La onírica e increíble expedición de Lope de Aguirre por el río Amazonas

Por Horacio Sacco [Relato histórico]
   
Lope de Aguirre

“No en el río hay otra cosa sino desesperar” Lope de Aguirre
-Mal tiro -dijo, cuando el primer disparo de arcabuz le abrió un surco en el pecho, sin herirlo de muerte. Pero un segundo después exclamaría:
-Pero este sí que es bueno. 
-¿Este es Lope Daguirre, este es el que todos auian miedo del? -dijo un tal Ledesma, cuando los atacantes descerrajaron la puerta de la pequeña y derruida fortaleza y hallaron al traidor -lúcido aún- tendido sobre el charco de su propia sangre mezclada con la de su hija adolescente, apuñalada por él mismo un rato antes. 
-¡A diez soldados y a veinte como vos diera yo veinte zapatazos! ¡Andad de ay ombrecillo! -respondería Lope desde su arrogante agonía. Serían sus últimas palabras. Fue degollado con su propia espada, su cuerpo “hecho quartos”, y su cabeza clavada en una pica. Era el mediodía del 27 de octubre del año del Señor de 1561, vísperas de San Simón y San Judas, en la desolada aldehuela de Barquisemeto, territorio de la actual República de Venezuela. 
Este sería el fin de quien se había juramentado firmemente “No dexar en esta tierra cosa que viua (viva) sea”; de quien se había mofado de su majestad, Felipe II de España, llamándolo “menor de edad” y a quien había recriminado furiosamente: “…Por cierto tengo que van muy pocos reyes al infierno porque son pocos, que si muchos fuerades ninguno pudiera ir al cielo, porque aún allá seriades peores que Lucifer, según teneis ambición y hambre de hartaros de sangre humana…”
Había atravesado el continente sudamericano desde el norte del Perú hasta el Océano Atlántico por el cauce del río Amazonas, desde allí se había encaminado hasta la isla Margarita y el golfo de Maracaibo por las costas deshabitadas del Brasil, persiguiendo la quimera de El Dorado y la fundación un reino americano independiente de España.
Dos años atrás, el virrey del Perú, Don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, anoticiado del rumor de unos maravillosos reinos escondidos en las tierras aún desconocidas del corazón del continente, había convocado solemnemente a la conquista de Omagua y El Dorado, mágicos territorios que poblaban la fantasía de los pioneros, bizarros y ambiciosos conquistadores. La organización y el mando de la expedición le fue confiada a Don Pedro de Urzúa, veterano gentilhombre de 35 años, “grande hombre de a caballo de entrambas sillas, lindo rostro, barba tebeña y bien puesta”, quien había dado muestras de poseer dotes militares y políticas en Cartagena de Indias, Santa fe y Panamá, fundando las provincias de Chitareros y Pamplona -actual Colombia- y ejerciendo el cargo de gobernador de Santa Marta. Don Pedro de Urzúa daría a conocer la disposición virreinal a través de un bando que circulará en todas las comarcas del Perú, convocatoria a la que respondieron unos 300 hombres, a quienes la historia conocerá como “los marañones”: “hombres turbulentos, corazones menguados, almas depravadas acostumbradas al crimen y absorvidas por el crimen”. 
El bando arribaría a la lejanísima ciudad imperial de Cuzco, y desde esos ardientes y polvorientos páramos llegará a la bulliciosa Lima el vasco rengo Lope de Aguirre, a quien apodaban, sencillamente, “el loco”, acompañado de su joven hija mestiza Elvira. Lope de Aguirre contaba par esa fecha alrededor de 45 años y había cumplido tareas militares en Panamá, al parecer eficientemente, ya que había sido recompensado con el mando de un regimiento en el Perú. De “temperamento inquieto y amigo de revueltas” había tomado parte en el enfrentamiento entre Pizarro y Almagro, participó en la fundación de varias ciudades y en las expediciones a Tarija y Los Chuchos. Peleó a favor de Vaca de Castro y acompañó a Melchor Verdugo en sus andanzas por las selvas de Nicaragua. Participó en la revolución de Sebastián de Castilla y en la muerte de Hinojosa, por lo cual fue sentenciado a muerte, obteniendo el perdón a cambio de alistarse para combatir al rebelde Girón. Fue gravemente herido en la pierna derecha en la batalla de Chuquinga, lo que será causa de la renguera que lo acompañará hasta el fin de sus días.
“…Flaco de carnes, gran hablador, bullicioso y charlatán, de ánimo siempre inquieto, amigo de sediciones y alborotos, pequeño de cuerpo y muy mal hecho, feo de rostro y los ojos muy sumidos, cojeaba de la pierna derecha, lujurioso, glotón y borracho, agudo y vivo de ingenio por ser hombre sin letras…” lo describen maliciosamente algunos cronistas y biógrafos.
La expedición de Urzúa parte del Perú en 1560, arrastrando, en su paso por Trujillo, Chachapoyas y Moyobamba, a numerosos guerreros, tan belicosos como ociosos, frailes especuladores, eternos soñadores e infaltables aventureros. “…Bien aderezados, con numerosos caballos y algunos negros, cien arcabuces y cuarenta ballestas, mucha munición de pólvora y plomo, salitre y azufre.” En Trujillo Don Pedro sumará a la expedición a la joven y bella viuda Doña Inés de Atienza, con quien, dicen las malas lenguas, había tenido “dares y tomares”. En Huallanga, bajo una lluvia torrencial e inagotable, ordena construir precipitadamente siete bergantines y cuatro chatas para internarse en las aguas turbias y tumultuosas de la selva, pero las embarcaciones no resisten y se despedazan con sus cascos hecho jirones, a causa de la precipitada construcción y de la sofocante humedad. Entonces abandonan a la buena de Dios a la mayoría del ganado y los caballos que traían, y parten de Topesana el 26 de septiembre de 1560 en inmensas, pesadas y lentísimas balsas, buscando el soñado Dorado en el mismo corazón de la Amazonia. La expedición atraviesa poblaciones de indios cautelosos y hostiles, se alimentan de pájaros “… como palomas, gordos y sabrosos…”, de lagartos de agua, tortugas, gallináceos, guacamayos, frutas desconocidas y papagayos; arriban a una playa con más de veinte mil huevos de tortuga y ven “…en la placa carnicería de yndios y se comían unos a otros”. Y aún azorado algún viajero escribirá que aquel río “es tan grande y poderoso, que no se puede comparar con ninguno de los que hasta agora hay descubiertos”.

A poco de iniciada la expedición comienzan a surgir las primeras controversias entre los marañones y Urzúa, quien se granjea la enemistad y descontento con medidas impopulares y castigos absurdos: “Se había vuelto algo grave y desabrido, enemigo de la conversación, y comía solo.” Otros decían que estaba “completamente loco por Doña Inés y que no gobernaba más que con ella, adormitado por los hechizos de su belleza.” En Mechifaro, en la desembocadura del Putumayo, plena Amazonia, verán indios desvergonzados y ufanos: “Sus vergüenzas llevan atados con cintas dando muchas vueltas”; avistarán las tribus de los legendarios antropófagos; se asombrarán con tétricas hileras de cabezas momificadas; verán árboles gigantescos; helechos apretados en inmensos haces; animales de leyenda; lluvias interminables. El calor se torna insoportable y los mosquitos inclementes, las aguas de esos ríos de pesadilla parecen no llevar a ninguna parte más que a las umbrías gargantas de un sopor inagotable. Pero El Dorado sigue habitando un más allá siempre distante, las provisiones van menguando y el descontento y el rencor señala con el dedo un único culpable. Con la excusa de su tiranía un grupo liderado por Aguirre decide acabar de una vez por todas con Urzúa y con la bella Inés. Aún ensangrentados designan a un escribano que de fe y testimonio de lo sucedido y se le indica que redacte un documento, sincerando y justificando el motín, documento que Lope firmará y agregará ostentosamente “El Traidor.” 
Ya es el jefe visible de esa travesía onírica bajo la enloquecedora fiebre de los trópicos.
A partir de entonces comienza a desencadenarse una serie de hechos crueles y extraviados. Es nombrado “Príncipe y Rey del Perú” Fernando de Guzmán, un joven sevillano de 25 años, personaje hasta ese momento irrelevante de la expedición. Durante su breve reinado se construyen dos bergantines de 360 toneladas, el “Santiago” y el “Victoria”, y se suscribe el “Acta de la Independencia Americana”, inspirado y planificado detalladamente por Lope de Aguirre.
Asumido el pomposo cargo Guzmán se transformará en grave, distante y solemne, y distribuirá cargos oficiales y con sueldos altísimos, pero pagaderos a futuro por las reales cajas del tesoro, cuando retornaran triunfantes al Perú, Pero todavía estaban en la selva, y en Mechifaro pasarían aún tres meses de calamidades, comiendo carne de caballo y lo poco que hallaban en las aguas barrosas del río. El viaje lo harían de día, deteniéndose al atardecer, cuando los hombres “asaltaban a la tierra a pescar o marisquear y guisar y comer y dormir lo que querían”.
El ya estrafalario rey Guzmán llevaría al poco tiempo el mismo fin de Urzúa. Lope, ahora sí, se convertiría en jefe visible, indiscutible y absoluto. Trocada la ilusión de El Dorado en sombría desesperanza, la expedición prosigue su marcha aguas abajo por el inconmensurable, Amazonas con el propósito de retornar y conquistar el Perú por otra vía. La noticia de la rebelión atravesó el océano como un rayo hasta la mismísima corte de Felipe II, quien al enterarse -dicen los historiadores- se mordió los labios hasta sangrarlos, por la osadía de ese desconocido vasco excéntrico, que en los confines de su reino universal y absoluto, y al cobijo de la sombra de una selva lejana y misteriosa, apenas señalada con un blanco de incógnito en los mapas imperiales, se atrevía a vociferar “…Me desnaturo de los reynos despaña y niego al rrey don Felipe, pesándome mucho lo que le he servido y aún de lo que le sirvieron mis pasados”. 
Lope se nombraría a sí mismo Capitán General de los Marañones y luego Fuerte Caudillo. ¿Quién era ese arrogante guerrero que hasta al mismo Dios se atrevía a desconocer? “…no creo en la ley de Dios ni en las sectas de Mahoma, ni Luthero, ni gentilidad y creo y tengo que no hay más que nacer y morir.” Su ley es incuestionable y su justicia inflexible, mandará ajusticiar a uno “Por amotinadorcillo”, y a un tal Pérez, que se fingió enfermo, “Por inútil y desaprovechado”. 
El julio de 1561 arribarán a la isla Margarita, en la desembocadura del Orinoco, desembarcando en una ensenada que poco tiempo después y para el resto de la historia se conocerá como “Puerto del Traidor”. Allí mandará a quemar los bergantines, para que la tripulación atribulada no se tentara en desertar, ya que Lope pensaba retornar al Perú por vía terrestre. En Margarita matarían a 50 personas, incluídos el gobernador, frailes y mujeres, a los que colgaría para que sus cuerpos sirviesen de blanco a los arcabuceros. Luego caería preso de una manía persecutoria, conservando una permanente actitud vigilante. Hasta llegó a prohibir a sus hombres murmurar y hablar en secreto, mandará a ahorcar a uno “Por abladorcillo”, y a otros dos “Porque se hablaban de oído”.
Anoticiada la Audiencia de Santo Domingo del arribo de la violenta y alucinada tropa, reúnen una improvisada armada con embarcaciones y hombres de Puerto Rico, Cartagena y Nueva Granada al mando del fraile Montesino. Ante la inminencia de su llegada, Lope le sale al cruce y envía a un hombre de su confianza, el capitán Munguía, junto a 18 soldados, para parlamentar con el fraile, a quien Lope trata de seducir, transmitiéndole la promesa de “hacerlo Papa” cuando regresara y conquistara el Perú. Pero Murguía y sus soldados desertan y se pasan en bloque al bando realista. Aún así el fraile se asusta de los pequeños cañones que Lope hace distribuir en las playas de la isla, y sin desembarcar pega la vuelta. Pero desde tierra también se reúnen tropas al mando del capitán Gutiérrez de la Peña, que parte de Tocuyo y comienzan a perseguir al rebelde.
Desde Margarita la atormentada expedición de Lope saltará a Burburata, Nueva Valencia y Barquisemeto, atravesando páramos desolados y tristes selvas de pesadumbre. Desaforado, y ya en la plenitud de una violencia delirante, “Quemó tres pueblos e vino atalando la tierra y apregonó guerra contra su Magestad a fuego y sangre…” Sus mismos hombres de confianza lo irían abandonando uno a uno, el bachiller Vázquez, Gonzalo, Carbajal. En Barquisemeto la diezmada expedición encontrará las casas deshabitadas y una descarada cédula con el perdón real dejada en lugar visible por el temeroso gobernador en su desesperada y precipitada huida. “¿Piensa Dios que porque llueva no tengo que ir a Perú y destruir al mundo?”, clamará encolerizado. “…aborrezco tal perdón y aún su Magestad me es odioso…somos gente que deseamos poco vivir”. En Barquisemeto Lope sería sorprendido en el interior de una pequeña fortaleza con su hija de 15 años, su doncella María de Arriala y la Torralba, al parecer una manceba de Aguirre de antigua data. Allí, Lope tomaría la fatal determinación de acabar con Elvira, quien no pocas veces había intercedido ante su padre por la vida de otros. La mataría, con pesar, para que “no quedare por colchón de ruin gente ni fuera puta de ellos”. 
De los 300 hombres con que partió Urzúa de las tierras del Perú sobrevivirían a Barquisemeto 174, sucumbiendo anteriormente 66 por garrote, arcabuz, cuchillo, soga y árbol, y otros 60 por enfermedades y, literalmente, de hambre. Muchos por propia mano de Lope de Aguirre, el “rebelde hasta la muerte por tu yngratitud”, como le enrostraría a Felipe II. 
Aguirre loco, Aguirre traidor, Aguirre peregrino. Peregrino de ese río “como ninguno de los hasta agora descubiertos”, ése río mágico donde todo es posible: animales abominables, distancias siderales, vegetación de pesadilla, remolinos turbulentos, indios vidriosos que disparan dardos venenosos, arañas fosforescentes, fiebres que retuercen de dolor y de espanto, sopores y vahos de un calor insoportable, nubes arremolinadas de inclementes mosquitos, extrañas enfermedades (uno de los soldados había “comido una raíz blanca y perdió el juicio”). Ese río sin par al cual le descubrirían seis mil islas y una boca de ochenta leguas de anchura de cálidas aguas dulces. Ese río que logró despertar el temor y el respeto que no obtuvo ni el Virrey del Perú, ni Felipe II, ni hasta el mismísimo Dios por parte de Lope de Aguirre. 
Ese río, de tan mal fortuna para los hombres venidos desde la otra orilla del mundo, que le hará gritar al traidor y primer adelantado de la independencia americana: “aunque vinyeren cien mill hombres ninguno escape, porque no hay en el río otra cosa sino desesperar”.

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