Manuel del Cabral – República Dominicana

Manuel del Cabral

Poeta, escritor y novelista, nació en Santo Domingo, República Dominicana el 7 de marzo de 1907.
Es la figura más importante en la lírica moderna de su país y la que justamente ha logrado una mayor proyección continental.
Fue denominado junto a Nicolás Guillén como  uno de los más fieles representantes de la poesía negra, convirtiéndose en un permanente defensor de los derechos de su pueblo. Siendo todavía adolescente se radicó en los Estados Unidos, y luego recorrió diversos países sirviendo en el cuerpo diplomático, para radicarse por muchos años en Argentina reconocida por él como su segunda patria.
Su vasta obra abarca varios géneros de la poesía, sobresaliendo especialmente sus «Doce Poemas Negros», «Compadre Mon»  y «Trópico Negro». Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1992.
Falleció  en Santo Domingo el 14 de mayo de 1999.


El huésped de los pájaros

Yo sé bien que se hiere cuando silba.
Comprendo que la tarde la va haciendo su canto.
Me sé bien de memoria que su garganta pone
más azul en los charcos que pisan los boyeros; y pone
unas tierras extrañas en las bárbaras guitarras
de los pinos.

Comprendo que en el cutis del mar escribe cartas
que sólo leen durmiendo los marinos;
comprendo que su pico
empuja a la mañana como el río sus rizos, la lleva
con el calor de un viento hasta los hombres. Comprendo
que sólo cuando él mueve las palabras, las cosas
van cayendo en la tierra con la novedosa inutilidad
que tiene siempre el árbol para dejar caer
sus profundos frutos, inevitables de ser un poco Dios.
Sin embargo, si no lo viera, si no lo tocara,
me sería difícil comprender su presencia.
No siempre
baja a tierra, pero siempre
bebe en el ojo suelto de un rocío.

Sexo cumpliendo

Digitales delicias gobiernan superficies.
El lecho cruje,
cruje de pueblo fabricado a besos.
De pronto un sudor blanco roba el futuro en gotas,
y un sabor hay de mar que busca no ser agua,
sabor de ropa derrotada a clima,
a ternura de plumas prisioneras,
a mañana que anda por su cuerpo,
por su aluvión de tibia nieve a sueldo:
censo precipitado, derretido,
pequeña muerte desprendida viva.

Desprendida,
invadiendo dominios de líquidas raíces,
y a ocultos empujones azules, por sus venas:
nadadores extraños, materiales secretos
que galopan cruzándose de vida;
un resbaloso mundo de minutos con siglos,
un semental tumulto que anónimo prepara
espacios dolorosos,
números obligados a levantarse como héroes…

Sin embargo, gomas hay ataúdes,
redes para mariscos terrenales,
se coagulan sus ángeles sin puerta,
cielo de caucho eunuco los ahoga,
mata sus puros empujones blancos,
mata sus furias de humedad reunida.

Pero terca,
toda la zoología se le sube a su cuerpo,
por sus manos elásticas como palabras,
por el valiente oficio de pan que hay en los senos,
anda un blando, anda un suave,
anda un dulce silencio de leopardo.

Y la materia tiembla,
tiembla sobre boticas y birretes,
sobre encuadernadores de siglos educados,
y como un dios que entra
apartando trigales enlutados,
sólo su clima sólido de súbito
abre auroras profundas, vigiladas,
para poner de pie cada año a la tierra.


Ellos

Ellos no tienen lecho,
pero sus manos
son las que hicieron nuestras casas.

Ellos comen cuando pueden
pero por ellos comemos cuando queremos.

Ellos
son zapateros pero están descalzos.

Ellos nos visten pero están desnudos.

Ellos
son los dueños del aire cuando manejan alas,
mas son los limosneros del aire de la tierra.

Ellos no hablan,
tienen palabras vírgenes… Hacen nuevo lo viejo…

La mañana lo sabe y los espera…

Huésped desenterrado

Toda la noche
la cotorra del brujo picoteando el silencio.
Toda la noche
estuvieron los hombres bregando con trozos de tinieblas.
Toda la noche
el farol casi humanos con su poco de día,
matando la mirada dulce-azul del cocuyo.
Y nada.
El sepultado ni siquiera hedía.
Todo aire de muerto lo mataban las flores.
¿Es que se hundió como si fuera en agua?
Ayer, precisamente, se le vio en la bodega,
luchando entre penumbra con unos diosecillos
que saltaban sin tregua
desde el tonel del vino hasta la copa,
y corrían,
corrían,
como un grupo caliente de cosquillas
por su cuerpo varón y su neblina.
Toda la noche
estuvieron los hombres cucuteando,
registrando la tierra.
Sin embargo, mi perro está ladrando,
hoy a las siete de la mañana
mi perro está ladrando,
ladra junto a una mano que parece de náufrago fijo.
¡Creció el cadáver
igual que un árbol para dar su fruto!

Oda escrita en la piedra

Hay algo mas que el viento buscando ser instinto,
algo más que la ola
que quiere andar de pie como la sangre.
Hay algo más que aquello que rezaba a las piedras,
suave como la muerte del cabello del indio,
simple como el secreto transparente del agua.

Hoy aquellos que fueron siempre mudos,
los que siempre llevaron en la sombra
la dignidad del loto que crece sobre el cieno,
se acercan a la tierra,
y echan voces por granos, como quien va regando
la conciencia.

Llegan horas que nacen para la alondra insigne.
La tierra tiene ahora la cualidad del ave.
Y el horizonte crece, crece en aquellas manos
que saquearon a sangre la esperanza.

Aquellas manos simples,
que traen en los filos de picas y hachas
el oro de las minas de los amaneceres.

Es la América inédita,
la que estaba en el tacto,
la que estaba en la carne,
como aquello que a veces se nos queda
en el vientre materno que se revienta en vida.

La América que un día se quedó entre los hombres
y creció entre sus manos como el río en el mar.

América también:
la que pinta de verde el aguacero,
la que suena en el fuerte como un tiro de paz,
la que muerde en la miga dura de tiempo el negro,
la que un poco se duerme tirada en una esquina
mientras la sangre antigua moja aun las espadas,
mientras todos los siglos caben en la garganta,
mientras el indio andino no conoce a Bolívar,
mientras por los caminos de los Andes las llamas
bajan a paso manso sin que lo sepa el mundo
una pequeña caja de pino en donde viene
tal vez no un niño muerto, sino el sueño profundo
de toda la montaña.

Ya la mañana viene sobre carretas pobres,
carretas que traen de lejos su catedral de fatiga.

Parece gente el aire que da contra la frente.
Viene la sangre niña como el agua primera.
Raíz de madrugada, canta el indio remoto.
La sonrisa se ha puesto de pie como una hazaña.
La mañana de ahora trae durezas de estatua.
Hoy la tierra que sube municipal es cósmica.
Nadie fundó la urbe… Fueron antiguas rocas
que crecieron a fuerza de pensar en las alas.
Hoy no lanza el hondero la piedra suelta al tiempo
sino que se levanta con ella misma el hombre.

Mientras pasa la muerte resucitando espadas.


Los hombres no saben morirse…


Los hombres no saben morirse…
Unos mueren no queriendo la muerte;
otros 
la encuentran en un beso, pero sin estatura…
otros 
saben que cuando cantan no le verán la cara.

Los hombres no se mueren completos, 
no saben irse enteros…
Unos reparten en el viaje sus retazos de muerte;
otros 
dejan el odio para cuando vuelvan…

Otros se van tocando el cuerpo
para saber si salen de la trampa…

Los hombres no saben morirse…
Unos van dejando su yo sin comprenderlo;
van dejando basura para esciba esotérica;
otros
se vuelven hacia adentro ante el vacío…

Pero todos,
con el cadáver de su tiempo al hombro,
todos,
todos son el Uno,
el Uno
que sólo por amor vuelve a la tierra.

Sangre mayor

¿No sientes que mi sangre suelta de pronto pájaros?
Si yo pudiera ahora ponerme a juntar ojos,
a llenarme las manos de habitantes que duelen,
y a enterrarme sus dientes lo mismo que semillas…

¿No sientes que mis brazos crecen como dos ramas?
Si yo pudiera ahora dárselos a los ciegos.
Yo crezco entre los cines, peluqueros, modistos,
igual que un lento fruto que crece entre su cáscara.

Vuelvo y me digo ahora: la raíz no es del hombre;
debe haber otra vez huéspedes en mis venas,
recorriéndolo todo, penetrándolo todo,
como un largo cuchillo vestido de palabra.

Ya siento que me duele la piedra sin tocarme.
Aquí la fuga es mía, la disgregada cosa.
Hacedme herida, tiempo; golpeadme tiempo el sueño,
que por mi herida sale la estatua de un silencio.

Algo tendré que busco los pétalos obreros,
¿tendré altura de rosa? ¿No mediré ya el viento?
Alguien busca y encuentra por mis perdidas venas
la familia de luces que la epidermis calla.

Estos huesos que siempre los números dirigen,
si el armazón no fueran de una palabra, un hambre;
si la mano en la sombra no viniera pensando,
¡oh qué cerca estuvieran de la rosa los hombres!

No me siento caído ni pegado a la tierra.
¿Para qué paso entonces por entre Ios harapos
de voces sin zapatos, pero con pies azules?
(Por algo hay en mí sangre pesadilla de alondras.)

¿Pero por qué los brillos de este metal que crece
en los filos del ojo? ¿Tendré yo todavía
que perseguir esencias y misteriosos vientos
enemigos del pan y fuerza de jardines?

La guitarra se pudre en las manos sin hambre…
Por algo está este viento enterrado y sin gente.
Quiero sacar mis dedos y fabricar presencias
en el aire del cuerdo que duerme la guitarra.

Ponedme aquí a la puerta por donde viene alguien
que tiene entre las manos el cadáver del tiempo,
Aquí, sólo con sangre, aquí yo diré cosas
que tienen el tamaño simplemente del hombre.

Lucho con la neblina que se pega a la voz.
¿Pero hace tanto tiempo que me arranqué los ojos?
¿Tendrá que ver la tierra con estas cosas mías?
Ella que anda desnuda desde que estoy sin ojos.

De cosa calculada y amargo paso hecho
se me cae este duro pasaporte de sangre.
Yo quiero simplemente saber si por mi herida
la tierra seca busca su esperanto de río.

Hay, ya sé, comerciantes con pasos de azucena.
No invitadas palabras casi arrugan el aire.
Hay alguien que podría ver hacia arriba y verme
joven de azul y siempre tan viejo de preguntas.

La cosa innecesaria que se pesa y se mide,
este inútil idioma: cáscara de tu alma;
además, en desuso… en desuso si alguien…
si no fuese tan joven la vejez de este viento.

Cabe, dice la niebla, la nada en este hombre,
¿sufre tal vez la nada? Voy a decir y grito
que estoy en cada cosa, que cada cosa duele
cuando yo pienso y veo. Voy a cuidarme ahora

en la nada y la rosa. Yo vigilo mi origen
descuidando las cosas más pequeñas del hombre…
Alguien me dirá entonces que hago sufrir distancias.
¿Estaré yo en las piedras buscando mi palabra?

¿Y qué puede esta dura reunión de mi cuerpo,
aquí, perdida en sombra, inútil, agarrada?
¿Pero de qué se agarra? ¿Qué le duele a mi niebla,
y al aire que hay en mí de partida y sin viaje?

¿Para qué son entonces este lujo en la rama,
y el otro que congrega la rosa en el olfato?
Mi tacto; que es varón, busca soltar palomas,
y hacer cosas de aire sin edad y ser hombre.

De caballo y de pétalos está hecha mi frente.
¡Qué enemigo que estoy de la piel y mi nombre!
Mi defensa de esencias mata los calendarios,
y otras cosas presentes como los cementerios.

La pobre cal que viste de novia las paredes,
y este rumor de olas que no quiere venir
de donde viene el tiempo. Por la herida los huesos
como letras perdidas salen a usar la noche.

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