José Santos Chocano – Perú

                     EL ROMANCE DE LA FELICIDAD
    
                            Felicidad: yo te he encontrado
                           más de una vez en mi camino;
pero al tender hacia ti el ruego
de mis dos manos… has huido,
dejando en ellas, solamente,
cual una dádiva, cautivo
algún mechón de tus cabellos
o algún jirón de tus vestidos…
    
Tanto mejor fuera no haberte
hallado nunca en mi camino.
Por ser tu dueño, siento a veces
que no soy dueño de mí mismo…
Toda esperanza es un engaño;
todo deseo es un martirio…
    
Felicidad: te vi de cerca;
pero no pude hablar contigo.
    
Ya voy sintiéndome cansado…
Cuando en la orilla del camino
me siento a ver pasar a muchos
que hacia ti vayan cuál yo he ido,
tal vez te atraiga mi reposo,
mi displicente escepticismo,
mi resignada indiferencia,
mi corazón firme y tranquilo;
y, paso a paso, a mí te acerques,
sin que yo llegue a percibirlo,
y, al fin, sentándote a mi lado,
hablarme empieces: – Buen amigo…
    
¿Será mejor el no buscarte?
¿Será mejor el ser altivo
en la desgracia y no sentirse
juguete vil de tus caprichos?
    
Yo sólo sé que cuantas veces
con más afán te he perseguido,
más fácilmente, hacia más lejos,
más desdeñosa, huir te he visto.
Yo sólo sé que cuantas veces
tornó perfil un sueño mío,
Felicidad, te vi de cerca,
pero no pude hablar contigo…


    
EL IDILIO DE LOS VOLCANES
    
El Ixtlacíhuatl traza la figura yacente
de una mujer dormida bajo el Sol.
El Popocatépetl flamea en los siglos
como una apocalíptica visión;
y estos dos volcanes solemnes
tienen una historia de amor,
digna de ser cantada en las compilaciones
de una extraordinaria canción.
    
Ixtacíhuatl –hace miles de años–
fue la princesa más parecida a una flor,
que en la tribu de los viejos caciques
del más gentil capitán se enamoró.
El padre augustamente abrió los labios
y díjole al capitán seductor
que si tornaba un día con la cabeza
del cacique enemigo clavada en su lanzón,
encontraría preparados, a un tiempo mismo,
el festín de su triunfo y el lecho de su amor.
    
Y Popocatépetl fuese a la guerra
con esta esperanza en el corazón:
domó las rebeldías de las selvas obstinadas,
el motín de los riscos contra su paso vencedor,
la osadía despeñada de los torrentes,
la acechanza de los pantanos en traición;
y contra cientos y cientos de soldados,
por años gallardamente combatió.
    
Al fin tornó a tribu (y la cabeza
del cacique enemigo sangraba en su lanzón).
Halló el festín del triunfo preparado,
pero no así el lecho de su amor;
en vez de lecho encontró el túmulo
en que su novia, dormida bajo el Sol,
esperaba en su frente el beso póstumo
de la boca que nunca en la vida besó.
    
Y Popocatépetl quebró en sus rodillas
el haz de flechas; y, en una solo voz,
conjuró la sombra de sus antepasados
contra la crueldad de su impasible Dios.
Era la vida suya, muy suya,
porque contra la muerte ganó:
tenía el triunfo, la riqueza, el poderío,
pero no tenía el amor…
    
Entonces hizo que veinte mil esclavos
alzaran un gran túmulo ante el Sol
amontonó diez cumbres
en una escalinata como alucinación;
tomó en sus brazos a la mujer amada,
y el mismo sobre el túmulo la colocó;
luego, encendió una antorcha, y, para siempre,
quedóse en pie alumbrando el sarcófago de su dolor.
    
Duerme en paz, Ixtacíhuatl nunca los tiempos
borrarán los perfiles de tu expresión.
Vela en paz. Popocatépetl: nunca los huracanes
apagarán tu antorcha, eterna como el amor…
     

José Santos Chocano

Nació en Lima, Perú, el 14 de mayo de 1875,  fue un poeta, conocido también con el seudónimo de «El Cantor de América». En su poesía describe y representa a su país. Es comúnmente conocido por la mayoría de peruanos y muchos escritores se refieren a él, abreviada y simplemente, como Chocano.
Fue considerado uno de los poetas latinoamericanos más importantes. Estudió en el Instituto de Lima pero al poco tiempo, se trasladó al Colegio de Lima, que dirigía Pedro Alfonso Labarthe.
Ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos, a la edad de 14 años. Tuvo una vida agitada, acusado de subversión, fue encarcelado a los veinte años, lo cual lo llevó a recorrer América como diplomático y aventurero; así es que se desempeñó, desde muy temprana edad, en algunas misiones diplomáticas por su país que le condujeron inicialmente a Colombia y luego a España.
En 1908 escribió: «Walt Whitman tiene el norte, pero yo tengo el sur».
Chocano tuvo virtudes y puntos flacos. Vivió la vida de un poeta, al menos como él la conceptuaba: orgulloso, soberbio y merecedor de todos los honores. El poder político le magnetizaba. La cercanía al supremo dignatario -fuera éste elegido por el pueblo o impuesto a la fuerza- era la sombra a la que él siempre se asentó cómodo. Y así resultó siendo asesor y pluma de algunos  personajes extravagantes que se han dado en la América hispana. Entre ellos : Pancho Villa y Estrada Cabrera (Guatemala), al ser derrocado este último en 1920, Chocano estuvo a punto de ser fusilado, pero la presión del papa y jefes de estado europeos logró que solo lo expulsaran del país.
En 1922, en Lima el gobierno de la ciudad lo nombró poeta laureado.
En la tarde del 31 de octubre de 1925, mató de un disparo a quemarropa al joven escritor Edwin Elmore, luego de un altercado entre ambos en el local del diario El Comercio de Lima. Elmore había criticado ácidamente la posición política del poeta. Chocano salió a los 2 años por un indulto y se fue a vivir a Santiago de Chile, donde  el 13 de julio de 1934, murió apuñalado en un tranvía por Martín Bruce Padilla, un esquizofrénico chileno que creía que Chocano tenía el mapa de un tesoro.
Se le considera dentro del modernismo, del cual fue uno de los representantes peruanos. Sin embargo, cabe recalcar que Chocano por su carácter es considerado, por algunos entendidos, que está más cerca del romanticismo que del modernismo, mientras que otros, como es el caso del crítico estadounidense Willis Knapp Jones, lo llegaron a denominar como mundonovismo.

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