Perotá Chingó – Rie Chinito

Ríe chinito,
se ríe y yo lloro porque el chino ríe sin mi.
Ríe en la noche, y achina los ojos morochos mas lindos que vi.
Sopla las cañas,
sube la montaña, mañana quizás bajará.
Se hace de día,
el sol lo encandila,
los vientos descansan y el chino se amansa.

Ríe chinito,
se ríe y yo lloro porque el chino ríe sin mi.
Ríe en la noche,
y achina los ojos morochos mas lindos que vi.
Sopla las cañas,
sube la montaña, mañana quizás bajará.
Mira la luna,
mi niña y se acuna,
que es larga la noche y es claro el camino.

Mi despedacito de río hasta donde bajaras
Mi despedacito de río, hasta donde bajaras

Ríe chinito,
se ríe y yo lloro porque el chino ríe sin mi.
Ríe en la noche,
y achina los ojos morochos mas lindos que vi.
Sopla las cañas,
sube la montaña, mañana quizás bajará.
Mira la luna,
mi niña y se acuna,
que es larga la noche y es claro el camino.

Mi despedacito de río hasta donde bajaras
Mi despedacito de río hasta donde bajaras.


Julia Ortiz
Dolores Aguirre
Martín Dacosta
Diego Cotelo

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Perotá Chingó

Julia Ortiz y Dolores Aguirre, amigas del norte del gran Buenos Aires de paso por Cabo Polonio (Uruguay) tocan y graban en video una canción, Ríe chinito, con la que desencadenan todo un fenómeno en YouTube, el clip motiva la formación de la banda devenida cuarteto, Perotá Chingó, junto a Martín Dacosta y Diego Cotelo.

Discografía

Un viajecito (2012)
Perotá Chingó (2013)

Página de Perotá Chingó

Armando Mariño – Cuba

Armando Mariño, pintor cubano


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Armando Mariño

Nació en la ciudad de Santiago de Cuba, Cuba en el año 1968.
Estudió pintura desde 1982 a 1987 en la Escuela Provincial de Arte Joaquín Tejada en Santiago de Cuba y desde 1987 a 1992 en la Facultad de Educación Artística del Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona en la Habana, Cuba. Desde el 2004 al 2005 estudió en el Rijksakademie van beldeende kunsten en Amsterdam, Holanda.
En el año 1999 la galería Gary Nader presentó la primera exposición personal de Armando Mariño en la ciudad de Miami titulada Pintura Reciente en la galería Gary Nader fine art en Coral Gables, Florida.
Dos años más tarde, Gary Nader realiza la curaduría de la segunda exposición de Mariño en Miami titulada In Utero e inaugurada en la galería Gary Nader fine art en coral Gables, Florida en Agosto del 2001.
Su trabajo ha sido ampliamente exhibido internacionalmente y forma parte de las colecciones permanentes de Deutsche Bank Collection USA, 21cMuseum, Shelley and Donald Rubin Private Collection, Sarah and Darius Anderson Collection, Howard Farber Collection, Centro Wifredo Lam, en la Habana, Colección Berardo Museo de Arte Moderna en Sintra, Portugal, National Museum of Valjevo, Coca Cola Foundation en España, University of Virginia Art Museum, Rijskakademie van beeldende kunsten en Amsterdam, Holanda, Museo Nacional de Bellas Artes en la Habana, Cuba, Gary Nader Collection, entre otros.
Actualmente vive y trabaja en Nueva York

Pagina Web de Armando Mariño

Aleyda Quevedo – Poesía – Ecuador

¿Quién soy?

¿Quién soy?
Tal vez la mujer senos de ámbar
y pies helados que escribe versos
para reconfortarse.
Más la poesía
solo logra descarrilarme.
Como el tren rojo que soy
Ese tren que se abre paso
entre las montañas puntiagudas
y difíciles de algún país.
Ese tren que nunca llega
a ninguna estación de humo.
Esta mujer que emana voces.
Trenes y más trenes
que me esperan.
Versos para sobrevivir
¿Quién soy?
Quizá este cuerpo encendido
que aún guarda tus huellas en los pliegues.


Canto animal

Obedezco al llamado
de las cenizas de la mujer
enterradas al borde del cielo
son los restos de Alejandra Pizarnik
que descansan en mi territorio
Descalzos sus pies y los míos
sienten la madera
la astilla de los corazones
y el trabajo de las hormigas
Boca abajo
apretando los senos
contra la tierra y las hojas
respiramos los tallos
los breves encuentros con el amor
1972 yo nacía
el territorio estaba definido
tú te ibas con los “prófugos del mundo”
con esos pájaros que escogieron
estrellas no conocidas
en este espacio
reconozco tu último día
que siempre es el mío.


La opacidad del desierto

Recorro las autopistas de la noche
nada me detiene
ni siquiera el canto del destino
que circunda mi piel
como extraño medallón astral
Las dunas del miedo
reducen mis manos a polvo
En la arena me mimetizo y pulverizo
repitiendo un acto fallido
No se deja huellas en el desierto
Un camello aparece en el rabo del ojo
sonámbula
sudando gotas agrias
lo sigo viendo en mi arenario


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Aleyda Quevedo

Aleyda Quevedo Rojas nació en Quito, Ecuador en el año 1972.

Es poeta y periodista. Ha publicado los libros de poesía: Cambio en los clima del corazón, 1989, Editorial Universitaria, Ecuador. La actitud del fuego, 1994, Ediciones de los lunes, Lima Perú. Algunas rosas verdes, 1996, Ediciones del Sistema Nacional de Bibliotecas, Ecuador. Espacio vacio, 2001, Ediciones de la Línea Imaginaria, Casa de la Cultura Ecuatoriana. Música oscura, 2004, Cuadernos de Caridemo, Almería, Junta de Andalucía-España. En 1996 su libro Algunas Rosas Verdes, recibió el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade. Ha representado al Ecuador en los más importantes Encuentros Internacionales de Poesía en Argentina, México, España, Colombia, Chile y Perú. Textos suyos traducidos al inglés aparecieron en las revistas norteamericanas: Hubbud, Calapooya, de la universidad de Oregon y EYE-RHYME. Así como en diversas publicaciones de Colombia, Perú, México, Argentina, Brasil y Ecuador, y e las recientes antologías de poesía: presencia de Grecia en la Poesía Hispanoamericana, Ediciones LOM, Chile; Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica: Pícaras, Místicas y Rebeldes, México; La Voz de Eros, dos siglos de poesía erótica de mujeres ecuatorianas, TRAMA, Ecuador.


Mi canto

El cariño de los amigos
se traduce en cartas besos
bálsamos contra la enfermedad.

Los claveles que dejaron
reconfortan las madrugadas ásperas.

Amigos protectores quieren inutilizar mi sufrimiento.


Hondo muy hondo

Me afeito la cabeza
y empiezan las preguntas
sobre lo que dejamos de hacer.

La alfombra verde que se hace hierba
cuando la pisas y se extiende como
mancha de insectos sobre mis manos
aún permanece en la sala de televisión.

Un presentimiento puro
sale de mí.
Las preguntas cubren mi cabeza afeitada


Limón perfumado

Soy mi cuerpo
atrapado por partículas
de otros cuerpos
Cuerpo
que enjabono en el mar
reconociendo suciedades
y miedos
Miedos míos
enjuagados con
el agua que todo lo cura
la sal de mi sudor
los celos bien guardados
los dulces jugos
y de nuevo el agua
que me concede
un cuerpo nuevo cada día
Cuerpo fresco
tendido en la cama
como limón al filo
de la ventana
Y el sol quemando
el vidrio
la madera
el limón
perfumado y desnudo
de la ventana que soy
¿Sé quién soy?
me miro
en el largo espejo del baño
tengo 33 años
nunca estuve tremendamente sola
abandono de perras
que te marca y deja sin curiosidades
Lloro y mis piernas blancas
se vuelven negrura profunda
que bloquea los sentidos
Quién es mi cuerpo
puede afrontar sus propias
desgracias
incluso las más asfixiantes horas
ansiedad
falta de ti
horas cuando me fundo con un monstruo
que conozco bien
Cuerpo mío
pólvoracielo
intenso estallido
de lámparas que filtran tu claridad
sobre mi pecho
Soy este cuerpo mío.


Los jadeos

empañando
eléctricamente
la puerta cerrada
Laten
nalgas
y forman arcos
Una repentina
calma
reposa
sobre las cabelleras
Pulsan
sus sexos
húmedos y tibios
Otra vez
los jadeos
los arcos perfectos de las nalgas
El cansancio
que produce
la agitada posición
Y la calma
final
que abre la puerta.

German Rozenmacher – Cabecita negra

A Raúl Kruschovsky

El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando, encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurriría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal, y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que estaba abajo, y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la rutina, había estado al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto gritó de nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden, haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.

-Quiero ir a casa, mamá -lloraba-. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

-¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? -la voz era dura y malévola. Antes de que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.

-A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

-Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

-Viejo baboso -dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro y sobrador que tenía adelante-. Hacete el gil ahora.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.

-Vamos. En cana.

El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.

-Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? -Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

-Andá, viejito verde andá, ¿te crees que no me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? -dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no le creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.

-Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer -dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.

-Señor agente – le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.

-Vengan a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto -y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró-. Vivo ahí al lado -gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.

El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la madrugada, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

-Dame café – dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte, lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con el hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió de que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era un policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.

-Qué le hiciste – dijo al fin el negro.

-Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de … -el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

-Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor…

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

-Este no es, José. – Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba tan alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer?, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas para arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma, dijo para tranquilizarse, ”hay que aplastarlo, aplastarlo”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.


Nota de Tarde Croaste: “Cabecitas negras” es un término que, afectuoso, utilizó Eva Perón, hacia las decenas de miles de trabajadores de origen humilde, que llenaban la Plaza de Mayo cuando ella o el General Perón se dirigían a su pueblo, desde el balcón de la Casa Rosada, se veían esas miles de cabezas de trabajadores de pelo oscuro, atentas a las palabras de quienes reivindicaban sus derechos. Más tarde ese término fue apropiado, para utilizarlo despectivamente, por quienes, tanto desde la clase dominante de la economía de Argentina, como desde la parte de la sociedad que en los años 50’ -como actualmente- quieren creer que pertenecen a un sociedad y estilo de vida europeo o estadounidense, expresando a través del término “cabecita negra” una forma de desprecio a los nativos de nuestra América.


germanrozenmacher001Germán Rozenmacher nació el 6 de agosto de 1971 en Buenos Aires, fue un escritor y dramaturgo que se destacó por su narrativa relacionada con el desarraigo, la soledad, la discriminación y las preocupaciones político-sociales. Su cuento Cabecita negra es un clásico de la literatura argentina.

Se crió en el barrio de Once en el seno de una humilde familia judía. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Ejerció el periodismo en las revistas Compañero, Así, Panorama y Siete Días y en el diario Crónica.

En 1961 realizó una publicación personal de una colección de cuentos suyos bajo el título Cabecita negra, que ante el éxito que tuvo fue vuelta a publicar por la editorial de Jorge Álvarez en 1963.
En 1957 en plena dictadura autodenominada Revolución Libertadora, comienza a trabajar en una revista especializada en ciclismo llamada Ruedas, tiempo después inicia un ciclo en Radio Antártida, donde los reportajes debían realizarse previamente y entregarlos en papel al censor de la radio. El censor los leía y daba su aprobación.
En 1964 se estrenó su obra teatral Réquiem para un viernes a la noche, referida a los conflictos familiares de un joven judío que decide adherir fervorosamente a los valores nacionales del país en el que nació.
En 1966 publicó Los ojos del tigre (1966), relacionado con la cuestión judía, las raíces de las personas y la soledad.
En 1970 terminó su obra de teatro “El Caballero de Indias”, considerada su obra mayor, nuevamente sobre las raíces judías. El teatro de la Sociedad Hebraica Argentina (SHA) se negó a poner la obra en acto considerando que no era adecuado que una institución judía difundiera una obra que mostraba a un judío en conflicto con sus tradiciones. La obra fue finalmente estrenada en 1982 por Luis Brandoni.
Falleció en Mar del Plata, el 6 de agosto de 1971, a los 35 años.
En la década del 80 Francisco Solano López, dibujante de El Eternauta, ilustró el cuento Cabecita negra para ser incluido en el libro La Argentina en pedazos de Ricardo Piglia.
El Centro Cultural Ricardo Rojas instituyó en 1999 el Premio Germán Rozenmacher para dramaturgos jóvenes.

Ilustración: “Cabecita negra” por Francisco Solano  López (Fragmento)

Jaime Roos – Amor profundo


Es el amor, es el amor,

Amor profundo

es lo que siento al cantar

poco hay en el mundo

que me haga así vibrar

En mi alegría
se esconde siempre un lagrimón
sé que todo termina
y que hoy juega hoy

Uuuhhhu, uhuhuhu

Amor profundo
es lo que siento al cantar
poco hay en el mundo
que me haga así vibrar

En mi alegría
se esconde siempre un lagrimón
sé que todo termina
y que hoy juega hoy

Herido estoy,

por una pena loca

de la que no me curo

y así pasan los años y se ahonda

no afloja y pide que siga

y me parte la boca cuando canto

Uuuhhhu, uhuhuhu

En este tiempo,
en este tiempo de antifaz
así cambien las modas
tuquero ahí estás

Siempre cantando
y siempre fiel a tu cantar
oye la misma calle
el barrio vive en mi

Herido estoy,
por una pena loca
de la que no me curo
y así pasan los años y se ahonda
no afloja y pide que siga
y me parte la boca cuando canto

Amor profundo
es lo que siento al cantar
poco hay en el mundo
que me haga así vibrar

Alberto Wolf

Marco Denevi – Los fracasados

Una casa pobre. La mujer barre enérgicamente el piso con una escoba medio calva. Entra el hombre. Parece muy abatido. Se sienta sin pronunciar palabra. Ella ha dejado de barrer y lo mira. Pregunta:

—¿Y bien? ¿No dices nada?

—¿Qué tengo que decir?

—Miren la contestación. ¿Tres días que faltas de casa y no tienes nada que decir? Marido, te previne que no volvieras con las manos vacías.

—Ya lo sé. Si he vuelto es porque cumplí tus órdenes.

—Mis órdenes. Mis consejos, diría yo. Y entonces ¿por qué estás así, hecho un trapo?

—¿Acaso debería estar alegre?

—Me parece a mí.

—Pues ya ves. No estoy alegre. Estoy arrepentido.

—Vaya. Te duró poco el valor.

—¿Qué valor? Lo hice porque tú me obligaste.

—Porque yo lo obligué. Oigan el tono. Cualquiera pensaría que lo obligué a cometer un crimen. ¿Y a qué te obligué, veamos?. A darte tu lugar. A demostrar que eres un hombre, no un títere. Pero estás arrepentido. Preferirías seguir como hasta ahora. El último de la fila. El que recoge los huesos que arrojan los demás. Aquel a quien se llama para que, cuando todos ya se han ido, limpie las mesas y apague las luces. Siempre serás el mismo mediocre. Ignoras lo que es tener ideales, alguna noble ambición. El fracaso es tu atmósfera. Y yo, tu víctima. Mira a las mujeres de tus amigos: cubiertas de joyas, con sirvienta, con automóvil y un palco en el teatro. Ahora mírame a mí: una fregona dedicada día y noche a los quehaceres domésticos. En lugar de alhajas, callos. No voy al teatro, voy al mercado. Y porque pretendo que mi marido levante cabeza y le doy buenos consejos, óiganlo, me lo echa en cara.

—Siempre tuve mala suerte.

—¿Ahora también, mala suerte?

—Un presentimiento me dice que sí.

—Un presentimiento. Llamas presentimientos a los pujos de vientre de tu cobardía.

—Nada bueno saldrá de todo esto.

—Eso es. Regodéate en tu pesimismo. Serías capaz de verme embarazada y creer que estoy hidrópica. Encontrar una moneda de oro en la calle y confundirla con el escupitajo de un tísico. Oír la voz de Dios que te llama y ponerte a correr por miedo de que sea la voz de un acreedor. Cómo que nada bueno saldrá de todo esto. ¿Y la recompensa?. Me lo imagino: la rechazaste. Y, como siempre, el premio se lo llevó otro.

—No. Me pagaron.

—¿Cuánto?

Él le entrega unas pocas monedas.

—¿Esta miseria?

—¿Qué esperabas? ¿Millones?

—Un cargo. Eso es lo que ambiciono para ti. Un cargo en el gobierno, bien remunerado y que nos permita asistir desde el palco oficial a los desfiles militares. Te lo deben. Al fin y al cabo les prestaste un buen servicio. Más de uno habría querido hacerlo, pero lo hiciste tú. Y a ellos tu pequeña acción les reportará enormes beneficios. Volverás y les exigirás que te den un empleo. Un empleo en el que no tengas que matarte trabajando pero que te haga ganar un buen sueldo, cierto prestigio social y algunas ventajas adicionales. No hablo de coimas. Hablo de un automóvil oficial. Si fuese con chofer incluido, mejor todavía. Siempre quise pasearme en uno de esos inmensos automóviles negros conducidos por un chofer de uniforme azul y gorra.

—No me darán ni el puesto de ordenanza.

—¿Por qué? ¿No saben que fuiste tú quien les hizo ese favor?

—Cómo no van a saberlo. Ya ves que me pagaron.

—Los grandes, digo. Los que firman los nombramientos y manejan los teléfonos secretos. No lo saben. Trataste el negocio con algún subalterno que te quitó del medio con estas moneditas para hacerse pasar él por el autor y conseguir que lo asciendan de categoría.

—Todos lo saben. Del primero al último.

—¿Qué más quieres? Y entonces ¿por qué dices que no te nombrarán ni siquiera ordenanza?

—Nada les gusta menos que mostrarse agradecidos.

—Son envidiosos.

—Además, no quieren aparecer como mis instigadores. Quieren que se crea que lo hice por mi propia iniciativa.

—Envidiosos y cobardes.

—Pero todo el mundo ya está enterado. En la calle me señalaban con el dedo.

—No me digas. ¿Te señalaban con el dedo? ¿En la calle? ¿La gente? Qué bien. Eso significa que no te debe importar la ingratitud de los de arriba. El pueblo reconoce tus méritos. ¿Creen que los hiciste por tu propia iniciativa? Mejor. Serás—famoso,—llegarás lejos.

—No me asustes.

—¿Asustarte tonto? Ya veo: la gloria te produce terror.

Acostumbrado a la oscuridad, la luz te hace arder los ojos. Felizmente yo estoy a tu lado. Yo te sostendré, te guiaré. Apóyate en mí y avanza.

Se oye, afuera, el rumor de una muchedumbre. El hombre tiembla.

—¿Qué son esos gritos?

—Te lo dije: el pueblo. Viene a felicitarte, a traerte regalos. Querrán que seas su caudillo. Pero por ahora tú no salgas. Los grandes hombres no deben dejarse ver por la multitud. Envueltos en el misterio, siempre lejanos, siempre inaccesibles, parecen dioses. Vistos de cerca defraudan mucho. Tú, ni qué hablar. Además te falta experiencia. Todavía no dominas tu papel de personaje célebre. Tengo miedo de que, si los recibes, los trates de igual a igual. Déjame a mí. Yo hace rato que me preparo para estas cosas. Saldré yo. Yo sé cómo manejarlos.

—¿Oyes? Gritan ¡viva nuestro rey!

—¿Rey? ¿Y yo reina? Francamente, es más de lo que yo esperaba.

¿Más? ¿Por qué más? No permitiré que me contagies tu modestia. Lo que ocurre es que cuando la justicia tarda en llegar la confundimos con la buena suerte. Reina. Bien, acepto. Otra que un empleo de morondanga y un automóvil usado. Tendremos palacios, carruajes, un ejército de sirvientes. La primera medida que tomarás: aumentar los impuestos.

—¡Gritan cada vez más alto! ¡Se impacientan!

—Está previsto.

—¡Apúrate!

—¿Te parezco que estoy presentable? ¿No debería ponerme otro vestido?

—¡Derribarán la puerta!

—¡Y yo sin maquillarme!

—No les digas que estoy aquí.

—Les diré que estás con los embajadores extranjeros. Y si desean una audiencia, que la supliquen por escrito con diez días de anticipación. Pensar que todo esto me lo debes a mí.

La mujer sale. El hombre, inmóvil y aterrado, espera. Al cabo de unos minutos ella reaparece, se sienta. Él la mira. Afuera se ha hecho el silencio. Él le pregunta:

—¿Qué querían?

—Cállate. Eres un fracasado. Los dos somos unos fracasados.

—¿Por qué? ¿Qué pasó?

La mujer se pone de pie de un salto, empieza a gritar:

—¿Y todavía lo preguntas? ¿Qué pasó? Pasó que otra vez te dejaste ganar.

—Hice lo que tú me pediste.

—Y qué es lo que yo te pedí, imbécil. Que hicieras algo como la gente. Algo que nos salvara de la pobreza. Y has elegido bien, tú. Te has lucido. Pero se terminó. Basta. ¡Fuera de aquí! ¡Quítate de mi vista! ¡No quiero verte más!

El hombre empieza a salir. Al llegar a la puerta se vuelve y mira a la mujer. La mujer llora. Él pregunta:

—¿Me dirás por lo menos qué sucedió?

Ella deja de llorar. Levanta la cabeza. Y por fin, después de un silencio, dice secamente:

—Resucitó.

Entonces Judas Iscariote sale de su casa y va a colgarse de la higuera.


denevi

Marco Denevi – 1922 / 1998

Ilustración: El Tomi Müller

Pueblo Emberá – Historia / Cosmogonía

Chocó fue el nombre que los conquistadores dieron a los nativos del litoral Pacífico. Entre ellos estaban los que se autodenominaban Emberá (“Gente”) ocupando las cuencas medias y altas de los ríos Atrato y San Juan y los afluentes orientales del río Baudó.

El pueblo Emberá estaba integrado por cuatro grupos principales, de los cuales se han desprendido los actuales grupos dialectales:
• Tatamá. En el alto San Juan y sus afluentes Sima y Tatamá.
• Citará. Alto Capá y Atrato.
• Cimbará. Medio San Juan.
• Grupo habitante de los afluentes orientales del río Atrato.

Los grupos compartían la lengua, la cosmovisión jaibaná, la movilidad territorial, el gobierno no centralizado, la cultura selvática y la estructura social, con unidades familiares como base de su sociedad y unidades más amplias para tareas cooperativas. Su economía se basaba en la agricultura itinerante del maíz, caza, pesca y recolección.

Además, se distinguían los grupos por su relación con el medio geográfico (bida: existencia):
• Eyabida. Gente de montaña   Eyo: Parte alta de la montaña y las laderas.     Emberá Chamí
                                                                                                                                                                  Emberá Katío
• Dobida. Gente del río                 Do: Río.
• Pusabida. Gente de mar           Pusá: Mar.
• Oibida. Gente de selva              Oi: Monte, selva adentro.

Con el establecimiento de la Gobernación de Nueva Andalucía, Alonso de Ojeda fundó el 20 de enero de 1510 el poblado de San Sebastián de Buenavista, en el margen oriental del Golfo de Urabá, estaba a cargo del más tarde famoso Francisco Pizarro. Hacia fin del año de su fundación, Núñez de Balboa la traslada al margen occidental, a Santa María de la Antigua del Darién, primer éxito colonizador en Tierra Firme. Se iniciaba el proceso de conquista y con ello la fragmentación de los territorios y cultura Emberá.

El carácter segmentario de su organización social les permitió resistir a la colonización de su territorio. Para rechazar las expediciones europeas se agrupaban bajo la autoridad de jefes de guerra temporales, o se dispersaban a sitios más inaccesibles.

A principios de siglo XVII, con los Emberá debilitados por las guerras y la viruela, se establecen los primeros centros para la extracción de oro en forma aluvial en el Alto San Juan – Nóvita y Sed de Cristo, los principales -, los emberá son utilizados como mineros y resultan víctimas de las guerras por el control de las minas.

En la segunda mitad del siglo XVII, se intenta la pacificación de la región por medio de las misiones, jesuitas en el San Juan y franciscanos en el Atrato. Estos últimos decidieron implantar el corregimiento, los castigos y la obligación de estar en los pueblos, hubo protestas y levantamientos disueltos por el ejército español; los nativos se dispersaron formando núcleos autónomos, explicando este hecho su supervivencia y la amplísima dispersión territorial que hoy presenta.

Entre 1718 y 1730, se crearon nuevas poblaciones en el alto San Juan y en el Atrato, incentivándose la colonización aurífera. A lo largo del siglo XVIII hubo constantes levantamientos nativos contra los españoles que respondieron con entradas de su ejército hasta consolidar su dominio. Las fundaciones posteriores de Dabeiba (1850), Puerto Rico (1876), Monte Líbano (1907), Tierra Alta (1913), profundizaron la desintegración de los resguardos Emberá.

A mediados del siglo XX, comienza una nueva etapa de fractura de la comunidad Emberá, al encontrarse sus territorios incluidos en el ámbito de la violencia generada por las guerrillas (FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), ERG (Ejército Revolucionario Guevarista), ELN (Ejército de Liberación Nacional) y el ejército colombiano.

La dispersión de las comunidades emberá condicionaron desarrollos disimiles, a partir de los contextos naturales en los que se albergaron y condicionados también por el tipo de poblaciones y de interacciones que afrontaron y que ejercieron diferentes influencias en cada grupo asentado en diferentes territorios. Hoy los encontramos distribuidos en en Colombia, Ecuador y Panamá. A pesar de ello, mantienen una cohesión a nivel cultural con elementos de identidad muy fuertes como su idioma, tradición oral, jaibanismo, y estructura social.

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El Universo Emberá y el Jaibanismo

Los emberá consideran a Dachizeze (Tatzitzetze, también conocido como Ankore), como el ser primordial, masculino/femenino, creador de todos los elementos y los primeros seres.

Engendró a Caragabi quien dio origen a los Emberá y a su mundo, ordenando el cosmos y permitiéndoles el acceso al agua, al fuego y a los alimentos.

Trutruica, era el dueño de Armucura (mundo subterráneo), según algunas versiones era también creación de Dachizeze; según otras nadie le dio existencia, y en ese sentido era semejante a Dachizeze.

El Universo Emberá esta compuesto de tres niveles principales:

1. El mundo de Caragabi. Algunos lo llaman “Mundo de las cosas azules”. En él residen Dachizeze, Caragabi, una serie de seres primordiales y el alma de los muertos.

2. Armucura. Mundo gobernado por Trutruica, debajo del humano, en ellos habitan los jai (esencias, espíritus).

3. Mundo del hombre, que vive en constante enfrentamiento con los jai y los seres primordiales.

En un principio, la relación entre el mundo humano y el de Caragabi era buena, los hombres podían acceder a él por una escalera, pero cuando no cumplieron con los tabúes, se rompió la posibilidad de visitar el mundo de arriba. A partir de ese momento, sólo los jaibanás (chamanes) pueden acceder a los niveles esenciales.

Los jai del mundo de Trutruica, son agentes de la enfermedad y la agresión, pero también de la curación y protección. Entre los jai están los “dueños” de cada especie animal, a los que el jaibaná invoca para propiciar su abundancia o ahuyentarlos.

Entre los jai más importantes, se destacan:

Antumía: Jai maligno, equivalente al demonio. Considerado también espíritu del agua.
Pakore: Madre del monte, custodia las cacerías.
Nusi: Pez gigante.


Representaciones del los jai, según los jaibaná del noroccidente de Antioquía.

Izquierda: Antropomorfas. Las figuras con doble línea de color rojo representan espíritus poderosos, las que tienen círculos o puntos representan jai disfrazados de serpiente.
Derecha: Zoomorfas. La representación de la fauna no se diferencia mucho de los jai con forma de animal.
Trabajo de campo de Sergio Carmona, publicado en “Percepción y representación gráfica del mundo Embera del noroccidente de Antioquia”, Seduca 1988.

El Jaibaná

La interacción con los espíritus jai, esta a cargo de los jaibaná, quienes continúan la labor de Caragabi. Los tratos de los jaibaná con los jai garantizan las actividades fundamentales de la sociedad y la continuidad de los ciclos naturales, estableciendo a la vez la territorialidad de las comunidades. Los jaibanás pueden penetrar en la esencialidad de todas las cosas presentes en el universo, entablar comunicación con ellas, y volverlas sus aliados para curar o agredir.

Jaibaná puede ser hombre o mujer, sin ningún tipo de particularidad. Inicia su aprendizaje desde niño, guiado por un maestro, un jaibaná sabio y poderoso. Gran parte de su enseñanza le es transmitida por el maestro apareciendo en sus sueños, permitiéndole ver por encima de los límites del tiempo y la distancia. En su comunicación con los jais conocen las propiedades curativas de las plantas.

El jaibaná realiza una serie de ceremonias cuyo fin es la comunicación con los jai. Estas se realizan en las noches y deben tener los siguientes elementos de parafernalia ritual: bebidas embriagantes para los jai; bastones de madera, tallas de curación, hojas, totumas, pintura facial y corporal. El jaibaná las oficia sentado en bancos de madera generalmente tallados con la figura de un animal.

La ceremonia curativa recibe el nombre de “canto del jai” . El jaibaná se sienta en su banco sosteniendo sus bastones con la mano izquierda y agarrando una hoja de palma en su derecha comienza a cantar, como lo hará rítmica y sostenidamente durante toda la noche, hasta terminar su tarea. Llamará a los jai dueños de la enfermedad para que, a sus órdenes y bajo su control, saquen el jai de la enfermedad y alivien al enfermo. Al final, los jais se marchan llevando el jai causante del mal, el cual ha quedado ahora bajo control del jaibaná.

También realizan curaciones de casas, de la tierra para su siembra y cosecha, del río y la selva cuando los recursos son escasos. Su poder se amplía a los fenómenos naturales, produciendo provocar lluvias, rayos, truenos, tempestades e inundaciones y hasta temblores de tierra.

Entre sus ritos más sobresalientes está la “ombligada” que se le practica a los niños en luna llena, pocos días después de nacer, aplicando diferentes sustancias sobre su vientre. Dicen que con este ritual, los niños adquieren fuerza para cazar, pescar y navegar. Celebran el bautizo de los niños, la iniciación de los adolescentes y la cosecha.

Creación
Dachizeze o Ankore
Ser primordial,
femenino/masculino.
 
Caragabi
Da origen a los Emberá y a su mundo.
Trutruica
Opuesto a Caragabi, con el mismo poder.
 Niveles del Mundo
1.  Mundo de Caragabi
De las cosas azules, residen Dachizeze, Caragabi, seres primordiales y el alma de los muertos.
Jabainá (Chamán).
Controla las esencias y entabla relación con los diversos mundos.
2. Humano
Habitado por los emberás, que sufren el constante enfrentamiento entre los jai y los seres primordiales.
3. Mundo de Trutruica
(Armucura)
Habitado por los jai (espíritus).

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