Manuel J. Castilla

B_Argentina

En el video recita:

  1. Elegía
  2. La Casa
  3. Juan del Aserradero
  4. Padre Verano

ELEGÍA

Acaso tenga yo tu corazón ahora con la lluvia,
acaso dentro mío no seas sino un aire que llega con mi propia voz y te recuerda,
algo que de mí mismo se prolonga en la tierra todavía,
un gesto que se hace sombra, un olvido arenoso.

Porque aún quedan cosas y cosas por las que estás volviendo.
Está un jardín con flores recién naciendo
y frutos que caen sordamente a la tierra,
y en el jardín, prendida entre los árboles como una telaraña gastándose
tu mirada en remanso.

Queda también la sombra de la madre aposentándose cansada
sobre todas las cosas que han rozado tus ojos
y queda tristísima y amarilla una tarde cayendo entre las plantas
con pájaros perdidos en el cielo.

Yo podría preguntarte de las horas que se espesaban en tí como en un pozo,
de lo que ibas dejando en los amigos,
de aquello que les dabas
cuando en las noches el vino se bebían en lentitud risueña
y por su veta ardida los pescadores,
quemando los inviernos
subían a la fábula y a su río celeste.

Porque en todo ello estabas. De sueño en sueño andabas.
De viaje en viaje sin emprenderlos nunca
pero volviendo de ellos.
Más allá de tus ojos, todo era claro para tu corazón
y la bondad se dejaba estar en tus ojos, silenciosa, como una rosa en una mano.

Ahora que estoy solo iré a buscarte en la noche que te pertenecía
como una amante inolvidable,
iré borrando huellas por los caminos verdes de la infancia
cuando el verano se derrumbaba sobre los niños de los ríos
y los enjoyelaba de bejucos morados
¿Por dónde iré, yo digo, sin hallarte?
En las granadas de la estación, abiertas, he de encontrar tu risa temerosa;
En algún carnaval polvoriento me ofrecerás un vaso de chicha;
en algún pueblo solo , junto al río, vendrás cavando las barrancas húmedas
buscando carne para las pescas largas llenas de vino y de silencio.

Yo sé que he de encontrarte, ya niño distraído,
de cara al cielo de la siesta,
viendo pasar los animales del firmamento y de la tierra
y que han de tropezar mis manos con las tuyas en el fondo del río
como dos ciegos que se buscan lejos de toda luz.
De boca en boca nos hallaremos en viejos añonuevos
con la copa en la mano y una corbata nueva,
tratando avergonzados de abrazarnos como dos extranjeros.

Sí. Yo sé que todo ésto que me pasa me volverá a ocurrir
porque esta voz que tengo a veces me sale con tu voz, y eres yo mismo.
Porque esta mano que te escribe es tu mano, y tu sangre es lo que va en mis venas.
Porque este pelo y estos arrebatos son tuyos y hasta es mía tu ropa.
Y míos son tus huesos, y mío tu cansancio y tu dolor es mío
Porque todo es como una palabra que no sale nunca y se muere en la boca para siempre.

LA CASA

A María Angélica de la Paz Lezcano
y a Juan Antonio Medel

Ese que va por esa casa muerta
y que en la noche por la galería
recuerda aquella tarde en que llovía
mientras empuja la pesada puerta,

ese que ve por la ventana abierta
llegar en gris como hace mucho el día
y que no ve que su melancolía
hace la casa mucho más desierta,

ese que amanecido, con el vino,
se arrima alucinado al mandarino
y con su corazón lo va tanteando,

ese ya no es, aunque parezca cierto,
es un Manuel Castilla que se ha muerto
y en esa casa está resucitando.

JUAN DEL ASERRADERO

Juan del Aserradero se ha embriagado
y hace como dos horas que duerme en la vereda.
Ayer Juan ha cobrado
y en el bolsillo apenas si tiene una moneda.

Juan del Aserradero
tirado en la vereda
se parece a los perros.

Y para que el solazo no le queme la cara
y se despierte luego,
el yuchán de la calle
tira sobre sus ojos sombra como un pañuelo.

Chaguanco, como pocos
Juan del Aserradero
quiere olvidar la sierra
y se duerme en el suelo,
pero la sierra vuela
por encima del pueblo,
se torna una cigarra
y le asierra su sueño.

PADRE VERANO

a Vicente H. González

Padre Verano, crezco por tu semilla fecundante y violenta
y subo alzado desde la tierra coronado de pámpanos
como un dios jubiloso y solitario
hasta partir el aire como una caña dulcemente lila.

Desde el agua celeste y gredosa y desde el barro blando
voy a tu mediodía desgranado, a tu torre de azul
traslúcido y purísimo,
y yazgo en ella, gozoso, como una hoja tierna y
bamboleante.
todos los ríos me llevan a tu orilla dorada,
a tu carne pulposa abierta en nubes de agua bramadora
y en el celo de los potros ardientes y brillosos
quedo de boca hundido como en la génesis ciega de
la vida.

Padre verano, fruta en membrillo y moras y frutillas.
Padre verano, húmedo en la achiras y en las calas.
Padre verano, carne por las abiertas papayas maternales.

Dame tu sangre verde, tu luz de fruta abierta,
tu paridora vocación de semillas y cogollos.
Se te hace agua la boca
si vas por las begonias desbocado, anheloso y deseante;
si te quiebra la savia como un árbol celeste por el aire
si atraviesas la tierra sonora de bejucos cristalinos
como un toro que todo lo fecunda y resquebraja

Padre verano. Llama ciega. Pura estridencia silenciosa,
desbordada y clarísima majestad solitaria,
por cada vena tuya,
por tus crines doradas, quemadas de luciérnagas, me
afirmo vida adentro de la vida

Dame tu aliento animal, tu viejo semen quieto y
poderoso,
tu derrumbe vital sobre las flores carnosas y esplendentes,
tu barba de enredaderas trepadoras,
tu arrugada dulzura blanca en las chirimoyas
y los perfumes donde te apoyas levemente
como si recordaras despedidas antiguas.

Yo estoy en ti y voy por ti caminando
hacia la rota médula de cristal de las lluvias
como si destrozara entre los dedos la sombra amarga de
los quebrachos.

Y me vienen los pájaros y el helecho y el viento,
todo lo que te nombra y trasciende
y muere sin embargo, para volver de nuevo a festejarte.

Padre verano.
Dame lo que en tu pulso me hace llorar a veces
de alegría
Eso que yo no sé de donde viene hasta mi corazón como una fábula
y me deja las manos llenas de un fresco asombro.
Dame la espeluznada y agria vibración de tus
quirusillales
para hundirme en la leche de tus choclos que se parte y que canta
desde el maíz más viejo de la tierra.


Manuel J. Castilla

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