Mitología Tehuelche – 2a Parte

LA SAGA DE ELAL
La Isla de la Creación 
    
Kooch no estaba aún conforme con la creación de la luz, del viento y de las nubes, entendía que aún faltaban muchas cosas más para completar el conjunto que imaginaba. Entonces comenzó por crear una gran isla en el mar a la que acudieron las nubes a derramar abundante agua para formar los lagos y los ríos. Desde el mar avanzaron las plantas hasta cubrir la tierra.
También Kooch originó la vida de los peces, luego de los insectos y de todos los animales. Durante el día, Xaleshem calentaba el aire para dar fuerza a todo lo creado. Al principio reinaba la armonía, pero durante el tiempo en que el sol se retiraba, en la oscuridad (Tons) comenzaron a ocurrir cosas raras. Aparecieron dos gigantes maléficos, hermanos, hijos de las tinieblas, llamados Noshtex y Gosye, portadores de conflictos y desgracias. Eran muy grandes, como cuatro personas normales, y muy peludos, además de tener una larga cola con punta de flecha. 
Ahora bien, cuando el sol se ocultaba tras el horizonte Tons, la oscuridad daba rienda suelta a sus hijos. A los malos espíritus nadie los podía ver, porque eran pensamientos que sólo tenían poder en la oscuridad. Y en cuanto a los gigantes Hol-Gok, asomados por los ojos de las maderas viejas, por los huecos de las rocas y desde la profundidad de las cavernas, asechaban a los paisanos para prodigarles males, enfermedades y desgracias. A ellos se los podía ver de día, pero no de noche, por la oscuridad profunda que reinaba, en la que sólo ellos podían ver. Para terminar con esto Kooch creó la Luna, llamándola Keengenkon, de manera que los gigantes y los malos espíritus pusieran fin a sus maldades, ya que esta alumbraría todas las noches. Pero lo que al principio funcionó bien y parecía la solución definitiva duró poco. Al principio Keengenkon salía en cuanto se ocultaba el sol y se iba al aclarar, hasta que las nubes que vagaban por el cielo le contaron al sol la buena nueva, y tanto le hablaron de la pálida dama nocturna que decidió conocerla, y una mañana asomó en el horizonte antes de lo acostumbrado. Por su parte, Keengenkon no pudo resistir el atractivo del rubio madrugador y lo acompañó a través del cielo, hasta perderse en el horizonte quebrado de los andes. A partir de entonces cambió el ritmo de la Luna, quedando como hasta hoy: cada tanto Keengenkon recuerda su antiguo deber y alumbra con toda su luz las noches, pero luego empieza a extrañar a su enamorado y trata de buscarlo, hasta que lo encuentra y comparten una noche de amor, oculta a los seres de esta tierra. Luego de eso retorna a su trabajo, y así desde siempre y para siempre. 
Una noche la nube Teo estaba dormida en el horizonte. Entonces el gigante Noshtex la raptó y la escondió en una caverna donde la tuvo prisionera tres días y tres noches. Cuando sus hermanas notaron la ausencia comenzaron a buscarla por toda la isla, pero en vano. No la hallaron. Esto las enfureció y lo manifestaron lanzando terribles tormentas durante esos tres días, lo que provocó gran temor entre los seres vivientes de la isla. 
Fue entonces cuando intervino Xaleshem y les preguntó el motivo. Ellas respondieron narrando lo ocurrido y que alguien de la isla la había raptado. Xaleshem nada pudo saber ese día, pero al ocultarse habló con Kooch, quien al ver el estado deplorable de todo, los ríos arrasando la tierra, las aves empapadas, prometió que si la nube Teo tuviese un hijo, sería más poderoso que el padre. 
Al amanecer el sol se lo informó a las nubes, las que a su vez se lo contaron a Xoshem , el viento, y éste corrió por toda la isla informando a los animalitos para tranquilizarlos. De inmediato, sabiendo de la existencia de los gigantes y sus escondites, silbó la noticia en la entrada de las cavernas, con lo que los monstruos se enteraron de la decisión de Kooch. La nube Teo, que también oyó al viento, les dijo que el hijo ya latía en su vientre y él la vengaría. 
Noshtex quedó perplejo, sentado frente a la caverna trataba de salir del atolladero. Era de noche, de pronto vio entre las mata llegar a Maip, el espíritu del frío, que sigiloso y agazapado lanzó su gélido aliento sobre un pajarito, el que de inmediato cayó muerto. Esto le hizo pensar a Noshtex que el podría matar a la nube… Pero observó en ese momento que antes de morir el pajarito había puesto un huevo; señal que continuaba la vida y si el mataba a la nube, podría continuar la vida del hijo. En ese momento pasó un zorro y viendo al pajarito muerto, se lo comió y también al huevo. 
El gigante comprendió que si mataba a la desdichada nube, debía comerse al hijo y así neutralizar la profecía de Kooch. Entonces entró a la cueva donde dormía Teo y la asesinó, destrozándola para sacar al niño y comérselo. Noshtex arrojó los despojos de la nube hacia el cielo, salpicándolo con sangre, y desde entonces quedaron impresos los colores a la salida y a la puesta del sol. Pero el gigante tuvo curiosidad por ver al nonato, y mientras lo observaba, Terr Uer (tucu – tucu) había estado atento a lo ocurrido y aprovechando ese momento, le mordió el dedo gordo del pie al gigante. 
Ante la distracción del gigante, que se agachó para frotarse la mordedura, Terr Uer tomó al niño y rápidamente lo escondió dentro de su cuevita, tapando la entrada con piedras para no ser descubierto. Así nació Elal, el hombre de la isla.
    

    

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