Lucio V. Mansilla – Amespil

“El hombre no es un ángel ni un demonio.”

    
Estábamos en el campamento de Ensenaditas, cuando la guerra del Paraguay.
Mientras nos preparábamos para los combates con el enemigo, librábamos batallas diarias con las sabandijas, sobre todo, con las moscas. Eran tantas, que no oscurecían el sol, como las flechas de Jerjes, pero nos enloquecían.
Para comer, sin comerlas en considerable cantidad, teníamos que valernos de diversas estratagemas. Una de ellas consistía en ponernos en cuclillas, en levantar el poncho por la boca, de modo que formara con la cabeza, cayendo a los lados hasta el suelo, una especie de paraguas, —de para-moscas— y hecho así el vacío y la oscuridad, sirviendo de resquicio, para que entrara un poco de luz, la abertura de esta tan útil prenda americana (que no es más que la manta andaluza, que se toma por dos puntas, revista y corregida), estaba semi-resuelto el problema de comer medio-viendo, al lado del fogón, lo que con la mayor precipitación posible nos pasaban por debajo los solícitos asistentes.
Todo lo cual no impedía, por muchas que fueran las precauciones, que tragáramos lo que queríamos y lo que no queríamos.
Un día, me destinaron un pelotón de enganchados. Yo era mayor del 12 de línea, y jefe interino de él, pues la brigada que formábamos con el 9, la mandaba el comandante Ayala. Se hizo lo de costumbre: se le averiguó la vida y milagros a cada individuo, lo mejor que se pudo, porque eran extranjeros que hablaban todas las lenguas; y algunos, ninguna.
Entre ellos sobresalía por su tamaño y su volumen, sus manos deformes y sus pieses(como decía el coronel Baigorria, aquél que vino a Pavón con los indios de Coliqueo) uno que habíamos canjeado, con el regimiento de artillería, por un francés. Este infeliz, era de esos que no hablaban ninguna lengua. Hablaba un dialecto, y más tarde supimos que era bávaro.
¡Y qué bávaro! Era tan grande que no había vestuario que le cuadrara: de zapatos no hay que hablar; se le hicieron unos tamangos de cuero de carnero; porque tenía los susodichos pisantes estropeadísimos, tanto como las manos, a punto que, dando a entender por señas que sabía manejar el fusil, no podía empuñarlo.
Mientras este como hombre se curaba y se le hacía un uniforme, la tropa, con su ojo múltiple de observador, ignorante pero perspicaz, íbale descubriendo sus propensiones y sus habilidades. Consistían éstas en dos: Amespil comía por tres y bailaba tirolesas.
La tropa lo vestía de mujer. Amespil silbaba un aire y mientras le daban galleta, él bailaba, haciendo piruetas como un elefante, con crinolina, y todos nos divertíamos.
Amespil sanó, quedando sano, como sabemos decir los del oficio, de lomo y patas —y ¡oh sorpresa!, siempre lo imprevisto decidiendo de la suerte de los mortales!— resultó que manejaba el fusil admirablemente, y que marchaba como un prusiano.
Consecuencias: que se le hizo servir de figurín y que, vista su voracidad de insaciable buitre, se ordenó darle ración doble.
Este pobre Amespil, no obstante su inocencia, porque era un alma de Dios, fue víctima, ¡vean ustedes lo que es el mundo!, de sospechas y acusaciones contra su pudor, de las que era culpable únicamente un soldado sanjuanino, que tenía por apodo Culito, muy ladrón entre paréntesis. Y no se salvó de un castigo severo, sino porque yo tuve una inspiración salomónica para descubrir al culpable. Más me valiera no haberla tenido, porque de ahí tomó asidero la calumnia para inventar la leyenda de que yo había hecho comer a un hombre por las moscas. Mas ese cuento no es para este lugar, y lo contaré, Florencio, como pendant de éste que me has pedido, otra mañana, que tenga tiempo y humor para ocuparme de lo que, por serme personalísimo, haya podido hacerme sufrir.
¡Eh!, la gloria tiene sus espinas, y por ella estábamos, más de cuatro, haciendo la guerra del Paraguay.
La vida de Amespil se deslizaba plácida y tranquila entre el manejo de armas, su doble ración y las tirolesas pagadas por tutti quanti. Y no hay que hablar de las privaciones, de las molestias y peligros comunes; porque ése era el pan cuotidiano de aquella gran guerra.
Cambiábamos de campamento, librábamos combates y batallas, la guerra no concluía. Nos habíamos acostumbrado tanto a aquel juego, que había momentos en los cuales nos habría dado rabia, si nos hubieran dicho: “Esto concluye mañana.”
Talleyrand decía: tout arrive. Habíamos triunfado siempre. Ergo, alguna vez nos habían de derrotar.
Llegó, pues, el asalto de Curupaití.
Esa mañana se triplicó la ración de la tropa; porque creíamos dormir del otro lado de las trincheras.
Amespil no recibió ración ninguna. ¿Por qué? Porque no hubo tiempo de pasar revista de armas. El era muy puerco y, para obligarle a cuidar un poco su fusil, sólo se le racionaba después de aquella formalidad.
Amespil, naturalmente, debía estar dado a todos los diablos, viendo aquel despilfarro inusitado, y que a él no le llegaba su San Martín.
Marchamos.
Yo estaba con mi batallón, oculto en un pliegue del terreno, oyendo, a pie firme, los cañonazos, los fusilazos, sintiendo el ruido diabólico de aquel infierno de fuego. Esperábamos, por momentos, con impaciencia imponderable, la orden de avanzar.
Los paraguayos no nos habían visto. Nos descubrieron y, poco a poco, empezaron a acariciarnos algunas balas rasas de cañón.
Estas caricias tienen muchos inconvenientes, sobre todo cuando se está a pie firme; porque como ha dicho don Alonso de Ercilla:
“El miedo es natural en el prudente y el saberlo vencer es ser valiente.”
Mi tropa estaba en columna por mitades, con el arma en descanso. Como algunas balas pasaron casi rasando las bayonetas —esto es eléctrico—, la columna hizo un movimiento de vaivén, como el de las olas. Yo, más que dando una voz de mando, era el único que estaba a caballo, dije: “¡Firmes, muchachos!”
Y esto diciendo, y para distraer un poco la atención de los que ya sentían quemar las papas, me puse a recorrer las mitades, pasando por los intervalos dirigiéndoles dicharachos amenos a ciertos soldados de prestigio.
A Amespil tocóle su turno: estaba en la primera hilera de la fila, con la cara muy lánguida. Le agarré la pera, que la tenía larga, se la tiré y le hice abrir aquellas dos mandíbulas de mastodonte, hasta verle el galillo. El rugió juntamente con un “¿Cómo te va, Amespil?” mío.
Y cuando le solté, pegóse en la panza con la mano izquierda, y mirándome con ojos furibundos, me dijo en su media lengua:
—¡Mayor! ¡malo! ¡galleta! ¡nada! ¡Ajo! ¡Hum!
Me parece, no me acuerdo bien, que el hoy comandante Villarruel, edecán del Presidente de la República, mandaba esa compañía. El me explicó aquel rugido, y yo entonces, pasando a otra cosa, repuse —Amespil entendía:
—Luego, te darán treinta y seis galletas…
Yo estaba herido en una carpa del hospital de sangre, de tierra, después de haber estado en el fluvial donde —suprimo detalles— me examinó Caupolicán Molina, y el cual, no hallando allí sanguijuelas, me dijo:
—Hágase llevar cuanto antes al campamento, y que le pongan dos docenas de sanguijuelas.
Me las habían aplicado, estaba boca arriba, todo ensangrentado, pues los animalillos picaban que daba gusto. Reinaba a mi alrededor ese rumor solemne de la derrota; oíanse los ayes de los heridos que amputaban, los quejidos de los que llegaban conducidos en camillas o arrastrándose, las pisadas de los dispersos que caíanbuscando sus banderas. Por la puerta de la carpa (era la hora del crepúsculo) veía desfilar los hombres como fantasmas.
De repente, vi alzarse uno inmenso, todo embarrado, con el fusil a la espalda, pendiendo de él un enorme atado. Me pareció Amespil, que yo creía había muerto.
—¡Amespil! —grité.
El se volvió, como si hubiera oído salir un eco debajo de tierra.
—¡Amespil! ¡Amespil! —repetí.
Y él, atraído por mi voz, vino, llegó, y dejando caer el atado que sonó, diciendo claramente: “estas son galletas” —metió la cabeza dentro de la carpa, y mirándome todo azorado, y arrasándosele los ojos en lágrimas, me dijo en su jerga:
—¡Mi mayor, vivo, viviendo! ¡Amespil, Amespil! —y se pegaba con la mano derecha en el pecho—. Mucho, mucho te quiero. ¡No enojado, no enojado! —y dándole al atado con una pata para hacerlo sonar, agregó, centelleándole las pupilas, y vagando por todo su rostro una sonrisa glotona.
—¡Mucho galleta!
Amespil volvía rezagado; pero no había perdido su tiempo en el camino; había hecho lo más soldadescamente humano: desvalijar muertos.
Me hizo llorar, y en mi interior, me dije: “El hombre no es un ángel ni un demonio.” ¡Ah!, pero es un animal, que tiene insondables abismos de ternura.
Más tarde, en una hora triste, no estando yo en el batallón —todo es fenomenal bajo las estrellas—, Amespil desertó.


Lucio V. Mansilla

Lucio Victorio Mansilla, periodista, escritor, militar y diplomático, con una de las vidas más novelescas de la historia argentina, nació en Buenos Aires el 23 de diciembre de 1831, fueron sus padres el general Lucio Mansilla y doña Agustina Rosas, hermana del “Restaurador”, conocida como “la belleza de la federación”. Siendo un adolescente sus padres lo enviaron de viaje para alejarlo de “unos amores que la prudencia no veía con buenos ojos”. Estuvo en la India, Egipto, Turquía, Italia, Francia e Inglaterra. El pronunciamiento de Urquiza en 1851 lo obligó a regresar apresuradamente al país. Tenía apenas 20 años.
El 2 de febrero, mientras las tropas de Urquiza se dirigían a Buenos Aires, Lucio visitó a su tío Juan Manuel en Palermo quien le leyó sin inmutarse su extenso discurso a la legislatura, como si nada sucediera. El episodio quedó reflejado en su relato Los siete platos de arroz con leche, donde cuenta cómo el gobernador probaba su discurso con él mientras cada tanto, como marcando el tiempo, irrumpía Manuelita Rosas con un plato de arroz con leche.
Caído Rosas, Mansilla, en compañía de su padre y de su hermano Lucio Norberto, regresó a Europa y se instaló en Francia. El viaje fue bastante corto y el 19 de agosto de 1852 ya estaban de regreso en Buenos Aires. Lucio Norberto, Luchito, el héroe del combate de la Vuelta de Obligado, se quedará en España y nunca más regresará a su patria.

El 18 de septiembre de 1853, se casó con su prima, Catalina Ortiz de Rosas y Almada. La joven tenía entonces diecinueve años. El matrimonio tuvo cuatro hijos: dos varones, Andrés Pío y León Carlos, que murieron siendo niños y dos mujeres, María Luisa y Esperanza, que también murieron a temprana edad, la primera a los veinticinco años y la segunda a los veinticuatro.
La vida pública de Mansilla comienza con un episodio bastante particular. El 22 de junio de 1856, en el Teatro Argentino, ante unos dos mil espectadores retó a duelo al escritor y senador José Mármol, que había ofendido a su padre. Pero el autor de Amalia prefirió valerse de sus influencias y hacerlo encarcelar y desterrar. En 1857 Lucio se trasladó a Paraná, capital de la Confederación comenzó su carrera periodística en el periódico El Nacional Argentino del que llegaría a ser director y propietario.
Cumplido los tres años de destierro, regresó a Buenos Aires y al periodismo con el periódico La Paz.
El 17 de septiembre de 1861, intervino en la batalla de Pavón lo que le valió la designación como Capitán de Línea y un destino militar: el pueblo de Rojas en la provincia de Buenos Aires. Allí escribió Reglamento para el ejercicio y maniobras del Ejército Argentino y para la Revista de Buenos Aires sus Recuerdos de Egipto.
En mayo de 1864, subió a escena en el Teatro Victoria de Buenos Aires su obra Una venganza africana, un melodrama romántico, y en octubre de ese año se estrenó su comedia Una Tía.
En 1865, estalló la guerra del Paraguay de la que Mansilla participaría como militar y como periodista. Con diversos seudónimos -Falstaff, Tourlourou, Orión- firmó sus crónicas desde el frente para el diario La Tribuna, criticando la conducción de la guerra. Sus notas despertaron la indignación del ministro de Guerra, el general Gelly y Obes, quien intentó cambiarlo de destino y enviarlo a San Juan a sofocar una rebelión, pero antes de que el batallón de Mansilla llegara, los rebeldes habían sido vencidos. Lucio regresó entonces al frente paraguayo a tiempo como para participar de la batalla de Humaytá.
En 1868, al finalizar la presidencia de Mitre, apoyó entusiastamente la candidatura de Sarmiento quien lo premió designándolo como coronel y Comandante de Fronteras en Río IV provincia de Córdoba. Allí realizó su campaña contra los aborígenes que quedará inmortalizada en su obra Una excursión a los indios ranqueles. La obra se publicó en entregas en el diario La Tribuna a lo largo de 1870. Cinco años más tarde sería galardonada con el primer premio del Congreso Geográfico Internacional de París.
Durante gran parte del año 1871, Buenos Aires vivió asolada por la epidemia de fiebre amarilla. Mansilla se integró a la comisión de ayuda a los damnificados, presidida por Sarmiento.
Al concluir el mandato presidencial del sanjuanino, en 1874, Mansilla trabajó intensamente a favor de la candidatura de su amigo, el tucumano Nicolás Avellaneda, que se impondrá, como todos sus predecesores, gracias al fraude electoral. Mitre, su principal oponente, denunciará el hecho e intentará dar un golpe cívico militar. Mansilla se hizo cargo del estado Mayor del Ejército de Reserva y se unió a las fuerzas leales que derrotaron a los mitristas.
En 1876, fue electo diputado. Permaneció en su banca durante un año, pero su espíritu inquieto lo llevó a solicitarle a su amigo Avellaneda la gobernación del Chaco. ¿Por qué el Chaco? Mansilla tenía informaciones sobre importantes yacimientos de oro en el Paraguay. Formó junto a un grupo de amigos una empresa, e intentó manejar sus negocios auríferos desde la gobernación más cercana. El proyecto fue todo un fracaso y Mansilla, decepcionado, vendió sus acciones, renunció a la gobernación y se marchó a Europa, donde permaneció hasta 1880 cuando regresó para apoyar la candidatura presidencial de Julio A. Roca. A poco de llegar se enfrentó a duelo de pistolas con un contrincante político, Pantaleón Gómez, a quien mató de un balazo al corazón. A poco de asumir, Roca envió a Mansilla a Europa para promover la inmigración y en una misión militar secreta.
Regresó en 1885 y fue electo diputado nacional. Comenzó su mandato como tibio opositor a Roca y fue evolucionando hacia el juarismo.
En 1890, era vicepresidente primero de la Cámara de Diputados sin abandonar su carrera militar donde llegó al grado de general de división.
En 1894, después de varias decepciones políticas, Mansilla se volcó a la literatura y escribió una de sus obras más memorables: Retratos y recuerdos, prologada por el general Roca. Al año siguiente partió nuevamente a Europa, comisionado para estudiar la organización militar de varios países. Allí morirá su mujer a los sesenta y un años. A partir de entonces realizará innumerables viajes, generalmente vinculados a misiones diplomáticas.
En 1898, conoció a quien sería su segunda esposa, Mónica Torromé, hija de una rica familia de San Nicolás, establecida desde 1869 en Londres. Mansilla tenía el doble de años que su prometida, pero a Mónica el detalle pareció no importarle y la boda se concretó en febrero de 1899 en Londres, con toda la pompa. Quien casó a la pareja fue nada menos que Cardenal Vaughan, el arzobispo de Westminster, la capilla de la familia real.
En 1900, fue nombrado ministro plenipotenciario ante las cortes de Alemania, Austria-Hungría y Rusia. La tarea diplomática no lo alejó del periodismo, colaborando con frecuencia con El Diario de Buenos Aires.
En 1903, publica En vísperas, un ensayo sociológico sobre la Argentina, y en 1904 Mis Memorias y Rosas, una excelente biografía de su tío a la que subtitula como “ensayo psicológico-histórico-político”.
A partir de 1906, se radicó en París. Frecuentaba la Sorbona y seguía siendo un lector atento e incansable. Murió poco antes de cumplir los 82 años en su departamento de la Rue Víctor Hugo, el 8 de octubre de 1913. Los diarios de Buenos Aires le dedicaron extensas necrológicas y Le Figaró de París le dedicó una de sus páginas.

Autor: Felipe Pigna
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s