Eduardo Galeano – Uruguay

Eduardo Galeano

             Textos cortos [La Jornada, México]



         El alma al aire
    
Según dicen algunas antiguas tradiciones, el árbol de la vida crece al revés. El tronco y las ramas hacia abajo, las raíces hacia arriba. La copa se hunde en la tierra, las raíces miran al cielo. No ofrece sus frutos, sino su origen. No esconde bajo tierra lo más entrañable, lo más vulnerable, sino que lo arriesga a la intemperie: entrega sus raíces, en carne viva, a los vientos del mundo.
    
-Son cosas de la vida -dice el árbol de la vida.
    

14 de julio de 2002



         Historia clínica
    
Informó que sufría taquicardia cada vez que la veía, aunque fuera de lejos.
    
Declaró que se le trababa la lengua y no lograba articular sonidos cuando ella lo miraba, aunque fuera de refilón.
    
Admitió una hipersecreción de la glándula sudorípara cada vez que ella le hablaba, aunque fuera para contestarle el saludo.
    
Reconoció que padecía graves desequilibrios en la presión sanguínea cuando ella lo tocaba, aunque fuera por error.
    
Confesó que por ella padecía mareos, que se le nublaba la visión, que se le aflojaban las rodillas, que lo desvelaba el insomnio.
    
-Fue hace mucho tiempo, doctor -dijo-. Yo nunca más sentí nada de eso.
    
El médico arqueó las cejas:
    
-¿Nunca más sintió nada de eso?
    
Y diagnosticó:
    
-Su caso es grave.
    

4 de Agosto de 2002



         El susto
    
CASI LA TRAGA el río. Eufrosina Martínez estaba lavando ropa, cuando la atrapó la correntada y la arrastró. Ella salvó la vida, después de mucho manotear entre las rocas; pero perdió el alma. El susto se la llevó: el alma, espantada, se fue en el agua.
    
Desde entonces, el cuerpo desalmado de Eufrosina ya no pudo moverse, dejó de comer, no consiguió dormir, y ya no supo distinguir la noche del día.
    
La sanó un curandero de la sierra de Puebla. Cuando el alma le volvió al cuerpo, ella nació de nuevo. El cuerpo y el alma volvieron a encontrarse, fueron cuerpalma, fueron almuerpo, y Eufrosina se levantó y volvió a caminar sobre este mundo que a veces te voltea como un río furioso bajo los pies.
    
El ritual de la sanación fue largo y secreto. Nunca se supo. Pero el curandero dijo:
    
-Para que vuelva el alma perdida, hay que perder el miedo.
    

1 de Septiembre de 2002



         Anatomía
    
AHORA LE PONE los pelos de punta pensar que estuvo metida hasta los pelos con ese crápula, cómo pudo perder la cabeza en esa historia que nunca tuvo pies ni cabeza, cómo fue, se pregunta, cómo pudo echarle el ojo a ese jodido, por qué no fue capaz de ver más allá de sus narices, si yo a este farsante nunca lo pude tragar, este hijo de puta que me ha dejado con el corazón en la boca, pero haciendo de tripas corazón dice basta, basta de hacerme mala sangre, ya bastante bilis me ha hecho tragar este crápula jodido farsante hijo de puta, este tipo que ella quiso hasta la médula, este hombre que la ha dejado en carne viva, y con el alma en los pies jura que sí, ahora sí, ahora por fin pondrá los pies en la tierra, aunque en el fondo sabe que volverá a meter la pata una vez más, y dos, y siempre.
    

22 de Septiembre de 2002



         El Cuco
    
JUGANDO SIN PARAR, todos mezclados con todos, los chiquilines vivían en alegre revoltijo con los bichos y las plantas.
    
Pero un mal día, alguien, algún caminante de paso, llegó hasta aquel resto de estancia en los campos de Paysandú, y trajo el susto:
    
-¡Cuidado, que viene el Cuco!
    
-¡Viene el Cuco y te lleva!
    
-¡Viene el Cuco y te come!
    
Olga Hughes advirtió los primeros síntomas de la peste del miedo. La enfermedad que no tiene farmacia había atacado a sus hijos numerosos. Y entonces eligió, entre sus numerosos perros, al más raquítico, al más inofensivo y querendón, y lo bautizó Cuco.
    

29 de Septiembre de 2002



         El ginkgo
    
EL GINKGO, EL más antiguo de los árboles, está en el mundo desde la época de los dinosaurios.
    
Dicen que sus hojas de abanico alivian el asma, el dolor de cabeza y los achaques de la vejez.
    
Y está probado que esas hojas son, también, el mejor remedio contra la mala memoria. Cuando la bomba atómica convirtió a la ciudad de Hiroshima en un desierto de negrura, un viejo ginkgo cayó fulminado cerca del centro de la explosión. El árbol quedó tan calcinado como el templo budista que el árbol protegía. Tres años después, alguien descubrió que una lucecita verde asomaba en el carbón. El ginkgo muerto había dado un brote. El árbol renació, abrió sus brazos, floreció. Ese sobreviviente de la matanza sigue estando ahí.
    

13 de octubre de 2002
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