Octavio Getino – Le decían “cuarenticinco”

Octavio Getino, nació en León, España el 6 de agosto de 1935, es un director de cine, narrador e investigador de medios de comunicación y cultura argentino, de origen español, fundador del Grupo Cine Liberación y de la Escuela del Tercer Cine, junto a Pino Solanas y Gerardo Vallejo.
Vinculado al peronismo de izquierda, realizó con Solanas clandestinamente el documental La hora de los hornos (1969), sobre el neocolonialismo y la violencia en el país y América Latina. En 1971 la dupla se entrevistó con Juan Domingo Perón, exiliado en Puerta de Hierro, España. De este encuentro realizaron los documentales Perón, la revolución justicialista y Perón: Actualización política y doctrinaria para la toma del poder, los documentos audiovisuales más extensos de Perón, donde expone lo esencial de su pensamiento. En 1972 escribió y dirigió la película El familiar
El Grupo Cine Liberación, del que Getino fue cofundador y principal teórico, fue parte del movimiento del Tercer Cine, del que formaron parte el Cine de la Base de Raymundo Gleyzer, el Cinema Novo brasileño y el Cine Revolucionario cubano, todos de corte antiimperialista. Proponían un uso del arte cinematográfico como herramienta política, fuertemente comprometido con los conflictos sociales y con la militancia.
Su libro de cuentos Chulleca ganó en 1963 el Premio Casa de las Américas. Ha escrito numerosos libros sobre cine y cultura.


Desde hacía rato lo sabía. La gente que le compraba el diario se lo iba diciendo. Uno tras otro.
“No tardará en armarse la podrida.”
El sumaba palabras, gestos. Pasos apresurados. La tensión colgando de una mirada.
—Parece que se arma —había dicho la vieja que vendía golosinas en la esquina. Escuchaba una emisora uruguaya: una radio a transistores que apenas si se entendía. Lo miraba a través de unos lentes gruesos; uno de los vidrios estaba rajado. Le ofreció una pastilla de menta.
—Que se arme—dijo él y tomó la pastilla. Volvió a vocear la “sexta”.
Trabajaba a tanto por diario vendido para un quiosquero. Un viejo italiano que escupía algo al hablar.
Comenzó a desgranarse una fina llovizna.
Sus pies eran enormes. Le decían “Cuarenticinco”. Era el número que calzaba. Parecían aún más grandes bajo los estrechos pantalones. Tan afilados y cortos. A veces dejaba que se cayeran; entonces la culera colgaba grotescamente. Lastimosos detalles que observaban la vieja de las golosinas y el gallego del café. Aunque nunca dijeron nada.
“Tiempo fulero.”
La garúa resbalaba entre las viejas cornisas, sobre los faroles, susurrando al tocar la calzada.
Protegía los diarios bajo el saco. Un olor agrio viniendo de su ropa mojada se le metía de prepo en la nariz.
Hacía dos mesas que vendía la “Sexta” en aquella cuadra. Dos horas más de trabajo. Salía de la fábrica a las seis, allá en la Paternal. Después, al Centro. El primer día se perdió en el viaje; fue a parar a Palermo Chico, junto a una embajada.
“¡Qué lo parió!… ¡Cómo tarda Cecilia!”
Las empleaditas de la escribanía le sonrieron. Inclinó la cabeza y saludó también.
No hacía mucho que había llegado de Tucumán. Peón en un ingenio. Patrones modernos: organizaban milongas en cada aniversario. Allí conoció a Cecilia. Se le pegó una noche. A la madrugada, cuando fue al trabajo, ella quedó arreglando el bulín. Cambió de lugar las macetas. Cuando él volvió, Cecilia estaba con una piba en brazos.
—Es m’hija… Su padre murió para mí… Créemelo…
El, no creía nada. Le dio bronca. Lo tomaban de gil; pero estaba cansado. Cerró la puerta. No bien la pibita le tironeó los pantalones, sonrió.
Después oyó hablar de planes, leyes, decretos y más planes. Al parecer habían trabajado demasiado: sobraba azúcar. Lo despidieron. En el sindicato putearon muchos. El también; con las manos en los bolsillos.
Cecilia no entendía. Lo escuchó a él.
—Vamos a la Capital. La cosa está jodida. Sobra azúcar. Sí. No insistas. Eso dicen… Atorrantes.
Cecilia dijo:
—Bueno —y puteó a su vez.
Desde el tren vio alejarse las chimeneas del ingenio.

—¡Quémenlas, carajo! —había gritado a unos pibes. Los pibes no entendieron. No hay nada que hacer. Son cosas que le dan bronca a uno.
Ahora trataba de quedarse efectivo en la fábrica de lavarropas. Llegar a hacerse responsable de la “Cincinnati”, una enorme plegadora de chapas “made in usa”. Barría el piso, acomodaba piezas. Casi nadie le conocía. Ocurría lo mismo que en Tucumán. Que no preguntasen por él porque muy pocos sabrían dar señas. Solamente amigaba con el Ñato Rodríguez. Buen tipo, aunque a veces hinchaba. Como cuando le llamó “carnero” aquella vez que se tajeó la mano: una rebarba de chapa grasienta. No fue al Seguro.
—No seás gil.
Pero el Ñato no entendía. En una de ésas lo tomaban entre ojos. No quería volver a estar más horas en las colas. Ni a escuchar la voz aflautada de las psicotécnicas que le hacían dibujar casitas, chanchitos, un montón de zonceras, eso, para mandarlo con un poco de suerte a lavar retretes.
Cecilia tardaba. Sentía hambre. Echó los mocos en un pedazo de papel. Había olvidado el pañuelo en casa.
Creyó oír el ruido de explosiones. Venían del lado de la Diagonal.
Cecilia vendría como siempre: rengueando un poco. Una carita seca y afilada. Sandwich y coca—cola. Una milanesa envuelta en muchos papeles y piolines. Sabor a tinta de imprenta.
Los vio venir. Avanzaban por el centro de la calle. El tránsito se detenía. Enmudecido. Cabalgaban en lento trote. Pesados impermeables. Sombras envueltas en afilado ruido de sables. Cascos de acero. ¿Qué más?
El suboficial que venía al frente subía a la vereda y desde el caballo, con voz de trueno, ordenaba bajar las persianas de los negocios.
En un café algunos empleados miraban de soslayo. Como si no quisieran ver del todo las botas del policía, la punta del sable envainado. Esto.
—¡A casa!… No necesitamos diarios.
No levantó los ojos. Lo único que vio con claridad, era la cabeza del caballo; bufaba. Hasta llegó a respirar su aliento caliente.
Una milonga se desataba en la radio de la vieja que vendía golosinas.
Enrolló los diarios amagando una protesta. Fue hasta la Diagonal. Los policías se habían detenido junto a una obra en construcción. Bajo un anuncio de analgésicos.
Al doblar la cuadra un soplo agrio le hizo llorar. Una densa nube de gases se mezclaba entre la llovizna. Venía del Bajo, del lado donde la Diagonal se abría de piernas en una plazoleta. La estatua de un caballo con un general encima.
Más tarde nadie se explicaría cómo sucedió todo con tanta rapidez. Estaba en medio de los manifestantes. Obreros que aún vestían ropas de trabajo. Ululaban las sirenas policiales. Cuando se dio cuenta, corría ya junto a los otros.
Se refugió con varios obreros en un zaguán.
—Esta es la democracia —murmuraba una vecina de pelo canoso. —¡Denles a esos milicos!
Le hablaba a él que hubiese querido explicar que no tenía nada que ver en el asunto. Pero no dijo nada. Los otros le sonrieron. Una sonrisa cómplice. Como si fueran amigos de siempre.
En la calle un suboficial puteaba.
—Vengan… ¡Vengan piojosos de mierda! —esquivaba los pedazos de baldosa—¡Yo les voy a dar piedritas!
Explotaron más bombas. Alguien aconsejaba mojarse los ojos con saliva.
—Así no escuecen. ¿No es cierto? —le preguntaron. El dijo, sí. Le pidieron ayuda como si estuviera obligado a darla. Titubeó. Y titubeando, aceptó. Como si no pudiera evadirse. Ayudó a levantar una barricada. Vigas, tachos, tablones, el carrito de un verdulero.
La vereda se desmondaba. Pedazos de baldosa corrían de mano en mano, se estrellaban contra los carros de asalto. Rostros soñolientos se distendían tras las ventanas. Coches repletos de detenidos. Sablazos. Un aullido.
—¡Vayan a casa a fregar platos! —gritó un hombre corpulento a las mujeres. Venían de cascotear a la policía. El hombre tenía aspecto de oficinista. Se secaba con un pañuelo la cabeza calva y exigua. Lo pecharon.
—¡Rajá, oligarca, que te amasijamos!
Y rajó. Corría torpemente agitando los brazos. Miraba atrás. Resoplaba.
Un muchacho pedía fósforos, tartamudeaba al hablar. Habían volcado un automóvil. Un escarabajo patas arriba, mudo, impotente. Ruido hueco de chapas arrastrándose por el suelo. Tal vez, su queja. Un jubilado alcanzó los fósforos. El coche tardaba en arder.
¡Apurate!
Exigió un papel, un diario, algo. Se desabrochaba el cuello de la camisa, los dedos le temblaban. El, le alcanzó dos diarios bastante deshilachados.
—Para algo sirven ¿no? —dijo al que tenía al lado. Sentía cierta desazón al ver allí demolidas tantas horas de trabajo.
“¡Qué tanta historia!”
El tanque de nafta explotó iluminando con un rojo intenso la calle. Algún grito de júbilo. Muchos rostros en silencio. El, caído de hombros, se frotó la nariz. Un poco insatisfecho.
—¡Corran! ¡Se vienen! —la voz pasó saltando sobre los charcos envueltos en un impermeable blanco.
Todos corrieron.
—¡A fin de cuentas qué somos, carajo! —gritó uno bajo un farol —¡No corran! ¡Vamos a pararlos! ¿Qué es lo que somos?…
Muchos se detuvieron avergonzados. Algunos regresaron. El estaba entre ellos. Pocos.
Tres milicos entraron a la calle. Al trote, sortearon el automóvil que ardía. Cascos, como gigantes, fundidos al cielo. Avanzaban bajo los carteles que anunciaban Pepsi. Automóviles compactos.
Agarró una baldosa. Sintió su superficie cortante, fría, adhiriéndose a la palma de la mano. Incrustándose en la carne. Los dedos engarfiados. La mirada indecisa. Tensas las piernas. ¡Así!
La resolución bajó atravesando el rostro, recorrió el antebrazo y su mano endurecida se elevó con toda su fuerza escupiendo la baldosa contra uno de los cascos. O el cielo. Tan juntos estaban.
Se vio venir encima un penetrante relincho, una sombra inmensa. Un relámpago que llegaba desde las estrellas. El planazo lo tiró al suelo. Con rabia se hincó de rodillas.
—¡Hijo de puta! —era su primer grito.
Por más fuerza que dio al salto no alcanzó ni a rozar las crines. El segundo sablazo lo penetró.
Era la misma hora en que la “Cincinnati” doblaba una chapa con seco chasquido. Cerca de ella una pulidora aullaba entre un raudal de chispas.
Su cabeza fue inclinándose hacia adelante en trágica reverencia.
Las 20:57. Hora de salida de un tren rápido en Constitución. Cuellos de sacos levantados. Hombres colgando de los pasamanos, acostados sobre los techos.
Una voz: —La culpa es de ellos.
Otra voz: —Nosotros tenemos la culpa. Nos faltan pelotas.
Un chorro de sangre le bajaba por el cuerpo.
La locomotora: una nube de vapor; un estruendo de pitidos, de gente que habla. Hierros girando.
Primero fue su rodilla la que tocó el suelo. Los escasos diarios que le quedaban se deshicieron en la calzada como una amplia sábana. Papel, tintas, la vida de una putita de sociedad que se dedicaba al cine, el anuncio de un papel higiénico importado, una conferencia sobre desarme.
La mano ensangrentada aleteaba en el aire negándose a caer. Después su pie tropezó con un tacho de basura y quedó colgando en él. Cabeza y manos, se derrumbó todo entero.
Visto desde el balcón de un tercer piso donde estaban celebrando la entrada en sociedad de una flaca rubita, su cuerpo tenía una posición bastante absurda. Despatarrado. La figura de un hombre tendría que tener cierto aire majestuoso, solemne. Al menos, así ocurre en las películas. Es cierto. Ya podía haber dejado caer su pie, su enorme pie al suelo. Cualquier cosa, pero no dejarlo allí coronando un tacho de basura. Como un insulto.
Rengueando llegó Cecilia. Pegada a las paredes. En silencio, obstinada, fue dando vuelta en torno al caballo de un policía que quería cerrarle el paso. No reconoció su cabeza. Una masa sanguinolenta. La boca: quebrada y abierta. Como preguntando. Horrible. Apartó la mirada con cierto asco. La posó sobre el zapato que colgaba.
Intentó llorar pero no pudo. Oprimía contra su estómago una coca—cola. El ulular de las sirenas policiales la estremeció. No sabía qué hacer.
Quedaba sola. Sin plata, sin trabajo. Sola por sobre todas las cosas. Volvería a Tucumán. Tal vez, no.
¡Qué sé yo!
El cura del pueblo le había enseñado una canción fúnebre; mucho tiempo atrás. Cuando aún creía en los curas. La tarareó casi en un susurro.
“Está loca”, pensó un milico que tosía.
Luego, con una mano se alisó el pelo, se tocó la frente y la apretó contra sus ojos. Así estuvo Cecilia largo rato. Quieta. Terriblemente. A dos cuadras, la policía chocaba con los manifestantes. Desde un tercer piso: twist.
Nadie sabe si lloró o no.
Lentamente dejó caer la coca—cola en el tacho de basura. Tomó en sus manos aquel pie enorme, lo aplastó contra su cara. Acariciándolo, con suavidad, lo puso tiernamente en el suelo.
—Oiga… señor… ¿Me darán algo de plata en el Seguro? —preguntó al que tosía. El estaba asegurado.
El milico se encogió de hombros y se acomodó el sable en la vaina.
Ella quería vivir. Se alejó, siempre rengueando. Rostro afilado, seco. Ojos buenazos. Inmensamente buenazos.
Al otro día, en una fábrica chica dejaron de armar lavarropas. Pararon las prensas, los tornos. Paró la “Cincinnati”. En la asamblea hubo un minuto de silencio. Muchas caras serias. Se habló del que casi nadie conocía. Surgieron anécdotas, recuerdos.
Al finalizar la tarde a él lo cargaban en un coche fúnebre de la Municipalidad. Aún llovía. La policía prohibió que lo velasen en el sindicato. Lo hicieron en el cuartucho de un hospital. Muchos crucifijos.
—Sí, el morocho. Ese que entró hace poco, flor de tipo. Aprendé…
Anochecía y lo conocían todos. Incluso los obreros de la Usina que no podían abandonar las instalaciones pero que mandaron un representante a la asamblea. Uno petisito, porteño, que vivó el nombre del peón.
—Sí, aquel que antes trabajaba en un ingenio. “Cuarenticinco”, le decían.

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