Walter Solón – Pintor boliviano

B_Bolivia

Walter_SolónWalter Solón Romero Gonzales nació en Uyuni, Potosí, Bolivia; el 8 de noviembre de 1923 fue un destacado pintor y muralista boliviano.
Quedó huérfano a muy temprana edad y fue enviado al internado Sagrados Corazones de la ciudad de Sucre, es allá donde el pintor Cecilio Guzmán de Rojas, en una visita reconoció su talento y le ofreció una beca de estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes Hernando Siles de La Paz.
En 1944 en Sucre participa en una exposición colectiva y en 1946 presenta su primera exposición individual. Viaja a Chile en 1947 a estudiar la técnica del fresco con el maestro Laureano Ladrón de Guevara, en cuyo taller pinta su primer mural llamado “Bolivia”; estudia también grabado con Marco A. Bontá y vitral con Manuel Banderasen en la Escuela de Artes Aplicadas de Chile. En 1948 expone en la sala de Arte del Ministerio de Educación de Chile y gana el primer premio honorífico a extranjeros. En 1949 realiza su primer vitral en la Universidad Mayor Real y Pontificia San Francisco Xavier de Chuquisaca en Sucre. En 1950 junto a Lorgio Vaca, Gil Imaná y Jorge Imaná funda el Grupo Anteo en Sucre.
Desde el primer momento cultivó un arte social y comprometido al servicio del pueblo y en denuncia de las injusticias, como se manifestó en su ingente producción mural. Jaime Zudañes y la Revolución de Mayo (1950), Mensaje de Patria Libre (1950), Historia del Petróleo Boliviano (1959) y La Revolución Nacional (1964) son algunas de sus pinturas murales más destacadas.
En su obra destacan sus series de grabados inspirados en la máxima creación de Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Realizados en distintos momentos de su trayectoria, ponen de manifiesto su evolución y su afán de vincularse a la circunstancia vital e histórica concreta. Así, El Quijote y los Perros, concebido durante la dictadura de Hugo Banzer, constituye una denuncia ante la desaparición de José Carlos Trujillo, su hijo mayor. La intervención militar de las minas dio lugar a El Quijote en las minas (1976), y el exilio del propio artista quedó reflejado en El Quijote en el Exilio. Entre 1986 y 1990 creó la serie El Quijote y los Ángeles, feroz sátira contra los políticos corruptos.
En la última etapa de su vida amplió sus horizontes interesándose por nuevas técnicas, pero manteniendo siempre su profunda inquietud por las injusticias sociales como tema principal. El 20 de mayo de 1989 recibió el título de doctor Honoris Causa por la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, por la obra El retrato de un pueblo (1985-1989), un mural con cuatrocientos personajes de la historia boliviana de una superficie de 208 metros cuadrados.
En 1994 junto a su hijo, Pablo Solón, crean la Fundación Solón, dona su casa/taller ubicada en el barrio de Sopocachi, para convertirla en la Casa museo Solón.
Falleció en Lima, Perú, el 27 de julio de 1999, sus cenizas descansan en la Casa museo Solón.


Galerías:
“El quijote y los perros”

 

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“Murales”

 

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“El quijote en Los Andes”

 

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Madre

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El quijote en la memoria Lt

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Justo Arroyo – Revelación

B_Nicaragua

Revelación

Su vida no es desorden más
que para mí, enterrado en prejuicios
que desprecio y respeto al mismo tiempo

Julio Cortázar
Rayuela

Podía ser en su momento más ocupado. Podía llegarle en medio de un dibujo, en el trazo de una frase; a veces hasta cuando hacía el amor.
Le podían estar contando el chiste más envolvedor, la anécdota más exteriorizante, no importaba.
Maruelo había llegado a sorprender los instantes, cuando el tiempo se le detenía en la cara, como si se levantara entre él y los demás un cristal, parpadeaba seguido y la mente se le ponía afuera, viéndose y viéndolos. Entonces hacía un movimiento de cabeza, como sacudiendo la idea para regresar al momento.
Había que ser muy perspicaz para notarle esta expresión, ya que por otra parte, tenía fama de distraído.
Maruelo había descubierto la muerte.
Y como era muy sano, pues jamás se había enfermado, no era temor lo que lo hacía detenerse, era una especie de felicitación que se hacía por tener estos destellos que se le antojaban exclusivos, recordatorios de una mayor ligereza a su acostumbrada pasta.
Maruelo era lo que sus amigos llamaban un buen tipo. Sólo tenía una pequeña turbiedad social y era un divorcio. Este hecho se le antojaba como una prueba más de su inestabilidad y era el causante de que anduviera —sin que él recordara en qué momento había empezado— con la cabeza un poco baja, que no mirara a los ojos cuando hablaba y que, cuando lo hacía, trasmitiera un aire de disculpa por estar allí, sin haberse realizado, inseguro, pero, como todos podrían ver, un buen tipo, siempre tomado en cuenta para fiestas, reuniones cívicas o políticas.
Maruelo tenía el tacto suficiente para armonizar a los demás; sus opiniones eran eclécticas y se le consideraba un buen conversador. Al menos, cuando hablaba se le escuchaba, porque se esperaba de él siempre una opinión honrada, sin las complicaciones de la originalidad, de la chispa o del doble sentido. Era como un palo firme entre aguas movibles y a sus amigos jamás les faltaba tiempo para, en una discusión, reclinarse y permitirle exponer. Aunque su idea no tuviera mucho peso, era la persona indicada para crear un paréntesis: sus palabras dichas con esfuerzo pero sin patetismo, fijaban una lógica pedestre que tenía su valor, pero que, sobre todo, permitía chupar el cigarrillo, tomar dos tragos seguidos o echarle hielo al vaso. Además, Maruelo era el mejor escuchador. Jamás interrumpía al que hablaba, levantándole la mano, por el contrario a los que hacían algún comentario dentro del discurso de alguien, logrando concentración general para que el otro, antes que nada, se sintiera bien, se expresara y sintiera la magia de la atención. Aunque la atención del propio Maruelo era errática, pues con pocas palabras estaba en otro lado; sus ojos podían estar aceptando, podía, incluso, asentir en el momento indicado, negar con la cabeza o tistiquear, lamentándose de lo que no había entendido sin que el otro se diera cuenta.
Es decir, se consideraba dividido en dos, y se decía que la parte privada, de salir a la superficie, lo dejaría total y absolutamente solo, espantando a sus amigos y condenándolo a ser el genio que creía ser y temía reconocer.
Maruelo había leído más que todos sus amigos, pero sus conocimientos caían en la conversación como fragmentarios, como retazos de cultura que hubiera adquirido sin mayor esfuerzo; una cultura que parecía de revistas, de diarios, de cine y televisión. Por eso había el grado de respeto pero sin la reverencia; antes bien, con un dejo de inseguridad por lo que había dicho, poco respaldado por su persona, su falta de vehemencia.
No ofendía, quiero decir, y si en un principio le molestó esta amorfidad que sabía exudaba su continente, luego la aceptó, pero sin sentirse superior, porque reconoció que, en efecto, sus ideas poseían una disgresión producto de su falta de sistema. Y cada día veía más lejano el momento en que todo tuviera coherencia de línea recta, en sus palabras, en sus acciones, en su vida. Veía su cerebro como una casa desarreglada, con cuartos con objetos fuera de lugar: una recámara con una refrigeradora, por ejemplo, una sala con un sumidero lleno de zapatos. Y él, Maruelo, se había prometido durante demasiado tiempo que algún día arreglaría todo: abriría las ventanas, las puertas, dejaría entrar un viento muy helado, recogería las telarañas y cada elemento se colocaría en su puesto. Pero el momento de la verdad se dilataba y la casa seguía en desorden, dándole a su persona un aire de fragilidad, de ausencia.
Porque Maruelo no despegaba, ofrecía confianza, y el hecho de que pudiera deslizarse en su trabajo sin tropiezos, de que siempre tuviera una mujer al lado y que su casa fuera cómoda, lo hacían insustituible, como un objeto inmóvil necesario en nuestra época de trashumancia. Si se hubiera metido a hippie, si hubiera resuelto abandonarlo todo para dedicarse al budismo, habría recibido la dispensión de sus amigos mientras que, en otras casas y en otras fiestas, calcularían en silencio el tiempo que le tomaría volver.
Y su acompañante del momento, sin excepción, lo consideraba el marido ideal, la cifra que no sería difícil manipular debido a la protección que parecía le faltaba: Esa camisa sin un botón, la corbata arrugada, la bragueta abierta o los zapatos gritando un lustre, las uñas sucias o el VW lleno de libros y colillas, le daban el toque que atraía a las mujeres, el aspecto de urgencia por la mano que llevara al seno, dos caricias en la cabeza, tu cabeza en mi pecho, yo te protejo, Maruelo. No le molestaba ese aire de despertador de maternidades, pero siempre que podía trataba de sacudir esa impresión mediante una activación del orden y de la independencia que le causaba tensiones. Y al rato las cosas volvían a moverse de lugar, las veía caer como polvo en luz, sabía que debía alargar la mano, luchar por la permanencia, pero las cosas caían, les pasaba al lado y otros se encargaban de arreglar.
Jimena por ejemplo, que prácticamente se había adueñado de su departamento, Maruelo dejándola hacer, permitiendo que tuviera una llave, llegaba en su diligencia a tratarlo con la firmeza con la que lavaba los platos, barría o botaba la basura. A él, luego de bañarlo y seleccionarle el traje, lo sentaba en una silla, un café al lado y los cigarrillos, cosa de que no se moviera, no interrumpiera su labor que duraba, o que su próxima visita, cuando, una vez más, luego de su movimiento acusatorio de cabeza, Maruelo los brazos a los lados, como diciendo que no era tanto su culpa como de sus amigos, entraba en acción reclamándole su poco interés, aprecio por sus desvelos.
Él trataba.
A veces, ante su próxima visita, se pasaba horas arreglando el piso, con un detallismo que lo enorgullecía pero que, con el departamento arreglado, los vasos y ceniceros limpios, le dejaba un sabor frío en la boca, de inutilidad, de tiempo perdido y, lentamente, no como protesta sino como afirmación de vida, las cosas iban cambiando de sitio, bailando con él el desarreglo de su cerebro, encajando en éste su orden al revés, que tantas incomodidades le causaba, que algún día enderezaría pero que lo llenaba de una escondida satisfacción.
Desde que había descubierto la muerte, su dualidad se hizo más conflictiva, géminis perturbaba y ponía en paz. Progresivamente, sin embargo, iba ganando la batalla al no exigirse tanto. Es decir, se exigía cada vez más, pero los propósitos pasaban a una categoría de suspensión, a un depósito de futuro desmenuzamiento en el que esperaba el sistema. Y se le ocurría, también, que quizá ése era su sistema, que el proceso era lo que en realidad valía y que el no lograr algo tangible, clasificable, era todo el propósito de la vida. De donde, en los momentos en que descubría la muerte, con la felicitación, se decía que de eso se trataba, de ir acumulando estas verdades, como guía atemporadora de sus ambiciones.
Sólo que las ambiciones no cesaban, y dentro y fuera continuaban cruzándolo, hasta este momento en que debatía consigo mismo si salir o quedarse a esperar a Jimena. Decidió por lo primero, diciéndose que ella lo esperaría, pensando que alguna urgencia lo había requerido y haciéndose cómoda.
Hoy no sentía deseos de hacer el amor. Al menos, no con Jimena. Para Jimena, pensaba, el amor era un asunto, un acuerdo que tiene sus reglas. Una forma de poner los cuerpos en orden, como se arregla la casa. Le daba la impresión de estar efectuando una labor de higiene: Cada caricia, movimiento, como paso necesario para sacarle al cuerpo lo malsano. Por eso —se dijo parándose bruscamente— cuando terminaba, luego de tres gritos y un empujón violento desde abajo, se sentaba en la cama, se daba un golpe en las piernas con las manos abiertas y se paraba a continuar la relación en otro cuarto de la casa, en la sala o en el estudio, puntos de partida para la próxima acción. Y aunque también le molestaba este practicismo que se tomaban con su cuerpo, variante de su trato con sus amigos, Maruelo no hacía nada por variar la situación; su forma de protestar, si protesta era, consistía en alejarse con el mayor disimulo posible, sin herir susceptibilidades, abriendo la puerta sin el menor ruido y saliendo sin perturbar. Así se iba en las fiestas, sin decir hasta luego o adiós, y así se perdía cuando sus amores no marchaban. Sus amantes, llegado el momento, sencillamente no lo veían por ninguna parte. No estaba nunca en su trabajo, en su casa, y los amigos tenían que pensar duro para recordar si estaba o no en la última fiesta. En esa situación, Maruelo era como un humo que se sabe está saliendo pero que no llama la atención. Y la del momento iba perdiendo interés, la propia figura de Maruelo desdibujándose en su mente, el tiempo restándole contornos hasta que, en un momento cuando se encontraba con él, era como si se tratara de un amigo largamente ausente, la chica haciendo memoria del porqué lo había estado buscando.
Y entonces Maruelo volvía a tener una personalidad más definida. Volvía a ser la roca fuerte que era y su presencia era recordada y citada.
Ahora que abría la puerta, uno de esos días calurosos en que se sentía como metido dentro de un cubo de agua tibia, cuando la imagen de Jimena en la cama era demasiado, con las escaleras, descubrió una vez más la muerte.
Pero esta vez, los veintiocho escalones por delante, no hubo felicitación. El sentimiento no fue fugaz. Continuó viéndose desde afuera. Pensó que sólo sería cosa del primer escalón cuando lo fue siguiendo al segundo y al tercero. Entonces, una mano en el pasamano, se dio cuenta que en realidad la escalera estaba formada por un tubo muy oscuro cuya única luz estaba al final, en el fondo.
Pero se daba perfecta cuenta que la claridad venía de la puerta.
Lo importante, entonces, era llegar a esa puerta. Bajar toda la escalera y recibir la luz. Si caía, si resbalaba desde acá, haría el máximo esfuerzo por mirar por la puerta, sentir la claridad, esa luminosidad que ahora, por el escalón seis, le pareció su salvación, en un sentido amplio, no sólo si moría, sino como arreglo de su vida si se salvaba.
En donde tomó cada escalón como si fuera un examen; una prueba que, con sólo pisar con cuidado, como estaba haciendo, le daría, si salía avante, un cambio cualitativo, fundamental, habría llegado al final de su búsqueda, al principio del orden. No apresurarse, pues, no dejarse llevar por los latidos que ya se deberían estar oyendo por toda la casa. Allá abajo, sabría si casarse o no con Jimena, si le convendría seguir en su trabajo o dedicarse a un arte, si debería seguir el tipo de relaciones que llevaba con sus amigos. De algo estaba seguro, pensó por la mitad, si el sentimiento de la muerte era una preparación para el golpe final, si todo no pasaba de ser una vulgar forma de morir, un ataque al corazón, por ejemplo, o un mareo para desclavijarse allá abajo, entonces aprovecharía cada uno de los segundos que le estaban regalando con esta prolongada presencia de la muerte.
Tocar por ejemplo, más el pasamano, como estaba haciendo, raspar los escalones con los zapatos, como estaba haciendo, respirar más profundamente y no parpadear, o parpadear de continuo, como estaba haciendo, para captar cada uno de los fragmentos que tenía que ver con vida, quizá lograr el reencuentro con algún polvo de sus pisadas, con algún aliento que exhaló esta mañana, con algún microbio que se le escapó al subir, sentir cada segundo como ninguno anterior, reponiendo en estos instantes los momentos que dejó vacíos, las suspensiones del mañana, llenar, llenar antes que, allá abajo, llegara el momento final.
Y sabía, porque la claridad estaba también en su cerebro, que podía dar la vuelta y volver a subir, meterse en el cuarto y esperar a Jimena, hacer un amor sudoroso para luego, al bajar con ella a algún cine o taberna, o a encontrarse con los amigos, sonreírse de su experiencia, sabiendo que jamás la podría contar, porque en realidad no había nada que contar, a lo sumo una dispensión de neurótico de parte de los que escucharían, tal como trataban a los que sufrían de alguna fijación, sí, ése era el término, lo había leído, una fijación de tipo patológico que, sin embargo, a diez escalones exactos de la puerta, le hizo percatarse de la corriente mundial, el engranaje del cual formaba parte, su insignificancia e importancia, el juicio, quizá el juicio, el término de su lucidez, corrompida por una intrascendente fijación que cualquier sicólogo hubiera eliminado con sólo veinte billetes de la consulta y que él había prolongado como alguna gracia que le hubieran concedido, como propietario de una exclusividad no duplicada en otro ser humano, a menos que fuera singular como él, porque no la había notado en ninguno de sus amigos, quienes vivían de día en día, sin tropiezos, y quizá presintiendo algo en los momentos de la cama, cuando dormían solos, sus amigos, sus mujeres, el pasado que le robaba tiempo, pensó viendo los siete escalones que le faltaban, los preciosos, preciosos segundos que había perdido volviendo al pasado, sí, lo había comprendido demasiado tarde, fue lo último que pensó cuando la luminosidad se le hizo categórica, sintió crecerle la sangre en el cerebro, abrió la boca, hizo dos movimientos ridículos, creyó distinguir algunas piernas de los pasantes por la puerta, levantó la mano, perdió el equilibrio, y cayó.
Cuando abrió los ojos, Jimena lo miraba como reclamándole esta variante en sus estupideces. Ladeó la cabeza y distinguió a cuatro amigos con vasos, conversando. Con las palabras de Jimena, fueron a su cama y, vasos en alto, trataron de animarlo con chistes. Él entendió que había llegado un médico, que había diagnosticado un vahído. Cosa corriente, había explicado el médico, tomando en cuenta el calor que hacía y las ropas tan pesadas como las que había usado para salir. Jimena lo seguía regañando con sus movimientos de cabeza y los amigos sonreían. Le hicieron algunas preguntas que no pudo responder y decidieron que era mejor dejarlo solo para que recuperara fuerzas, volviendo a sus sillones y continuando la conversación. Jimena se paró a buscar algo y de repente Maruelo se sintió el hombre más miserable del mundo. Desde esta absurda posición, acostado, posición que, por otra parte, no hacía nada por variar, ya que sabía que podía pararse si quería, se dejaba hacer, se dejaba llevar, sin voluntad para intentar una explicación que, quizá por eso, porque sería escuchada siguiendo el patrón que tan familiar le era, Maruelo empezó a llorar por dentro, en un ataque de autoconmiseración que no le importó, siempre y cuando ellos no se dieran cuenta; y su llanto subcutáneo arreció cuando Jimena le trajo un potaje hirviendo, los amigos se pararon al lado de la cama y le sonrieron, siempre los vasos con licor en las manos.
Pero entonces, cuando aceptó la revelación, cuando Jimena sonrió por lo bien portado que estaba siendo, cuando la poción no le supo mal en lo absoluto, cuando los amigos respiraron aliviados, Maruelo se sintió feliz.
Se sintió feliz.
Se sintió feliz y agradeció las escaleras, la luminosidad y la caída.
Respiró profundamente y sacó su mejor sonrisa.
Sacó su mejor sonrisa.
Su mejor sonrisa, la que ellos esperaban de él, para regresar tranquilos a su conversación, sabiendo que Maruelo estaba allí, que siempre estaría allí, como a ellos les gustaba, mediocre.

 


justo_arroyo_foto_alchetronJusto Arroyo nació en Colón, Panamá, el 5 de enero de 1936. Es un escritor y educador panameño, autor de libros de cuentos y novelas premiados en su país y en el extranjero.
Estudios de licenciatura y profesorado en la Universidad de Panamá y de maestría y doctorado en Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México. Profesor en diversas universidades y traductor de inglés y francés.
Fue Embajador de Panamá en Colombia y ha asistido a Congresos y Seminarios en América, Europa, Asia y África.
Ha sido traducido al inglés, alemán y húngaro y aparece en diversas antologías, entre ellas, El cuento hispanoamericano, de Seymour Menton.
Ha sido Jurado del Premio Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 1982.
En 1997 la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla, Colombia, le otorgó el Doctorado Honoris Causa.
Editor de la Revista Cultural Lotería, 1996 a 1999
En el 2000 la Cámara Panameña del Libro lo declaró Escritor del año.
En agosto de 2009 El Teatro Club de Panamá, El Círculo Anita Villalaz y la Academia Laboral de Bellas Artes lo distinguieron con el Premio Anita Villalaz como escritor del 2009, reconocimiento compartido con la escritora Rose Marie Tapia.

Ha publicado las siguientes novelas:

La gayola (1966)
Dedos.(1970)
Dejando atrás al hombre de celofán (1971)
El pez y el segundo (
1979)

Geografía de mujer (1982)
Semana sin viernes (1995)
Corazón de águila (biografía novelada de Marcos Antonio Gelabert 1996)
Lucio Dante resucita (1998)
Vida que olvida (2002)

Como cuentista tiene los libros:

Capricornio en gris (1972)
Rostros como manchas (1991)
Para terminar diciembre (1995)
Héroes a medio tiempo (1998)
Sin principio ni fin
(2001)

Réquiem por un duende (2002)

Kany García – Si yo me olvido

B_Puerto Rico

Si me falta la luz
si me quedo sin aire.

Si vendí hasta la casa
guarde un viejo anillo.

Vuelvo a empezar de nuevo
pues no todo está perdido.

Lo que vale en la vida
no anda en mis bolsillos.

Ay! de mi
Ay! de mi si yo me olvido
del camino que me lleva
hasta la casa
de donde siempre he venido.

Ay! de mi
Ay! de mi si yo me olvido
del camino que me lleva
hasta la casa
de donde siempre he venido.

Si alcanzo la cima
si vivo en la gloria.

Si le pago algún viaje
a algún viejo amigo.

Que allá en las estrellas
no olvide el motivo
no, no
lo que vale en la vida
no anda en mis bolsillos.

Ay! de mi si yo me olvido
del camino que me lleva
hasta la casa
de donde siempre he venido.

Ay! de mi
Ay! de mi si yo me olvido
del camino que me lleva
hasta la casa
de donde siempre he venido.

Quizás pueda sobrarme
lo que a ti te falta.

O quizás lo que me falta
no está en tu camino.

Pero lo que yo tengo
no será vendido.

Lo que vale en la vida
no anda en mis bolsillos.

Ay! de mi
Ay! de mi si yo me olvido
del camino que me lleva
hasta la casa
de donde siempre he venido.

Ay! de mi
Ay! de mi si yo me olvido
del camino que me lleva
hasta la casa
de donde siempre he venido.


8ddcb295-b587-40c1-9e8a-4870ce0a5e47Encarnita García De Jesús nació en Toa Baja, Puerto Rico, el 25 de septiembre de 1981, conocida como Kany García, es cantautora, guitarrista y productora discográfica puertorriqueña. Ha sido tres veces ganadora del Latin Grammy Award. El 16 de febrero de 2018, Kany presento el primer sencillo “Para Siempre” de su quinto álbum de estudio titulado “Soy Yo”.
Es hija de un ex-sacerdote español llamado Antonio García, quien renunció a sus hábitos al enamorarse de Shela De Jesús, maestra jubilada de una escuela de música pública en Puerto Rico. Kany comenzó desde pequeña a estudiar música clásica, violoncelo, teoría, solfeo y coros. A los 12 años de edad entró en la “Escuela Libre de Música”, donde también aprendió guitarra, y continuó sus estudios de composición y arreglo en el Conservatorio de Música de Puerto Rico.
El 2 de febrero de 2004, sufrió un grave accidente automovilístico que casi le cuesta la vida. Con fracturas en la pelvis, clavícula y 40 puntos de sutura en la cara, pasó un mes y medio de recuperación. Pero esto no la detuvo para continuar en el mundo de la música, ya que a pesar del accidente la discográfica Sony BMG se interesó en la cantante, y firmó un acuerdo discográfico con ellos.

Discografía:

2007 – Cualquier Día
2009 – Boleto De Entrada
2012 – Kany García
2014 – En Vivo: Kany Garcia
2016 – Limonada
2018 – Soy Yo

Pueblo Tarahumara II – Tradiciones y religión

B_Pueblos Originarios

Los tarahumaras son muy religiosos, pero practican sus creencias al margen de iglesias. De acuerdo a reconocidos científicos como Richard Evans Schultes y Wade Davis este pueblo es digno de admiración, pues ha preservado muchas de sus costumbres, a pesar del dominio y la imposición de las iglesias europeas.
Se organizan en torno a los cantores (maynates) y rezadores, ancianos que ofician y conducen las ceremonias al ritmo de sus sonajas que hacen con bules y sus cantos guturales donde van narrando y describiendo la vida de los animales del monte como los lobos, coyotes, mulas y zopilotes.
Gran parte de las tradiciones actuales de los rarámuris son una apropiación de lo aprendido de los misioneros jesuitas durante los casi 150 años que convivieron en la época colonial. Luis G. Verplancken .
Sus complejas celebraciones místico-religiosas están conformadas por danzas, tesgüinadas y ofrendas, en las que nunca falta la bebida tradicional de maíz llamada tesgüino. Para ellos la danza es una oración; con la danza imploran perdón, piden lluvia (para propiciarla se baila la danza de “dutuburi”), dan las gracias por ella y por la cosecha; danzando ayudan a “Repá betéame” (El que vive arriba), para que no pueda ser vencido por “Reré betéame” (El que vive abajo).
Puede afirmarse que el tarahumara ha conservado su vieja cultura con sorprendente tenacidad. Desde hace varios siglos emplean los mismos dibujos, los mismos símbolos en sus obras artísticas, en sus fajas, cerámica y cobijas. A sus muertos continúan dejándoles comida para el viaje sin retorno y les “ayudan” a subir al cielo mediante la celebración de tres o cuatro fiestas, según si el difunto es hombre o mujer. Aunque en muchos casos el significado de ritual ha desaparecido, éste ha demostrado gran vitalidad para subsistir.
Todos sus movimientos se han mantenido vivos, latentes y aún han influido en algunas ceremonias de la Iglesia católica. La existencia del patio para las ceremonias rituales, el humo, que es el incienso del tarahumara, el rocío de los cuatro puntos cardinales, y los cánticos ininteligibles se practican religiosamente, pero no pueden los tarahumaras darnos una explicación mitológica de todo esto.
El Chamán (sukurúame) emplea prácticas ocultas para hacer el mal. y el Owiruame es el sanador bueno, en los días antiguos se transportaba de un lugar a otro en forma de ave, al llegar a su destino recuperaba su cuerpo, a veces viajaba junto con su familia.
El chamán es el guardián de las costumbres sociales de un pueblo. Sus obligaciones como especialista ritual y terapéutico le obligan a ser un defensor del orden tradicional. Su función es establecer un equilibrio entre el cuerpo y el cosmos. Algunos chamanes utilizan el peyote (híkuli) para sus curaciones, esta planta alucinógena tiene un uso restringido y sólo los chamanes saben la cantidad que se utilizará, así como su recolección y almacenamiento. Se usa como ungüento en la piel para sanar reumatismo, mordeduras de serpiente y otras dolencias. En ciertos lugares solo se usa el Jiculi para curar, y en otros la Bakanoa, son plantas sagradas que tienen asegurada su territorialidad. y los de un lugar no se atreven a mencionar la planta del otro lugar.

Uso ritual del peyote

Ritual Peyote I

Peyote

El siguiente es un extracto del libro El río, exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica de Wade Davis.

    “Para los tarahumaras el peyote es el hikuli, el ser espiritual sentado al lado del Padre Sol. Es una planta tan potente que portaba cuatro caras, percibe la vida en siete dimensiones, y a la que nunca se puede permitir reposar en el hogar de los vivos. Para recoger el hikuli los tarahumaras viajan lejos, hacia el sureste, más allá de las estribaciones de la sierra, en el desierto. Allí encuentran la planta al escuchar su canción. El hikuli nunca deja de cantar, incluso después de ser recolectado. Un hombre le contó a Lumholtz que al volver al desierto había tratado de usar como almohada su bolsa de hikuli. Su canto era tan alto que no podría dormir. Ya seguros en casa, los tarahumaras exteienden el hikuli en mantas que luego pringan por encima con sangre, para luego guardar con cuidado las plantas secas hasta que las mujeres estén prontas a molerlas en un metate hasta convertirlas en un espeso líquido ocre. Se hace una gran hoguera, con leños orientados hacia el este y el oeste. Sentado al oeste del fuego, un chamán traza un círculo en la tierra dentro del cual dibujaba el símbolo del mundo. Coloca en la cruz un botón del peyote y lo tapa con una calabaza invertida que amplifica la música y placía al espíritu de la planta. El chamán luce un tocado de plumas, que le infunde la sabiduría de los pájaros y evita que los vientos malignos entren en el círculo de fuego. Después de las porciones el peyote pasa de mano en mano y hombres y mujeres envueltos en telas blancas y descalzos empiezan una danza que dura hasta el amanecer. Luego, a la primera señal del sol, el chamán y su gente se paran hacia el este y se despedían con los brazos del hikuli, el espíritu que había descendido llevado por las alas de palomas verdes, para partir luego en compañía de una lechuza.”

Ritual Peyote II

Pintura rupestre tarahuamara – Ritual del peyote

Mezcla de religiones

Los tarahumaras tienen como Dios principal una fusión de Cristo con su dios, al cual denominan Onorúame, quien hizo al mundo y lo regula. Las concepciones religiosas incluyen el concepto del alma y el de su pérdida. El hombre está rodeado de seres malignos y benignos; el viento es bueno y el tornado es malo. Se han añadido a sus creencias los nombres de Jesús, María, Dios, infierno y pecado, el uso del rosario y del crucifijo y el santiguamiento.

La Semana Santa

Al llegar los misioneros a la sierra trataron de enseñar a los rarámuri ciertos pasajes evangélicos de la Semana Mayor, celebraciones que fueron de gran agrado para los indígenas. Actualmente en todas las partes donde hay un templo se siguen haciendo estas celebraciones siguiendo el mismo patrón que los misioneros les enseñaron. En estas fiestas colocan ramas de pino que marcarán el camino de las múltiples procesiones; aquí participan principalmente dos grupos: el de los fariseos (bandera blanca) y el de los soldados (bandera roja); ambos tienen capitanes que los dirigen, tenaches que cargan con las imágenes de los santos y los pascoleros que participan con la alegre danza del pascol, usando cascabeles alrededor de los tobillos bailan al son de los violines y flautas.
Un dato interesante es que los rarámuris representan a los chabochis(los blancos, mestizos, los mexicanos) en el grupo de los malos (fariseos), los cuales se pintan de blanco y representan a los partidarios de Judas, que en la danza simbólicamente andan en todas partes y dominan la situación, pero al final son vencidos y triunfan los representantes del bien: los soldados.

Danzas rituales

Las danzas que realizan los tarahumaras no son exactamente bailes sociales, sino ceremonias llenas de significado; son una plegaria en pantomima, cuidadosamente ejecutada, y jamás cambiada por la inventiva. Pocas ceremonias tienen la afinidad del actor y el espectador inherente en estas danzas, hilos de comprensión tejido en la tela de la vida de la tribu, motivación espiritual de costumbres y creencias. Para el observador curioso podrán parecer un retroceso raro, de fondo impresionante, e indumentaria artística, pero, esencialmente, entretenimiento. Mas, para ellos, significan mucho más, pues a través de sus danzas se desenvuelve su cultura y en ellas expresa sus esperanzas, sus temores, los tormentos de su alma, sus anhelos de vida mejor, y sus plegarias por felicidad y alegría. Bailan para agradecer bendiciones o para alejar los maleficios y para evitar las enfermedades, el sufrimiento y la tragedia.
A través de sus danzas se ponen en comunicación con Dios. Al son del ruido isócrono que producen sus sonajas, con unción religiosa, ejecutan el Tutugúri y el Yúmare, tan parecidos al mitote de los huicholes y tepecanos del Sur; las pascolas y la Raspa del jícuri (jíkuri sepawáame).
El baile Tutugúri, es deprecatorio y generalmente se ejecuta de noche, especialmente en época de cosechas. Lo bailan toda la noche, y al amanecer se comen las ofrendas que habían colocado al pie de las creces. Tanto este baile como en el Yúmare no se tocan el violín y la guitarra, sino nada más acompaña al canto del sacerdote la sonaja. Con excepción de la Semana Santa, los Matachines –baile de la época colonial– se bailan en todas las fiestas al son de guitarra y violín.
Es interesante observar que la característica más notable es el silencio. La vida nómada y las tesgüinadas no se prestan para una extensa mitología o para un acervo de cuentos y leyendas.

Festividades

Tarahumara ritos

Las fiestas son una parte importante de su cultura porque conserva su identidad. Entre las ceremonias más trascendentes están las que realizan durante el ciclo agrícola, en fechas del calendario católico y cualquier acontecimiento familiar como el nacimiento de un hijo.
La tradición es que cada hombre organice tres fiestas durante su vida y la mujer cuatro porque es la más propensa al pecado y debe pagar más. Un elemento básico de la ceremonia es la presencia del cantor, quien desde que se oculta el sol, cuando inicia la fiesta, hasta la madrugada del día siguiente entona los cantos que sirven de fondo para que hombres y mujeres dancen. También bailan la “Pascola” que acompañan con música de arpa y violín.
En la etnia de los guarijío, cuando alguien de la comunidad muere, se realizan tres velaciones, pues consideran que debe volver a recoger sus huellas por los lugares donde pasó y en caso de no hacerles las ceremonias se convierten en almas sin descanso. Al igual que los tarahumaras, pima y tepehuanes, beben tesgüino durante los rituales, lo que acarrea problemas de violencia.

Tesgüino

Del nacimiento a la tumba, a propósito del ciclo agrícola, de las fiestas, del trabajo compartido al servicio de la comunidad, el “tesgüino” los acompaña para subrayar la convivencia, el esfuerzo común, la celebración especial, es el alimento fundamental de los dioses. Por esta razón se ofrece al sol y a la luna, a los cuatro rumbos del universo, a las milpas y a los innumerables espíritus del cosmos.

Los matachines

Son los bailarines que actúan en las fiestas de la iglesia. Se distinguen por el brillante colorido de su atuendo. La danza matachín es ejecutada por un número par de bailarines, ocho o doce, que bailan acompañados de violines y guitarras. Es un baile de movimiento, giros y cambios rápidos, ejecutado en dos hileras de danzantes bajo la dirección del jefe. Los chapeones marcan el ritmo lanzando gritos en falsete, además de ser la única persona que usa máscara, también revisan que la indumentaria de los danzantes sea la establecida.

Las carreras de bolas (rarajípari)

Este es un juego de pelota muy común entre los tarahumaras y guarojíos. Es también el acto colectivo más importante que llevan a cabo los hombres tarahumaras. Consiste en lanzar con el empeine del pie una bola (komakali) hecha de raíces de encino u otro árbol y correr descalzo detrás de ella hasta alcanzarla. Con esta carrera los equipos realizan apuestas, resulta ganador quien llegue a la meta, la cual a veces está a 200 kilómetros de distancia. Las carreras pueden durar hasta dos días, toda la comunidad apoya y ayuda a sus competidores: les llevan agua y pinole, iluminan su camino durante la noche con ocotes encendidos, les echan porras, e incluso corren con ellos a lo largo de toda la ruta. Las mujeres también juegan a lanzar dos pequeños aros entrelazados, a lo que le llaman rowena. Con las carreras representan la razón de ser de su existencia: el correr.

Procedimiento del Rarajípari

Se juega en equipos, cada equipo es de 5 integrantes, y utilizan un los llamados palillos, que se asemejan a una cuchara de un metro de largo. Están hechos de una sola pieza de madera de encino. En la punta miden tres centímetros de ancho y se van ampliando hasta alcanzar unos veinte centímetros donde empieza la cuchara.
Junto a los palillos entierran la pequeña pelota de madera, del tamaño de una de golf. Antes de empezar hacen las apuestas. Puede ser en efectivo o prendas. También el público apuesta.
En cuanto gritan que inicia el partido, los diez jugadores agarran su palillo y amontonados buscan la pelota enterrada. El juego consiste en aventar la bola con el palillo para el lado contrario.
El equipo que llega primero a la meta gana. Fijan un espacio de aproximadamente un kilómetro a lo largo del arroyo.
No hay reglas para quitarse la pelota. Se empujan, se avientan y suben por la ladera en busca de la bola.
Después de una reñida competencia, descansan un rato y continúan con el juego de pelota. Participan los mismos integrantes. En este caso la bola es más grande, de unos veinte centímetros de diámetro, y la avientan con el pie. En este juego no disputan el balón. Cada equipo tiene el suyo, gana el que llegue primero a la meta. Deciden dar tres vueltas aproximadamente un kilómetro cada una.
Antes de hacer las apuestas, los indígenas se quitan un huarache para pegarle con más facilidad a la pelota. Así continua el juego hasta que el equipo ganador logra llegar a la meta.

Mito de la creación tarahumara

“Dios creó a los rarármuris y el diablo a los chabochis”. Bajo la premisa de esta leyenda que se transmite por tradición oral entre los indígenas de la Sierra Tarahumara, subyace una realidad insoslayable: la pobreza y la marginación de las etnias que habitan el territorio.
Según otros historiadores, contrario a el Sr. Luis González, el vocablo Rarámuri significa “hijos del Sol”. El vocablo Rayénari significa “Sol” o “Estrella luminosa” siendo el Sol su dios principal.
En la leyenda, Dios se enoja con los rarámuris porque perdieron una competencia ante los chabochis. Y de allí devino una sentencia que se ha convertido en práctica ancestral, que durante siglos ninguna autoridad, ni divina ni humana, ha podido erradicar: “…Les dijo que de ahí en adelante serían pobres (los rarámuris) y los chabochis ricos”.

Hostoria-Sol-y-La-Luna

El Sol y la Luna

Es creencia general entre los tarahumaras el hecho de que en un principio todo lo era el Sol y la Luna porque que en forma de niños vivían solos, vestidos únicamente con hojas de palmilla y habitaban una choza de palos revocados con lodo y techo de palma. Estos niños no poseían ningún bien terrenal: ni vacas, ni chivos, ni gallinas, ni borregos, ni cóconos. Los dos niños eran de color oscuro y el lucero de la mañana era el único que brindaba luz a la tierra pecaminosa. La luna se comía los piojos de la cabeza del sol y el lucero de la mañana los vigilaba.
Poco después varias centenas de tarahumaras no hallaban qué hacer en tanta oscuridad. No podían trabajar y tenían que tomarse de la mano para no tropezar con las piedras y caer a los barrancos. Pero he que un día curaron al sol y a la luna tocándose el pecho con crucecitas de madera de madroño mojadas en tesgüino, y poco a poco el sol y la luna empezaron a brillar y a dar luz. Cuando el mundo se llenó de agua (diluvio), un niño y una niña tarahumara subieron a la montaña llamada Lavachi (guaje), situada al sur de Panaláchic, de la cual llegaron cuando el agua desapareció llevando consigo tres granos de maíz y tres de frijol, y como todo estaba blando con tanta agua, las plantaron en una roca, se acostaron y tuvieron un sueño aquella noche. Posteriormente cosecharon, y de ellos descienden todos los tarahumaras.

La leyenda de Basaseachi

Leyenda Basaseachi

Ocurrió en tiempos inmemorables, cuando el mundo estaba tiernito, antes de que llegaran los españoles a esta tierra. Candameña era el amo y señor de la Alta Tarahumara. Tenía una hija llamada Basaseachi, de extraordinaria belleza.
Muchos aspiraban a ella y el celoso padre les impuso una serie de difíciles pruebas. Cuatro de ellos las superaron: Tónachi, señor de las cimas; Pamachi, el de más allá de las barrancas; Areponápuchi, el de los verdes valles; y Carichí, el de las filigramas de la cara al viento.
Pero en la última prueba que Candameña les impuso todos murieron. Basaseachi, desesperada, se arrojó al abismo. Su caída se transformó en cascada por la poderosa magia del brujo del lugar. Desde entonces su cuerpo no ha dejado de fluir por las profundidades de la barranca.
Nunca se supo de Candameña, la tristeza lo invadió y desapareció, aunque muchos creen que su espíritu vaga por la barranca buscando el cuerpo de su amada hija.

 

Juan Ramón Molina – Poeta hondureño

B_Honduras

Juan_Ramón_MolinaJuan Ramón Molina, nació en Comayagüela, Honduras, el 17 de abril de 1875. Es el primer poeta hondureño que salió de Centroamérica para embeberse en las corrientes culturales de otras latitudes.

Es uno de los grandes exponentes del modernismo en Centroamérica y su obra de gran calidad literaria lo consagra como el escritor hondureño más universal. En 1892, junto al poeta Froylan Turcios y Fausto Dávila en un viaje a Brasil, -en cuyo trayecto escribe “Salutación a los Poetas Brasileños”– conoce al poeta nicaragüense Rubén Darío, quien incidirá grandemente en su estilo. Visitó España, donde colaboró en el recién fundado “ABC” de Madrid, y varios países de Sudamérica, dejando huellas permanentes en su obra. Castelar alabó su canto “El Águila” y Rubén Darío su “Salutación a los Poemas Brasileños”.

Admiró a William Shakespeare y dedicó varios sonetos “El rey Lear”, “Ofelia”, “Yago”, etc. a la obra en inglés. Recibió la influencia de Rubén Darío, a quien conoció en su persona y en su obra. La influencia del nicaragüense se dejó sentir por ejemplo en “Tréboles de Navidad”, similar a la “Rosa Niña” de Darío, o en “El poema del Optimista”, posiblemente el poema que, aisladamente, más haya influido en toda la literatura contemporánea en habla castellana.
Fue Juan Ramón Molina poeta de primerísima categoría y aunque cultivó la prosa en la que logró bellas y armoniosas realizaciones, como su cuento “El Chele”, éstas no pueden darse un puesto en la literatura universal como se otorga a su obra poética que está dentro del modernismo más puro y une la calidad poética y lo depurado de la forma con una finísima sensibilidad de que es muestra su soneto “Pesca de Sirenas”.

Fue Juan Ramón Molina hombre activo, personal y políticamente, quemó su vida en el afán de vivirla intensamente. Fue colaborador de la candidatura del General Terencio Sierra de quien se consideraba amigo. Presidente de Honduras durante el período 1899-1903, Sierra, molesto por una publicación que hizo Molina en el Diario de Honduras, bajo su dirección, lo mandó a picar piedra, encadenado, en la carretera que se construía al sur del país. El artículo que tanto lo había molestado “Un hacha que afilar“, era un conocido apólogo de Benjamín Franklin, que los acólitos de Sierra consideraron alusivo, hostil y digno de ser castigado con la prisión del poeta.
«Panfletista y periodista, coronel, político, diplomático, hombre que alcanzó altos cargos públicos y que hubo de seguir la ruta del exilio donde murió». A pesar de esta vida activa no pudo rehuir el pesimismo y el hastío tan común a los poetas hondureños y que él, como su más elevado representante tuvo en grado sumo por “La fatiga que le producía el peso ABRUMADOR DE LO INFINITO”, que muestra en el sentido macabro de sus versos “Después que muera” o en el pesimismo vital de su soneto “Madre Melancolía“. Falleció en San Salvador El Salvador el 2 de noviembre de 1908.

Juan Ramón Molina, el poeta gemelo de Rubén, es casi desconocido en Sudamérica. No figura en los textos de preceptiva literaria, no se ven sus poemas menudamente publicados, ni se oye que sazonen sus acentos los menús líricos de los que dicen versos. Piadoso olvido en el que paradójicamente lo quisieron dejar, por ser singularmente pobre lo que se escribe de los poetas en los textos escolares, más triste cuando sus nombres se usan para llenar vacíos tipográficos en revistas de dudosa publicidad y a desesperar si el que recita destroza los poemas. Recordado por nosotros ya no volverá al olvido. Eso sería la condición que antes debemos establecer. Que salga Juan Ramón Molina del olvido, que vuelva a estar presente su cepa tierna, aérea, vegetal, del trópico, tal como él lo presumía y lo dijo alguna vez:

“Pero mi obscuro nombre las aguas del olvido no arrastrarán del todo; porque un desconocido poeta, a mí memoria permaneciendo fiel, recordará mis versos con noble simpatía, mi fugitivo paso por la tierra sombría mi yo, compuesto extraño de azúcar, sal y hiel. Tal fui porque fui hombre, oh soñador ignoto, pálido hermano mío, que en porvenir remoto recorrerás los márgenes que mi tristeza holló. Que el aire vespertino refresque tu cabeza, la música del agua disipe tu tristeza y yazga eternamente, bajo la tierra. Yo!”


 

Después que muera

Tal vez moriré joven… Los amigos
me vestirán de negro,
y entre dolientes y llorosos cirios
de pálidos reflejos,
colocarán con cuidadosas manos
mi ya rígido cuerpo,
poniendo mi cabeza en la almohada,
mis manos sobre el pecho.

Pesca de sirenas

Péscame una sirena, pescador sin fortuna
que yaces pensativo del mar junto a la orilla
propicio es el momento porque la vieja luna
como un mágico espejo entre las olas brilla.

Han de venir hasta esta rivera una tras una
mostrando a flor de agua su seno sin mancilla
 y cantarán en coro, no lejos de la duna
su canto que a los pobres marinos maravilla.

Penetra al mar entonces y escoge la más bella
con tu red envolviéndola, no escuches su querella
que es como el canto aleve de la mujer. El sol,

la mirará mañana entre mis brazos loca
morir bajo el martirio divino de mi boca
moviendo entre mis piernas su cola tornasol.

Sursum

No nos separaremos un momento
porque –cuando se extingan nuestras vidas–
nuestras dos almas cruzarán unidas
el éter, en continuo ascendimiento.

Ajenas al humano sufrimiento,
de las innobles carnes desprendidas,
serán en una llama confundidas
en la región azul del firmamento.

Sin dejar huellas ni invisibles rastros,
más allá de la gloria de los astros,
entre auroras de eternos arreboles,

a obedecer iremos la divina
ley fatal y suprema que domina
los espacios, las almas y los soles.

Anhelo nocturno

a lluvia su monótona charla dice afuera.
La puerta de mi cuarto por fin está cerrada.
Quizás en esta noche no grite mi quimera
y goce del olvido profundo de la almohada.

¡Hace ya tanto tiempo que en reposar me empeño,
como si me turbara la fiebre del delito,
que mis ojos enclavo —de los que huyera el sueño—
en la siniestra esfinge del lúgubre infinito!

Mas hoy todos los seres me han parecido buenos,
el cielo azul brindome su calma vespertina,
y —libre de pecados y libre de venenos—
purifiqué mi cuerpo en agua cristalina.

Quiero la paz aquella de la primer mañana
cuando, en el seno de Eva, tranquilo e inocente,
Adán durmió, al arrullo de amor de la fontana,
ajeno a las promesas de la sutil serpiente.

Un nirvana sin término, letárgico y profundo,
en el que olvide todas mis dichas y mis males,
la secreta congoja de haber venido al mundo
a resolver enigmas y problemas fatales.

Ser del todo insensible como la dura piedra,
y no tallado en una doliente carne viva
de nervios y de músculos. O ser como la hiedra
que extiende sus tentáculos de manera instintiva.

No como el pobre bruto del llano y de la cumbre
sujeto a la ley ciega de inexorable sino,
que en sus miradas tiene la enorme pesadumbre
de todo aquel que encuentra muy bajo su destino.

Así gozar quisiera de imperturbable sueño
cuando la noche baja de los cielos lejanos.
Estrellas: derramadme vuestro letal beleño.
Arcángeles: mecedme con vuestras leves manos.

Para que mi mañana florezca como rosa
de mayo, exuberante de vida y de fragancia,
y la tierra contemple, jocunda y luminosa,
con los tranquilos ojos con que la vi en la infancia.

Fue mi niñez como un jardín risueño…

Fue mi niñez como un jardín risueño,
donde a los goces de mi edad esquivo,
presa ya de la fiebre del ensueño
vague dolientemente pensativo.

Sentí en el alma un natural deseo
de cantar a la orilla del camino
halle una lira no cual la de Orfeo
y obedezco el mandato del destino.

Al mirarme al espejo, ¡cuán cambiado
estoy! no me conozco ni yo mismo
tengo los ojos de mirar cansado
algo del miedo del que ve un abismo

La araña

Ved con qué natural sabiduría
las finas hebras a las hojas ata,
y una red teje de fulgor de plata
que la infeliz Aracné envidiaría.

Más si el viento soplante con porfía
la prodigiosa tela desbarata,
vuelve otra vez a su labor ingrata,
y una malla más tenue alumbra el día.

Hombre, que tus empresas no coronas
porque al primer fracaso o desperfecto
a un estéril desmayo te abandonas;

ten de tu vida y tu vigor conciencia,
y aprende al ver el triunfo de ese insecto
una lección sublime de paciencia.

Esquivando miradas…

Esquivando miradas indiscretas,
por oscuros y negros callejones,
al fin logré llegar a tus balcones
cargados de oloríferas macetas.

¡Cuántas pláticas dulces y secretas
llenas de juramentos e ilusiones,
tuvimos en aquellas ocasiones
al voluptuoso olor de las violetas!

¿En dónde estás, oh casta Margarita,
que en mi azarosa juventud lejana
me concediste la primera cita?

Te evaporaste como sombra vana,
y hoy, hecha polvo tu feliz casita,
se ignora dónde estuvo tu ventana.

Ojos negros

Ojos terribles y puros
que me lanzáis el reproche,
ojos que sois cual la noche,
que sois cual la noche obscuros,
ojos que miráis seguros
luz derramando en derroche;
plegando los parpados, broche
de esos radiantes luceros,
no me miréis tan severos,
ojos que sois cual la noche.

Ojos que de extraña suerte
me hacéis vivir o morir;
ojos que me dais vivir
para causarme la muerte,
en vano pretendo fuerte,
vuestro yugo sacudir;
!ya no puedo resistir
esta esclavitud amada!
!matadme de una mirada
ojos que me hacéis vivir!

Ojos que lanzáis centellas
para ofuscarse ellos mismos;
ojos que sois dos abismos
donde brillan dos estrellas;
ojos de pupilas bellas
y de extraños magnetismos,
!por obscuros fatalismos
que no acierto a explicar,
os vuelvo siempre a mirar,
ojos que sois dos abismos!

Si por volveros a ver
me causáis penas mortales,
ojos que sois dos puñales,
victima vuestra he de ser,
!no me importa padecer
sufrimientos eternales
si las causas principales
de mis penas merecidas
serán vuestras mil heridas,
ojos que sois dos puñales!

Camilo Egas – Pintor ecuatoriano

B_Ecuador

Camilo_EgasCamilo Egas, nació el 1 de diciembre de 1889, en la ciudad de Ibarra, Ecuador.
Perteneció, junto a Pedro León, Manuel Rendón, Víctor Mideros, Antonio Bellolio y otros artistas, a la llamada generación precursora, que empezó a imponer su arte a partir de 1915. Tenía 22 años de edad cuando en 1911 viajó a Roma para estudiar arte, pero poco tiempo después debió regresar a Quito obligado por la Primera Guerra Mundial y sus secuelas económicas. Fue entonces alumno de Paul Bar, y bajo su orientación e influencia logró, en 1918, ganar el “Mariano Aguilera”, considerado el salón más importante de esa época. Para esa ocasión presentó sus telas “San Juanito”, “Los Sahumeriantes” y “Sanjuanito”; en las que ya se pudo apreciar su tendencia a expresarse a través de motivos indígenas y mestizos, marcando –de alguna manera- el inicio de una corriente que durante muchos años identificaría a la pintura ecuatoriana.

Para 1923 su calidad plástica había superado sus propias expectativas y nuevamente –con “Retrato de mujer”- obtuvo el “Premio Nacional de Artes Mariano Aguilera” de Ecuador.

En 1927 se radicó en New York, U.S.A., donde desde 1935 dirigió la Escuela de Pintura de la New School for Social Research, donde tuvo como alumno al guayaquileño Eduardo Solá Franco. Por esos años visitó Quito donde –comprendiendo que la deformación era en una de las claves de la visión artística contemporánea- presentó, por primera vez, deformaciones monstruosas del indio ecuatoriano. Su obra causó asombro y repugnancia, pero constituyó un aporte decisivo a la nueva pintura ecuatoriana.
En 1938 recibió el encargo de pintar un gran mural en el pabellón ecuatoriano de la Feria Mundial de Nueva York, tarea en la que le ayudaron Eduardo Kingman y Bolívar Mena Franco. Entre sus alumnos, se encuentran los escultores Gabriel Orozco y Arnold Henry Bergier.

Durante el período del expresionismo, que se manifestó en la década de los treinta, pintó telas vigorosas como “La Calle 14” (1937); y posteriormente, buscando renovar sus formas, pasó al surrealismo y montó en New York una exposición donde su superrealismo, traspasado de expresionismo, llegó a extremos de angustioso patetismo, como en el caso de “Desolación” (1949). Más tarde vivió una época neocubista de gran vigor, que quedó plasmada en telas como “Gente en el Campo” (1957), y hacia el final exploró las posibilidades ilimitadas del abstracto.
Falleció en Nueva York en el año 1962.
A fines de los años 1970, el Banco Central del Ecuador habilitó una casa ubicada en las calles Venezuela y Esmeraldas, en Quito, para que funcione el Museo Camilo Egas, donde se halla expuesta buena parte de su obra.


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Juan José Arreola – Parábola del trueque

B_México

Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.
Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.
Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.
Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.

Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.
-¿Por qué no me cambiaste por otra? -me dijo al fin, llevándose los platos.
No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.
Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa.

El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.
Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.
Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.

Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.
Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.

-¡No me tengas lástima!
Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:
-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!
Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.

Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos… El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.
El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.
Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.
El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.

Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.
Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.

Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.
Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.


Arreola

Juan José Arreola

Nació el 21 de septiembre de 1918 en Ciudad Guzmán, Jalisco (Zapotlán el Grande).
Fue el cuarto de los catorce hijos de Felipe Arreola y Victoria Zúñiga.
Autodidacta, aprendió a leer “de oídas” y nunca concluyó la primaria. Trabajó como encuadernador en una imprenta, donde tomó contacto con el mundo editorial, a los 15 años, había leído a autores como Baudelaire o Dante. En 1936, llegó a la capital y se inscribió en la escuela de teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).
Desde 1946 fue traductor, redactor y corrector en el departamento técnico del Fondo de Cultura Económica, simultáneamente trabajó en El Colegio de México, donde permaneció tras ser despedido del Fondo de Cultura Económica.
En 1956 le propusieron dirigir una compañía teatral que sería patrocinada por Difusión Cultural de la UNAM, Arreola la llamó Poesía en voz alta. Representaron obras de García Lorca e Ionesco entre otros.
Hizo teatro con Rodolfo Usigli y Xavier Villaurrutia; en Francia, actuó con Louis Jouvet y Jean Louis Barrault. Durante la década de 1960 creó talleres literarios y dirigió importantes publicaciones: Los presentes, Cuadernos y Libros del unicornio, la revista Mester y las ediciones del mismo nombre.
Publicó Varia invención (1949); Confabulario (1952), La hora de todos (teatro, 1954); Bestiario (1958); La feria (novela, 1963, su última obra escrita) y La palabra educación (1973, una recopilación de sus intervenciones orales).
Recibió numerosas distinciones, como el Premio Nacional de Lingüística y Literatura 1976, el Premio Nacional de Periodismo, el Premio Nacional de Programas Culturales de Televisión o la condecoración del gobierno de Francia como oficial de Artes y Letras Francesas.
En 1940, contrajo matrimonio con Sara Sánchez. Tuvieron 3 hijos: Claudia, Orso y Fuensanta.
Falleció el 3 de diciembre de 2001, a los 83 años, en Guadalajara, Jalisco, (México).

Obras Publicadas:

Gunther Stapenhorst (1946)
Varia invención (1949)
Cinco Cuentos (1951)
Confabulario (1952)
La hora de todos (teatro, 1954)
Confabulario y Varia invención (1955)
Punta de plata (1958)
Confabulario total (1962)
La feria (1963)
Confabulario (incluye casi toda su obra publicada, 1966)
Lectura en voz alta (1968)
Palindroma (1971)
Bestiario (1972)
Inventario (1976)
Confabulario personal (1979)