Alejandro Dolina

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Alejandro Dolina

Nacio en Morse un pequeño pueblo cerca de Baigorrita, partido de General Viamonte, provincia de Buenos Aires, un 20 de mayo de 1944, es escritor, músico y conductor de radio y de televisión argentino. Realizó estudios de Derecho, Música, Letras e Historia.

Creció en la localidad bonaerense de Caseros. Estudió música y literatura desde la juventud. Aunque siempre ha evitado comentarios sobre su vida privada, a menudo comparte anécdotas relativas a su juventud en compañía de músicos y juerguistas profesionales. Tuvo diversos empleos. Se sabe que fue operario de ENTEL y estudiante de Derecho.

Cuando tenía 22 años, había abandonado la carrera de Derecho y estaba desempleado. En una fiesta, conoció a Manuel Evequoz, quien, interesado por la fina inteligencia y el humor de Dolina, trabó amistad y le consiguió trabajo en una agencia publicitaria. Esto supuso su introducción en los medios de comunicación y el descubrimiento de su vocación. Dolina fue un gran amigo de Evequoz y en él inspiró su personaje de Manuel Mandeb, Evequoz pertenecía a Montoneros y desapareció durante la dictadura de 1976, el personaje fue creado mientras Evequoz vivía, no obstante, sus textos serían publicados en la década siguiente.

Desde su juventud fue aficionado al tango, a la filosofía y la literatura. La mujer tiene un rol fundamental en su discurso, y aún en sus motivaciones, cuando afirma que «todo lo que hago lo hago para levantar minas». Esa cita es erróneamente atribuida a Dolina, pero en verdad pertenece al humorista Caloi, que lo puso en boca del personaje Alexis Dolinades, inspirado en él. Dolina retoma esta afirmación en su obra Lo que me costó el amor de Laura (1998): «Se ha dicho que el hombre hace todo lo que hace con el único fin de enamorar mujeres».


El hombre que va a menos (boceto de una vida completa)

El protagonista ha nacido con una dotación formidable. Es inteligente, valeroso, viril y apuesto. Sin embargo, durante toda su vida disimulará estas cualidades, tal vez por no apabullar a los demás.

Fracasará en sus estudios por fingir desconocimiento, aun poseyendo erudición.

Renunciará a espléndidas mujeres y se casará con una verdadera bruja.

Retrocederá ante rivales que en realidad desprecia.

Cometerá injusticias para no sentir la soberbia de ser bondadoso. Se rodeará de amigos miserables y les hará el homenaje de parecerse a ellos.

Tendrá gustos exquisitos, pero los negará para mentir regocijo ante las cosas más despreciables.

Una noche sentirá venir la muerte y no tendrá miedo, pero gemirá como un maula.

Jamás recibirá recompensa ninguna en este mundo, y tal vez tampoco en el otro.

 

Los deberes de Pedro

Pedro se sienta en los últimos bancos del aula, como corresponde a un chico que desdeña la educación y la vecindad de los poderosos. Las conspiraciones y los batifondos nunca lo hallan ajeno. Busca el riesgo de las transgresiones y la compañía de los más beligerantes. A veces lo tientan el estudio y la inteligencia.

Entonces, como quien acepta un desafío, como una compadrada, resuelve arduos problemas de regla de tres y cumple los dictados sin tropiezos.

Un día, la maestra le acaricia el pelo tiernamente. El piensa:

-Ay, señorita… Si supiera cómo me gustaría regalarle una flor y darle un beso.

Pero Pedro sabe quién es y conoce su deber y su destino. Con una gambeta se aleja del afecto inoportuno y va a buscar la gloria allá en el fondo, donde los malandras se empeñan revoleando los tinteros para que se cumpla mejor el divino propósito del Universo.

 

El duelo o la refutación del horóscopo

Los dos hombres nacen el mismo día, a la misma hora.

Sus vidas no se cruzan hasta que son enamorados por la misma mujer.

Entonces se encuentran y pelean por ella.

Uno de ellos obtiene la victoria y el amor.

Al otro le corresponde el dolor, la humillación y quizá la muerte.

Los astrólogos han previsto ese día el mismo horóscopo para los dos.

Tal vez son erróneos los vaticinios.

O tal vez se equivoca uno al pensar que el amor y la muerte son destinos

distintos.

 

El hombre que era, sin saberlo, El diablo

Un caballero de la calle Caracas resolvió negociar su alma.

Siguiendo los ritos alcanzó a convocar a Astaroth, miembro de la nobleza infernal.

-Deseo vender mi alma al diablo -declaró.

-No será posible -contestó Astaroth.

-¿Por qué?

-Porque usted es el diablo.

 

Historia del que esperó siete años

Jorge Allen, el poeta, amaba a una joven pechugona de los barrios hostiles. Según supo después, alcanzó a ser feliz.

Una noche de junio, la chica resolvió abandonarlo.

―No te quiero más ―le dijo.

Allen cometió entonces los peores pecados de su vida; suplicó, se humilló, escribió versos horrorosos y lloró en los rincones.

La pechugona se mantuvo firme y rubricó la maniobra entreverándose con un deportista reluciente.

El poeta recobró la dignidad y empleó su tiempo en amar sin esperanzas y en recordar el pasado. Su alma se retempló en el sufrimiento y se hizo cada vez más sabio y bondadoso. Muchas veces soñó con el regreso de la muchacha, aunque tuvo el buen tino de no esperar que tal sueño se cumpliera.

Más tarde supo que jamás habría en su vida algo mejor que aquel amor imposible.

Sin embargo, una noche de verano, siete años y siete meses después de su pronunciamiento, la pechugona apareció de nuevo.

Las lágrimas le corrían por el escote cuando le confesó al poeta:

―Otra vez te quiero.

Allen nunca pudo contar con claridad lo que sintió en aquellas horas. El caso es que volvió a su casa vacío y desengañado. Quiso llorar y no pudo. Nunca más volvió a ver a la pechugona. Y lo que es peor, nunca más, nunca más volvió a pensar en ella ni a soñar su regreso.

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