Julio Ramón Ribeyro – La molicie

B_Perú

Mi compañero y yo luchábamos sistemáticamente contra la molicie. Sabíamos muy bien que ella era poderosa y que se adueñaba fácilmente de los espíritus de la casa. Habíamos observado cómo, agazapada, en las comidas fuertes, en los muelles sillones y hasta en las melodías lánguidas de los boleros aprovechaba cualquier instante de flaqueza para tender sobre nosotros sus brazos tentadores y sutiles y envolvernos suavemente, como la emanación de un pebetero.

Había, pues, que estar en guardia contra sus asechanzas; había que estar a la expectativa de nuestras debilidades. Nuestra habitación estaba prevenida, diríase exorcizada contra ella. Habíamos atiborrado los estantes de libros, libros raros y preciosos que constantemente despertaban nuestra curiosidad y nos disponían al estudio. Habíamos coloreado las paredes con extraños dibujos que día a día renovábamos para tener siempre alguna novedad o, por la menos, la ilusión de una perpetua mudanza. Yo pintaba espectros y animales prehistóricos, y mi compañero trazaba con el pincel transparentes y arbitrarias alegorías que constituían para mí un enigma indescifrable. Teníamos, por último, una pequeña radiola en la cual en momentos de sumo peligro poníamos cantigas gregorianas, sonatas clásicas o alguna fustigante pieza de jazz que comunicara a todo lo inerte una vibración de ballet.

A pesar de todas esas medidas no nos considerábamos enteramente seguros. Era a la hora de despertarnos, cuando las golondrinas (¿eran las golondrinas o las alondras?) nos marcaban el tiempo desde los tejados, el momento en que se iniciaba nuestra lucha. Nos provocaba correr la persiana, amortiguar la luz y quedarnos tendidos sobre las duras camas; dulcemente mecidos por el vaivén de las horas. Pero estimulándonos recíprocamente con gritos y consejos, saltábamos semidormidos de nuestros lechos y corríamos a través del corredor caldeado hasta la ducha, bajo cuya agua helada recibíamos la primera cura de emergencia. Ella nos permitía pasar la mañana con ciertas reservas, metidos entre nuestros libros y nuestras pinturas. A veces, cuando el calor no era muy intenso salíamos a dar un paseo entre las arboledas; viendo a la gente arrastrarse penosamente por las calzadas, huyendo también de la molicie, como nosotros. Después del almuerzo, sin embargo, sobrevenían las horas más difíciles y en las cuales la mayoría de nuestros compañeros sucumbían. Del comedor pasábamos al salón y embotados por la cuantiosa comida caíamos en los sillones. Allí pedíamos café, antes que los ojos se nos cerraran, y gracias a su gusto amargo y tostado, febrilmente sorbido, podíamos pensar lo elemental para mantenernos vivos. Repetíamos el café, fumábamos, hojeábamos por centésima vez los diarios, hasta que la molicie hacía su ingreso por las tres grandes ventanas asoleadas. Poco a poco disminuía el ritmo de los coloquios; las partidas de ajedrez se suspendían, el humo iba desvaneciéndose, el radio sonaba perezosamente y muchos quedaban inmóviles en los sillones, un alfil en la mano, los ojos entrecerrados, la respiración sofocada, la sangre viciada por un terrible veneno. Entonces, mi compañero y yo huíamos torpemente por las escaleras y llegábamos exhaustos a nuestro cuarto, donde la cama nos recibía con los brazos abiertos y nos hacía brevemente suyos.

A esta hora, tal vez, fuimos en alguna oportunidad presas de la molicie. Recuerdo especialmente un día en que estuve tumbado hasta la hora de la merienda sin poder moverme, y más aún, hasta la hora de la cena, hora en que pude levantarme y arrastrarme hasta el comedor como un sonámbulo. Pero esto no volvió a repetirse por el momento. Aún éramos fuertes. Aún éramos capaces de rechazar todos los asaltos y llenar la tarde de lecturas comunes; de glosas y de disputas, muchas veces bizantinas, pero que tenían la virtud de mantener nuestra inteligencia alerta.

A veces, hartos de razonar, nos aproximábamos a la ventana que se abría sobre un gran patio, al cual los edificios volvían la intimidad de sus espaldas. Veíamos, entonces, que la molicie retozaba en el patio, bajo el resplandor del sol y, reptando por las paredes, hacía suyos los departamentos y las cosas. Por las ventanas abiertas veíamos hombres y mujeres desnudos, indolentemente estirados sobre los lechos blancos, abanicándose con periódico. A veces alguno de ellos se aproximaba a su ventana y miraba el patio y nos veía a nosotros. Luego de hacernos un gesto vago, que podía interpretarse como un signo de complicidad en el sufrimiento, regresaba a su lecho, bebía lentos jarros de agua y, envuelto en sus sábanas como en su sudario, proseguía su descomposición. Este cuadro al principio nos fortalecía porque revelaba en nosotros cierta superioridad. Mas, pronto aprendimos a ver en cada ventana como el reflejo anticipado de nuestro propio destino y huíamos de ese espectáculo como de un mal presagio. Habíamos visto sucumbir, uno por uno, a todos los desconocidos habitantes de aquellos pisos, sucumbir insensiblemente, casi con dulzura, o más bien, con voluptuosidad. Aun aquellos que ofrecieron resistencia -aquel, por ejemplo, que jugaba solitarios o aquel otro que tocaba la flauta- habían perecido estrepitosamente.

La poca gente que disponía de recursos -nosotros no estábamos en esa situación- se libraban de la molicie abandonando la ciudad. Cuando se produjeron los primeros casos improvisaron equipajes y huyeron hacia las sierras nevadas o hacia las playas frescas, latitudes en las cuales no podía sobrevivir el mal. Nosotros en cambio, teníamos que afrontar el peligro, esperando la llegada del otoño para que se extendiera su alfombra de hojas secas sobre los maleficios del estío. A veces, sin embargo, el otoño se retrasaba mucho, y cuando llegaban los primeros cierzos, la mayoría de nosotros estábamos incurablemente enfermos, completamente corrompidos para toda la vida.

Las siete de la noche era la hora más benigna. Diríase que la molicie hacia una tregua y abandonando provisoriamente la ciudad, reunía fuerzas en la pradera, preparándose para el asalto final. Este se producía después de la cena, a las once de la noche, cuando la brisa crepuscular había cesado y en el cielo brillaban estrellas implacablemente lúcidas. A esta hora eran también, sin embargo, múltiples las posibilidades de evasión. Los adinerados emigraban hacia los salones de fiesta en busca de las mujerzuelas para hallar, en el delirio, un remedio a su cansancio. Otros se hartaban de vino y regresaban ebrios en la madrugada, completamente insensibles a las sutilezas de la molicie. La mayoría, en cambio se refugiaba en los cinematógrafos del barrio, después de intoxicarse de café. Los preparativos para la incursión al cine eran siempre precedidos de una gran tensión, como si se tratara de una medida sanitaria. Se repasaban los listines, se discutían las películas y pronto salía la gran caravana cortando el aire espeso de la noche. Muchos, sin embargo, no tenían dinero ni para eso y mendigaban plañideramente una invitación, o la exigían con amenazas a las que eran conducidos fácilmente por el peligro en que se hallaban. En las incómodas butacas veíamos tres o cuatro cintas consecutivas, con un interés excesivo, y que en otras circunstancias no tendría explicación. Nos reíamos de los malos chistes, estábamos a punto de llorar en las escenas melodramáticas, nos apasionábamos con héroes imaginarios y había en el fondo de todo ello como una cruel necesidad y una común hipocresía. A la salida frecuentábamos paseos solitarios, aromados por perfumes fuertes, y esperábamos en peripatéticas charlas que el alba plantara su estandarte de luz en el oriente, signo indudable de que la molicie se declaraba vencida en aquella jornada.

Al promediar la estación la lucha se hizo insostenible. Sobrevinieron unos días opacos, con un cielo gris cerrado sobre nosotros como una campana neumática. No corría un aliento de aire y el tiempo detenido husmeaba sórdidamente entre las cosas. En estos días, mi compañero y yo, comprendimos la vanidad de todos nuestros esfuerzos. De nada nos valían ya los libros, ni las pinturas, ni los silogismos, porque ellos a su vez estaban contaminados. Comprendimos que la molicie era como una enfermedad cósmica que atacaba hasta a los seres inorgánicos, que se infiltraba hasta en las entidades abstractas, dándoles una blanda apariencia de cosas vivas e inútiles. La residencia, piso por piso, había ido cediendo sus posiciones. La planta inferior, ocupada por la despensa y la carbonería, fue la primera en suspender la lucha. Las materias corruptibles que guardaba -pilas de carbón vegetal, víveres malolientes- fueron presas fáciles del mal. Luego el mal fue subiendo, inflexiblemente, como una densa marea que sepultara ciudades y suspendiera cadáveres. Nosotros, que ocupábamos el último piso, organizamos una encarnizada resistencia. Nuestro reducto fue un pequeño y anónimo cantar de gesta. Abriendo los grifos dejamos correr el agua por los pasillos e infiltrarse en las habitaciones. En una heroica salida regresamos cargados de frutas tropicales y de palmas, para morder la pulpa jugosa o abanicarnos con las hojas verdes. Pero pronto el agua se recalentó, las palmas se secaron y de las frutas sólo quedaron los corazones oxidados. Entonces, desplomándonos en nuestras camas, oyendo cómo nuestro sudor rebotaba sobre las baldosas, decidimos nuestra capitulación. Al principio llevamos la cuenta de las horas (un campanario repicaba cansadamente muy cerca nuestro, ¿quién lo tañeria?), la cuenta de los días, pero pronto perdimos toda noción del tiempo. Vivíamos en un estado de somnolencia torpe, de embrutecimiento progresivo. No podíamos proferir una sola palabra. Nos era imposible hilvanar un pensamiento. Éramos fardos de materia viva, desposeídos de toda humanidad.

¿Cuánto tiempo duraría aquel estado? No lo sé, no podría decirlo. Sólo recuerdo aquella mañana en que fuimos removidos de nuestros lechos por un gigantesco estampido que conmovió a toda la ciudad. Nuestra sensibilidad, agudizada por aquel impacto, quedó un instante alerta. Entonces sobrevino un gran silencio, luego una ráfaga de aire fresco abrió de par en par las ventanas y unas gotas de agua motearon los cristales. La atmósfera de toda la habitación se renovó en un momento y un saludable olor de tierra humedecida nos arrastró hacia la ventana. Entonces vimos que llovía copiosa, consoladoramente. También vimos que los árboles habían amarilleado y que la primera hoja dorada se desprendía y después de un breve vals tocaba la tierra. A este contacto -un dedo en llaga gigantesca- la tierra despertó con un estertor de inmenso y contagioso júbilo, como un animal después de un largo sueño, y nosotros mismos nos sentimos partícipes de aquel renacimiento y nos abrazamos alegremente sobre el dintel de la ventana, recibiendo en el rostro las húmedas gotas del otoño.


Julio_Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro nació en Santa Beatriz (Cercado de Lima), el 31 de agosto de 1929. Hijo de Julio Ramón Ribeyro Bonello y Mercedes Zúñiga Rabines, fue el tercero de cuatro hermanos. Su familia era de clase media, pero en generaciones anteriores había pertenecido a la clase alta, pues entre sus ancestros se contaban personajes ilustres de la cultura y la política peruana. En su niñez vivió en Santa Beatriz, (Lima) un barrio de clase media limeño y luego se mudó a Miraflores, residiendo en el barrio de Santa Cruz, la muerte de su padre lo afectó mucho y complicó la situación económica de su familia.
Estudió Letras y Derecho entre los años 1946 y 1952. Inició su carrera como escritor con el cuento La vida gris que publicó en la revista Correo Bolivariano, en 1949. En 1953 ganó una beca de periodismo otorgado por el Instituto de Cultura Hispánica, que le permitió viajar a España.
Al culminarse su beca en 1953, viajó a París, para preparar una tesis sobre literatura francesa en la Universidad La Sorbona. Por entonces escribió su primer libro Los gallinazos sin plumas, una colección de cuentos de temática urbana, considerado como uno de sus más logrados escritos narrativos. Pero abandonó los estudios y permaneció en Europa realizando trabajos eventuales.
Regresó a Lima en 1958. Trabajó como profesor en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, en Ayacucho. En 1960 publicó su novela Crónica de San Gabriel, que le hizo merecedor del Premio Nacional de Novela de ese año.
En 1961, volvió a París, donde trabajó como periodista durante diez años, en la Agencia France Press. Asimismo, fue agregado cultural en la embajada peruana en París.
Se casó con Alida Cordero y tuvieron un único hijo. En 1983, recibió el Premio Nacional de Literatura, y diez años después, el Nacional de Cultura.
Sus últimos años los pasó viajando entre Europa y el Perú. En el último año de su vida había decidido radicar definitivamente en su patria.
Su cuento emblemático, es, sin duda, «Los gallinazos sin plumas», narración descarnada sobre la vida en una barriada de Lima, que tiene como protagonistas a dos niños que recolectan desperdicios en los muladares, obligados por un abuelo desalmado.
Falleció en Surquillo, Lima, el 4 de diciembre de 1994, días después de obtener el Premio de Literatura Juan Rulfo, en su epitafio se puede leer: «La única manera de continuar en vida es manteniendo templada la cuerda de nuestro espíritu, tenso el arco, apuntando hacia el futuro».

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Pueblo Maya – Ruinas de Lamanai

B_Pueblos Originarios
Lamanai

Lamanai_3

Lamanai (en maya yucateco: Lama’an Ai, “Cocodrilo sumergido”), es un sitio arqueológico de la cultura maya precolombina, que se localiza en el Distrito de Orange Walk (norte de Belice). El nombre del sitio data de la época precolombina y fue registrado por los misioneros españoles y documentado en inscripciones de los mayas como Lam’an’ain.
Se localiza sobre el Río Nuevo, cubre una superficie de 6 km2, en las que se han localizado más de 718 estructuras. Sus primeros asentamientos datan del año 1.500 a. C. manteniéndose ocupado luego de la conquista hispánica. Su apogeo ocurrió en el Preclásico Tardío y el Clásico Temprano.

Historia

Lamanai fue ocupado ya en el siglo XVI a.C. El sitio se convirtió en un centro prominente en el Período Preclásico, desde el siglo IV a.C. hasta el siglo I d.C . Lamanai continuó siendo ocupado hasta el siglo XVII. Durante la conquista española de Yucatán, los frailes españoles establecieron dos iglesias católicas romanas aquí, pero una revuelta maya expulsó a los españoles. El sitio fue incorporado posteriormente por los británicos a Honduras Británica, pasando con la independencia de esa colonia a Belice.

Descripción del lugar

La gran mayoría del sitio permaneció sin excavar hasta mediados de la década de 1970. El trabajo arqueológico se ha concentrado en la investigación y restauración de las estructuras más grandes, especialmente el Templo de la Máscara, el Templo de Jaguar y el Templo Superior. La cima de esta última estructura ofrece una vista de la jungla circundante a una laguna cercana, parte de New River.

Lamanay_Templo de los mascarones

Templo de la máscara

Una porción significativa del Templo de las Máscaras de Jaguar permanece bajo tierra cubierta de hierba o está cubierto por denso crecimiento de la jungla. Totalmente excavado, sería significativamente más alto que el Templo Superior. En el templo del jaguar hay una leyenda respecto que se puede encontrar una antigua lanza llamada corazón del jaguar, aunque el templo recibió su nombre de las máscaras de jaguar de cada lado.

Templo_de_la_máscara_del_jaguar

Templo de las máscaras del jaguar

Las ruinas mayas de Lamanai una vez pertenecieron a una ciudad maya considerable en el distrito Orange Walk de Belice. “Lamanai” proviene del término maya para “cocodrilo sumergido”, respecto a los cocodrilos que viven a lo largo de las orillas del río Nuevo. La selva de Lamanai Belice rebosa de aves exóticas e iguanas de agua. Hay evidencia sobre la vida maya que data de alrededor de 1500 aC durante el Posclásico (A.D. 950-1544) y la época colonial española (1544-1700 d.C.)

Lamanai_Templo_Alto

Templo superior

Chau Hiix

Cerca del antiguo sitio maya de Chau Hiix se evidencia una ocupación continua extensa, desde el Preclásico temprano (ca 1200 a.C.) hasta el posclásico tardío (ca. 1600 d.C.), se encuentra entre Lamanai y Altun Ha, otro sitio más al este.
Está ubicado en Western Lagoon, cerca de su salida en Spanish Creek. Chau Hiix se encuentra a 15 km al este de Lamanai, y es accesible por vía fluvial. Altun Ha se encuentra a otros 25 km más al este. La cultura material de Chau Hiix muestra lazos cercanos tanto con Lamanai como con Altun Ha, así como la evidencia de la interacción con centros en la cuenca del Petén.
Hay considerable cantidad de obras antiguas de irrigación en Chau Hiix, por lo que probablemente fue una comunidad agrícola que suministraba alimentos a Lamanai.
La actividad cultural más temprana en Chau Hiix se remonta a la fase temprana de Swasey del Preclásico Medio (ca 1000-500 a.C.)

Artefactos de cobre y su importancia en Lamanai

Cobre Lamanai

Entre los muchos aspectos importantes del Posclásico y el período colonial español temprano, la vida maya en Lamanai se muestra por la presencia de cantidades significativas de artefactos de cobre. El cobre indica relaciones comerciales más amplias en las tierras bajas del sur de los mayas y como reflejo del cambio tecnológico, la historia del uso de artefactos metálicos en Lamanai es un elemento invaluable en la reconstrucción de las dinámicas históricas postclásicas y tempranas. Los contextos arqueológicos de los objetos de cobre recuperados en Lamanai comienzan, con la aparición del metal en el sitio alrededor del año 1150 d.C.
Los contextos arqueológicos en los que se han recuperado objetos de cobre en el antiguo sitio maya de Lamanai en el norte de Belice tienen gran importancia porque estos objetos fueron de gran utilidad para los residentes de la comunidad durante el período Postclásico, que data de los años 950-1544. Casi todos los objetos de cobre encontrados en Lamanai son claramente mesoamericanos en forma y diseño, y en base a los análisis metalúrgicos, parece que las tecnologías de fabricación también fueron distintivamente mesoamericanas. La presencia de materiales de producción y piezas mal fundidas junto con los resultados del análisis de composición química y microestructurales apoyan la idea de que los mayas en Lamanai se dedicaban a la producción in situ de objetos de cobre en la época precolombina tardía. Los objetos se clasifican y examinan en los contextos, formas, estilos, usos y fuentes de objetos de cobre que datan de la fase cerámica de Buk, que coincide con el período del Posclásico temprano (año 950-1200).
La cantidad y variedad de objetos de cobre recuperados en Lamanai indican que, como una nueva mercancía con propiedades auditivas y visuales notablemente únicas, los artefactos metálicos desempeñaron un papel importante para al menos algunos miembros de la sociedad posclásica y del período de contacto posterior. Masson señala que “el metal fue probablemente el bien de lujo más valorado en esta región del mundo maya del Posclásico”. La inclusión de campanas de cobre, anillos elaborados y adornos con forma de botón en los entierros de élite del Posclásico Temprano y Medio muestra que al menos algunos residentes del sitio exhibieron tales objetos en ciertos entornos sociales y rituales. Las campanas de cobre usadas durante las representaciones actuaron como recordatorios auditivos de la alta posición social de aquellos que las exhibieron, y los brillantes anillos de dedos de cobre y ornamentos de ropa elaborados sirvieron como indicadores visuales de un estatus elevado.

Comercio

El comercio fue un componente esencial de la vida mesoamericana en el período Postclásico y los mayas fueron participantes activos en una vasta red de comercio macro regional. El movimiento de las mercancías, así como la información y las ideas en las áreas interiores de la península se vio facilitado por el viaje en canoa a lo largo de la costa y los extensos sistemas fluviales en Belice. La importación de objetos de cobre terminados en el área maya durante los tiempos del Posclásico fue posible gracias a una red de intercambio ágil y bien establecida que incluía Lamanai y varios sitios más pequeños del Posclásico en el norte de Belice.
La ubicación clave de Lamanai en New River Lagoon proporcionó a los habitantes del sitio acceso a una variedad de bienes comerciales mesoamericanos a lo largo de la ocupación de 3500 años del sitio. Los objetos de cobre como las campanas, los anillos y las pinzas no solo tenían un gran valor económico, sino que también eran objetos altamente simbólicos cuyos sonidos y colores los hacían particularmente importantes para su uso en representaciones rituales y como ornamentos que reflejaban el estatus social. Se han recuperado más artefactos de cobre en Lamanai que en cualquier otro sitio en el antiguo mundo maya. Hasta la fecha, se han excavado un total de 187 artefactos de cobre, incluyendo campanas, anillos, pinzas, diversos adornos de ropa, alfileres, hachas, cinceles, agujas y anzuelos.

Entierros

Todos los objetos de cobre Lamanai se encontraron asociados con entierros de élite. Se encontraron objetos de cobre en seis de los 97 entierros excavados en estas estructuras.

Natalia Lafourcade – Rocío de Todos los Campos

B_México

Rocío de todos los campos
Rocío de sal en el mar
Tu baile hipnotiza la luna
Y el viento comienza a cantar
Tú enciendes el fuego en la noche
Escuchas los grillos hablar
Desvistes tu cuerpo y tu alma
Para en el agua nadar
Libre serás para siempre, para siempre
Mariposa morada entre bambú
Enciendes el barro en tus manos
Pasiones de amor prohibido
Enciendes el barro en tus manos
Pasiones de amor prohibido
Rocío de los corazones
Que van a tu casa a llorar
Rocío de todos los cielos
De fiestas y de soledad
Tú enciendes el fuego en la noche
Escuchas fantasmas andar
Desvistes tu cuerpo y tu alma
Para en el agua nadar
Libre serás para siempre, para siempre
Mariposa morada entre bambú
La muerte llegó, seduciendo tu encanto
Envolviendo tu manto
La muerte llegó, seduciendo tu encanto
Y te fuiste pa’l campo
Libre serás para siempre, para siempre
Mariposa morada entre bambú
Rocío de todos los campos
Libre serás
Rocío de todos los campos
Libre serás
Rocío de todos los campos
Libre serás
Rocío de todos los campos
Libre serás, libre serás


Natalia Lafour

Natalia Lafourcade

María Natalia Lafourcade Silva nació el 26 de febrero de 1984, en la Ciudad de México, aunque vivió su infancia en Coatepec, Veracruz, rodeada de música y arte. Es hija de Gastón Lafourcade, fundador de la Asociación de Organistas y Clavecinistas de Chile y catedrático de la UNAM, y María del Carmen Silva, amante de la música clásica y creadora del Método de Enseñanza Musical y Desarrollo Integral Macarsi.
A los nueve años, Natalia se muda con la familia de Jalapa a la Ciudad de México. Siempre estuvo rodeada de música, lo cual la motivó a componer sus propias canciones, después de buscar su identidad en el dibujo, el baile, las maquetas, la actuación, los títeres y las obras de teatro, por mencionar algunas expresiones artísticas.
A los catorce años decide estudiar en la Academia de Música Fermatta, en donde aprende guitarra, piano y canto.
En ese periodo asiste becada a Berklee College of Music, en Boston, Massachussetts, Estados Unidos, a un programa de cinco semanas de entrenamiento musical, donde aprovecha para componer cerca de veinticinco canciones que a su regreso graba con la ayuda de un amigo.
Firma contrato con Sony y viaja a Italia para trabajar en su disco debut homónimo Natalia Lafourcade (2002). Así surge, en 2005, su banda La Forquetina, con la cual graba —también con Sony— el álbum Casa. Su producción discográfica Mujer divina. Homenaje a Agustín Lara, en la que participan diversos artistas, obtuvo disco de platino por sus altas ventas y, en 2013, fue distinguido con dos Latin Grammy como Mejor Disco Alternativo del Año y Mejor Video Musical Versión Larga.
Su trabajo, que fusiona música tradicional y contemporánea, ha sido también reconocido con galardones como MTV Latino y Éxito SACM, este último por sus temas Hasta la raíz (2016), escrito en coautoría con Leonel García, y Tú sí sabes quererme (2018).


natalia-lafourcade-musas

Musas (Un Homenaje al Folclore Latinoamericano en Manos de Los Macorinos, Vol. 1)

Llamado simplemente Musas, es un álbum de estudio del año 2017 de Natalia Lafourcade junto al dúo de guitarristas llamados “Los Macorinos”, integrado por el mexicano Miguel Peña y el argentino Juan Carlos Allende.

Clara Lair – Poeta portorriqueña

B_Puerto Rico

Clara_LairMaria de las Mercedes Negrón Muñoz también conocida como “Clara Lair” Nació en Cidra, Puerto Rico, el 8 de marzo de 1890, fue una poeta puertorriqueña cuya obra se caracteriza por retratar los avatares de la vida en su país.

Nació en el seno de una de las más influyentes familias puertorriqueñas, la que incluía escritores, poetas y políticos. La ciudad de Barranquitas, donde se crio, está situada en la región montañosa central de la isla. Su padre era el poeta Quintin Negron, y sus tíos el poeta Jose A. Negron y el poeta y político Luis Muñoz Rivera. Era además prima del primer gobernador electo de Puerto Rico, Luis Muñoz Marín. Negrón Muñoz recibió su educación primaria y secundaria en su ciudad natal y luego estudió Literatura en la Universidad de Puerto Rico.

Por el amor que tenía su familia a la literatura, desarrolló un especial cariño por la poesía, ya que era una forma que le permitía expresarse libremente. En 1937, publicó uno de sus más renombrados poemas, “Arras de Cristal” bajo el pseudónimo de “Clara Lair”. Pronto ganaría reconocimiento como una importante poeta de Latinoamérica.

En 1950, publicó su segundo libro de poemas, titulado “Trópico Amargo”, En este libro incluyó algunos de sus poemas publicados previamente, además de nuevas series de poemas a los que llamó “Más Allá del Poniente”. Ambos libros recibieron premios literarios y reconocimiento público por el Instituto de Literatura de Puerto Rico.

En 1961, el Instituto de Cultura de Puerto Rico publicó un libro que incluyó una selección de sus poemas y además, en su revista, una selección de fragmentos de sus poemas “Memoria de una isleña” y “Últimos”. El poeta puertorriqueño Luis Llorens Torres llamó a Mercedes “La Alfonsina Storni de Puerto Rico

Un documental sobre su vida titulado “Una pasión llamada Clara Lair” fue producido y dirigido por Ivonne Belén en 1996. Se homenajeó su memoria estableciendo su nombre en una escuela de Hormigueros, y existe una organización sin fines de lucro llamada Hogar Clara Lair, que se dedica a proteger a las mujeres en estado de indefensión.

Falleció en San Juan, Puerto Rico, el 26 de agosto de 1973


Angustia

A veces soy tan lejos, lejos de todo esto.
A nada me acomodo, en nada me recuesto:
Las palmas, los coquíes son sonido, paisaje…
Yo siempre estoy ausente, yo siempre estoy de viaje.
En vano es que mi alma se incendie con afanes
y se prenda a los ojos potentes flamboyanes,
ni que por los caminos se me fugue el anhelo…
para topar de pronto la montaña y el cielo.
…Y el andrajo de pajas del pobre caserío,
y el andrajo de gente y el escuálido río,
y los pueblos cuadrados con la iglesia en el centro
y el cementerio junto: Estanques muertos dentro
del perenne bullir y saltar de las olas,
perenne ante mi alma impaciente y a solas.
Por doquiera que voy, por doquiera que vaya,
en el vaho soporoso de mestizo y quincalla…
La misma semimuerta vida del pueblo atado
por el mar implacable, de costado a costado…
…(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno,
que no mira a mis ojos y que mira a mi seno,
que masculla entre dientes una frase lasciva
cuando paso a su lado desdeñosa y altiva…)

¡Y a veces soy tan de ellos y ellos tan míos!
¡Las palmas, los coquíes, el monte, los bohíos…!
¡El escuálido río, que es como mis hazañas,
cintajo de rumores encerrado en montañas!
¡Y mi amor en tinieblas sollozando escondido,
como un triste y oculto coquí despavorido!
¡Y el mar, perenne mar, que me exalta y me abate,
que es como el corazón, en un late que late
perdido en el vacío, y oído, tan oído,
que ya no sé qué lleva ni sé lo que ha traído…!
…(Y el hombre de la esquina, ojitorvo y moreno…
¡Ah qué sienes viriles exaltará mi seno,
que no torne cenizas la llamarada esquiva
que encendiera mi cuerpo su mirada lasciva…!

De la uva exhausta de mis cinco sentidos exprimo…

De la uva exhausta de mis cinco sentidos exprimo
en tu honor, pardo Adonis, esta gota de vino…
¡Vino de tedio tinto!
¡Hincha a solas el río seco de mi instinto!
¡Hincha y suelta mi río hacia el bosque perdido
de lo desconocido!
El día, pardo Adonis, donde mi tedio estanco,
es todo blanco…
¡Tedio de la blancura, del color sin color…!
¡Por tu cuerpo y la noche, de mis ojos lo arranco!
¡Mis ojos quieren sombra!
¡Mis ojos quieren triste resplandor!
Mi pena quiere alfombra
y cortinaje negro…
Mi pena quiere frente a sí el allegro
de máscara de tu reír sin fondo…
¡Tu risa, flor de hiel!

Rica y potente savia

Rica y potente savia te dio la exuberancia
que te adornó de flores y aromas tempraneras…
Honda raíz de instinto infiltró en tu fragancia
el veneno de ansias y anhelos sin esperas…

Y así me diste a medias y a medias me entregaste.
Que oculta y silenciosa, luz perdida en tu noche,
no se rindió a hombre alguno ni siguió tu desgaste
la esfinge que en tu fondo te miraba en reproche…

Cuerpo insolente y frágil, surgiste del arcano,
lejos e inaccesible para el Único y Uno,
que encontró tardíamente tus caídos despojos…

Caprichoso y rebelde, inquieto e importuno,
ni siquiera lograste florecer a sus ojos,
ni siquiera supiste deshojarte en su mano…

Frivolidad

Y así dije al amado “Marcharemos unidos.
Será tu nombre el eco de todos los sonidos.

Me trazará el camino la huella de tus pasos.
Me abrirá el horizonte la curva de tus brazos.

Le gritaré a la vida: ¡rompe, destroza, daña!
Yo tengo mi refugio: ¡su pecho es la montaña!

Le gritaré a la vida: ¡hunde, flota al azar!
Yo tengo mi oleaje: ¡sus ojos son el mar!

Y lo seguí al afán y a la ilusión del puerto.
Y lo seguí al vacío y al tedio del desierto.

Lo seguí sola y siempre, horas malas y buenas,
en la luz, en las sombras, en flores, en cadenas…

Y lo creí tan fuerte que le fui mansa y suave…
¡Él, el roble potente y yo, la pobre ave!

Y lo creí tan bravo que le fui fiel, sencilla…
¡Él, el mar tumultuoso y yo la quieta orilla!

¡Ay, uní lo infundible, y estreché lo disperso,
y quise hacer del cieno un lago limpio y terso…!

Mis ojos hechos llanto, mis labios hechos trizas…
¡Y su voz implacable pidiendo más sonrisas!

Mi cuerpo en el cilicio sangrando su querella…
Y su voz implacable diciendo: ¡sé más bella!

Mi alma en el infierno aullando su condena…
y su voz implacable diciendo: ¡sé más buena!

¡Carne fácil y blanda a todos los arrimos!
¡Carne blanda y traidora con uñas en los mimos!

Para todas los mismos rápidos arrebatos
Lúbrico cual los perros…falso como los gatos…

Y ahora digo al amante: óyeme, pasajero,
no me preguntes nunca hasta cuándo te quiero.

Si una noche de luna o una copa de vino
nos reúne en la misma revuelta del camino…

No me digas de sueños ni de sombras macabras
háblame solamente palabras, y palabras…

Júrame por la arena que acoge todo paso,
y lo graba o lo borra al azar, al acaso…

Júrame por la espuma que chispea y que brilla,
y que dura un instante de una orilla a otra orilla…

¡Ah, gato sin escrúpulos que a otras faldas se enreda
cuando ya todo es dado, cuando ya nada queda!

No me brindes los mimos de tus uñas, que ahora
sólo quiere collares de esta gata de Angora…!

Tú frívolo, yo frívola…Soy tu igual, camarada.
¡No has de quitarme todo para dejarme nada!

Lullaby Mayor

Duerme mi niño grande, duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte.

Alas le dé a tu sueño el éter de quimeras
que ha dejado en tu rostro tan dolientes ojeras.
Clama le dé a tu sueño el mar de los sentidos
que ha dejado tus brazos tan largos y tendidos.

Duerme, mi niño grande; duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte…

(¡Allá afuera es la luna y el marullo del mar
en la fragua del trópico brillando por quemar!
¡Allá afuera es la esencia-veneno del jardín,
y los pérfidos astros
avivando, encendiendo azabache, alabastros
en carne negra y blanca: la caldera sin fin
del trópico
trasmutando los cuerpos al corto cielo erótico!)

Duerme mi niño grande; duerme, mi niño fuerte:
que el juego del amor rinde como la muerte.

(¡Allá afuera es el negro camino de miasmas
y mi sombra acechando tu sombra entre fantasmas!
¡Duerme callado y ágil, vigílame la puerta!
¡Que se va si despierta!)

Me quedaré a tu lado quieta, casta e inerme,
mientras tu alma sueña, mientras tu cuerpo duerme.

Quizá ningún empeño
de mi cuerpo y alma
te dé lo que ese sueño…

Quizá la vida fuerte
es nada ante la calma
que te dará la muerte…

(¡Marullo del mar, cállate; sepúltate coquí!
¡Qué así, dormido o muerto, quién lo aleja de mí!)

Duerme mi niño fuerte; duerme mi niño grande:
el sueño de la vida con la muerte se expande…

(¡Por qué no amará a otra, que ni a mí misma amará!
¡Qué la tierra por siempre sus brazos se desquiciará!

¡Ay si no despertara!)

Carlos Baca-Flor – Perú

B_Peru

Baca self

Carlos Baca-Flor (Autorretrato)

Nació el 11 de junio de 1869, en Islay, Departamento de Arequipa, en Perú. Sus padres fueron Carlos Baca-Flor y Huáscar, boliviano y Julia Soberón, peruana.

Antes de cumplir un año, se trasladó con su familia a Santiago de Chile, donde estudió en el Colegio de los Agustinos, luego, en el Instituto Nacional. En 1873, producto de una epidemia en Santiago fue enviado a un lazareto, bajo la atención de su madre.

A los trece años murió su padre y quedó bajo el cuidado de su madre, quien dictaba clases de piano a los hijos de familias adineradas en Santiago.

En 1882, ingresó a la Academia de Bellas Artes de Santiago, donde estuvo bajo la dirección de Cosme San Martín, Nicanor Plaza y Florencio Giovanni Mochi. La versatilidad que adquirió no solo en pintura sino también en escultura, le consiguió el primer premio en los concursos de bustos y estatuas (1883), una medalla especial por dibujos, la medalla de oro (1885).

En 1886, obtiene el primer puesto en una exposición de la academia por La vocación natural, lo que le permite conseguir, a los 18 años, el Premio Roma, que le otorgaba una pensión por cinco años en la capital italiana. Al estar en el estrado el día de la premiación el Rector de la Academia de Artes de Santiago le propone nacionalizarse (un requisito para recibir el premio era ser chileno). A lo que responde “No, mi patria pasa la desgracia de fracasar en una guerra y la patria es como una madre, uno no puede traicionar a su madre. Prefiero no recibir el premio”. Esta actitud le granjeó las simpatías del ministro plenipotenciario peruano en Chile, quien informó a su gobierno, consiguiéndose que el presidente lo invitará a Lima y le otorgará una pensión igual a la del Premio Roma.

En 1890, más de dos años después de llegar a Lima, partió a Europa, llegó a Liverpool, Inglaterra, y poco después arribó a París, donde conoció la obra de Van Dick, que le influiría notablemente. Tras su breve estancia en París, se trasladó a Génova, dónde ocupó el puesto de cónsul general del Perú, al que renunció en poco tiempo para instalarse en Roma.

En 1907, decidió exponer por primera vez, haciéndolo en el Salón Anual de la Sociedad de Artistas Franceses, en el que obtuvo el primer puesto.

Viajó luego a Estados Unidos, invitado por el banquero J.P. Morgan

En 1928 regresó a Europa y, tras una corta estadía en España, se reinstaló en París, donde fue hecho miembro del Instituto de Francia y recibió la Legión de Honor. En 1930 volvió a Nueva York, donde realizó distintos retratos de figuras de la banca y la curia romana, entre ellos el futuro Pío XII, hasta 1938, cuando se trasladó a Irlanda.

En 1939 regresó nuevamente a París, donde falleció el 20 de febrero de 1941 en su taller de Neuilly-sur-Seine.


 

Roberto Bolaño – Llamadas telefónicas

B_Chile

B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.

Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática e intensa: X cada día bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico (pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la ayudan), llora a menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos, diligentes, pero también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un enamorado verdadero. B no tarda en darse cuenta de esto. Intenta que salga de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B también piensa que el callejón no tiene salida. Intenta recordar a sus amores perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que puede vivir sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge el tren y abandona la ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es afectuosa y desesperada. B viaja en litera pero no puede dormir hasta muy tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina por el desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo y su astucia se convierte en su voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el significado del sueño (si lo tuviera) y es capaz de dirigirse a su casa con un mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días.

Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La frialdad de X es de aquellas que erizan los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha como si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer. ¿Cómo estás?, dice B. Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el número de X. Cuando contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz de X dice: bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —el tiempo que separaba a B de X y que B no lograba comprender— pasa por la línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza. B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien llama. Después, silenciosamente, cuelga.

Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría.

En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto.

Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.

Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.

En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño. Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no está aquí.

Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda solo.


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Roberto Bolaño

Roberto Bolaño Ávalos nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953, hijo de León Bolaño, transportista, y de Victoria Ávalos, profesora. Pasó su infancia en Viña del Mar, donde cursó sus primeros estudios, en Quilpué y en Cauquenes. En Quilpué realizó a los diez años su primer trabajo como boletero en una línea de autobuses que cubría el trayecto Quilpué-Valparaíso.

En 1968 la familia se trasladó a Ciudad de México, donde Roberto pasó su adolescencia concentrado en la lectura, encerrado durante horas en la biblioteca pública. Pronto decidió que quería ser escritor y empezó a trabajar como articulista en diferentes medios. Al cumplir los veinte años quiso regresar a Chile. Corrían los días previos al golpe de estado y Bolaño se incorporó a la resistencia, pero fue arrestado. Tras ocho días en la cárcel, decidió volver a México y dedicarse de lleno a la literatura.

En México fundó, junto con un grupo de poetas mexicanos, un movimiento de vanguardia denominado infrarrealismo, y en 1975 vio finalmente publicados sus primeros trabajos, reunidos en la antología poética Poetas infrarrealistas mexicanos. Sin embargo, “hastiado de lo literario”, abandonó México y partió primero para El Salvador, donde conoció al poeta Roque Dalton, y posteriormente a Europa. Tras viajar por varios países europeos y por el continente africano, finalmente decidió establecerse en España.

Solo, sin papeles, con dificultades económicas… Trabajó en múltiples oficios (fue lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos, vendimiador…) hasta que pudo mantenerse mediante su participación en certámenes literarios. Todas estas experiencias las convertiría, más adelante, en materia de su ficción.

En 1984 publicó, en colaboración con Antoni García Porta, su primera novela, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, con la que obtuvo el premio Ámbito Literario. Ese mismo año lanzó La senda de los elefantes, que fue galardonada con el premio Félix Urabayen.

Dos años después fijó su residencia en la población costera de Blanes (Girona), donde, sin abandonar su interés por la poesía, se centró cada vez más en la narrativa. Trabajaba en un pequeño estudio apenas a cincuenta metros de su casa, siguiendo algunos rituales imprescindibles: música de rock de la década de 1970, una infusión de manzanilla con miel y tabaco, muchísimos cigarrillos. Escribía tres folios al día; si las cosas iban bien, hasta diez. Cuidaba mucho de la estructura de sus libros y reescribía mucho.

En 1993 los médicos le diagnosticaron una grave enfermedad hepática. A partir de entonces Bolaño se obsesionó con dejar un legado literario de importancia y se dedicó aún con mayor ahínco a la escritura y multiplicó sus publicaciones. Ese mismo año publicó: Los perros románticos, un recopilatorio de la obra poética creada entre 1977 y 1990, y la novela La pista de hielo. En 1996 presentó La literatura nazi en América y Estrella distante, y en 1997 la compilación de cuentos Llamadas telefónicas, que le valió el premio Municipal de Santiago de Chile, el más importante en su país.

En el año 1998 su novela Los detectives salvajes recibió dos importantes distinciones: el premio Herralde de novela y el premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos “por la calidad de la obra y su novedosa apuesta narrativa”. La novela, narra las aventuras de dos hombres embarcados en la búsqueda de una escritora mexicana desaparecida durante la revolución. Los esfuerzos por encontrarla se prolongarán desde 1976 hasta 1996.

Tras veinticinco años de ausencia, Bolaño visitó Chile. A raíz de esta visita surgió una nueva novela, un cuadro alegórico del Chile pinochetista, cargado de fantasmas, torturadores y toques de queda, titulada Nocturno de Chile (2000).

Siguió escribiendo hasta su fallecimiento, el 15 de julio de 2003 en Barcelona.

Noche de luna en La Ceiba – Javier Monthiel

B_Honduras


Noche de luna en la Ceiba
donde las olas se mecen
se mecen tranquilas
al vaivén de las hamacas.

Veo preciosas ceibeñas
mujeres con cuerpos de diosas
que bailan y gozan
al vaivén de las hamacas.

Que ríen que cantan que gozan
que sueñan con perlas de sol
que bañan con brisas sus cuerpos
sus cuerpos dorados de sol.

Noche de luna en la Ceiba
donde las olas se mecen
se mecen tranquilas
al vaivén de las hamacas

Que ríen que cantan que gozan
que sueñan con perlas de sol
que bañan con brisas sus cuerpos
sus cuerpos dorados de sol.

Veo preciosas ceibeñas
mujeres con cuerpos de diosas
que bailan y gozan en mi
Ceiba tropical.

Carlos Luna


Javier Montiel

Javier Monthiel

José Javier Pérez Ramírez, mejor conocido como Javier Monthiel en el medio artístico nació el 11 de abril de 1967 en el departamento de Ocotepeque en el occidente de Honduras, hijo de Antonio Leiva y Tereza de Jesús Ramírez. Dice haber heredado su pasión por la música de su padre biológico , reconocido saxofonista hondureno y músico de profesión, aunque admite que fue su padrastro Valentín Pérez quien le enseñó a ser honesto, humilde y a amar el trabajo.

 


Carlos Luna

Carlos Luna

Carlos Luna Grajeda, compositor de música y letra de La Ceiba o Noche de Luna en La Ceiba. Nació en la Cuidad de México, el 31 de Octubre del 1941 y es hijo adoptivo de Honduras desde 1967 hasta la fecha. Ademas de La Ceiba es creador de Islas de la bahía, La chica del Boulevar, Que calor, Sampedrana, Juan y su Guitarra, Hoy quiero pensar en ti, La miel de tu boca, El merendón, y Tegucigalpa en Semana Santa. Algunas se han grabado por interpretes nacionales y se han convertido en clásicos.