Antonio Cisneros – Perú

Antonio Cisneros Nació el 27 de diciembre de 1942 en Lima, Perú. Estudió en las universidades Católica y de san Marcos; se doctoró en letras en 1974. Ha sido profesor universitario y periodista en el país y en el extranjero. Dirigió varias revistas y suplementos, entre ellos, El caballo rojo, 30 días y El búho. Ha publicado diez libros de poesía: Destierro (1961), David (1962), Comentarios reales (1964), Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968), Agua que no has de beber (1971), Como higuera en un campo de golf (1972), El libro de Dios y de los húngaros (1978), Crónica del Niño Jesús de Chilca (1981), Monólogo de la casta Susana (1986) y Las inmensas preguntas de celestes (1992). En 1978 fue becario de la Fundación Guggenheim de Nueva York. Ha dado clases de literatura en el Perú, en Inglaterra, Francia y Hungría. En 1978 y 1979 fue investigador en la Universidad de Berkeley. En 1965 ganó el Premio Nacional de Poesía del Perú “José Santos Chocano”. En 1968 ganó el concurso de poesía Casa de Las Américas de Cuba y en 1980 obtuvo la Primera Mención Internacional de Poesía “Rubén Darío” de Nicaragua. Volúmenes con su poesía han sido publicados en inglés, francés, alemán, holandés y húngaro. Además de los idiomas citados, sus poemas también han sido traducidos al griego, japonés, chino, ruso, italiano, portugués, sueco, danés, finlandés, rumano, turco y serbio. Falleció el 6 de octubre de 2012.


Nunca tuve el menor entusiasmo

Nunca tuve el menor entusiasmo
por una vida breve aunque gloriosa.
Frecuentar ansío mis potajes
(agridulces y fuertes) todo el tiempo
posible. Amar también
sin mucho esfuerzo). Ser amada
como si fuese el único animal
deseable en el planeta. Aburrirme.
Maldecir. Desesperarme
hasta pedir la muerte / conociendo
que el infarto no acude por llamado
(¿o sí?). Entonces te detesto
chiquilla coronada con laurel
o varas de apio fresco, lloriqueada
en tierno funeral
antes de los mareos y el bochorno
del primer embarazo.
Gloriosa tú. Yo en cambio
llevaré esta belleza inevitable
(¿cuánto más todavía?) que me ocupa
como el relleno a un pavo.
Huiré (sin excesos)
del trato con la parca. Deseo
(con fervor) un par de nietos
sanos y presentables. Poco importa
que los lustros me vuelvan
triste o necia. Una carga
(así suelen decir) para mis hijos.
Poco importa.
Es tarde de tormenta. El jardín
luce bajo la lluvia como los pelos
de una rata mojada. Hoy cumplí
los treinta años de edad.
He ganado (supongo) en experiencia
y hasta en sabiduría. Mas la madre
del llamado cordero (mala madre)
está en estos pellejos
que me sobran. las lonjas de jamón
no comestible creciendo
aún con disimulo. menos mal)
entre mis muslos, mis caderas.
mi vientre (la barriga)
plegándose en mi pubis.
Nunca tuve el menor entusiasmo
por nosotras. Ni por ti.
Ni por mí.


Taberna

En las tinieblas los cuerpos envejecen
sin que nadie repare en el escándalo.

Un rostro amable y terso se confunde
con los belfos que van hacia la muerte.

Por eso somos hijos de la noche
a la puerta del templo. Un lamparín

es también el anuncio de reposo
para los cazadores extenuados.

Una taberna, por ejemplo, es en la noche
el frontispicio de las maravillas.

O al menos una luz en las colinas
donde rondan los perros salvajes.

Nadie teme a la muerte adormecido
en su mesa de palo y sin embargo

entre los altos vasos apacibles
se enfría el corazón con la insolencia

(y el encanto tal vez) de un tigre adulto
en la plaza del pueblo a pleno día.

Ninguna confidencia en verdad nos degüella.
Ni la risa recuerda a un jabalí

de pelambre dorada y fino precio.
El páncreas es un campo de ciruelas.
Los diablos apagan la linterna.
Aguardan (como suelen) donde cesa la luz.


Nocturno

Vivo en una casa protegido
por mujeres pequeñas, alegres y benignas.

Fuera de eso, el aire es áspero y azul
(y malo para el asma).

Un abra entre las nubes y la tráquea
atrás del horizonte.

Inmóvil dentro y fuera del pulmón,
compacto y plano.

Las hormigas pululan a la luz de la luna
y sin destino.

Las aguas se retiran y nos privan
de todas las especies comestibles.

No tardes, Nora Elvira, amada y lenta.
Lenta mía y bucólica no tienes

ni siquiera la excusa
de algún verde pasado rural.


Las salinas
             
Yo nunca vi la nieve y sin embargo he vivido entre la nieve toda
/mi juventud.
En las Salinas, adonde el mar no terminaba nunca y las olas eran
/dunas
de sal
en las salinas, adonde el mar no moja pero pinta.
Nieve de mi juventud prometedora como un árbol de mango.
Veinte varas de sal para cada familia de cristianos. Y aún más.
Sal que los arrieros nos cambiaban por el agua de lluvia. Y aún
/más.
Ni sólidos ni líquidos los blanquísimos bordes de ese mar.
Bajo el sol de febrero destellaban más que el flanco de plata del
/lenguado.
(Y quemaban las niñas de los ojos.)
A veces las mareas -hora del sol, hora de la luna- se alzaban como
lomos de caballo.
Mas siempre se volvían.
Hasta que un mal verano y un invierno las aguas afincaron para
/tiempos
y ni rezos ni llantos pudieron apartarlas de los campos de sal.
Y el mar levantó techo.

Ahora que ya enterré a mi padre y a mi hermano mayor y mis hijos
/están
prontos a enterrarme,
han vuelto las Salinas altas y deslumbrantes bajo el sol.
Hay también unas grúas y unas torres que separan los ácidos del
/cloro.
(Ya nada es del común.)
Y yo salgo muy poco pero Luis -el hijo de Julián me cuenta que los
perros no dejan acercarse.
Si parece mentira.
Mala leche tuvieron los hijos de los hijos de la sal.
Puta madre.
Qué de perros habrá para cuidar los blanquísimos campos donde el
/mar
no termina y la tierra tampoco.
Qué de perros, Señor, qué oscuridad.



Una muchacha católica toca la flauta:

Tercer movimiento (Affettuosso)

               
Para hacer el amor 
debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de la muchacha 
tampoco es buena la sombra si el lomo del amante se achicharra 
para hacer el amor. 
Los pastos húmedos son mejores que los pastos amarillos 
pero la arena gruesa es mejor todavía. 
Ni junto a las colinas porque el suelo es rocoso ni cerca 
                de las aguas. 
Poco reino es la cama para este buen amor. 
Limpios los cuerpos han de ser como una gran pradera: 
que ningún valle o monte quede oculto y los amantes 
podrán holgarse en todos sus caminos. 
La oscuridad no guarda el buen amor. 
El cielo debe ser azul y amable, limpio y redondo como un techo 
y entonces 
la muchacha no vera el Dedo de Dios. 
Los cuerpos discretos pero nunca en reposo, 
los pulmones abiertos, 
las frases cortas. 
Es difícil hacer el amor pero se aprende. 


La araña cuelga demasiado lejos de la tierra
               
La araña cuelga demasiado lejos de la tierra,
tiene ocho patas peludas y rápidas como las mías
y tiene mal humor y puede ser grosera como yo
y tiene un sexo y una hembra -o macho, es difícil
saberlo en las arañas- y dos o tres amigos,
desde hace algunos años
almuerza todo lo que se enreda en su tela
y su apetito es casi como el mío, aunque yo pelo
los animales antes de morderlos y soy desordenado,
la araña cuelga demasiado lejos de la tierra
y ha de morir en su redonda casa de saliva,
y yo cuelgo demasiado lejos de la tierra
pero eso me preocupa: quisiera caminar alegremente
unos cuantos kilómetros sobre los gordos pastos
antes de que me entierren,
y ésa será mi habilidad.


Cuatro boleros maroqueros
               
1.-
Con las últimas lluvias te largaste
y entonces yo creí 
que para la casa mas aburrida del suburbio
no habrían primaveras ni otoños ni inviernos ni veranos.
Pero no.
Las estaciones se cumplieran
como estaban previstas en cualquier almanaque
Y la dueña de la casa y el cartero
no me volvieron a preguntar
por ti.

2.-
Para olvidarme de ti y no mirarte
miro el viaje de las moscas por el aire 
Gran Estilo
Gran Velocidad 
Gran Altura.

3.-
Para olvidarte me agarro al primer tren y salgo al campo
Imposible Y es que tu ausencia
tiene algo de Flora de Fauna de Pic Nic. 

4.-
No me aumentaron el sueldo por tu ausencia
sin embargo el frasco de Nescafé me dura el doble
el triple las hojas de afeitar. 



Dos soledades
               
I- Hampton Court

Y en este patio, solo como un hongo, adónde he de
 mirar.
Los animales de piedra tienen los ojos abiertos 
sobre la presa enemiga ciudades puntiagudas y 
católicas ya hundidas en el río hace cien lustros 
se aprestan a ese ataque. Ni me ven ni me 
sienten. A mediados del siglo diecinueve los 
últimos veleros descargaron el grano. Ebrios 
están los marinos y no pueden oirme las quillas 
de los barcos se pudren en la arena.
Nada se agita. Ni siquiera las almas de los 
muertos número considerable bajo el hacha, el 
dolor de costado, la diarrea. Enrique El Ocho, 
Tomás Moro, sus siervos y mujeres son el aire 
quieto entre las arcadas y las torres, en el 
fondo de un pozo sellado. Y todo es testimonio de 
inocencia. Por las 10,000 ventanas de los muros 
se escapan el león y el unicornio. El Támesis 
cambia su viaje del Oeste al Oriente. Y anochece.

II. Paris 5e
“Amigo, estoy leyendo sus antiguos versos en la 
terraza del Norte.
El candil parpadea. Qué triste es ser letrado y 
funcionario. Leo sobre los libres y flexibles 
campos de arroz: Alzo los ojos y sólo puedo ver 
los libros oficiales, los gastos de la provincia, 
las cuentas amarillas del Imperio”.
Fue en el último verano y esa noche llegó a mi 
hotel de la calle Sommerard.
Desde hacia dos años lo esperaba. De nuestras 
conversaciones apenas si recuerdo alguna cosa. 
Estaba enamorado de una muchacha árabe y esa 
guerra la del zorro Dayán le fue más dolorosa 
todavía. “Sastre está viejo y no sabe lo que 
hace” me dijo y me dijo también que Italia lo 
alegró con una playa sin turistas y erizos y 
aguas verdes llenas de cuerpos gordos, 
brillantes, laboriosos, “Como en los baños de 
Barranco”. Y una glorieta de palos construida 
en el 1900 y un plato de cangrejos. Había dejado 
de fumar. Y la literatura ya no era más sus 
oficio.
El candil parpadeó cuatro veces. El silencio 
crecía robusto como un buey. Y yo por salvar algo 
le hablé sobre mi cuarto y mis vecinos de 
Londres. de la escocesa que fue espía en las dos 
guerras, del portero, un pop singer, y no 
teniendo ya nada que contarle, maldije a los 
ingleses y callé. El candil parpadeó una vez más. 
Y entonces sus palabras brillaron más que el lomo 
de algún escarabajo. Y habló de la Gran Marcha 
sobre el río Azul de las aguas revueltas, sobre 
el río Amarillo de las corrientes frías. Y nos 
vimos fortaleciendo nuestros cuerpos con saltos y 
carreras a la orilla del mar, sin música de 
flautas o de vinos, y sin tener otra sabiduría 
que no fuesen los ojos. Y nada tuvo la apariencia 
engañosa de un lago en el desierto. Mas mis 
diosos son flacos y dudé. Y los caballos jóvenes 
se perdieron atrás de la muralla, y él no volvió 
esa noche al hotel de la calle Sommerard. Así 
fueron las cosas Dioses lentos y difíciles, 
entrenados para morderme el hígado todas las 
mañanas. Sus rostros son oscuros, ignorantes de 
la revelación. “Amigos, estoy en la Isla que 
naufraga al norte del Canal y leo sus versos, los 
campos del arroz se han llenado de muertos. Y el 
candil parpadea”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s