulenta. Los chancas habían comenzado su avanzada con la invasión de posiciones cuzqueñas, llegando a su punto álgido en 1435, cuando se hallaban muy cerca a la ciudad. Su padre, junto a Urco habían salido a hacerle frente a los invasores; pero se vieron obligados a la retirada, lo que aumentó la inquietud en la ciudad.
Cusi Yupanqui, ya consagrado como guerrero, apoyado por los generales Vicaquirao y Apo Maita organizó la resistencia. Los atacantes llegaban liderados por Astoy Huaraca y Tumay Huaraca, tenían fama de invencibles y contaban con el apoyo de los ayarmacas.
Los cuzqueños apoyados por los canas y por los míticos pururaucas lograron contenerlos con sangrientos choques en la mismas puertas de la ciudad. Entusiasmados por el arrojo de Cusi Yupanqui miles de hombres y mujeres combatieron e hicieron retroceder a los invasores. La batalla final se dio cerca al río Apurimac, en la llanura de Ichupampa. Los Incas vencieron categóricamente cuando Cusi Yupanqui logró decapitar a rey Astoy Huaraca.
Miles de chancas y cuzqueños murieron en aquel campo que en adelante fue nombrado Yahuarpampa (“Llanura de sangre”).
Después de invadir el país de los Chancas, Cusi Yupanqui regresó al Cuzco con muchos prisioneros, un rico botín y lleno de gloria. Fue aclamado encumbrado como nuevo Sapa Inca con el nombre de Pachacútec. Urco se sublevó reclamando el poder pero fue derrotado por Pachacútec en la Batalla de Paca (río Tambo) y arrojado a un barranco. El viejo Viracocha, resignado, pidió perdón al vencedor y lo reconoció como el nuevo soberano.
Dotado de un gran talento militar, inició la expansión del Imperio Inca más allá de las fronteras del Perú actual: hacia el norte, conquistó los reinos Chimú y de Quito, y por el sur llegó hasta el valle de Nasca. A fin de imponer su dominio sobre un complejo mosaico de más de 500 tribus, con lenguas, religiones y costumbres dispares y radicadas en áreas geográficas distantes, Pachacútec Inca Yupanqui reprimió con extrema dureza las rebeliones de los pueblos sometidos y no dudó en deportar a los grupos más conflictivos lejos de sus regiones de origen, dado lugar a los pueblos desplazados o mitimaes, pueblos que por su rebeldía habían sido llevados desde su lugar de origen a otro lugar más estratégico para los fines del Imperio.
No fue, sin embargo, un mero conquistador, ya que también supo dotar a su Estado de una sólida y eficaz estructura administrativa.
Estableció la confiscación de tierras “para el sol” y “para el inca”, mandó construir canales de regadío, andenes (terrazas agrícolas) y colcas (depósitos o despensas estatales) en todas las regiones del imperio.
Conectó todas las llaqtas (ciudades) ampliando el Capac Ñan (camino del Inca), en sus tramos se edificaron tambos (aposentos) donde descansaban y se aprovisionaban los funcionarios o servidores imperiales. El servicio de chasquis (mensajeros) y el entrenamiento de quipucamayoc (contadores) contribuyeron a acelerar las comunicaciones y guardarlas con fines estatales.
Dividió el Imperio en cuatro suyos (regiones), y a estos en huamanis (provincias). Estableció una red de funcionarios leales al Sapa Inca: Suyuyuc Apu, para las regiones; Apunchic, para las provincias; Tucuy Ricoc, para supervisar la labor de los curacas en sus ayllus o comunidades.
Priorizó el culto al Sol y ordenó la edificación de muchos templos en su honor, asimismo aseguró tierras y mitayos (trabajadores por turnos) para el sostén de los tarpuntaes y vilcas (sacerdotes).
Complementó su labor integradora al establecer el uso del Quechua o Runa Simi como lengua oficial del Tahuantinsuyo.
En los últimos años de su vida, Pachacútec confió la dirección de las campañas militares a su hijo Túpac Yupanqui, en tanto que él se dedicaba a supervisar la construcción de algunos de los monumentos más importantes de la cultura inca, como el Templo del Sol, en el Cuzco, la ciudadela de Sacsayhuamán, cerca de la capital, y Machu Picchu, la ciudad-fortaleza enclavada sobre el valle del río Urubamba.
Murió en 1471. Su mallqui (momia) fue cuidada y venerada por su poderosa Panaca (linaje) llamada: Hatun Ayllu.

Túpac Inca Yupanqui (1471-1493)

Hijo de Pachacútec y la coya Mama Anahuarque. Se casó con Mama Ocllo.
Desde muy joven se identificó con el ánimo expansionista de su progenitor y adquirió experiencia de guerrero y administrador, Su espíritu emprendedor lo llevó a incursionar en las tierras de los Chachapoyas (Selva Norte), Cañaris y Cayambis (en Ecuador).
Realizó un gran viaje marítimo, alistó una impresionante flota de balsas y zarpó con 20.000 hombres, llegando a unas islas llamadas Ninachumbi y Auachumbi (posiblemente sea una de ellas la isla Rapa Nui, donde se halla un muro de probable procedencia inca y donde se conocen historias sobre un guerrero Tupa). Algunos historiadores piensan que llegó a la Polinesia, específicamente a la isla Mangareval, donde en el siglo XVIII, sus habitantes relataban una leyenda de un jefe llamado inca que venia del este. El mismo relato existe en las islas Marquesas. 
Los cierto es que retornó a los dos años trayendo consigo gente negra, sillas de latón, pellejos y quijadas de caballos que fueron conservadas en la fortaleza de Sacsayhuamán.
Ya en el gobierno, Túpac Yupanqui continuó la obra de su padre, expandiendo y consolidando el imperio incaico. Emprendió la conquista del Antisuyo (Selva Alta o Rupa Rupa) acompañado de sus generales Otorongo Achachi y Chalco Yupanqui, logrando anexar extensas áreas ideales para el cultivo de coca y el aprovisionamiento de hierbas medicinales, plumas de aves exóticas y abundante madera.
Se dirigió al sur e invadió territorio auracano, dominó el Puren y Tucapel, deteniéndose en el río Maule, donde creyó conveniente trasladar a las poblaciones coyas como mitimaes. Retornó al Cuzco donde logró imponer un férreo control político, no sin antes haberse dirigido por remotos lugares del sur de América, llegando incluso al paso del Chacao, el “fin del mundo” (Chiloé, Chile), a través del territorio mapuche.
Continuó la construcción de llaqtas, colcas, pucaras, callancas, tambos y la ampliación del Capac Ñan (camino del Inca) . El nuevo orden impuesto por los incas provocaban el descontento y rebelión de muchos curacas o señores regionales, Túpac Yupanqui fue duro en la represión matando muchos sublevados y trasladando a otros como mitimaes. La tradición incaica le atribuye la implantación del sistema de yanaconas, prisioneros de guerra que en lugar de ser ejecutados, eran llevados como personal de servicio perpetuo para la nobleza y el estado.
Túpac Yupanqui, el conquistador más grande de la historia inca, murió en 1493, envenenado en una conspiración que buscaba el ascenso de Cápac Huari, hijo de una esposa secundaria llamada Chuqui Ocllo. Los conjurados fueron descubiertos y ajusticiados por los leales a Huayna Cápac, el verdadero Hatun Auqui designado por su padre. Los descendientes del inca fallecido formaron una de las más prestigiosas y poderosas panacas: Capac Ayllu.

Huayna Capac (1493-1527)

Su nombre era Tito Cusi Huallpa, había nacido en Tumibamba (Ecuador) cuando su padre, el sapa Inca Túpac Yupanqui, estaba en campaña contra los cañaris de la región.
Tras el asesinato de su padre, en 1493, debe afrontar conspiraciones de sus hermanos. Como Huayna Cápac aún no podía asumir el poder, los orejones nombraron un Inca Rantin (regente o sustituto) para que gobierne provisionalmente; este cargo de confianza recayó en Apo Huallpaya, quien fue descubierto en una confabulación traidora, capturado y ejecutado.
Después de aprobar el Huarachico (ceremonias de iniciación viril), Huayna Capac recibió la mascaypacha roja, máximo símbolo del poder incaico.
Su gobierno se concentró en esfuerzos por consolidar el dominio inca en todas las regiones del imperio. En ese sentido realizó diversas campañas para sofocar rebeliones. En el Chinchaysuyo dirigió personalmente la represión a los huancas, cañaris, huancavilcas, chonos y punaeños. 
También aplastó la rebelión de los Chachapoyas y en el extremo norte anexó hasta el río Ancasmayo, en tierras de la actual Colombia.
Con esto alcanzó los máximos límites que tuvo el Tahuantinsuyo. Teniendo como base de operaciones a la llaqta de Tumibamaba dirigió campañas contra los tallanes, tumpis, cayambes y carangues. Al enterarse de otras rebeliones en el Collasuyo envió a su general Yasca para sofocarlas y construir fortalezas en la frontera con los belicosos chiriguanos.
Las crónicas le atribuyen la implantación del sistema de pinacuna o piñas, convirtiendo en “esclavos” a ciertos grupos rebeldes para enviarlos a los duros trabajos en los cocales de la selva alta.
Una epidemia, posiblemente de viruela, transmitida por un contingente de indígenas chiriguano durante una incursión a través del Chaco, y que a su vez había sido introducida por una colonia española del Río de la Plata, diezmó la población y acabó con la vida del mismo emperador.
Aunque hubo de sofocar varias revueltas, en general el reinado de Huayna Cápac fue un periodo de estabilidad, que permitió la construcción de grandes templos y obras públicas. Sin embargo, facilitó la descomposición del imperio al dividir la herencia entre su hijo legítimo Huáscar (al que legó la parte sur, con capital en Cuzco) y su hijo predilecto Atahualpa (al que hizo rey de la parte norte, con capital en Quito).
Desde 1523 tuvo noticia noticias de la presencia de individuos con grandes barbas y extraños vestidos que llegaban por el mar navegando en gigantes “casas de madera”. Siete años después, el enfrentamiento entre sus dos hijos permitió la dominación del Perú por el reducido ejército de Pizarro.

Huáscar (1527-1532)

Hijo de Huayna Cápac y de Rahuac Ocllo, nació en Huascarpata, al sur del Cuzco. Tenía experiencia administrativa por haber ejercido como Incap Rantin (vicegobernador) de su padre, mientras éste residía en Tumibamba.
Su nombre original fue Topa Cusi Huallpa y adoptó el de Huáscar (quechua: Waskhar, “cadena de oro”) en 1528, al ser proclamado Emperador Inca, cuando el Willac Umu, máximo sacerdote del imperio, le colocó la mascaipacha roja.
Para continuar la política expansiva de su padre, envío una expedición encabezada por su primo Tito Atauche a someter a los poblados al noroeste de Chachapoyas y pretendía conquistar en valle de moxos.
A pocos meses de asumir el gobierno, Huáscar descubrió una vasta conspiración donde estaban implicados varios de sus hermanos que querían encumbrar al Cusi Atauchi, muy estimado en el Cuzco. La furia del Inca fue implacable, mandó degollar a todos los conjurados entre los que se encontraban prestigiosos orejones de importantes panacas, principalmente de grupos Hanan Cuzco. Para sentirse seguro Huáscar se alejó de la nobleza cusqueña y se rodeó de nobles advenedizos, lo que ofendió gravemente el orgullo de los cusqueños.
La situación se agravó cuando anunció que enterraría las mallquis o momias de los incas y confiscaría las ricas propiedades de las panacas. El ambiente de descontento incrementaba la posibilidad de una rebelión. Para eliminar a los hermanos rivales Huáscar los convocó a la capital para la gran ceremonia de recepción de la mallqui o momia de su padre Huayna Cápac, que llegaba desde Quito.
El auqui o príncipe Atahualpa, por consejo de nobles y generales de Tumibamaba no viajó al Cuzco, sólo envió una delegación con el argumento que estaba en campaña contra ciertas tribus rebeldes del extremo norte. Huáscar humilló y dio muerte a la embajada de Atahualpa ordenando su inmediata presencia en el Cuzco. Nuevamente su hermano envió una grupo de nobles con regalos y mensajes de sometimiento a su autoridad; el Inca enfurecido los mató y envió ropas y aromas femeninos para Atahualpa, esto significaba una humillación y muerte segura. Huáscar prometió ejecutar a su hermano por conspirador y exigió que se le considere del grupo Hurin y nunca más de Hanan Cuzco, bando que apoyó a Cusi Atauchi y ahora a Atahualpa.
Atahualpa era medio hermano de Huáscar y uno de los hijos predilectos de Huayna Cápac, desde niño vivió en Quito y Tumibamba por lo que era muy apreciado por los orejones del norte, los grandes generales y los señores cayambis y caranquis del Ecuador. Precisamente fueron sus parientes y partidarios quienes le aconsejaron no viajar al Cuzco y más bien prepararse para la guerra y la toma del poder.
Una vez declarada la guerra Huáscar envió al general Ätoc quien avanzó rápidamente al norte y ganó la batalla de Mocha, pero fue derrotado, capturado y decapitado en Ambato. Su cráneo fue revestido de oro y utilizado como vaso trofeo por Atahualpa. El Inca envió un nuevo ejército encabezado por Huanca Auqui quien fue derrotado en Tumibamba y Mullituro.
El príncipe rebelde, Atahualpa, contaba con miles de soldados veteranos de las campañas del norte y con experimentados generales que le permitieron avanzar hasta Huamachuco. Desde allí envió a Quisquis y Calcuchimac para la campaña final en el centro y sur con el objetivo de destruir a los huascaristas y tomar el Cuzco.
Ante la grave emergencia el mismo Huáscar dirigió sus tropas y logró victorias como las de Tahuaray y Cotabambas, sin embargo perdió la decisiva batalla de Chontacaxas; más aún, fue tumbado de su litera y tomado prisionero por el bravo general Quisquis. Los vencedores ingresaron al Cuzco y dieron horrible muerte los partidarios de Huáscar, principalmente a sus familiares, incluyendo mujeres embarazadas y niños que fueron colgados desnudos y desviscerados en su presencia.
Huáscar fue humillado, torturado y llevado semidesnudo rumbo a Cajamarca, ciudad a la que no llegó pues fue degollado en Andamarca (cerca de Huamachuco) y sus restos arrojados a un río. Atahualpa, quien ya era prisionero de los españoles, ordenó su muerte temeroso de que Pizarro lo libere y devuelva el poder.

Atahualpa (1532-1533)

Hijo del emperador Huayna Cápac y de Túpac Paclla, princesa de Quito.
Cuando Atahualpa contaba con dieciséis años de edad, su padre decide dejar el Cuzco y marchar con él y su hermano Ninan Cuyochi hacia Quito al mando de 50.000 soldados, dejando a su hijo Huáscar en Cuzco junto a sus hermanos Paullo Túpac y Manco Inca.
En Quito Huayna Cápac encarga a Atahualpa la conquista de la región del Yaguarcocha junto a 20.000 soldados. En la batalla Atahualpa sufre una derrota, por lo que tuvo que retirarse del combate, recibiendo finalmente el apoyo de las tropas de su padre.
Atahualpa participa en la lucha donde tiene por misión proteger la retirada de los orejones en el asalto a la fortaleza de los caranguis.
Antes de morir Huayna Cápac, decidió dejarle el reino de Quito, la parte septentrional del Imperio Inca, en perjuicio de su hermanastro Huáscar, el heredero legítimo, al cual correspondió el reino de Cuzco.
Aunque inicialmente las relaciones entre ambos reinos fueron pacificas, la madre del inca cuzqueño, Mama-Ragua-Ocllo, inició una campaña de intrigas e incitaciones con el objeto de que Huáscar se lanzara contra su hermano. La corte del Cuzco no admitía perder injerencia en tierras tan ricas como las de Quito. 
Los hermanastros condujeron al imperio Inca a una guerra civil.
En 1532, informado de la presencia de los españoles en el norte del Perú, Atahualpa intentó sin éxito pactar una tregua con su hermanastro. Huáscar salió al encuentro del ejército quiteño, pero fue vencido en la batalla de Cotabamba y apresado en las orillas del río Apurímac cuando se retiraba hacia Cuzco.
Posteriormente, Atahualpa ordenó asesinar a buena parte de los familiares y demás personas de confianza de su enemigo y trasladar al prisionero a su residencia, en la ciudad de Cajamarca. En ese momento, el emperador inca recibió la noticia de que se aproximaba un reducido grupo de gentes extrañas, razón por la que decidió aplazar su entrada triunfal en Cuzco, hasta entrevistarse con los extranjeros.
El 15 de noviembre de 1532, los conquistadores españoles llegaron a Cajamarca y Francisco Pizarro, su jefe, concertó una reunión con el soberano inca. Al día siguiente, en sus andas reales, guarnecidas de multicolores plumas de papagayo y de láminas de oro y plata, a hombros de ochenta “orejones” vestidos de cortas túnicas azules, se presentó Atahualpa en la plaza de Cajamarca, seguido por su guardia de cañaris y por sus mejores tropas, al mando de Rumiñahui, así como de sus consejeros y altos funcionarios que se hacían transportar en bamboleantes hamacas. Le precedía un escuadrón de mil indios con túnicas de cuadros blancos y encarnados.
En la fortaleza, cuatro piezas de artillería disimuladas hábilmente, esperaban la señal de la matanza, y en las calles a la plaza se ocultaban tres grupos de caballería, al mando de Hernando Pizarro, Sebastián de Benalcázar y Hernando de Soto.
El dominico Valverde se acercó a las andas reales, acompañado del intérprete indio Felipillo y comenzó a exponer su requerimiento en el que intimaba al Inca la sumisión al Papa y a Carlos V. En medio de su perorata, el fraile le entregó su breviario explicándole la esencia de la doctrina cristiana. El Emperador arrojó el libro al suelo con un gesto y dijo, entre otras cosas: 
“…Tenéis por Dios a Cristo y decís que murió; pues yo adoro al Sol que no ha muerto jamás, no morirá…”
El fraile indignado se retiró apresuradamente a la fortaleza y fue a comunicar las palabras de Atahualpa a Pizarro y arengar a las tropas: “¡Los evangelios entierra, salid cristianos que yo os absuelvo!”.
Los soldados emboscados empezaron a disparar y la caballería cargó contra los desconcertados e indefensos indígenas..
Los nativos no se defendieron, pues habían venido con ánimo de paz. Al filo de la espada perecieron los ochenta portadores de las andas reales. Los acompañantes del cortejo se dispersaron en medio de un confuso griterío. Al escuchar las trompetas y los cañones, su terror fue tan grande que derribaron uno de los muros de la ciudad en su huída.Más de dos mil cadáveres quedaron en la plaza y los sobrevivientes huyeron a refugiarse en la Cordillera. Los españoles hicieron muchos prisioneros. Pizarro en persona, asió a Atahualpa por el cuello, del cual pendía un collar de esmeraldas, mientras que el soldado Astete le arrancaba la imperial borla carmesí.
La mañana siguiente, soldados españoles salieron como buitres a hurgar entre los muertos y a rematar los heridos en busca de objetos de valor. Así reunieron ochenta mil pesos de oro, siete mil marcos de plata y catorce esmeraldas. Francisco Pizarro se adueño de la gran placa de oro -con la figura del sol- que adornaba las andas de Atahualpa, y que pesó más de veinticinco mil castellanos. El asiento de las andas “era un hermoso tablón de oro” cubierto con un cojín de lana de varios colores todo guarnecido de piedras preciosas.
La codicia de Pizarro creció, le prometió vida y libertad si le llenaba una vez de oro y dos veces de plata el aposento de siete metros por cinco que le servía de prisión, hasta una línea blanca trazada en el muro “a la altura de un hombre con el brazo levantado”. Atahualpa hace traer desde distintos puntos del imperio valiosos cargamentos, hecho que provocó que el afán de riquezas de los españoles aumentara.
A los pocos días, Atahualpa, temeroso de que sus captores pretendieran restablecer en el poder a Huáscar, ordenó desde su cautiverio el asesinato de su hermanastro.
Una denuncia del cacique de Cajamarca, quien acusaba a Atahualpa de haber usurpado el trono de Huáscar y de haber asesinado a su hermano, fue la excusa para instruirle proceso “un pésimamente organizado y peor escrito documento, esbozado por un sacerdote sin principios, un torpe notario sin conciencia y otros de igual talla”, según relatara Fernández de Oviedo.
Fue condenado a la muerte en la hoguera, pena que el Inca vio conmutada por la de garrote, al abrazar la fe católica antes de ser ejecutado, el 29 de agosto de 1533. La noticia de su muerte dispersó a los ejércitos incas que rodeaban Cajamarca, lo cual facilitó la conquista del imperio y la ocupación sin apenas resistencia de Cuzco por los españoles, en el mes de noviembre de 1533.

La mayor parte de los cronistas acepta la nómina expuesta, aunque hay algunos que consideran que deben tomarse en cuenta también a Tarco Guaman y a Inca Urco. El primero sucedió a Mayta Cápac y, después de un corto período, fue depuesto por Cápac Yupanqui. El segundo se ciñó la mascaypacha por decisión de su padre, Viracocha, pero, ante su evidente desgobierno y la invasión de los chanca, huyó con él.

Pinturas de los incas de Amilcar Salomón Zorrilla

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