Cultura Huarpe – Leyendas


Huazihul.  El espíritu de la montaña

Con la llegada del atardecer y los últimos rayos del sol iluminando la cordillera, se escucha de lejos bramar al cerro El Alcázar como una queja eterna de la raza, es un grito por los indios huarpes.
Ésta es la leyenda del cacique de la tribu Huarpe, quien perdió la vida en un enfrentamiento con los cristianos que lo perseguían:

En las épocas de la conquista, los españoles, decididos a terminar con la rebeldía de este pueblo que se creía dueño de la tierra, encargaron a un capitán llamado Diego Salinas la realización de una campaña para demostrar a los huarpes su poderío.

Huazihul, señor de los huarpes, era un joven fuerte, alto, ancho de espaldas y de manos recias. Su hermoso rostro de pelo abundante había enamorado a todas las muchachas de la tribu. Su sola mirada resplandeciente como la noche hacía suspirar a las jóvenes y temblar a los guerreros.

Este valiente, habiéndose enterado de los ataques de los españoles a los poblados, acaudilló las huestes y avanzó hasta el valle de Tulum. El español salió al encuentro a los pies del cerro pero el guerrero, advirtiendo la desigualdad de fuerzas, retrocedió con los suyos. Fueron perseguidos de cerca por las cornisas de la montaña, encerrados y a la vista de sus familias, presentaron batalla sobre las pétreas hondonadas.

Fue un combate aniquilador y Huazihul se retiró a la montaña seguido de un puñado de sobrevivientes pero Salinas que tenía fama de valiente y arrojado, buscó medirse con el jefe huarpe y subió a la montaña por los ignorados pasadizos.

Encendidos los ojos en la tez tostada, Huazihul de pie, desde un risco lo observaba, su honor estaba en juego, pendía en la mano el arco, el pulso firme, miró, escrutó la armadura enemiga e inició una lluvia de flechas que rebotaban sobre los españoles. Luego, arrojó el arco, desesperado y enardecido por la fallida puntería. Entonces, dando un furioso alarido, saltó al frente del adalid odiado. Un instante y el brazo izquierdo del cristiano quedó herido; en respuesta la hoja toledana abrió una profunda herida en el corazón del amta huarpe; la piedra se embebió de sangre y los ojos del guerrero vencido se cerraron para siempre sobre la roca materna, frente al claro firmamento. Con él quedó dominada la resistencia de su pueblo.

Los siglos pasaron pero quien se arriesga por los derroteros del Al-k-zat que significa “lugar del daño”, siente bramar la roca. Los criollos dicen al viajero: “El Señor, lo ha desconocido, la sierra está bramando, quizás haya temporal. Es porque Huazihul estará allí eternamente acompañando al pueblo sanjuanino y vigilando desde la altura a ésta, su tierra”.

Leyenda de la india Mariana


El historiador y arqueólogo sanjuanino, Rogelio Díaz Costa, nos relata la leyenda de la india Mariana:
No era alta, pero tan flaca que lo parecía. En el bronce oxidado de su rostro, los años habían rayado un gesto cínico, que se hacía agresivo al fulgor de sus ojos fosforescentes, cambiantes como las horas del día. Un montón de faldas superpuestas, un turbante polvoriento y descolorido como las hojas de otoño y un rebozo de “jergas” (telas toscas y gruesas) componían su atavío, rematado por unas ojotas blandas y elásticas.

Su única compañía era un “pila” (perro) desmedrado y temblón, como puede serlo la personificación de la muerte entre los perros.

Nadie podía decir de donde venía ni calcular su edad. Llegaba siempre con las crecientes, cuando el manto de nieve empezaba a deshilacharse en la cordillera y se instalaba bajo un envejecido algarrobo a la vera del camino a Mendoza.

El árbol parecía conocerla. Nadie sería capaz de negar que no lo hubiera plantado ella misma. Con su llegada las vainas crecían y maduraban. Caían cuando se marchaba.

Un día cualquiera, al salir al campo, los puesteros la encontraban sentada en sus alforjas, fumando un cigarro que parecía durarle encendido toda la temporada. Mariana, si fue joven, no debió ser ni medianamente hermosa, excepto sus manos, en ellas radicaba toda su coquetería.

No era agradable de ver ni de tratar. Hablaba una lengua ininteligible que, sin embargo, atraía a los niños.

Añejas historias, mantenían quieto al diminuto auditorio, cuando la rodeaban en la siesta para escucharla.

Los grandes no sabían, ni les preocupaba, lo que Mariana contaba. La india era inofensiva y tan familiar en el paisaje estival como las golondrinas. Alguno, que la oyó en su infancia, recordaba vagamente sus relatos. Historias de animales, de cerros, de tesoros escondidos…, otras épocas…, otros seres…

La siesta, amodorrada y ardiente, encendía la imaginación y el ambiente era misterioso y sugestivo como fogón de arriero.
Hablaba lenta y cansada, sin mirar el círculo abigarrado de chiquillos que, cabalgando en su voz, recorrían un mundo de supersticiones siglos idos. Sin detenerse, insinuante, quedadamente, como si gozara con el recuerdo y se embriagara con las palabras, contaba lo que aprendió allá, en su indígena niñez, cuando los hombres entendían el lenguaje de las cosas silvestres.

Conocía a todas las “guaguas” (niños pequeños) por su nombre, más se empeñaba en llamarlos con otros que no entendían, pero les gustaba.

Con los grandes no hablaba nunca. Les vendía sus pepitas de oro y nada más. A las “huainas”, (Jóvenes) en cambio les decía que las piedritas brillantes que enloquecían a los blancos las recogía en un “pocito” de la sierra vecina.

La codicia la siguió a los cerros varias veces… Uno solo regresó ¡Loco!.

Desvariaba, con raros vientos, montañas que se reían, pájaros gigantes que servían a Mariana ¡La reina más hermosa que una virgen! Cavernas encantadas, donde brillaba el sol al mismo tiempo que las estrellas, donde los animales vivían como las gentes y no había ni invierno, ni verano. Los árboles eran de piedra, pero crecían a orillas de arroyos que no se secaban nunca.

Allí Mariana hablaba con los animales, porque era la reina de las aves y éstos la obedecían y cantaban como coro de iglesia.

Es cosa sabida que un grupo de españoles, a fines del siglo XVI, planeó asaltar a la vieja india Mariana, que vendía pepitas de oro bajo un envejecido algarrobo junto al camino del sur.

Una noche guiados por el resplandor del cigarro de la india, dieron el golpe. Pero bajo el árbol sólo encontraron un “pila” (perro) enorme cuya boca era las brasas del cigarro el que se irguió a la luz de las antorchas”.¡Huyeron espantados!.

Después contaron que, mientras huían, una risita insultante salía del algarrobo. Se dice también que, esa noche, un violento temblor sacudió la región. Al día siguiente, Mariana ya no estaba. Nadie volvió a verla. Muchos la buscaron y buscaron el “pocito”. Pero no lo encontraron. Sólo quedó el nombre: Pocito. (Nombre del departamento sanjuanino).

Pismanta.  Lágrimas de un cacique

Se cuenta que Pismanta, el cacique más recordado por su bondad, nunca pudo aceptar la llegada al Valle de Tulum de los conquistadores. No tenía espíritu guerrero, pasaba largas horas a la orilla del río pescando para alimentar a los suyos o simplemente mirando la grandeza de la montaña, alabando a la Pachamama.
Un día los dioses le anunciaron lo que ocurriría en ésta su tierra. Sintió que esos extranjeros se quedarían para siempre y que terminarían con su raza. Su dolor fue incalculable y el valiente dio libertad a sus instintos bravíos pues no podía soportar la idea de ver su tierra y su raza pisoteada por el español.

Una y otra vez se enfrentó a los soldados castellanos cuyos pechos parecían reflejar el sol cuando venían en frente de batalla. Pero también una y otra vez vio diezmadas sus tropas y muertos a sus propios amigos.

Luego, esos mismos soldados contra quienes luchaba, no sólo se apoderaron de la tierra sino que también lograron conquistar algunos de los suyos. Para ese entonces el cacique Angaco, se les había unido. En ese momento, Pismanta tomó la decisión que daría origen a la leyenda.

Para no seguir siendo humillado por los conquistadores, para que los usurpadores no osaran rozar su figura de Señor Huarpe y verdadero dueño de las tierras y mucho menos que menoscabaran su condición de cacique, se retiró hasta un lugar llamado Angualasto. Allí, en una cueva que casi nadie conocía, se encerró con toda su familia a esperar la muerte.

Dicen, los antiguos del lugar, que luego de unos días se escuchó un fuerte temblor acompañado de un estruendo. Una gran grieta se abrió en la roca que sellaba la caverna y por ella comenzó a fluir un hilo de agua caliente.

Narran algunos, que esas aguas que brotan son las lágrimas del cacique. Calientes porque brotan del corazón mismo de la tierra (la Pachamama) que acogió en su seno a tan ardiente defensor de su raza. Además son continuas como una queja silenciosa y constante que nos recuerda que allí quedó un valiente que prefirió dar la vida antes que traicionar a sus ideales.


La población Huarpe se extendía a mediados del siglo XVI por una amplia área al pie de la Cordillera de Los Andes, centrándose en los valles fértiles del final del piedemonte precordillerano. De norte a sur estos valles recibían los nombres aborígenes de Tuauma o Caria, Güentota o Cuyo y Uco/Jaurúa. Están determinados por los ríos actualmente denominados San Juan, Mendoza y Tunuyán respectivamente. Estos ríos cuyanos son los grandes colectores de una red hídrica formada por los deshielos cordilleranos y su caudal depende de las nevadas que se producen en las altas cumbres. En su recorrido siguen aproximadamente la dirección oeste-este y concluyen, los dos primeros, en una zona lagunera conocida como Lagunas de Guanacache; y en el río Desaguadero, que nace en las lagunas, en el caso del río Tunuyán. La Cordillera de Los Andes y el río Desaguadero eran los límites occidental y oriental respectivamente del área de ocupación Huarpe.

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