Eduardo Galeano – Crónica de un vuelo…

CRÓNICA. DE UN VUELO SOBRE LA TIERRA PURPÚREA
1.
Las nubes formaban una tortuga prehistórica. La azafata nos trajo café. Se encendió una lucecita y escuchamos un timbre; una voz ordenó que nos ajustáramos los cinturones. Habíamos entrado en un pozo de aire. El café temblequeaba en las mesitas. No nos ajustamos nada. Tomé café sin azúcar, como siempre; no estaba mal. Eric viajaba del lado de la ventana.
En el avión marchaba, rumbo a Buenos Aires, un batallón de turistas. Iban armados con cámaras y flashes y fumadoras de mano. La bodega estaba repleta de valijas vacías que volverían a Río o a San Pablo hinchadas de chaquetas de cuero y otros trofeos de caza. Me los sabía de memoria. Turistas.
-Ahora entiendo -dije- por qué los aviones llevan bolsas para vomitar.
Eric miraba por la ventana del boeing. Vichó el reloj y me dijo:
-Ésta es tu tierra.
Estábamos saliendo del banco de nubes. El avión no haría escala en Montevideo; volaba directo a Buenos Aires.
Debajo de nosotros se extendían los campos sin nadie: tierra arrasada, tierra violada, no amada por sus dueños. Allí habían alzado lanzas los jinetes pastores. Allí un caudillo de poncho raído había dictado, hace más de un siglo y medio, la primera reforma agraria de América Latina. Hoy está prohibido hablar de eso en las escuelas.
-Estamos volando sobre tu país -dijo Eric. 
Dije:
-Sí.
Eric se calló.
Y yo pensé: Esta tierra mía, ¿se acordará de mí? :


2.
Había vuelto, por las noches, con frecuencia. Después de mucho llamar al sueño en mi casa de Buenos Aires, se me cerraban los ojos y se encendían las luces de Montevideo: yo caminaba por la rambla, al borde del mar, o por las calles del centro, medio escondido, medio acosado, buscando a mi gente. Me despertaba bañado en transpiración y estrangulado por la angustia de volver y no ser reconocido. Entonces me levantaba y me iba al baño. Me mojaba la cabeza y bebía agua de la canilla. Después me quedaba, hasta el amanecer, sentado en la cama, con el mentón en las rodillas. Fumaba y pensaba. ¿Por qué no volvía hoy mismo al lugar al que yo pertenecía? Mi país estaba roto, y yo prohibido. Yo sabía que había tenido más suerte que mis amigos enjaulados o asesinados o reventados por la tortura, y que la prohibición era, en cierto modo, un homenaje: la prueba de que escribir no había sido una pasión inútil. Pero pensaba: ¿Merezco estar? ¿Valdré para alguien la pena? ¿Hay algún eco o huella de nosotros en las calles vacías de mi ciudad? ¿Qué puedo hacer yo allí, salvo callar o pudrirme en la cárcel porque sí o por las dudas?
El sol se deslizaba en mi cuarto de Buenos Aires y yo me levantaba, mal dormido, todo crujiente, antes de que sonara el despertador. Me duchaba y me vestía y cerraba la puerta del ascensor y con firmaba pensando: ¿Y si fuéramos una piedra partida? ¿Una piedra que se rompió, pedazos de una sola piedra rodando por ahí? Peregrinos condenados a estar siempre como de paso. (Un vaso lleno de caña sobre el aparador. ¿A quién espera el vaso, la boca de quién? Una vieja lo vuelve a llenar cada vez que la caña se evapora.)
¿Sería capaz, alguna vez, de arrancar de mis adentros las dudas que me envenenaban la sangre? Yo quería cambiar todas mis noches de insomnio y zoncera por la melodía que busca el preso solo en su celda o por el vientito de alegría que espera una mujer, la cabeza hundida entre las manos, en la cocina mugrienta. Yo quería atravesar el río y las aduanas y llegar a tiempo. (Un niño, arrastrado por los policías, rueda por las escaleras. La ropa rotosa está manchada de sangre. Una multitud de viejos mira sin moverse. El gurí alza el rostro sucio de barro. Brilla el odio en los ojos.)
Una de esas mañanas, mientras caminaba hacia la revista, me vino a la cabeza una película polaca que había visto años atrás. La película relataba la fuga de un grupo de hombres por las cloacas de Varsovia, en tiempos de la guerra. Entraban todos juntos bajo tierra. Solamente uno conseguía sobrevivir. Algunos se perdían en los laberintos inmundos; otros sucumbían de hambre o asfixiados por los gases. Yo recordaba la cara del sobreviviente cuando por fin abría la escotilla y salía de las tinieblas y la mierda: parpadeaba, herido por la luz del día, atónito ante el mundo. Entonces cerraba la tapa sobre su cabeza y volvía a hundirse en la cloaca donde estaban sus compañeros muertos. Me había golpeado duro esa inmolación, y me había indignado la reacción del público, que no entendía el gesto de grandeza y gritaba a la pantalla: gil, gil a cuadros, otario, pero qué estás haciendo, belinún, qué haces, hay que ser imbécil, la puta que te parió.
Había pasado mucho tiempo desde la noche en que yo había visto esta película en un cine de barrio de Montevideo. Aquella mañana, andando por las calles de Buenos Aires, descubrí que el público tenía razón. Aquellos tipos del cine sabían más que yo, aunque no tuvieran la menor idea de quién era Andrej Wajda y se les importara un pito.


3.
Eric dormitaba a mi lado en el avión y a mí me zumbaba la cabeza.
Cuando regrese, pensaba, voy a recorrer los lugares donde me hice o me hicieron; y voy a repetir, solo, todo lo que una vuelta, alguna vez, viví acompañado por los que ya no están.
Alguna voz tarareaba bajito, dentro de mí, la canción de Millón Nascimento:


Descobri que minha arma é 
o que a memoria guarda…


Sabor de la primera leche bebida de la madre. ¿Qué manjares podrían compararse con los chocolatines aquellos que me compraba la Abuela en la panadería de al lado? ¿Y las lentejas que me cocinaba cada jueves, hasta que me fui de Montevideo? Yo les sigo persiguiendo el gusto por las mesas del mundo.


Descobri que tudo muda e
que tudo é pequeño…


Voy a ir al patio de la casa donde aprendí a caminar agarrado de la cola de la perra Lili. Ella era una atorranta, de la calle, perra de mal vivir; por eso nadie la había dejado rabona. Tenía una cola larga, una mirada dulce y lagañosa y la barriga siempre llena de cachorros. Dormía bajo mi cuna y mostraba los colmillos a quien quisiera acercarse. Por las noches, los perros del barrio aullaban ante los portones de casa y se mataban por ella a mordiscones. Lili me enseñó a caminar, con paciencia y a los tumbos.
Volveré a las calles que bajan al mar y que antes eran un puro descampado, los campos de guerra y fútbol de los primeros años. Allí peleábamos con palos y piedras. Pintábamos ojos y fauces espantosas en los gajos de los troncos de las palmeras, que nos servían de escudos. Ir a comprar ravioles era una aventura. Había que atravesar territorio enemigo. En esos baldíos de la costa me dejaron los dientes chuecos y mi hermano se salvó raspando de quedar tuerto para siempre. Mamá, que no aceptaba quejas, nos curaba las heridas: ella nos enseñó a morder fuerte y no achicarnos. Mi hermano Guillermo, que siempre fue de poco hablar, se batía a trompadas contra el gentío en defensa de los derechos de los pajaritos y los perros. Él, en la ciudad, nunca se halló. Yo nunca lo vi feliz en la ciudad. Allí se opacaba, se apocaba; él era él en los campos de Paysandú.


A maior das maravilhas foi…


Recorreré a caballo los prados del arroyo Negro, donde aprendí a galopar. De muy chiquitos, corríamos carreras con mi hermano. En las tardes de verano nos escapábamos de la siesta, casi desnudos, y de un salto nos prendíamos a las crines de los caballos sin montura ni freno: yo volaba y en mi cuerpo latían las verías del animal, trueno de cascos, olor a cuero mojado, hervores de la transpiración, comunión con aquella fuerza que se metía en el viento: cuando bajaba, me temblaban las rodillas. Hasta la noche me duraba mi asombro de gurí.
Muchos años después puedo reconocer esa felicidad violenta, como quien recuerda el propio parto o la primera luz. Me ocurre a veces, en el mar, cuando me meto desnudo y siento que le pertenezco. Y me ocurre cuando toco a una mujer y la nazco y me roza y me hace, y entro en ella y somos inmortales los dos por un ratito, muchos los dos, en el alto vuelo.


4.
Voy a volver al rancho del Pepe Barrientes, en el Buceo. En días bravos, el Pepe supo hacerme un lugarcito en esa casa. Supo abrirme la puerta y me sentó a su mesa, junto a los suyos.
Allí llegó, una mañana, Jorge Irisity, que militaba conmigo en los sindicatos. Paró el coche en la puerta y me llamó a bocinazos. Desde atrás de la alambrada me gritó que habían invadido Cuba. Pepe encendió la radio enseguida. El informativo anunciaba la victoria de los invasores de Playa Girón. Se me secó la lengua. Me pasé toda la tarde bebiendo agua y no había manera de evitar aquel ardor. Aquella tarde, en el trabajo, se me cayó un pedazo de piel de la lengua. Pepe quiso llevarme al médico. Se curó sola.
Pasaron los años. Con Pepe compartimos algunas aventuras. Una noche de verano estábamos sentados en el muelle del puertito del Buceo, y él me preguntó en qué andaba. Me dijo que no había pan en el mundo capaz de apagarme el hambre.


5.
La voz anunció que el avión estaba aterrizando en Ezeiza.
Eric me sacudió. Creyó que estaba dormido.
Atardecía en el río. Había una luz inocente, como sólo se encuentra en el nacimiento o el fin de cada día.
Caminamos hasta un taxi, con las valijas en la mano. Por un instante me sentí feliz y con ganas de saltar.
El automóvil se deslizó por la costanera y después se hundió en la ciudad.

De “DIAS Y NOCHES DE AMOR Y DE GUERRA”
Edición Original: Editorial Laia, Barcelona
Primera Edición en Biblioteca Era: 1983
Segunda edición (Corregida): 2000
ISBN: 968-411-496-6

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s