Jorge Calvetti

            Romerito

Cuando me lo contaron no pude creerlo. Para convencerme, me llevaron a la finca de los Rivero. Así conocí otras caras de la vida, otras realidades ocultas en esos campos hermosos y queridos.
Tenía razón mi amigo Alejo cuando me dijo: “No se sorprenda, don Jorge, este mundo da pa’ todo”. Yo recordé la misma aseveración formulada con palabras más presuntuosas. Alguien expresó: “Creo en la todoposibilidad de lo real”.
Saliendo de El Aybal, el aeropuerto de Salta, hacia Campo Quijano, podía verse todas las tardes, junto al alambrado, un palo de escoba en cuyo extremo colgaban una cabezada y unas riendas. Era el caballo de un disminuido, el opa Juan, a quien apodaban Caballo de palo.
Fue necesaria esta experiencia para que me convenciera de que la maldad de los humanos es infinita.
La finca de los Rivero, era propiedad de Romerito, un muchacho huérfano desde muy niño, a quien habían criado sus tíos, los Rivero, hermanos de su madre. Los Rivero esperaban pacientemente que aquel muriera para quedar dueños de todo.
Se dedicaron con pasión a administrar el campo, lo que les permitía vivir con holgura, y a esperar que Romerito terminara su vida ahogado en vino.
En la campaña todo se sabe. Nada puede ocultarse. El capataz, los peones o las mujeres de éstos, que por lo general trabajan en la sala como empleadas, ven como transcurre la vida.
Porque los conocí muy bien, puedo asegurar que los Rivero tenían su plan y trataban de cumplirlo.
Cuando lo conocí, Romerito andaría por los cuarenta años. Su sed -digámoslo-, disimuladamente inducida y propiciada por sus tíos, comenzó muy temprano.
Le acudían con copas a toda hora y cuando faltaba vino llamaban al opa y le decían: “Juan, ¿por qué no vas a traer una damajuana de vino? ¿Quién va a llegar antes que vos?”. Le ponían sobre el hombro una alforja con una damajuana y varias botellas vacías y allá iba Juan, montado en su caballo brioso y escarceador -para él-como ninguno.
Pasaron años. Cuando volví a verlo, Romerito había comenzado a perder la razón, pero no la salud, si se puede decir así.
Jugaba a la taba solo. Después de haber depositado su dinero en un sombrero que ponía al lado de la cancha, tiraba el hueso con entusiasmo, iba luego al otro extremo y volvía a tirarlo, a veces anunciaba su intención: vuelta y media, clavada, y otras, siempre con el vaso al lado (vaso que le llenaban constantemente).
Caballo de palo -¡pobrecito!- servía para traer vino, para ensillar y desensillar su caballo y atarlo, como un gaucho más, en el alambrado del almacén.
Fui varias veces a reuniones invitado por los Rivero. Me contaron que, cuando Romerito se levantaba con ganas de trabajar, tomaba un jarro de café y trasladaba ladrillos, centenas de ladrillos, desde uno a otro lado del patio de su casa. Luego comía y se emborrachaba como un ángel, porque nunca ofendió ni se peleó con nadie.
Es esta una triste historia. Me redime algo de la tristeza recordar que, años después, mi amigo Alejo Reinaga -con quién, indignados, lo habíamos comentado- me dijo:
-La mujer de Rivero murió y ellos, los dos, están muy veteranos, uno casi no puede levantarse solo… ¡Que quiere que le diga: en esta tabeada yo apuesto por Romerito…!


Jorge Calvetti

Nació en San Salvador de Jujuy en 1916 y pasó sus primeros años en la localidad quebradeña de Maimará. Realizó estudios primarios y secundarios en el Colegio San José de Buenos Aires y Universitarios en las ciudades de Buenos Aires y La Plata.
En 1944, la Comisión Nacional de Cultura editó su libro de poemas Fundación en el cielo, tras haberlo galardonado con el premio Iniciación, para escritores inéditos menores de treinta años.
Luego publicó: Memoria Terrestre, poemas, 1948; Alabanza del Norte, cuentos, 1949; Libro de Homenaje, poemas, 1957; Juan Carlos Dávalos, ensayo crítico-biográfico, 1961; Imágenes y Conversaciones, poemas, 1966; El miedo inmortal, cuentos, 1968; La Juana Figueroa, poemas, 1968; Genio y Figura de José Hernández (en colaboración con Roque Aragón), ensayo crítico-biográfico, 1973; Sólo de muerte, poemas, 1976; Poemas conjeturales, 1992 y Escrito en la tierra, cuentos, 1993, este último obtuvo en 1994 el premio al mejor libro otorgado por los críticos de la Feria Internacional del Libro. En 1977, el Fondo Nacional de las Artes editó su Antología poética, de 112 páginas y en 1983 la editorial Torres Agüero publicó una antología de sus poemas titulada Memoria Terrestre.
Sus trabajos además fueron traducidos al inglés, francés, alemán, italiano y griego. En 1999 fue designado miembro correspondiente de la Real Academia Española.
Murió en la ciudad de Buenos Aires el 4 de noviembre del año 2002. Sus restos descansan en la provincia de Jujuy.

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