Trío Ayacucho / Huérfano pajarillo

Ayacuchano, huérfano pajarillo,
¿A que has venido a tierras extrañas?
Alza tu vuelo, vamos a Ayacucho
donde tus padres lloran tu ausencia.
 
En tu pobre casa ¿qué te ha faltado?
Caricias, delicias de más has tenido.
Sólo la pobreza con su tiranía
entre sus garras quiso oprimirte.
 
Ñas killapas chinkaykuchkanña
ñasya intipas altunchikpiña,
hakuchik niñacha, haku huamangata
tayta, mamaykim qanmanta waqachkan,
hakuchik niñacha, haku huamangata
 
donde tus padres lloran tu ausencia.


Trio Ayacucho

En Huamanga, en 1950, Carlos Ernesto Falconí Aramburú, formó el Trío Ayacucho con Ernesto Camassi Pizarro y Carlos Flores León, a quienes había conocido en la escuela. Cantó y bailó valses y boleros. En 1958 compuso el vals Adiós. Él fue la segunda voz y la tercera guitarra, mientras que Ernesto Camassi cantó la primera voz y tocó la segunda guitarra y Carlos Flores la primera guitarra. En 1964 Carlos Flores dejó el conjunto y fue reemplazado por Amílcar Gamarra Altamirano.
 
En 1966 el Trío grabó su primer disco con las canciones“Vapor Brillante” y “Con el mayor cariño”. Le siguieron nueve LPs y dos CDs con canciones ayacuchanas tradicionales.
 
En el tiempo del Conflicto armado interno en el Perú escribió muchos poemas y canciones inspirado en los sufrimientos y la esperanza de la gente de su región Ayacucho. Entre sus canciones más conocidas fueron: Huamanga (1958), Carolita (1966), Ingrata Mestiza (1973), Wakcha Masillay (1978), Ofrenda (1982), Viva la Patria (1986), Tanto amor, tanto infortunio (1987), Tierra que duele (1987), Aurora (1994), Lejanía (2000) y Justicia punkupisuyasaq (2002). Pese a sus títulos en español los textos son en su mayoría enquechua o bilingües. Algunas de esas canciones fueron interpretadas por el cantante ayacuchano Manuelcha Prado, entre ellas Ofrenda.
 
Discografía del Trío Ayacucho
 
    1966: Con el mayor cariño (IEMPSA)
    1967: Trío Ayacucho
    1970: Aquí estamos mejor
    1971: Mi retorno
    1973: Remembranza Huamanguina
 

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Alejandro Aróstegui – Pintor nicaragüense

B_Nicaragua

AlAroAlejandro Aróstegui, nació el 4 de julio de 1935 en Bluefields, Nicaragua.
Introdujo como artista una visión universal con el uso de elementos no tradicionales en la pintura Nicaragüense. Fundador del Grupo, galería y revista Praxis. Reconocido por prestigiosos críticos de Latino América, Estados Unidos y Europa. Ha realizado exposiciones individuales en importantes museos de América y Europa. Trabaja en técnica mixta, collage y texturas sobre tela dentro del paisaje telúrico y lacustre nicaragüense.
En 1940, con su familia se traslada a Managua. Cursa primaria y secundaria, Instituto Pedagógico de Managua, bachillerato en 1953.
Estudios: Arquitectura, Universidad de Tulane, New Orleáns, EUA (1954). Pintura, Ringling School of Art, Sarasota, Florida EUA (1955-58). Academia San Marco, Florencia, Italia (1958-59). Ecole de Beaux Art, París, Francia (1960-62).
Regresa a Nicaragua en 1963, invitado por el Maestro Rodrigo Peñalba, presenta su primera exhibición personal, Escuela Nacional de Bellas Artes. Fundador y Director del Grupo y Galería Praxis, Managua. Reside en Nueva York durante cinco años, realizando exhibiciones personales y colectivas dentro y fuera de Estados Unidos.
Ha ejercido cargos de Director Galería Praxis, Managua (1963- 1966-1972). Director de Bellas Artes, UNAN, León, Nicaragua (1972). Director Escuela Nacional de Artes Plásticas, Managua, Nicaragua (1983-84). Asesor Consejo Facultad de Humanidades, UCA, Managua, Nicaragua (1995). Asesor Consejo de Artes Plásticas Teatro Nacional Rubén Darío, Managua, Nicaragua (1997).

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Fernando Vallejo – Los impensados caminos del amor

B_Colombia

fernando-vallejo1Fernando Vallejo Rendón nació en Medellín, Colombia, el 24 de octubre de 1942. De familia acomodada, estudió en colegios religiosos y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, se licenció en Biología en la Universidad Javeriana. A los 24 años viajó a Europa y estudió cine en Italia, en la Escuela Experimental de Cinecittá, luego a Nueva York y en 1971 a México, donde ha permanecido, y desarrollado toda su carrera literaria, durante siete años estudió y siguió el itinerario vital y artístico del poeta colombiano modernista Porfirio Barba Jacob. En 2007 se nacionalizó mexicano y renunció a la ciudadanía colombiana. Recientemente ha retornado a vivir en Colombia. (Continúa al final del cuento)


Los impensados caminos del amor

Como más me gusta recordarla es en sus días de esplendor, en la plenitud de su vigor y su belleza. Cierro los ojos y la vuelvo a ver, caminando a mi paso, a mi lado, por el parque. El sol se está poniendo ahora y su sombra larga y mi sombra larga avanzan como en el poema de Silva y se proyectan sobre el sendero de adoquín. Adoquín, del árabe: ad-dukkan, la piedra escuadrada. Recuerdo que se lo dije (porque como ustedes han de saber, yo dizque soy filólogo). Todo lo que pensaba se lo contaba. Le hablaba de etimología, de filología, de biología, de política, de gramática, de lo habido y por haber. Le expliqué, por ejemplo, con todo detalle, por qué Darwin era un impostor y su supervivencia del más apto una solemne perogrullada o pendejada. Y por qué Newton no entendió la gravedad, nunca entró en órbita.

A ver, fíjate muchachita, le decía. Newton dijo que la fuerza de gravedad es igual a la masa del cuerpo 1multiplicada por la masa del cuerpo 2 y dividido el producto por la distancia al cuadrado. ¿Y por qué no por la distancia simple? ¿Acaso la gravedad va y viene como pelota de ping-pong? ¿Y por qué una sola fuerza de gravedad siendo que son dos? Dos distintas, separadas: la que ejerce el cuerpo 1 sobre el cuerpo 2, y la que ejerce el cuerpo 2 sobre el cuerpo 1.

Te lo explico con el caso de la Tierra y la Luna. La Tierra ejerce su gravedad sobre la Luna y la retiene en su órbita. Si no fuera por la gravedad de la Tierra, cuánto hace que la Luna se nos hubiera seguido de largo con el impulso que traía y se nos hubiera ido por la tangente rumbo al espacio infinito, y ahora no la estaríamos viendo salir arriba, por entre esas nubes como en el poema de Fallon, ¿qué sabes quién es? Diego Fallon, un paisano mío de Colombia que ya murió. Poeta él. Allá todos son poetas y quieren ser presidentes. Yo no. Yo no tengo esos vicios, soy gente sana. ¿O no te parece, negrita? ¡Claro que le parecía! ¡Me amaba!

Bueno, esto por lo que respecta a la fuerza que ejerce la Tierra sobre la Luna. Ahora lo contrario, la que ejerce la Luna sobre la Tierra. Pues ésa, niña, es simplemente la que produce las mareas: la que mueve el mar y mece los barquitos. Entonces, si hay dos fuerzas de gravedad, ¿por qué habla Newton de una sola? Para la gravedad, amigo Newton, como para el amor, se necesitan dos, se lo digo muy clarito. ¡Venirme a mí con cuentos y ecuaciones! ¡Ve a estos ingleses!

Yo te miro y tú me miras y la Luna desde esas nubes nos ve mirándonos. La Luna, que tenemos apresada allá arriba, girando noche a noche en torno de nuestro amor. Esa luna fue testigo, como diría León de Greiff, un poeta de mi tierra. Otro.

Todo se lo contaba, conocía mis más recónditos pensamientos, los que tengo en el fondo del fondo de esta caja negra que es mi alma. ¡Cuánto no me oyó despotricar de Gaviria y de Samper! ¡Y del Papa! Pero como ella era de alma limpia (no como yo) mis odios nunca fueron sus odios, ¡pero mis amores siempre fueron sus amores! Al final ya se sabía de memoria a Laureano Gómez y a Colombia.

A ver, niñita, ¿qué está arriba? ¡La Guajira! ¿Y abajo? ¡Pasto! Exacto: Pasto, de donde son los pastusos, que en Colombia son como aquí los yucatecos, a los que les hacemos los chistes. Que dizque los pastuzos son brutos. ¡Qué va! Los colombianos somos todos muy inteligentes. A los Estados Unidos los tenemos invadidos de coca. Con nosotros no puede ni el Putas. ¡Ay, con perdón!

Ahora los enamorados que se arrullan tras las sombras en las bancas del parque nos ven pasar. «Éstos, piensan, son de los nuestros. Ahí van: el mismo siempre con la misma». Pero claro que siempre el mismo con la misma. A todo el planeta Tierra le dábamos ejemplo de fidelidad. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo, los siete días de la semana, los treinta días del mes, los trescientos sesenta y cinco del año, juntos siempre, ella conmigo y yo con ella.

Y de día, ¡qué fiesta el parque! Las flores, los pájaros, las abejas, las mariposas. Una mañana vimos un mapache subiéndose hasta la copa altísima de un árbol, un fresno de cincuenta metros y de ciento veinte años, más viejo que yo. Pero en Colombia no saben qué es un mapache. Allá no hay. Es el Procyon lotor, también llamado osito labrador o tejón o coatí, un animalito hermoso. De piel color gris amarillento, hocico blanco, cola poblada, cara manchada en claro y oscuro, y del tamaño de un gatico. De día descansa o duerme, y en la noche trabaja: come peces, insectos, reptiles, huevos de pájaro, lo que encuentra, y le encanta el maní. El de esa mañana, ¡pshhhh!, pasó rozándonos como un cohete y se subió hasta la copa del fresno. Se le acababa de escapar al dueño. Y claro, se subió a donde le gustaba, pues el mapache es un animal arbóreo. Como cierto presidente de cierto país que no digo pero que empieza por ce y sigue por o y por ele, y que para hacerse ver anda siempre por las ramas. (Que dizque quiere hacer la paz. ¡Cuál paz! Aquí lo que hay es una guerra y hay que ganarla. ¡Bajá del árbol, pendejo, o vas a acabar con esto!) Aquí en la cara, en torno de los ojos, el mapache que vimos esa mañana tenía la piel manchada en dos círculos, como si usara antifaz. ¿Sí te acordás, muchachita?

A veces le hablaba de tú, a veces de vos: cuando se me olvidaba que hacía años que vivía en México y se me salía lo antioqueño. Ella era mexicana, yo no, yo soy de aquí, del país más loco. Vení, vení p’acá, le decía. ¿A qué horas te querés dormir? Que cuando yo quisiera.

¿Que si la quise? ¡Uf! De México hasta Envigado y de Envigado hasta Sabaneta donde está Santa Anita, la finca de mi abuela.

—Te prometo, niña, que te voy a llevar a conocerla —le decía—. Vas a ver que la vas a querer. Tiene los ojos verdes desvaídos y el pelo blanco, largo, y se lo recoge en un moño atrás de la cabeza. ¡Y Santa Anita! ¡En diciembre Santa Anita! El cielo repleto de globos, y del 16 al 24 la novena. El 24, entre globos y papeletas y voladores y pilas de Bengala que sueltan chorros de lucecitas, nace el Niño Dios. Para la felicidad no hay mejor lugar que ése. Vas a ver.

Como a Madame Swann, la de Proust, no la recibían en todas las casas: en unas le cerraban las puertas. ¡Ah! ¿No me reciben con ella? Aquí no vuelvo a poner un pie. Se meten su casa por donde sabemos. Pero en otras sí, nos recibían, y ése era el termómetro que yo tenía para descubrir quiénes me querían a mí. O me querían a mí con ella o nada, yo no acepto amores a medias ni la discriminación racial. Como era negra…

Por la mañana, a las nueve, para empezar, caminata por la avenida Ámsterdam donde vivo y que en los veinte era un hipódromo: veinticuatro cuadras, dos kilómetros, una vuelta. Y luego parque, el parque México, que está atrás de mi apartamento, el parque más bonito de la ciudad, y no es por presumir sino porque ésa es la verdad y por la verdad murió Cristo. Los vecinos de acá, de allá, de este edificio, de aquel otro, todos nos conocían: ella era popularísima, en especial entre los niños: no más nos veían venir y corrían hasta nosotros a saludarla, a acariciarla, a quererla. Los que aún no la conocían al principio se nos acercaban de a pasitos, con respeto, como gallinita timorata entrando en casa ajena.

—¿No ha mordido? —me preguntaban.

—No —les contestaba yo—. Es muy buena.

—¿Cuántos años tiene?

—Tres.

—¿Cómo se llama?

—Bruja.

—¿Bruja? ¡Jua, jua! ¿Qué marca es?

—Gran danés.

Sí, ésa era su raza, su marca como decían los niños. Gran danés, negra, alta, esbelta, con una macha blanca en el pecho en forma de mariposa. Yo decía que era el sigillum diaboli, la marca del Diablo, ¡pero qué va! ¡Bruja era un ángel!

Como gran danés que era estaba destinada a vivir nueve años a lo sumo, y ni uno más porque ésa es una raza que hizo el hombre mezclando lebreles y mastines o no sé qué. Pues vivió trece, un record. ¡Cómo no los iba a vivir si yo viví para ella! Si le hervía el agua, le daba jamón, pollo, leche, carne, arroz, huevos, queso, y entre comida y comida aperitivos, antojitos, pasabocas, delicatessen. Comía lo que quería, hacía lo que quería y dormía donde quería: en los sillones, en las alfombras, en las camas, y podía destrozar, con mi venia y risa, lo que se le antojara: los sillones, las alfombras, las camas… Total, si ella era la dueña de mi alma, ¿cómo no lo iba a ser de mi casa? E infaltablemente, todas las noches después de comer, lavado de dientes. De eso no se escapaba. Pero tampoco es que le chocara: le gustaba.

¿Y por qué Bruja? Por mi abuela, la materna, la que conocí, Raquel Pizano, Raquelita, a quien tanto quise, y por sus cuentos de brujas que me hechizaron la infancia. Nunca fui más feliz que oyéndoselos. Uno al menos me tenía que contar cada noche. Al final no sabía la pobre qué inventar y me repetía los cuentos viejos.

—No, abuelita, eso no fue así. Si el que me estás contando es el de la bruja de Santo Domingo que era la sirvienta del cura, ella no se iba al aquelarre a las ocho sino a las doce, «sonando doce campanadas el reloj».

—Si te dije, niño, que fue a las doce, entonces fue a las doce, y hoy me equivoqué. Perdón.

—No me cambiés las cosas, abuelita, que me ponés nervioso.

A las doce de la noche negra, «sonando doce campanadas el reloj», la bruja Domitila sacaba su escoba preferida del desván de las escobas, y escoba en mano salía al patio, se montaba a horcajadas en ella, «y alzando el vuelo se encumbraba a la región». Sigue leyendo

Cuentos y tradición oral – De Zorros

B_Perú

El arriero, la serpiente y la zorra (1)

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Jui, jui, jui; silbaba alegremente un arriero, mientras conducía su rebaño de llamas cargadas de maíz. Era muy temprano y no se veía un pastor ni un chacarero todavía, por esos lugares.

De pronto oyó otro silbido exactamente igual al suyo; como si alguien le contestara. Miró a su alrededor, pero no distinguió a nadie.

–Me habrá parecido; dijo, y siguió andando; mas en seguida volvió a escuchar con toda claridad:

Jui, jui, jui.

El sonido venía del lado del cerro.

–Será el viento que quiere burlarse de mí y que está silbando entre las peñas, pensó; pero de nuevo sintió el jui, jui, jui; muy cerca de él. Miró entonces hacia las rocas y vio una serpiente aprisionada por un árbol que había caído sobre ella.

La infeliz no podía moverse pues el tronco la oprimía de tal manera, que casi no la dejaba respirar. La culebra tenía la boca inmensamente abierta y la larga lengua colgábale por lo menos una cuarta, fuera del hocico.

Acercóse a ella el arriero y escuchó que le decía con voz tan débil, que parecía

un suspiro:

–Por favor, sácame de aquí; yo te lo agradeceré siempre y seré tu amiga. Mira que si me dejas como estoy, moriré dentro de unos momentos.

Al arriero no le gustaban las culebras; había oído decir que eran ingratas y crueles, pero como tenía muy buen corazón, se compadeció de la infeliz y tomando la soga con que amarraba sus fardos, la ató al árbol y comenzó a tirar de ella, hasta que el animal quedó libre.

Sacudióse la serpiente, respiró muy largo y cuando el arriero esperaba que le diera las gracias por el favor tan grande que acababa de hacerle, vio que se le acercaba rápidamente, que se abalanzaba sobre él y sintió que se arrollaba a su cuerpo y comenzaba a estrujarlo.

Era muy larga y fuerte la culebra. Se había envuelto alrededor del pecho del infeliz y lo ajustaba más, a cada instante.

–¡Suéltame, no seas ingrata, acabo de salvarte la vida y me pagas así!, gritó el arriero.

–¡Qué salvarme la vida, ni que nada!, contestó ella. Lo único que yo sé, es que tengo mucha hambre y que me gusta más la carne humana, que la de llamas.

El pobre hombre agitaba manos y pies, tratando de librarse; pero todo era inútil.

–¡Suéltame, ingrata!, dijo por última vez, ya sin fuerzas y medio ahogado.

En eso, asomó detrás de una roca un afilado hociquillo; luego dejóse ver una cabeza, y por fin, apareció el cuerpo de una zorra.

–¡Hola, hola!, dijo la recién llegada, con voz burlona. ¿qué es esto? ¡Doña culebra queriendo comerse al pobre arriero! ¿Oye, podrías decirme, sino es indiscreción, qué daño te ha hecho este buen hombre?

–¡A mí!; daño ninguno, respondió la serpiente, moviendo su fina lengüecilla. Cuando yo estoy con hambre y encuentro alguna presa, no necesito que me haya hecho daño, para comérmela.

–¡Esta serpiente es una malagradecida!; exclamó el arriero, con la poca voz que le quedaba; y ya casi agonizando, agregó: ¡Acabo de salvarle la vida y ve cómo me corresponde!

–Bueno, es verdad; pero tal vez yo sola hubiera podido salir de debajo del árbol si tú no lo hubieras arrimado, dijo la serpiente.

–¡Mentira, jamás habrías logrado librarte sin mi ayuda!, respondió el infeliz, respirando a duras penas.

La zorra entonces, levantó los ojos al cielo, pensativa luego miró hacia abajo, en seguida movió de derecha a izquierda su fino hociquillo y dijo:

–A ver, a ver; este asunto es un poco enredado y no logro comprenderlo. Mira, culebra, ponte debajo del tronco, como estabas y tú, arriero, has en seguida lo mismo que hiciste hace un momento, para salvarla. Solo viéndolo con mis propios ojos, podré entenderlo y decidir cuál de los dos tiene razón.

–Bueno, así lo haremos, contestó la culebra y soltando su presa, se deslizó rápidamente hasta llegar junto al tronco.

Entonces el hombre ató de nuevo el árbol con la soga y, tirando con gran trabajo, logró colocarlo sobre el cuello del animal, en la misma forma en que lo había encontrado. Inmediatamente, la serpiente abrió la boca y comenzó a asfixiarse.

–¿Así era como estabas?, preguntóle en seguida la zorra.

–Sí, respondió ella con una voz tan delgadita que apenas se le oía.

–¿Pero tienes seguridad de que era de ese modo?, interrogó nuevamente la zorra.

–Sí, volvió a contestar la serpiente, con un débil resuello, pues se estaba ahogando.

La zorra, entonces, miró al hombre, llena de picardía, le guiñó un ojo y le dijo:

–Querido arriero, tu enemiga está presa. ¿Dime, qué esperas ahora: volver a liberarla para que te dé muerte o para que devore a otra persona? No seas tonto, desata tu cuerda y vete tranquilo a tu pueblo. Esta infame no merece que la salven, pues lo único que sabe es hacer daño. El buen hombre, al escuchar estas palabras tan sabias, desató la soga, estrechó la pata que su consejera le tendía y tras de darle las gracias, arreó alegremente el rebaño de llamas y siguió su camino.

Entonces la zorra, moviendo la cola, pasó contoneándose delante de la serpiente, sin mirarla siquiera y tomó la senda que llevaba al pueblo vecino, donde iba a visitar a una comadre.


Del zorro y de la joven (2)

zorro2

En una comunidad muy lejana vivía una joven con sus padres. Ella pastaba las ovejas de la familia. También las cuidaba de noche. Por cuidarlas no dormía en su cuarto, sino en una chocita que había en la cabecera del corral.

Un muchacho delgado llegaba a visitarla todas las noches.

Primero como amigo, después como enamorado. Los padres no sabían de estas andanzas de su hija. El muchacho no quería que ella les avisara.

–Yo quiero vivir siempre contigo, pero a ocultas le decía el joven.

Y siguió visitándola de noche, solo de noche.

Un día, conversando con sus padres, la muchacha les habló del joven.

–Esta noche iré a conocerlo, le dijo su padre.

Dicho y hecho, el padre se presentó en la choza.

–Solo estoy acompañando a mi hermanita, le mintió el joven, convidándole un poco de coca.

Cuando el padre recibió la coca, el joven se animó a decirle:

–Señor, la verdad es que yo estoy enamorado de su hija y quisiera vivir con ella.

–Si es así, vamos a hablar pues: ¿Tienes padre y madre?

–No –dijo el joven, soy huérfano.

–¿Tienes ganado? –siguió preguntando el padre.

–Bastante, mucho ganado. Me los pastan varias gentes, en varios lugares.

–¿Tienes casa?

–Casa más bien no tengo. Paso mi vida en una casa y en otra, de amigos.

El padre estaba satisfecho con el joven y dio su consentimiento para que viva con su hija. Después de algún tiempo, él mismo los casaría.

El joven se portaba bien, pero era un poco extraño, se iba a trabajar siempre a medianoche y al amanecer volvía arreando ovejas. Decía que estaba juntando las ovejas que tenía encargadas. Y se veía que tenía bastantes, porque ya casi ni cabían en el corral de su novia.

Los padres empezaron los preparativos de la boda, buscaron padrinos, hablaron con el cura.

El día del matrimonio, empezaron a tocar las campanas de la iglesia. El joven, asustado con ese ruido, le dijo a su novia:

–Has callar ese burro viejo, que no grite, le tengo miedo como al diablo.

–No es ningún burro viejo, lo calmó la joven, son las campanas que están llamando a la gente para que vengan a vernos.

Pero toda la ceremonia el joven estuvo asustado.

Después de la boda fueron a la casa de la novia. Allí bailaron toda la noche.

Al amanecer llegaron otros invitados, vinieron reventando cuetes, como es costumbre. El joven se acercó a la muchacha y, muy asustado, le dijo:

–Diles que no revienten cuetes. Me da mucho miedo ese ruido.

La muchacha, que estaba muy alegre, le dijo:

-Déjalos, los cuetes son para celebrarnos.

Pero el joven estaba temblando y, cuando los invitados reventaron más cuetes, ya no pudo resistir: saltó por encima de la mesa. Los invitados vieron cómo en el aire el joven se transformaba en zorro. Y huía perseguido por los perros.

Su ropa quedó en la silla.

–¡Qué desgracia estoy viviendo!, gritó el padre de la joven.

–Debiste averiguar bien con quién casabas a tu hija , le dijeron los invitados–

¡Cómo no te diste cuenta que ese joven era un zorro!

Después, ya más calmado, el padre dijo:

–Si ahora se presentara alguien, un viajero, con ése yo casaría a mi hija.

Y da la casualidad que por el camino pasaba

un joven viajero con su atado. El padre lo llamó.

–Joven, le dijo, mi hija estaba en matrimonio y se ha visto burlada. Vive tú con ella, sé hijo de esta casa.

La joven era bonita, el viajero la miró y aceptó vivir con ella. La fiesta volvió a animarse y continuó hasta el anochecer.

Pero desde entonces, todas las noches, el zorro regresaba a sacar las ovejas que había traído antes. Cada noche se llevaba dos o tres. Pusieron perros, pero siempre desaparecían las ovejas. Dos o tres, cada noche.


El joven y el zorro (3)

zorro1

Antiguamente se iba a pie a todas partes y la carga se llevaba al lomo de llama. No había como ahora carros y toda clase de medios de transporte.

Cuentan que en un pueblo de aquella época había un muchacho que viajaba muy a menudo. Por lo general hacía sus viajes rápidamente y sin problemas.

Era él un joven de unos diecinueve años, de contextura robusta y carácter

amable que por encargo del mallku del pueblo debía llevar y traer la

correspondencia.

Un día se le presentó por la mañana en su casa el jilacata para que llevara

con mucha urgencia un comunicado del pueblo rojo para el pueblo blanco.

De prisa se preparó el joven, se puso el chullo, el poncho, enrolló una frazada

y partió llevando en una bolsa las provisiones de maíz tostado y cañihua

molida.

Caminó toda la mañana por las quebradas, pampas y laderas y, antes de cruzar

la apacheta se sentó en lo alto de una roca y sacando su chuspa tomó en sus manos un puñado de hojas de coca y las sopló en dirección a los achachilas de los cerros, pidiéndoles no encontrarse con algún espíritu maligno, y que el viaje fuera rápido y sin contratiempos.

Después de encomendarse siguió caminando con dirección a la cumbre de la apacheta y antes de llegar a ella cogió unas piedrecillas para dejarlas entre los montículos de piedras y, mientras oraba mentalmente suplicando para que no le pasara ninguna desgracia, dejó todas las preocupaciones y penas junto con las piedritas.

Al pie de los montones de rocas de la apacheta había un zorro sentado en dirección a la puesta del sol, en actitud de estar contemplando el paisaje.

El joven, al ver al animal, quiso atraparlo, pero de inmediato recordó las historias de su abuela. Tropezar con el zorro era de mal agüero. Estos animales aparecen solo para atraer una desgracia. Finalmente, decidió disparar con su honda una piedra haciéndola caer en la cadera del zorro, que se marchó cojeando y aullando de dolor.

El joven siguió su camino. Más tarde el cielo se nubló y amenazaba la lluvia. Viendo esto apuró el paso para llegar a un tambo antes que cayera la noche. Al llegar a una hondonada vio caminando delante de él a una muchacha de pollera amarilla y manta de vicuña que llevaba el sombrero medio caído y estaba ovillando una madeja de lana. El joven se dirigió a darle el alcance y una vez a su lado, mirándola con un poco de timidez, le dijo:

–Hola hermana mía, ¿adónde vas? ¿Te diriges al pueblo de Qullana tú también? Yo voy allá a dejar unos avisos. No recuerdo haberte visto antes.

–¿Nos conocemos?

–Ahora tú solo piensas en Jesusa. Tú eres hijo de la señora Antuca. Cuando éramos niños juntos jugábamos a las escondidas. A mí en la casa me llamaban Chanaca, respondió la chica.

El joven le explicó que ya no veía a esa muchacha ni se acordaba de ella porque desde que había empezado a trabajar, no tenía tiempo para nada más.

Así hablando, bromeando y recordando los juegos de cuando eran niños caminaban sin llegar al tambo. Ya iba anocheciendo y, aunque andaban y andaban, no avanzaban nada.

La chica era bonita, simpática y graciosa, sabía hacer reír y su conversación era entretenida. Además, tenía los ojos lindos.

–Querido hermano, dijo al cabo de un rato la joven, no creo que sea bueno que sigamos caminando. Mejor nos quedamos a dormir en estos lugares.

Aceptó el muchacho pues le pareció una idea prudente y luego de acomodarse desenvolvió su atado y le invitó de su fiambre a la chica que más bien le pidió hojas de coca para mascar. Él tomó unas cuantas hojas y se las dio mientras pensaba en la noche placentera e inolvidable que estaba por vivir.

Luego se acostaron sobre su poncho y se juntaron para abrigarse y protegerse mejor del frío. Cuando el joven se disponía a abrazarla la muchacha gritó:

–¡Ananay!, ¡ananay! ¡No me toques ahí hermano!

–¡Cariño de mis ojos! ¿Por qué no he de abrazarte? ¿Qué sucede?, dijo el joven abrazándola aún más fuerte.

–¡Ananay!¡ananay! Esa es mi cadera que me está doliendo. ¿No te acuerdas que me heriste con tu honda?

El muchacho confundido y pensando que se trataba de otra broma le explicó que jamás había hecho ni haría tal cosa. Pero la joven aclaró:

–Hoy día por la mañana en la apacheta me tiraste con tu honda.

¡Recuerda!

Recién entonces el joven recordó la escena del zorro y también los relatos de su abuela de cómo los espíritus malos aparecían convertidos en personas. Entonces le invadió el miedo, se le erizaron los cabellos y tartamudeó:

–Pe – pe- pero ¿Tú eres ese zorro?

En ese instante sucedió la transformación dentro de las cobijas. La bella muchacha volvió a ser lo que era: un zorro que mostraba los dientes amenazantes.

El joven se quedó primero atónito y después salió corriendo como loco y se perdió en la oscuridad de la noche.

Eso nos enseña que no hay que encariñarse con las personas desconocidas. Asimismo que si en un viaje uno tropieza con animales de mal agüero no debe molestarlos para no ser víctimas de desgracias. Hay que ser prudentes y retirarse del camino y en las noches es bueno andar cantando y silbando, porque los espíritus de la otra vida se llevan el alma y el cuerpo.


  1. Enriqueta Herrera Gray, “De Leyendas y Fábulas peruanas”, Lima, 1963, pp. 69-72. En: César Toro Montalvo, comp.Mitos y Leyendas del Perú, Tomo I, Costa, 2000, 1ra. Edición, 1ra. Reimpresión ,1997, pp. 197-198. El compilador considera leyenda a este cuento.
  2. Luis Enrique López y otros, Había una vez, Lima-Puno, Edición Rosario Rey de Castro,pp. 31-34.
  3. El pueblo aymara del Qollasuyu, Tierra y tiempo eternos, Libros Peruanos S.A., segundo volumen, Puno, 1990, pp. 42-45

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El zorro, un personaje que esta con frecuencia en nuestra literatura, tanto en el pasado como en el presente y en diferentes formatos. El zorro ha sido siempre un personaje muy popular de la literatura, una fuente de inspiración para los cuentos, el folklore, la mitología, los ritos etc. El zorro esta también asociado a la religión y cosmovisión del hombre prehispánico. Durante siglos, las astucias del zorro han despertado la curiosidad del ser humano. Al zorro le conocemos desde nuestra infancia gracias a los cuentos, las fábulas y las leyendas, como uno de los animales más astutos que siempre acaba engañando a los más fuertes y tontos o por el contrario es el burlado por animales más pequeños y más inteligentes que él.

En América latina, el zorro y el conejo, que representan la astucia y la picardía, son dos de los personajes en torno a los cuales giran la mayor cantidad de fábulas. Dependiendo del país, el zorro recibe diferentes nombres En Perú y Bolivia se los conoce como Atój, Antoño, qamaqe. En Colombia y Ecuador como Tía Zorra. En la Argentina se conoce al zorro como Don Juan el Zorro. Un aspecto muy importante es la enorme cantidad de cuentos sobre el zorro que aún permanecen en la oralidad de las diferentes culturas y pueblos, solo un grupo reducido ha pasado a la forma impresa. Destacamos un libro de la coedición latinoamericana “Cuentos de enredos y travesuras” que contiene cuentos de 12 países apoyo de UNESCO y Cerlacy en el que se destaca la presencia del zorro.

 

Extraido de: “Tras las huellas del zorro. Una aproximación a la presencia del zorro en la literatura infantil” de Liliana De la Quintana

https://www.ablij.com/investigacion/tras-las-huellas-del-zorro-una-aproximacion-a-la-presencia-del-zorro-en-la-literatura-infantil

Victoria Birchner y Juan Falú – Donata Suárez

B_Argentina

Donata Suárez, camina
sobre la arena sus pasos
son un cuenco de rocío
cantan sólo para ella,
las endechas de los mirlos
Donata Suárez, camina.

Donata Suárez, camina.
Mil escobas de pichana
van barriendo las espinas,
soles sueltan a sus pasos
las encendidas jarillas.
Donata Suárez, camina.

Donata Suárez, camina.
Dejan de rumiar sus sueños
Si es que la miran los chivos,
erguidos en sus dos patas
ya soplan el caramillo.
Donata Suárez, camina.

Yo la espero, aquí callado
rogando a Dios que me mire.
Siento susurrar al aire
los pliegues de su vestido
sólo me queda en el alma
su perfume de membrillo.

Donata Suárez, camina.
Brinca por dejar sus cauces
y la vi pasar el río
como no puede seguirla,
corre a llorar su destino
Donata Suárez, camina.

Donata Suárez, camina.
El yuchán tiñe sus flores,
remedando sus mejillas
es una diosa pagana
hasta cuando vá de misa.
Donata Suárez, camina.

Donata Suárez, camina.
Sombra y luz le van dejando
los álamos del camino,
de a ratos trepa a los cerros
el relincho de un padrillo
Donata Suárez, camina.

Letra: Carlos Herrera / Música: Juan Falú


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Victoria Birchner y Juan Falú

Victoria Birchner nació en Rafaela, Santa Fe, Argentina, el 14 de febrero de 1991. Inició su camino en la música a los 14 años en la escuela “22 de noviembre” de su ciudad y egresó tres años después en la especialidad Canto.

Desde el año 2008 hasta comienzos del 2013 conformó el dúo Birchner-Carlini (voz-guitarra) abordando un repertorio de música argentina y latinoamericana, y acercándose además con mucho respeto al tango en repetidas oportunidades.

En 2009 comienza sus estudios de canto lírico en la Escuela Superior de Música de la Universidad Nacional de Rosario, ciudad en la que reside hasta el día de hoy. En los meses de abril y mayo del 2013 participó de la grabación del disco “Ramita nueva”, homenaje al pianista rafaelino Remo Pignoni.

En el año 2014 fue ganadora en la sede del pre-Cosquín de Gálvez representando a la ciudad luego en la plaza Próspero Molina y fue seleccionada como una de las tres mejores solistas vocales de la competencia.

Desde mediados del 2013 Victoria transita su carrera como solista abordando preferentemente la música y la poesía argentina.

Compartió escenario con músicos como Carlos Aguirre, Fernando Cabrera y Cecilia Todd y cantó junto a reconocidos artistas como Laura Albarracín, Ángela Irene, Roberto Coya Chavero, Juan Falú, Franco Luciani, entre otros.

Discografía:

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Memoria del viento – 2016

Victoria Birchner – Voz
Jose “Chey” Ramos – Guitarra y Arreglos
Leo Pretto – Guitarra
Franco Ochat – Percusión

 

 

 

 

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Página de la artista

 

Antonio Miranda – Poeta brasileño

B_Brasil

AMirandaAntonio Miranda (Antonio Lisboa Carvalho de Miranda), nació en Maranhão, Brasil, el 5 de agosto de 1940.

Miembro de la Asociación Nacional de Escritores. Fue colaborador de revistas y suplementos literarios como el suplemento dominical del Jornal do Brasil y La Nación (Buenos Aires) y Imagen (Caracas, Venezuela).

Maestro y ex coordinador del Programa Graduado de Información Departamento de Ciencias de la Información y Documentación de la Universidad de Brasilia, Brasil, da clases y cursos en todo el Brasil y los países latinoamericanos. Jubilado, es profesor Colaborador Senior, y orientador de tesis e investigaciones. También es consultor en planificación y arquitectura de Bibliotecas y Centros de Documentación.

Organizador y primer Director de la Biblioteca Nacional de Brasilia, de febrero de 2007 a octubre de 2011 y desde 2015 a mayo del 2017.

Doctor en Ciencias de la Comunicación (Universidad de Sao Paulo, 1987), un título de maestría en Ciencias de la Biblioteca de la Universidad de Tecnología de Loughborough, LUT, Inglaterra, 1975. Su formación en Biblioteconomía es la Universidad Central de Venezuela, UCV, Venezuela, 1970.


Textos del poema dramático “tu país está feliz”

Miranda los escribió directamente en castellano, cuando estudiaba en Venezuela hace más de cuarenta años. Años después los tradujo al portugués y se publicó en Brasil recién el año 1989.

Viajo tu cuerpo

Viajo tu cuerpo como un sol
que dora los contornos
suaves de tu juventud.

El paisaje en paralelo
resbalante al sol arena
oscilante al sol verano.

Velas arrugadas emergen ganando
tu cuerpo en la playa
tu cuerpo en la arena.

Las formas oblongas
las velas infladas
y ganando el mar
tu cuerpo en la arena
tu cuerpo en la playa.

Hay como que un giro
angular en estas formas
curvas cuerpo playa
inmersos, dorso, escamas
tu cuerpo en la arena
y el cuerpo en el cuerpo.

Nuestros cuerpos confundiéndose
fundiéndose en la combustión solar
la sal de nuestro éxtasis, sudor
arena y goce, orgasmo.

El paisaje en paralelo
relieves, sinuosidades, nalgas
y algas, inmersión, curvas
playas desnudas, luego aderna.

Resbalante sol arena
esquiadores
de nuevo el verano en nosotros.

Sea al mar
estillazando espumas
curvas, cuerpo, playa
inmerso, dorso
escamas, mar inmenso:
oscilante
al sol verano.

Velas arrugas emergen
ganando el mástil erecto
tu cuerpo en la playa

formas oblongas
las velas infladas
ganando el mar:
tu cuerpo en la arena.

Dorso, la piel
la brisa tangente del mar
las formas sumergidas
y el cuerpo en el cuerpo.

La forma de tu cuerpo es un espacio
por demás pensado y rumiado
lazos de tu cuerpo envolviendo
el mío, aún en ausencia.
Larga espera de tu cuerpo
y la transformación del cuerpo
en el tiempo, deseo acumulando
y explotando en dura angustia.

En los libros que leo te encuentro
en las fórmulas matemáticas
en las especulaciones filosóficas
páginas tristes que escribo.

Estás a mi alcance
y nada hay que me impida
conquistarte y convencerte
es que la victoria es derrota.

Que el tiempo sólo no basta
Ni basta la simple razón.

El mundo está lleno de palabras

El mundo está lleno de palabras
Tú consumes pan y palabras:
Democracia libertad temor
Felicidad.

El mundo está lleno de palabras…

Y tan sólo una palabra
una tan sólo
te quita la corona
o te inflama la garganta.

¡El mundo está lleno de palabras!

Voy a cerrar por inventario

Voy a cerrar por inventario.
Retiro del mostrador la mercancía quedada.
A nadie le gustó
Nadie leyó
nadie sintió.

Perdí todos los amigos,
eran malos pagadores
huyeron todos de mí.
Perdí tiempo. Perdí todo.
Pero donde perdí me salvé.

Mario prefiere los versos de amor,
Manuel los poemas del dolor,
María lee
como quien se retoca en el espejo.

Me dicen panfletario, sentimentaloide
circunstancial, y hasta personalista.
No soy como,
no llego a,
soy prolijo, sintético, seco
reaccionario, comunista, alienado.
Ateo, plebeyo, indecente.

A María no le gusta la palabra estiércol.
Luis busca lugares comunes.

Adalgisa, cansada y fatigada
Aún encuentra pecados ortográficos.

Para Mario soy cerebral, frío, geométrico
hermético: él no entiende nada.
María entiende todo y espera más.

El oro que toqué se convirtió en chatarra.
Vuelvo por los caminos andados
y ya son otro camino.

Descuelgo el teléfono,
desconecto las luces,
tranco la puerta por dentro
y destruyo el timbre.
Pero dejo la ventana abierta.

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Elisa Elvira Zuloaga – Venezuela

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Elisa_Elvira_ZuloagaElisa Elvira Zuloaga Ramírez nació el 25 de noviembre de 1900 en Caracas, Venezuela, hija de Elisa Ramírez y Nicomedes Zuloaga.

Estudió en la Academia de Bellas Artes, con su hermana María Luisa Zuloaga de Tovar, bajo la tutela del artista catalán Ángel Cabré i Magrinyà.

En 1918 viajó a París para estudiar en la Académie de la Grande Chaumière, con la esperanza de desarrollar su libre expresión, mientras mantenía la tradicional sensibilidad venezolana. Su primera exposición se celebró en París en 1933.

Continuó sus estudios con André Lhote en 1935 y expuso en el Salón de los Independientes de la galería parisina en 1937 y 1939. Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, estudió en la Escuela de Bellas Artes Ozenfant en la ciudad de Nueva York con Amédée Ozenfant.

Al regresar a Caracas, en 1941, se convirtió en miembro fundador y codirector del Centro Venezolano-Americano de Caracas. Estableció su propio taller en 1942 en los jardines de la Hacienda Valle Abajo, donde el Taller de Artes Gráficas (TAGA) ahora imparte clases.

En 1946, se convirtió en una de las primeras mujeres en ocupar un cargo en el gobierno venezolano, cuando fue nombrada Directora de Cultura en el Ministerio de Educación Nacional. En 1950, regresó a la ciudad de Nueva York para estudiar grabado, tomando cursos con Johnny Friedlaender y Stanley William Hayter. Fue particularmente influenciada por el método de Hayter para la impresión en color, que a menudo utilizaba numerosas capas de pigmento y técnicas de bruñido para lograr el resultado deseado.

En la primera parte de su carrera, Zuloaga era conocida principalmente por sus paisajes, realizados en un estilo impresionista, con un equilibrio compositivo formal. Más tarde, después de sus estudios con Lhote, se alejó de las obras pictóricas. A partir de la década de 1950, produjo grabados en color de alta calidad y en la década de 1960, el trabajo de Zuloaga adquirió las cualidades de la abstracción. Vio la pintura y el grabado como disciplinas independientes, que requerían habilidades separadas para lograr el resultado deseado. Fue una de las primeras artistas en Venezuela en dedicarse al grabado como una forma de arte y su exhibición en 1963 en el Museo de Bellas Artes y la Escuela Venezolana de Arquitectura introdujo sus técnicas de grabado al público. Regresó a la pintura de paisajes en la década de 1970 utilizando una visión más poética o imaginada, que se centró en la realidad recordada de la observación, en lugar de adherirse estrictamente a copiar exactamente lo que se vio. Pilar Muñoz López, profesora y crítica de arte en la Universidad Autónoma de Madrid, ha nombrado a Zuloaga como “uno de los artistas gráficos más importantes de América del Sur”.

Falleció en Caracas el 14 de abril de 1980. Cuatro de sus obras paisajísticas se encuentran en las colecciones de la Galería de Arte Nacional de Caracas. En el año 1991 apareció un  sello conmemorativo con su imagen, emitido por el gobierno de Venezuela.


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