Miguel Pou Becerra – Puerto Rico

B_Puerto Rico

Miguel Pou BecerraMiguel Pou Becerra nació en Ponce, Puerto Rico, el 24 de agosto de 1880, hijo de Juan Bautista Pou Carreras y Margarita Becerra Julbe. Pou tomó clases de dibujo y pintura en Ponce. Comenzó a dibujar con Pedro Clausells y pintar con el español Santiago Meana.

Después de recibir un Bachelor of Arts del Instituto Provincial de Ponce en 1898, trabajó como profesor en el Departamento de Educación. Se convirtió en maestro de escuela pública a los 20 años, y asistente del superintendente en el distrito escolar de Ponce en 1900.

En 1906, completó el curso de metodología en la enseñanza de dibujo en la Escuela Normal Hyannis (ahora Hyannis State Teachers College) en Massachusetts, Estados Unidos. En 1909, se convirtió en director de la escuela Dr. Rafael Pujals en Ponce. También se casó en 1909 con Ana Valldejuly.

En 1910 estableció la Academia Miguel Pou en Ponce, una escuela de arte que estimuló a muchos jóvenes a interesarse por el arte. Dirigió su escuela durante los siguientes cuarenta años, hasta 1950. Fue muy admirado por sus trabajos artísticos en Puerto Rico. En 1919, interrumpió brevemente su presencia en la escuela de arte para continuar sus estudios. En ese año estudió en los Estados Unidos en la Art Students League en la ciudad de Nueva York y en 1935 en la Academia de Bellas Artes de Filadelfia.

Miguel Pou era generalmente impresionista en su estilo. Pintó paisajes puertorriqueños y pinturas tipo jíbaro. Quería capturar el ideal de lo que era un jíbaro o jibara. Pintó la belleza que la gente y la tierra tenían tanto desde el punto de vista físico como espiritual, fusionando sinérgicamente ambos. “Su obra se considera impresionista por su uso de una paleta de colores y de luz, aunque presentaba la realidad tal como la veía, sin suavizarla ni exagerarla. Sin embargo, es un pintor de la escuela realista debido a su esfuerzo por representar la realidad puertorriqueña “.

La obra maestra de Pou “Los Coches de Ponce” (1926) recibió muchos premios. En 1926, había perfeccionado considerablemente su forma de arte desde los días de “Las Lavanderas” (1896). En 1926 se había establecido un nombre, y Los “Coches de Ponce” ayudó a posicionar a Pou entre los mejores pintores de Puerto Rico.

Falleció en San Juan, Puerto Rico, el 6 de mayo de 1968.


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Rafael Menjívar Ochoa – Fade Out

B_El Salvador

R.Menjivar Ochoa

Rafael Menjívar Ochoa

Nació en San Salvador, el 17 de agosto de 1959, fue un escritor, periodista, traductor salvadoreño. Su padre, el economista Rafael Menjívar Larín, era rector de la Universidad de El Salvador cuando el ejército la ocupó en 1972 y lo exilió hacia Nicaragua. El resto de la familia abandonó el país en enero de 1973 hacia Costa Rica, donde se reunió con el padre. En 1976 se instalaron en México, donde Menjívar Ochoa vivió durante veintitrés años. Estudió música, teatro y letras inglesas.

En 1999 se instaló en El Salvador, donde en 2001 se convirtió en Coordinador de Letras (director de literatura) y en 2001 fundó La Casa del Escritor, proyecto para la formación de escritores jóvenes, ubicado en la que fuera casa de Salvador Salazar Arrué (Salarrué). Pertenece a la llamada “Generación del Cinismo” o “Generación del Desencanto”, junto con Horacio Castellanos Moya, Jacinta Escudos y Miguel Huezo Mixco, entre otros que comenzaron su producción literaria en la época de la guerra. Fue compañero de vida de la poeta salvadoreña Krisma Mancía.

Falleció en San Salvador el 27 de abril de 2011.

Dice sobre él Miguel Huezo Mixco: Fue un mexicano singular. Nació en El Salvador (1959) pero cuando era un adolescente se fue a México, escapando de la violencia política. Vivió en el DF la mitad de su vida. Sus cuentos y novelas acontecen en México. Sus protagonistas, además, emanan el acento de los marginales mexicanos. Él mismo hablaba como mexicano: un salvadoreño que sudaba mexicano. Su nombre, sin embargo, todavía toma de sorpresa hasta a los mejor informados.

Después de buscarse la vida como periodista, traductor y guionista para cómics, decidió volver a su país natal, donde murió en abril de este año a causa de un agresivo cáncer. Algunos de sus libros –publicados en pequeñas editoriales– se cuentan entre los mejores de la “literatura negra” de Latinoamérica. El cuento “Fade out” pertenece a su libro Un mundo en el que el cielo cae y cae (San Salvador, Revuelta, 2011).


Fade Out

–¿Quién? –volvió a preguntar.

Su voz me estaba cansando. A ratos era ronca y agradable, pero se pasaba el tiempo tratando de hablar como niña pequeña. No le quedaba ni a su estatura ni a su cuerpo. Pensé que la iba a extrañar: su madre la había copiado de alguna estatua, y uno no deja sin remordimientos a alguien que parece una estatua.

–¿Quién? –repitió.

No había gritado, pero la voz se le puso tan chillona que me dieron ganas de golpearla.

–Nadie –le dije–. No conozco a nadie. Me la he pasado metido en la cama contigo.

Seguí barajando las cartas. La mesa estaba sucia. Todo estaba sucio. El baño estaba sucio. Cada vez que entraba al baño tenía miedo de que algo me mordiera. No había luz, no había regadera, solo el excusado, el lavabo, una manguera conectada al lavabo y una cubeta para bañarse.

Se quitó las sábanas de encima. La cama estaba a tres metros y aun así me llegó todo su olor; era de esos que hacen que uno deje de pensar. Tres semanas antes no lo había pensado y me había tirado de cabeza en la cama; ahora pude soportarlo.

Se arrodilló en la cama y empezó a acariciarse los pechos y las caderas.

–¿Alguien te ha dado algo mejor?

–No –le dije.

Se apretó el pubis con las manos.

–¿Mejor que esto?

Saqué otra carta.

–Seis de espadas –le dije–. No me acuerdo qué significa.

–Deja las cartas –me dijo.

Se echó boca arriba, con las piernas abiertas.

Saqué otra carta y se la enseñé.

–Nueve de espadas –le dije–. ¿Sabes qué significa el nueve de espadas?

–Que se vaya a la chingada el nueve de espadas. Quiero que vengas.

–Ya no –le dije.

Puse aparte el nueve de espadas y seguí barajando. Se puso furiosa.

–¿Me vas a dejar? –preguntó.

–Sí –le dije.

–A mí no me dejas –dijo, sentándose otra vez–. A mí nadie me deja. Yo dejo a quien se me da la gana, pero a mí nadie me deja.

Saqué otra carta: dos de espadas. Se la enseñé.

–Obstáculos –le dije–. Nueve de espadas y dos de espadas. Parece que hoy solo van a salir espadas. ¿De verdad no sabes lo que quiere decir el nueve de espadas?

Se paró. Era casi tan alta como yo. Estaba sudando. Yo también; hacía calor.

–Crees que soy ninfómana, ¿verdad?

Estaba caminando hacia mí, como gato que va a descuartizar a una mariposa.

–Pues no soy ninfómana. Si los hombres no aguantan a una mujer de verdad, peor para ellos.

Saqué otra carta.

–As de espadas –le dije–. Eso significa que sí eres ninfómana.

Me dio en la oreja con la mano abierta. El mundo se puso rojo.

Cuando me di cuenta ella estaba en el suelo, con la cabeza sobre la cama. Un ojo se le estaba hinchando y tenía la boca reventada. Yo estaba parado en medio de un reguero de cartas. Me costaba respirar. La mesa estaba tirada en el suelo.

–¡Te vas a la mierda! –me gritó–. ¡Te vas a la mierda!

Por lo menos estaba viva. Me sentí bien de que estuviera viva.

Recogí una carta.

–As de copas –le dije–. Casa, hogar, familia.

No me dio tiempo de abrir la puerta. Dio un grito. Me volví y la vi venir con algo en la mano. Una lata de sopa. No sé si uno es estúpido o qué: de lo primero que me di cuenta fue de que la lata estaba oxidada en uno de los bordes. Casi me dio un ataque de risa.

Fue fácil quitarle la lata. Lo difícil fue lograr que me soltara. Me abrazó y empezó a decirme que no la dejara, que me iba a matar, que la perdonara, que era un hijo de puta, que me quedara con ella. Trataba de besarme y me mojaba de lágrimas. No me sentía bien.

–De todos modos me voy a ir –le dije.

Pensé en la policía, que estaba allá afuera, en todas partes, y no me importó. Daba igual que me agarraran ahora o dentro de diez años.

Me soltó.

–Está bien, te vas a ir, pero mañana. Hoy quiero que estés conmigo. Solo hoy. La última vez. Solo hoy.

De todos modos debía ser más de la una de la mañana y no tenía dónde ir. El cuatro de oros estaba tirado contra una pared. Lo recogí y se lo enseñé.

–Cama de amor –le dije–. Ve a darte un baño.

–¿No te vas?

Le besé la frente. Ella se metió al baño.

El departamento era solo un cuarto inmenso. Allí cabían la cocina, el baño, el comedor –una mesa y dos sillas–, la cama y un ropero grande. Junto al ropero había una ventana que daba a la bahía. De vez en cuando se oían las sirenas de los barcos. Era un sonido triste. Pensé que a alguien que está huyendo no se le ocurriría ir a Acapulco sin dinero y con todos esos policías dando vueltas por todas partes. A mí se me había ocurrido.

En el baño se oía cómo se llenaba la cubeta. Abrí una puerta del ropero.

Los roperos son lugares raros. En ese lo primero que se veía era un payaso de trapo, desteñido y feo. Alrededor, miles de cosméticos y perfumes. Mi cara me vio desde un espejo pegado en el fondo; parecía tranquilo, pero no me confiaba de las apariencias. Abrí la otra puerta: tres vestidos chillones, tres batas, un par de pantalones y blusas y no mucho más. Regresé a la primera puerta y abrí el cajón de hasta abajo. Estaba lleno de ropa interior. Si había algún secreto, me dije, tenía que estar allí. De seguro sería un secreto de lo más estúpido.

Metí la mano debajo de toda la ropa interior y me puse a hurgar. Había una caja de madera. Sigue leyendo

Pueblo Garinagu “Caribes Negros”

B_Pueblos Originarios

Garífuna (“la gente que come yuca”), refiere al individuo, Garinagu es el término que ellos usan para referirse a su pueblo. También son conocidos como Caribes Negros o Garifune.

Historia:

San Vicente (Yurumein en Garífuna, Hairouna para los Caribe), es una isla volcánica situada en el Mar Caribe, con una superficie de 345 km2, fue poblada por arawaks al principio de la era cristiana. Hacia el año 1200 grupos masculinos de caribes llegaron desde el Delta del Orinoco en embarcaciones de un solo tronco que podían transportar más de sesenta hombres, dominaron a la población arawak eliminando al los hombres y tomando a sus mujeres que continuaron portando la lengua y cultura arawak– para generar una nueva estirpe indígena: los Caliponan o Caribes Rojos.

Garifunas origen

El origen de los antepasados de los garífunas fueron esclavos negros, que desde África Occidental eran trasladados hacia las minas y plantaciones de América; se cree que fue en 1635, cuando dos barcos españoles naufragaron frente a las costas de San Vicente y sus cautivos escaparon nadando. Los Caliponan les dieron refugio a estos africanos ansiosos por establecer lazos amistosos y comenzar una nueva vida. Al mezclarse formaron la cultura Garinagu (Garífuna) o Caribes Negros, una amalgama entre las tradiciones de pesca y agricultura caribe y la espiritualidad, música y danza africana.

En el siglo XVI, la expresión Kalinagu se utilizaba en la isla para identificar negros radicados en ese espacio caribeño. Del Kalinagu se derivó en el siglo XVII, el término Garinagu-garifuna. El nuevo pueblo se fortaleció y creció a lo largo del siguiente siglo, convirtiéndose en un enclave de hombres libres; una seria amenaza para los países esclavistas. La población negra de San Vicente se incrementaba con los africanos esclavizados que huían de las cercanas islas de Barbados, Santa Lucía y Granada. Para el siglo XVII la sociedad negra era la dominante en isla. La disputa por recursos y territorios hizo que los grupos se dividiera: los Garífunas se establecieron en el noroeste y obligaron a los Caliponan a moverse al oeste de la isla.

Cuando la noticia de las disputas entre los grupos de pobladores de San Vicente llegó a Francia, su gobierno intentó apoderarse de la isla. Se aliaron con los Caliponan y enviaron (año 1719) unos 500 soldados. Los Garífuna desde las montañas practicaron una guerra de guerrillas, los franceses no pudieron dominarlos y al cabo de unos años optaron por establecer lazos amistosos con ellos. La comunidad Garífuna adquirió de los franceses el gusto por el vino, adoptaron la moneda francesa como medio de intercambio para el comercio, obtuvieron nombres franceses y eventualmente se convirtieron en sus aliados contra de la colonización inglesa.

La firma del Tratado de París de 1763 otorgó a Inglaterra la posesión de la isla de San Vicente, numerosos colonos ingleses comenzaron a llegar, intentando que los garífunas les cedieran sus tierras fértiles para la siembra de caña de azúcar, ante su intransigencia, los provocaron hasta llegar a la guerra declarada, la “Primera Guerra del Caribe”. El 17 de febrero de 1773 firmaron un tratado de paz, los Caribes Negros se reconocían como súbditos del rey Jorge III y se radicaban en la mitad norte de la isla, autorizados a ejercer el libre comercio y la pesca.

En 1776 las Trece Colonias inglesas de Norteamérica redactan su Declaración de Independencia, la acción implicó un retroceso para el Imperio Británico situación que permitió a los caribes -con ayuda francesa- recuperar el control de la isla entre 1779 y 1783, cuando por un nuevo Tratado de París, el Reino Unido reconoce la Independencia de Estados Unidos de América, pero recupera la posesión de San Vicente.

Con James Seton como Gobernador y una numerosa tropa al mando del general Ralph Abercromby, los ingleses están decididos a tomar el control total de la isla. Joseph Chatoyer (Satuyé) comanda la resistencia dando lugar a la “Segunda Guerra del Caribe”, llamada por los ingleses “Guerra de los Bandidos”. Cuenta con la ayuda de Du Valle, su medio hermano, importante jefe garífuna, militar implacable, que había tenido el control de Kingstown y Dorsetshire Hill y de un grupo de franceses inspirados en los ideales de la Revolución que sacudían a su país.

1795, Muere Chatoyer

Chatoyer se reunió con sus seguidores franceses en Chateaubelair, para dirigirse a Dorsetshire Hill, desde donde las fuerzas conjuntas iban a lanzar el ataque a Kingstown.

El 14 de marzo de 1795 un batallón británico llega a Dorsetshire Hill, esa noche muere Chatoyer. Existen varias versiones de lo sucedido:

• Murió en combate.

• Pierde el duelo con el mayor Alexander Leight, quien era experto en esgrima.

• Fallece en una emboscada cuando concurría a negociar.

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Chatoyer con sus cinco esposas. Barauda era la principal. Compañera permanente, aliada y consejera.

Se cuenta que Satuyé (Chatoyer), poseía un amuleto que le otorgaba poderes por lo que ningún mortal podía acabar con su vida, y que ese día Barauda –su esposa principal– lo había escondido para que su marido cesara en sus combates.

La muerte de Chatoyer, derrumbó el ánimo garífuna, produjo el retiro de los franceses y un vuelco en el curso de la guerra. La resistencia indígena continuará bajo el liderazgo de Du Valle hasta su rendición al año siguiente.

Joseph Chatoyer es considerado héroe por los garífunas, símbolo de su resistencia a la colonización europea

Isla San VIcente

Isla San VIcente “Yurumein” en Garífuna

Los ingleses expulsan a los garífunas de San Vicente, 4.644 son embarcados como prisioneros a la isla de Baliceaux, de 130 hectáreas de superficie –entre las de San Vicente y Granada– donde las condiciones para la vida eran imposibles. Sobreviven 2.026 que son transportados a Punta Gorda en la Isla de Roatán frente a las costas de Honduras donde son abandonados el 12 de abril de 1797.

Según una leyenda, los garífunas escondieron entre sus ropas mandioca, que se mantuvo en buen estado gracias al sudor que emanaba de los cuerpos hacinados de los cautivos. Plantaron la mandioca en esa isla, donde creció en abundancia. Cada año, en Belice, al representar su llegada, los lugareños se hacen a la mar y se dejan llevar de regreso a la playa, mientras ondean frondas de palmeras y hojas de bananos como símbolos de la mandioca que dio sustento a sus ancestros.

La mayoría no permanecerá mucho tiempo en la isla, solicitan a los españoles que se lo traslade a la costa hondureña, que los autoriza a cambio de usarlos como soldados o fuerza de trabajo, así arriban a Trujillo antigua capital de Honduras (hoy capital del Departamento de Colón).

En Honduras el clima político no les favorecía, estaban aliados a los españoles cuando se gestaba la independencia centroamericana, así se produce un movimiento poblacional que funda aldeas pesqueras por toda la costa caribeña centroamericana, el mayor número se dirige a Belice. Allí se celebra el 19 de noviembre como el “Día del Arribo” al igual que en Nicaragua, mientras en Guatemala se lo hace el 26 de noviembre y en Honduras el 12 de abril.

Hacia el año 1900 empresas bananeras se establecieron en la costa centroamericana, muchos garífunas se establecieron en lugares aledaños a esas compañías que eran demandantes de mano de obra, para el año 1940 una plaga devastadora provocó su desempleo. Se produjo una nueva migración, esta vez Nueva York constituyó el destino preferido. Hoy hay generaciones garinagu nacidos en Estados Unidos, que envían divisas a sus sitios de origen. Es común que los emigrantes regresen a pasar su vejez a su pueblo natal. Como dijo un antropólogo: “En la historia de la interculturalidad garinagu, la relación con nuevos universos es una constante”.

El pueblo garífuna ha mantenido increíblemente sus interesantes tradiciones culturales, herencia de sus ancestros de África Occidental y de nativos americanos caribes-arahuacos.

Todavía comparten mucho con los indígenas de la selva amazónica: bailes en círculo, prácticas religiosas y creencias, la importancia de la pesca y la yuca como base de la alimentación, etc.; sus antepasados africanos también dejaron una huella profunda: el baile de “la punta”, muchos cuentos, estilos de toque de tambor, cultivo del plátano, sacrificios de gallos y de cerdos. A los rasgos mencionados, los europeos aportaron unos y modificaron otros: muebles de casa, religión, hábitos alimenticios, estilos de vestir y folclore. Los garífunas conservan mucho de lo ancestral a medida que adoptan lo nuevo.

Garifunas Distribución

Distribución del pueblo Garinagu


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Guafa Trío – Marta Gómez / La Raíz

B_Colombia

Detrás de un árbol de cerezos
se escondió la primavera
siembro en un cesto la hiedra,
en un dedal siembro romero
y de la raíz que le crece
se derrama un aguacero.

El cielo en tus ojos brilla,
de tu risa se ilumina,
se alimenta el mundo entero.
Sin ti la palabra calla,
calla el alma, la tonada,
calla oscuro el universo.

Vuela al cielo mariposa,
libélula encantada,
vuela alto, vuela lejos,
pero quédate en mis alas.

Detrás de un árbol de cerezos
se encerró la primavera.
Guardo en un gesto tu abrazo.
en un papel guardo el recuerdo
y de la raíz que le crece
se derrama mi silencio.

El cielo en mis ojos llora,
de tu risa se enamora,
se alimenta el mundo entero.
Sin ti la palabra calla,
calla el alma, la tonada,
calla oscuro el universo.


Marta Gomez

Marta Gómez


Guafa_Trio

Guafa Trío
Ignacio Ramos – Dirección Musical, Flauta Traversa y Maracas
Cristian Camilo Guataquira “Chamy” – Cuatro Llanero
Javier Andrés Mesa – Bajo Fretless Acústico y Bajo Eléctrico

Delia Quiñónez – Poeta guatemalteca

B_Guatemala

eb3f633e-91fe-4261-90b7-5d79c4e9e6e5_879_586Delia Quiñónez nació en la ciudad de Guatemala el 7 de marzo de 1946. Miembro fundador del Grupo Nuevo Signo, participó en las lecturas de poesía con que se dio a conocer este grupo. Maestra de Educación Primaria, por el Instituto Normal Centroamérica, INCA; Profesora de Enseñanza Media en Lenguaje y Estudios Sociales -Magna cum Laude- por la Universidad Francisco Marroquín; Licenciada en Letras -Cum Laude-, por la Universidad del Valle de Guatemala.
En su gestión como encargada del Departamento de Actividades Literarias de la Dirección General de Cultura y Bellas Artes en los años 80, impulsó la publicación de obras de autores guatemaltecos. A su iniciativa se debió la edición de la ya clásica antología Los Nombres que nos nombran: panorama de la poesía guatemalteca, de 1782 a 1982 a cargo de Francisco Morales Santos.
– Ha sido promotora, administradora y asesora cultural; docente de literatura guatemalteca y comunicadora.
Ha publicado poesía, estudios y comentarios sobre temas literarios, culturales, de artes plásticas y feministas, en periódicos y revistas.

Autora de:

Barro Pleno, poesía, 1968.
Otros Poemas, poesía, 1982.
La poesía de José Humberto Hernández Cobos, ensayo, 1985.
Elogio de la vida en la poesía de Julio Fausto Aguilera, ensayo, 1973
Nos habita el paraíso, poesía, 1990
Ultramar, poesía, 1991
Vuelo de piedra, puño y flor. (Breve antología poética), 1999
– Astroloquía, cuentos zodiacales. Guatemala, 2001. En coautoría con Julia Abbott y Marcela Valdeavellano.
Letra sobre Letra – Motivos para el Poema– ensayo, 2001 (Discurso de Ingreso a la Academia Guatemalteca de la Lengua)


Barro pleno

Encinta de sol,
colmada de tu barro limpio y firme
vas trasmutando mi cuerpo

en viva flor que destila rocío tras tu ruta.

Vegetal,
el temblor de mis dedos
trenza cuencas azules
y transitan por tus ojos
leves hiervas de fiebre
y fértiles vagidos que me anuncian.

Matriz plena de sol, de Ti,
cuando gritas que mi cuerpo
es un cáliz de substancia amanecida;
de tus manos
cuando aúllan tus dedos
y mi piel tan suave…
Matriz de cauce pleno:

…Ni siquiera una rosa colmaría tu abismo

si este sol que te llena se perdiera

en el azul de un ángelus tardío.

Marzo, fuego de vigilia

                       (A los mártires de 1962)

Marzo, tilitante responso
viejo y ensombrecido clavel.
¡Qué multitud de ojos desgarrados
reflejan aún tus amapolas!
¡Qué avalancha de voces
hace rugir la delgadez callada de tus ríos!
¡Cuántas sombras errantes hieren
tu adorada canícula de siglos!

Marzo, dura crin,
cristal de turbia llamarada.
Madre, que tu hijo no esconda su lágrima,
que no niegue su cruz,
que no oculte el arado;
de llanto, cruz y tierra
nace la espiga jubilosa
y el maíz inmaculado del mañana.
Marzo, taciturna gaviota
ilímite fragancia enardecida.

Amado, un pájaro tira su sombra
en la ventana.
Su tibia voz inmóvil
guarda el temblor
del equinoccio muerto.
Deja que atisbe la ventana:
Marzo está ciego
bajo su misma luz dorada.

Marzo, pleamar de la angustia,
rosa de espinas duplicadas.
Me duele atravesar tu sombra hirsuta
y respirar tu aroma enmohecido.
Duele palpar tus rosas
de vigilante espuma negra.
Marzo, ola de espera,
bendito fuego renovado.
Me duele tu vientre envilecido.
Muerdo la voz que niega tu esperanza.
Visto dolores transitorios:
honda forma de amar y esclarecer
tu tardía primavera,
tu rocío de cúspides heladas.
Marzo, ritual inconmovible,
¿qué clamor cabe entre el rocío y tus palabras?
¿Qué viento insigne mirará tus cenizas sepultadas?

Nos habita el paraíso

En nuestros templos
habita el paraíso
profundo y claro
en la oquedad que dejan
los besos
y el temblor de espasmos milenarios
el fuego es apenas un roce
en la curva del tiempo
un trecho recorrido
en algas,
tibiezas y recuerdos.

Nos habita el paraíso
ungido de fragancias
tatuamos en la piel
arcángeles inermes
y dejamos así
-balsa y fuego-
las próximas estrellas de quietud
en la memoria.

Otros poemas (6)

No puedo saber
si tu muerte
hirió la arena y el musgo
del pasado.
Ávido,
te cubriste de tiempo
con una espada
de odios y silencios.

Cardo tu corazón,
hiel tus ojos,
filo enhiesto y amargo
las manos
que apretaron la sal,
de tus playas
y el surco
de tus lágrimas tardías.

Agua, musgo y arena
para tu corazón vencido:
viejo manto de angustia
que arrasa aun de tempestades
el silencio
y la luz de las estrellas.

Pájaros

La tarde se tiñó de pájaros,
fue preñándose de plumas…

La vi alzarse
profunda como una campanada.
Pero fue quedándose quieta,
tornándose lejana:
se borraron las plumas,
su tintura de pájaros
fue muriéndose toda…

Íntima

No te diré
de qué fibra está formado
el corazón que me sostiene:
me será más dulce decir
que lo tengo hecho de Ti,
de tu sonrisa,
y de las penas inmensas
que me llegan contigo…

Orilla redentora

¿Dónde
si no en el beso,
encontraremos la orilla redentora?

Leve espada
anida y combate
compartiendo la savia
que deviene en torrente.

Uva frugal.
Ayuno de antiguas plenitudes.
Agua y jugos
humanamente turbios
coronan
sin laureles
la puerta vital del paraíso.

Besos de eternidad
marcando territorios,
colinas,
cavidades.
Antorcha en la balsa.
Lengua y labios
avanzan
en lúbricas saetas
hasta la vieja orilla
que redime
la irreverente ambigüedad del paraíso.

Walter Solón – Pintor boliviano

B_Bolivia

Walter_SolónWalter Solón Romero Gonzales nació en Uyuni, Potosí, Bolivia; el 8 de noviembre de 1923 fue un destacado pintor y muralista boliviano.
Quedó huérfano a muy temprana edad y fue enviado al internado Sagrados Corazones de la ciudad de Sucre, es allá donde el pintor Cecilio Guzmán de Rojas, en una visita reconoció su talento y le ofreció una beca de estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles de La Paz.
En 1944 en Sucre participa en una exposición colectiva y en 1946 presenta su primera exposición individual. Viaja a Chile en 1947 a estudiar la técnica del fresco con el maestro Laureano Ladrón de Guevara, en cuyo taller pinta su primer mural llamado “Bolivia”; estudia también grabado con Marco A. Bontá y vitral con Manuel Banderasen en la Escuela de Artes Aplicadas de Chile. En 1948 expone en la sala de Arte del Ministerio de Educación de Chile y gana el primer premio honorífico a extranjeros. En 1949 realiza su primer vitral en la Universidad Mayor Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca en Sucre. En 1950 junto a Lorgio Vaca, Gil Imaná y Jorge Imaná funda el Grupo Anteo en Sucre.
Desde el primer momento cultivó un arte social y comprometido al servicio del pueblo y en denuncia de las injusticias, como se manifestó en su ingente producción mural. Jaime Zudañes y la Revolución de Mayo (1950), Mensaje de Patria Libre (1950), Historia del Petróleo Boliviano (1959) y La Revolución Nacional (1964) son algunas de sus pinturas murales más destacadas.
En su obra destacan sus series de grabados inspirados en la máxima creación de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Realizados en distintos momentos de su trayectoria, ponen de manifiesto su evolución y su afán de vincularse a la circunstancia vital e histórica concreta. Así, El Quijote y los Perros, concebido durante la dictadura de Hugo Banzer, constituye una denuncia ante la desaparición de José Carlos Trujillo, su hijo mayor. La intervención militar de las minas dio lugar a El Quijote en las minas (1976), y el exilio del propio artista quedó reflejado en El Quijote en el Exilio. Entre 1986 y 1990 creó la serie El Quijote y los Ángeles, feroz sátira contra los políticos corruptos.
En la última etapa de su vida amplió sus horizontes interesándose por nuevas técnicas, pero manteniendo siempre su profunda inquietud por las injusticias sociales como tema principal. El 20 de mayo de 1989 recibió el título de doctor Honoris Causa por la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, por la obra El retrato de un pueblo (1985-1989), un mural con cuatrocientos personajes de la historia boliviana de una superficie de 208 metros cuadrados.
En 1994 junto a su hijo, Pablo Solón, crean la Fundación Solón, dona su casa/taller ubicada en el barrio de Sopocachi, para convertirla en la Casa museo Solón.
Falleció en Lima, Perú, el 27 de julio de 1999, sus cenizas descansan en la Casa museo Solón.


Galerías:
“El quijote y los perros”

 

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“Murales”

 

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“El quijote en Los Andes”

 

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Madre

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El quijote en la memoria Lt

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Justo Arroyo – Revelación

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Revelación

Su vida no es desorden más
que para mí, enterrado en prejuicios
que desprecio y respeto al mismo tiempo

Julio Cortázar
Rayuela

Podía ser en su momento más ocupado. Podía llegarle en medio de un dibujo, en el trazo de una frase; a veces hasta cuando hacía el amor.
Le podían estar contando el chiste más envolvedor, la anécdota más exteriorizante, no importaba.
Maruelo había llegado a sorprender los instantes, cuando el tiempo se le detenía en la cara, como si se levantara entre él y los demás un cristal, parpadeaba seguido y la mente se le ponía afuera, viéndose y viéndolos. Entonces hacía un movimiento de cabeza, como sacudiendo la idea para regresar al momento.
Había que ser muy perspicaz para notarle esta expresión, ya que por otra parte, tenía fama de distraído.
Maruelo había descubierto la muerte.
Y como era muy sano, pues jamás se había enfermado, no era temor lo que lo hacía detenerse, era una especie de felicitación que se hacía por tener estos destellos que se le antojaban exclusivos, recordatorios de una mayor ligereza a su acostumbrada pasta.
Maruelo era lo que sus amigos llamaban un buen tipo. Sólo tenía una pequeña turbiedad social y era un divorcio. Este hecho se le antojaba como una prueba más de su inestabilidad y era el causante de que anduviera —sin que él recordara en qué momento había empezado— con la cabeza un poco baja, que no mirara a los ojos cuando hablaba y que, cuando lo hacía, trasmitiera un aire de disculpa por estar allí, sin haberse realizado, inseguro, pero, como todos podrían ver, un buen tipo, siempre tomado en cuenta para fiestas, reuniones cívicas o políticas.
Maruelo tenía el tacto suficiente para armonizar a los demás; sus opiniones eran eclécticas y se le consideraba un buen conversador. Al menos, cuando hablaba se le escuchaba, porque se esperaba de él siempre una opinión honrada, sin las complicaciones de la originalidad, de la chispa o del doble sentido. Era como un palo firme entre aguas movibles y a sus amigos jamás les faltaba tiempo para, en una discusión, reclinarse y permitirle exponer. Aunque su idea no tuviera mucho peso, era la persona indicada para crear un paréntesis: sus palabras dichas con esfuerzo pero sin patetismo, fijaban una lógica pedestre que tenía su valor, pero que, sobre todo, permitía chupar el cigarrillo, tomar dos tragos seguidos o echarle hielo al vaso. Además, Maruelo era el mejor escuchador. Jamás interrumpía al que hablaba, levantándole la mano, por el contrario a los que hacían algún comentario dentro del discurso de alguien, logrando concentración general para que el otro, antes que nada, se sintiera bien, se expresara y sintiera la magia de la atención. Aunque la atención del propio Maruelo era errática, pues con pocas palabras estaba en otro lado; sus ojos podían estar aceptando, podía, incluso, asentir en el momento indicado, negar con la cabeza o tistiquear, lamentándose de lo que no había entendido sin que el otro se diera cuenta.
Es decir, se consideraba dividido en dos, y se decía que la parte privada, de salir a la superficie, lo dejaría total y absolutamente solo, espantando a sus amigos y condenándolo a ser el genio que creía ser y temía reconocer.
Maruelo había leído más que todos sus amigos, pero sus conocimientos caían en la conversación como fragmentarios, como retazos de cultura que hubiera adquirido sin mayor esfuerzo; una cultura que parecía de revistas, de diarios, de cine y televisión. Por eso había el grado de respeto pero sin la reverencia; antes bien, con un dejo de inseguridad por lo que había dicho, poco respaldado por su persona, su falta de vehemencia.
No ofendía, quiero decir, y si en un principio le molestó esta amorfidad que sabía exudaba su continente, luego la aceptó, pero sin sentirse superior, porque reconoció que, en efecto, sus ideas poseían una disgresión producto de su falta de sistema. Y cada día veía más lejano el momento en que todo tuviera coherencia de línea recta, en sus palabras, en sus acciones, en su vida. Veía su cerebro como una casa desarreglada, con cuartos con objetos fuera de lugar: una recámara con una refrigeradora, por ejemplo, una sala con un sumidero lleno de zapatos. Y él, Maruelo, se había prometido durante demasiado tiempo que algún día arreglaría todo: abriría las ventanas, las puertas, dejaría entrar un viento muy helado, recogería las telarañas y cada elemento se colocaría en su puesto. Pero el momento de la verdad se dilataba y la casa seguía en desorden, dándole a su persona un aire de fragilidad, de ausencia.
Porque Maruelo no despegaba, ofrecía confianza, y el hecho de que pudiera deslizarse en su trabajo sin tropiezos, de que siempre tuviera una mujer al lado y que su casa fuera cómoda, lo hacían insustituible, como un objeto inmóvil necesario en nuestra época de trashumancia. Si se hubiera metido a hippie, si hubiera resuelto abandonarlo todo para dedicarse al budismo, habría recibido la dispensión de sus amigos mientras que, en otras casas y en otras fiestas, calcularían en silencio el tiempo que le tomaría volver.
Y su acompañante del momento, sin excepción, lo consideraba el marido ideal, la cifra que no sería difícil manipular debido a la protección que parecía le faltaba: Esa camisa sin un botón, la corbata arrugada, la bragueta abierta o los zapatos gritando un lustre, las uñas sucias o el VW lleno de libros y colillas, le daban el toque que atraía a las mujeres, el aspecto de urgencia por la mano que llevara al seno, dos caricias en la cabeza, tu cabeza en mi pecho, yo te protejo, Maruelo. No le molestaba ese aire de despertador de maternidades, pero siempre que podía trataba de sacudir esa impresión mediante una activación del orden y de la independencia que le causaba tensiones. Y al rato las cosas volvían a moverse de lugar, las veía caer como polvo en luz, sabía que debía alargar la mano, luchar por la permanencia, pero las cosas caían, les pasaba al lado y otros se encargaban de arreglar.
Jimena por ejemplo, que prácticamente se había adueñado de su departamento, Maruelo dejándola hacer, permitiendo que tuviera una llave, llegaba en su diligencia a tratarlo con la firmeza con la que lavaba los platos, barría o botaba la basura. A él, luego de bañarlo y seleccionarle el traje, lo sentaba en una silla, un café al lado y los cigarrillos, cosa de que no se moviera, no interrumpiera su labor que duraba, o que su próxima visita, cuando, una vez más, luego de su movimiento acusatorio de cabeza, Maruelo los brazos a los lados, como diciendo que no era tanto su culpa como de sus amigos, entraba en acción reclamándole su poco interés, aprecio por sus desvelos.
Él trataba.
A veces, ante su próxima visita, se pasaba horas arreglando el piso, con un detallismo que lo enorgullecía pero que, con el departamento arreglado, los vasos y ceniceros limpios, le dejaba un sabor frío en la boca, de inutilidad, de tiempo perdido y, lentamente, no como protesta sino como afirmación de vida, las cosas iban cambiando de sitio, bailando con él el desarreglo de su cerebro, encajando en éste su orden al revés, que tantas incomodidades le causaba, que algún día enderezaría pero que lo llenaba de una escondida satisfacción.
Desde que había descubierto la muerte, su dualidad se hizo más conflictiva, géminis perturbaba y ponía en paz. Progresivamente, sin embargo, iba ganando la batalla al no exigirse tanto. Es decir, se exigía cada vez más, pero los propósitos pasaban a una categoría de suspensión, a un depósito de futuro desmenuzamiento en el que esperaba el sistema. Y se le ocurría, también, que quizá ése era su sistema, que el proceso era lo que en realidad valía y que el no lograr algo tangible, clasificable, era todo el propósito de la vida. De donde, en los momentos en que descubría la muerte, con la felicitación, se decía que de eso se trataba, de ir acumulando estas verdades, como guía atemporadora de sus ambiciones.
Sólo que las ambiciones no cesaban, y dentro y fuera continuaban cruzándolo, hasta este momento en que debatía consigo mismo si salir o quedarse a esperar a Jimena. Decidió por lo primero, diciéndose que ella lo esperaría, pensando que alguna urgencia lo había requerido y haciéndose cómoda.
Hoy no sentía deseos de hacer el amor. Al menos, no con Jimena. Para Jimena, pensaba, el amor era un asunto, un acuerdo que tiene sus reglas. Una forma de poner los cuerpos en orden, como se arregla la casa. Le daba la impresión de estar efectuando una labor de higiene: Cada caricia, movimiento, como paso necesario para sacarle al cuerpo lo malsano. Por eso —se dijo parándose bruscamente— cuando terminaba, luego de tres gritos y un empujón violento desde abajo, se sentaba en la cama, se daba un golpe en las piernas con las manos abiertas y se paraba a continuar la relación en otro cuarto de la casa, en la sala o en el estudio, puntos de partida para la próxima acción. Y aunque también le molestaba este practicismo que se tomaban con su cuerpo, variante de su trato con sus amigos, Maruelo no hacía nada por variar la situación; su forma de protestar, si protesta era, consistía en alejarse con el mayor disimulo posible, sin herir susceptibilidades, abriendo la puerta sin el menor ruido y saliendo sin perturbar. Así se iba en las fiestas, sin decir hasta luego o adiós, y así se perdía cuando sus amores no marchaban. Sus amantes, llegado el momento, sencillamente no lo veían por ninguna parte. No estaba nunca en su trabajo, en su casa, y los amigos tenían que pensar duro para recordar si estaba o no en la última fiesta. En esa situación, Maruelo era como un humo que se sabe está saliendo pero que no llama la atención. Y la del momento iba perdiendo interés, la propia figura de Maruelo desdibujándose en su mente, el tiempo restándole contornos hasta que, en un momento cuando se encontraba con él, era como si se tratara de un amigo largamente ausente, la chica haciendo memoria del porqué lo había estado buscando.
Y entonces Maruelo volvía a tener una personalidad más definida. Volvía a ser la roca fuerte que era y su presencia era recordada y citada.
Ahora que abría la puerta, uno de esos días calurosos en que se sentía como metido dentro de un cubo de agua tibia, cuando la imagen de Jimena en la cama era demasiado, con las escaleras, descubrió una vez más la muerte.
Pero esta vez, los veintiocho escalones por delante, no hubo felicitación. El sentimiento no fue fugaz. Continuó viéndose desde afuera. Pensó que sólo sería cosa del primer escalón cuando lo fue siguiendo al segundo y al tercero. Entonces, una mano en el pasamano, se dio cuenta que en realidad la escalera estaba formada por un tubo muy oscuro cuya única luz estaba al final, en el fondo.
Pero se daba perfecta cuenta que la claridad venía de la puerta.
Lo importante, entonces, era llegar a esa puerta. Bajar toda la escalera y recibir la luz. Si caía, si resbalaba desde acá, haría el máximo esfuerzo por mirar por la puerta, sentir la claridad, esa luminosidad que ahora, por el escalón seis, le pareció su salvación, en un sentido amplio, no sólo si moría, sino como arreglo de su vida si se salvaba.
En donde tomó cada escalón como si fuera un examen; una prueba que, con sólo pisar con cuidado, como estaba haciendo, le daría, si salía avante, un cambio cualitativo, fundamental, habría llegado al final de su búsqueda, al principio del orden. No apresurarse, pues, no dejarse llevar por los latidos que ya se deberían estar oyendo por toda la casa. Allá abajo, sabría si casarse o no con Jimena, si le convendría seguir en su trabajo o dedicarse a un arte, si debería seguir el tipo de relaciones que llevaba con sus amigos. De algo estaba seguro, pensó por la mitad, si el sentimiento de la muerte era una preparación para el golpe final, si todo no pasaba de ser una vulgar forma de morir, un ataque al corazón, por ejemplo, o un mareo para desclavijarse allá abajo, entonces aprovecharía cada uno de los segundos que le estaban regalando con esta prolongada presencia de la muerte.
Tocar por ejemplo, más el pasamano, como estaba haciendo, raspar los escalones con los zapatos, como estaba haciendo, respirar más profundamente y no parpadear, o parpadear de continuo, como estaba haciendo, para captar cada uno de los fragmentos que tenía que ver con vida, quizá lograr el reencuentro con algún polvo de sus pisadas, con algún aliento que exhaló esta mañana, con algún microbio que se le escapó al subir, sentir cada segundo como ninguno anterior, reponiendo en estos instantes los momentos que dejó vacíos, las suspensiones del mañana, llenar, llenar antes que, allá abajo, llegara el momento final.
Y sabía, porque la claridad estaba también en su cerebro, que podía dar la vuelta y volver a subir, meterse en el cuarto y esperar a Jimena, hacer un amor sudoroso para luego, al bajar con ella a algún cine o taberna, o a encontrarse con los amigos, sonreírse de su experiencia, sabiendo que jamás la podría contar, porque en realidad no había nada que contar, a lo sumo una dispensión de neurótico de parte de los que escucharían, tal como trataban a los que sufrían de alguna fijación, sí, ése era el término, lo había leído, una fijación de tipo patológico que, sin embargo, a diez escalones exactos de la puerta, le hizo percatarse de la corriente mundial, el engranaje del cual formaba parte, su insignificancia e importancia, el juicio, quizá el juicio, el término de su lucidez, corrompida por una intrascendente fijación que cualquier sicólogo hubiera eliminado con sólo veinte billetes de la consulta y que él había prolongado como alguna gracia que le hubieran concedido, como propietario de una exclusividad no duplicada en otro ser humano, a menos que fuera singular como él, porque no la había notado en ninguno de sus amigos, quienes vivían de día en día, sin tropiezos, y quizá presintiendo algo en los momentos de la cama, cuando dormían solos, sus amigos, sus mujeres, el pasado que le robaba tiempo, pensó viendo los siete escalones que le faltaban, los preciosos, preciosos segundos que había perdido volviendo al pasado, sí, lo había comprendido demasiado tarde, fue lo último que pensó cuando la luminosidad se le hizo categórica, sintió crecerle la sangre en el cerebro, abrió la boca, hizo dos movimientos ridículos, creyó distinguir algunas piernas de los pasantes por la puerta, levantó la mano, perdió el equilibrio, y cayó.
Cuando abrió los ojos, Jimena lo miraba como reclamándole esta variante en sus estupideces. Ladeó la cabeza y distinguió a cuatro amigos con vasos, conversando. Con las palabras de Jimena, fueron a su cama y, vasos en alto, trataron de animarlo con chistes. Él entendió que había llegado un médico, que había diagnosticado un vahído. Cosa corriente, había explicado el médico, tomando en cuenta el calor que hacía y las ropas tan pesadas como las que había usado para salir. Jimena lo seguía regañando con sus movimientos de cabeza y los amigos sonreían. Le hicieron algunas preguntas que no pudo responder y decidieron que era mejor dejarlo solo para que recuperara fuerzas, volviendo a sus sillones y continuando la conversación. Jimena se paró a buscar algo y de repente Maruelo se sintió el hombre más miserable del mundo. Desde esta absurda posición, acostado, posición que, por otra parte, no hacía nada por variar, ya que sabía que podía pararse si quería, se dejaba hacer, se dejaba llevar, sin voluntad para intentar una explicación que, quizá por eso, porque sería escuchada siguiendo el patrón que tan familiar le era, Maruelo empezó a llorar por dentro, en un ataque de autoconmiseración que no le importó, siempre y cuando ellos no se dieran cuenta; y su llanto subcutáneo arreció cuando Jimena le trajo un potaje hirviendo, los amigos se pararon al lado de la cama y le sonrieron, siempre los vasos con licor en las manos.
Pero entonces, cuando aceptó la revelación, cuando Jimena sonrió por lo bien portado que estaba siendo, cuando la poción no le supo mal en lo absoluto, cuando los amigos respiraron aliviados, Maruelo se sintió feliz.
Se sintió feliz.
Se sintió feliz y agradeció las escaleras, la luminosidad y la caída.
Respiró profundamente y sacó su mejor sonrisa.
Sacó su mejor sonrisa.
Su mejor sonrisa, la que ellos esperaban de él, para regresar tranquilos a su conversación, sabiendo que Maruelo estaba allí, que siempre estaría allí, como a ellos les gustaba, mediocre.

 


justo_arroyo_foto_alchetronJusto Arroyo nació en Colón, Panamá, el 5 de enero de 1936. Es un escritor y educador panameño, autor de libros de cuentos y novelas premiados en su país y en el extranjero.
Estudios de licenciatura y profesorado en la Universidad de Panamá y de maestría y doctorado en Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor en diversas universidades y traductor de inglés y francés.
Fue Embajador de Panamá en Colombia y ha asistido a Congresos y Seminarios en América, Europa, Asia y África.
Ha sido traducido al inglés, alemán y húngaro y aparece en diversas antologías, entre ellas, El cuento hispanoamericano, de Seymour Menton.
Ha sido Jurado del Premio Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 1982.
En 1997 la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla, Colombia, le otorgó el Doctorado Honoris Causa.
Editor de la Revista Cultural Lotería, 1996 a 1999
En el 2000 la Cámara Panameña del Libro lo declaró Escritor del año.
En agosto de 2009 El Teatro Club de Panamá, El Círculo Anita Villalaz y la Academia Laboral de Bellas Artes lo distinguieron con el Premio Anita Villalaz como escritor del 2009, reconocimiento compartido con la escritora Rose Marie Tapia.

Ha publicado las siguientes novelas:

La gayola (1966)
Dedos.(1970)
Dejando atrás al hombre de celofán (1971)
El pez y el segundo (
1979)

Geografía de mujer (1982)
Semana sin viernes (1995)
Corazón de águila (biografía novelada de Marcos Antonio Gelabert 1996)
Lucio Dante resucita (1998)
Vida que olvida (2002)

Como cuentista tiene los libros:

Capricornio en gris (1972)
Rostros como manchas (1991)
Para terminar diciembre (1995)
Héroes a medio tiempo (1998)
Sin principio ni fin
(2001)

Réquiem por un duende (2002)