Pueblo Mapuche – Michimalonco

La resistencia mapuche al conquistador español, comenzó con Michimalonco.
Mapuche – (1500 – 1550)

Michimalonco, se destacó desde su juventud por excepcionales condiciones de inteligencia y carácter. Por su talento, el gobernador incaico de Quillota lo envió a Cuzco, para ser educado. Tuvo así oportunidad de aprender la lengua quechua y a conocer la organización y el funcionamiento del imperio incaico entre 1514 y 1518.
Michimalonco se consideraba un buen mapuche y estaba orgulloso de su raza, si colaboró con los Incas, lo hacía obligado por las circunstancias, por la enorme superioridad del ejército incaico, que había dominado los valles de Aconcagua y Maipo después de prolongadas guerras.
Reconocido ahora como curaca en la parte superior del valle de Aconcagua, cumplía lealmente con sus deberes, pero estaba anheloso de que su pueblo recuperara la independencia. El príncipe Inca que gobernaba estas tierras se llamaba Quilicanta, y tenia por función administrar y vigilar las explotaciones de oro que alimentaban las arcas del imperio.
A principios del treinta llega a Chile el primer español, venía del oriente, no tenía orejas y era acompañado por una princesa Inca; el español se apellidaba Barrientos y venía huyendo del infortunio de haber sido azotado y privado de sus orejas públicamente, por ordenes de Pizarro, luego de ser sorprendido intentado apoderarse de parte del rescate que Atahualpa había ofrecido para su liberación; este español fue recibido y acogido por Michimalonco, primeramente motivado por la extrañeza que le producía su singular apariencia y luego por la significación que daba a su experiencia y a la información que conocía respecto de lo que estaba sucediendo en el imperio.
Barrientos advirtió a Michimalonco que pronto llegarían los españoles y que el imperio Inca ya se había rendido; también lo entrenó en la táctica militar del ejercito conquistador; con el entrenamiento entregado por Barrientos, Michimalonco en alianza con las huestes de su hermano Trangolonco avanzo hacía al sur e impuso su dominio.
Pronto se cumpliría el pronóstico: llegó Diego de Almagro, Quilicanta, no sólo fue amable sino que le rindió grandes honores; Michimalonco no fue parte de la recepción, por el contrario con la instrucción militar entregada por “el desorejado” se sentía capaz de expulsar al nuevo invasor; encontró en Felipillo, un súbdito Inca que acompañaba a la hueste de Almagro, cumpliendo la función de traductor, un aliado que llamaba a la resistencia. El clima subversivo que impuso Michimalonco, obligo a Quillacanta a huir de Quillota, en tanto Felipillo fue atrapado y descuartizado con caballos frente al Curaca de la región como escarmiento.
Almagro no encontró el oro que le habían anunciado en el Cuzco, el clima era hostil y Michimalonco un enemigo; tomó a algunos mapuches presos en reemplazo de los yanacona Incas que se le habían muerto y emprendió la retirada al Norte, era el invierno de 1536; Michimalonco los persiguió, logrando liberar a los mapuches que llevaban como esclavos.
Pronto llegaría Pedro de Valdivia con más fuerzas y ambiciones, a orillas del río Mapocho, luego de una difícil victoria, el español fundó en ese lugar, el 12 de febrero de 1541 la ciudad de Santiago de Nueva Extremadura.
Al amparo de su alianza con algunos mapuches y con el príncipe Inca Quillacanta, Valdivia marcha hacía al Aconcagua, con el fin de aniquilar la resistencia de Michimalonco. Este había unido el cerro con la loma por medio de una trinchera construida con algarrobos de muchas púas, cuyas ramas y troncos estaban entretejidos. La trinchera, que se extendía por un terreno plano, estaba ocupada por unos 4.000 guerreros. Más al oriente, “en una segunda plaza del fuerte”, se encontraban las mujeres y niños.
Jerónimo de Vivar cuenta que Valdivia al contemplar este fuerte, “admiróse de ver tan fuerte sitio y peligroso para combatir”. El español dividió sus tropas en tres partes. Se combatió una hora y media. En seguida, los guerreros de Michimalonco, tomados por los dos flancos y por el frente, emprendieron la fuga “por las espesuras de los más espesos montes”.
Prosigue el relato de Vivar: “Michimalonco salió desnudo en carnes, embijado y arrayado con tinta negra todo el rostro y cuerpo, porque así lo acostumbran por ferocidad. Traía las vergüenzas tapadas con una cubertura hecha de plumas. Traía su arco y flechas en las manos, diciendo: ¡Inchi Michimalonco!, que quiere decir: ¡Yo soy Michimalonco! Esto lo decía con grande ánimo”.

Es interesante que en ese momento, en que se mostró orgulloso de la resistencia opuesta a los españoles y del valer de su persona, haya empleado la lengua mapuche para exteriorizarlo. Es una prueba contundente de que se sentía mapuche.
Hecho prisionero disparó “una flecha en alto, la cual iba silbando”, lo que constituía una orden a sus guerreros de suspender la resistencia. Dirigiéndose a Valdivia, le dijo: “Tata, manda a estos cristianos que no me maten más gente, por que yo he mandado a la mía que no peleen (más), y les he mandado que vengan a servir”.
El propio Michimalonco señaló a los españoles la “segunda plaza del fuerte”, donde “hallarían a sus mujeres y dos talegas de oro en polvo, de que, según demostró, habría media fanega”.
Se dirigieron a esa plaza y trajeron a las mujeres, pero no el oro. Michimalonco imploraba a su vencedor que no tolerara que hicieran mal a sus mujeres. “Respondió el general —escribe Vivar— que él le daría sus mujeres sanas y sin ofensas y con ellas el oro, si lo trajesen, porque él no venía por oro, sino a que supiesen que habían de vivir en nuestra Santa Fe y darles obediencia y servir como los indios del Perú y que, haciendo de hoy en adelante eso, serían bien tratados y amparados él y sus indios y mujeres e hijos y haciendas…, y que, haciendo esto, le perdonaba la guerra que le había hecho…, y que, haciendo lo contrario, él y todos sus indios serían muertos, y que no les valdrían las sierras ni las nieves, ni aún esconderse debajo de la tierra”.
Mientras eso le explicaba, llegaron las mujeres, y se las entregó con estas palabras: “Toma tus mujeres e hijos, y pésame por que no trajeron el oro, para dárselo también, pues es tuyo, que yo al presente no tengo necesidad de él. Búscalo entre tus indios, que ellos lo tendrán escondido, y aprovéchate de él, que yo no lo quiero”.
Michimalonco, por su parte, al verse tan bien tratado, lo “proveyó de maíz y algunas ovejas”. No estaba del todo convencido de la generosidad de Valdivia, pues los españoles que habían venido a Chile con Almagro le habían pedido oro, de modo que suponía que también Valdivia y su gente estaban interesados en conseguirlo, por lo cual le agregó: “Tata, yo te quiero servir con cierta cantidad de oro que haré sacar… de las minas, y para sacarlo tengo necesidad que me sueltes y que me des licencia”, prometiendo que en breve lapso llenaría con ese oro un tambor que señaló, en que cabían —según Vivar, quien estuvo presente— unos 120.000 pesos en pepitas.
Al final la cosa resulta con el apresamiento de Michimalonco por parte de Valdivia; el mapuche como buen político le ofrece a Pedro ser un buen muchacho si respeta a su hijos y a su mujeres, más aún, si esa condición se cumple, el mismo lo conduce al corazón del secreto de la riqueza Inca en Chile, los lavaderos de Marga-Marga; Valdivia acepta, puso en libertad a Michimalonco y obtuvo de él, 600 indios jóvenes para trabajar los placeres, se marca el inicio de un episodio de buenas relaciones.
Valdivia se mostró muy complacido por este desenlace, pues, en realidad, aún cuando había venido a radicarse en el país para siempre, necesitaba cantidades apreciables de ese metal precioso para traer del Perú más pobladores y pertrechos bélicos y manufacturas europeas de que carecían sus compañeros.
El conquistador podría considerarse feliz con estos resultados: había reducido al principal opositor que tenía en Chile y logrado organizar una faena que le aseguraba grandes entradas en oro y cuyos impuestos, los quintos reales, o sea, el 20 por ciento de la cantidad bruta producida, iba a dejar muy satisfecho también al rey.
A todo esto, Trangolonco, inicia una sublevación, y su hermano aunque no consideraba el momento oportuno, se ve obligado a actuar, Como los acontecimientos ocurrieron a fines de mayo o principios de junio, tenía el invierno por delante y podía así preparar un ataque concéntrico contra los españoles.
Tenía motivos para abrigar grandes esperanzas en poder liquidarlos. Casi inocentemente, el propio Valdivia, al instalarse en Santiago, había entrado en una trampa, pues se encontraba rodeado ahora por poderosos enemigos que lo podían agredir simultáneamente desde el norte y el sur.
Con infatigable tenacidad, el caudillo mapuche visitó a todos sus aliados en los valles de Aconcagua y Maipo, logrando reunir 10.000 guerreros. Luego se dirigió a los promaucaes de Cachapoal y los informó sobre los acontecimientos, pronunciándoles vibrantes discursos, por medio de los cuales los exhortaba a continuar la obra de liberación iniciada con la expulsión de las tropas incaicas del país. Encontró un amplio eco. En ese valle se organizó otro ejército, que llegó a contar 16.000 guerreros. Se convino cercar Santiago y tomar la ciudad por asalto en la primavera venidera.
Estos preparativos recibieron un refuerzo inesperado. Valdivia, ofuscado por la sedición, cometió el error de apoderarse de todos los caciques que pudo haber, para mantenerlos recluidos en calidad de rehenes en su casa de Santiago. Entre ellos se encontraba también el príncipe Quilicanta. El resultado fue que estos caciques, que habían sostenido una prolongada guerra con Michimalonco, se reconciliaron con él y le ofrecieron su cooperación. De este modo, los españoles quedaron completamente aislados, y sólo pudieron contar con la ayuda de los indios que habían traído del Perú. El odio de los mapuches se dirigió, en primer término, en contra de éstos, y no podían dejarse ver en ninguna parte, pues eran agredidos y ultimados de inmediato. De este modo se privó a los españoles de sus fuerzas de trabajo, o al menos, ellas sólo podían operar cuando estaban debidamente protegidas.
Valdivia sólo vislumbraba lo que Michimalonco estaba tramando en contra de él. Le pareció, en todo caso, conveniente mantener la ofensiva, en vez de esperar que a ciudad fuera sitiada por las fuerzas unidas de todos sus contornos; se dirigió a Aconcagua llevando consigo a 30 jinetes, 30 arcabuceros y tropas auxiliares. Al pasar frente a Colina observaron dos espías sobre una loma. El maestre de campo, Gómez de Don Benito, recibió orden de cercarlos, hacerlos prisioneros e interrogarlos. Sometidos a tormento, confesaron que los 400 guerreros que iban con los españoles y que les habían sido facilitados, por el príncipe Quilicanta, tenían orden de matar sus caballos tan pronto atacaran a Michimalonco. Agregaron que era inminente un ataque de los promaucaes contra la ciudad. Se descubrió que los dos espías habían confeccionado quipus, en que se indicaban con diversos colores y nudos los efectivos con que Valdivia marchaba en contra de Michimalonco. A fin de que éste no se enterara de que aquel conocía su plan de ataque y sus relaciones con sus antiguos enemigos detenidos en Santiago, los dos indios fueron ahorcados.
Valdivia regresó de inmediato a la ciudad y disimuló, dirigiéndose hacia el sur, donde, efectivamente, el señor de Cachapoal había concentrado sus fuerzas en una fortaleza a orillas del río homónimo. Al contemplar la fortaleza, Valdivia se enteró de que sus fuerzas eran insuficientes para atacarla, por lo cual fingió una retirada durante todo el día, perseguido por los promaucaes. De noche, una vez separado de sus perseguidores, realizó una contramarcha, dejándose caer de madrugada, de improviso, sobre la fortificación, que conquistó.
Entre tanto, Michimalonco preparó el ataque proyectado contra la ciudad, que se verificó el 11 de Septiembre de 1541, cinco días después de haberse alejado el caudillo de ella para combatir a los promaucaes.
Vivar dice que los indios penetraron sin dificultad en la ciudad y que llevaban fuego en ollas, que propagaron en las casas, que eran de madera, con techos pajizos y en las cercas de los solares, que eran de carrizo. Pronto toda la población constituía una inmensa hoguera. Los 54 españoles y escasas tropas auxiliares que la defendían mantuvieron, sin embargo, sus posiciones. En previsión de un ataque, los españoles habían construido “albarradas y trincheras” .
En total, Valdivia se había apoderado de 9 caciques, a dos de los cuales había llevado consigo a Cachapoal, pues eran de allá. Unos 1.000 araucanos penetraron hasta la plaza de armas de la ciudad, en cuya esquina norponiente se encontraban los siete caciques restantes, que “comenzaron a dar voces a los suyos para que los socorrieran, libertándolos”.
Inés de Suárez, la única española que acompañó a la expedición de Valdivia, se enteró del peligro que representaban esos caciques, pues animaban a los atacantes y constituían una meta fija, en contra de la cual se dirigían todos sus esfuerzos. Por tal motivo concurrió a la casa de Valdivia, en que estaban recluidos los jefes indígenas, y gritó a los dos guardias que los matasen. Uno de ellos, Hernando de la Torre, preso de terror, le contestó: “Señora, ¿de qué manera los tengo yo de matar?”, a lo que le replicó: “¡De esta manera!“, y desenvainando su espada, los mató a todos, mandando arrojar luego los cadáveres sobre la plaza.
Agrega Vivar que ella misma gritó a los atacantes: “¡Afuera aucaes! iYa yo os he muerto a vuestros señores y caciques y haré lo mismo con vosotros!”, mostrándoles su espada ensangrentada. “Los indios no le osaban tirar flecha alguna, porque les había mandado Michimalonco la tomasen viva y se la llevasen”. Viendo los indios que lo dicho por ella correspondía a la verdad, “volvieron las espaldas y echaron a huir los que combatían la casa”.
En atención al fracaso experimentado, los atacantes se retiraron al mediodía. En ese lapso llegó Michimalonco con una fuerza igual a la que había operado en la mañana.
Se reanudó la batalla por Santiago por los restos del ejército de 5.000 hombres que atacó en la mañana, reforzado ahora por otro ejército de igual número al mando de Michimalonco, quien había enrostrado a aquellos su cobardía y falta de condiciones militares. Se encontraba ahora en juego su propio prestigio militar. El grueso de las fuerzas españolas estaba ausente, como también la mayor parte de los yanacona peruanos que los auxiliaban. Sólo una pequeña parte de éstos se encontraba en la ciudad, y el número de los españoles no excedía de 55. Si se tomaba la ciudad, podía preverse que también quedaba sellada la suerte del propio conquistador y de su gente. Tan seguro estaba Michimalonco de la victoria que lo esperaba, que ya había destinado a Inés de Suárez a su harem, ordenando se la entregaran sana y salva, lo que es al mismo tiempo una comprobación de las extraordinarias condiciones que adornaban a esta mujer.
Finalmente, debe tenerse en cuenta que el caudillo araucano había preparado cuidadosamente a su ejército durante los ocho años transcurridos desde que Barrientos le dio las primeras instrucciones conforme a las prácticas españolas.
A pesar de todos estos factores favorables, no logró absolutamente nada. Aquel puñado de españoles rechazó todos los ataques. Finalmente, éstos lograron el dominio de las calles, y los atacantes se escondían en los escombros ardientes y humeantes de los edificios, pues según cuenta Vivar “no osaban salir de la ciudad por temor de los caballos, a causa de ser las salidas de la ciudad llanas y los montes para acogerse lejos. Más, al fin no pudiendo sufrir (ya los ataques de) los cristianos, determinaron salir de la ciudad, y… como era campo ancho y largo (el que la rodeaba), los de a caballo, aunque cansados, no dejaban de alcanzar algunos”
Las bajas de Michimalonco fueron de 800 muertos, agregando que los españoles perdieron 2 soldados y 14 caballos; no señala el número de yanacona muertos. Casi todos los españoles estaban heridos.
Pedro de Valdivia podía estar satisfecho con los dos éxitos logrados, pues había conjurado el peligro de que su joven creación fuera arrollada y aniquilada por 26.000 guerreros de gran valentía, al mando de jefes que estaban dispuestos a imponerse a cualquier precio.
Michimalonco se sintió completamente decepcionado. le quedaban tres fuertes de resistencia situados en las cabeceras del río Aconcagua, ya dentro de la cordillera andina. Valdivia despachó el 17 de julio de 1543 a Pero Esteban con 25 españoles y tropas auxiliares para que los atacara y destruyera, pues desde allá los indios “enviaban a decir y amenazar a los caciques que nos servían que… los habían de matar”. El capitán cumplió su cometido sin dificultades. “Echados los indios de ellos, y castigados los que lo merecían, corrió (Esteban) la tierra que había entre aquellas fuerzas y la sierra, y allegaron a las nieves, donde tuvieron noticias que 10 leguas hacia la parte de Oriente hallarían gran copia de sal, por donde cotidianamente la traen en cantidad los indios que escaparon de los fuertes”. Vivar menciona que se producía en Chile sal en salinas situadas a orillas del mar en la desembocadura del río Aconcagua y en Topocalma.
La primavera de 1543 aportó a la fundación de Pedro de Valdivia por fin el alivio esperado: en septiembre llegó a Valparaíso un buque mercante despachado desde el Perú por Lucas Martínez Vegaso, quien se había asociado con el conquistador al emprender éste su expedición a Chile. Traía un cargamento de toda clase de mercaderías de que carecía la población. El gobernador lo adquirió e hizo participar a todos los pobladores en él, según sus necesidades, concediéndoles un crédito prudencial.
En diciembre, por fin, regresó a Chile el capitán Monroy, que se había dirigido dos años antes al Perú para traer refuerzos: llegó con 60 soldados, que representaban un refuerzo importante, y que fue acogido con tanta alegría, que Vivar nos dice que “a este recibimiento se mató el primer puerco” de los que había criado doña Inés de Suárez con la pareja que se salvó cuando Michimalonco atacó a Santiago.
Ya de ahí en adelante no hubo más levantamientos araucanos en los tres valles centrales del país. En agosto de 1545 realizó el gobernador la segunda fundación urbana en el país, que fue la de La Serena. En septiembre del mismo año envió a Pastene, genovés enviado a Chile por el gobernador del Perú, Vaca de Castro, como piloto de una expedición comercial (operación prohibida, por la cual Felipe II castigó a ese gobernador), para que reconociera el litoral hasta el límite austral de la gobernación de Nueva Extremadura, fijado en 41 grados de latitud. A principios de 1546 él mismo realizó un reconocimiento por tierra hacia el sur hasta el valle del Bío-Bío.
En el invierno de 1546 se activaron los trabajos en los lavaderos de oro de Marga-Marga, que fueron dotados de 500 bateas.
La actitud de los araucanos ante los éxitos logrados por los españoles fue divergente. Muchos de ellos, totalmente desengañados acerca de toda expectativa de poder librarse del dominio español, se sometieron, sobre todo los caciques, interesados en conservar la posición que les correspondía en sus parcialidades. Se inició un éxodo en grande escala, los araucanos se dirigen a Cuyo, a través de los boquetes andinos.
Michimalonco fue informado en Cuyo acerca de estos éxitos de los españoles y de las transformaciones habidas en su propia jurisdicción, cuya población estaba sometida a un tratamiento mucho más benigno que el existente anteriormente balo régimen incaico. Pues era evidente que don Pedro de Valdivia había estado especialmente interesado en ofrecer condiciones de vida favorables a los indios de ese valle, a fin de poder disponer en Marga-Marga de operarios dispuestos a cooperar solícitamente.
Es probable que sólo él, Michimalonco, quien había conocido el imperio incaico, era en Chile el único jefe mapuche que estaba en condiciones de apreciar, desde el punto de vista de su pueblo, lo que significaba la realización política iniciada por don Pedro de Valdivia. Había combatido con una pasión que lindaba en el frenesí a los españoles, seguro de que el numerosísimo potencial humano de que disponía arrasaría fácilmente con un puñado de invasores que había llegado al país.
Pero ¿qué había logrado? La muerte de millares de los suyos, la destrucción de sus viviendas y sembrados, una vida llena de zozobras y fustigada por el hambre. El mismo se encontraba lejos de su patria, y es seguro que si no hubiera elegido el ostracismo, ya habría perdido la vida.
Enviaba en cada ocasión que se ofrecía recados a sus deudos en el querido valle de Aconcagua, testimoniándoles la nostalgia que sentía por no poder regresar a él.
Lo que le informaban desde allá, era que los españoles estaban haciendo progresos cada vez mayores. Dominaban sin contrapeso toda el área comprendida hasta el río Maule por el sur, a igual que los Incas antes de su guerra civil. No había expectativas de que los mapuches volvieran a sublevarse.
Michimalonco desde el Cuyo, decide que era preciso reconocer el triunfo de Valdivia, toda actitud contraria le parecía suicida. Impulsado por sus reflexiones, regresa a Chile y se reune con sus antiguos compañeros de armas.
Les pronunció un prolongado y bien fundamentado discurso. En síntesis, les aconsejó adoptar un acuerdo general de convivencia con los españoles, pues si bien éstos “son bravos en la guerra, son mansos y afables en la paz”. “Más vale vivir en sujeción, agregó, gozando de alguna quietud y reposo que no morir como animales y dejar mujer e hijos desamparados”.
Sin duda, se les iba a exigir que realizaran toda clase de trabajos en las encomiendas, pero podían impedir excesivos tributos y extorsiones “con los medios que el tiempo fuese mostrando”. Tal defensa se haría más fácil “mientras más conocida tuviéramos la condición de esta gente”, pues de ese modo “tanto mejor sabremos por dónde habemos de acometerlos”. Los asistentes lo autorizaron para negociar la paz con Don Pedro de Valdivia.
Así se lo hizo saber a éste, quien le contestó que estaba dispuesto a recibirlo. El acto se realizó en forma solemne. El gobernador lo esperó rodeado por sus capitanes y otros hombres de confianza en la casa y palacio del capitán Pedro de Valdivia.
Michimalonco realizó la ceremonia de acatamiento que se practicaba entre los Incas y que Vivar describe así: “Una reverencia con ambas piernas, corvándose un poco y alzando las manos parejas contra el rostro de aquel a quien obedecen, haciendo con la boca una manera de besar”.
Se presentó con algunos presentes, consistentes en “200 libras de oro muy fino (92 kilos que valían 20.000 pesos)” y “cantidad de ganado y otras cosas”.
Michimalonco entró “con sus acompañantes con mucha autoridad”, con el rostro bajo. Rogó al gobernador “los recibiese Su Señoría debajo de su amparo, pues él y los demás prometían de serle leales sumisos y súbditos y serviles con toda obediencia estando ya en el fin de su plática, comenzó a alzar los ojos, mirar a todas partes y desechando el miedo que traía, volviendo a su natural ánimo y brío”. Valdivia se encontraba sentado en un sillón y Michimalonco estaba de pie frente a él.
Valdivia le, agradeció por los presentes y por sus buenos propósitos, manifestándole que, conforme a las órdenes que él había recibido de su rey, las condiciones que los mapuches debían, cumplir para que hubiera paz y buena inteligencia eran las siguientes: primera, facilitar la acción de los misioneros, a fin de que todos se hicieran cristianos; segunda, cumplir el régimen de las encomiendas, sin ser sometidos a trabajos exagerados, y tercera, no negarse a trabajar en los lavaderos de oro y minas y realizar las labores agrícolas, con la seguridad de recibir un tratamiento justo y una remuneración adecuada.
Michimalonco replicó al gobernador que ellos estaban dispuestos a cumplir estas condiciones.
A continuación, el caudillo araucano fue agasajado por doña Inés de Suárez, quien “le dio algunas preseas, como peines, tijeras, chaquiras y un espejo”.
Michimalonco, por su parte, le obsequió una pluma, explicándole que provenía “de una ave que se engendra y cría en lo más alto de los volcanes de la nieve” y que tenía la “maravillosa virtud de no quemarse” en el fuego. Inés comprobó la afirmación del toqui araucano, colocándola en un brasa sin que recibiera daño alguno.
Le explicó, además, que la pluma no estaba destinada primitivamente a ella, sino al Inca, quien te había hecho “una muy particular merced, una vez que fue a visitarlo al Cuzco, que fue sentarlo a su mesa, cosa que con ninguno otro había jamás hecho”. Para retribuirle esa distinción había conseguido esa maravillosa pluma de un indio chileno. Posiblemente, no pudo entregarla a Huáscar, por haber estallado la guerra civil en el Perú.
El régimen que Valdivia deseaba establecer, consultaba precisamente la cooperación entre las dos naciones y su futura fusión tal como lo expresó don Pedro en el discurso con que contestó el de Michimalonco.
El propio Michimalonco así lo comprendió. Cuando, en la primavera de 1549, el gobernador comenzó a preparar un ejército para ocupar la parte austral del territorio de su gobernación, se le ofreció el toqui araucano para organizar un ejército araucano auxiliar. El ofrecimiento fue aceptado, y aquel toqui fue nombrado su comandante.
Hay contradicciones en la documentación histórica, respecto a lo sucedido después, hay cronistas que sostienen enfáticamente que Michimalonco, guardó a Valdivia absoluta lealtad, otros que estaba sospechado de su mal ánimo y que ante el temor de una nueva rebelión, en una expedición comandada por Alderete hacia el sur del Bio-Bio hasta la reducción de Colo-Colo, este le quitara la vida.
Por falta de documentos que digan lo contrario, es preciso aceptar que Michimalonco fue asesinado durante la expedición de Alderete al sur del Bío-Bío, realizada en la primavera de 1550.
Por otra parte, es también un hecho irrefutable que el asesinato de Michimalonco careció totalmente de fundamento. Las actitudes de Michimalonco: desde su convenio de convivencia con don Pedro de Valdivia no hubo ni siquiera el más leve conato de alzamiento en toda la región central del país, ni dejaron de cumplir las tropas de Michimalonco su deber durante toda la campaña aún posteriormente a su asesinato.
Al decir de Jerónimo de Vivar, “ha sido el más temido señor que en todos los valles se ha hallado…”

 Fuente:
 “Michimalonco, Pedro de Valdivia y el nacimiento del Pueblo Chileno” 
Carlos Keller Rueff, (1976)
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2 pensamientos en “Pueblo Mapuche – Michimalonco

  1. Anonymous

    Otra prueba de que los españoles no les dieron otro trato a los precolombinos que no se hubieran dado estos entre sí antes: conquista y desplazamiento.
    Serían útiles referencias.
    Gracias.

    Responder
  2. JCP

    La biografía está extraída de “Michimalonco, Pedro de Valdivia y el nacimiento del Pueblo Chileno”, libro de Carlos Keller Rueff, (1976). No hallé vínculos directos para referir en páginas web. creo que la conquista ha sido habitual en todo período histórico humano, lo que no creo es que sea válido juzgar como conveniente o habitual un genocidio ejecutado con armamentos y tácticas de los que los pueblos originarios carecían, de cualquier manera es opinable, los conquistadores y la iglesia lo creyeron justo, yo y otros tantos no.

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