Carlos Salazar Herrera – El camino

Entre dos paredones de tierra colorada, estrujado y profundo, han tirado el camino cuesta abajo, ahondándolo a fuerza viva en el espinazo de la ladera.
Allí se derrumban los precipicios llorando soledades.
La lluvia…
La noche…
La lluvia se puso a rodar piedras al declive. La noche se quedó callada para oír los tumbos.
Tumbos en la noche, cortada en pedazos por los relámpagos.
El camino estaba hecho un río.
Por ese camino bajaba una carreta.
El boyero no podía detener a los bueyes que patinaban cuesta abajo, por el declive resbaladizo.
La carreta llevaba un manteado.
El golpe de los ejes en los cubos hacía ruido de matraca. Contestaban largo los barrancos. Era como si las montañas estuviesen rezando.
Debajo del manteado sonaban quejidos.
Al lívido fogonazo de los relámpagos, sobre los hombros de los riscos, el cielo chorreaba plomo.
Los quejidos eran de mujer.
Cayó de rodillas un buey. El impulso lo arrastró untándole el hocico de barro. El otro buey bufó un dolor de pescuezo que se hundió en la tierra. La carreta se ladeó chillando, junto a un paredón.
El boyero se asomó bajo el manteado. La mujer estaba ahora callada. Parecía dormida.
¡Era preciso llegar bien pronto donde el doctor!
Un chuzazo levantó al buey caído, y la carreta se echó a resbalar de nuevo, mordiendo la gravedad.
Volvieron los quejidos.
El viento se enredó en el charral de un hoyo; cuando logró desatarse, arrancando hojas, se dio a correr sobre toda la longitud de la sierra.
Esta vez cayeron los dos bueyes, y sus cuatro ojos fosforecieron como carbunclos.
El boyero soltó una maldición que traía prensada entre los dientes.
Nuevas punzadas de chuzo hicieron levantarse a los bueyes.
Desde lo alto venían rodando piedras.
La carreta tomaba velocidad. El boyero, trotando de espaldas cogió por los cuernos a los animales que resbalaban con las patas estiradas hacia adelante, combado el tronco, arrastrando los hocicos.
—¡Jesa!… ¡Jesa!… ¡Jesa!…
En el saliente de un paredón, arrastrados por el declive, los cuatro cuernos de los buyes quedaron ensartados. El yugo había prensado al boyero por el vientre. Allí quedó un momento sin resuello, mientras se fue escurriendo por entre las patas de los animales. Empezó a destorcerse, respiró hondo, con un estertor. Se puso de pie y soltando otra maldición castigó a los bueyes.
La carreta resbaló nuevamente bajo los meteoros. Bajo los meteoros un poco ya sosegados. La tormenta fue quedando atrás. El viento se alejaba. También la lluvia. Lanoche se disolvía. El camino menos empinado… El boyero. Los bueyes. ¡La aurora!
Se hizo el día.
Ahora, por la carretera horizontal y sabrosamente buena, la carreta trazaba sus líneas paralelas. Había farándula o fiesta en el salto de las compuertas. Las decoraciones en las ruedas eran como estrellas dando pasos sobre la palma bendita del camino. Un jilguero de campanillas despilfarró un tesoro de canto en tres o cuatro segundos.
Llegó la carreta frente a la casa del doctor del pueblo y allí se detuvo. El boyero tomó en sus brazos a la mujer y la metió en la casa. Afuera un buey se echó, después elotro. El boyero también se echó en un rincón de la enfermería.
El doctor.
La enfermera.
El doctor entró al cuarto arrollándose las mangas de la camisa. La enfermera fue a la cocina a traer agua caliente.
Todo quedó un momento comprimido en el silencio.
Cuando la enfermera volvió con el agua, halló que el doctor iba saliendo de laenfermería santiguándose.
—¿Murió la pobre? —preguntó angustiada.
—No —contestó el doctor—. La mujer está bien. El que murió fue el boyero. —Y derramando las palabras en el zaguán:
—¡Ese hombre venía muerto!…


Pintura realizada por Carlos Salazar Herrera
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