Pedro Mir – República Dominicana

Pedro Mir

Nació el 13 de junio de 1913, “allá en [San Pedro de] Macorís del mar, pueblo pequeño y mío/hondo rincón de aguas perdido en el Caribe”, dice el mismo poeta. Hijo de un mecánico industrial cubano que se estableció en San Pedro de Macorís a principio del siglo XX y de la portorriqueña Vicenta Valentín. Pronto abandona su ciudad natal y se dirige hacia Santo Domingo para estudiar y trabajar a la vez.
Quizás sus mejores versos los escribió en su juventud, cuando las condiciones económicas eran muy precarias, los zapatos rotos y la última colilla que se apagaba en mucho tiempo.
Leyó mucho desde muy joven y tuvo una activa vida interior; planteándose problemáticas abstractas, y acentuando un sentimentalismo profundo, que se exalta más en la juventud.
El ingenio, la ironía, la comunicación se transmitían en la obra de un poeta luchador por la libertad de su Patria, llegando al sentimiento de su generación, y planteando las problemáticas de la realidad dominicana.
Pedro sigue con sus estudios hasta alcanzar el doctorado en Derecho en 1941. Bien pronto va acomenzar su oposición firme y frontal a la dictadura de Trujillo. En 1947, señalando que tiene problemas graves de salud, logra escapar a Cuba.
Desde La Habana, donde fija su residencia, comienza la gran obra del poeta. Allí publica Hay un país en el mundo. Vivirá muchos años fuera del país.
Se estableció definitivamente en el país, en 1968, e ingresó como profesor a la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), dedicándose a la investigación histórica y estética, al ensayo y periodismo literarios.
Admirado por los jóvenes, profesor en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), el poeta, como hará durante toda su vida, se muestra vacilante sobre su obra al regresar a su patria tras un largo exilio. Siempre, desde aquellos primeros años en San Pedro de Macorís, casi va a ser poeta pese a él mismo. Dudas, vacilaciones y desánimos muchas veces se apoderan de este hombre inquieto, con sed que no se apaga nunca de descubrir, saber e investigar más.
Su obra fue reconocida y valorada. Le otorgaron el Premio Anual de Poesía por su poema El Huracán Neruda. Por su ensayo Sobre la doctrina Monroe recibió el Premio Anual de Historia. En 1984, el Congreso Nacional lo declaró Poeta Nacional. En 1993, fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura por la Fundación Corripio y la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos.
Falleció el 11 de julio de 2000.


La Vida Manda Que Pueble Estos Caminos
    
Vienen las horas, horas de cielo azul,
y de verano, sobre la copa verde.
Vienen sobre las velas de la mar
del sur y luego sobre los hombres vienen.
Crujen al paso del timón y saltan,
y desde entonces saltan sobre los meses.
Y un caracol de manos entre la espuma
coge su mes de plata y lo desenvuelve.
    
Por estas horas vienen estos caminos
de sangre, temblorosos hacia la gente,
traen su viejo bulto de sudor, su angustia,
sus jornales de luto sobre las sienes;
traen su vieja rabia de color y el último
recio lenguaje de color y su fiebre;
traen sus brazos torcidos como la brisa
de las banderas, el sudor asustado
como el brocal de un pozo y el viejo paño
de lágrimas y el puñal de cruz y la muerte.
    
Estos viejos caminos cruzan las horas
largas, vienen hacia los hombres, los vuelven
amargos, los hacen madurar en ácida
madurez de fruta cálida y agreste,
y a veces les distribuyen horizontes
rojos de espinas y amapolas rebeldes.
    
Vienen las horas y yo quería un rápido
florecimiento de amor, una inminente
paz cuajada bajo los techos. ¡La vida
manda que pueble estos caminos oscuros!…
    
Yo quería una verde provincia de pan
y frutas erguida sobre un mapa reciente,
junto al agua de piedras que el puño alcanza,
y el afán alcanza y el sudor contiene…
    
La vida manda que pueble estos caminos:
manda que pueble estos caminos y entonces
sale esta voz de sombras y de raíces
amargas y de mariposas de fiebre,
de esta garganta tupida de raíces
amargas y de encendidas mariposas de fiebre.
    

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Hay un país en el mundo

Hay
un país en el mundo
                            colocado
en el mismo trayecto del sol,
Oriundo de anoche,
                            Colocado
en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.
                            Sencillamente
liviano,
                como una ala de murciélago
apoyado en la brisa.
                            Sencillamente
claro,
      como el rastro del beso en las solteras antiguas.
      o el día en los tejados.
                            Sencillamente
frutal, fluvial. Y material. Y sin embargo
sencillamente tórrido y pateado
como una adolescente en las caderas.
Sencillamente triste y oprimido.
Sinceramente agreste y despoblado.
En verdad.
Con dos millones
                            suma de a vida
y entre tanto
                cuatro cordilleras cardinales
y una inmensa bahía y otra inmensa bahía,
tres penínsulas con islas adyacentes
y un asombro de ríos verticales
y tierra bajo los árboles y tierra
bajo los ríos y en la falda del monte
y al pie de la colina y detrás del horizonte
y tierra desde el cantío de los gallos
y tierra bajo el galope de los caballos
y tierra sobre el día, bajo el mapa, alrededor
y debajo de todas las huellas y en medio el amor.
Entonces
        es lo que he declarado.
                            Hay
un país en el mundo
sencillamente agreste y despoblado.
Algún amor creerá
que en este fluvial país en que la tierra brota,
y se derrama y cruje como una vena rota,
donde el día tiene su triunfo verdadero,
irán los campesinos con asombro y apero
a cultivar,
        cantando
                            su franja propietaria.
Este amor
quebrará su inocencia solitaria.
                            Pero no.
Y creerá
que en medio de esta tierra recrecida,
donde quiera, donde ruedan montañas por los valles
como frescas monedas azules, donde duerme
un bosque en cada flor y en cada flor de la vida,
irán los campesinos por la loma dormida
a gozar
        forcejeando
                            con su propia cosecha.
Este amor
doblará su luminosa flecha.
                            Pero no.
Y creerá
que donde el viento asalta el íntimo terrón
y lo convierte en tropas de cumbres y praderas,
donde cada colina parece un corazón,
en cada campesino irán las primaveras
cantando
        entre los surcos
                            su propiedad.
Este amor
alcanzará su floreciente edad.
                            Pero no.
Hay un país en el mundo
donde un campesino breve
seco y agrio
                            muere y muerde
descalzo
        su polvo derruído,
y la tierra no alcanza para su bronca muerte.
¡Oídlo bien!  No alcanza para quedar dormido.
Es un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,
triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije
sencillamente triste y oprimido.
No es eso solamente.
                            Faltan hombres
para tanta tierra. Es decir, faltan hombres
que desnuden la virgen cordillera y la hagan madre
después de unas canciones.
                            Madre de la hortaliza.
Madre del pan. Madre del lienzo y del techo.
Madre solícita y nocturna junto al lecho…
Faltan hombres que arrodillen los árboles y entonces
los alcen contra el sol y la distancia.
Contra las leyes de la gravedad.
Y les saquen reposo, rebeldía y claridad.
Y hombres que se acuesten con la arcilla
y la dejen parida de paredes.
                            Y hombres
que descifren los dioses de los ríos
y los suban temblando entre las redes.
Y hombres en la costa y en los fríos
                            desfiladeros
y en toda desolación.
Es decir, faltan hombres.
                            Y falta una canción.
Miro un brusco tropel de raíles
son del ingenio
sus soportes de verde aborigen
son del ingenio
y las mansas montañas de origen
son del ingenio
y la caña y la yerba y el mimbre
son del ingenio
y los muelles y el agua y el líquen
son del ingenio
y el camino y sus dos cicatrices
son del ingenio
y los pueblos pequeños y vírgenes
son del ingenio
y los brazos del hombre más simple
son del ingenio
y sus venas de joven calibre
son del ingenio
y los guardias con voz de fusiles
son del ingenio
y las manchas del plomo en las ingles
son del ingenio
y la furia y el odio sin límites
son del ingenio
y las leyes calladas y tristes
son del ingenio
y las culpas que no se redimen
son del ingenio
vente veces lo digo y lo dije
son del ingenio
“nuestros campos de gloria repiten”
son del ingenio
en la sombra del ancla persisten
son del ingenio
aunque arroje la carga del crimen
lejos del puerto
con la sangre y el sudor y el salitre
son del ingenio.
Plumón de nido nivel de luna
salud del oro guitarra abierta
final de viaje donde una isla
los campesinos no tienen tierra.
Decid al viento los apellidos
de los ladrones y las cavernas
y abrid los ojos donde un desastre
los campesinos no tienen tierra.
El aire brusco de un breve puño
que se detiene junto a una piedra
abre una herida donde unos ojos
los campesinos no tienen tierra.
Los que la roban no tienen ángeles
no tienen órbita entre las piernas
no tienen sexo donde una patria
los campesinos no tienen tierra.
No tienen paz entre las pestañas
no tienen tierra no tienen tierra.
País inverosímil.
                            Donde la tierra brota
y se derrama y cruje como una vena rota,
donde alcanza la estatura del vértigo,
donde las aves nadan o vuelan pero en el medio
no hay más que tierra:
                            los campesinos no tienen tierra.
Y entonces
            ¿De dónde ha salido esta canción?
¿Cómo es posible?
                            ¿Quién dice que entre la fina salud del oro
            Los campesinos no tienen tierra?
Esas es otra canción. Escuchad
la canción deliciosa de los ingenios de azúcar
y de alcohol.
Procedente del fondo de la noche
vengo a hablar de un país.
                            Precisamente
pobre de población.
         Pero
                            no es eso solamente.
Natural de la noche soy producto de un viaje.
Dadme tiempo
             coraje
                            para hacer la canción.
Y éste es el resultado.
                            El día luminoso
regresando a través de los cristales
del azúcar, primero se encuentra al labrador.
En seguida al leñero y al picador
                            de caña
rodeado de sus hijos llenando la carreta.
Y al niño del guarapo y después al anciano sereno
con el reloj, que lo mira con su muerte secreta,
y a la joven temprana consiéndose los párpados
en el saco cien mil y al rastro del salario
perdido entre las hojas del listero. Y al perfil
sudoroso de los cargadores envueltos en su capa
de músculos morenos. Y al albañil celeste
colocando en el cielo el último ladrillo
de la chimenea. Y al carpintero gris
clavando el ataúd para la urgente merte,
cuando suena el silbato, blanco y definitivo, que el reposo contiene.
El día luminoso despierta en las espaldas
de repente, corre entre los raíles,
sube por las grúas, cae en los almacenes.
En los patios, al pié de una lavandera,
mojada en las canciones, cruje y rejuvenece.
En las calles se queja en el pregón. Apenas
su pié despunta desgarra los pesebres.
Recorre las ciudades llenas de los abogados
que no son más que placas y silencio, a los poetas
que no son más que nieblas y silencio y a los jueces
silenciosos. Sube, salta, delira en las esquinas
y el día luminoso se resuelve en un dólar inminente.
¡Un dólar!  He aquí el resultado. Un borbotón de
                            sangre.
Silenciosa, terminante. Sangre herida en el viento.
Sangre en el efectivo producto de amargura.
Este es un país que no merece el nombre de país.
Sino de tumba, féretro, hueco o sepultura.
Es cierto que lo beso y que me besa
y que su beso no sabe más que a sangre.
Que día vendrá, oculto en la esperanza,
con su canasta llena de iras implacables
y rostros contraidos y puños y puñales.
Pero tened cuidado. No es justo que el castigo
caiga sobre todos. Busquemos los culpables.
Y entonces caiga el peso infinito de los pueblos
sobre los hombros de los culpables.
Y esa es mi última palabra.
                            Quiero
oirla. Quiero verla en cada puerta
de religión, donde una mano abierta
solicita un milagro del estero.
Quiero ver su amargura necesaria
donde el hombre y la res y el surco duermen
y adelgazan los sueños en el germen
de quietud que eterniza la plegaria.
Donde un ángel respira.
                            Donde arde
una súplica pálida y secreta
y siguiendo el carril de la carreta
un boyero se extingue con la tarde.
Después no quiero más que paz.
                            Un nido
de constructiva paz en cada palma.
Y quizás a propósito del alma
el enjambre de besos
                            y el olvido.
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